George Eliot El molino del Floss



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Capítulo III


El consejo de familia
A la mañana siguiente, los tíos llegaron a las once para celebrar un consejo de familia. El fuego estaba encendido en el salón y la pobre señora Tulliver, con la confusa idea de que se trataba de una gran ocasión, simi­lar a un funeral, quitó la funda a las bordas de las cintas de las campanas, soltó las cortinas y arregló adecuadamente los pliegues mientras miraba a su alrededor y meneaba tristemente la cabeza al contemplar las superficies y las patas de las mesas, tan pulidas que ni siquiera su hermana Pullet podría reprocharles falta de brillo.

El señor Deane no iba a acudir, ya que estaba en viaje de negocios; pero la señora Deane apareció puntualmente con la nueva y hermosa calesa con capota y cochero de librea, la cual había proyectado una luz muy reve­ladora sobre diversos rasgos de su carácter ante algunas de sus amistades femeninas de Saint Ogg's. El ascenso del señor Deane en la escala social había sido tan rápido como el hundimiento del señor Tulliver, y en casa de la señora Deane la ropa blanca y la vajilla de plata procedentes de los Dodson estaban empezando a ocupar un lugar secundario, como mero repuesto de artículos semejantes pero más hermosos comprados en años más recientes: este cambio había provocado alguna frialdad en las conver­saciones fraternales entre la señora Deane y la señora Glegg, que percibía que Susan estaba volviéndose «como los demás» y que pronto poco que­daría del verdadero espíritu de los Dodson, excepto en ella misma y era de esperar que también en los sobrinos que llevaban el apellido Dodson en las fincas familiares situadas en los lejanos Wolds. Las personas que viven lejos muestran menos defectos que aquellos que se encuentran ante nuestros ojos; y parece superfluo, si tenemos en cuenta la remota posición geográfica de los etíopes y lo poco que los griegos tenían que ver con ellos, preguntarse por qué Homero los denominó «intachables»21.

La señora Deane fue la primera en llegar y, después de que se acomo­dara en el gran salón, acudió la señora Tulliver con su lindo rostro algo dis­torsionado, de modo similar a como habría estado si hubiera llorado: no era mujer de lágrima fácil, excepto en momentos en que la posibilidad de perder los objetos de su casa parecía inusualmente verosímil, pero se daba cuenta de lo poco adecuado que resultaba conservar la calma en aquellas circunstancias.

—¡Oh, hermana, qué mundo éste! —exclamó al entrar—. ¡Qué cosas pasan! La señora Deane era una mujer de labios finos que pronunciaba breves y meditados discursos en ocasiones especiales; después se los repetía a su marido y le preguntaba si no le parecía que sus palabras habían sido muy acertadas.

—Sí, hermana —contestó lentamente—. Este mundo cambia mucho y no sabemos hoy lo que podrá suceder mañana. Pero hay que estar preparado para todo y, si llegan los problemas, debemos recordar que no se nos envían sin motivos. Como hermana tuya que soy, lo siento mucho por ti, y si el médico dice que el señor Tulliver tome jalea, espero que me lo digas: te la enviaré enseguida. Porque es justo que esté bien atendido mientras está enfermo.

—Gracias, Susan —contestó la señora Tulliver, retirando su gruesa mano de la fina mano de su hermana—. Pero todavía no ha hablado de jaleas. —Después, tras una pausa, añadió—: Arriba tengo una docena de jarras de jalea talladas... Nunca volveré a llenarlas...

Pronunció estas últimas palabras con voz alterada, pero el sonido de unas ruedas le hizo pensar en otra cosa. El señor y la señora Glegg habían llegado y los Pullet aparecieron casi de inmediato.

La señora Pullet entró llorando: así expresaba, en toda ocasión, su punto de vista sobre la vida en general y su opinión sobre aquel caso en particular.

La señora Glegg llevaba el más rizado de sus postizos y unas ropas que parecían recién resucitadas tras soportar alguna forma de enterramiento propiciadora de las arrugas: un traje elegido con el elevado propósito moral de instilar una humildad perfecta en el ánimo de Bessy y de sus hijos.

—Señora Glegg, ¿no deseas sentarte más cerca del fuego? —preguntó su esposo, que no quería ocupar el sillón más cómodo sin ofrecérselo primero.

—Ya ves que me he sentado aquí, Glegg —contestó la arrogante mujer—. Ásate tú, si te gusta.

—Bueno —dijo el señor Glegg, sentándose sin perder el buen humor—. ¿Y cómo está el pobre enfermo d'arriba?

—Esta mañana el doctor Turnbull lo ha encontrado mucho mejor —con­testó la señora Tulliver—: parece más despierto y ha hablado conmigo, pero todavía no reconoce a Tom y mira al pobre chico como si no lo conocie­ra, aunque alguna vez ha dicho algo sobre Tom y el poni. El médico dice que ha perdido la memoria de todo lo reciente y no reconoce a Tom por­que lo recuerda como un niño. ¡Ay, madre mía!

—A lo mejor se l’ha metido agua en el cerebro —señaló la tía Pullet dán­dose la vuelta tras colocarse bien la cofia con gesto triste frente al espejo del entrepaño—A lo mejor no vuelve a levantarse y, si se levanta, lo más seguro es que se quede como un niño, como el pobre señor Carr. Tenían que darle de comer con una cucharita como si fuera un nene. No podía mover los brazos ni las piernas; pero tenía una silla de ruedas y alguien que lo llevara, y tú no tienes eso, Bessy.

—Hermana Pullet —intervino la señora Glegg con severidad—: si no m’equivoco, hemos venido esta mañana para hablar y dar consejos sobre lo que hay que hacer en relación con la deshonra que ha caído sobre la fami­lia y no para hacer comentarios sobre desconocidos. Y que yo sepa, ese señor Carr no es de nuestra sangre ni ha estado nunca relacionado con nosotros.

—Hermana Glegg —protestó la señora Pullet en tono lastimero, volvien­do a ponerse los guantes y ajustándose los dedos con agitación—: si tienes algo ofensivo que decir sobre el señor Carr, has el favor de no decírmelo a mí. Yo sí lo conocía —añadió con un suspiro—: respiraba tan mal que se le oía a dos habitaciones de distancia.

—¡Sophy! —exclamó la señora Glegg indignada—. Es indecoroso explicar así los males ajenos. Insisto en lo que he dicho: no he venido aquí desde mi casa para hablar de las amistades, respiren bien o mal. Si no estamos aquí para oír lo que los demás piensan hacer para salvar a una hermana y a sus hijos de la caridad pública, yo, al menos, me voy. No va a encargarse una sola y no esperéis que lo haga todo yo.

—Bueno, Jane —dijo la señora Pullet—. No creo que t’hayas dado mucha prisa en hacer algo. Por lo que yo sé, es la primera vez que vienes desde que se sabe que l'alguacil está en la casa; en cambio, yo estuve ayer aquí y miré toda la ropa y las cosas de Bessy, y le dije que compraría los manteles de lunares; no puedo ser más justa; y de la tetera, que Bessy no quiere que salga de la familia, la verdad es que no me vale de nada tener dos teteras de plata, aunque no tuviera el pitorro recto; en cambio, el damasco con lunares siempre me ha gustado.

—Desearía que pudieran arreglarse las cosas para que mi tetera, la poce­lana y los azucareros no salieran a la venta —intervino la señora Tulliver con tono suplicante—: y las tenacillas para los terrones de azúcar, que fue lo pri­mero que compré.

—Pero no se puede evitar, ya lo sabes —contestó la señora Glegg—. Si alguien de la familia quiere comprarlo, puede hacerlo, pero todo habrá que subastarlo.

—Tampoco se puede esperar —señaló el tío Pullet con inesperada inde­pendencia de juicio— que la familia pague más por los ojetos de lo que vaya a darse por ellos en la subasta. Lo probable es que en la subasta se vendan por una bicoca.

—¡Ay de mí! —exclamó la señora Tulliver—. Pensar que mi pocelana se venderá así... y la compré cuando me casé, como vosotras, Jane y Sophy: y sé que no os gustaba la mía, por culpa de la ramita, pero a mí sí me gustaba, y no se ha desportillado ni una pieza, porque la he lavado siempre yo... y esos tulipanes en las tazas, y esas rosas que da gusto mirar... Seguro que a vosotras no os gustaría que vuestra pocelana la subastaran por una bicoca y terminara rota, aunque la tuya no tenga color, Jane, porque es blanca y estriada y no costó tanto como la mía. Y los azucareros, hermana Deane. Creía que te gustaría tenerlos porque te oí decir una vez que eran bonitos.

—Bien, no diré que no vaya a comprar algunos de los mejores ojetos —dijo la señora Deane con aire altivo—. En casa caben cosas de sobra.

—¡Los mejores ojetos! —exclamó la señora Glegg; su severidad había ido creciendo con el largo silencio—. Me agota la paciencia oíros hablar de «mejores ojetos» y de comprar eso y aquello, la plata y la pocelana. Bessy, debes concentrarte en las circunstancias y dejar de pensar en plata y pocelana para ocuparte de tener un colchón de borra para acostarte, una manta para taparte, y un taburete donde sentarte. Recuerda que si los tie­nes será porque tus parientes te los habrán comprado, porque ahora dependes de ellos para todo: porque tu marido está en cama imposiblitado y no tiene un penique. Y te digo todo esto por tu propio bien, para que te hagas cargo de tu situación y de la deshonra que tu marido ha traído a esta familia, ya que tendrás que ocuparte de todo y comportarte con humildad.

La señora Glegg hizo una pausa, ya que hablar con energía por el bien de los demás es cosa muy fatigante. La señora Tulliver, que siempre había estado aplastada por el dominio de su hermana Jane, que le había hecho llevar el yugo de los hermanos menores desde tierna edad, contestó en tono suplicante:

T'aseguro, hermana, que no he pedido a nadie un favor, sólo que com­pren cosas si les apetece tenerlas, para que no se estropeen en casa de des­conocidos. No he pedido a nadie que las compre para mí y mis hijos, aun­que ahí está la ropa que yo hilé, y cuando Tom nació, una de las primeras cosas que pensé cuando estaba acostado en la cuna fue que todas las cosas que había comprado con mi propio dinero y que había cuidado tanto serían para él. Pero no he dicho nada de que quisiera que mis hermanas las paga­ran. Nadie sabe lo que mi esposo ha hecho por su propia hermana, y ahora tendríamos más dinero si él no se lo hubiera prestado y no le hubie­ra pedido nunca que lo devolviera.

—Vamos, vamos —intervino el señor Glegg amablemente—. No pintemos el panorama demasiado negro. Lo que está hecho no puede deshacerse. Entre todos nos las arreglaremos para comprar lo que usted necesite aun­que, como dice la señora Glegg, deben ser cosas útiles y sencillas. No debe­mos ponernos a pensar en lo que no hace falta. Una mesa y una silla o dos, utinsilios de cocina, una buena cama y cosas así. En otros tiempos yo mismo no sabía lo que era dormir en una cama. En realidad tenemos muchas cosas inútiles sólo porque tenemos dinero para gastar.

—Glegg —protestó la señora Glegg—, si fueras tan amable de permitirme, hablar en lugar de quitarme las palabras de la boca... Iba a decir, Bessy, que está muy bien que digas que nunca nos has pedido que te compremos cosas: pues permite que te diga que deberías habérnoslo pedido. Dime, ¿quién va a ocuparse de ti, si no es tu familia? Si no lo hace, tendrás que vivir de la caridad parroquial. Y deberías metértelo en la cabeza y no olvi­darlo, y rogar humildemente que hagamos por ti lo que podamos en lugar de alardear de no habernos pedido nunca nada.

—Hablando de lo que ha dicho usted de los Moss y de lo que el señor Tulliver ha hecho por ellos —señaló el señor Pullet, que se volvía inusualmente charlatán en cuanto se hablaba de prestar dinero—. ¿Han dicho algo? Deberían hacer algo, igual que los demás; y si se les ha dejado dine­ro, debería obligárseles a que lo devolvieran.

—Pues claro —intervino la señora Deane—. Ya lo había pensado. ¿Cómo es que el señor y la señora Moss no están aquí para hablar con nosotros? Lo justo es que ellos también arrimen el hombro.

—¡Ay madre! Si no les he enviado recado contando lo del señor Tulliver —exclamó la señora Tulliver—. Y viven tan lejos, por los caminos de Basset, que sólo se enteran de las noticias cuando el señor Moss va al mercado. Pero ni se m'ocurrió pensar en ellos. Aunque me sorprende que a Maggie no se le haya ocurrido, porque, siempre ha querido mucho a la tía Moss.

—¿Por qué no vienen tus hijos, Bessy? sugirió la señora Pullet tras la alusión a Maggie—. Deberían oír lo que tienen que decir sus tíos y tías: y hablando de Maggie, ya que yo le he pagado la mitad de los estudios, debe­ría pensar más en mí que en su tía Moss. Podría morirme hoy mismo de repente: nunca se sabe.

—Si por mí fuera —dijo la señora Glegg—, los chicos habrían estado en la sala desde el principio. Ya es hora de que sepan con quién pueden contar, y es justo que alguien hable con ellos y les informe de su situación en la vida, en qué se han convertido, y les explique lo mucho que van a tener que sufrir por los errores de su padre.

—Bien, iré a buscarlos, hermana —contestó la señora Tulliver con resignación; estaba abatida y los tesoros guardados en el ropero ya no le inspiraban más sentimientos que una muda desesperación.

Subió al piso para buscar a Tom y a Maggie, que se encontraban en el dormitorio de su padre y, cuando se encaminaba de nuevo hacia la planta baja, al pasar ante la puerta del ropero se le ocurrió una nueva idea. Se encaminó hacia allí y dejó que los chicos bajaran solos.



Cuando los hermanos entraron con cierta renuencia parecía como si sus tíos acabaran de sostener una agitada discusión; Tom, con una sagaci­dad práctica alentada por los fuertes estímulos de las nuevas emociones que había experimentado desde el día anterior, había estado elaborando un plan que pretendía proponer a alguno de sus tíos o tías, pero no sen­tía la menor simpatía hacia ellos y temía enfrentarse a todos a la vez, de la misma manera que tampoco habría deseado tomar de golpe una gran dosis de un medicamento concentrado que, incluso a pequeños sorbos, le resultara apenas tolerable. En cuanto a Maggie, aquella mañana se encon­traba especialmente abatida: la habían despertado a las tres, tras un breve descanso, y ese extraño sopor fatigado, consecuencia de velar el sueño de un enfermo durante las frías horas de la penumbra y el amanecer, cuando la vida diurna parece carecer de importancia y ser un mero margen de las horas en la alcoba oscura. Su entrada interrumpió la conversación. Saludaron a sus tíos estrechándoles la mano en una ceremonia triste y silenciosa, hasta que el tío Pullet señaló, cuando se le acercó Tom:

—Bien, caballerete: decíamos que vamos a necesitar que cojas papel y pluma; supongo que ahora, tras la escuela, tendrás pocas oportunidades para escribir.

—Eso es —dijo el tío Glegg con un tono admonitorio que pretendía ser amable—. Debemos sacar partido a esos estudios que tan caros han salido a tu padre.

Cuando no quedan tierras ni dinero,

la educación es lo primero.
—Tom, ha llegado el momento de que nos demuestres lo mucho que has aprendido. Veamos si lo haces mejor que yo, que he hecho mi fortuna sin estudios. Pero empecé con muy poco: podía vivir con un tazón de gachas y un mendrugo de pan con queso. Pero no creo que la buena vida y los buenos estudios que has tenido t’hagan más difícil el camino de lo que fue para mí, jovencito.

—Pero tendrá que seguir adelante —intervino la tía Glegg con energía—­sea fácil o difícil. No debe pararse a pensar en lo que es difícil, sino con­vencerse de que sus parientes no lo van a mantener para que lleve una vida de ocio y lujo: tendrá que recoger los frutos de la mala conducta de su padre y acostumbrarse a comer mal y a trabajar mucho. Y debe ser humil­de y mostrarse agradecido a sus tíos y tías por lo que están haciendo por su madre y su padre, que acabarían en la calle y en el asilo si no recibieran su ayuda. Y también su hermana debe meterse en la cabeza que debe ser humilde y trabajadora —prosiguió la señora Glegg, mirando con severidad a Maggie, que se había sentado en el sofá junto a la tía Deane, atraída hacia ella sólo porque era la madre de Lucy—, porque ya no tendrá criados que la sirvan, y debe tenerlo muy presente. Tendrá que hacer el trabajo de la casa, respetar y querer a sus tías que tanto han hecho por ella y han aho­rrado dinero para dejárselo a sus sobrinos y sobrinas.

Tom seguía de pie junto a la mesa, en el centro del grupo. Estaba sonrojado y distaba de parecer humillado: se disponía a decir, en un tono respetuoso, lo que había meditado previamente cuando se abrió la puerta y entró de nuevo su madre.

La pobre señora Tulliver llevaba en las manos una pequeña bandeja donde había colocado la tetera de plata, una taza y un plato de muestra, los azucareros y las tenacillas para los terrones.

—Aquí tienes, hermana —dijo, mirando a la señora Deane mientras depo­sitaba la bandeja sobre la mesa— Se m'ha ocurrido pensar que si veías otra vez la tetera, como hace mucho tiempo que la viste por última vez, a lo mejor te gustaba más: hace un buen té y tiene el juego completo: podrías utilizarlo a diario, o guardarlo para Lucy. Sería horrible que lo compraran los de The Golden Lion —dijo la pobre mujer emocionada, con lágrimas en los ojos—. La tetera que compré cuando me casé... y pensar que se araña­rá y la colocarán delante de los viajeros y de la gente, con mis iniciales: mirad, aquí pone E. D, y todo el mundo las verá...

—¡Santo cielo! —dijo la tía Pullet, meneando la cabeza con gran pesadumbre—. Es muy triste pensar que las iniciales de la familia estarán por ahí. Nunca había sucedido, has tenido muy mala suerte, Bessy. Pero de qué sirve comprar la tetera cuando la ropa, los cubiertos, todo irá por ahí, algu­nos con tu nombre completo... Es que, además, tiene el pitorro recto.

—No se puede evitar la deshonra de la familia comprando teteras —declaró la señora Glegg—. Nuestra vergüenza es que un miembro de la familia se haya casado con un hombre que l'ha llevado a la mendicidad. Nuestra vergüenza es que van a vender sus bienes en pública subasta. No podemos impedir que todo el mundo lo sepa.

Ante la alusión a su padre, Maggie se levantó de un brinco del sofá, pero Tom vio el gesto y su rostro encendido a tiempo de impedir que hablara.



Tranquila, Maggie dijo Tom con tono autoritario, apartándola. Y en cuanto calló la tía Glegg, en una muestra de autodominio y sensatez nota­bles en un muchacho de quince años, empezó a hablar en un tono tran­quilo y respetuoso, si bien le temblaba la voz, porque las palabras de su madre lo habían herido en lo más vivo.

—Así pues, tía dijo, mirando directamente a la señora Glegg—, si usted cree que es una vergüenza para la familia que se vendan nuestros bienes en pública subasta, ¿no seria preferible impedirlo? Y si usted y la tía Pullet —prosiguió, mirando hacia esta última— están pensando en legarnos dine­ro a Maggie y a mí, ¿no sería mejor que nos lo dieran ahora para pagar la deuda y evitar así que mi madre se separe de sus cosas?

Durante unos momentos se hizo el silencio, ya que todos, incluida Maggie, se asombraron ante la súbita actitud varonil de Tom. El tío Glegg fue el primero en hablar.

—Vaya, vaya, muchacho. No vas por mal camino. Pero debes recordar que está la cuestión del interés: tus tías reciben el cinco por ciento de su dinero y lo perderían si os lo adelantaran: no habías pensado en eso.

—Puedo trabajar y pagar un interés anual —contestó Tom rápidamente—. Haré todo lo que sea necesario para evitar que mi madre pierda sus cosas.

—¡Bien dicho! —exclamó el tío Glegg con admiración, movido por el deseo de animar a Tom, sin pararse a pensar en la posibilidad de llevar a la práctica su plan; sin embargo, su intervención tuvo el infortunado efec­to de molestar a su esposa.

—¡Sí, señor Glegg! —dijo la dama con enfadado sarcasmo—. Ya veo que te gusta dar mi dinero, aunque me dijiste que estaba a mi disposición. Y mi dinero me lo dio mi padre y no el tuyo, Glegg, y he ahorrado y añadido un poco casi cada año. Y ahora se va destinar a comprar objetos de otros, a fomentar el lujo y el despilfarro que ellos no pueden mantener por nin­gún medio. Y yo tendré que alterar mi testamiento, o añadir un codicilio, y dejar doscientas o trescientas libras menos cuando me muera; yo, que siem­pre me he comportado correctamente y con prudencia; yo, que soy la mayor de la familia. Ahora tengo que despilfarrar el dinero en unas per­sonas que han tenido las mismas oportunidades que yo, pero se han com­portado mal y lo han despilfarrado. Hermana Pullet, tú puedes hacer lo que quieras y puedes permitir que tu marido te quite el dinero que te ha dado, pero esa no es mi intención.

—¡Vaya, Jane!, ¡cómo te pones! —dijo la señora Pullet—. La sangre te va a subir a la cabeza y tendrán que hacerte una sangría. Lo siento por Bessy y sus hijos, paso unas noches horribles pensando en ellos, porque ahora, con esta nueva medicina, duermo muy mal: pero no vale la pena que pien­se en hacer algo si no me vas a ayudar.



—Bien, hay que tener en cuenta una cosa —dijo el señor Glegg—: de nada sirve saldar esta deuda y salvar los ojetos de la casa cuando están también todas las otras deudas legales que se llevarán cada chelín que se pueda sacar de la tierra y del ganado, y todavía más: lo sé porque he hablado con el abogado Gore. Tenemos que guardar el dinero para este pobre hombre en lugar de gastarlo en ojetos que no se pueden comer ni beber. Siempre te precipitas, Jane... como si yo no supiera lo que es más razonable.

—En ese caso, que se vea en tus palabras, Glegg —exclamó su esposa len­tamente y con mucho énfasis, inclinando la cabeza hacia él en un gesto elocuente.

La serenidad de Tom había desaparecido durante la conversación y le temblaban los labios, pero estaba decidido a no rendirse. Se comportaría como un hombre. Maggie, por el contrario, tras el momentáneo entusias­mo por las palabras de Tom, volvía a temblar de indignación. Su madre se encontraba junto a Tom y se aferraba a su brazo desde el momento en que éste había hablado: de repente, Maggie se puso de pie y se plantó ante ellos con los ojos centelleantes como una joven leona.

—Entonces —estalló—, ¿por qué han venido aquí a hablar, a meterse en nuestras cosas y regañarnos, si no piensan hacer nada para ayudar a mi pobre madre, su propia hermana? ¿Si les da igual que tenga problemas y no quieren prescindir de su dinero, aunque no lo necesiten, para evitarle este trago? En ese caso, no queremos saber nada de ustedes y no vengan a buscar defectos a mi padre: era mejor que ustedes, porque era un buen hombre y los habría ayudado en caso de apuro. Si no ayudan a mi madre, Tom y yo no querremos saber nada de su dinero. ¡Preferiremos no tener­lo! ¡Nos las arreglaremos sin él!



Tras estas palabras de desafío a sus tíos, Maggie permaneció inmóvil, mirándolos con sus grandes ojos oscuros, como si estuviera preparada para afrontar las consecuencias.

La señora Tulliver estaba asustada: aquel loco estallido resultaba omi­noso y ya no podía imaginar qué curso tomaría la vida tras él. Tom, en cam­bio, estaba enfadado: no servía para nada hablar así. La sorpresa hizo callar a las tías durante un momento. Finalmente, ante una aberración semejante, les pareció más adecuado comentarla que dar respuesta a las preguntas que había planteado.

—Lo que vas a sufrir por culpa de esta niña, Bessy —anunció la señora Pullet. Es lo más desagradecido y descarado que he visto en mi vida. Es terrible. No tenía que haberle pagado el colegio, porque está peor que nunca.

—Eso es lo que yo siempre he dicho —prosiguió la señora Glegg—. A lo mejor otros se sorprenden, pero yo no. Lo he dicho una y otra vez, hace ya muchos años: «Recordad lo que os digo: esta niña va por mal camino, no hay en ella nada de nuestra familia». Y en lo que respeta a tanto estudio, nunca me pareció buena idea. Tenía mis motivos cuando dije que yo no pensaba pagar nada de eso.

Vamos, vamos —dijo el señor Glegg—. No perdamos más tiempo hablan­do y pongámonos a trabajar. Tom, coge papel y pluma...

Mientras la señora Glegg hablaba, una figura alta y oscura pasó apresuradamente ante la ventana.

—Caramba, aquí está la señora Moss —dijo la señora Tulliver—; se habrá enterado de la mala noticia.

Fue a abrir la puerta y Maggie se apresuró a seguirla.

—Es una suerte —dijo la señora Glegg—, así podrá dar su consentimiento para la lista de cosas que hay que comprar. Es justo que se ocupe de lo que le corresponde, ya que se trata de su hermano.

La señora Moss estaba demasiado agitada para negarse a seguir a la señora Tulliver cuando ésta la condujo hasta el salón con un gesto mecá­nico, sin pensar que era poco atento por su parte llevarla ante tanta gente en el doloroso momento de la llegada. Aquella mujer alta, ajada y more­na, vestida con un traje raído, cubierta con un chal y una capota colocados a toda prisa y con la total ausencia de afectación propia de las personas profundamente preocupadas ofrecía un fuerte contraste con las hermanas Dodson. Maggie la asía por el brazo y la señora Moss pareció no ver a nadie más que a Tom, se dirigió hacia él y lo tomó de la mano.

—¡Queridos niños! —exclamó—. Cómo vais a pensar bien de mí: soy una tía que no sirve de nada, porque soy de los que toman mucho y dan poco. ¿Cómo está mi pobre hermano?

—El doctor Turnbull cree que se irá poniendo mejor —contestó Maggie—. Siéntate, tía Gritty, y no te inquietes.

—Oh, querida niña, no sé qué hacer, estoy entre dos fuegos —dijo la seño­ra Moss, permitiendo que Maggie la acompañara hasta el sofá, aunque se diría que seguía sin advertir la presencia de los demás—: tenemos trescien­tas libras del dinero de mi hermano, y ahora que las necesita, y vosotros también, pobrecitos, tendremos que venderlo todo para devolverlo. Pero tengo hijos... mis ocho niños... el pequeño todavía no habla bien... Y me siento como si fuera una ladrona. Pero estoy segura de que mi hermano... —Un sollozo le impidió seguir hablando

—¡Trescientas libras! ¡Santo cielo! —exclamó la señora Tulliver. Cuando había dicho que su esposo había hecho lo indecible por su hermana no pensaba en ninguna cantidad concreta y ahora sentía la irritación propia de una esposa mantenida en la ignorancia.



—¡Qué locura! —exclamó la señora Glegg—. ¡Un hombre con familia! No tenía derecho a prestar dinero de ese modo: y sin ningún papel, seguro. La voz de la señora Glegg atrajo la atención de la señora Moss que, alzando la mirada, dijo:

—Sí, mi marido firmó un pagaré. No somos de esa clase de gente capaz de robar a los hijos de su hermano y pensábamos devolverle el dinero cuando las cosas fueran un poco mejor.

—Bien —dijo el señor Glegg—, pero ahora ¿tiene su esposo de dónde sacar el dinero? Porque para ellos sería una pequeña fortuna, si conseguimos salvarlos de la bancarrota. Su esposo posee ganado: es justo que reúna el dinero, me parece, aunque lo sienta mucho por ustedes, señora Moss.

—Oh, señor, no sabe usted la mala suerte que ha tenido mi esposo con el ganado: tenemos menos que nunca, hemos vendido todo el trigo y esta­mos atrasados en el pago de la renta... Desearíamos hacer lo cometo y tra­bajaría durante media noche si sirviera de algo... pero mis pobres niños... tengo cuatro tan pequeños...

—No llores así, tía, no te inquietes —susurró Maggie, que tenía una mano entre las suyas.

—¿Tulliver te prestó todo el dinero de una vez? —preguntó la señora Tulliver, todavía absorta en las cosas que habían ido sucediendo sin que ella se enterara.

—No, en dos veces —contestó la señora Moss, frotándose los ojos y hacien­do un esfuerzo por contener las lágrimas—. La última vez fue después de aquella enfermedad que tuve, hace cuatro años, cuando todo nos fue mal, y entonces se firmó otro pagaré. Con mi enfermedad y mi mala suerte, no he sido más que una carga durante toda mi vida.



—Sí, señora Moss —afirmó tajante la señora Glegg—: la suya es una familia muy desgraciada: mi hermana es digna de lástima.

—Subí al carro en cuanto m'enteré de lo que había sucedido —dijo la señora Moss, mirando a la señora Tulliver—. No habría tardado tanto en venir si usted se hubiera acordado de avisarme. Y no es que piense mucho en nosotros y nada en mi hermano; es que como no paraba de pensar en el dinero, no podía evitar hablar de él. Mi esposo y yo deseamos hacer lo adecuado, señor —añadió, mirando al señor Glegg—. Nos las apañaremos y devolveremos el dinero si eso es lo único que tiene mi hermano. Estamos acostumbrados a los apuros y no esperamos otra cosa, pero cuando pien­so en mis hijos, me siento dividida en dos.

—Bien, debo advertirle una cosa, señora Moss —dijo el señor Glegg—: si el señor Tulliver es declarado en bancarrota y tiene un pagaré de su esposo por trescientas libras, tendrán que pagarlas: los apoderados acudirán a cobrarlas.

—¡Ay, madre mía! —exclamó la señora Tulliver pensando, no en la inquietud de la señora Moss sino en la bancarrota. La pobre señora Moss escu­chaba sumisa y temblorosa, mientras Maggie contemplaba desconcertada y abatida a Tom, para ver si, por lo menos él, daba muestras de entender el problema y de preocuparse por la tía Moss. Tom, con los ojos clavados en el mantel, parecía pensativo.

Y si no se le declara en bancarrota —prosiguió el señor Glegg—, entonces, como he dicho antes, la cantidad de trescientas libras será para él una fortuna, pobre hombre. Lo único que sabemos es que podría quedar medio paralítico, si es que vuelve a levantarse. Lo siento mucho por usted, señora Moss, pero creo que, por un lado, es justo que se esfuerce en con­seguir ese dinero y, por otro, de cualquier modo van a verse obligados a devolverlo. Espero que no se ofenda conmigo por decirle la verdad.

Tío —dijo Tom alzando la vista de repente y abandonando la contemplación del mantel—. No creo que mi tía esté obligada a devolver el dinero. ¿Y si no fuera ésa la voluntad de mi padre?

—¡Cómo! —exclamó el señor Glegg tras unos instantes de sorpresa—. No, quizá no, Tom; pero en ese caso, habría roto el pagaré. Debemos buscar­lo: ¿qué te hace pensar que no tenía intención de reclamarlo?

—Porque recuerdo muy bien que, antes de que me marchara a estudiar con el señor Stelling —contestó Tom sonrojándose, pero esforzándose por hablar con firmeza a pesar de su temblor infantil—, mi padre me dijo una noche cuando estábamos sentados junto al fuego y no había nadie más en la habitación... Tom vaciló un momento y después prosiguió—... Me dijo algo sobre Maggie y después añadió: «Siempre he sido bueno con mi her­mana, aunque se casó contra mi voluntad; y he prestado dinero a Moss, pero nunca lo pondré en un aprieto para que me lo devuelva: prefiero per­derlo; no por eso mis hijos serán más pobres». Ahora mi padre está enfer­mo y no puede hablar por sí mismo, y yo no quisiera que se actuara en con­tra de su voluntad.

—Bien, pero hijo mío —dijo el tío Glegg, cuyos buenos sentimientos lo empujaban a compartir los deseos de Tom, pero al mismo tiempo no podía desprenderse de su habitual aversión ante actitudes alocadas, tales como destruir documentos o prescindir de algo lo bastante importante como para suponer una diferencia apreciable en las propiedades de un hombre—: en ese caso, tendremos que destruir el pagaré, si queremos impedir lo que podría llegar a suceder si se declarara a tu padre en ban­carrota...

—Señor Glegg —interrumpió su esposa con severidad—: ten cuidado con lo que dices. Estás metiéndote mucho en los asuntos de los demás. Si dices alguna imprudencia, no digas después que fue culpa mía.

—Nunca había oído decir nada semejante —dijo el tío Pullet tras tragar­se a toda prisa su caramelito para expresar su asombro—: destruir un paga­ré; seguro que está castigado por la ley.

—Pero si ese pagaré vale tanto dinero —dijo la señora Tulliver—, ¿por qué no lo damos para salvar mis cosas? No tenemos por qué meternos en los asuntos de los tíos Moss, Tom, si crees que tu padre se enfadará cuando se cure.

La señora Tulliver no comprendía la cuestión y se esforzaba en encon­trar ideas originales.

—¡Bah! —dijo el tío Glegg—. Las mujeres no entienden estas cosas: no hay otra manera de proteger al señor y la señora Moss que destruyendo el pagaré.

—Entonces, espero que me ayude a hacerlo, tío —insistió Tom—. Si mi padre no se recuperara, sentiría mucho pensar que se había hecho algo contra su voluntad a pesar de que yo podía impedirlo. Y estoy seguro de que quería que recordara lo que me dijo esa noche. Debo obedecer los deseos de mi padre en relación con sus bienes.

Ni siquiera la señora Glegg pudo evitar dar su aprobación a las palabras de Tom: sin duda, la sangre de los Dodson hablaba por él, aunque si su padre hubiera sido un Dodson, nunca habría hecho un préstamo tan imprudente. Maggie no se habría contenido y habría saltado a abrazar a Tom si la tía Moss no se lo hubiera impedido levantándose y cogiéndole la mano para decir con voz ahogada:

—Querido muchacho, si Dios existe, tu gesto no te hará más pobre: y si tu padre necesita este dinero, Moss y yo lo pagaremos, igual que si existie­ra el pagaré. Nos comportaremos tal como os habéis comportado con nosotros, porque si mis hijos no han tenido más suerte que ésa, al menos tienen un padre y una madre honrados.

—Bien —dijo la señora Glegg, que había estado pensando en las palabras de Tom—. Suponiendo que, efetivamente, tu padre esté en bancarrota, no creo que eso suponga un engaño para los acreedores. Lo he pensado aten­tamente, porque yo misma he sido acreedora y he visto infinitas trampas. Si antes de meterse en este funesto pleito tu padre tenía ya intención de regalarle el dinero a tu tía, es lo mismo que si hubiera destruido entonces el pagaré, puesto que había decidido empobrecerse voluntariamente. Pero hay que tener en cuenta muchas otras cosas, jovencito, cuando se trata de dinero —añadió la señora Glegg mirando a Tom con aire de cen­sura—: no puedes quitarle a un hombre la comida para darle a otro el desa­yuno. Pero está claro que no lo entiendes.

—Sí, claro que sí —contestó Tom con decisión—: sé que si debo dinero a un hombre no tengo derecho a dárselo a otro. Pero si mi padre había deci­dido dar el dinero a mi tía antes de endeudarse, entonces sí tenía derecho a hacerlo.

—¡Bien contestado, muchacho! No creía que fueras tan listo —dijo el tío Glegg con franqueza—. Pero quizá tu padre llegó a destruir el pagaré. Miremos si lo encontramos en el arcón.

—Está en su habitación. Vamos nosotras también, tía Gritty —susurró Maggie.



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