George Eliot El molino del Floss



Descargar 2,14 Mb.
Página19/59
Fecha de conversión10.01.2017
Tamaño2,14 Mb.
1   ...   15   16   17   18   19   20   21   22   ...   59

Capítulo VI


Una escena de amor
El pobre Tom soportó el agudo dolor con heroísmo y se mantuvo firme en la decisión de no «chivarse» del señor Poulter mas de lo imprescindible: la existencia de la moneda de cinco chelines permaneció en secreto, incluso para Maggie. Sin embargo, lo atenazaba un temor terrible —tan terrible que ni siquiera se atrevía a formular la pregunta que podría obtener un «sí» fatal— y no osó preguntar al médico ni al señor Stelling: «Señor, ¿Voy a quedarme cojo?». Se dominó para no llorar de dolor, pero después de que le curaran el pie y lo dejaran solo con Maggie, sentada a la cabecera de la cama, los niños lloraron juntos con las cabezas recostadas sobre la misma almohada. Tom se veía caminando con muletas, como el hijo del carretero, y Maggie, que no tenía la menor idea de lo que pensaba su her­mano, lloraba de verlo llorar. Ni al médico ni al señor Stelling se les había ocurrido prever el temor de Tom y tranquilizarlo con palabras de espe­ranza. En cambio, Philip vio salir al médico de la casa y abordó al señor Stelling para formularle la misma pregunta que Tom no se había atrevido a hacer.

—Disculpe, señor, ¿el doctor Askern ha dicho que Tulliver se quedaría cojo?

—¡Oh, claro que no! —contestó el señor Stelling—. Sólo cojeará una temporada.

—¿Y cree que se lo ha dicho a Tulliver?

—No, no se le ha comunicado nada sobre esta cuestión.

—Entonces, ¿puedo ir a decírselo?

—Sí, naturalmente: ahora que lo menciona, imagino que puede estar inquieto por ello. Vaya a su dormitorio, pero no haga ruido.

En cuanto se enteró del accidente, la primera idea de Philip fue: «¿Tulliver se quedará cojo? Sería terrible para él», y este sentimiento de compasión enjuagó los agravios de Tom, que todavía no había olvidado. Philip sintió que ya no se repelían, sino que se veían arrastrados hacia una corriente compartida de sufrimiento y triste privación. Su imaginación no se concentraba en la calamidad externa ni en el efecto que tendría en la vida de Tom, sino que ilustraba con nitidez el probable estado de ánimo de Tom: sólo había vivido catorce años, pero casi todos ellos los había pasa­do sumido en la sensación de que cargaba con un destino irremediable­mente penoso.

—El doctor Askern dice que pronto estarás bien, Tulliver, ¿lo sabías? —anunció con cierta timidez cuando se acercó amablemente a la cama de Tom—. Acabo de preguntárselo al señor Stelling y dice que dentro de poco andarás como siempre.

Tom alzó la vista conteniendo el aliento, como sucede cuando nos llega una alegría repentina; después exhaló un largo suspiro y volvió los ojos de color azul grisáceo para mirar francamente a Philip a la cara, cosa que no había hecho durante la última quincena, por lo menos. En cuanto a Maggie, se inquietó entonces por una posibilidad que, hasta el momento, ni le había pasado por la cabeza: la mera idea de que Tom quedara cojo para siempre se impuso sobre la certeza de que tal desgracia probable­mente no ocurriría; y se agarró a él y se echó a llorar de nuevo.

—No seas boba, Maggie —dijo Tom tiernamente, sintiéndose ahora muy valiente—. Pronto estaré bien.

Adiós, Tulliver —dijo Philip, tendiéndole una mano pequeña y delica­da que Tom asió de inmediato con sus recios dedos.

—Oye —dijo Tom—: pídele al señor Stelling que te deje venir algunas veces hasta que pueda levantarme, Wakem; así me contarás historias de Robert Bruce.

A partir de entonces, Philip pasó todo su tiempo libre con Tom y Maggie. A Tom le gustaban las historias de peleas tanto como antes, pero insistía con firmeza en el hecho de que aquellos grandes guerreros que lle­vaban a cabo tantas cosas maravillosas y salían ilesos iban vestidos de pies a cabeza con excelentes armaduras que, en su opinión, hacían de la pelea tarea sencilla. No se hubiera hecho daño en el pie de haber llevado un zapato de hierro. Tom escuchó con gran interés una nueva historia de Philip sobre un hombre que había sufrido una grave herida en el pie y llo­raba de dolor de modo tan desaforado que sus amigos no pudieron sopor­tarlo por más tiempo y lo abandonaron en una isla desierta sin otra ayuda que unas flechas envenenadas para que cazara animales con que alimentarse.

—Yo no grité de dolor —proclamó Tom—, y estoy seguro de que tenía el pie tan mal como él. Gritar de dolor es de cobardes.

Pero Maggie sostuvo que cuando uno sentía un gran dolor podía llorar y si los demás se negaban a soportarlo se comportaban con crueldad. Quiso saber si Filoctetes tenía alguna hermana y por qué no había ido con él a la isla desierta para cuidarlo.

Un día, poco después de que Philip les contara esta historia, éste y Maggie se encontraban solos en el estudio mientras cambiaban a Tom el vendaje del pie. Philip se dedicaba a sus libros y Maggie, tras pasear ocio­sa por la habitación, sin pretender hacer nada en particular porque no tar­daría en subir a ver a Tom, se acercó y se inclinó sobre la mesa, junto a Philip, para ver lo que hacía, porque eran ya buenos amigos y se sentían a gusto el uno con el otro.

—¿Qué estás leyendo en griego? —preguntó Maggie—. Es poesía: me doy cuenta porque los renglones son muy cortos.

—Leo sobre Filoctetes, el cojo del que os hablé ayer —contestó, apoyando la cabeza en la mano y mirándola, como si no le importara en absoluto la interrupción. Maggie permaneció inclinada hacia delante, apoyada en los brazos y moviendo los pies mientras sus ojos negros se perdían en el vacío, olvidando la presencia de Philip y su libro.

—Maggie —dijo Philip al cabo de un par de minutos, apoyado todavía en el codo y mirándola—: si tuvieras un hermano como yo, ¿te parece que lo querrías tanto como a Tom?

Maggie se sobresaltó un poco al ver interrumpidas sus ensoñaciones.

—¿Qué?

Philip repitió la pregunta.

—Oh, sí: todavía más —respondió inmediatamente—. No, más no, porque no creo que pudiera quererte más que a Tom. Pero te compadecería mucho, muchísimo.

Philip se sonrojó: en su pregunta estaba implícita la duda de si lo que­rría a pesar de su deformidad y cuando Maggie aludió a ella con tanta fran­queza, se sintió herido por su compasión. A pesar de su edad, Maggie advirtió el error. Hasta el momento se había comportado instintivamente como si no viera la deformidad de Philip: su aguda sensibilidad y la expe­riencia adquirida soportando las críticas familiares habían bastado para enseñárselo, como si hubiera recibido la más refinada educación.

—Philip, pero tú eres muy listo, y sabes tocar el piano y cantar —añadió rápidamente—. Me gustaría que fueras hermano mío: me gustas mucho, y te quedarías en casa conmigo cuando Tom se fuera, y me enseñarías todo lo que sabes, ¿verdad? Griego y todo eso.

—Pero te irás y pronto te mandarán al colegio, Maggie —dijo Philip—. Y te olvidarás de mí y no te interesarás por mí nunca más. Y cuando te vea de mayor ni siquiera me saludarás.

—Oh, no. No te olvidaré, estoy segura dijo Maggie, negando con la cabeza muy seria—. Nunca se me olvida nada, y pienso en los demás cuan­do no están conmigo. Pienso en el pobre Yap, que tiene un bulto en la gar­ganta y Luke dice que se va a morir. Pero no se lo cuento a Tom porque se inquietaría muchísimo. No conoces a Yap: es un perrito muy raro y sólo Tom y yo lo queremos.

—¿Me querrías tanto a mi como a Yap, Maggie? —preguntó Philip con una sonrisa triste.

—Claro que sí —contestó Maggie con una carcajada.

Yo te aprecio mucho, Maggie; nunca te olvidaré—dijo Philip—. Y cuan­do me sienta desgraciado, pensaré siempre en ti y desearé tener una her­mana con unos ojos negros como los tuyos.

—¿Por qué te gustan mis ojos? —preguntó Maggie complacida. Sólo su padre hablaba de sus ojos como si tuvieran un mérito especial.

—No lo sé —contestó Philip—. No son como los demás. Parece como si quisieran hablar, como si quisieran decir cosas agradables. No me gusta que los demás me miren demasiado, pero me gusta que tú me mires. Maggie.

—Vaya, parece que me quieres más que Tom —dijo Maggie con cierta tristeza. Después, preguntándose cómo podía convencer a Philip de que lo apreciaba aunque fuera jorobado, dijo:

—¿Quieres que te dé un beso, como se los doy a Tom? Si quieres, te lo daré.

—Sí, me gustaría mucho: nadie me da besos.

Maggie le pasó un brazo alrededor del cuello y lo besó de todo corazón.

—Ya está. Y siempre te recordaré y te daré un beso cuando te vuelva a ver, aunque pase muchísimo tiempo. Pero ahora tengo que irme porque me parece que el doctor Askern ha terminado con el pie de Tom.

Cuando su padre fue a buscarla, Maggie le dijo:

—Oh, padre: Philip Wakem es tan bueno con Tom... es un chico muy listo y lo quiero mucho. Y Tom también lo quiere, ¿verdad? Di que lo quie­res —añadió suplicante.

Tom se sonrojó un poco al mirar a su padre.

—No seré amigo suyo cuando me vaya de aquí, padre; pero hemos hecho las paces, porque he tenido daño en el pie y me ha enseñado a jugar a las damas, y ahora soy capaz de ganarlo.

—Bueno, bueno dijo el señor Tulliver—. Si se porta bien contigo, inten­ta desagraviarlo y sé bueno con él. Es una pobre criatura cheposa y ha sali­do a su difunta madre. Pero no te hagas muy amigo de él: también lleva la sangre de su padre, y de tal palo, tal astilla.

Los caracteres opuestos de ambos chicos provocaron lo que no habría conseguido una simple reprobación del señor Tulliver: a pesar de la nueva amabilidad de Philip y del correspondiente agradecimiento de Tom en sus malos momentos, nunca fueron muy amigos. Cuando Maggie se fue y cuando Tom, poco a poco, empezó a caminar como siempre, la amistosa calidez que habían despertado la compasión y la gratitud fue muriendo y regresaron a su antigua relación. Philip se mostraba con frecuencia mal­humorado y despectivo: y las impresiones amables y concretas de Tom fue­ron fundiéndose en el antiguo clima de recelo y desagrado hacia aquel chico raro, jorobado e hijo de un granuja. Para que los hombres y los chi­cos se unan gracias al calor de sentimientos efímeros deben estar hechos de metales que puedan alearse: de no ser así, se separarán en cuanto el calor cese.



1   ...   15   16   17   18   19   20   21   22   ...   59


La base de datos está protegida por derechos de autor ©absta.info 2016
enviar mensaje

    Página principal