George Eliot El molino del Floss



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Capítulo II


Las espinas atraviesan el nido desgarrado
La agitación que acompaña a los primeros golpes de la adversidad trae consigo una fuerza que nos sostiene, de la misma manera que con fre­cuencia el dolor agudo es también estímulo y produce una excitación que se transforma en fuerza efímera. En cambio, la desesperación amenaza en la vida lenta y alterada que los sigue, cuando la pena ya no es novedad y no posee la intensidad emotiva que contrarresta el dolor, cuando los días transcurren en una monotonía sin esperanza y el sufrimiento es una abu­rrida rutina; entonces se siente el hambre perentoria del alma y los senti­dos se alertan para aprender algún secreto de nuestra existencia que per­mita obtener satisfacción de la resistencia.

Este momento de extrema necesidad había llegado a Maggie, que sólo contaba trece años. A su precocidad, la niña añadía esta temprana expe­riencia de lucha, de combate entre el impulso interior y el hecho exterior, propio de todo carácter imaginativo y apasionado; y los años transcurridos desde que clavaba clavos en el fetiche de madera, entre las vigas carcomi­das de la buhardilla, se habían llenado con una vida tan ansiosa del triple mundo de la realidad, los libros y las fantasías que Maggie resultaba extra­ñamente adulta para su edad, con la única excepción de su total falta de prudencia y dominio de sí misma, cualidades que, por el contrario, hacían adulto a Tom en plena infancia intelectual. Y en aquellos momentos, la vida que le había tocado en suerte empezaba a adquirir una monotonía triste y tranquila que la hacía encerrarse más en sí misma. Su padre podía ocupar­se otra vez de su trabajo, sus asuntos se habían solucionado y trabajaba como empleado de Wakem en el lugar de siempre. Tom iba y venía por las mañanas y por las tardes, y en casa estaba cada vez más callado: ¿qué había que decir? Todos los días eran iguales y el interés de Tom por la vida, aplas­tado y repelido en todos los otros sentidos, se concentraba en la única vía posible: la ambiciosa resistencia a la adversidad. Las rarezas de su padre y de su madre le resultaban muy irritantes, ahora que estaban despojadas de todos los acompañamientos propios de una casa próspera, ya que Tom tenía una mirada muy clara y prosaica que no enturbiaban las neblinas de los sentimientos o de la imaginación. La pobre señora Tulliver parecía inca­paz de volver a ser la misma y de recuperar su plácida actividad doméstica: ¿cómo iba a hacerlo? Habían desaparecido los objetos entre los que su mente se desplazaba satisfecha: le habían arrebatado repentinamente todas las pequeñas esperanzas, planes y especulaciones, todos los pequeños cui­dados que dedicaba a unos tesoros que durante un cuarto de siglo, desde que compró las primeras tenacillas para los terrones de azúcar, habían hecho de su mundo un lugar comprensible, y aquella vida vacía la descon­certaba. No dejaba de dar vueltas a la insoluble pregunta de por qué había tenido que sucederle a ella lo que no sucedía a otras mujeres, y así expre­saba la perpetua comparación entre el pasado y el presente. Daba pena contemplar cómo aquella rubia atractiva y robusta iba ajándose y adelga­zando, víctima de una inquietud física y mental que con frecuencia la hacía vagar por la casa vacía tras terminar su trabajo, hasta que Maggie, alarma­da, iba a buscarla y la hacía parar explicándole lo mucho que inquietaba a Tom que arruinara su salud por no sentarse a descansar. Y, sin embargo, en medio de aquella indefensa imbecilidad, un humilde rasgo de devoto espí­ritu materno resultaba conmovedor e inspiraba la ternura de Maggie hacia su pobre madre, en medio de las pequeñas pero agotadoras penas que su debilidad mental causaba. No permitía que Maggie hiciera el trabajo más pesado y que más estropeaba las manos, y se enfurruñaba cuando Maggie intentaba aliviarla de tanto frotar y restregar

—Déjalo, hija mía, se t'encallecerán las manos —decía—. Corresponde a tu madre hacerlo: yo ya no puedo coser, me falla la vista.

Y seguía cepillando y cuidando con mimo el cabello de Maggie, con el que se había reconciliado, a pesar de su negativa a rizárselo, ahora que era tan largo y espeso. Maggie no era su niña mimada y, en general, habría preferido que fuera muy distinta; sin embargo, aquel corazón femenino, tan herido en sus pequeños deseos personales, hallaba consuelo en el futuro de su joven hija, y la madre encontraba satisfacción estropeándose las manos para salvar. otras con tanta vida por delante.

Pero la presencia constante de los perplejos lamentos de su madre resul­taba menos dolorosa para Maggie que la depresión hosca y taciturna de su padre. Mientras estuvo paralizado y pareció que seguiría siempre en aque­lla condición infantil de dependencia —es decir, mientras apenas fue consciente de sus problemas—, el amor y la compasión eran para Maggie casi una inspiración, un nuevo poder que haría fácil lo más difícil, por cariño a él; sin embargo, tras la dependencia infantil pasó a un estado de con­centración que contrastaba con su antiguo talante comunicativo y animado, y se prolongaba día tras día y semana tras semana, sin que sus ojos tristes mostraran nunca entusiasmo ni alegría. Para los jóvenes resulta cruelmente incomprensible esta sombría monotonía en las personas ancianas o de mediana edad arrastradas por la vida a la decepción y el descontento, en cuyos rostros una sonrisa resulta tan extraña que las tristes líneas en torno a los labios y el ceño parecen ignorar lo que es y ésta desa­parece porque nada la acoge. «¿Por qué no se animan y se alegran de vez en cuando?», piensa la vitalidad juvenil. «Si se lo propusieran, les resulta­ría muy fácil». Y esas nubes plomizas que nunca se abren consiguen impa­cientar incluso al afecto filial que mana sólo de la ternura y la piedad en momentos de la más obvia aflicción.



El señor Tulliver no se demoraba fuera de su casa: se escabullía a toda prisa del mercado y rechazaba todas las invitaciones para quedarse a char­lar, como en los viejos tiempos, en las casas donde acudía por asuntos de trabajo. No era capaz de resignarse: en todas las actitudes su orgullo se sen­tía herido, y en todo comportamiento, amable o frío, detectaba una alu­sión a su cambio de circunstancias. Ni siquiera los días en que Wakem apa­recía para recorrer las tierras a caballo e interesarse por el negocio eran tan malos como los de mercado, en los que tenía que encontrarse con varios de los acreedores que habían llegado a un acuerdo con él. En aque­llos momentos, concentraba todo su pensamiento y esfuerzo en pagar las deudas; y bajo la influencia de esta absorbente exigencia de su carácter, el otrora hombre generoso que odiaba que se le escatimara nada o escatimar a los demás en su propia casa, fue metamorfoseándose en un tacaño y un mezquino. La señora Tulliver no conseguía economizar a su gusto en la comida y el fuego, y él se negaba a comer nada que no fuera de la peor calidad. Tom, aunque abatido y hastiado por la hosquedad de su padre y la tristeza de la casa, coincidía plenamente en que había que pagar a los acreedores, y el pobre chico aportó su primera paga trimestral con una deliciosa sensación de éxito y se la entregó a su padre para que la metiera en la caja de hojalata que contenía los ahorros. La pequeña reserva de soberanos de la lata parecía ser lo único que aportaba un débil rayo de placer a los ojos del molinero; tenue y efímero, porque pronto se disipaba al pensar en el tiempo necesario —tal vez superior a los años que le queda­ban— para que los menguados ahorros pudieran terminar con la pesadilla de la deuda. El déficit de más de quinientas libras, al que habría que sumar los intereses acumulados, parecía un abismo demasiado difícil de llenar economizando treinta chelines al mes, aunque a esto se sumaran los pro­bables ahorros de Tom. En este punto coincidían por completo los cuatro seres tan distintos que, poco antes de irse a la cama, se sentaban ante el agonizante fuego de astillas que producía un calor barato. La señora Tulliver llevaba en las venas la orgullosa integridad de los Dodson y de acuerdo con la educación recibida pensaba que quitar a los demás su dine­ro de modo fraudulento —otro modo de definir una deuda— equivalía a una especie de picota moral: habría sido perverso, en su opinión, ir en contra de los deseos de su esposo de «hacer lo correcto» y reparar su nom­bre. Albergaba la confusa noción de que si se pagaba a todos los acreedo­res se le devolvería la plata y la ropa y, al mismo tiempo, tenía la idea inna­ta de que mientras uno debía dinero y no lo devolvía no podía conside­rarse dueño de nada. Refunfuñaba un poco porque el señor Tulliver se negaba a exigir la devolución de la deuda de los Moss: pero aceptaba sumi­samente todas las exigencias de economía doméstica, hasta el punto de privarse de los caprichos más baratos: su único gesto de rebelión consistía en introducir clandestinamente en la cocina algo que pudiera mejorar un poco la cena de Tom.

Estas ideas estrictas sobre las deudas que defendían los anticuados Tulliver tal vez hagan sonreír a muchos lectores de estos tiempos de filo­sofía más relajada y criterios comerciales menos estrictos, según los cuales todo se equilibra sin que tengamos que intervenir: el hecho de que mi pro­veedor pierda dinero por mi culpa se contempla desde la serena certeza de que habrá otro proveedor que saque más beneficios de la cuenta y, puesto que en este mundo bien tiene que haber deudas, es mero egoísmo no querer ser nosotros los deudores. Cuento aquí la historia de personas muy sencillas que nunca habían tenido dudas esclarecedoras en relación con su integridad y su honor.

Bajo esta lúgubre melancolía y limitación de afanes, el señor Tulliver conservaba un cariño especial hacía la «mocita», que convertía su presen­cia en una necesidad, aunque ésta no bastara para alegrarlo. Seguía siendo la niña de sus ojos, pero la dulce fuente del amor paternal se mezclaba ahora con la amargura, igual que todo lo demás. Cuando, por la noche, Maggie dejaba su trabajo, acostumbraba a sentarse en un taburete junto a las rodillas de su padre y apoyaba en ellas la mejilla. ¡Cuánto deseaba que le acariciara la cabeza o diera alguna muestra de que lo tranquilizaba la sensación de tener una hija que lo quería! Pero ahora sus pequeños mimos no obtenían respuesta de su padre ni de Tom, sus dos ídolos. Durante los breves intervalos que pasaba en casa, Tom se mostraba cansado y abstraído, y su padre estaba amargamente preocupado con la idea de que la niña crecía y se transformaba rápidamente en una mujer. En aque­llas circunstancias, tenía pocas posibilidades de contraer un buen matri­monio y le repugnaba la idea de que se casara con un hombre pobre, como su tía Gritty: eso sí que haría que se revolviera en su tumba: ver a su mocita aplastada por los hijos y el trabajo como su tía Moss. Cuando las mentes incultas, con una estrecha gama de experiencias personales, se encuentran bajo la presión de la desgracia continuada, su vida interior tiende a convertirse en una rueda perpetua de pensamientos tristes y amargos: las mismas palabras y las mismas escenas se repiten una y otra vez, acompañadas del mismo estado de ánimo; el fin de año los encuentra tal como estaban al principio, como si fueran máquinas preparadas para repe­tir una serie de movimientos recurrentes.

Pocos visitantes rompían la monotonía de los días. Las visitas de los tíos eran breves: sin duda, no podían quedarse a comer y la coacción que ejer­cía el tenso silencio del señor Tulliver, que parecía sumarse al eco de la sala vacía y sin alfombra cuando hablaban las tías, hacía que esas visitas familia­res resultaran desagradables para ambos lados y tendían a escasear. En cuanto a otras amistades, las personas que sufren un revés social parecen quedar envueltas en un aire gélido, y la gente prefiere mantenerse tan lejos como de una habitación helada: unos seres humanos, sólo un hombre y una mujer, sin muebles, sin nada que ofrecer y que han dejado de figurar en sociedad, presentan una embarazosa ausencia de motivos para desear visitarlos o de temas de conversación posibles. En aquellos tiempos lejanos, en la civilizada sociedad cristiana de estos reinos, las familias que habían descendido de nivel social se veían envueltas en un terrible aislamiento, a menos que pertenecieran a alguna pequeña corriente religiosa, en la que se consigue cierta calidez fraternal ardiendo en el fuego sagrado.



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