George Eliot El molino del Floss



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Capítulo IV


Un rayo de luz se desvanece
Incluso entre los accesos de rigidez espasmódica que padecía a intervalos regulares desde que lo habían encontrado a los pies del caballo, el señor Tulliver se hallaba en un estado tan apático que las entradas y salidas de la habitación tenían lugar sin grandes miramientos. Aquella mañana había permanecido tan quieto, con los ojos cerrados, que Maggie dijo a la tía Moss que no esperara que su padre advirtiera su presencia.

Entraron sin hacer ruido y la señora Moss se sentó junto a la cabecera de la cama, mientras Maggie volvía a ocupar su puesto sobre ésta y coloca­ba la mano sobre la de su padre sin que en el rostro de éste se produjera cambio alguno.

El señor Glegg y Tom habían entrado también de puntillas y se afana­ban por encontrar la llave del viejo arcón de roble en el manojo que Tom había traído del escritorio de su padre. Abrieron el arcón, situado a los pies de la cama del señor Tulliver, y apoyaron la tapa en el soporte de hie­rro sin hacer apenas ruido.

—Hay una caja de lata —susurró el señor Glegg—: es posible que guarde allí algo pequeño como un pagaré. Levántala, Tom; pero primero quitaré yo estas escrituras. Supongo que son las de la casa y el molino, y veremos qué hay debajo.

El señor Glegg había levantado los pergaminos y, afortunadamente, se había apartado ya un poco cuando el soporte cedió y la pesada tapa cayó con tal estruendo que resonó por toda la casa.

Tal vez aquel sonido, más allá de la fuerte vibración, poseía alguna característica especial que produjo un efecto instantáneo en el hombre postrado, el cual se liberó de la parálisis durante unos instantes. El arcón había pertenecido a su padre y al padre de su padre, y su apertura había constituido siempre una ceremonia solemne. Todos los objetos que conocemos desde hace tiempo, incluso el simple cierre de una ventana o un pestillo concreto, producen sonidos que son como una voz familiar, una voz que nos estremece y despierta cuando toca fibras muy profundas. En ese preciso momento, cuando todos los ojos de los presentes estaban vuel­tos hacia él, el señor Tulliver se incorporó con un respingo y, con expresión de reconocerlos perfectamente, miró el arcón, los pergaminos que estaban en las manos del señor Glegg y a Tom con la caja de hojalata.

—¿Qué van a hacer con esas escrituras? —preguntó con el tono que acostumbraba a emplear cuando estaba irritado—. Ven aquí, Tom. ¿Qué estás hurgando en mi arcón?

Tom obedeció, tembloroso: era la primera vez que su padre lo recono­cía. Pero en lugar de decirle algo más, éste siguió mirando, cada vez con más recelo, al señor Glegg y las escrituras.

—¿Qué está pasando aquí? —espetó—. ¿Para qué toca usted mis escrituras? ¿Wakem está quedándose con todo... ? ¿Por qué no me cuentan lo que han estado haciendo? —añadió con impaciencia mientras el señor Glegg avan­zaba hacia los pies de la cama antes de hablar.

—No, no, amigo Tulliver —dijo Glegg con tono tranquilizador—. Todavía nadie se queda con nada. Sólo hemos venido a ver lo que había en el arcón. Ha estado enfermo, ¿sabe?, y teníamos que encargarnos un poco de las cosas. Pero esperemos que pronto se encuentre lo bastante bien para ocuparse usted de todo.

El señor Tulliver miró a su alrededor con aire pensativo: a Tom, al señor Glegg y a Maggie; de repente, advirtiendo que había alguien junto a la cabecera, se volvió bruscamente y vio a su hermana.

—¡Ah, Gritty! —exclamó con el tono entre triste y cariñoso que acostum­braba a emplear con ella—: cómo es eso, ¿también estás aquí? ¿Y cómo te las has apañado pera dejar a los niños?

—¡Oh, mi querido hermano! —dijo la buena señora Moss, demasiado impulsiva para ser prudente—. Cuánto m' alegro de haber venido y de verte otra vez como siempre: pensaba que nunca más volverías a reconocernos.

—¡Cómo! ¿He tenido un ataque? —preguntó el señor Tulliver inquieto, mirando al señor Glegg.

—Se cayó del caballo y ha estado un poco pachucho, sólo es eso, me pare­ce —dijo el señor Glegg—. Pero enseguida se encontrará bien, espero.

El señor Tulliver clavó los ojos en la ropa de la cama y permaneció en silencio durante dos o tres minutos. Su rostro volvió a ensombrecerse. Miró a Maggie y le preguntó con tono grave:

—Así pues, ¿tenéis la carta, mocita?

—Sí, padre —contestó y le dio un beso con todo el corazón. Se sentía como si su padre hubiera regresado de entre los muertos y ella pudiera cumplir ya el deseo de demostrarle lo mucho que lo había querido siempre.

—¿Dónde está tu madre? —preguntó, tan preocupado que recibió el beso con la pasividad de un animal.

—Está abajo con las tías, padre: ¿quiere que vaya a buscarla?

—Sí, sí, pobre Bessy y cuando Maggie salió de la habitación, volvió los ojos hacia Tom.

—Si me muero, tendrás que ocuparte de las dos, Tom. Tendréis muchos apuros de dinero. Pero debes intentar pagarlo todo. Y acuérdate: invertí cincuenta libras de Luke en el negocio, me las dio hace tiempo y no tiene ningún papel que lo demuestre: debéis pagarle a él en primer lugar.

El tío Glegg meneó la cabeza involuntariamente con aire más inquieto que nunca, pero Tom dijo con firmeza:



—Sí, padre. ¿Y no tiene usted el pagaré por trescientas libras de mi tío Moss? Habíamos venido a buscarlo. ¿Qué quiere que haga con él?

—Ah, m'alegro de que pensaras en eso, muchacho —dijo el señor Tulliver—Siempre he tenido intención de ser indulgente con ese dinero, por tu tía. No debe importaros perderlo si no pueden pagar y lo más segu­ro es que no puedan. ¡Cuidado, el pagaré está en esa caja! Siempre he que­rido portarme bien contigo, Gritty, aunque ya sabes que me sacaste de qui­cio cuando t'empeñaste en casarte con Moss.

En ese momento, Maggie regresó con su madre, que entró muy altera­da por la noticia de que su esposo volvía a ser el de siempre.

—Bien, Bessy —dijo él mientras ella le daba un beso—: tendrás que perdonarme si tu situación económica es peor de lo que habías imaginado nunca. Pero la culpa es de la ley, no mía —añadió enfadado—. ¡Es culpa d'e­sos bribones! Tom, atiende bien: si tienes la oportunidad, castiga a Wakem por lo que ha hecho. Si no lo haces, es que no vales para nada como hijo. Podrías darle con el látigo, pero haría que te castigara la ley: la ley está hecha para defender a los bribones.

El señor Tulliver se estaba excitando y acalorando de modo alarmante. El señor Glegg deseaba decir algo tranquilizador, pero se lo impidió Tulliver, que hablaba de nuevo a su esposa.

—Ellos harán un gran esfuerzo para pagarlo todo, Bessy —dijo—, Y para que te quedes con tus cosas, y tus hermanas te ayudarán... y Tom crece­... aunque no sé lo que será de él... yo he hecho todo lo que he podi­do... le he dado una educación... y la mocita se casará... Pero las cosas están muy mal...

El efecto sanador de la fuerte vibración se agotó y con estas últimas palabras el pobre hombre volvió a caer en un estado de inconsciencia y rigi­dez. Aunque no dejaba de ser una repetición de lo sucedido antes, impre­sionó a los presentes como si se tratara de la muerte, no sólo por contras­te con el estado anterior, sino también porque sus palabras habían aludido a la posibilidad de que su fallecimiento estuviera cerca. Pero para el pobre Tulliver la muerte no sería un salto, sino un largo descenso hacia sombras cada vez más densas.

Enviaron a buscar al doctor Turnbull; cuando éste oyó lo que había sucedido dijo que una recuperación total, aunque fuera solo momentá­nea, era indicio esperanzador de que no existía una lesión permanente que le impidiera curarse del todo.

Entre las cuestiones pendientes que el enfermo había mencionado no se encontraba el documento de venta: el breve destello de memoria sólo había iluminado las ideas más destacadas, y volvió a caer en la desmemo­ria sin recordar parte de la humillación sufrida.

Sin embargo, Tom tenía dos cosas bien claras: había que destruir el pagaré del tío Moss y tenía que devolver el dinero de Luke, aunque fuera recurriendo al que él y Maggie guardaban en la caja de ahorros. Como bien puedes ver, lector, en algunas cuestiones Tom era mucho más rápido que cuando se trataba de las sutilezas de la construcción clásica o las rela­ciones de una demostración matemática.



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