George Eliot El molino del Floss



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Volumen II



Libro tercero

La ruina



Capítulo I


Lo que había sucedido en casa
Quienes tuvieron oportunidad de ver al señor Tulliver en el momento en que se enteraba de que había perdido el pleito y que Pivart y Wakem habían triunfado pensaron que, para ser un hombre tan seguro de sí mismo e irascible, encajaba el golpe extraordinariamente bien. Él también lo creyó: decidió demostrar que si Wakem o cualquier otro creían que esta­ba derrotado, se equivocaban. No podía negarse a ver que las costas de aquel juicio tan prolongado se llevarían más de lo que poseía, pero se creía lleno de recursos que le permitirían defenderse de cualquier tipo de resul­tado como si fuera tolerable y evitar la apariencia de ruina. Toda la obsti­nación y rebeldía de su carácter, desviada de su antiguo cauce, encontró una válvula de escape en la elaboración de planes mediante los cuales podría hacer frente a sus dificultades y seguir siendo el señor Tulliver del molino de Dorlcote. Afluyó a su cabeza tal avalancha de proyectos que no resultaba sorprendente que tuviera el rostro encendido cuando salió de su conversación con su abogado, el señor Gore, y montó el caballo para diri­girse a casa desde Lindum. Furley, en cuyas manos estaba la hipoteca sobre las tierras, era un individuo razonable que sin duda, al parecer del señor Tulliver, estaría encantado no sólo de comprar la finca entera, incluido el molino y la casa, sino que aceptaría al señor Tulliver como arrendatario y estaría dispuesto a prestarle dinero, que éste le devolvería con elevados intereses procedentes de los beneficios del negocio mientras se quedaba. tan sólo con lo necesario para mantenerse él y su familia. ¿Quién se nega­ría a tan provechosa inversión? Seguro que Furley no lo hacía, porque el señor Tulliver había decidido que Furley aceptaría sus planes con la mayor presteza; y hay hombres —cuyo cerebro todavía no se ha acalorado peligrosamente por la pérdida de un pleito— capaces de ver en sus propios intereses o deseos motivo suficiente para las acciones de otros hombres. En el pensamiento del molinero no cabía la menor duda de que Furley haría exactamente lo que él deseaba; y, si lo hacía, caramba, no irían tan mal las cosas. El señor Tulliver y su familia vivirían de modo más humilde y modesto, pero sólo hasta que los beneficios del negocio hubieran paga­do el adelanto de Furley, y eso sucedería cuando el señor Tulliver tuviera todavía muchos años de vida por delante. Estaba claro que las costas del proceso podían pagarse sin tener que abandonar el lugar donde siempre había vivido ni quedar ante todos como un hombre arruinado. Sin duda, era un momento difícil. Además, estaba la garantía prestada al pobre Riley, que había muerto repentinamente el último mes de abril dejando a su amigo la carga de una deuda de doscientas cincuenta libras: este hecho había contribuido a convertir la lectura navideña del libro de cuentas del señor Tulliver en algo menos agradable de lo que cualquiera desearía. ¡En fin! Nunca había sido de esos miserables que se niegan a ayudar a un com­pañero de viaje en este mundo enredoso. Lo más irritante de todo era que, unos meses atrás, el acreedor que le había prestado las quinientas libras para que pudiera devolvérselas a la señora Glegg había empezado a poner­se nervioso por su dinero (azuzado por Wakem, sin duda), y el señor Tulliver, todavía convencido de ganar el pleito y considerando poco opor­tuno reunir esa cantidad hasta la resolución del caso, accedió apresurada­mente a firmar una escritura de venta de los muebles de su casa y otros objetos como garantía del préstamo. Daba lo mismo, se había dicho: pron­to devolvería el dinero y no era más peligrosa aquella garantía que cual­quier otra. Sin embargo, ahora veía las consecuencias de esta escritura de venta bajo otra luz y recordó que no tardaría en llegar el momento en que se ejecutara la venta, a menos que devolviera el dinero. Dos meses antes habría declarado categóricamente que nunca pediría prestado a los parientes de su esposa; pero ahora se decía, de modo igualmente categó­rico, que era perfectamente justo y natural que Bessy fuera a ver a los Pullet y se lo explicara todo: no permitirían que se vendieran los muebles de Bessy, y éstos también podrían ser garantía para Pullet, si les prestaba el dinero: al fin y al cabo, no sería un trato de favor. El señor Tulliver nunca pediría nada para sí a un individuo tan pusilánime, pero bien podía hacer­lo Bessy si quería.

Los hombres más orgullosos y obstinados son precisamente los más propensos a cambiar de opinión y contradecirse de modo tan súbito como Tulliver: para ellos, cualquier cosa resulta más fácil que enfrentarse al sim­ple hecho de que han sufrido una derrota absoluta y deben empezar de cero. Y habrás advertido, lector, que el señor Tulliver, aunque no era más que un destacado molinero y malteador, era tan orgulloso y terco como si fuera un importante personaje cuyo talante inspirara destacadas tragedias de esas en las que se barre el escenario con regios ropajes y se convierte en sublime al más anodino cronista. El orgullo y la obstinación de los moli­neros y otras personas insignificantes que se cruzan cada día en nuestro camino también tienen su tragedia, pero ésta es silenciosa, escondida, pasa de generación en generación sin dejar huella: una tragedia, tal vez, como la que se da en los conflictos de las almas jóvenes, hambrientas de alegrías, aplastadas por una carga que súbitamente se torna demasiado pesada, sometidas a la tristeza de un hogar donde las mañanas no traen consigo nuevas promesas y donde el descontento de unos padres cansados, decep­cionados y sin esperanzas recae sobre los hijos como una masa de aire densa y húmeda en la que todas las funciones vitales están amortiguadas; o como la tragedia que existe en la muerte lenta o repentina posterior a una pasión herida, aunque sea ésta una muerte sólo digna de un funeral en la parroquia. Para algunos animales, es ley de vida aferrarse a su posi­ción y son incapaces de rehacerse tras un golpe: y para algunos seres humanos, la supremacía es ley de vida y sólo pueden soportar la humilla­ción negándose a verla y, en su opinión, seguir dominando.

El señor Tulliver seguía ocupando un lugar predominante —en su ima­ginación— mientras se acercaba a Saint Ogg's, que debía atravesar de cami­no a casa. Pero ¿qué fue lo que le hizo seguir al coche de Laceham hasta la cochera, en cuanto lo vio entrar en la población, para que el encargado escribiera una nota pidiéndole a Maggie que regresara al día siguiente? Al señor Tulliver le temblaba demasiado la mano para escribir y quería que dieran la carta al cochero para que éste la entregara la mañana siguiente en la escuela de la señorita Firniss. Sentía una imperiosa necesidad, que no quería explicarse siquiera, de tener a Maggie junto a él —sin demora—y, por lo tanto, debía regresar en el coche de punto del siguiente día.

Al llegar a casa, no quiso admitir ante la señora Tulliver que se vieran enfrentados a ninguna dificultad y la regañó por dejarse llevar por la inquietud en cuanto supo que habían perdido el pleito, afirmando, enfa­dado, que no había motivo alguno para lamentarse. Aquella noche no le dijo nada de la escritura de venta y de la petición a la señora Pullet, por­que la había mantenido en la ignorancia sobre la naturaleza de aquella transacción y le había explicado la necesidad de hacer un inventario de los muebles como un asunto relacionado con su testamento. El tener por esposa a una mujer cuyo intelecto es notablemente inferior al de uno tiene, igual que ciertos privilegios, unos pocos inconvenientes, tales como la necesidad de recurrir ocasionalmente a algún pequeño engaño.

Al día siguiente por la tarde, el señor Tulliver montó otra vez a caballo para dirigirse al despacho del señor Gore en Saint Ogg's. Gore tenía la misión de ver al señor Furley por la mañana y sondearlo en relación con los asuntos de Tulliver. Sin embargo, no había recorrido la mitad del cami­no cuando se encontró con un escribiente del gabinete del señor Gore que le llevaba una carta. Una repentina llamada le impedía atender a Tulliver, tal como habían quedado pero se encontrarían al día siguiente en su oficina a las once y, entre tanto, le enviaba por carta una informa­ción importante.

—¡Vaya! Dígale a Gore que lo veré mañana a las once —dijo Tulliver; después tomó la carta y volvió grupas.

El escribiente, sorprendido por los ojos brillantes e inquietos del señor Tulliver, lo miró alejarse durante unos momentos antes de marcharse. La lectura de una carta no era asunto de unos instantes para Tulliver: com­prendía muy lentamente el sentido de cada frase, fuera manuscrita o inclu­so en caracteres impresos; de modo que se metió la carta en el bolsillo con la idea de abrirla cuando estuviera en su casa, sentado en el sillón. Pero al poco se le ocurrió que tal vez contuviera algo que la señora Tulliver no debiera saber, por lo que sería más seguro que no la viera siquiera. Detuvo el caballo, sacó la carta y la leyó. Era breve: venía a decir que el señor Gore sabía de buena fuente, aunque secreta, que Furley había necesitado dine­ro últimamente y se había desprendido de algunos bienes, entre los que se contaba la hipoteca que pesaba sobre la propiedad del señor Tulliver, que había ido a parar a manos de ...Wakem.

Media hora más tarde, el carretero del propio señor Tulliver lo encon­tró inconsciente, tendido junto al camino, junto a una carta abierta y a su caballo gris, que lo olfateaba inquieto.

Cuando Maggie llegó a su casa aquella noche, obedeciendo a la llama­da de su padre, éste ya no se encontraba inconsciente. Una hora antes había vuelto en sí y, tras una mirada vaga y ausente, murmuró algo sobre «una carta» e insistió en reclamarla. A instancias del señor Turnbull, el médico, sacaron el mensaje de Gore y lo depositaron sobre la cama, lo que pareció aplacar la impaciencia de Tulliver. El enfermo se quedó con los ojos fijos en la carta, como si ésta pudiera ayudarlo a hilvanar sus pensa­mientos Sin embargo, una nueva oleada de recuerdos pareció llegar y barrer los anteriores: apartó los ojos del papel para fijarlos en la puerta y, tras mirarla inquieto, como si se esforzara por ver algo que sus ojos no alcanzaban a distinguir, dijo:

—La mocita...

De vez en cuando repetía la palabra con impaciencia, aparentemente ajeno a todo lo que no fuera ese imperioso deseo, sin dar muestras de reconocer a nadie, ni siquiera a su esposa, y la pobre señora Tulliver, cuyas escasas facultades estaban casi paralizadas por aquella repentina acumula­ción de problemas, se acercaba una y otra vez a la puerta de la verja para ver si llegaba el coche de Laceham, aunque todavía no era la hora.

Al final llegó el coche y depositó a la inquieta muchacha, que sólo era una niña en el cariñoso recuerdo de su padre.

—Madre, ¿qué sucede? —preguntó Maggie con los labios pálidos cuando su madre se acercó hasta ella llorando. No sospechaba que su padre estu­viera enfermo, ya que él mismo había dictado la carta en la oficina de Saint Ogg's.

Pero el doctor Turnbull salió a recibirla: los médicos son los ángeles buenos de las casas con dificultades, y Maggie corrió hacia aquel amable y viejo amigo, del que guardaba los más antiguos recuerdos, con una mira­da trémula e interrogante.

—No te alarmes en exceso, hija —dijo, tomándola de la mano—. Tu padre ha sufrido un ataque repentino y todavía no ha recuperado la memoria. Pero ha estado preguntando por ti y le hará mucho bien verte: haz el menor ruido posible, quítate las prendas de abrigo y sube conmigo.

Maggie obedeció con ese terrible latido del corazón que hace que la existencia parezca una mera pulsación dolorosa. La voz queda del doctor Turnbull había alarmado su sensible imaginación. Los ojos de su padre seguían mirando hacia la puerta con inquietud cuando ella entró y se enfrentó a aquella mirada extraña, ansiosa e indefensa que había estado buscándola en vano. Con un movimiento repentino, Tulliver se incorporó Y Maggie corrió hacia él, lo abrazó y lo besó con angustia.

¡Pobre criatura! Era muy pronto para que conociera uno de los momentos decisivos de la existencia, cuando todo aquello que hemos deseado o disfrutado, todo lo que podemos temer o soportar se torna insignificante a nuestros ojos y se pierde, como un recuerdo trivial, frente al amor sencillo y primitivo que nos ata a nuestros seres más cercanos cuando éstos atraviesan momentos de angustia o desamparo.

El destello de reconocimiento había sido excesivo para la capacidad del padre enfermo y débil, que cayó de nuevo en un estado de inconsciencia y rigidez que duró varias horas; sólo se interrumpió de vez en cuando con breves momentos de lucidez durante los que tomó pasivamente todo lo que le dieron con una especie de satisfacción infantil por hallarse cerca de Maggie... Satisfacción semejante a la que sentiría un nene al regresar al regazo de su niñera.

La señora Tulliver mandó llamar a sus hermanas y en el piso de abajo hubo lamentos y alharacas: tanto los tíos como las tías comprobaron que la ruina de Bessy y de su familia era tan absoluta como siempre habían predi­cho, y la familia coincidió en la idea de que Tulliver había sufrido un casti­go divino y sería poco piadoso intentar contrarrestarlo con excesivas mues­tras de amabilidad. Pero Maggie casi no oyó nada de eso, ya que apenas abandonó el dormitorio de su padre, donde permanecía sentada frente a él, dándole la mano. La señora Tulliver quería que fueran a buscar a Tom y parecía pensar más en el chico que en su esposo; pero las tías y los tíos se opusieron: puesto que el doctor Turnbull decía que, en su opinión, no había peligro inminente, Tom estaba mejor con su maestro. Sin embargo, al final del segundo día, cuando Maggie se había ido acostumbrando a los estados temporales de inconsciencia de su padre y a la esperanza de que los superara, ella misma empezó a desear intensamente el regreso de Tom.

—¡Mi pobre muchacho... Debería volver a casa... —lloró su madre por la noche.

—Madre, deje que vaya a buscarlo y se lo cuente todo —dijo Maggie—: iré mañana por la mañana si padre no me llama ni me reconoce. Sería horri­ble para Tom volver a casa sin saber nada.



Ya la mañana siguiente, Maggie se fue, tal como hemos visto. Sentados en el coche de regreso a su casa, los hermanos hablaban en tristes susurros esporádicos.

—Dicen que el señor Wakem se ha quedado con la hipoteca o algo parecido sobre la tierra, Tom —dijo Maggie—. Creen que lo que provocó el ataque de padre fue la carta con la noticia.

—Estoy seguro de que ese sinvergüenza ha estado planeándolo todo para arruinar a padre —afirmó Tom, dando un salto desde una sucesión de vagas impresiones a una conclusión definitiva—. Cuando sea mayor haré que se arrepienta. Ni se te ocurra volver a dirigir la palabra a Philip.

—¡Oh, Tom! —exclamó Maggie, con tono de triste reproche; pero no tenía ánimos para discutir y menos aún de irritar a Tom llevándole la contraria.

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