George Eliot El molino del Floss



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Capítulo IX


Un nuevo dato en el registro familiar
Tras ese primer momento de renuncia y sumisión, el molinero pasó por días de violenta lucha interior a medida que la recuperación gradual de sus fuerzas traía consigo una capacidad mayor para abarcar todas las face­tas del conflicto en que se encontraba. Los miembros débiles se resignan con facilidad al encadenamiento, y cuando la enfermedad nos domina, parece posible cumplir promesas que rompe la vieja energía al regresar. En algunas ocasiones, el pobre Tulliver pensaba que era demasiado duro para la naturaleza humana cumplir la promesa hecha a Bessy: había acce­dido antes de saber lo que iba a pedirle: de la misma manera podría haber­le hecho prometer que cargaría con una tonelada. Sin embargo, Bessy tenía a su favor demasiados sentimientos, no sólo la conciencia de que, como resultado de su matrimonio, había llevado una vida muy dura. Tulliver pensó en la posibilidad de ahorrar dinero de su salario, con muchos esfuerzos, para pagar un segundo dividendo a los acreedores, pero no le sería fácil conseguir un trabajo adecuado para él. Hasta la fecha, había llevado una vida regalada, mandando mucho y trabajando poco, y no estaba preparado para otra clase de empleo. Tal vez debería emplearse como jornalero y su esposa podría recibir ayuda de sus herma­nas, aunque esa perspectiva le resultaba doblemente amarga, especial­mente después de que hubieran permitido la venta de todos los objetos preciosos de Bessy, probablemente porque querían ponerla en su contra y hacerle sentir que era él quien la había llevado a esa situación. Cuando se presentaron para insistir en lo que tenía que hacer por la pobre Bessy, escuchó sus reconvenciones sin mirarlos más que de reojo y cuando esta­ban de espaldas. Sólo el temor de necesitar su ayuda había hecho que aceptar su consejo fuera la alternativa más sencilla.

Pero el argumento de mayor peso era el amor al lugar por donde había correteado de pequeño, igual que Tom lo hizo años más tarde. Los Tulliver habían vivido allí durante varias generaciones, y cuando era pequeño durante las noches de invierno permanecía sentado en un escabel mientras su padre le contaba la historia del viejo molino de madera que se alzaba allí antes de que las últimas grandes inundaciones lo daña­ran tanto que su abuelo lo echó abajo y construyó otro nuevo. Cuando Tulliver pudo caminar otra vez y contemplar los viejos objetos, sintió la fuerza de un afecto que lo ataba a su hogar como parte de su vida, parte de sí mismo. No podía soportar la idea de tener que vivir en otro sitio que aquel, donde conocía el ruido de cada puerta y portón, sentía que la forma y el color de cada tejado y de cada mancha producida por el tiem­po, de cada montículo truncado, eran los adecuados porque sus sentidos se habían nutrido de ellos. Nuestra clase ociosa ilustrada, que apenas tiene tiempo que perder entre los setos, huye rápidamente hacia los trópicos y se encuentra en su casa entre palmeras y bananos, que se alimenta de libros de viajes y ensancha el teatro de su imaginación hasta el Zambeze, difícilmente puede concebir lo que un hombre a la antigua como Tulliver podía sentir por el lugar que era centro de todos sus recuerdos y donde la vida parecía una herramienta familiar, adaptada a la mano por el uso, en la que los dedos encajan con amorosa facilidad. Y, en aquellos momentos, Tulliver vivía en el recuerdo de tiempos lejanos que acostumbra a asaltar­nos en las horas pasivas de da convalecencia.

—Mira, Luke —dijo una tarde, mientras miraba sobre la valla del huerto—. Recuerdo el día en que plantaron esos árboles. A mi padre l'entusiasmaba plantar, para él era una fiesta traer un carro lleno d'arbolitos, y yo me que­daba con él al aire libre, siguiéndolo como un perro.

Se dio media vuelta y, apoyándose en el pilar de la verja, miró hacia las construcciones que tenía ante sí.

—Creo que el viejo molino m’echaría de menos, Luke. Según cuenta una vieja historia, el río se enfada cuando el molino cambia de manos: se l'oí contar a mi padre muchas veces. Quién sabe si l’historia tendrá algo de cierto, porque este mundo es un lugar muy enredoso y el viejo Pero Botero siempre anda metido en él: todo esto es demasiado para mí.

—Pues sí, señor —dijo Luke con comprensión tranquilizadora—: la verdá es que con la roya del grano, el fuego de los almiares y otras cosas que he visto yo mismo, muchas veces pasan cosas raras: el tocino de nuestro último cerdo se funde como si fuera mantequilla, no deja más que un chicharrón.

—Es como si fuera ayer mismo cuando mi padre empezó a hacer malta —prosiguió el señor Tulliver—. Recuerdo el día en que terminaron la caseta para maltear, y pensé que de allí iba a salir algo importante, porque aquel día comimos budín de ciruelas e hicimos una fiestecita, y pregunté a mi madre, que era una mujer delicada de ojos negros... La mocita se le parecerá como una gota a otra... —Llegado a este punto, el señor Tulliver se puso el bastón entre las piernas y sacó la cajita de rapé para disfrutar mejor de la anécdota, que iba desgranando poco a poco, como si de vez en cuando perdiera de vista la narración que deseaba contar—. Entonces yo era un niño pequeño, poco más alto que la rodilla de mi madre, que nos quería muchísimo, y yo le pregunté: «Madre, ahora que tenemos la casita para maltear, ¿comeremos budín de ciruelas cada día?». L’hizo tanta gracia que me lo contó una y otra vez hasta el día de su muerte. Murió joven, mi madre. Pero hace ya sus buenos cuarenta años que se construyó la casita de maltear y son pocos los días que no ha sido lo primero que he mirado al levantarme, año tras otro, en todas las estaciones. En otro sitio me volvería loco, me sentiría perdido. Es muy duro, lo mires como lo mires, me irritará cargar con un yugo, pero prefiero seguir por el viejo camino en lugar de tomar otro nuevo.

—Sí, señor: aquí estará mejor que en cualquier otro lao —contestó Luke—. Yo no aguantaría tener que trabajar en otro sitio: todo es distinto: lo mismo los carros tienen las ruedas estrechas, las escaleras son distintas o son distintas las galletas de avena, como aquí mismo, Floss arriba. No es bueno cambiar de lugar.

—Imagino que querrán echar a Ben y hacer que te las apañes con un chico, y tendré que ayudar un poco. Tendrás peor empleo.

—No importa, señor —dijo Luke—, no pienso amargarme. He estado con usté veinte años, y veinte años no pasan porque uno quiera, igual que uno no puede hacer crecer los árboles: uno debe esperar a que nuestro Señor los envíe. Yo no me acostumbro a las nuevas comidas ni a las nuevas caras. No soy capaz: estas cosas atan mucho.

Tras esto, el paseo concluyó en silencio, porque Luke se había descar­gado de sus pensamientos hasta agotar todos sus recursos para la conver­sación, y el señor Tulliver había pasado de los recuerdos a una dolorosa reflexión sobre las distintas dificultades entre las que podía elegir. Aquella tarde, a la hora del té, Maggie advirtió que se encontraba inusualmente ausente; después permaneció sentado en el sillón, echado hacia delante, mirando el suelo mientras movía los labios y meneaba la cabeza de vez en cuando. Después miró intensamente a la señora Tulliver, que tejía delante de él; más tarde observó a Maggie, la cual, mientras se inclinaba sobre su labor, era plenamente consciente de que en la mente de su padre estaba desarrollándose una tragedia. De repente, el señor Tulliver cogió el atiza­dor y rompió con rabia un gran trozo de carbón.

—Pero Tulliver, ¿en qué estás pensando? —exclamó la señora Tulliver, alzando los ojos alarmada—. Es un derroche romper el carbón: apenas nos queda carbón del grande y no sé de dónde podremos sacar más.

—Me parece que esta noche no se encuentra usted muy bien, padre —dijo Maggie—. Parece usted inquieto.

—Bueno, ¿cómo es que Tom no está aquí? —preguntó el señor Tulliver con impaciencia.

—¡Ay, señor! ¿Es ya la hora? Tengo que ir a prepararle la cena —dijo la señora Tulliver, dejando lo que estaba tejiendo y saliendo de la habitación. —Son casi las ocho y media —dijo el señor Tulliver—. No tardará en llegar. Ve a buscar la Biblia grande y ábrela en la primera página, allí donde lo apuntamos todo. Y trae pluma y tintero.

Maggie obedeció intrigada: pero su padre no le dio más órdenes y se limitó a aguardar el rumor de los pasos de Tom en la gravilla, aparente­mente irritado por el viento que se había levantado y cuyo rumor ahogaba todos los otros sonidos. Sus ojos tenían una luz extraña que consiguió asustar a Maggie y ésta empezó a desear también la llegada de Tom.

—Aquí está —exclamó el señor Tulliver animado cuando por fin se oyó llamar a la puerta. Maggie fue a abrirla, pero su madre salió apresurada­mente de la cocina.

—Espera, Maggie. Ya abro yo —dijo.

La señora Tulliver había empezado a asustarse un poco por la tardanza de su hijo y estaba celosa de todo lo que los demás pudieran hacer por él­

—Tienes la cena lista junto al fuego de la cocina, hijo mío —anunció mientras Tom se quitaba la chaqueta y el sombrero—. Puedes cenar solo, como a ti te gusta, sin que yo t’hable.

—Madre, me parece que padre quiere hablar con Tom —intervino Maggie—. Primero debe ir al salón.

Tom entró con la expresión triste que acostumbraba a tener por las noches, pero vio de inmediato la Biblia abierta y la escribanía, y lanzó a su padre una mirada de sorpresa e inquietud.

—Pasa, pasa, llegas tarde —dijo su padre—. Quiero que hagas una cosa.

—Pasa algo, padre? —preguntó Tom.

—Siéntate, sentaros todos —ordenó el señor Tulliver—. Y tú, Tom, siéntate aquí, quiero que escribas una cosa en la Biblia.

Los tres tomaron asiento sin dejar de mirar al señor Tulliver, el cual empezó a hablar lentamente, mirando primero a su esposa.

—He tomado una decisión, Bessy, y quiero cumplir la promesa que te hice. Nos espera la misma tumba a los dos y no debemos guardarnos ren­cor. Me quedaré aquí, trabajaré para Wakem y me comportaré con hon­radez: no hay Tulliver que no sea honrado, no lo olvides, Tom —añadió, alzando la voz—: Seguirán criticándome incluso mientras intento pagar las deudas, pero no es culpa mía, es que hay demasiados bribones en este mundo, son demasiados para mí y tengo que rendirme. Dejaré que me pongan el yugo, porque tienes razón al decir que t’he metido en todo este lío, Bessy, y trabajaré para él como si se tratara de un hombre honrado: yo soy un hombre honrado, aunque nunca volveré a levantar cabeza: soy un árbol caído... Un árbol caído.

Hizo una pausa y miró hacia el suelo.

—¡Pero no se lo perdonaré! —añadió de repente en un tono más fuerte y profundo, levantando la cabeza—. Ya sé que dicen que él no me quería per­judicar, así es como el viejo Pero Botero ayuda a los bribones, ha estado en la raíz de todo. Aunque es un caballero educado, ya lo sé, ya lo sé. Dicen que yo no tenía que recurrir a la ley, pero ¿cómo se hace justicia? Para él la ley no significa nada, ya lo sé, es uno de los caballeros que consiguen dinero haciendo negocios con los pobres y, cuando los han convertido en mendigos, les dan limosna. ¡No pienso perdonarlo! Desearía que cayera sobre él tal deshonra, que su hijo quisiera olvidarlo. Quisiera que come­tiera algún delito que se viera obligado a trabajar con sus propias manos. Pero eso no sucederá, es demasiado bribón para que la ley lo pille. Y no olvides eso, Tom: no lo perdones nunca, nunca, si quieres ser hijo mío. Quizá llegue el día en que consigas que se arrepienta: yo no veré ese momento. Yo tendré la cabeza agachada bajo el yugo. Ahora escribe eso, todo eso, en la Biblia.



—¿Qué cosa, padre? —preguntó Maggie, dejándose caer junto a sus rodillas, pálida y temblorosa—. Es malo maldecir y guardar rencor.

—No lo es, te lo aseguro —exclamó su padre con ferocidad—. Lo malo es que los bribones prosperen, eso es obra del demonio. Haz lo que te digo Tom: escribe.

—¿Qué debo escribir, padre? —preguntó Tom con sombría sumisión.

—Escribe que tu padre, Edward Tulliver, se puso a trabajar para John Wakem, el hombre que había contribuido a su ruina, porque había pro­metido a su esposa reparar en la medida de lo posible el daño hecho, y porque quiero morir en el lugar donde nací y donde nació mi padre. Ponlo con las palabras adecuadas, ya sabrás cómo, y después escribe que no perdono a Wakem por todo esto y que, aunque trabajaré para él como un hombre honrado, deseo que caiga sobre él todo tipo de males. Escríbelo.



Se produjo un silencio sepulcral mientras la pluma de Tom se despla­zaba sobre el papel: la señora Tulliver parecía asustada y Maggie temblaba como una hoja.

Ahora léeme lo que has escrito —ordenó el señor Tulliver.



Tom lo leyó lentamente.

Ahora pon que recordarás lo que Wakem ha hecho a tu padre y que, llegado el momento, harás que él y los suyos se arrepientan. Y firma con tu nombre completo, Tomas Tulliver.



—¡No, padre, querido padre! —exclamó Maggie, estremecida de miedo—. No hagas que Tom escriba eso.

—¡Calla, Maggie! —exclamó Tom—: Quiero escribirlo.

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