George Eliot El molino del Floss



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Capítulo II


El señor Tulliver del molino de Dorlcote manifiesta su decisión con respecto a Tom
—Mira, lo que yo quiero —declaró el señor Tulliver—, lo que yo quiero es dar a Tom una buena educación: una educación que le permita ganarse el pan. En eso pensaba cuando avisé el día de la Virgen que dejaría la ‘cademia. El próximo trimestre quiero ponerlo en una buena escuela. Los dos años en la ‘cademia ya le bastarían si yo quisiera que fuera granjero o moli­nero, pues mayormente ya ha estudiado más de lo que yo estudié: mi padre no me pagó más enseñanza que la que se da con la vara por un lado y el alfabeto por otro. Pero me gustaría que Tom estudiara más para que no se le escapara ni uno solo de los trucos de esos individuos que hablan bien y escriben con florituras. Me ayudaría con los pleitos, arbitrajes y esas cosas. No quiero que sea abogado, pues sentiría que se convirtiera en un bribón, sino algo así como un ingeniero, un inspetor, un subastador o un tasador, como Riley o uno de esos hombres de negocios que no obtienen más que beneficios sin otro gasto que una gruesa cadena en el reloj y un taburete alto. Están todos muy cerca, los unos de los otros, e incluso se entienden bien con la ley, digo yo, porque Riley mira al abogado Wakem a la cara, de tú a tú, como un gato mira a otro. No le da ningún miedo.

El señor Tulliver hablaba con su esposa, una linda mujer rubia tocada con una cofia en forma de abanico. (Me asusta pensar en el tiempo trans­currido desde que se llevaron esas cofias: no tardarán mucho en volver. En aquel momento, cuando la señora Tulliver frisaba los cuarenta, eran nove­dad en Saint Ogg's y se consideraban bonitas.)

—Bien, Tulliver, tú sabes más que yo. No tengo nada que ojetar. A lo mejor podría matar un par de pollos e invitar a los tíos y tías a comer la semana que viene, para que oigas lo que mi hermana Glegg y mi herma­na Pullet tienen que decir sobre esto. ¡Hay un par de pollos muy a punto!

—Puedes matar todas las gallinas del gallinero si quieres, Bessy; pero no preguntaré a ningún tío ni a ninguna tía lo que debo hacer con mi propio chico —contestó el señor Tulliver con aire de desafío.

—!Por Dios! ¿Cómo puedes decir eso, Tulliver? —exclamó la señora Tulliver, sobresaltada ante aquella belicosa retórica—. Pero ya sé que hablas sin respeto de mi familia, y mi hermana Glegg m'echa a mí toda la culpa, aunque yo soy más inocente que una criatura recién nacida. Nadie me ha oído decir nunca que no fuera una suerte para mis hijos tener tíos y tías que no dependen de nadie para vivir. De todos modos, si Tom va a ir a un nuevo colegio, me gustaría poder ocuparme de lavarle la ropa y remen­darla; si no, podría tener la ropa blanca de calicó, ya que antes de media docena de lavados estaría tan amarilla como la otra. Y así cuando vayan y vengan los paquetes, podré enviar al muchacho un pastel, o una empana­da de cerdo o alguna manzana, porque no le vendrá mal algo, bendito sea, le den mucho o poco de comer. Mis hijos tienen para comer como el que más, gracias a Dios.

—Bueno, bueno, no lo enviaremos tan lejos que no llegue la carreta del recadero, si es posible —contestó el señor Tulliver—. Pero no pongas palos en la rueda por culpa del lavado si no encontramos un colegio cerca. Ese es el defecto que yo te veo, Bessy: encuentras una piedra en el camino y crees que no puedes seguir alante. No me dejarías contratar a un buen carretero si tuviera un lunar en la cara.

—¡Válgame el cielo! —exclamó la señora Tulliver, ligeramente sorprendi­da—. ¿Cuándo he puesto yo peros a nadie porque tuviera un lunar en la cara? t'aseguro que me gustan los lunares, pues mi difunto hermano tenía uno en la frente. Pero no recuerdo que quisieras contratar un carretero con un lunar, Tulliver. Aquí estuvo John Gibbs, que tenía tantos lunares en la cara como tú y yo, e insistí en que lo contrataras; y así lo hiciste, y si no se hubiera muerto de aquella inflamación, y bien que pagamos al doctor Turnbull para que lo atendiera, seguro que seguía llevando el carromato. Quizá tenía algún lunar donde no se viera, pero ¿cómo iba a saberlo yo, Tulliver?

—No, no, Bessy; no hablaba de lunares: era sólo un ejemplo que representaba cualquier cosa. Tanto da. Qué enredoso es entenderse hablando. Lo que ahora me preocupa es cómo encontrar la escuela adecuada para enviar a Tom, porque me podrían engañar otra vez, como con la 'cademia. No quiero saber nada de una 'cademia como ésa: la escuela a la que lo enviemos no será una 'cademia Será un sitio donde los chicos dediquen el tiempo a algo distinto que limpiar los zapatos de la familia y arrancar las patatas. Es un problema nuevo y enredoso, éste de escoger un colegio.

El señor Tulliver permaneció en silencio un par de minutos y hundió las manos en los bolsillos del pantalón, como si esperara encontrar allí alguna sugerencia. Al parecer, no quedó defraudado, porque añadió:

—Ya sé lo que haré: hablaré de esto con Riley, ya que viene mañana para arbitrar en la cuestión de la presa.

—Bien, Tulliver; ya he sacado las sábanas para la mejor cama y Kezia las ha colgado delante del fuego. No son las mejores sábanas, pero son lo bas­tante buenas para que duerma cualquiera, sea quien sea; las mejores sába­nas son d’holanda y me arrepentiría d’haberlas comprado si no fueran a servirnos de mortaja. Y si te murieras mañana, Tulliver, como están bien planchadas y preparadas, y huelen a lavanda, daría gusto usarlas. Las guar­do en el rincón de la izquierda del gran arcón de roble, en la parte d’atrás: nunca me pasaría por la cabeza dejar que las tocara nadie más que yo.

Mientras pronunciaba esta última frase, la señora Tulliver sacó un bri­llante manojo de llaves del bolsillo, escogió una y la frotó entre el pulgar y el índice con una sonrisa plácida, sin dejar de contemplar las brasas ardientes de la chimenea. Si el señor Tulliver hubiera sido un hombre sus­ceptible en sus relaciones conyugales, podría haber supuesto que extraía la llave para ayudarse a imaginar el momento en que él se encontrara en estado tal que hiciera necesario ir a buscar las mejores sábanas de holan­da. Por fortuna, ése no era el caso: sólo era susceptible en lo relacionado con su derecho a utilizar la fuerza motriz del agua; además, tenía la mari­tal costumbre de no escuchar con demasiada atención y, desde que había mencionado al señor Riley, parecía ocupado en el examen manual de sus medias de lana.

—Me parece que he dado en el blanco, Bessy —señaló el señor Tulliver tras un breve silencio—. Seguro que Riley es quien mejor sabrá d’algún cole­gio: él fue a uno y va a todas partes arbitrando, valorando y todo eso. Y mañana por la noche, después del trabajo, tendremos tiempo para hablar d’ello. Mira, quiero que Tom sea un hombre como Riley: sabe hablar como si lo tuviera todo escrito y conoce muchas palabras que significan poca cosa y comprometen poco ante la ley. Y conoce bien los negocios.

—Bueno —dijo la señora Tulliver—, si se trata de hablar corretamente, saberlo todo, caminar con la espalda encorvada y el cabello para arriba, no me importa que se lo enseñen. Pero casi todos esos hombres de las ciudades que tan bien hablan llevan postiza la parte dalante de la camisa; se ponen las chorreras hasta que están hechas una pena y entonces las tapan con un plastrón; sé que Riley lo hace. Y, además, si Tom se va a vivir a Mudport, como Riley, tendrá una casa con una cocina tan pequeña que ni podrá darse la vuelta, nunca tomará huevos frescos para desayunar, dormirá en el tercer piso, si no el cuarto, y si hay un incendio, se quemará ahí arriba antes de poder bajar.

—No, no —replicó el señor Tulliver—. No pienso que se vaya a Mudport: quiero que trabaje en Saint Ogg's, cerca de nosotros, y viva en casa. Pero —prosiguió tras una pausa— lo que temo es que Tom no tenga cabeza para ser un hombre brillante; me parece que es un poco torpe: ha salido a tu familia, Bessy.

—Sí, es verdad —contestó la señora Tulliver, interpretando esta última afirmación en sus aspectos positivos—. Parece mentira cuánta sal le gusta ponerse en el caldo. Así era mi hermano y así fue mi padre antes que él.

—Pero es una pena —insistió el señor Tulliver— que sea el chico quien haya salido a la familia materna y no la mocita. Eso es lo que tienen los cru­ces de razas: nunca se sabe lo que va a pasar. La nena ha salido a mi fami­lia: es dos veces más despabilada que Tom. Me temo que es demasiado des­pabilada para ser mujer —prosiguió el señor Tulliver moviendo la cabeza primero a un lado y luego a otro en gesto de recelo—. No fastidia mientras es pequeña, pero una mujer demasiado lista es como una oveja con el rabo largo: no por eso vale más.

—Pues a mí sí que me parece un fastidio mientras es pequeña, Tulliver, porque le sirve para hacer travesuras. No consigo que conserve el delantal limpio durante dos horas seguidas. Y ahora que me lo recuerdas —añadió la señora Tulliver, levantándose y encaminándose hacia la ventana—, no sé donde se ha metido y casi es la hora del té. Ah, ya me lo parecía, está allí vagando arriba y abajo, junto al agua, como un animalito: un día de estos se caerá.

La señora Tulliver repiqueteó en la ventana, hizo un gesto con la mano y movió la cabeza de un lado a otro; antes de regresar a la butaca donde estaba sentada repitió varias veces el proceso.

—Tú dices que es lista, Tulliver —comentó al sentarse—, pero yo estoy convencida de que esta niña es medio boba para algunas cosas, porque si la envío al piso d’arriba a buscar algo, se l’olvida para qué ha subido y es capaz de quedarse sentada en el suelo, al sol, peinándose y canturreando como si fuera una débil mental de Bedlam, mientras yo l'espero aquí abajo. Eso nunca ha pasado en mi familia, gracias a Dios; ni tampoco nadie tiene esa piel tan morena que hace que parezca una mulata. No quiero reprochar nada a la Providencia, pero me da pena tener sólo una niña y que sea tan rara.

—¡Bah, tonterías! —dijo el señor Tulliver—. Es una niña normal de ojos negros, como puede ver cualquiera. No sé en qué es peor que los hijos de otros; y lee tan bien como el párroco.

—Pero, haga lo que haga, no se le riza el pelo, y se pone como loca cuan­do le coloco los papillotes, y peor aún es intentar que se quede quieta para las tenacillas.

—Córtaselo. Déjaselo bien corto —contestó el padre precipitadamente.

—¿Cómo puedes decir eso, Tulliver? Es una chica demasiado mayor para llevar el pelo corto, casi tiene nueve años, y es alta para su edad. Su prima Lucy tiene la cabeza llena de tirabuzones y no lleva ni un pelo fuera de sitio. No entiendo que mi hermana Deane tenga una hija tan bonita; estoy segura de que Lucy se parece más a mí que mi propia hija. Maggie, Maggie —añadió la madre, con un tono entre irritado y persuasivo cuando aquel pequeño error de la naturaleza entró en la habitación—. ¿Para qué sirve que te diga que no t'acerques al agua? Un día te caerás y t'ahogarás, y entonces lamentarás no haber hecho caso a tu madre.

Maggie se quitó la capota y confirmó dolorosamente la acusación de su madre: la señora Tulliver, deseosa de que su hija tuviera el cabello rizado «como las hijas de los demás», se lo había cortado tanto por delante que la niña no podía sujetárselo tras las orejas; y, como al cabo de una hora de que le quitaran los papillotes tenía el pelo completamente lacio, Maggie movía la cabeza una y otra vez para apartar los pesados mechones oscuros de sus brillante ojos negros, gesto que le hacía parecer un pequeño poni de Shetland.

—¡Pero Maggie! ¿Cómo se t’ocurre tirar así el gorrito? Sé buena chica y súbelo, péinate, ponte el otro delantal y cámbiate de zapatos. Vamos, ¿no te da vergüenza? Y baja con tu labor de retales, como una señorita.

—Madre —declaró Maggie con irritación vehemente—. No quiero hacer la labor.

—¡Vayal ¿No quieres coser un cubrecama para la tía Glegg?

—Es de tontos romper algo a trozos para volverlo a coser —afirmó Maggie, sacudiendo la melena—. Y no quiero hacer nada para la tía Glegg: no me gusta.

Maggie salió arrastrando la capota por la cinta mientras el señor Tulliver reía a carcajadas.

—No sé por qué te ríes, Tulliver —dijo la madre con linfática irritación—. Así fomentas sus travesuras, y las tías pensarán que soy yo quien la malcría. La señora Tulliver era lo que se llama una persona apacible: de peque­ña jamás lloraba por nada, como no fuera por hambre o el pinchazo de un imperdible, y desde la cuna fue una niña sana, hermosa, gordita y boba, en definitiva, el orgullo de su familia, tanto por su aspecto como por su afa­bilidad. Pero la leche y la amabilidad no se conservan bien, y cuando se agrian un poco entran en serio conflicto con los estómagos jóvenes. Me he preguntado con frecuencia si estas madonas de Rafael, de rubios rostros y expresión pánfila, siguen siendo plácidas cuando sus chicos, de miembros tan fuertes como su carácter, crecen un poquito y ya no pueden andar des­nudos. Imagino que empezarán con débiles reconvenciones e irán tor­nándose más desabridas a medida que éstas sean menos eficaces.

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