George Eliot El molino del Floss



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Capítulo VI


Encaminado a refutar los prejuicios populares sobre el obsequio de una navaja
La venta de los enseres domésticos tuvo lugar en los oscuros días de diciembre y duró hasta la tarde del segundo día. El señor Tulliver, que en los momentos de lucidez había empezado a manifestar una irritabilidad que con frecuencia parecía tener como consecuencia directa la reapari­ción de la rigidez espasmódica y la pérdida de conciencia, yació como un muerto viviente durante las horas críticas, cuando más cerca estuvo de su alcoba el ruido de la venta. El doctor Turnbull había decidido que supon­dría menor riesgo dejarlo donde estaba que trasladarlo a la casita de Luke, tal como el bondadoso empleado había propuesto a la señora Tulliver, pensando que sería mala cosa que el señor «se despertara» al oír la subas­ta; y la esposa y los niños permanecieron encerrados en el silencioso dor­mitorio, contemplando temblorosos la larga figura acostada en la cama, no fuera el rostro inexpresivo a dar señales de respuesta a los sonidos que les llegaban con una repetición obstinada y dolorosa.

Pero por fin terminaron aquellos momentos de pertinaz incertidumbre e inquietud agotadora. Cesó el sonido agudo de una voz casi tan metálica como el martillazo que la seguía; se extinguió el rumor de los pasos en la gravilla. El rubio rostro de la señora Tulliver parecía haber envejecido diez años durante las últimas treinta horas: la pobre mujer había estado con­centrada intentando adivinar qué martillazo ponía fin a la subasta de cada uno de sus objetos favoritos, y el corazón le palpitaba al pensar que uno tras otro sería identificado como suyo públicamente en The Golden Lion; y durante todo aquel tiempo la mujer tuvo que permanecer sentada sin dar muestra alguna de la agitación que sentía. Esa tensión produce arrugas en los rostros más perfectos e incrementa el número de mechones blancos en los cabellos que en otros tiempos parecieron bañados en rayos de sol. A las tres, Kezia, la doncella de mal carácter y buen corazón que había mirado a las personas que habían acudido a la venta como si fueran enemigos per­sonales y como si la suciedad que traían en los pies fuera especialmente perversa, empezó a trotar y a lavar con energía sin dejar de murmurar con­tra «esos que iba a comprar las cosas de los demás» y no les importaba ara­ñar la superficie de las mesas de caoba de otras personas mejores que ellos. No lo limpió todo, porque la gente que todavía tenía que recoger sus com­pras volvería a ensuciar, pero sí arregló el salón donde había permanecido sentado ese «cerdo con pipa» del alguacil para darle el aspecto más aco­gedor posible mediante un poco de limpieza y los escasos artículos com­prados para la familia. Kezia estaba decidida a que la señora y los niños tomaran allí el té por la tarde.

Entre las cinco y las seis, hacia la hora habitual del té, subió las escaleras y anunció que el señorito Tom tenía visita. La persona que quería hablar con él se encontraba en la cocina y, en el primer momento, a la luz del fuego irregular y el de la vela, Tom no reconoció en absoluto la silueta ancha e inquieta de un muchacho tal vez un par de años mayor que él que lo miraba con unos ojos azules en un rostro redondo y pecoso, mientras tironeaba de unos mechones rojos con intenso aire de respeto. Un som­brero de hule y copa pequeña y una fina capa de brillante suciedad sobre el resto de su atuendo, como la de una tablilla para escribir, sugería una profesión relacionada con los barcos, pero eso no le refrescó la memoria a Tom.

Pa servirle, señor Tulliver —dijo el de los mechones rojizos con una son­risa que pareció abrirse paso en un rostro voluntariamente apenado—. Me supongo que no me recuerda—prosiguió mientras Tom lo miraba con aire interrogante—, pero me gustaría hablar un poco con usté.

—Hay fuego en el salón, señorito —anunció Kezia, que se resistía a dejar la cocina en el delicado momento de tostar el pan.

—Entonces, pasa por aquí —dijo Tom, preguntándose si aquel joven trabajaría en el muelle de Guest & Co., ya que no dejaba de pensar en ello y en que en cualquier momento el tío Deane podía enviarle recado de que había un empleo.

El fuego brillante del salón era la única luz que iluminaba las sillas, el escritorio, el suelo sin alfombra y la única mesa —no, no era la única: que­daba otra en un rincón, con una gran Biblia y algunos libros encima—. Lo primero que advirtió Tom fue aquella extraña desnudez, antes de acor­darse de mirar de nuevo el rostro que también estaba iluminado por el fuego y que lo observaba de soslayo, con un aire entre tímido e interro­gante.

—¡Cómo! —preguntó una voz totalmente desconocida—. ¿No recuerda usté a Bob, al que regaló una navaja, señor?

Sacó en ese mismo instante la gastada navaja y abrió la enorme hoja a modo de demostración irresistible.

—¡Vaya! ¿Eres Bob Jakin? —preguntó Tom, no del todo cordial, porque se avergonzaba un poco de aquella antigua intimidad, simbolizada por la navaja, y no estaba muy seguro de que los motivos de Bob para recordarla fueran totalmente irreprochables.

—Ajajá, Bob Jakin: tengo que decir el apellido, porque hay muchos Bobs. El que iba tras las ardillas con usté el día en que me caí de una rama y me di un golpe en la espinilla, pero conseguí la ardilla y una buena cicatriz. Y la hoja se rompió, ya ve, pero no quise que pusieran otra porque podrían engañarme y darme otra navaja, porque no hay una hoja igual en to el país, está acostumbrada a mi mano. Nunca nadie me ha dao na, sólo he tenido lo que he podido coger, sólo usté, señor Tom; bueno, Bill Fawks me dio el cachorro de terrier en lugar de ahogarlo, pero tuve que darle mucho al pico pa convencerlo.

Bob dijo todo esto con locuacidad y voz aguda, a una velocidad sor­prendente; al terminar, se frotó con afecto la hoja contra la manga.

—Bien, Bob —dijo Tom con ligero aire de suficiencia: los recuerdos mencionados lo habían inclinado a mostrarse adecuadamente amable, aunque de su trato con Bob lo que mejor recordaba era la pelea que los había sepa­rado definitivamente—. ¿Qué puedo hacer por ti?

—Oh, no es eso, señor Tom —contestó Bob, cerrando la navaja con un chasquido y devolviéndola al bolsillo, donde parecía hurgar buscando otra cosa—. No habría venido a pedirle na ahora que, según dice la gente, está en apuros el amo al que le espantaba los pájaros, que m'azotaba un poco, medio en broma, cuando me pillaba comiéndome un nabo, pero dicen que ya no se levantará más. No se m’ocurriría venir a pedirle otra navaja porque una vez me dio una. Si uno me pone un ojo morado, ya me basta: no le pediré más antes de que yo le sirva: de tos modos, un buen gesto vale más que uno malo. No volveré a ser pequeño, señor Tom. Y usté era mi amigo favorito cuando era pequeño, aunque m'azotó y no quiso verme más. Por ejemplo, ahí está Dick Brumby: podía darle tanto como quisiera, pero uno se aburre de pegar a un chaval incapaz de ver adónde debe tirar He visto críos capaces de quedarse mirando una rama hasta que se les salen los ojos antes de distinguir la cola de un pájaro de una hoja. Es una pérdida de tiempo ir con esos; pero usté era bueno pa tirar, señor Tom, y se podía confiar en que daría con el palo en el momento adecuado a una rata, a un armiño o cualquier otro animal cuando yo batía los arbustos.

Bob había sacado una sucia bolsa de lona y tal vez no se habría callado si Maggie no hubiera entrado entonces en la habitación y le hubiera lan­zado una mirada de sorpresa y curiosidad, ante lo cual él se pasó la mano por los rojizos mechones con el debido respeto. No obstante, el cambio que había sufrido la habitación cayó al instante sobre Maggie con una fuerza tal que le hizo olvidar la presencia de Bob. Los ojos de Maggie pasa­ron de Bob al lugar donde antes colgaban unos estantes con libros; no quedaba más que un rectángulo más oscuro en la pared y, debajo, la mesi­ta con la Biblia y unos pocos libros.

—Oh, Tom —exclamó, juntando las manos—: ¿Dónde están los libros? Creí que el tío Glegg los iba a comprar. ¿No los ha comprado? ¿Ha com­prado solamente los que quedan?

—Supongo que sí —dijo Tom, con una especie de indiferencia desesperada—. ¿Por qué iban a comprar muchos libros si han comprado tan pocos muebles?

—Pero Tom —dijo Maggie, con los ojos llenos de lágrimas mientras corría hacia la mesa para ver qué libros habían rescatado—. Nuestro querido Viaje del peregrino, ese que tú coloreaste con tus pinturas, y el dibujo del peregrino cubierto con un manto que parecía una tortuga... —Maggie prosiguió, casi sollozando mientras examinaba los escasos libros—: pensaba que jamás en la vida nos desprenderíamos de ellos... Estamos perdiéndolo todo... Cuando muramos no tendremos con nosotros ningún objeto de cuando nacimos.

Maggie se alejó de la mesa y se dejó caer en una silla mientras unas grue­sas lágrimas se preparaban para caerle por las mejillas, olvidando la pre­sencia de Bob, que la observaba con la mirada propia de un animal inteli­gente y mudo, con mayor percepción que comprensión.

—Bien, Bob —dijo Tom, que consideraba inoportuna la cuestión de los libros— Imagino que has venido a verme porque estamos en apuros: eso es muy amable por tu parte.

—Le diré a lo que he venido, señor Tom —dijo Bob, empezando a desa­tar la bolsa de lona—. Durante estos dos años he estao en una gabarra, así me he ganao la vida, cuando no m'ocupaba del horno del molino de Torry. Pero hace un par de semanas tuve suerte. Siempre m’he tenido por un tío con suerte, porque siempre que he puesto una trampa he cogido algo. Pero esa vez no fue una trampa, sino que se prendió fuego en el molino y lo apagué yo: si no llego a hacerlo arde el aceite. El amo me dio diez sobe­ranos: me los dio en persona la semana pasada. Y dijo primero que era un chico bien dispuesto, aunque yo ya lo sabía, pero entonces va y saca los diez soberanos, y eso era ya algo nuevo. ¡Aquí están, sólo falta uno! y con estas palabras, Bob vació la bolsa sobre la mesa—. Cuando me los dio, la cabeza me se puso a hervir como si fuera una olla de caldo, pensando en qué clase de vida debería llevar, porque se m'ocurrían muchos oficios, porque estoy cansado de la gabarra, porque allí los días se hacen más lar­gos que las tripas de un cerdo. Primero pensé que tendría hurones y perros, y sería cazador de ratas; después pensé que quería algo más importante, vivir algo nuevo, porque de cazar ratas ya lo sé to y pensé y pensé hasta que al final decidí que quería ser buhonero porque son tipos bien informaos, claro que sí, y llevaría las cosas más ligeras en un fardo, y podría darle a la lengua, y eso no se hace con las ratas ni en las gabarras, y recorrería el país a mis anchas, y camelaría a las mujeres con mi cháchara, y comería calien­te en la taberna: ¡Una vida estupenda!

Bob hizo una pausa y después añadió, con una decisión desafiante, como si diera la espalda con firmeza a aquella descripción paradisíaca.

—Pero no m’importa, no m’importa una pizca. Y he cambian uno de los soberanos pa comprar a mi madre una oca pa comer, y he compran un cha­leco de felpa azul y un gorro de piel de foca, porque si quiero ser buho­nero, tengo que tener un aspecto respetable. Pero no m importa, no m'importa ni una pizca. No tengo un nabo por cabeza y a lo mejor puedo apa­gar otro fuego dentro de poco, soy un tío con suerte. Así que le agradece­ría que aceptara los nueve soberanos, señor Tom, y que haga con ellos lo que quiera, si es verdad que el señor está arruinao. No bastarán, pero serán de ayuda.

Tom se conmovió tanto que olvidó su orgullo y sus recelos.

—Bob, eres muy amable —dijo Tom, sonrojándose, con ese pequeño tem­blor en la voz que le daba cierto encanto, incluso cuando hablaba con aire orgulloso y severo—. Y no volveré a olvidarte. Pero no puedo aceptar los nueve soberanos: sería quitarte una pequeña fortuna y a mí no me servi­rían de mucho.

—¿No, señor Tom? —preguntó Bob apesadumbrado—. No lo diga porque piense que yo los quiero: no soy pobre. Mi madre gana sus buenos peni­ques esplumando y haciendo otras cosas, y si come otra cosa que pan y agua echa demasiadas carnes: amás, yo tengo siempre mucha suerte, y creo que usté no tiene tanta: en cualquier caso, el amo no la tiene, y puede tomar un poco de mi suerte y nadie sufre por ello. Vamos, si es que un día encon­tré una pata de cerdo en el río: de seguro se había caído de uno de esos barcos holandeses de popa redonda. Vamos, piénselo mejor, señor Tom, que somos viejos conocidos; si no, pensaré que está enfadao conmigo.

Bob empujó los soberanos; pero antes de que pudiera hablar Tom, Maggie, entrelazando las manos y mirando a Bob con aire contrito, excla­mó:

—Oh, Bob: cuánto lo siento. Nunca pensé que fueras tan buena perso­na. Vamos, ¡si es que eres la mejor persona del mundo!

Bob no advirtió la injuriosa opinión que provocaba el íntimo gesto de penitencia de Maggie y sonrió con placer ante sus elogios, especialmente porque procedían de una joven que, como informó esa misma noche a su madre, poseía «unos ojos como no hay otros; cuando te miran, te dejan atontao».

—No, de verdad, Bob. No puedo aceptarlos —insistió Tom—. Pero no creas que por eso aprecio menos tu amabilidad. No quiero tomar nada de nadie, sino ponerme a trabajar. Y esos soberanos no me serían de gran ayuda, de verdad, si me los quedara. Permite que, en cambio, te estreche la mano.

Tom le tendió la rosada palma y Bob no se demoró en darle su mano sucia y curtida.

—Permite que vuelva a guardarte los soberanos en el talego —dijo Maggie—, y ven a vernos cuando tengas ya la bolsa de buhonero.

—Así, es como si hubiera venido a darme aires, a presumir —dijo Bob con aire de descontento cuando Maggie le devolvió la bolsa—. Algunas veces sí soy un poco pillo, pero sólo con los sinvergüenzas o los primos, que me gusta liarlos un poco.

—Pues ahora no te metas en líos, Bob —dijo Tom—: si no, te deportarán a las colonias.

—No, no; a mí no, señor Tom —contestó Bob con aire alegre y confiado—. No hay leyes contra las picaduras de pulga: si no engañara de vez en cuando a los tontos, nunca espabilarían. En fin, tenga usté un soberano, seño­rita, y cómprese algo, como muestra de mi agradecimiento por la navaja. Mientras hablaba, Bob depositó el soberano y cerró el talego de nuevo con decisión. Tom empujó la moneda de oro.

—No, de verdad, Bob: te lo agradezco muchísimo, pero no puedo acep­tarla.

Maggie, tomándola entre los dedos, se la tendió a Bob y dijo con más capacidad de persuasión que Tom.

Ahora no la aceptamos, Bob, pero quizá sí en otra ocasión. Si Tom o mi padre necesitan ayuda que tú puedas prestar, te lo diré, ¿verdad, Tom? Eso es lo que deseas, que sepamos que podemos recurrir a ti como amigo, ¿verdad, Bob?



—Sí, señorita, gracias —dijo Bob, tomando a regañadientes el dinero—. Eso es lo que quiero: que cuenten conmigo pa cualquier cosa. Así pues, adiós, señorita, y buena suerte, señor Tom. Gracias por estrecharme la mano, aunque no haya querido tomar el dinero.

La entrada de Kezia y su mirada fulminante mientras preguntaba si debía traer el té o esperar a que las tostadas estuvieran duras como ladri­llos puso fin oportunamente a la verborrea de Bob, que se despidió apre­suradamente con una inclinación.

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