George Eliot El molino del Floss



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Capítulo v


Tom da el primer paso
Al día siguiente a las diez, Tom estaba ya de camino hacia Saint Ogg's para ver al tío Deane, que debía llegar a casa la noche anterior, según había dicho su tía; y Tom había decidido que el tío Deane era la persona ade­cuada para pedir consejo a fin de conseguir un trabajo. Participaba en negocios importantes, no tenía la estrechez de miras del tío Glegg y había progresado socialmente de una manera acorde con las ambiciones de Tom.

Era una mañana oscura, gélida y neblinosa que, probablemente, termi­naría en lluvia: una de esas mañanas en las que incluso las personas felices se refugian en sus esperanzas. Y Tom se sentía muy desgraciado: percibía con la nitidez propia de un carácter orgulloso la humillación y las futuras dificultades que le depararía la suerte; y junto a la firme fidelidad hacia su padre se mezclaba una indignación incontenible contra él, lo que daba a la desgracia el matiz insoportable del error. Puesto que eso era lo que sucedía cuando se recurría a los tribunales, su padre tenía toda la culpa, tal como siempre habían dicho los tíos; un dato muy revelador sobre el carácter de Tom era el hecho de que aunque pensaba que sus tías deberían hacer algo más por su madre, no sentía nada similar al violento rencor de Maggie con­tra ellas por no mostrarse más tiernas o más generosas. En Tom no había ningún impulso que lo llevara a esperar lo que no le parecía un derecho que pudiera exigir. ¿Por qué iba la gente a dar dinero a manos llenas a quie­nes no sabían cuidar del suyo? Le parecía justa cierta severidad, especial­mente porque confiaba en que nunca se le aplicara a él. Le resultaba muy duro verse en una situación tan desfavorable por la falta de prudencia de su padre, pero no pensaba quejarse ni buscar defectos a los demás porque no le facilitaran las cosas. No pediría más ayuda que un trabajo y un sueldo a cambio. El pobre Tom no carecía de esperanzas en las que refugiarse de la húmeda y gélida prisión de la niebla de diciembre que parecía formar parte de sus problemas familiares. A los dieciséis años, ni siquiera el pensa­miento más apegado a la realidad puede escapar a la ilusión y a la vanidad y Tom, mientras bosquejaba su futuro no tenía más guía que una valiente confianza en sí mismo. Sabía que tanto el señor Glegg como el señor Deane habían sido muy pobres: Tom no quería ahorrar dinero lentamen­te y retirarse con una fortuna moderada como el tío Glegg, sino que dese­aba ser como el tío Deane: conseguir un puesto en una gran empresa y ascender rápidamente. Apenas había visto al tío Deane durante los últimos tres años, puesto que las dos familias habían ido distanciándose pero, por ese mismo motivo, Tom confiaba en que sirviera para algo recurrir a él. Estaba seguro de que el tío Glegg nunca respaldaría un proyecto osado, pero tenía cierta idea de la magnitud de los recursos de que disponía el tío Deane. Tiempo atrás, oyó una vez decir a su padre que Deane se había con­vertido dentro de Guest & Co. en alguien tan importante como para que le ofrecieran participar en el negocio: y Tom había decidido que él haría lo mismo. Le resultaba intolerable ser pobre y que lo miraran por encima del hombro toda la vida. Se ocuparía de su madre y de su hermana, y conse­guiría que todo el mundo dijera que era un hombre de gran carácter. Saltaba así sobre los años y, empujado por una decisión tan firme como sus deseos, olvidaba que estarían hechos de lentísimos días, horas y minutos.

Cuando ya había cruzado el puente de piedra sobre el Floss y estaba entrando en Saint Ogg's, pensaba en que, cuando fuera lo bastante rico, compraría de nuevo el molino y las tierras de su padre, mejoraría la casa y viviría allí: la preferiría a otra más elegante y más nueva, y allí podría tener tantos caballos y perros como deseara.

Mientras caminaba por la calle con un paso rápido y firme, perdido en estas ensoñaciones, se cruzó con un vecino y éste lo sobresaltó con una voz tosca y familiar:

—¡Caramba, señorito Tom! ¿Cómo está su padre esta mañana? —era un tabernero de Saint Ogg's, uno de los clientes de su padre.

Aunque le molestó que lo interrumpiera en aquel momento, contestó cortésmente:

—Está muy enfermo, gracias.

—Ah, qué mala suerte han tenido, joven, al perder el pleito —dijo el tabernero, con aliento a cerveza y la confusa idea de ser amable.

Tom se sonrojó y siguió adelante: incluso la referencia más cortés y deli­cada a su situación le habría causado el mismo dolor que si le apretaran en un cardenal.



—Éste es el hijo de Tulliver —comunicó el tabernero al tendero que se encontraba ante una puerta cercana.

—Ah, ya decía yo que lo reconocía. Se parece a la familia de su madre: era una Dodson. Es un chico serio, ¿qué le han enseñado?

—A mirar por encima del hombro a los clientes de su padre y a ser un caballero: creo que poco más.

La conciencia del presente despertó a Tom de los sueños sobre el futu­ro y aceleró el paso para alcanzar las oficinas de Guest & Co., donde con­fiaba en encontrar al tío Deane. Pero le dijo un empleado, con cierto des­precio por su ignorancia, que aquella mañana le tocaba estar en el banco: los jueves por la mañana el señor Deane no se encontraba en River Street.

En el banco, tras anunciar su nombre, permitieron a Tom entrar en el despacho privado donde se encontraba su tío. El señor Deane estaba revi­sando cuentas, pero en cuanto entró Tom levantó la vista.

—Buenos días, Tom —dijo, tendiéndole la mano—. ¿Alguna novedad por tu casa? ¿Cómo está tu padre?

—Igual, gracias, tío —contestó Tom, nervioso—. Quisiera hablar con usted en cuanto tenga tiempo.

—Siéntate, siéntate —dijo el señor Deane, volviendo a sus cuentas, en las que él y un empleado permanecieron tan absortos durante la siguiente media hora que Tom empezó a preguntarse si tendría que seguir allí sen­tado hasta que cerrara el banco, ya que el monótono trabajo de los acica­lados y prósperos hombres de negocios no parecía mostrar ninguna ten­dencia a concluir. ¿Querría su tío darle un puesto en el banco? Sería un trabajo tedioso y aburrido, pensó, estar allí siempre escribiendo, siguien­do el tictac del reloj. Prefería otros caminos para hacerse rico. Finalmente se produjo un cambio: su tío cogió una pluma y escribió algo con una rúbrica al final.

—Señor Spence, si le parece bien, vaya ahora a ver a Torry —dijo el señor Deane, y, de repente, a Tom le pareció que el sonido del reloj era menos lento y pausado.

—Bien, Tom —dijo el señor Deane en cuanto estuvieron solos, acomo­dando el corpachón en la butaca y sacando la caja de rapé—. ¿Qué pasa? El señor Deane, que había oído contar a su esposa lo sucedido el día anterior, pensaba que Tom acudía para rogarle que buscara algún modo de evitar la venta.

—Le ruego que me excuse por molestarlo, tío —dijo Tom sonrojándose, con voz que, aunque algo temblorosa, reflejaba cierta orgullosa indepen­dencia—, pero me parece que es usted la persona más adecuada para acon­sejarme qué debo hacer.

—¿Sí? —preguntó el señor Deane, deteniendo la pulgarada de rapé y mirando a Tom con nueva atención—. Dime.

—Desearía conseguir un empleo para ganar un poco de dinero —dijo Tom, que no era partidario de los circunloquios.

—¿Un empleo? —preguntó el señor Deane; se acercó entonces la pulgarada de rapé a la nariz y la repartió con meticulosa justicia en cada orifi­cio. Tom pensó que la costumbre de tomar rapé era la más irritante que conocía.

—Veamos, ¿qué edad tienes? —preguntó el señor Deane mientras se recostaba de nuevo en la butaca.

—Dieciséis, estoy a punto de cumplir los diecisiete —dijo Tom con la esperanza de que su tío advirtiera cuánta barba tenía.

—Veamos... Tu padre tenía intención de que fueras ingeniero, ¿no es eso?

—Pero creo que con ese oficio tardaría en ganar dinero, ¿no?

—Es cierto: pero no es fácil ganar mucho dinero con nada, muchacho, cuando se tiene sólo dieciséis años. Aunque has estudiado muchos años: supongo que sabes mucho de cuentas, ¿no? ¿Sabes teneduría?

—No —contestó Tom, con cierto titubeo—. Estudiaba fracciones. Pero el señor Stelling dice que tengo buena letra, tío. Esta es mi letra —añadió Tom, poniendo sobre la mesa una copia de la lista que había hecho la víspera.

—Ah, muy bien, muy bien. Pero mira, el mejor calígrafo del mundo si no es buen tenedor de libros no llega a más que a amanuense. Y un copista es barato. Pero, entonces, ¿qué has aprendido en tus estudios?

El señor Deane no se había interesado nunca por los métodos de edu­cación y no tenía una idea exacta de lo que sucedía en los colegios caros.

—Aprendíamos latín, mucho latín —dijo Tom y, con una pequeña pausa entre cada materia, como si estuviera repasando los libros de su escritorio Para ayudarse a recordar, añadió—: y el último año escribí composiciones, una semana en latín y la otra en inglés; y estudié historia de Grecia y de Roma; y Euclides; y empecé álgebra, pero lo dejé; y cada semana teníamos un día de aritmética. También me daban lecciones de dibujo, y también estudiábamos o leíamos varios libros de poesía inglesa, Horae Paulinae y la Retórica de Blair, durante el último semestre.

El señor Deane tamborileó sobre la caja de rapé y frunció los labios: se sentía como muchas personas estimables que, tras leer la lista de nuevos aranceles se sorprendían al ver cuántos bienes se importaban sin que supieran nada de ello: como precavido hombre de negocios, no pensaba hablar imprudentemente de una materia prima de la que no tenía expe­riencia alguna. Pero suponía que si aquello fuera bueno, un hombre de tanto éxito como él no lo ignoraría. En cuanto al latín, su opinión perso­nal era que, en caso de otra guerra, puesto que la gente ya no se empol­vaba el cabello, estaría bien poner un impuesto sobre el latín como lujo propio de las clases altas y totalmente ajeno al mundo de las navieras. Aunque, por lo que sabía, lo de las Horae Paulinae podría ser algo menos neutral. En conjunto, esta lista de conocimientos le provocaba cierto rechazo hacia el pobre Tom.



—Bien —dijo finalmente, con un tono frío y algo sardónico—: has dedica­do tres años a estas cosas, debes de saber mucho. ¿No crees que sería mejor que buscaras algo relacionado con ellas?

Tom se sonrojó y exclamó con nueva energía.

—Preferiría que el trabajo no estuviera relacionado con eso, tío. No me gustan el latín ni esas cosas. No sé para qué me servirán, como no sea para hacer de profesor ayudante en un colegio y, ni siquiera las conozco lo bas­tante bien para ello: además, antes preferiría ser chico de los recados, no me gusta convertirme en esa clase de persona. Me gustaría entrar en un negocio en el que pudiera progresar, un trabajo de hombres en el que tuviera que cuidar cosas y labrarme una reputación. Y desearía cuidar de mi madre y de mi hermana.

—Ah, jovencito —dijo el señor Deane, con esa tendencia a reprimir las esperanzas de los jóvenes que los prósperos y robustos hombres de nego­cios de cincuenta años consideran uno de sus más simples deberes—, es más fácil decirlo que hacerlo.

—Pero tío, ¿no fue así como usted empezó? —preguntó Tom, un poco irritado porque el señor Deane tardara tanto en respaldar su punto de vista—. ¿No fue ascendiendo por su capacidad y buen comportamiento?

—Sí, sí, caballero —dijo el señor Deane arrellanándose en la butaca y apresurándose a recordar su trayectoria—; pero te diré cómo lo hice: no me monté a horcajadas en un palo, esperando que se convirtiera en un caba­llo si esperaba lo suficiente. Mantenía los oídos y los ojos bien alerta, no me importaba eslomarme y convertía el interés de mi patrono en el mío. Caramba, si sólo vigilando lo que sucedía en el molino vi cómo se despil­farraban quinientas libras al año tontamente. No tuve más estudios que los que dan las instituciones benéficas, pero pronto me di cuenta de que no podría avanzar mucho sin saber teneduría y aprendí en las horas libres que me dejaba el trabajo, tras descargar barcos. Mira esto —el señor Deane abrió un libro y señaló la página—: tengo buena letra y estoy a la altura de cualquiera en todo tipo de cálculos mentales, y todo esto lo he consegui­do trabajando mucho y pagándolo con mi sueldo, muchas veces quitándolo de la comida y de la cena. Y me fijaba en todas las cosas relacionadas con el negocio y luego les daba vueltas. Caramba, no soy mecánico y nunca he pretendido serlo, pero se m’han ocurrido un par de cosas que a ellos ni les han pasado por la cabeza, y eso ha supuesto una importante diferencia en nuestros beneficios. Y no hay artículo que se cargue o descargue en nuestro muelle que yo no conozca. Si he ido ascendiendo es porque me he preparado. Si quieres meterte en un agujero redondo, debes conver­tirte en una pelota: así son las cosas.

El señor Deane tamborileó sobre la caja otra vez. Se había dejado arras­trar por el entusiasmo que suscitaba en él ese tema y se le había olvidado por completo el efecto que podría causar en su interlocutor. No era la pri­mera vez que contaba esa historia y en esta ocasión no había advertido que no tenía ante sí una copa de oporto.

—Bien, tío —dijo Tom con ligero tono de queja—: eso es lo que me gusta­ría hacer, ¿no puedo progresar del mismo modo?

—¿Del mismo modo? —preguntó el señor Deane, examinando a Tom con calma—. Hay que tener en cuenta varias cosas, caballero. Depende del tipo de artículo con que empieces y de si t'han encarrilado por la vía adecua­da. Pero yo ya te diré cuál es. Tu padre se equivocó al darte educación. No era asunto mío y no me metí, pero ha sucedido lo que yo pensaba: lo que has aprendido está muy bien para un joven como Stephen Guest, que no hará otra cosa en su vida que firmar cheques y puede tener la cabeza relle­na de latín o de cualquier otra cosa.

—Pero tío —insistió Tom—, no veo por qué el latín iba a impedirme entrar en los negocios: pronto se me olvidará todo, no supone ninguna diferencia. Tenía que estudiar las lecciones, pero siempre pensé que no me servi­rían para nada, no me interesaban nada.

—Sí, sí, muy bien —prosiguió el señor Deane—, pero eso no cambia lo que iba a decir. Quizá te sacudas pronto el latín y esas historias, pero te queda­rás como un palo pelero. Además, t’ha dejado las manos blancas y t’ha qui­tado la costumbre de trabajar duro. ¿Y qué es lo que sabes? Vaya, si no sabes nada de contabilidad y sabes menos de cálculo que cualquier tende­ro. Permite que te diga que tendrás que empezar por el escalón más bajo si quieres progresar en esta vida. No sirve de nada olvidar la educación por la que tanto ha pagado tu padre si no te buscas una nueva.

Tom se mordió los labios con fuerza; sentía que las lágrimas pugnaban por salir pero prefería morir a dejarlas asomar.

—Quieres que te ayude a conseguir un empleo —prosiguió el señor Deane—; bien, no tengo nada que ojetar. deseo hacer algo por ti. Pero voso­tros los jóvenes creéis que vais a empezar viviendo bien y con un trabajo fácil: no pensáis en que, antes de ir a caballo, uno va a pie. Debes recordar lo que eres: un muchacho de dieciséis años sin ninguna formación para trabajar. Hay montones como tú, como si fueran guijarros que no encajan en ningún lado. Bien, podrías hacer de aprendiz de alguna profesión: boti­cario, por ejemplo. Quizá en eso ayudara lo del latín...

Tom iba a hablar, pero el señor Deane levantó la mano.

—¡Espera! Escucha lo que tengo que decirte. No quieres ser aprendiz, ya lo sé, ya lo sé: quieres ir más aprisa y, además, no quieres estar detrás de un mostrador. Pero si eres amanuense, estarás detrás de un escritorio y te pasarás todo el día mirando la tinta y el papel: eso no tiene mucho futuro y terminarás el año tan sabio como lo empezaste. El mundo no está hecho de pluma, tinta y papel, y si vas a lanzarte al mundo, joven, deberás saber de qué está hecho. Creo que lo que más oportunidades te ofrecerá será conseguir un empleo en un muelle o un almacén, donde aprenderás cómo son las cosas: pero seguro que eso no te gusta: tendrás que aguantar el frío y la humedad y tratar con gentes toscas. Eres un caballero demasia­do refinan para eso.

El señor Deane hizo una pausa y miró a Tom fijamente, el cual contes­tó tras cierta lucha interior:

—Señor, preferiría hacer lo que, a la larga, sea más provechoso: acepta­ré todo lo que sea desagradable.

—Eso está bien, si eres capaz de llevarlo a la práctica. Pero debes recor­dar que no sólo se trata de sujetar la cuerda, sino de tirar de ella. Ése es el error que cometéis los muchachos que no tenéis nada en el cerebro ni en el bolsillo: creéis que es mejor empezar en un lugar donde puedas con­servar limpia la chaqueta y que las mozas de las tiendas os tomen por caballeros. No fue así como yo empecé, jovencito: cuando tenía dieciséis años, la chaqueta m'olía a alquitrán y no m'asustaba cargar quesos. Por eso ahora puedo ir vestido con buen paño y compartir mesa con los propietarios de las mejores empresas de Saint Ogg's.

El tío Deane tabaleó con los dedos sobre la caja de rapé, se recostó en la butaca y pareció ensancharse un poco bajo el chaleco y la leontina.

—Tío, ¿conoce usted algún empleo vacante para el que sirva? Desearía ponerme a trabajar de inmediato —dijo Tom con un ligero temblor en la voz.

—Para el carro, para el carro: no debemos tener tanta prisa. Debemos tener en cuenta que si te coloco en un sitio para el que seas un poco joven, por la simple circunstancia de ser mi sobrino, seré responsable de ti. Y no hay otro argumento a tu favor que el hecho de que seas mi sobrino, por­que todavía está por ver si sirves para algo.

—Espero no dejarlo en mal lugar, tío —contestó Tom, ofendido como cualquier muchacho cuando los adultos declaran la desagradable verdad de que no tienen motivos para confiar en ellos—. También quiero cuidar de mi prestigio.

—¡Bien dicho, Tom! ¡Bien dicho! Esa es la actitud adecuada, y nunca me niego a ayudar a alguien dispuesto a esforzarse. Conozco a un hombre de veintidós años: m’he fijado en él y haré por él todo lo que pueda, ya que vale mucho. Pero fíjate en cómo ha aprovechado el tiempo: calcula como el mejor, ya que puede calcular en cuestión de segundos el volumen de cual­quier mercancía, y el otro día me mostró un nuevo mercado para las cor­tezas de madera sueca; y es gran experto en productos manufacturados.

Tal vez fuera mejor que empezara por la teneduría, ¿no cree, tío? —preguntó Tom, ansioso por demostrar su disposición a esforzarse.

—Sí, sí, eso siempre es un acierto. Pero... Ah, Spence, aquí está usted de nuevo. Bien, Tom, me parece que por ahora no tenemos nada más que decir y tengo que volver a mi trabajo. Adiós. Saluda a tu madre de mi parte.



El señor Deane le tendió la mano en un amistoso gesto de despedida y Tom no se atrevió a hacerle otra pregunta, especialmente delante del señor Spence. De modo que salió de nuevo al aire húmedo y frío. Fue a ver al tío Glegg para tratar la cuestión del dinero de la caja de ahorros y cuando se puso en marcha otra vez, la niebla se había hecho tan densa que apenas veía lo que tenía delante. Mientras caminaba de nuevo por River Street, se sobresaltó al ver, a dos yardas del escaparate de una tienda, las palabras «Molino de Dorlcote» escritas en grandes letras en un anuncio que parecía colocado con el propósito de que le saltara a la vista. Era el catálogo de la venta que debía tener lugar la semana siguiente, motivo sufi­ciente para que se apresurara a salir del pueblo.

El pobre Tom se encaminó a su casa sin perderse en ensoñaciones sobre el futuro lejano, aplastado por el peso del presente. Le parecía que el tío Deane era injusto al no confiar en él, al no advertir que se desenvolvería bien, cosa de la que el propio Tom estaba tan seguro como de la luz del día. Por lo que parecía, él, Tom Tulliver, estaba destinado a ocupar un lugar muy poco relevante en el mundo y, por primera vez, se sintió abati­do al comprender que en realidad era muy ignorante y bien poco podía hacer. ¿Quién sería el envidiable joven que podía calcular el volumen de las cosas en segundos y proponer nuevas ideas sobre las cortezas suecas? ¡Cortezas de Suecia! Tom se había sentido siempre muy satisfecho de sí mismo a pesar de su fracaso en algunas demostraciones y su traducción de nunc illas promite vires como «ahora promete a esos hombres»: pero en aquel momento se sentía, de repente, en situación de desventaja, porque sabía menos que los demás. Debía de haber todo un mundo relacionado con la corteza sueca y, si él lo conociera, podría haberle servido para empe­zar. Habría sido mucho más fácil destacar con un brioso corcel y una silla nueva.

Dos horas antes, cuando Tom caminaba hacia Saint Ogg's, veía ante sí un futuro lejano, como si fuera una tentadora playa tras una franja de gui­jarros silíceos: entonces se encontraba todavía sobre la hierba y creía que no tardaría en cruzar la zona de piedras. Pero ahora estaba ya en los can­tos afilados, que ocupaban una extensión cada vez más ancha, y la playa de arena se había reducido mucho.

—¿Qué ha dicho el tío Deane, Tom? —preguntó Maggie, rodeando a Tom, con el brazo mientras éste se calentaba abatido junto al fuego de la coci­na—. ¿Ha dicho que te daría un empleo?

—No, no lo ha dicho. No me ha prometido nada: parecía creer que no podía lograr nada bueno porque soy demasiado joven.

—Pero ¿ha sido amable?

—¿Amable? ¡Bah! ¿De qué sirve hablar de eso? Me da igual que sea amable o no si consiguiera un trabajo. Pero es un fastidio haber estado tanto tiempo estudiando latín y otras cosas que no me han servido para nada, y ahora el tío dice que tengo que ponerme a estudiar teneduría, cálculo y otras cosas. Parece pensar que no sirvo para nada.

Mientras contemplaba el fuego, la boca de Tom se contrajo en una expresión amarga.

—Oh, qué pena que no hayamos estudiado con dómine Sampson —dijo Maggie, mezclando cierta alegría con su pena—. Si me hubiera enseñado contabilidad por partida doble según el método italiano, como enseñó a Lucy Bertram22, podría enseñarte, Tom.

—¡Enseñar, tú! Sí, supongo que sí. Siempre te las das de maestra —dijo Tom.

—¡Tom!, si sólo es una broma —exclamó Maggie, apoyando la mejilla contra la manga de la chaqueta de Tom.

—Pero siempre es igual, Maggie —protestó Tom con el ceño ligeramente fruncido, como hacía siempre que se proponía ser razonablemente seve­ro—. Siempre estás poniéndote por encima de mí y de los demás. He pen­sado muchas veces en decírtelo. No tenías que hablar a los tíos como lo hiciste, debes dejar que yo me ocupe de vosotras y no meterte en nada. Te crees más lista que nadie, pero casi siempre estás equivocada. Soy capaz de juzgar mucho mejor que tú.

¡Pobre Tom! Acababan de sermonearle y de hacerle sentir inferior: la reacción de su carácter fuerte y egocéntrico debía canalizarse de un modo u otro, y con Maggie podía mostrarse justificadamente dominante. Maggie se sonrojó y le temblaron los labios en una mezcla de rencor y afecto, sumada al temor y la admiración que suscitaba en ella un carácter más firme y fuerte que el suyo. No contestó enseguida; le brotaban palabras de enfado, pero las contuvo.

—Muchas veces crees que soy engreída, Tom, pero no es esa mi inten­ción en absoluto —dijo finalmente—. No quiero destacar más que tú y sé que ayer te portaste mejor que yo. Pero eres siempre muy severo conmigo, Tom.

Con estas últimas palabras, regresó el enfado.

—No, no soy severo —afirmó Tom con decisión—. Siempre soy amable contigo y así pienso seguir: siempre me ocuparé de ti, pero debes hacer caso de lo que te diga.

En aquel momento entró su madre y Maggie se apresuró a marchar­se, ya que sentía que iba a llorar y no quería que eso sucediera hasta encontrarse a salvo en el piso de arriba. Eran lágrimas amargas: todo el mundo parecía muy severo y muy duro con ella: nadie mostraba indul­gencia ni cariño, a diferencia de cómo serían las cosas en el mundo ima­ginario que se construía. En los libros salían personas que eran siempre amables o cariñosas, disfrutaban haciendo cosas para conseguir que los demás fueran felices y no mostraban su interés encontrando defectos. Maggie pensaba que fuera de los libros, el mundo no era un lugar feliz: parecía ser un mundo en el que la gente se portaba mejor con quienes no simulaba amar y no eran nada suyo. Y si en la vida no había amor, ¿qué le quedaba a Maggie? Sólo la pobreza y la compañía de las mez­quinas penas de su madre; quizá también la desgarradora dependencia infantil de su padre. No hay desesperanza más triste que la de la prime­ra juventud, cuando el alma está llena de anhelos, carece de grandes recuerdos y la vida no se prolonga en la de los demás; y, sin embargo, los observadores no tenemos muy en cuenta esta desesperación prematura, como si nuestra visión del futuro iluminara el ciego presente del que sufre.

Maggie, con su vestido marrón, los ojos enrojecidos y el abundante cabello echado hacia atrás, contemplaba desde la cama donde yacía su padre las apagadas paredes de la triste habitación que era ahora el cen­tro de su mundo: era una criatura llena de anhelos impacientes y apa­sionados por todo lo amable y hermoso, sedienta de todo tipo de cono­cimientos, ansiosa por oír una música que se extinguía antes de llegar hasta ella, con un deseo ciego e inconsciente de que algo uniera las impresiones maravillosas de esta vida misteriosa y diera a su alma un hogar.

No es de extrañar que, cuando se produce un contraste entre el exte­rior y el interior tengan lugar dolorosas colisiones. Una muchacha de aspecto anodino que nunca será una Safo, una madame Roland ni un per­sonaje destacado puede, a pesar de ello, albergar en su interior una fuer­za similar a la de una semilla que, tarde o temprano, e incluso de modo violento, se abre paso.



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