George Eliot El molino del Floss



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Capítulo III


El señor Riley aconseja sobre un colegio para Tom
El caballero de la ancha corbata blanca y camisa con chorreras que toma tan a gusto un brandy con agua en compañía de su buen amigo Tulliver es el señor Riley: un caballero de rostro céreo y manos gruesas, tal vez muy culto para ser subastador y tasador pero lo bastante generoso para mostrar bonhommie hacia meras amistades rurales de hábitos hospitalarios. El señor Riley se refería amablemente a estos conocidos denominándolos «gente de la vieja escuela».

Se había producido una pausa en la conversación. El señor Tulliver, no sin una razón concreta, se abstuvo de repetir por séptima vez la fría res­puesta por la cual Riley había demostrado ser muy superior a Dix y el modo en que había dado en la cresta a Wakem por primera vez en la vida, ahora que el asunto de la presa se había resuelto mediante arbitraje, y no insistió en que nunca se habría producido una disputa sobre la altura del agua si todo el mundo fuera como debiera y Pero Botero no hubiera crea­do los abogados. El señor Tulliver era, en términos generales, un hombre de opiniones seguras y tradicionales; sin embargo, en uno o dos puntos había confiado en su desasistido intelecto y había llegado a varias conclu­siones discutibles, por ejemplo, que Pero Botero había creado las ratas, los gorgojos y los abogados. Lamentablemente, no tenía a nadie que le dijera que aquello era de un maniqueísmo absoluto; de haber sido así, habría advertido su error. No obstante, aquel día resultaba evidente que había triunfado el bien: ese asunto del salto de agua, por un motivo u otro, se había enmarañado mucho, si bien, desde su punto de vista, estaba tan claro como el agua misma; pero a pesar de ser tan complicado, Riley se había impuesto. El señor Tulliver tomaba el brandy menos diluido que de costumbre y, para ser un hombre que tal vez tuviera unos cuantos cientos ociosos en el banco, manifestaba con cierta ligereza el alto aprecio que sentía por el talento profesional de su amigo.

Con todo, la presa constituía un tema de conversación permanente que podían reanudar en el mismo punto y en idéntica situación; y, como bien sabemos, el señor Tulliver deseaba ansiosamente el consejo del señor Riley sobre otra cuestión. Por ese motivo permaneció en silencio unos instantes tras el último sorbo y se frotó las rodillas con aire meditabundo. No era hombre partidario de las transiciones bruscas. Este mundo es muy enre­doso, decía con frecuencia, y si conduces el carromato a toda prisa, pue­des volcar en cualquier curva difícil. Entre tanto, el señor Riley no se mos­traba impaciente. ¿Por qué iba a estarlo? Incluso Hotspur habría sido paciente si, en zapatillas junto a un cálido fuego, sorbiera abundante rapé mientras lo invitaban a tomar brandy.

—Me ronda una idea por la cabeza —anunció por fin el señor Tulliver en tono más bajo que de costumbre mientras volvía la cabeza hacia su com­pañero y lo miraba fijamente.

—¿Sí? —pregunto el señor Riley con aire de leve interés. Tenía los párpa­dos céreos y pesados, las cejas arqueadas y conservaba la misma expresión en cualquier circunstancia. La impasibilidad de su rostro y la costumbre de tomar una pizca de rapé antes de responder hacía que el señor Tulliver lo considerara un oráculo.

—Es algo muy especial —prosiguió—: se trata de mi hijo Tom. Al oír este nombre, Maggie, que estaba sentada en un taburete bajo junto al fuego con un gran libro abierto sobre las rodillas, se echó hacia atrás el pesado cabello negro y alzó la vista con interés. Pocos sonidos despertaban a Maggie cuando soñaba ante un libro, pero el nombre de Tom era tan efi­caz como el más estridente silbato: al instante se encontraba alerta, los ojos brillantes, como un vigilante terrier de Skye, resuelta a atacar a cualquiera que amenazara a Tom.

—Mire, me gustaría meterlo en otro colegio para el trimestre de verano —dijo el señor Tulliver—. Saldrá de la 'cademia en marzo y dejaré que tenga un trimestre libre, pero quiero enviarlo a un colegio bueno de verdad, donde lo conviertan en un hombre instruido.

—Bien —contestó el señor Riley—, no puede darle nada mejor que una buena educación. Lo que no quiere decir —añadió amablemente— que no se pueda ser un excelente molinero y granjero, así como un hombre sagaz y sensato sin ayuda de maestro alguno.

Efetivamente —asintió el señor Tulliver, guiñando un ojo y ladeando la cabeza—, pero esa es la cuestión: no tengo intención de que Tom sea moli­nero y granjero. No me conviene: ¡Caramba! Si lo convierto en molinero y granjero, estará esperando para hacerse con el molino y la tierra, ace­chándome como si ya fuera hora de que se lo dejara y pensara en morir­me. ¡Quia! Ya he visto demasiados hijos así. Nunca me quito la ropa antes de irme a la cama. Daré a Tom educación y lo introduciré en los negocios para que pueda construirse un nido y no quiera echarme del mío. Me parece bien que se lo quede todo cuando yo esté muerto, pero mientras yo tenga todos los dientes, no permitiré que me den papillas.

No cabía duda de que el señor Tulliver tenía las ideas claras respecto a esta cuestión, y el ímpetu que había conferido a sus palabras una rapidez y un énfasis inusuales se mantuvo intacto durante unos minutos y se mani­festó en desafiantes movimientos de la cabeza, que agitaba de un lado a otro mientras de vez en cuando todavía gruñía: «¡Quia!»

Maggie observó estos síntomas de enfado y se sintió herida en lo más vivo: al parecer, se consideraba que Tom era capaz de echar a su padre de su propia casa y de ser tan malo como para procurarles un futuro trágico. Aquello era insoportable: Maggie olvidó el pesado libro, que cayó con estruendo sobre el guardafuegos, saltó del taburete y, alzándose entre las rodillas de su padre, dijo con voz llorosa e indignada:

—Padre, Tom nunca se portará así de mal con usted: yo sé que nunca lo hará.

La señora Tulliver se encontraba fuera de la habitación, vigilando la exquisita cena, y el señor Tulliver se conmovió, de modo que no regañó a Maggie por tirar el libro. El señor Riley lo recogió en silencio y lo miró mientras el padre reía con una ternura que suavizaba las duras líneas de su rostro y daba palmaditas a su hija en la espalda. Después le tomó las manos y la retuvo entre las rodillas.

—¡Vaya! Así que no debemos decir nada malo de Tom, ¿eh? —dijo el señor Tulliver guiñando un ojo a Maggie. Después, bajando la voz, se vol­vió hacia el señor Riley, como si Maggie no pudiera oírlo.

—Entiende como nadie todo lo que se dice. Y debería oír cómo lee: de un tirón, como si lo supiera todo de memoria. ¡Y está siempre con un libro en la mano! Pero es malo, es malo —añadió el señor Tulliver, entristecido, conteniendo aquella animación culpable—: una mujer no debe ser tan lista, me temo que no le trae más que problemas. Pero, ¡bendita sea! —en ese momento volvió a dominarlo el entusiasmo—, lee los libros y los entiende mejor que la mayoría de los adultos.

Las mejillas de Maggie se sonrojaron de excitación y triunfo: le parecía que ahora el señor Riley sentiría respeto por ella; resultaba evidente que, hasta el momento, ni siquiera había reparado en su existencia.

El señor Riley pasaba las páginas del libro y Maggie era incapaz de adi­vinar nada en aquel rostro de altas cejas arqueadas. Él la miró y dijo:

—Ven a contarme algo de este libro; aquí hay algunas ilustraciones y quiero conocer lo que significan.

Maggie, cada vez más sonrojada, se acercó sin vacilar al codo del señor Riley y miró hacia el libro, lo agarró por una esquina y se apartó la mele­na mientras decía:

—Le voy a contar lo que quiere decir este dibujo. Es horrible, ¿verdad? Pero no soy capaz de mirar otra cosa. La vieja que está en el agua es una bruja, la han metido allí para averiguar si es bruja o no: si nada, es bruja, si se ahoga y se muere, claro, es inocente y no es bruja, sino solo una des­graciada vieja. Pero ¿de qué le servirá cuando esté ahogada? Bueno, supongo que se irá al cielo y Dios la compensará. Y le diré quién es este horrible herrero que se ríe con los brazos en jarras ¡Qué feo! ¿verdad? Pues es el mismísimo diablo —aquí, Maggie alzó la voz con énfasis— y no un simple herrero; porque el diablo se encarna en los hombres malos y va por ahí haciendo que la gente haga cosas malas; es más normal que se encar­ne en un hombre malo porque si no es así y la gente se da cuenta de que es el diablo y se asusta, todos salen corriendo y él no puede hacer que se comporten como él quiere.

El señor Tulliver había escuchado la descripción de Maggie inmóvil y maravillado.

—¡Caramba! ¿Qué libro tiene la niña? —exclamó finalmente.



La historia del diablo, de Daniel Defoe. No es un libro adecuado para una niña pequeña —señaló el señor Riley—. ¿Cómo es que se encuentra entre sus libros, Tulliver?

Maggie parecía dolida y desalentada mientras su padre contestaba:

—¡Caramba! Es uno de los libros que compré en la venta de los objetos de Partridge. Todos tenían la misma encuadernación, una encuaderna­ción buena, como puede ver, y pensé que serían todos buenos libros. Entre ellos está el de Jeremy Taylor Vida y muerte santas, que leo mucho los domingos. —El señor Tulliver se sentía en cierto modo próximo a ese gran escritor porque también él se llamaba Jeremy—. Y hay muchos otros, sobre todo sermones, me parece; pero tienen todos la misma cubierta y pensaba que eran todos de la misma clase, por así decirlo. Pero, al parecer, no se puede juzgar por las apariencias. Qué mundo tan enredoso es éste.

—Bien —dijo el señor Riley con tono de reprobación condescendiente mientras daba a Maggie unas palmaditas en la cabeza—. Te aconsejo que dejes La historia del diablo y leas algún libro más bonito. ¿No tienes otros?

—¡Oh, sí! —exclamó Maggie, animándose un poco con el deseo de defen­der la diversidad de sus lecturas—. Ya sé que lo que cuenta este libro no es bonito, pero me gustan las imágenes y me invento historias sobre las ilus­traciones. Tengo las Fábulas de Esopo, un libro sobre los canguros y esas cosas, y también El viaje del peregrino...

—Ah, un buen libro —declaró el señor Riley—. No podrías leer otro mejor.

—Bueno, pues habla mucho del demonio —dijo Maggie con aire triun­fal—. Le enseñaré el retrato que lo pinta tal cual es combatiendo contra Cristiano.

Maggie corrió en un instante a un rincón de la habitación, saltó sobre una silla y extrajo de la pequeña librería un viejo ejemplar de la obra de Bunyan, que abrió al instante, sin vacilar en la búsqueda, por la imagen deseada.

—Aquí está —dijo, corriendo de regreso hacia el señor Riley—. Y Tom me lo coloreó con sus pinturas durante las últimas vacaciones, cuando vino a casa: mire, el cuerpo bien negro y los ojos rojos, como fuego, porque por dentro es todo fuego y le sale por los ojos.

—Anda, vete —ordenó el señor Tulliver, empezando a sentirse incómodo por las observaciones sobre el aspecto personal de un ser lo bastante pode­roso para crear los abogados—. Cierra el libro y no hables más d'esas cosas. Lo que yo decía: la niña aprende más cosas malas que buenas en los libros. Anda, vete con tu madre.

Maggie cerró el libro de inmediato, avergonzada, pero como no desea­ba acudir junto a su madre, optó por una solución de compromiso y se marchó a un rincón oscuro situado tras la butaca de su padre para jugar con su muñeca, por la que sentía súbitos arrebatos de cariño cuando Tom no estaba y, aunque no la acicalaba apenas, le daba tantos besos cariñosos que las mejillas de cera tenían un aspecto desgastado y enfermizo.

—¿Ha visto alguna vez algo semejante? —preguntó el señor Tulliver cuan­do Maggie se retiró—. Es una pena, porque si hubiera sido varón seguro que habría estado a la altura de muchos abogados. Es asombroso —añadió, bajando la voz—, pues escogí a su madre porque era guapa y no demasiado lista, y venía de una familia muy ordenada: la preferí a sus hermanas por­que era un poco boba, y yo no quería que me mandasen en mi propia casa. Pero ya ve, cuando un hombre tiene cerebro, no se sabe dónde va a ir a parar; y la mujer boba puede darle chicos tontos y niñas listas, así son las cosas, como si el mundo estuviera patas para arriba. Qué cosas tan enre­dadas pasan.

El señor Riley abandonó unos instantes el aire grave y agitó la cabeza para aspirar un poco de rapé.

—Pero su chico no es tonto, ¿no? Lo vi la última vez que estuve por aquí, fabricando unos aparejos de pesca; parecía bastante hábil.

—Bueno, no es lo que se dice tonto: sabe cosas que no tienen que ver con los estudios; tiene sentido común y habilidad manual, pero es de lengua torpe, lee mal y no soporta los libros; según me dicen, escribe con muchas faltas, es muy tímido con los desconocidos y nunca dice cosas agudas, como la mocita. Así que lo que quiero es enviarlo a un colegio donde le enseñen a manejar la lengua y la pluma y lo conviertan en un mozo des­pabilado. Quiero que mi hijo pueda mirar de tú a tú a esos individuos que tanta ventaja me llevan por haber tenido mejor educación. Si el mundo se hubiera quedado como Dios lo hizo, yo habría podido hacer carrera y medirme con el mejor de ellos, pero las cosas se han complicado y se han liado mucho con palabras poco razonables. Todo es tan embarullado que, cuanto más honrado es uno, más enredado está.

El señor Tulliver tomó un sorbo, lo tragó lentamente y agitó la cabeza con gesto melancólico, convencido de ser el vivo ejemplo de que un inte­lecto cuerdo no puede encontrar su sitio en este mundo enloquecido.

—Tiene usted mucha razón, Tulliver —señaló Riley—. Es mejor gastar varios cientos en la educación de un hijo que legárselos en el testamento. Yo también lo haría si hubiera tenido un hijo, aunque no dispongo de tanto como usted, Tulliver, y, por añadidura, tengo la casa llena de hijas.

—Me pregunto si conocerá usted un colegio adecuado para Tom —quiso saber el señor Tulliver, sin que la escasez de dinero en efectivo del señor Riley lo distrajera de su idea.

El señor Riley tomó una pulgarada de rapé y mantuvo a Tulliver en vilo con un silencio aparentemente reflexivo antes de decir:

—Sé de una excelente oportunidad para quien tenga el dinero necesa­rio, y usted lo tiene, Tulliver. Lo cierto es que no recomendaría a ningún amigo mío que enviara a su hijo a un colegio normal y corriente si pudie­ra permitirse algo mejor. Pero si alguien quisiera que su hijo tuviera una instrucción y una formación superiores, que fuera compañero de su maes­tro y éste fuera un individuo de primera, conozco al hombre adecuado. No se lo diría a cualquiera, porque no creo que cualquiera pueda contratarlo aunque quisiera, pero se lo digo a usted, Tulliver, y que quede entre noso­tros.

La mirada inquisitiva con que el señor Tulliver contemplaba el rostro oracular de su amigo se tornó ansiosa.

—Pues cuénteme —dijo, acomodándose en la butaca con la complacen­cia de quien es considerado digno de importantes confidencias.

—Ha estudiado en Oxford —sentenció el señor Riley, cerrando la boca y mirando al señor Tulliver para observar el efecto de aquella información tan estimulante.

—¡Cómo! ¿Un clérigo? —preguntó el señor Tulliver con aire poco con­vencido.

—Sí, y también magister artium Según tengo entendido, el obispo lo tiene en gran estima, e incluso fue él quien le concedió el actual curato.

Ah, ¿sí? —preguntó el señor Tulliver, para el cual todo resultaba igualmente maravilloso en lo que respectaba a aquellos fenómenos tan poco familiares—. Entonces, ¿por qué iba a interesarle enseñar a Tom?



—Bien, le encanta enseñar y desea seguir estudiando, pero un clérigo tiene pocas oportunidades para ello debido a sus deberes parroquiales. Desea tomar uno o dos niños como pupilos para ocupar el tiempo de modo provechoso. Los chicos serían como de la familia, lo mejor para ellos, y estarían siempre bajo la vigilancia directa de Stelling.

—¿Y cree que dejarían repetir de pudín al pobre chico? —preguntó la señora Tulliver, que se encontraba otra vez en su sitio—. Le gusta el pudín con locura y sería terrible que se lo escatimaran a un chico que está cre­ciendo.

—¿Y cuánto dinero querría? —quiso saber el señor Tulliver, cuyo instinto le decía que los servicios de aquel admirable licenciado en letras tendrían un alto precio.

—¡Vaya! Pues sé de un clérigo que pide ciento cincuenta a los alumnos más jóvenes y no tiene punto de comparación con Stelling, el hombre de quien le hablo. Sé de buena tinta que un personaje de Oxford dijo en una ocasión: «Stelling podría alcanzar los más altos honores, si lo deseara». Pero no le interesaban los honores universitarios. Es un hombre callado, no le gusta hacerse ver ni notar.

Ah, mucho mejor, mucho mejor —dijo el señor Tulliver—. Pero ciento cincuenta es un precio extraordinario; ni me había pasado por la cabeza pagar tanto.



—Permita que le diga, Tulliver, que una buena educación nunca es cara. Sin embargo, las condiciones de Stelling son moderadas, no es codicioso. No dudo de que aceptará a su hijo por cien, cosa que no harían muchos clérigos. Si quiere, le escribiré preguntándoselo.

El señor Tulliver se frotó las rodillas y contempló fijamente la alfombra con aire meditabundo.

—Pero seguro que será soltero —señaló la señora Tulliver en el interva­lo—, y tengo una pésima opinión de las amas de llaves. Mi hermano, que en paz descanse, tuvo una vez un ama de llaves que le quitó la mitad de las plumas de la mejor cama, las metió en un paquete y las envió lejos. Ni se sabe cuánta ropa de casa le quitó: se llamaba Stott. Me rompería el cora­zón enviar a Tom a una casa con ama de llaves, y espero que ni se t'ocurra hacerlo, Tulliver.

—Tranquilícese en esta cuestión, señora Tulliver —contestó Riley—, por­que Stelling está casado con la mejor mujercita que puede desear un hom­bre. No hay alma más afable en este mundo; conozco bien a su familia. Tiene un cutis como el suyo y el cabello claro y ondulado. Procede de una buena familia de Mudport que no habría aceptado a cualquiera, pero Stelling no es un hombre vulgar. En realidad, es bastante exigente en la elección de sus amistades, pero creo sinceramente que no pondrá reparos a su hijo: supongo que no lo hará, ya que irá en mi nombre.

—No sé qué podría tener en contra del muchacho —protestó la señora Tulliver con cierta indignación maternal—: es un niño sano y hermoso como el que más.

—Pero se me ocurre una cosa —dijo el señor Tulliver, ladeando la cabeza y mirando al señor Riley tras examinar atentamente la alfombra—: ¿No será demasiado instruido, por así decir, para convertir al muchacho en un hombre de negocios? Por lo que sé, los clérigos saben cosas que, mayormente, no se ven. Y no es eso lo que quiero para Tom. Quiero que sepa de números, que escriba como de imprenta, que pille las cosas al vuelo y sepa lo que quiere decir la gente, que sepa envolverlo todo en palabras por las que no le puedan demandar. Pocas veces uno tiene la oportunidad —con­cluyó el señor Tulliver, moviendo la cabeza— de decir a un hombre lo que uno piensa de él sin pagar por ello.

—Querido Tulliver —contestó el señor Riley—: está totalmente equivocado en relación con el clero: los mejores profesores son siempre clérigos. Los que no lo son, por lo general son hombres de muy baja categoría...

Esacto, como ese Jacobs de la 'cademia —interrumpió el señor Tulliver. —Casi siempre son hombres que han fracasado en otras empresas. En cambio, un clérigo es un caballero por su profesión y por su educación: y, además, tiene conocimientos para dar una sólida base a un muchacho y prepararlo para iniciar cualquier carrera profesional con éxito. Quizá algunos clérigos sean meros eruditos, pero puede estar seguro de que Stelling no es uno de ellos. Permita que le diga que es un hombre muy des­pierto. Lo entiende todo con medias palabras. Y si de números se trata, sólo tiene que decir a Stelling: «Quiero que mi hijo sea un perfecto arit­mético» y dejarle hacer.

El señor Riley hizo una pequeña pausa mientras el señor Tulliver, algo más tranquilo en cuanto a la enseñanza de los clérigos, ensayaba para sí una declaración dirigida al señor Stelling: «Quiero que mi hijo sepa rimé­tica».

—Mire, apreciado Tulliver —prosiguió el señor Riley—, un hombre como Stelling, con una educación completa, domina todas las ramas. Cuando un artesano sabe usar las herramientas, tanto puede fabricar una puerta como una ventana.

Esacto, eso es verdad —dijo el señor Tulliver, casi convencido de que los miembros del clero eran los mejores maestros.

—Pues bien, le diré lo que voy a hacer por usted —anunció el señor Riley—, y no lo haría por cualquiera. Cuando regrese a Mudport, veré al suegro de Stelling o le escribiré unas líneas para decirle que usted desea­ría colocar a su chico con su yerno, y me aventuro a afirmar que Stelling le escribirá para detallar sus condiciones.

—Pero no hay prisa, ¿no? —inquirió la señora Tulliver—. Tulliver, espero que no permitas que Tom empiece en esta nueva escuela antes del tri­mestre de verano. Empezó en la 'cademia en el trimestre de primavera, y ya ves cómo le ha ido.

Esactamente, esactamente, Bessy. No por mucho madrugar amanece más temprano —declaró el señor Tulliver, guiñando el ojo y sonriendo al señor Riley con el orgullo natural del hombre que tiene una mujer hermosa y de intelecto notablemente inferior al suyo—. Tienes razón en que no hay prisa, en eso has dado en el blanco, Bessy.

—Sin embargo, sería preferible no retrasar demasiado el acuerdo —inter­vino el señor Riley discretamente—, ya que Stelling podría tener otras pro­puestas, y sé que no quiere tomar más de dos o tres alumnos, como mucho. En su lugar, intentaría ponerme en contacto con Stelling lo antes posible: aunque no hay necesidad de enviar al chico antes del verano, yo me aseguraría de que nadie se le adelanta.

Esactamente. Hay que tenerlo en cuenta. —dijo el señor Tulliver.

—Padre —intervino Maggie que había avanzado sigilosamente, sin que nadie lo advirtiera, hasta colocarse junto a su padre y escuchaba con la boca abierta mientas sostenía la muñeca cabeza abajo y aplastaba la nariz de ésta contra la madera de la butaca—. Padre, ¿está muy lejos el sitio donde se irá Tom? ¿Iremos a verlo?

—No lo sé, mocita —contestó el padre con ternura—. Pregúntaselo al señor Riley, él lo sabe.

Maggie se plantó delante del señor Riley. —Por favor, señor, ¿a qué distancia está?

—Oh, está muy lejos —contestó el caballero, que era de la opinión que, cuando los niños no eran traviesos, se les debía hablar en broma—. Tendrás que pedir prestadas las botas de siete leguas para llegar.

—¡Qué tontería! —contestó Maggie. Se apartó el cabello con gesto altivo Y se alejó con lágrimas en los ojos. Aquel señor Riley empezaba a serle anti­pático: resultaba evidente que la tenía por tonta e insignificante.

—¡Cállate, Maggie! ¿No te da vergüenza hacer preguntas y cotorrear tanto? —la regañó su madre—. Siéntate en el taburete y mantén la lengua quietecita. —y alarmada, preguntó—: ¿Cae tan lejos que no pueda lavarle ni remendarle la ropa?

—Unas quince millas solamente —contestó el señor Riley—. Se puede ir y volver en un solo día. Pero Stelling es un hombre hospitalario y agradable, se alegrará de alojarlos.

—Aunque me parece que está demasiado lejos para la ropa —reflexionó la señora Tulliver, apenada.

La llegada de la cena aplazó oportunamente esta dificultad y alivió al señor Riley de la tarea de sugerir alguna solución o compromiso, misión que, sin duda, se habría encomendado porque, como habrás visto, lector, era un hombre muy atento y servicial. Y se había tomado la molestia de recomendar el señor Stelling a su amigo Tulliver sin esperar por ello nada a cambio, a pesar de las sutiles indicaciones de lo contrario que podrían haber engañado a un observador demasiado sagaz, puesto que, sin duda, nada es más engañoso que la sagacidad mal encaminada. El empeño en creer que los hombres suelen actuar y hablar por motivos concretos, con un propósito consciente, supone un despilfarro de energía en un juego imaginario. Los planes codiciosos y las artimañas deliberadas para maqui­nar un fin egoísta sólo abundan en el mundo de los dramaturgos: exigen una actividad mental excesiva para la mayoría de nuestros conciudadanos. No es necesario tomarse tantas molestias para fastidiar la vida al vecino: es más fácil hacerlo mediante la perezosa aquiescencia o la omisión, con fal­sedades triviales que apenas obedecen a razón alguna, pequeños fraudes compensados por pequeños excesos, torpes halagos e insinuaciones tosca­mente improvisadas. La mayoría de nosotros vivimos al día, con escasos deseos inmediatos: hacemos poco más que arrebatar un bocado para satis­facer a la camada hambrienta y pocas veces pensamos en las semillas para la siembra siguiente.



El señor Riley era un hombre de negocios que no descuidaba sus inte­reses y, sin embargo, incluso en él influían más los pequeños impulsos que los planes a largo plazo. No había llegado a ningún acuerdo privado con el reverendo Walter Stelling; al contrario, sabía muy poco del licenciado o de sus méritos: tal vez no lo suficiente para avalar aquella calurosa reco­mendación a su amigo Tulliver. No obstante, creía que Stelling era un excelente clasicista, ya que lo había dicho Gadsby, y el primo carnal de Gadsby era profesor en Oxford: argumento más sólido de lo que habría sido su observación directa, porque aunque Riley había recibido cierto barniz clásico en la magnífica escuela gratuita de Mudport y creía com­prender el latín en términos generales, lo cierto era que le costaba enten­derlo. Sin duda, conservaba un leve aroma del contacto juvenil con De senectute y el cuarto libro de la Eneida, pero éste ya no podía reconocerse como parte de una formación clásica y sólo se distinguía en el refina­miento y la fuerza de su estilo en las subastas. Además, Stelling se había licenciado en Oxford y los licenciados de Oxford siempre eran... No, no: los buenos matemáticos eran los de Cambridge. De todos modos, un uni­versitario puede dar clases de lo que sea, especialmente un hombre como Stelling, que en una cena política celebrada en Mudport pronunció un discurso tan brillante que todo el mundo señaló que el yerno de Timpson era un individuo muy listo. Y era de esperar que cualquier habitante de Mudport de la parroquia de Santa Úrsula no pasara por alto la oportuni­dad de hacer un favor a un yerno de Timpson, puesto que Timpson era uno de los hombres más útiles e influyentes del lugar y tenía muchos nego­cios que sabía poner en las manos adecuadas. El señor Riley apreciaba a esta clase de hombres, al margen de cualquier consideración sobre el dine­ro que, gracias a su buen juicio, éstos pudieran hacer pasar de bolsillos menos dignos al suyo; y supondría para él una satisfacción poder decir a Timpson al regresar a su ciudad: «He conseguido un buen alumno para su yerno». Riley compadecía a Timpson por tener tantas hijas y, además, el rostro de Louisa Timpson, con sus rizos claros, sentada los domingos en el banco de la iglesia, se había convertido en una imagen familiar a lo largo de casi quince años: era cosa natural que su marido fuera un profesor digno de encomio. Por otra parte, Riley no conocía a ningún otro profe­sor que pudiera recomendar: ¿por qué no iba a hablar en favor de Stelling? Su amigo Tulliver le había pedido opinión y resultaba sumamen­te desagradable confesar a un amigo que uno no tiene opinión alguna que dar. Y si uno la da, es de tontos no hacerlo con aire de convicción y segu­ridad bien fundada. Al expresarla, uno la hace suya y se entusiasma de modo natural. Así, Riley —que, para empezar, no sabía nada malo de Stelling y que, en la medida en que pudiera desearle algo, sólo sería bueno— en cuanto lo recomendó empezó a sentir admiración por un hom­bre recomendado con tanta autoridad y a experimentar tanto interés por el asunto que, si el señor Tulliver hubiese decidido no enviar a Tom con Stelling, Riley habría pensado que aquel amigo «de la vieja escuela» era un completo cabezota.

Lector, si censuras severamente a Riley por hablar de alguien con tanto entusiasmo y tan poco fundamento, deberé decirte que eres demasiado riguroso. ¿Por qué, treinta años atrás, un subastador y tasador que había olvidado el latín de la escuela gratuita debería mostrar una delicada escru­pulosidad que no siempre poseen los caballeros de profesiones ilustradas, ni siquiera en esta época nuestra de tanta moralidad?



Además, un hombre «lleno de la leche de la bondad humana»1 difícilmente puede abstenerse de hacer una buena obra cuando se le presenta la oportunidad, y nadie puede ser bueno en todos los aspectos. La propia naturaleza aloja, en ocasiones, un parásito nocivo en un animal al que no desea ningún mal. ¿Por qué? Es admirable cómo atiende al parásito. Si el señor Riley se hubiera abstenido de dar una recomendación que no se basaba en pruebas sólidas no habría ayudado a Stelling a conseguir un alumno de pago, con lo cual éste habría salido perjudicado. Y debemos también tener en cuenta que se habría visto privado del gusto de manifes­tar sus difusas opiniones y de otros pequeños placeres, tales como quedar bien con Timpson, dar consejo cuando se lo solicitaban, impresionar al amigo Tulliver y crecer en su estima, decir algo con énfasis, así como de otros ingredientes insignificantes que se sumaron al calor de la chimenea y el brandy diluido para avivar la conciencia del señor Riley en aquella oca­sión.

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