George Eliot El molino del Floss



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Capítulo VII


De cómo una gallina se aficiona a las estratagemas
Pasaban los días y el señor Tulliver daba cada vez mayores muestras, por lo menos, según el criterio del médico, de ir regresando a su condición nor­mal: la parálisis iba mostrándose menos tenaz y la mente reaccionaba mediante combates intermitentes, como un ser vivo que se abriera paso bajo una gran masa de nieve acumulada por el viento con tendencia a des­lizarse y a cerrar la abertura recién hecha.

Si la única medida del tiempo para los velantes hubiera sido la dudosa y lejana esperanza, éste habría parecido transcurrir muy despacio: sin embargo, el punto de referencia era la amenaza inminente que hacía llegar demasiado pronto la noche. Mientras el señor Tulliver volvía lenta­mente a ser el mismo, su destino se apresuraba hacia el momento del cam­bio. Los tasadores habían hecho su trabajo, del mismo modo que un res­petable armero prepara concienzudamente el mosquete que, en poder de un brazo valiente y certero, pondrá fin a una o dos vidas. Las condenas a pagar las costas, los escritos de los tribunales y las sentencias de venta son bombas o balas de cadena legales que nunca dan limpiamente sobre el objetivo, sino que caen causando gran destrozo. Es tan inherente a esta vida que unos sufran por los pecados de otros y tan grande es la inevitable tendencia del sufrimiento humano a difundirse, que incluso la justicia pro­voca víctimas, y no podemos imaginar castigo que no se extienda en pul­saciones de dolor inmerecido más allá del culpable.



A principios de la segunda semana de enero salieron los carteles anunciando, como consecuencia de la sentencia del tribunal, la venta en públi­ca subasta del ganado y animales de la granja del señor Tulliver, seguida de la venta del molino y tierras adyacentes, a primera hora de la tarde en The Golden Lion. El molinero, inconsciente del tiempo transcurrido, se creía todavía en la primera etapa de su desgracia, cuando todavía podía pensar en algún tipo de recurso; y, con frecuencia, en los momentos en que se encontraba consciente, hablaba con voz débil e inconexa de los pla­nes que llevaría a cabo cuando «se pusiera bien». Su esposa y sus hijos todavía albergaban la esperanza de un desenlace que evitara que el señor Tulliver tuviera que abandonar aquel lugar e iniciar una vida totalmente distinta, ya que habían conseguido interesar al tío Deane en aquella etapa del caso. Éste admitía que no sería mal negocio para Guest & Co. comprar el molino de Dorlcote y encargarse del negocio, que era bueno y podía mejorarse con una máquina de vapor; en ese caso, Tulliver podría que­darse como encargado. Sin embargo, el señor Deane no quería decir nada concreto sobre el asunto: el hecho de que la hipoteca estuviera en manos de Wakem podría hacer que se le ocurriera pujar por toda la finca y ofre­cer más que la prudente empresa que era Guest & Co., que no se guiaba en sus negocios por motivos sentimentales. El señor Deane se vio obligado a contárselo a la señora Tulliver cuando acudió al molino para examinar los libros en compañía del señor Glegg, después de que ésta señalara que «si Guest & Co. pensaran un poco en ello, se darían cuenta de que el padre y el abuelo del señor Tulliver se ocupaban ya del molino de Dorlcote mucho antes de que nadie pensara siquiera en poner en marcha el moli­no de esa empresa». El señor Deane le contestó que dudaba de que fuera precisamente la relación entre los dos molinos lo que pudiera determinar su valor como inversiones. En cuanto al tío Glegg, ni remotamente se le ocurría embarcarse en semejante inversión: el buen hombre sentía since­ra lástima por la familia Tulliver, pero tenía el dinero invertido en excelentes hipotecas y no podía correr riesgos: sería injusto para sus parientes: no obstante, había decidido que Tulliver tuviera unos chalecos nuevos de franela, a los que había renunciado a favor de prendas más elásticas, y que de vez en cuando compraría a la señora Tulliver una libra de té: su bene­volencia se recreaba de antemano en aquellos viajes en que le llevaría té Y contemplaría su felicidad cuando le asegurara que era el mejor té negro.

Con todo, era evidente que el señor Deane estaba bien dispuesto hacia los Tulliver. Un día llevó a Lucy, que se encontraba en casa pasando las vacaciones de Navidad, y la pequeña cabeza de ángel se apoyó en la más oscura mejilla de Maggie con muchos besos y algunas lágrimas. Más de un socio de la respetable empresa sentía cierta debilidad por aquellas niñas bonitas y esbeltas, y tal vez las preguntas inquietas de Lucy sobre sus pobres primos contribuyeron a que el tío Deane se diera prisa por encontrar a Tom un empleo temporal en el almacén y lo ayudara a tomar lecciones nocturnas de teneduría y cálculo

Todo esto podría haber animado al muchacho y haber alimentado un poco sus esperanzas si no hubiera recibido al mismo tiempo el temido golpe de la noticia de que su padre, después de todo, sería declarado en bancarrota: en realidad, se pediría a los acreedores que no se cobraran toda la deuda, aunque para el inexperto Tom eso equivalía a la bancarro­ta. No sólo se diría que su padre había «perdido sus propiedades», si no que había «fracasado», palabra que suponía para Tom el mayor oprobio. Porque después de pagar las costas todavía quedaría la amistosa factura del señor Gore, el déficit en el banco y otras deudas, lo que reduciría los bie­nes a una desproporción inequívoca: «no mas de diez o doce chelines por libra», predijo el señor Deane en tono decidido, apretando los labios; y las palabras cayeron sobre Tom como un líquido ardiente y le produjeron una herida mortificante.

Se encontraba tristemente necesitado de algo que lo animara un poco en la desagradable novedad de aquella situación: de repente, se había visto trasladado del fácil hastío alfombrado de las horas de estudio en casa del señor Stelling y las atareadas horas de ocio del último semestre, dedicadas a construir castillos en el aire, a la compañía de costales y pieles, hombres que se desgañitaban y depositaban con estrépito pesadas cargas junto a él. El primer paso para progresar en el mundo era un trabajo que le exigía permanecer en un lugar frío, polvoriento y ruidoso, y lo obligaba a pres­cindir del té y permanecer en Saint Ogg's para recibir clases de un viejo oficinista manco en una habitación que olía intensamente a tabaco malo. El rostro rosado y blanco de Tom tenía un tono apagado cuando se quita­ba el sombrero en casa y se sentaba a cenar hambriento. No era de extra­ñar que, si Maggie o su madre le dirigían la palabra, se mostrara algo irri­tado.



No obstante, entre tanto la señora Tulliver daba vueltas a un plan gra­cias al cual ella, y sólo ella, podría evitar el mas temible resultado e impe­dir que Wakem deseara pujar por el molino. Imaginad una gallina digna y respetable que, por alguna anomalía portentosa, se diera a la reflexión y a maquinar planes gracias a los cuales pudiera convencer al granjero de que no le retorciera el cuello o no la enviara al mercado con sus polluelos: el resultado difícilmente podría ser otro que un barullo de cacareos y aleteos. La señora Tulliver, al ver que todo iba mal, había empezado a pensar que había sido demasiado pasiva y que si se hubiera ocupado de los negocios y hubiera tomado de vez en cuando alguna decisión firme todo habría ido mucho mejor para ella y su familia. Al parecer, a nadie se le había ocurrido ir a hablar con Wakem sobre el asunto del molino y, sin embargo, refle­xionaba la señora Tulliver, habría sido la vía más corta para llegar a buen puerto. Sin duda, habría sido inútil que fuera el señor Tulliver —supo­niendo que pudiera y quisiera ir— porque él se había embarcado en el plei­to contra Wakem y lo había insultado durante los últimos diez años: era probable que Wakem abrigara contra él algún resentimiento. Y ahora que la señora Tulliver había llegado a la conclusión de que su marido estaba muy equivocado al haberla llevado a ese conflicto, se sentía inclinada a pensar que su opinión sobre Wakem también era errónea. No cabía duda de que Wakem «había metido en la casa a los alguaciles y la había subas­tado», pero imaginaba que lo había hecho para agradar al hombre que había prestado el dinero al señor Tulliver, porque un abogado se veía obli­gado a contentar a muchos, y no era probable que apreciara demasiado al señor Tulliver, que había ido contra él en los tribunales. El abogado podría ser un hombre razonable —¿por qué no?—. Se había casado con la señorita Clint y cuando la señora Tulliver oyó hablar de esa boda, el verano en que llevaba aquella chaqueta de raso azul y todavía no pensaba en Tulliver, no había oído contar nada malo de Wakem. Y sin duda, era imposible que le mostrara otra cosa que buena voluntad —puesto que sabía que era una Dodson— en cuanto le dejara bien claro que ella nunca había querido pleitear, y lo cierto era que, en aquel momento, estaba más dispuesta a acep­tar los puntos de vista del señor Wakem que los de su esposo. En definiti­va, si el abogado en cuestión veía a una respetable matrona como ella deci­dida a «conversar en buenos términos» con él ¿por qué no iba a escuchar sus quejas? Ella le expondría el caso con claridad, cosa que todavía no había hecho nadie, y él no querría pujar por el molino con el propósito de fastidiarla, ya que era una mujer inocente; además, seguro que habían bailado juntos en su juventud en casa del señor de Darleigh, porque en aquellas grandes fiestas con frecuencia bailó con jóvenes cuyos nombres había olvidado.

La señora Tulliver guardó para sí estos razonamientos, ya que cuando insinuó al señor Deane y al señor Glegg que no le importaría ir a hablar con Wakem, le dijeron «No, no, no», «Bah, bah» y «Deje en paz a Wakem» en un tono que indicaba que no deseaban prestar una atención imparcial a la exposición detallada de su proyecto. Aún menos se atrevió a mencio­nar el plan a Tom y a Maggie, porque «los niños estaban siempre en con­tra de lo que decía su madre» y veía que Tom sentía tanta antipatía hacia Wakem como su padre. Sin embargo, esta infrecuente concentración dio a la señora Tulliver una inusual capacidad de inventiva y de decisión, y un día o dos antes de que se celebrara la venta en The Golden Lion, cuando ya no quedaba tiempo que perder, llevó a cabo su plan mediante una estra­tagema. Tenía una gran cantidad de encurtidos y salsa de tomate en con­serva y sin duda, el señor Hyndmarsh, el tendero, se los compraría si podían llegar a un acuerdo personalmente, de manera que propuso a Tom, ir caminando con él a Saint Ogg's aquella mañana; y cuando Tom insistió en que se olvidara de los encurtidos —no le gustaba que su madre anduviera por ahí—, se mostró tan ofendida por la conducta de su hijo, que le llevaba la contraria con los encurtidos que había preparado según la receta tradicional heredada de la abuela, fallecida cuando su madre era pequeña, que Tom cedió y caminaron juntos hasta que ella tomó por Danish Street, donde el señor Hyndmarsh vendía sus productos al por menor, no lejos de las oficinas del señor Wakem.

Dicho caballero todavía no había llegado a la oficina, pero ofrecieron asiento a la señora Tulliver junto al fuego, en su despacho privado, para esperarlo. No tuvo que aguardar mucho antes de que entrara el puntual abogado, el cual frunció el ceño para examinar a la corpulenta mujer rubia que se puso en pie con cortés deferencia. Lector, todavía no cono­ces al señor Wakem y tal vez te preguntes si era un bribón de tal calibre y tan hábil e implacable enemigo de la humanidad honrada en general y del señor Tulliver en particular como aparecía en la imagen o el retrato que de él hemos visto en el pensamiento del molinero.

No cabe duda de que el irascible molinero era hombre tendente a inter­pretar cualquier disparo fortuito que pudiera rozarlo como un atentado deliberado contra su vida, y era propenso a perderse en conflictos en este enredoso mundo; y, puesto que era consciente de su propia infalibilidad, se hacía necesaria la hipótesis de la existencia de una mano diabólica para explicarlos. Con todo es posible creer que el abogado no fuera más cul­pable que cualquier máquina a la que, mientras trabaja regularmente, se le acerca demasiado un hombre osado, queda atrapado por algún engra­naje y se convierte rápidamente en inesperadas salchichas.

No obstante, es imposible llegar a conclusión alguna con un somero vis­tazo: las líneas y las luces del rostro humano son como otros símbolos cualesquiera, y no siempre es fácil descifrarlos sin una clave. En una contemplación a priori de la nariz aguileña que tanto ofendía al señor Tulliver no se apreciaba más bribonería que en la forma de su cuello duro, aunque éste, junto con la nariz, podrían considerarse siniestros en cuanto se demostrara su condición de bribón.

—Así pues, ¿es usted la señora Tulliver? —preguntó el señor Wakem. —Sí, señor. De soltera, Elizabeth Dodson.

—Haga el favor de sentarse. ¿Desea usted consultarme alguna cosa?

—Bueno, sí... —contestó la señora Tulliver, empezando a alarmarse de su intrepidez ahora que se encontraba en presencia que aquel hombre tan imponente, y advirtiendo que no había pensado en cómo debía comenzar. El señor Wakem se hurgó en los bolsillos del chaleco y la miró en silencio.

—Espero, señor... —dijo finalmente la señora Tulliver—... Espero que no piense que le guardo rencor porque mi marido ha perdido el pleito y los alguaciles han venido a casa y s’ha vendido la ropa ¡Ay de mí!... Yo me crié de otra manera. Estoy segura de que recordará usted a mi padre, porque era buen amigo del señor de Darleigh y siempre íbamos a sus bailes... A las señoritas Dodson nos miraban más que a nadie... y con razón, porque éramos cuatro, y supongo que sabe que la señora Glegg y la señora Deane son hermanas mías. Y eso de pleitear, perder dinero, subastar lo tuyo antes de morir son cosas que nunca había visto antes de casarme ni tampoco durante muchos años después. Y yo no tengo la culpa de mi mala suerte por haber dejado a mi gente y haberme casado con el miembro de una familia con otra manera de hacer las cosas. Y no se m'ocurriría insultarle a usted como hacen otros, señor, nadie podrá decir eso de mí.

La señora Tulliver meneó un poco la cabeza y examinó el dobladillo de su pañuelo de bolsillo.

—No me cabe la menor duda de lo que me dice, señora Tulliver —con­testó el señor Wakem con fría cortesía—. Pero, ¿tiene usted alguna consul­ta que hacerme?

—Pues sí, señor. Pero es lo que yo me digo: usted tendrá sentimientos digo yo; y como mi marido lleva dos meses sin ser el mismo de antes... No crea que lo defiendo, de ninguna manera, por empeñarse tanto en lo del riegadio, pero no es un hombre malo, porque nunca se ha quedado con un chelín o un penique de otro como no fuera por error, y si es muy orgullo­so y dado a los pleitos, ¿qué le voy a hacer? Y tuvo un ataque que quedó como muerto cuando llegó la carta que decía que usted tenía poder de decisión sobre las tierras... pero estoy segura de que usted se comportará como un caballero.

—¿Qué quiere decir con todo esto, señora Tulliver? —preguntó el señor Wakem con cierta brusquedad—. ¿Qué es lo que quiere preguntarme?

—Bien, señor, si usted fuera tan bueno... —dijo la señora Tulliver, un poco sobresaltada y hablando más deprisa— si usted fuera tan bueno como para no comprar el molino y la tierra... En realidad, la tierra no importa­ría mucho, pero mi marido se volverá loco si se la queda usted.

Algo parecido a una idea nueva recorrió el rostro del señor Wakem.

—¿Quién le ha dicho que yo tenía intención de comprar?

—Vaya, señor, no me lo invento, y nunca se m'habría ocurrido, ya que mi marido, que algo sabe de leyes, siempre decía que los abogados nunca necesitan comprar nada, ni tierras ni casas, porque siempre llegan a sus manos de otros modos. Pensaba que usted también lo hacía así y nunca dije lo contrario.

—Ah, entonces, ¿quién lo dijo? —preguntó Wakem, abriendo el escritorio y cambiando las cosas de sitio mientras se acompañaba de un silbido casi inaudible.

—Caramba, pues fueron el señor Glegg y el señor Deane, que se encar­gan de todo: y el señor Deane piensa que Guest & Co. podría comprar el molino y dejar que el señor Tulliver trabajara en él para ellos si usted no pujara y elevara el precio. Y para mi marido sería tan importante quedar­se donde está, si pudiera ganarse la vida: porque fue de su padre, el moli­no, quiero decir, y lo construyó su abuelo, aunque a mí no me gustaba el ruido que hacía, de recién casada, porque en nuestra familia, en los Dodson, no había molinos, y si hubiera sabido que los molinos tenían tanto que ver con la ley, no habría sido yo la primera Dodson en casarse con un molinero; pero me metí a ciegas en esto, así fue, en lo del riegadío y todo lo demás.

—Vaya, ¿así que Guest & Co. se quedaría con el molino y pagaría un sala­rio a su esposo?

—Ah, señor, qué pena pensar en que mi marido tenga que vivir de un sueldo —dijo la pobre señora Tulliver con una lagrimilla—. Pero, al menos, si nos quedáramos en el molino, todo se parecería a como era antes. Y si a usted se l'ocurriera pujar por el molino y comprarlo, mi marido podría sufrir otro ataque peor y no recuperarse nunca.

—¿Y si compro el molino y permito a su marido que se encargue de él; ¿Entonces, qué pasaría? —preguntó el señor Wakem.

—Oh, señor, creo que sería imposible convencerlo, ni que el mismo molino se lo pidiera de rodillas, porque su nombre es para él como un veneno, lo considera culpable de su ruina desde que usted le echó la ley por encima por la carretera del prado: eso fue hace ocho años y desde entonces va a más, aunque yo siempre le he dicho que estaba equivoca­do...

—¡Es un imbécil testarudo y calumniador! —estalló el señor Wakem, perdiendo la calma.

—¡Oh, señor! —dijo la señora Tulliver, asustada ante aquel resultado, tan distinto del esperado—. No desearía llevarle la contraria, pero es muy pro­bable que cambie de opinión con esta enfermedad, ya que ha olvidado muchas cosas. Y si muriera no desearía cargar usted, con el peso de un cadáver; y de veras que dicen que trae mala suerte que el molino de Dorlcote cambie de manos, porque podría quedarse sin agua y entonces... no es que le desee mala suerte, señor, porque había olvidado decirle que recordaba su boda como si fuera ayer: la señora Wakem era la señorita Clint de soltera, lo recuerdo muy bien, y m'hijo, y no hay otro mejor, mas guapo ni más honrado, ha estudiado con el suyo...

El señor Wakem se puso en pie, abrió la puerta y llamó a uno de sus empleados.

—Disculpe que la interrumpa, señora Tulliver, pero tengo mucho traba­jo que atender y creo que ya no tenemos nada más que decirnos.

—Pero si usted quisiera tener en cuenta lo que le he dicho y no ir contra mí ni contra mis hijos... dijo la señora Tulliver poniéndose en pie—. No niego que el señor Tulliver s'ha equivocado, pero ya ha sufrido suficiente castigo, y hay hombres peores... Su mayor defecto ha sido la generosi­dad... Al fin v al cabo él sólo se ha hecho daño a sí mismo y a su familia ¡Qué pena! Y cuando miro los estantes vacíos cada día y pienso que allí estaban mis cosas...

—Sí, lo tendré en cuenta —contestó el señor Wakem rápidamente mirando hacia la puerta abierta.

—Por favor, no diga a nadie que he venido a hablar con usted, porque mi hijo se enfadaría mucho conmigo por rebajarme así, estoy segura, y ya tengo suficientes problemas para que me regañen los hijos.

La voz de la pobre señora Tulliver temblaba un poco y fue incapaz de contestar al «Que tenga usted un buen día» del abogado con más que una pequeña inclinación, tras la cual se alejó en silencio.

—¿Cuándo se subasta el molino de Dorlcote? ¿Dónde están los papeles? —preguntó el señor Wakem al empleado en cuanto estuvieron solos.

—El próximo viernes: el viernes a las seis.

—Corra a casa de Winship, el subastador, y mire si está allí. Tengo que tratar un asunto con él: dígale que venga.

Aunque cuando el señor Wakem había entrado aquella mañana en la oficina no tenía intención de comprar el molino de Dorlcote, había toma­do ya una decisión: la señora Tulliver le había sugerido varios motivos deci­sivos y Wakem pensaba muy deprisa: era uno de esos hombres que pueden apresurarse sin por ello precipitarse, ya que sus motivos siguen siempre los mismos razonamientos y no tienen necesidad de conciliar distintos objeti­vos.

Imaginar que Wakem sentía hacia Tulliver el mismo odio inveterado que éste tenía por él sería como suponer que un lucio y un gobio pueden mirarse a la cara. El gobio, como es natural, aborrece el modo en que se alimenta el lucio, y es probable que el lucio se limite a pensar incluso del mas irritado gobio que constituye un plato excelente: a menos que se atra­gante con él, es difícil que sienta alguna antipatía personal. Si el señor Tulliver hubiera ofendido u obstaculizado los deseos del abogado, tal vez éste lo habría distinguido como objeto de su venganza. Pero cuando el señor Tulliver llamaba bribón a Wakem en la mesa de la comida del mercado, los clientes del abogado no pensaban ni por un momento en reti­rarle sus negocios; y si cuando el propio Wakem se hallaba presente, algún bromista criador de ganado, estimulado por la oportunidad y el brandy, le lanzaba alguna pulla mencionando testamentos y ancianas, él conservaba toda la sangre fría, consciente de que la mavoría de los hombres de cierta importancia que se hallaban presentes sabían que «Wakem era Wakem»: es decir, un hombre que conocía bien las piedras pasaderas que le permitían cruzar terrenos fangosos Es probable que un hombre que había ama­sado una gran fortuna poseía una hermosa casa entre árboles en Tofton y la mejor bodega de oporto de todo Saint Ogg's se sintiera a la altura de su reputación. Y es muy probable que incluso el honrado señor Tulliver, a pesar de que consideraba que la ley era poco más que una gallera, no hubiera llegado, en otras circunstancias, a considerar adecuada la afirma­ción de que «Wakem era Wakem»; pues tal como me han enseñado algu­nas personas versadas en historia, la humanidad no está dispuesta a juzgar con severidad la conducta de los grandes vencedores cuando su victoria se halla en lado adecuado. Así pues, Tulliver no podía ser obstáculo para Wakem: por el contrario, era un pobre diablo al cual el abogado había derrotado en varias ocasiones: un individuo irascible que no paraba de tirar piedras sobre su propio tejado. Wakem no tenía la conciencia intran­quila por haber utilizado algunas artimañas contra el molinero, así pues, ¿por qué iba a odiar a aquel demandante, ese lamentable toro furioso enmarañado en una red?



Sin embargo, entre los diversos excesos a los que puede entregarse la naturaleza humana, los moralistas nunca han mencionado el de sentir un aprecio excesivo por las personas que nos vilipendian abiertamente. El vic­torioso candidato Amarillo de la población de Old Topping tal vez no sien­ta adecuado odio hacia el Azul que consuela a sus partidarios con una retó­rica vituperante contra los Amarillos que vendieron su país y constituyen los demonios de su vida privada; pero no lamentaría, si la ley y la oportu­nidad lo permitieran, dar patadas en la espinilla a un director de periódi­co Azul hasta dejársela de un tono más vivo que su color favorito. Los hom­bres prósperos disfrutan con alguna pequeña venganza de vez en cuando, a modo de entretenimiento, cuando se les cruza en su camino y no obsta­culiza sus asuntos, y estas pequeñas venganzas —que abarcan todos los grados de las ofensas desagradables— tienen un enorme efecto sobre la vida, ahu­yentan a los hombres preparados y deshonran a terceros con conversacio­nes banales. Es más, es probable que contemplar cómo humillamos sin especial esfuerzo a aquellos que nos han ofendido levemente tenga un efecto balsámico y halagador. Al parecer, la Providencia o cualquier otro poder terrenal ha hecho suya la tarea de recompensarnos; y efectivamente gracias a una agradable disposición de las cosas, resulta que de un modo u otro nuestros enemigos no prosperan.

Wakem albergaba un latente deseo de venganza contra aquel desatento molinero y ahora que la señora Tulliver le había dado la idea le resultaba placentero hacer exactamente aquello que provocaría en el señor Tulliver una mortificación infalible y resultaría para él un placer refinado que no era mero producto de la maldad, sino que se mezclaba con la buena con­ciencia. Produce cierta satisfacción ver a un enemigo humillado, pero eso es poco en comparación con la que proporciona verlo humillado por nuestra benevolencia. Esa clase de venganza pertenece al terreno de las virtudes, y Wakem tenía la intención de no salirse de éste. En una ocasión se dio el gusto de ingresar a un viejo enemigo en una de las casas para pobres de Saint Ogg's, cuya reconstrucción había sufragado generosamente; y aquí tenía la oportunidad de ocuparse de otro convirtiéndolo en criado suyo. Tales detalles suponen un complemento para la prosperidad y son mucho más agradables que la venganza que ofende directamente. Y Tulliver, con su tosca lengua lastrada por la obligación, sería mejor em­pleado que cualquier otro individuo que le rogara un empleo gorra en mano. Tulliver era tenido por un hombre orgulloso de su honradez y Wakem era demasiado perspicaz para no creer en la existencia de ésta. Tendía a observar a la gente, no a juzgarla de acuerdo con algún patrón, y sabía mejor que nadie que todos los hombres no eran como él. Además, tenía intención de controlar de cerca el negocio de la tierra y del molino: le gustaban estos asuntos rurales. Sin embargo, no sólo la posibilidad de ejercer una benévola venganza lo empujaba a comprar el molino de Dorlcote. Era una buena inversión de capital y, además, Guest & Co. tenían intención de pujar. El señor Guest y el señor Wakem mantenían una rela­ción social cordial, comían juntos en alguna ocasión, y al abogado le gus­taba imponerse sobre el armador y fabricante, demasiado estridente en sus negocios y en su conversación de sobremesa. Wakem no era un simple hombre de negocios: en los círculos más altos de Saint Ogg's se le consi­deraba un individuo agradable, tenía una conversación amena ante una copa de oporto, era algo aficionado al cultivo de la tierra y, sin duda, había sido un excelente esposo y padre: en la iglesia, cuando acudía, se sentaba bajo la más hermosa lápida conmemorativa, dedicada a la memoria de su esposa. En las mismas circunstancias, cualquier hombre se habría casado de nuevo, pero se decía que era más cariñoso con su hijo deforme que la mayoría de los hombres con sus hijos mejor plantados. Lo cierto era que el señor Wakem también tenía otros hijos, si bien la relación parental era mas difusa, y aunque se ocupaba de mantenerlos, les proporcionaba un nivel de vida adecuadamente inferior al suyo. Ahí radicaba, en realidad, el motivo principal para la compra del molino de Dorlcote: mientras la señora Tulliver hablaba, al rápido abogado se le había ocurrido que, entre todas las demás circunstancias del caso, aquella compra podría servir para que pasados pocos años proporcionara una posición adecuada a un muchacho especial que tenía intención de lanzar al mundo.

La señora Tulliver se había propuesto influir en ese modo de pensar y había fracasado: hecho que puede ilustrarse con la observación de un gran filósofo, según la cual los pescadores fracasan cuando preparan el cebo porque desconocen el modo en que razonan los peces.

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