George Eliot El molino del Floss



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Capítulo VIII


Cae la luz sobre las ruinas
Un gélido y claro día de enero, el señor Tulliver bajó por primera vez al piso inferior: el brillante sol que daba sobre las ramas del castaño y los teja­dos que veía por la ventana le hicieron declarar con impaciencia que no quería seguir encerrado; creía que, con aquel sol, cualquier otro lugar sería más alegre que su dormitorio, porque no sabía nada de la desnudez de la planta baja, en la que la luz solar resultaba inoportuna, como si ésta experimentara el despiadado placer de mostrar los lugares vacíos y las mar­cas que quedaban allí donde antes se encontraban los objetos familiares. En su conversación resultaba evidente que seguía creyendo que había reci­bido la víspera la carta del señor Gore, y los intentos de trasmitirle la idea de que desde entonces habían transcurrido muchas semanas fracasaban ante una desmemoria recurrente, hasta tal punto que el doctor Turnbull había empezado a renunciar a la idea de ir familiarizándolo con los acon­tecimientos. Sólo podría llegar a comprender por completo el presente poco a poco y mediante nuevas experiencias, ya que las palabras eran más débiles que las impresiones dejadas por los acontecimientos antiguos. Su esposa y sus hijos oyeron con un estremecimiento su decisión de bajar al piso inferior. La señora Tulliver pidió a Tom que no fuera a Saint Ogg's a la hora habitual, sino que esperara a ver a su padre en la planta baja: y Tom obedeció, aunque se estremecía al imaginar la dolorosa escena. Durante los últimos días los tres se habían sentido más abatidos que nunca: Guest & Co. no había comprado el molino: la subasta había adjudicado a Wakem el molino y las tierras, y éste se había presentado en el lugar y había mani­festado delante del señor Deane y el señor Glegg, y en presencia de la señora Tulliver, su intención de contratar a Tulliver como encargado del negocio en caso de que éste se recuperara. La familia había discutido mucho esta proposición. Los tíos y las tías coincidían de modo casi unáni­me en que no se podía rechazar, ya que el único obstáculo eran los senti­mientos que albergaba la mente del señor Tulliver y, puesto que los tíos no los compartían, los consideraban irracionales e infantiles; en realidad, les parecía que Tulliver transfería a Wakem la indignación y el odio que debe­ría sentir hacia sí mismo por su belicosidad y el modo en que la manifes­taba pleiteando. Así el señor Tulliver tendría la oportunidad de mantener a su esposa y a su hija sin ninguna ayuda de los parientes de ésta y sin expe­rimentar un descenso demasiado evidente hacia la pobreza, ya que para las personas respetables resulta muy violento encontrarse con un pariente pobre al borde del camino. La señora Glegg consideraba que cuando recu­perara la razón, Tulliver debería comprender que no podría nunca humi­llarse bastante: al final, había sucedido lo que ella siempre dijo como resul­tado de su insolencia «con ellos, que eran las amistades que mas debería cuidar». El señor Glegg y el señor Deane eran menos inflexibles, pero ambos pensaban que Tulliver ya había hecho daño suficiente con sus malhumoradas manías y que debería dejarlos al margen en cuanto le ofrecían un medio de vida. Wakem estaba comportándose correctamente y no parecía guardar ningún resentimiento hacia Tulliver. Tom se negó a con­siderar siquiera la proposición: no le gustaba la idea de que su padre fuera subordinado de Wakem; le parecía mezquino. En cambio, la mayor inquie­tud de su madre era la total imposibilidad de «hacer cambiar de opinión al señor Tulliver sobre Wakem» o conseguir que atendiera a razones: no, tendrían que irse a vivir a una pocilga a propósito para fastidiar a Wakem, el cual hablaba con tanta justicia como el que más. En realidad, la señora Tulliver estaba tan confusa por tener que vivir en aquella extraña situación de tristeza incomprensible —de la que no dejaba de lamentarse diciendo: «Madre mía, ¿qué he hecho yo para merecer peor suerte que otras mujeres?»— que Maggie empezó a pensar que su pobre madre estaba perdien­do la razón.

—Tom —dijo Maggie cuando estuvieron fuera de la habitación de su padre—, tenemos que intentar por todos los medios que padre comprenda un poco lo que ha sucedido antes de bajar. Pero debemos alejar a madre: seguro que dice algo que lo estropea todo. Pídele a Kezia que la entreten­ga abajo con algo en la cocina.

Kezia estaba a la altura de las circunstancias. Tras declarar su intención de quedarse «con sueldo o sin sueldo» hasta que el señor estuviera de nuevo en pie, encontraba cierta compensación tratando con mano dura a su señora, regañándola por dar vueltas por ahí aturdida y pasar el día sin cambiarse de cofia y con una actitud tan «chafada». Aquellos momentos de inquietud eran para Kezia como unas saturnalias en las que podía rega­ñar a su ama sin restricciones. En aquella ocasión en concreto, había que recoger la ropa tendida y Kezia manifestó su deseo de saber si un par de manos bastaba para hacerlo todo, dentro y fuera, y señalo que le habría parecido buena idea que la señora Tulliver se pusiera el sombrero y toma­ra un poco de aire fresco realizando ese trabajo tan útil. La pobre señora Tulliver bajó las escaleras con docilidad: que la regañara la criada era el último vestigio de su dignidad doméstica. Pronto ni siquiera tendría cria­da que la riñera.

El señor Tulliver descansaba en una butaca tras fatigarse vistiéndose, y Maggie y Tom estaban sentados junto a él cuando Luke entró para pre­guntar si ayudaba al señor a bajar las escaleras.

—Sí, sí. Luke, espera un poco, siéntate —dijo el señor Tulliver, señalando una silla con el bastón y siguiéndolo con la mirada, con esa expresión que con frecuencia tienen los convalecientes cuando miran a las personas que los han cuidado, similar a la de un niño pequeño cuando busca con los ojos a su niñera. Y Luke había velado con constancia a su amo durante las noches.

—¿Cómo está el agua, Luke? —preguntó el señor Tulliver—. ¿Dix ha vuel­to a quitártela?

—No, señor. Todo va bien.

—No creo que se dé prisa en hacerlo, ahora que Riley ha acabado con eso. Eso fue lo que le dije a Riley ayer... le dije...

El señor Tulliver se inclinó hacia delante, apoyando los codos sobre los brazos del sillón, con la vista clavada en el suelo como si buscara algo, de la misma manera que un hombre que lucha contra el sueño intenta cap­tar imágenes fugaces. Maggie miró a Tom con muda expresión de abati­miento: la mente de su padre estaba tan alejada del presente... A Tom le faltaba poco para salir corriendo, con esa incapacidad para soportar la emoción que constituye una de las diferencias entre un muchacho y una muchacha, entre un hombre y una mujer.

—Padre —dijo Maggie, poniendo una mano sobre la suya—. ¿No recuerda que el señor Riley murió?

—¿Se murió? —contestó el señor Tulliver bruscamente, mirándola a la cara con una extraña expresión escrutadora.

—Sí, murió de una apoplejía hace casi un año; recuerdo que dijo usted que tendría que pagar algún dinero en su nombre, y dejó a sus hijas en muy mala situación: una de ellas es ayudante en el colegio de la señorita Firniss, donde he estado estudiando, ya lo sabe.

—Ah, ¿sí? —dijo su padre con aire de duda, sin dejar de mirarla, pero en cuanto Tom empezó a hablar, volvió los ojos hacia él con la misma mirada interrogadora, como si le sorprendiera sobremanera la presencia de aque­llos jóvenes. Siempre que su mente se perdía en el pasado lejano, olvidaba sus rostros: ya no eran los del niño y la mocita de aquellos tiempos.

—Hace ya mucho tiempo de la pelea con Dix, padre —dijo Tom—. Recuerdo que habló usted de ello hace unos tres años, antes de que fuera a estudiar a casa del señor Stelling. He estado estudiando allí tres años, ¿no lo recuerda?

El señor Tulliver se recostó en el asiento de nuevo y su mirada perdió el aspecto infantil bajo una avalancha de ideas nuevas que lo distrajeron de las impresiones externas.

—Sí, sí —dijo al cabo de un par de minutos—. Pagué mucho dinero... Decidí que mi hijo tuviera cultura y una buena educación: yo no l’he teni­do y l’he echado de menos. Y así no necesitará otra fortuna: es lo que yo digo... Si Wakem tenía que ganarme otra vez la partida...

Al pensar en Wakem se animó y, tras una pausa, empezó a mirar la cha­queta que llevaba puesta y a palpar el bolsillo lateral. Se volvió hacia Tom y le preguntó con su brusquedad habitual en otro tiempo:

—¿Dónde han puesto la carta de Gore?

Estaba en un cajón cercano, ya que la pedía con cierta frecuencia.

—¿Sabe lo que dice la carta, padre? —preguntó Tom, mientras se la ten­día

—Claro que sí —contestó el señor Tulliver con cierto enfado—. ¿Y qué más da? Si a Furley no le interesa la propiedad, entonces será otro: hay más gente en el mundo. Pero es muy molesto que no m'encuentre bien: ve a decirles que enganchen el caballo al coche, Luke: podré ir yo mismo a Saint Ogg's, Gore me espera.

—¡No, padre! —exclamó Maggie con tono suplicante Hace va mucho tiempo de esto: lleva usted muchas semanas enfermo, más de dos meses: todo ha cambiado

EI señor Tulliver los miró a los tres alternativamente con expresión de asombro en otras ocasiones la idea de que habían ocurrido cosas que él ignoraba lo había detenido momentáneamente, pero ahora le parecía una novedad completa­

—Sí, padre —dijo Tom en respuesta a la mirada—. No necesita preocu­parse por los negocios hasta que esté bien: por ahora todo lo relacionado con el molino, las tierras y las deudas está arreglado

—Entonces, ¿qué es lo que está arreglado? —preguntó su padre con enfa­do.

—No se lo tome muy a pecho, señor —dijo Luke—. De haber podido, usté habría pagao a todo el mundo; eso le dije al señorito Tom: usté habría pagao a todos.

El bueno de Luke sentía, como sienten los hombres satisfechos de haber dedicado toda su vida a servir, que el sistema de clases era adecua­do y natural, de modo que la ruina de su amo constituía una tragedia tam­bién para él. A su lenta manera, se sentía empujado a decir algo que expre­sara su participación en las penas de la familia, y esas palabras, que había repetido una y otra vez a Tom cuando no quería aceptar que le devolviera las cincuenta libras de su dinero, aparecían una y otra vez. Eran las más adecuadas para alterar el inquieto espíritu de su amo.

—¿Pagar a todo el mundo? —dijo con vehemente agitación mientras enrojecía y lanzaba chispas por los ojos—. ¿Por qué...? ¿Cómo...? ¿Me han declarado en bancarrota?

—¡Oh, padre, querido padre! —exclamó Maggie, convencida de que esa terrible palabra representaba la realidad—. Tiene que soportarlo... noso­tros le queremos... sus hijos siempre le querrán... Tom pagará a todo el mundo... dice que lo hará cuando sea mayor.

Advirtió que su padre se echaba a temblar; le tembló la voz cuando dijo, transcurridos unos momentos:

—Sí, mocita, pero yo no viviré dos veces.

—Pero tal vez viva usted para ver como pago a todos, padre —se esforzó Tom en decir.

—Ah, hijo mío —dijo el señor Tulliver, negando lentamente con la cabe­za—, Lo que está roto, roto está: será obra tuya, no mía. —Después, alzando la vista, añadió—: sólo tienes dieciséis años, es una tarea muy dura para ti, pero no debes reprochárselo a tu padre: he tenido que luchar contra demasiados bribones. T’he dado una buena educación: eso te servirá para empezar.

Estas últimas palabras se le trabaron en la garganta; pasó el sofoco que alarmó a sus hijos, porque con frecuencia precedía a la parálisis, y quedó pálido y tembloroso. Tom no dijo nada; seguía combatiendo los deseos de marcharse corriendo. Su padre permaneció en silencio durante unos minutos, pero no parecía tener la cabeza perdida.

—Entonces, ¿han subastado todo lo que tengo? —preguntó con mas calma, como si lo empujara el mero deseo de saber.

—Lo han subastado todo, padre; pero todavía no sabemos qué ha pasa­do exactamente con el molino y la tierra —dijo Tom, deseoso de evitar cual­quier pregunta que condujera al hecho de que el comprador era Wakem.

—Padre, no se sorprenda si abajo ve la sala muy vacía —dijo Maggie. Pero ahí están su butaca y su escritorio, ahí siguen.

Vamos. Ayúdame a bajar, Luke. Iré a verlo todo —dijo el señor Tulliver, apoyándose en el bastón y tendiendo la otra mano hacia Luke.



—Sí, señor —dijo Luke mientras le tendía el brazo a su señor—. Se hará mejor idea cuando lo vea todo: s'acostumbrará. Eso es lo que dice mi madre de que le falte el resuello: ahora s'ha acostumbrao, aunque al princi­pio le fastidiaba.

Maggie se adelantó rápidamente para ver si todo estaba bien en el lóbre­go salón donde el fuego, amortiguado por la gélida luz solar, parecía for­mar parte de la desolación general. Giró la butaca de su padre y apartó la mesilla para dejarle el paso expedito y se quedó aguardando, con el cora­zón latiéndole a toda prisa, el momento en que entrara y mirara por pri­mera vez. Tom pasó primero, llevando un escabel para la pierna, y se detu­vo junto a Maggie, frente a la chimenea. El dolor de Tom era más puro que el de Maggie; ésta, aunque era vivamente vulnerable, en cierto modo sen­tía que la pena le dejaba más espacio para que fluyera el amor y eso per­mitía respirar a su naturaleza apasionada. Los chicos no sienten estas cosas: prefieren matar al león de Nemea o llevar a cabo tareas heroicas que sufrir por males que no les permiten actuar.

El señor Tulliver entró y se detuvo junto a la puerta, apoyado en Luke, para mirar a su alrededor todos los lugares desnudos ocupados por las sombras de los objetos ausentes, compañeros cotidianos de toda su vida. El esfuerzo pareció renovarle las facultades.

—¡Ah! —exclamó lentamente mientras avanzaba hacia la butaca—. Lo han subastado todo... lo han subastado todo.

Después, tras sentarse y dejar el bastón, miró otra vez a su alrededor mientras Luke salía de la habitación.

—Han dejado la gran Biblia —observó—. En ella está todo apuntado: el día en que nací y el día en que me casé.

Abrieron ante el señor Tulliver la Biblia en cuarto por las guardas y mientras leía lentamente, entró en la sala la señora Tulliver, pero se quedó muda de sorpresa al ver a su marido en el salón con la gran Biblia delan­te.

¡Ah! —exclamó él, mirando el lugar donde tenía el dedo—. Mi madre se llamaba Margaret Beaton, murió a los cuarenta y siete años: la suya no era una familia longeva. Gritty y yo somos sus hijos y no tardaremos mucho en descansar eternamente.



Pareció detenerse sobre los datos que se referían al nacimiento y el matrimonio de su hermana, como si le sugirieran nuevas ideas: de repen­te, alzó los ojos hacia Tom.

—¿Han ido a pedirle a Moss el dinero que le presté? —preguntó alarma­do.

—No, padre —contestó Tom—. Quemamos el pagaré. El señor Tulliver volvió los ojos hacia la página.

Ah... Elizabeth Dodson... hace dieciocho años que me casé con ella...

—Se cumplirán el próximo día de la Virgen —precisó la señora Tulliver, acercándose y mirando la página.

Su marido la miró con expresión seria.

—¡Pobre Bessy! —dijo—. Eras muy bonita entonces, todo el mundo lo decía, y yo pensaba que era extraño que te conservaras tan bien. Pero ahora has envejecido mucho... no me lo reproches... Yo quería ser bueno contigo„. Prometimos amarnos en la riqueza y en la pobreza...

—Pero nunca creí que lo malo seria tan malo —contestó la señora Tulliver con la expresión extraña y asustada que tenía últimamente—. Y mi pobre padre m'entregó en matrimonio ... para encontrarme con esto de repen­te...

—Oh, madre —protestó Maggie—: no hable así.

—No, ya sé que no dejaréis que hable vuestra madre... Ha sido siempre así, durante toda la vida... Vuestro padre no hacía caso de lo que yo decía... No m’habría servido de nada rogar y llorar... Como tampoco me serviría ahora, aunque m'arrodillara...

—No digas eso, Bessy —contestó el señor Tulliver, cuyo orgullo, en aquellos primeros momentos de humillación, se encontraba en suspenso y podía entender que el reproche de su esposa no carecía de fundamento. Si todavía hay alguna manera de enmendarlo, no diré que no.

—Entonces, quedémonos aquí trabajando, así podré estar con mis hermanas... Yo que siempre he sido tan buena esposa y nunca t'he contraria­do... Todos lo dicen... Dicen que sería muy justo... pero tú le tienes tanta manía a Wakem...

—Madre —intervino Tom con severidad—: éste no es momento para hablar de eso.

—Déjala —dijo el señor Tulliver—: di lo que tengas que decir, Bessy. Vaya, ahora que el molino y la tierra son de Wakem y todo está en sus manos, ¿de qué sirve que t'enfrentes a él? Si él dice que puedes quedarte y habla con tanta justicia, y dice que puedes encargarte del negocio y ganar treinta chelines a la semana y tener un caballo para ir al mercado... ¿Y dónde vamos a quedarnos? Tendremos que ir a una de las casitas del pue­blo... Tener que verme así con mis hijos ...Y todo porque te empecinas en ir en contra de la gente y nada te hace cambiar d’opinión

El señor Tulliver temblaba, hundido de nuevo en la butaca.

—Haz lo que quieras conmigo, Bessy —murmuró—. Te he arrastrado a la pobreza... Este mundo es demasiado para mí... Estoy en la ruina... Ya no tengo nada que defender...

—Padre —dijo Tom—, no estoy de acuerdo con madre ni con los tíos y no creo que usted deba verse sometido a Wakem. Ahora gano una libra por semana y cuando esté bueno usted podrá encontrar algún trabajo.

—Calla, Tom, calla: ya es suficiente por hoy. Dame un beso, Bessy, y no nos guardemos rencor: ya nunca volveremos a ser jóvenes... este mundo es demasiado para mí.

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