George Eliot El molino del Floss



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Capítulo V


La segunda visita de Maggie
La brecha entre los dos chicos tardó en cerrarse y durante un tiempo no se hablaron mas de lo necesario. La antipatía natural de sus temperamen­tos facilitaba el paso del resentimiento al odio y en Philip parecía haber empezado la transición: no era de carácter perverso, pero su susceptibili­dad lo hacía propenso a sentir repulsiones intensas. Podríamos aventurar­nos a afirmar, basándonos en la autoridad de un gran clásico, que el buey no acostumbra a utilizar los dientes como instrumentos de ataque; y Tom era un muchacho perfectamente bovino que atacaba con ingenuidad bovi­na; pero había herido a Philip en su punto más débil y le había causado un daño tan agudo como si hubiera estudiado el medio con la mayor pre­cisión y la maldad más venenosa. Tom no veía motivo para que no supe­raran esa pelea como tantas otras, comportándose como si no hubiera sucedido nada; porque, aunque nunca le había dicho que su padre fuera un granuja, esa idea había estado tan presente en la relación con su turbio compañero de estudios —el cual no le gustaba ni disgustaba— que su expre­sión en palabras no marcaba ningún hito para él. Y, además, tenía derecho a decirlo, ya que Philip lo había ofendido e insultado. No obstante, al ver que sus avances hacia la concordia no obtenían respuesta, adoptó de nuevo una actitud menos favorable hacia Philip y decidió no volverle a pedir ayuda para dibujar o realizar los ejercicios. Se comportaban con la corrección necesaria para que el señor Stelling, que habría aplastado enérgicamente esas tonterías, no advirtiera su enemistad.

Cuando llegó Maggie, sin embargo, ésta no pudo dejar de examinar con gran interés al nuevo compañero de estudios, aunque fuera el hijo de Wakem, el malvado abogado que tanto hacía enfadar a su padre. Maggie llegó durante las horas de clase y permaneció sentada mientras Philip estudiaba las lecciones con el señor Stelling. Unas semanas antes, Tom le había escrito que Philip sabía innumerables historias —pero no historias tontas, como ella— y, tras observarlo, se convenció de que tenía que ser un chico muy listo: esperaba que, cuando tuvieran oportunidad de hablarse, él también considerara que ella era lista. Además, Maggie sentía cierta ternura por las cosas deformes; prefería los corderitos con el cuello torcido porque le parecía que a los fuertes y bien hechos no les importaban las caricias, y le gustaba mimar a quienes apreciaban sus atenciones. Quería mucho a Tom, pero con frecuencia deseaba que valo­rara más su cariño.

—Creo que Philip Wakem parece un chico agradable, Tom —comentó cuando salieron juntos del estudio al jardín mientras esperaban la comi­da—. Él no ha escogido a su padre, ¿sabes? Y he leído casos de hombres muy malos que tuvieron hijos buenos y de padres buenos que tuvieron hijos malos. Y si Philip es bueno, creo que deberíamos compadecernos más todavía de él porque su padre no sea bueno. A ti te gusta, ¿no?

—Uf, es un chico raro —respondió Tom bruscamente—. Y está muy enfa­dado conmigo porque le dije que su padre era un granuja. Y yo tenía toda la razón al decírselo, porque es verdad; además, empezó él insultándome. Oye, ¿puedes quedarte aquí un momento, Maggie? Tengo algo que hacer arriba.

—¿Y no puedo subir? —preguntó Maggie, que en el primer día de reen­cuentro con Tom no quería separarse ni de su sombra.

—No, ya te lo contaré todo más tarde, pero ahora no —dijo Tom, aleján­dose a toda prisa.

Después de comer los chicos se dedicaron a sus libros en el estudio y prepararon las lecciones del día siguiente para tener libre el resto de la tarde en honor a la llegada de Maggie. Tom, inclinado sobre su gramática latina, movía los labios de modo inaudible, como un católico estricto pero impaciente repitiendo una retahíla de padrenuestros, mientras Philip, en el otro extremo de la sala, se dedicaba a dos volúmenes con una expresión de diligencia satisfecha que despertó la curiosidad de Maggie: no parecía que estuviera estudiando una lección. Maggie estaba sentada en un esca­bel, situado en ángulo recto respecto a ambos chicos y los contemplaba alternativamente. En una ocasión, Philip levantó la vista de su libro en dirección a la chimenea y sus ojos se cruzaron con unos ojos negros e interrogantes clavados en él. Pensó que la hermanita de Tulliver parecía una niña agradable, no como su hermano: le habría gustado tener una her­mana pequeña. Se preguntó por qué los ojos de Maggie le recordaban esos cuentos de princesas convertidas en animales... Probablemente se debía a que eran ojos llenos de una inteligencia insatisfecha y un insatis­fecho e implorante deseo de afecto.

—Oye, Maggie —dijo Tom finalmente, cerrando los libros y apartándolos con la energía y decisión de un maestro en el arte de «terminar el traba­jo»—. Ya estoy listo. Ven arriba conmigo.

—¿Para qué? —preguntó Maggie cuando cerraron la puerta a sus espal­das. Recordaba la anterior visita de Tom al piso de arriba y empezaba a sos­pechar algo—. ¿Vas a gastarme una broma?

—No, no, Maggie —dijo Tom en el tono más persuasivo que pudo—. Es algo que te gustará mucho.

Le pasó un brazo por el cuello y ella le rodeó la cintura con el suyo, y enlazados de este modo subieron las escaleras.

—Maggie: no debes contárselo a nadie —advirtió Tom—: si lo haces, me castigarán con cincuenta líneas.

—¿Está vivo? —preguntó Maggie, pensando que tal vez Tom guardara un hurón a escondidas.

—Oh, no voy a decírtelo —dijo él—. Vete al rincón y tápate la cara mien­tras lo busco —añadió, mientras cerraba a su espalda la puerta del dormi­torio—. Ya te diré cuándo puedes darte la vuelta. No debes gritar.

—Oye, si me asustas, gritaré —anunció Maggie, adoptando un aire muy serio.

—No te asustarás, tonta —insistió Tom—. Tápate la cara y que no se te ocu­rra mirar a hurtadillas.

—Claro que no miraré a hurtadillas —dijo Maggie con desdén: enterró la cabeza en la almohada como una persona de palabra.

Tom miró a su alrededor con aire receloso mientras se dirigía hacia el armario; entró en el reducido espacio y casi cerró la puerta tras él. Maggie mantuvo la cabeza enterrada sin ayuda de ningún principio, ya que en aquella postura tan propicia a las ensoñaciones no tardó en olvidar dónde estaba y sus pensamientos derivaron hacia aquel pobre chico deforme y tan inteligente, hasta que Tom la llamó:

—¡Mira ahora, Maggie!

Tan sólo una larga reflexión y una estudiada disposición de los efectos podía haber permitido a Tom presentar una imagen tan sorprendente ante Maggie cuando ésta alzó los ojos. Disgustado con el aspecto pacífico de un rostro en el que apenas se insinuaban unas cejas rubísimas sobre unos afables ojos de color gris azulado y unas mejillas redondas y sonrosa­das que se negaban a adoptar un aspecto formidable, por mucho que frunciera el ceño delante del espejo (en una ocasión, Philip le había habla­do de un hombre con el ceño en forma de herradura, y Tom había inten­tado conseguirlo por todos los medios), había tenido que apelar al infali­ble recurso de un trozo de corcho quemado y se había pintado unas cejas negras que se unían satisfactoriamente sobre la nariz, acompañadas de una barbilla emborronada con menor precisión. Se había atado un pañue­lo rojo sobre la gorra a modo de turbante y llevaba la bufanda roja cruza­da sobre el pecho como una banda: tanto color rojo, sumado al tremendo ceño y la decisión con que sostenía el sable con la punta apoyada en el suelo bastaban para trasmitir una idea aproximada de su fiero y sanguina­rio talante.

Durante un momento Maggie pareció desconcertada y Tom disfrutó intensamente de aquellos instantes; pero acto seguido la niña se echó a reír con una palmada.

—¡Oh, Tom! Estás igual que Barba Azul en aquella obra de teatro. Parecía evidente que la presencia del sable no le había provocado temor alguno: estaba enfundado. Aquella mente frívola necesitaba un estímulo más poderoso para advertir cosas terribles, y Tom se preparó para dar el golpe maestro. Frunciendo el ceño con más empeño que efecto, desen­vainó cuidadosamente el sable y lo extendió hacia Maggie.

—¡Oh, Tom, por favor! ¡No hagas eso! —exclamó Maggie en tono de temor contenido, encogiéndose en el rincón opuesto de la habitación—. ¡Voy a gritar! ¡Te lo aseguro! ¡Ojalá no hubiera subido!

Las comisuras de los labios de Tom mostraron cierta tendencia a una sonrisa de satisfacción que éste contuvo de inmediato por impropia de la severidad de un gran soldado. Dejó la vaina en el suelo lentamente, para que no hiciera demasiado ruido:

—¡Soy el duque de Wellington! ¡Marchen! —anunció con aire muy serio mientras daba un paso al frente con la pierna derecha un poco flexiona­da, sin dejar de apuntar a Maggie con el sable. Ésta, temblorosa y con los ojos llenos de lágrimas, subió a la cama como último recurso para ensan­char el espacio que los separaba.

Tom, feliz por ejecutar su representación militar en público, aunque éste sólo estuviera integrado por Maggie, aplicó todas sus fuerzas a una demostración de cómo asestaba tajos y mandobles, tal como sin duda era de esperar en el duque de Wellington.

—¡Tom: no quiero verlo! ¡Voy a gritar! —exclamó Maggie en cuanto se movió el sable—. ¡Vas hacerte daño! ¡Te vas a cortar la cabeza!

—Uno, dos —dijo Tom con decisión, aunque en el «dos» le temblaba ya un poco el pulso—. Tres —dijo ya mas lentamente, y entonces el sable des­cribió un giro hacia el suelo. Maggie soltó un grito agudo. El sable había caído con el filo sobre el pie de Tom: a los pocos instantes, Tom también caía. Maggie saltó de la cama sin dejar de gritar e inmediatamente se oyó el rumor de pasos presurosos hacia la habitación. El señor Stelling, proce­dente de su estudio, situado en aquel mismo piso, fue el primero en entrar. Encontró a los dos niños en el suelo. Tom se había desmayado y Maggie lo sacudía sujetándolo por la solapa de la chaqueta, gritando, con los ojos despavoridos. ¡La pobrecita creía que había muerto y lo sacudía como si con ello pudiera resucitarlo! Al minuto siguiente sollozaba de alegría por­que Tom había abierto los ojos: todavía no le entristecía que se hubiera herido en el pie, tan feliz se sentía de que estuviera vivo.



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