George Eliot El molino del Floss



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Capítulo II


Los terafines20 de la señora Tulliver o las divinidades del hogar
Cuando el carruaje depositó a Tom y a Maggie, hacía ya cinco horas que ésta había salido de su casa y estaba inquieta ante la posibilidad de que su padre la hubiera echado de menos y hubiera preguntado en vano «dónde estaba la mocita». No se le ocurría que hubiera podido tener lugar otro cambio. Corrió por el sendero de gravilla y entró en la casa antes que Tom, pero en el umbral se sorprendió al percibir un fuerte olor a tabaco. La puerta del salón estaba entreabierta y de ahí salía el olor. Aquello era muy raro: ¿qué visita podría ponerse a fumar en un momento como aquél? ¿Estaba allí su madre? En ese caso, debía comunicársele la llegada de Tom. Tras la pausa debida a la sorpresa, Maggie estaba abriendo la puerta cuando llegó Tom y ambos miraron juntos hacia el salón. Allí se encontraba un hombre tosco y sucio cuyo rostro Tom recordaba vagamente, sentado en el sillón de su padre, fumando, junto a una jarra y un vaso.

Tom adivinó en el acto la verdad. Había oído con frecuencia, incluso de pequeño, frases como «tener el alguacil en casa» y «liquidar los bienes para pagar a los acreedores»: formaban parte de la vergüenza y la desgra­cia del «fracaso», de quedarse sin dinero y arruinarse, de caer en la con­dición de los pobres trabajadores manuales. Parecía lógico que eso suce­diera, puesto que su padre había perdido sus propiedades, y pensó que la única causa de aquella desgracia era la pérdida del pleito. Pero la presen­cia inmediata de aquella forma de deshonra era para Tom una experien­cia mucho más intensa que el peor de los temores, como si los problemas verdaderos no hubieran hecho más que empezar: no es lo mismo el dolor espontáneo en un nervio que el estímulo directo sobre éste.

—¿Cómo está usted, señor? —saludó el hombre, quitándose la pipa de la boca con un tosco gesto de cortesía. Aquellos rostros juveniles sorprendi­dos hacían que se sintiera un poco incómodo.

Pero Tom se dio media vuelta rápidamente, sin decir nada: le resultaba odioso verlo. En cambio, Maggie no entendió qué hacía ahí el desconoci­do y siguió a Tom.

—Quién puede ser, Tom? ¿Qué pasa? —susurró.

Entonces, con un indefinido temor a que el desconocido tuviera algo que ver con un posible cambio en la salud de su padre, corrió escaleras arriba, se detuvo un instante a la puerta del dormitorio para quitarse la capota a toda prisa y entró de puntillas. Todo estaba en silencio: su padre se encontraba acostado, inconsciente de lo que lo rodeaba, con los ojos cerrados, igual que cuando se había ido. Le hacía compañía una criada, pero su madre no estaba.

—¿Dónde está mi madre? —preguntó. La criada no lo sabía. Maggie salió rápidamente y dijo a Tom:

—Padre está acostado y tranquilo: vamos a buscar a madre; no sé dónde está.

La señora Tulliver no se encontraba en la planta baja ni en ninguno de los dormitorios. Bajo el desván, a Maggie sólo quedaba una habitación sin registrar: el ropero donde su madre guardaba su ropa blanca y todos los objetos «mejores» que sólo se desempaquetaban y se sacaban en ocasiones especiales. Cuando regresaban por el pasillo, Tom, que iba delante de Maggie, abrió la puerta de esa habitación y exclamó al instante:

—¡Madre!


La señora Tulliver estaba sentada allí, rodeada de sus guardados tesoros. Uno de los arcones estaba abierto: la tetera de plata ya no estaba envuelta en capas y capas de papel y la mejor porcelana descansaba sobre un arcón cerrado; en los estantes había cucharas, broquetas y cucharones dispues­tos en hileras; y la pobre mujer agitaba la cabeza y lloraba con los labios tensos en una mueca amarga, mientras contemplaba su nombre, Elizabeth Dodson, bordado en la esquina de unos manteles que tenía sobre el rega­zo.

En cuanto oyó a Tom, se puso en pie de un brinco y los dejó caer.

—¡Mi niño, mi niño! —dijo, agarrándosele al cuello—. ¡Nunca pensé que viviría este día! Estamos en la ruina... van a venderlo todo... ¡Pensar que tu padre se casó conmigo para llegar a esto! No tenemos nada... seremos mendigos... tendremos que ir al asilo de pobres...

Lo besó, se sentó de nuevo y se puso otro mantel sobre el regazo. Lo des­dobló un poco para mirar el dibujo mientras los niños permanecían de pie a su lado en silenciosa desdicha, sin otra idea en la mente que las palabras «mendigos» y «asilo».

—Y pensar que yo misma hilé esta ropa —prosiguió, levantando una cosa tras otra y agitándola, con una animación extraña y lastimosa, especialmente en una mujer recia y linfática como ella, normalmente tan pasiva: si en alguna ocasión anterior se había alterado, había sido en da superfi­cie—. ¡YJob Haxey tejió la pieza y cargó con ella sobre l'espalda hasta casa, pues recuerdo que yo estaba en la puerta y lo vi venir, y era antes de que pensara en casarme con tu padre! Y el dibujo que escogí... Lo bien que la blanqueé... Y la marqué con un punto tan especial que hay que cortar la tela para quitar el hilo. Y ahora todo se venderá... irá a parar a casas de desconocidos, donde quizá la corten con dos cuchillos y se desgaste antes de que me muera. Nunca será tuya, hijo mío —dijo, mirando a Tom con dos ojos llenos de lágrimas—, y era para ti. Quería que toda la que lleva este dibujo fuera para ti: Maggie podía quedarse con la de dos cuadros grandes, que no luce tanto con los platos puestos.

Tom se sintió profundamente conmovido, pero reaccionó con enfado de inmediato.

—Pero, ¿es que las tías van a dejar que se venda, madre? —preguntó acalorado—. ¿Lo saben? No permitirán que su ropa se pierda, ¿verdad? ¿Las ha avisado?

—Sí, envié a Luke en cuanto pusieron en casa a dos alguaciles, y ha estado aquí da tía Pullet. Ay, hijo, no paraba de gritar y de decir que tu padre ha deshonrado a mi familia y l’ha convertido en la comidilla de toda la región: y comprará la ropa de topos porque todavía quiere tener más y así no irá a parar a manos de desconocidos, pero ya tiene demasiados cuadros. —La señora Tulliver empezó a guardar dos manteles en el arcón tras doblarlos y alisarlos con gestos mecánicos—. Y también ha venido el tío Glegg, y dice que hay que comprar algunas cosas para que tengamos con qué acostarnos, pero que tiene que hablar con tu tía; y van a ir a consultar... Pero sé que ninguno de ellos comprará mi pocelana —dijo, volviéndose hacia las tazas y platos— porque a todos les pareció mal cuando la compré por culpa de la ramita dorada que tiene pintada entre las flores. Pero ninguno tiene mejor pocelana, ni siquiera la tía Pullet, y además la compré con mi dinero porque ahorré desde los quince años. Y la tetera de plata también: tu padre no ha pagado nada de lo que hay aquí. ¡Y pensar que se casó conmigo para esto!

La señora Tulliver se echó a llorar de nuevo y sollozó con el pañuelo ante los ojos durante unos momentos; después se lo apartó y dijo con tono de desprecio, todavía entre sollozos, como si se viera obligada hablar antes de poder dominar la voz.

—Y mira que se lo dije una y otra vez: «Hagas lo que hagas, no se te ocu­rra meterte en pleitos». ¿Qué más podía hacer yo? He tenido que quedar­me sentada mientras gastaba mi fortuna, que tendría que haber sido la de mis hijos. No tendrás ni un penique, hijo mío... Pero no será por culpa de tu madre.

Extendió un brazo hacia Tom y lo miró lastimeramente con sus inde­fensos e infantiles ojos azules. El pobre muchacho se le acercó y la besó; ella se aferró a él. Por primera vez en su vida, Tom pensó en su padre con cierto reproche. Su tendencia natural a la censura —de la que hasta el momento su padre se había librado gracias a la predisposición a pensar que tenía siempre razón, por el mero hecho de ser el padre de Tom Tulliver— se abrió paso hacia este nuevo canal debido a los lamentos de su madre y junto con la que sentía contra Wakem, empezó a mezclarse otro tipo de indignación. Tal vez su padre hubiera contribuido a su ruina y a que la gente hablara de ellos con desprecio: pero nadie menospreciaría a Tom Tulliver durante mucho tiempo. La fuerza y firmeza naturales de su carácter empezaban a manifestarse, acicateadas por el doble estímulo del resentimiento contra sus tías y la sensación de que debía comportarse como un hombre y cuidar de su madre.

—No se inquiete, madre —dijo tiernamente—. Pronto podré ganar dine­ro: conseguiré algún trabajo.

—¡Bendito seas, hijo mío! —exclamó da señora Tulliver, algo más calma­da. Después, mirando a su alrededor con tristeza, añadió—: Pero no me preocuparía tanto si pudiera quedarme las cosas que llevan mi nombre.

Maggie había contemplado la escena cada vez más enfadada. Los repro­ches implícitos contra su padre —su padre, que yacía ahí al lado como una especie de muerto viviente— le impedían apenarse por manteles y porcela­nas. Y la rabia que sentía en nombre de su padre se acentuaba con un resentimiento egoísta por la silenciosa complicidad de Tom con su madre para excluirla de la calamidad común. Era ya casi indiferente al habitual menosprecio de su madre, pero de dolía mucho que Tom, aunque fuera de modo pasivo, lo respaldara. La pobre Maggie no sentía por sus seres queridos una devoción absoluta, pero exigía justa correspondencia a quie­nes tanto quería. Terminó por estallar.



—¡Madre! ¿Cómo puede decir eso? —dijo en tono alterado, casi violento. Como si sólo le importaran las cosas que llevan su nombre y no las que lle­van también el de padre. ¡Y preocuparse por estas cosas en lugar de dedi­carse solamente a nuestro querido padre, que está ahí acostado y tal vez nunca vuelva a hablar con nosotros! Tom, deberías decir lo mismo que yo y no permitir que nadie lo critique.

Maggie, casi ahogada por la mezcla de pena y rabia, salió de la habita­ción y volvió a ocupar su puesto a la cabecera del lecho de su padre. Al pensar en que la gente iba; a censurarlo, sintió que lo quería más que nunca. Maggie no soportaba las críticas: había tenido que aguantarlas durante toda la vida y no habían hecho más que fomentar su mal genio. Su padre siempre la había defendido y excusado, y el cariñoso recuerdo de su ternura le daba fuerzas para hacer o soportar cualquier cosa por él.

Tom se irritó un poco ante el estallido de Maggie: ¡cómo se le ocurría decirle a él, y también a su madre, do que debían hacer! Y adoptar esos modales autoritarios y arrogantes... Sin embargo, no tardó en entrar en el dormitorio de su padre y al verlo se conmovió tanto que se de borraron las impresiones negativas de la hora anterior. Maggie vio lo impresionado que estaba y se acercó a él, y cuando Tom se sentó junto a la cama, le pasó un brazo por los hombros. Los dos niños olvidaron todo lo que no fuera la certeza de que tenían un solo padre y una sola pena.

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