George Eliot El molino del Floss



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Capítulo VII


Se cierran las puertas doradas del paraíso
De manera que Tom siguió en King's Lorton hasta el quinto semestre —hasta cumplir dieciséis años— mientras Maggie crecía, con una rapidez que sus tías consideraban altamente reprensible, en el internado de la señorita Firniss, situado en la antigua población de Laceham on the Floss, en compañía de la prima Lucy. En las primeras cartas a Tom enviaba siem­pre recuerdos a Philip y hacía muchas preguntas sobre él que recibían como respuesta breves frases sobre el dolor de muelas de Tom, explica­ciones sobre la casita de hierba que estaba ayudando a construir en el jar­dín y asuntos de índole similar. Se apenó al oír a Tom decir en vacaciones que Philip volvía a ser tan raro como siempre y estaba de malhumor con frecuencia: advirtió que ya no eran muy amigos y cuando recordó a Tom que debería querer siempre a Philip por ser tan bueno con él cuando tuvo el pie enfermo, éste contestó:

—Bien, no tengo la culpa: yo no le hago nada malo.

Maggie apenas volvió a ver a Philip durante el resto de su vida escolar: en las vacaciones de verano él iba siempre a la playa y en Navidades sólo se veían algunas veces en las calles de Saint Ogg's. Cuando se encontraban, ella recordaba la promesa de saludarlo con un beso pero, como señorita interna en un colegio, ahora sabía que tal saludo era totalmente improce­dente y Philip tampoco lo esperaba. La promesa era nula, como tantas otras dulces e ilusorias promesas de nuestra infancia; nula como las pro­mesas hechas en el Edén antes de que se dividieran las estaciones, cuando las flores crecían al mismo tiempo que los frutos, e imposible de llevar a cabo una vez cruzadas las puertas doradas del paraíso.

Pero cuando su padre se embarcó finalmente en el pleito con que llevaba tantos años amenazando, y Wakem, como agente al mismo tiempo de Pivart y de Pero Botero, actuó contra él, incluso Maggie sin­tió, con cierta tristeza, que probablemente no volvería a tener ninguna intimidad con Philip: el mero nombre de Wakem hacía enfadar a su padre y en una ocasión le oyó decir que si su hijo jorobado vivía hasta heredar las fraudulentas ganancias de su padre, caería sobre él una maldición.

—Trata con él tan poco como puedas, hijo mío dijo a Tom; y éste obe­deció la orden fácilmente, pues el señor Stelling, en aquella época, tenía otros dos pupilos en casa; porque si bien el ascenso social de ese caballero no había sido tan meteórico como los admiradores de su improvisada elo­cuencia esperaban de un predicador cuya voz exigía tan amplia esfera, sin embargo su prosperidad crecía lo bastante como para permitirle ir aumen­tando los gastos en continua desproporción con sus ingresos.

En cuanto al curso escolar de Tom, éste seguía con la monotonía pro­pia de un molino y su mente continuaba moviéndose con un pulso lento y apagado en un medio de ideas poco interesantes o ininteligibles. Con todo, en cuanto llegaban las vacaciones llevaba a su casa dibujos cada vez más grandes con satinadas reproducciones paisajísticas y acuarelas de vívi­dos verdes, junto con libros manuscritos llenos de ejercicios y problemas realizados con excelente caligrafía, ya que ponía en ella toda la atención. Llevaba también uno o dos libros nuevos que indicaban su recorrido por los distintos períodos de la historia, la doctrina cristiana y la literatura latina, y de su paso había sacado algún provecho más que la mera posesión de los libros. El oído y la lengua de Tom se habían acostumbrado a muchas palabras y frases que se consideran propias de una condición educada y, aunque nunca se había dedicado a fondo a una lección, éstas habían deja­do en él un poso de nociones vagas, fragmentarias e inútiles. El señor Tulliver advertía algunas señales de estas adquisiciones y pensaba que la educación de Tom iba bien: y aunque observó que no había mapas ni tampoco muchas sumas no se quejó formalmente al señor Stelling. Eso de los estudios era una cosa desconcertante; además, si sacaba a Tom de allí, tampoco conocía otra escuela mejor donde enviarlo.

Para cuando Tom se encontraba ya en el último trimestre en King's Lorton, los años habían operado cambios sorprendentes en él desde el día en que lo vimos regresar de la academia del señor Jacobs. Ahora era un joven alto que se desenvolvía con soltura y hablaba sin más timidez que la necesaria como síntoma adecuado de una mezcla de reserva y orgullo; lle­vaba levita y camisas de cuello alto y contemplaba con impaciencia el bozo que le crecía sobre el labio superior mientras examinaba a diario la nava­ja de afeitar virgen, comprada en las últimas vacaciones. Philip se había marchado ya —en el trimestre de otoño—— para pasar el invierno en el Sur, atento a su salud; y este cambio contribuyó al ánimo inquieto y jubiloso que por lo general acompaña a los últimos meses previos al fin del colegio. También se esperaba que en ese trimestre se fallara el pleito de su padre: eso hacía que la perspectiva de regresar a casa fuera todavía más atractiva. A Tom, cuyo punto de vista se derivaba de las conversaciones con su padre, no le cabía la menor duda de que Pivart saldría derrotado.

Hacía ya varias semana que Tom no tenia noticias de su casa —hecho que no le sorprendía, porque su padre y su madre no eran propensos a mani­festar su afecto en cartas innecesarias— cuando, para su sorpresa, una mañana de un día frío y duro hacia finales del mes de noviembre, le comunicaron, poco después de que entrara en el estudio a las nueve, que su hermana lo aguardaba. La señora Stelling fue al estudio para anunciar­lo y lo acompañó al salón, donde Tom entró solo.

Maggie también había crecido y llevaba el cabello trenzado y enroscado en un moño: era casi tan alta como Tom, aunque sólo tenía trece años, y en aquel momento parecía mayor que él. Se había quitado la capota y des­prendido las trenzas de la frente, como si no pudiera soportar esa carga, y volvía los ojos hacia la puerta con inquietud y expresión agotada en su joven rostro. Cuando entró Tom, no dijo nada, sino que se dirigió hacia él, lo rodeó con los brazos y le dio un beso con todo su corazón. Tom estaba acostumbrado a sus diversos estados de ánimo y no se alarmó ante aquel saludo inusualmente serio.

—Vaya, ¿cómo es que has venido tan temprano en una mañana tan fría, Maggie? ¿Has venido en la calesa?

—No, he tomado un coche de punto y después he venido caminando desde el puesto de peaje.

—Pero ¿cómo es que no estás en el colegio? Todavía no han empezado las vacaciones.

—Padre me hizo llamar —contestó Maggie con un ligero temblor en los labios—. Fui a casa hace tres o cuatro días.

—¿Padre se encuentra mal? —preguntó Tom inquieto.

—No exactamente. Se siente muy desgraciado, Tom. Ha terminado el pleito y he venido a decírtelo porque me pareció que sería mejor que lo supieras antes de que llegaras a casa, y no me gustaba la idea de enviarte una carta.

—Padre no habrá perdido el pleito, ¿verdad? —preguntó Tom rápida­mente, levantándose del sofá de un brinco y plantándose delante de Maggie con las manos repentinamente hundidas en los bolsillos.

—Sí, querido Tom —contestó Maggie, temblorosa, alzando los ojos hasta él.

Tom permaneció en silencio un par de minutos con los ojos clavados en el suelo.

—Padre tendrá que pagar mucho dinero, ¿no? —dijo.

—Sí —contestó Maggie con voz débil.

—Bueno, es inevitable —dijo Tom con voz valiente, sin hacerse una idea tangible de lo que suponía la pérdida de una gran cantidad de dinero—. Pero no estará muy enfadado, ¿no? —añadió, mirando a Maggie y pensan­do que su rostro agitado se debía a la manera que tenían las niñas de enca­jar los golpes.

—Sí —contestó Maggie de nuevo con voz débil y a continuación, empuja­da a hablar por la calma de Tom, añadió con voz fuerte y rápida, como si se le escaparan las palabras—: Tom, perderá el molino y la tierra, todo. No le quedará nada.

Los ojos de Tom lanzaron un destello de sorpresa antes de que el muchacho palideciera y se echara a temblar. No dijo nada; se limitó a sen­tarse en el sofá de nuevo y a mirar por la ventana con aire ausente.

Tom nunca se había inquietado por el futuro. Su padre siempre montó un buen caballo, tuvo una buena casa y el aire alegre y seguro de un hom­bre respaldado por sus propiedades. A Tom ni le había pasado por la cabe­za que su padre pudiera «fracasar»: el fracaso era un tipo de infortunio del que siempre había oído hablar como una gran deshonra, y no podía aso­ciar la idea de deshonra con ninguno de sus conocidos y menos todavía con su padre. La orgullosa conciencia de la respetabilidad familiar forma­ba parte del mismo aire que Tom respiraba desde que nació. Sabía que había gente en Saint Ogg's que vivía de modo ostentoso sin poseer dinero que respaldara su actitud, y siempre había oído hablar de esas gentes con desprecio y reprobación: estaba firmemente convencido, con una fe de toda la vida que no necesitaba pruebas para sustentarse, de que su padre Podía gastar mucho dinero si quería; y puesto que su educación en casa del señor Stelling le había hecho ver la vida desde un punto de vista más dispendioso, había pensado con frecuencia que cuando creciera se convertiría en un personaje destacado, dueño de perros y un caballo, una silla de montar y otros aditamentos propios de un joven caballero, y parecería igual que cualquier otro de sus contemporáneos de Saint Ogg's que tal vez creían ocupar un puesto más elevado en la sociedad porque sus padres tenían profesiones liberales o poseían grandes molinos de aceite. En cuan­to a los pronósticos y los gestos de censura de sus tíos y tías, sólo habían conseguido hacerle pensar que eran personas muy desagradables: en todo lo que alcanzaba su memoria, no habían parado de lanzar críticas. Su padre era más listo que todos ellos.

Por fin el vello había crecido sobre el labio superior de Tom y, sin embargo, sus pensamientos esperanzas habían sido hasta el momento una reproducción, apenas cambiada en la forma, de los sueños infantiles de unos años atrás. En aquel momento despertaba con un brusco golpe.

Maggie se había asustado ante el pálido y tembloroso silencio de Tom. Tenía que decirle algo más, algo peor Ie lanzó los brazos al cuello y dijo entre sollozos:

—Oh, querido Tom, no te inquietes tanto. Intenta sobrellevarlo.

Tom ofreció la mejilla para recibir pasivamente sus besos implorantes; se le humedecieron los ojos y se los secó con la mano. Este gesto pareció despertarlo.

—¿Tengo que ir a casa contigo, Maggie? —preguntó dando un respingo—. ¿Dijo padre que fuera?

—No, Tom. Padre no quería —contestó Maggie. La inquietud que sentía por los sentimientos de Tom la ayudaba a controlar su agitación: ¿qué haría cuando se lo contara todo?—. Pero madre quiere que vengas. Pobre madre: no para de llorar. Tom, en casa la situación es terrible.

Los labios de Maggie palidecieron todavía más y se echó a temblar tanto como Tom. Las dos criaturas se abrazaron, temblorosas; una de ellas debi­do a un temor incierto, la otra ante la imagen de una terrible certeza. Maggie habló en apenas un susurro.

—Y... nuestro pobre padre...

Maggie no pudo seguir, pero Tom no podía soportar la tensión. Sus temores habían empezado a imaginar la vaga idea del encarcelamiento por deudas.

—¿Dónde está padre? —preguntó con impaciencia—. Dímelo, Maggie.

—Está en casa —contestó Maggie, respondió Maggie a esta pregunta, mas fácil de responder—. Pero... —añadió tras una pausa— no es el de siempre. Se cayó del caballo... Sólo me reconoce a mí desde entonces... Parece haber perdido la cabeza... padre, padre...

Con estas últimas palabras, los sollozos de Maggie, retenidos durante tanto tiempo, estallaron con mayor violencia. Tom sentía esa presión del corazón que prohibe las lágrimas: no tenía una visión de sus problemas familiares tan clara como Maggie, que había estado en casa; sólo sentía el peso aplastante de lo que parecía una desgracia absoluta. Estrechó a Maggie de modo casi convulsivo, pero su rostro permaneció rígido y sin lágrimas —los ojos inexpresivos—, como si una cortina de nubes le cerrara el camino de repente.

Maggie, sin embargo, no tardó en dejar de llorar bruscamente: una idea la sobresaltó como una señal de alarma.

—Tenemos que ponernos en camino, Tom. No podemos quedarnos más rato. Padre me echará en falta. Debemos estar en el peaje a las diez para subir al coche—dijo con apresurada decisión, frotándose los ojos y ponién­dose en pie para recoger la capota.

Tom se puso en pie con el mismo impulso.

—Espera un minuto, Maggie dijo—. Primero tengo que hablar con el señor Stelling.

Se dirigió al estudio donde estaban los alumnos, pero en el camino se encontró con el señor Stelling. Su esposa le había explicado que Maggie parecía muy preocupada cuando apareció en busca de su hermano y, transcurrido un tiempo prudencial, acudía para interesarse por ellos.

—Señor, tengo que marcharme a casa dijo Tom bruscamente cuando se encontró al señor Stelling en el pasillo—. Debo volver ahora mismo con mi hermana. Mi padre ha perdido el pleito y todas sus propiedades y se encuentra muy enfermo.

El señor Stelling reaccionó como un hombre bondadoso: aunque pre­veía que, probablemente, dejaría de ganar algún dinero, esta idea no influ­yó en sus sentimientos mientras contemplaba con compasión a aquellos hermanos para los que la juventud y la pena llegaban juntos. En cuanto se enteró de cómo había viajado Maggie y lo ansiosa que estaba por regresar a su casa, apresuró su marcha y se limitó a susurrar algo a la señora Stelling, que lo había seguido. Ésta desapareció inmediatamente de la habitación.



Tom y Maggie se encontraban en el umbral, preparados para marchar­se, cuando apareció la señora Stelling con una cestita que colgó a Maggie del brazo diciendo:

—No olviden comer algo durante el camino, hijos míos.

De repente, Maggie sintió una oleada de cariño hacia una mujer que nunca le había gustado y le dio un beso sin decir palabra. Así conoció la pobre niña un sentimiento que es el don de la tristeza: la sensibilidad ante los gestos humanitarios que une con lazos de camaradería, de la misma manera que entre los hombres salvajes que viven entre hielos, la mera pre­sencia de un compañero despierta profundos afectos.

El señor Stelling puso la mano sobre el hombro de Tom.

—Dios lo bendiga, hijo. Ya me darán noticias suyas —dijo.

Estrechó la mano de Maggie, pero no se oyó ninguna palabra de des­pedida. Tom había pensado con mucha frecuencia en lo alegre que esta­ría el día en que abandonara los estudios «¡para siempre!». En cambio ahora esos años de estudio parecían unas vacaciones que tocaban a su fin.

Las dos menudas figuras juveniles no tardaron en desdibujarse en la lejana carretera y pronto se perdieron detrás de los altos setos.

Se habían adentrado en una nueva vida de tristeza y a partir de ese momento el sol no tendría ya el mismo brillo. Habían entrado en un terri­torio agreste lleno de espinas y las puertas doradas de la infancia se cerra­ban tras ellos para siempre.


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