George Eliot El molino del Floss



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Libro cuarto

El valle de la humillación



Capítulo I


Una variedad del protestantismo que Bossuet desconocía
Tal vez, lector, hayas tenido oportunidad de descender por el Ródano en un día de verano y sentir que la luz del sol se tornaba sombría por causa de los pueblos en ruinas que salpican las orillas en algunos tramos de su curso, contándonos que el rápido río creció en una ocasión, igual que un dios que arrastra «todo lo que tenía aliento de espíritu de vida en sus nari­ces»23 y convierte su morada en desolación. Quizás hayas pensado, lector, que estos tristes restos de casas vulgares, que en sus mejores tiempos eran meras muestras de una vida sórdida, propia en todos sus detalles de nues­tra era vulgar, causan un efecto muy distinto al de las ruinas del castillado Rin, desmoronadas y fundidas con tal armonía en las laderas verdes y roco­sas que parecen formar parte del paisaje natural, como el pino de montaña: es más, incluso recién construidos, los castillos poseerían esa cualidad natural, como si los hubiera edificado una raza nacida de la tierra que hubiera heredado de su poderosa madre un sublime instinto creador de formas. ¡Qué época novelesca! Si aquellos saqueadores feudales eran ogros malhumorados y borrachos, al menos la bestia salvaje que llevaban dentro poseía cierta grandeza: eran jabalíes que rasgaban y desgarraban con sus colmillos, pero no cerdos domésticos: representaban las fuerzas demoníacas siempre en conflicto con la belleza, la virtud y las costumbres civilizadas: ofrecían un hermoso contraste con el trovador errante, la prin­cesa de labios suaves, el piadoso ermitaño y el tímido judío. Cuando la luz del sol caía sobre el destellante acero y los estandartes al viento, aquélla eras una época llena de color: una época de aventuras y fieras luchas; y no sólo eso, sino también de arte y entusiasmo religiosos. ¿Acaso no fue entonces cuando se construyeron las catedrales y los grandes emperadores dejaron sus palacios occidentales para morir ante las fortalezas infieles en el sagra­do Oriente? Por todos estos motivos los castillos del Rin me inspiran poe­sía: pertenecen a la gran vida histórica de la humanidad y evocan en mí toda una época. En cambio, los esqueletos angulosos de ojos hundidos y color mortuorio de los pueblos a orillas del Ródano me oprimen con la sensación de que la vida humana —gran parte, por lo menos— es una exis­tencia angosta, fea y humillante que ni siquiera la calamidad eleva, sino que, al contrario, tiende a exhibirla en toda su vulgaridad; y tengo la cruel convicción de que las vidas de las que esas ruinas son resto formaban parte de una tosca suma de oscura vitalidad que caerá en el mismo olvido que las sucesivas generaciones de hormigas y castores.

Quizá, lector, hayas sentido una similar sensación opresiva mientras contemplabas la anticuada vida familiar que transcurre a orillas del Floss y que la pena difícilmente consigue elevar por encima de lo tragicómico. Dirás que es una vida sórdida ésta que llevan los Tulliver y los Dodson, los cuales no se guían por principios sublimes, por visiones románticas ni por una fe activa y sacrificada; no los empujan ninguna de esas pasiones incon­trolables que crean las oscuras sombras de la miseria y el crimen; no tie­nen necesidades toscas y primitivas, no conocen las tareas duras, sumisas y mal pagadas, no descifran con capacidad infantil lo que ha escrito la natu­raleza, todo lo cual da carácter poético a la vida del campesino. Poseen costumbres y conceptos mundanos convencionales sin educación y sin refinamiento. Sin duda, la forma de vida humana más prosaica: orgullosa respetabilidad sobre una basta calesa; mundanería sin guarnición. Si observamos de cerca a estas gentes, incluso cuando la mano de hierro de la desgracia les ha hecho perder el vínculo mecánico que las une al mundo, se advierte escasa huella de la religión y la impronta aún menor de un claro credo cristiano. Su fe en lo oculto, en lo que respecta a sus manifestaciones, se diría que posee un carácter pagano: sus nociones morales, si bien sostenidas con tenacidad, no parecen responder a otro cri­terio que a la costumbre hereditaria. No se puede vivir entre gente así; uno se ahoga por falta de una salida hacia lo hermoso, grande o noble; se irri­ta con esos hombres y mujeres grises que no casan con la tierra en donde viven, esta rica llanura por la que fluye el gran río hacia delante y une el débil pulso de la vieja población inglesa con los latidos del poderoso cora­zón del mundo. Se diría más propia del misterio de la suerte humana la vigorosa superstición que azota a sus dioses o a sí misma que la formican­te actitud de esos Dodson y Tulliver.



Comparto contigo, lector, esta sensación de estrechez opresiva; pero es necesario que la sintamos si queremos entender cómo actuaba sobre las vidas de Tom y de Maggie, cómo ha afectado a los jóvenes de varias gene­raciones que, empujados por la tendencia al progreso de las cosas huma­nas, se han elevado por encima del nivel mental de la generación prece­dente, a la que, sin embargo, los ataban las fibras más fuertes de su corazón. De este modo, en cada población, cientos de corazones oscuros representan el sufrimiento, como víctimas o mártires, propio de todo avan­ce histórico de la humanidad: y no debemos temer esta comparación de las cosas pequeñas con las grandes: ¿acaso la ciencia no nos dice que cen­tra su empeño en la búsqueda de aquello que vincule lo más pequeño a lo más grande? Por lo que sé, en las ciencias naturales nada carece de impor­tancia para el estudioso que posea una amplia visión de estos vínculos ni para quien cada objeto sugiera una amplia gama de condiciones. Y lo mismo sucede con la observación de la naturaleza humana.

Sin duda, las ideas religiosas y morales de los Dodson y los Tulliver eran demasiado específicas para que pudiera llegarse a ellas de modo deducti­vo partiendo de la afirmación de que formaban parte de la población pro­testante de Gran Bretaña. Su teoría de la vida poseía una base sólida, como todas las teorías a partir de las cuales se han criado y florecido todas las familias decentes y prósperas; pero carecía de toda teología. Si cuando las hermanas Dodson eran solteras sus Biblias se abrían con más facilidad en una página que en otra se debía a que guardaban en ellas pétalos secos de tulipanes, distribuidos con cierta imparcialidad, sin preferencia alguna por lo histórico, piadoso o doctrinal. Su religión era sencilla, casi pagana, pero no había en ella herejía alguna —si es que herejía significa elección—­ porque no sabían que existiera ninguna otra religión, con la única excepción de las corrientes no anglicanas, rasgo que parecía trasmitirse de padres a hijos, como el asma. ¿Cómo podrían saberlo? El vicario de su agradable parroquia rural no era polemizador y, en cambio, se le daba bien jugar al whist y tenía siempre a punto alguna broma para las parro­quianas de buen ver. La religión de los Dodson consistía en reverenciar todo aquello que fuera tradicional y respetable: era necesario estar bauti­zado para que te enterraran en el cementerio y tomar los últimos sacra­mentos como garantía contra una serie de vagos peligros; pero era igual­mente necesario contar para el funeral con adecuados portadores del féretro y con unos jamones bien curados, así como dejar un testamento irreprochable. Ningún Dodson desearía que se le echara en cara el olvido de nada apropiado o que formara parte desde tiempo inmemorial de las tradiciones familiares y de las costumbres claramente indicadas en la prác­tica de los parroquianos más acaudalados: cosas tales como la obediencia a los padres, la fidelidad a los consanguíneos, la laboriosidad, la honradez, el espíritu de ahorro, la limpieza cuidadosa de todo tipo de utensilios de madera y cobre, la acumulación de monedas que podrían desaparecer de la circulación, la producción de bienes de primera clase para el mercado y la preferencia general por todo aquello que fuera casero. Los Dodson eran orgullosos y su orgullo residía en frustrar por completo todo deseo ajeno de reprocharles algún incumplimiento de un deber o norma tradicional. En muchos sentidos se trataba de un orgullo razonable, puesto que identificaba el honor con la integridad perfecta, el cuidado en el trabajo y la fidelidad a las normas establecidas; y la sociedad debe la presencia de cualidades importantes en algunos de sus miembros a las madres de la clase de los Dodson, que preparaban bien la mantequilla y los platos tra­dicionales y se habrían sentido avergonzadas por hacerlo de otro modo. Ser honrado y pobre nunca fue la divisa de un Dodson, pero todavía menos lo era ser pobre y parecer acaudalado; el lema de la familia era ser rico y honrado, y no sólo rico, sino más incluso de lo imaginado. Llevar una existencia respetable y contar con los portadores adecuados en el funeral suponía alcanzar los objetivos últimos de esta vida, pero ese éxito quedaría totalmente anulado si, al leer el testamento, el prestigio del difunto cayera por los suelos por ser mas pobre de lo esperado o por legar sus bienes de modo caprichoso, sin guardar la adecuada proporción con los grados de parentesco. El comportamiento con los familiares debía ser siempre el adecuado: y lo propio era corregirlos severamente si su actitud no honraba a la familia, pero sin privarlos de su parte correspondiente de hebillas de los zapatos y otras propiedades. Cualidad destacada del carác­ter de los Dodson era su sinceridad; tanto sus vicios como sus virtudes for­maban parte de un egoísmo orgulloso y franco que aborrecía enérgica­mente cualquier gesto contra su fama y su interés; reprenderían duramen­te a cualquier familiar descarriado, pero nunca lo abandonarían o harían caso omiso de su presencia: no permitirían que le faltara el pan, aunque exigirían que lo comiera con hierbas amargas.

La misma fe tradicional corría por las venas de los Tulliver, pero arrastrada por una sangre más rica, con trazas de una imprudencia generosa un afecto cálido y una temeridad impetuosa. Algunos habían oído contar al abuelo del señor Tulliver que descendía de un tal Ralph Tulliver, un individuo brillante que terminó en la ruina. Es muy probable que el listo de Ralph viviera por todo lo alto, montara briosos corceles y fuera obsti­nado en sus opiniones. En cambio, nunca se había oído hablar de un Dodson que se arruinara: no era ése el estilo de la familia.

Si éstas eran las filosofías de la vida según las cuales se habían educado los Dodson y los Tulliver en los meritorios tiempos de Pitt y de los precios altos, el lector podrá deducir de lo que ya conoce de la sociedad de Saint Ogg's que en sus años de madurez ninguna influencia los había cambia­do. Incluso era posible que, tras tantos años de sermones anticatólicos, las gentes conservaran múltiples ideas paganas y, sin embargo, se tuvieran por buenos fieles anglicanos: de modo que no puede sorprendernos que el señor Tulliver, aunque asistía a la iglesia con frecuencia, dejara constancia de su afán de venganza en las guardas de la Biblia familiar. Nada podía reprocharse al vicario de la encantadora parroquia rural a la que pertene­cía el molino de Dorlcote: era hombre de una familia excelente, un solte­ro irreprochable de aficiones elegantes que se había licenciado con notas brillantes y pertenecía a una hermandad universitaria. El señor Tulliver sentía por él el debido respeto, como hacia con todo lo relacionado con la Iglesia; pero consideraba que la Iglesia era una cosa y el sentido común otra, y que no quería que nadie le contara, precisamente a él, lo que era el sentido común. La naturaleza ha dotado con pequeños zarcillos a algu­nas semillas que necesitan encontrar un cobijo para protegerse en cir­cunstancias desfavorables, con la finalidad de que puedan aferrarse a superficies poco receptivas. Al parecer, la semilla espiritual sembrada en el señor Tulliver carecía de recursos y se la había llevado el viento.

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