George Eliot El molino del Floss



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Capítulo IV


La joven idea16
La alternancia de sentimientos de este primer diálogo entre Tom y Philip se mantuvo en sus relaciones, incluso tras varias semanas de convivencia escolar. Tom no olvidaba que, en tanto que hijo de un «bribón», Philip era su enemigo natural, y nunca superó por completo la repulsión que le ins­piraba su deformidad: Tom se aferraba tenazmente a las impresiones reci­bidas: tal como sucede a las personas en las que la simple percepción pre­domina sobre el pensamiento y la emoción, lo externo se impuso de modo definitivo. Y, sin embargo, le resultaba imposible no apreciar la compañía de Philip cuando éste se encontraba de buen humor: era una gran ayuda para los ejercicios de latín, que Tom consideraba como una especie de acertijo que sólo se podía resolver gracias a un afortunado azar; y podía contarle fantásticas historias de combates sobre Hal del Wynd17, por ejem­plo, y otros héroes que Tom tenía en gran aprecio porque la emprendían a mamporros con todos. No estimaba mucho a Saladino, cuya cimitarra podía partir en dos un almohadón en un instante, porque ¿a quién se le ocurría partir almohadones? Era una historia tonta y no tenía el menor interés en volver a oírla. Pero cuando Robert Bruce, montado en el poni negro, se ponía en pie sobre los estribos y alzaba su hacha de guerra para partir en dos el yelmo y el cráneo del demasiado apresurado caballero en Bannockburn, entonces Tom se identificaba plenamente y, si hubiera teni­do un coco a mano, lo habría partido de inmediato con el atizador de la chimenea. Cuando Philip estaba de buenas, daba gusto a Tom en la medi­da de sus posibilidades y describía los golpes y la furia de los combates con toda la artillería de epítetos y símiles a su alcance. Pero no siempre estaba contento o de buen humor. Los arrebatos de mal humor o de irritada sus­ceptibilidad que mostró en el primer encuentro eran síntoma de un tras­torno recurrente debido en parte a cierta irritabilidad nerviosa y en parte a la amargura que le producía su deformidad. Cuando era presa de uno de esos ataques de susceptibilidad, cada mirada le parecía cargada de pie­dad ofensiva o de rechazo mal reprimido, aunque sólo fuera de indife­rencia pero Philip la sentía como un niño del sur recibe el helado aire de una primavera septentrional. La torpe actitud protectora que adoptaba el pobre Tom cuando se encontraban en el exterior hacía que algunas veces Philip se volviera con violencia contra el bienintencionado muchacho y que sus ojos, por lo general tristes y tranquilos, relampaguearan. No es de extrañar que Tom se mostrara receloso con el jorobado.

No obstante, la habilidad autodidacta de Philip para el dibujo constituía otro nexo de unión entre ambos: porque Tom se había encontrado, ante su disgusto, con que su nuevo profesor de dibujo no le daba perros ni burros como modelos, sino arroyos, puentes rústicos y ruinas con suaves sombras a lápiz que sugerían una naturaleza satinada; y puesto que el inte­rés de Tom por lo pintoresco en el paisaje se encontraba todavía latente, no es de extrañar que las producciones del señor Goodrich le parecieran una forma de arte poco interesante. Dado que el señor Tulliver tenía la imprecisa intención de que Tom se dedicara a algún trabajo relacionado con el dibujo de planos y mapas, cuando había visto al señor Riley en Mudport se había lamentado de que Tom no estuviera aprendiendo nada de eso, por lo cual el atento consejero sugirió que Tom recibiera clases de dibujo. Al señor Tulliver no debía importarle pagar un poco más: si Tom se convertía en un buen dibujante, sería capaz de utilizar el lápiz con cual­quier propósito. De modo que se ordenó que Tom recibiera clases de dibujo, ¿y a quién mejor que el señor Goodrich, considerado el más des­tacado de su profesión en doce millas a la redonda de King's Lorton, podía haber escogido el señor Stelling como maestro? Gracias a él, Tom aprendió a afilar muchísimo el lápiz y a representar un paisaje «en líneas generales», lo que, sin duda, debido a su afición por los detalles, encon­traba tremendamente aburrido.



Recordará el lector que todo esto sucedía en aquellas épocas oscuras en que no existían academias de dibujo, antes de que los maestros de escue­la fueran invariablemente hombres de integridad escrupulosa y antes de que los clérigos fueran todos hombres de mente abierta y varia cultura. En aquellos días menos favorecidos, es bien cierto que existían algunos cléri­gos de escasa inteligencia y grandes ambiciones, cuyos ingresos —por una lógica confusión de la que la diosa Fortuna, siendo a un tiempo mujer y llevando los ojos vendados, es especialmente responsable— no guardaban proporción con sus necesidades sino con su inteligencia, con la que los ingresos carecen de todo vínculo inherente. Aquellos caballeros debían resolver el problema de adaptar la proporción entre sus necesidades y sus rentas; y puesto que no es fácil aniquilar las necesidades, parecía más sen­cillo incrementar los ingresos. Sólo había un modo de hacerlo: todas las ocupaciones bajas en las que los hombres se ven obligados a realizar un buen trabajo por un bajo precio estaban prohibidas a los clérigos; ¿era culpa suya si no tenían otro recurso que cobrar muy caro un mal trabajo? Además, ¿cómo podía esperarse que el señor Stelling supiera que la tarea de educar era delicada y difícil? No tenía de ello mayor idea de la que podría poseer sobre técnicas de excavación un animal con capacidad de taladrar la roca. Las facultades del señor Stelling se habían formado, desde muy pronto, para cavar en línea recta, y tampoco andaba muy sobrado de. ellas. Sin embargo, entre los contemporáneos de Tom cuyos padres envia­ban a sus hijos a estudiar con un clérigo y, pasado el tiempo, advertían su ignorancia, muchos eran menos afortunados que Tom Tulliver. En aque­lla época lejana, la educación era casi siempre cuestión de suerte —de mala suerte—. La disposición con que se toma un taco de billar o una caja de dados es de sobria certeza comparada con la de los padres de otros tiem­pos, como el señor Tulliver, cuando escogían un colegio o un tutor para sus hijos. Aquellos hombres excelentes, que se habían visto obligados a escribir durante toda su vida de acuerdo con un sistema fonético improvi­sado y, a pesar de esta desventaja, habían conseguido tener éxito en los negocios y ganar el dinero suficiente para dar a sus hijos un mejor punto de partida en la vida, debían arriesgarse en lo que respectaba a la con­ciencia y la competencia del maestro cuya carta circular caía en sus manos Y parecía prometer mucho más de lo que se les habría ocurrido nunca pedir, incluida la devolución de la ropa blanca, la cuchara y el tenedor. Tenían suerte si conocían a algún pañero ambicioso que no hubiera dedi­cado su hijo a la Iglesia y este joven caballero, a la edad de veinticuatro años, no hubiera puesto fin a sus disipaciones estudiantiles mediante un matrimonio imprudente; de no ser así, estos padres inocentes, deseosos de conseguir lo mejor para sus hijos, sólo podían escapar del hijo del pañero Participando en la fundación de un colegio por el que no hubieran pasado todavía los inspectores, donde dos o tres chicos podían disfrutar para ellos solos de las ventajas de un gran edificio de altos techos, de un direc­tor desdentado, cegato y sordo, cuyo erudito desorden y desinterés recompensaban con trescientas libras por cabeza; sin duda, se contrataba a un profesor maduro, pero toda madurez tiende a degenerar hacia un estado menos apreciado en el mercado.

Así pues, Tom Tulliver, comparado con muchos otros jóvenes británicos de su época que han tenido que abrirse paso en la vida con algunos frag­mentos de conocimientos más o menos relevantes y una ignorancia noto­ria, no resultaba muy desafortunado. El señor Stelling era un hombre salu­dable y de ancho pecho con el porte de un caballero, la convicción de que un chico en edad de crecer necesita carne suficiente y con cierta amabili­dad campechana que le hacían desear ver a Tom con buen aspecto y buen apetito: no era hombre de conciencia refinada ni profundo conocimiento de los infinitos asuntos que afectaban a su quehacer cotidiano; no era muy competente en su tarea, pero los caballeros incompetentes también tienen derecho a vivir y, si no poseen una fortuna personal, resulta difícil saber cómo podrían sobrevivir dignamente si no se vincularan a la educación o al gobierno. Por otra parte, la constitución mental de Tom tenía la culpa de que sus facultades no pudieran alimentarse con el tipo de conocimien­to que el señor Stelling podía transmitirle. Un chico nacido con una capa­cidad deficiente para asimilar signos y abstracciones debe sufrir el castigo de esta deficiencia congénita, igual que si hubiera nacido con una pierna mas larga que otra; un método de educación sancionado por la larga prác­tica de nuestros venerables antecesores no debía ceder ante la excepcional cortedad de un chico que se limitaba a vivir en el presente. Y el señor Stelling estaba convencido de que un chico tan tonto para los signos y abs­tracciones tenía que serlo forzosamente para todo lo demás, suponiendo que aquel reverendo caballero hubiera podido enseñarle algo más. Nuestros venerables antecesores acostumbraban a aplicar un ingenioso instrumento llamado empulguera que apretaba y apretaba los pulgares para obtener lo que no existía: partían de la convicción de su existencia, ¿y qué otra cosa podían hacer que apretar la empulguera? De la misma manera, el señor Stelling creía firmemente que todos los chicos con algu­na capacidad podían aprender la única cosa que debía enseñarse; si eran algo lerdos, no quedaba más remedio que apretar la empulguera e insistir con mayor severidad en los ejercicios y castigar con una página de Virgilio para fomentar y estimular una inclinación demasiado tibia por el verso latino.

Sin embargo, durante este segundo semestre se relajó un poco la empulguera. Philip era tan listo y estaba tan avanzado en sus estudios que el señor Stelling podía alimentar su reputación con mayor facilidad gracias a su inteligencia, necesitada de escasa ayuda, que mediante el complicado proceso necesario para vencer la torpeza de Tom. Los caballeros de amplio pecho y ambiciosas intenciones algunas veces decepcionan a sus amigos y fracasan en su deseo de ascenso social: tal vez los altos logros exi­jan algún mérito inusual y no baste el inusual deseo de altas recompensas; o tal vez se deba a que estos fornidos caballeros resultan bastante indolen­tes y su divinae particulam aurae18 está lastrada por un apetito excesivo. Por un motivo u otro, el señor Stelling retrasaba la ejecución de varios briosos proyectos y no abordaba en sus horas libres la edición de la obra griega o cualquier otro trabajo erudito; en cambio, tras encerrarse con llave en su estudio privado con gran decisión, se sentaba a leer alguna de las novelas de Theodore Hook19. Tom pudo ir pasando por las lecciones con menos rigor y, puesto que Philip lo ayudaba, conseguía aparentar ciertos confu­sos conocimientos sin que ningún interrogatorio revelara que su mente se mantenía al margen de todo aquello. Tras este cambio de circunstancias, la escuela le parecía mucho más soportable; y siguió adelante razonable­mente satisfecho, adquiriendo una educación deslavazada, sobre todo a partir de cosas que no se consideraban parte de su formación. Su educa­ción consistía, en realidad, en leer, redactar y escribir sin faltas de orto­grafía mediante la elaborada aplicación de ideas ininteligibles y repetidos fracasos en su esfuerzo por aprender las cosas de memoria.

Con todo, gracias a esta formación se produjo en Tom una mejoría visi­ble; tal vez porque no era un muchacho abstracto cuya existencia se debie­ra a la mera necesidad de ilustrar los males de una educación equivocada, sino un chico de carne y hueso con aptitudes no del todo a merced de las circunstancias.

Por ejemplo, mejoró mucho su porte, y parte de este logro se debió al señor Poulter, el maestro del pueblo que debido a su condición de anti­guo soldado en la guerra librada en la Península Ibérica fue contratado para la instrucción física de Tom, fuente de placer para ambos. Entre los parroquianos de The Black Swan se decía que en otros tiempos causaba terror en los corazones franceses, pero ya no era un individuo formida­ble. Algo encogido, su pulso temblaba por las mañanas, aunque no por la edad sino debido a la perversidad extrema de los chicos de King's Lorton, que sólo podía soportar con ayuda de la ginebra. Con todo, caminaba erguido con aire marcial, llevaba la ropa cuidadosamente cepillada, los pantalones sujetos al pie con firmeza y las tardes de los miércoles y los sábados, cuando acudía a dar clase a Tom, se encontraba siempre inspi­rado por la ginebra y los viejos recuerdos, lo que le daba un aire excep­cionalmente brioso, como un viejo caballo de batalla al oír un tambor. La instrucción física terminaba siempre con episodios de narrativa bélica mucho más interesantes para Tom que las historias de la Ilíada que le con­taba Philip; en la Ilíada no salía ningún cañón y, además, a Tom le había fastidiado enterarse de que tal vez Héctor y Aquiles no habían existido. Pero el duque de Wellington estaba vivo y no hacía mucho de la muerte de Bonaparte, por lo que no podía sospecharse que los recuerdos del señor Poulter sobre la guerra de la Península fueran míticos. Al parecer, el señor Poulter había destacado en Talavera y contribuido en gran medi­da al terror que aquel regimiento de infantería inspiraba en el enemigo. Las tardes en que su memoria estaba más estimulada que de costumbre, recordaba que el duque de Wellington había manifestado su estima por aquel buen muchacho llamado Poulter (eso sí, en la más estricta intimi­dad, no fuera a despertar envidias). El mismo cirujano que lo atendió en el hospital cuando recibió una herida de bala quedó profundamente impresionado por la superioridad de la carne del señor Poulter: ninguna otra sanaba con rapidez semejante. Respecto a temas más personales que la guerra en que había participado, el señor Poulter se mostraba más dis­creto y se esforzaba en no dar el peso de su autoridad a ideas erróneas relacionadas con la historia militar. Cuando alguien pretendía conocer lo ocurrido en el sitio de Badajoz, el señor Poulter callaba piadosamente: le habría gustado que hubieran arrollado a aquel bocazas nada más empe­zar, tal como le había pasado a él, ¡entonces sí que habría podido hablar del sitio de Badajoz Incluso Tom lo irritaba algunas veces con su curiosi­dad por otros asuntos militares no relacionados directamente con su experiencia personal.

—¿Y el general Wolfe, señor Poulter? ¿Era un gran soldado, verdad? —preguntaba Tom, que tenía la idea de que todos los héroes militares conmemorados en las enseñas de las tabernas habían luchado contra Bonaparte.

—¡En asoluto! —exclamaba Poulter con desprecio—. ¡Ni por asomo!... ¡La cabeza bien alta! —añadía en un tono de mando que encantaba a Tom y lo hacía sentirse como si él solo fuera todo un regimiento—. ¡No, no! —Conti­nuaba el señor Poulter cuando se producía una pausa en la disciplina—. Es mejor que no me hable del general Wolfe. No hizo otra cosa que morirse por su herida: no es una gran ación, digo yo. Cualquier otro s’habría muer­to con mis heridas... Cualquiera de los mandobles que recibí habría matao a un tipo como el general Wolfe.

—Señor Poulter —decía Tom en cuanto oía mencionar el sable—. ¡Me gus­taría que trajera el sable e hiciéramos ejercicios!

Durante mucho tiempo, el señor Poulter se limitó a negar con la cabe­za ante la petición y sonreír con aire de suficiencia, como podría haber hecho Júpiter ante las demandas demasiado ambiciosas de Semele. Pero una tarde, después de que un repentino chaparrón retuviera al señor Poulter durante veinte minutos más de lo habitual en The Black Swan, trajo consigo el sable sólo para que Tom lo viera.

—¿Y esta es la verdadera espada con la que combatió en todas esas batallas, señor Poulter? —preguntó Tom, sosteniéndola por la empuñadura—. ¿Le ha cortado la cabeza a algún francés?

—¿La cabeza? Y hasta tres hubiera cortado si los franceses las tuvieran.

—Pero, además, ¿tenía un fusil y una bayoneta? —preguntó Tom—. Me gustan más el fusil y la bayoneta, porque puedes disparar primero al ene­migo y atravesarlo después. ¡Bum! ¡Zas! —Tom representó la pantomima necesaria para indicar la doble diversión de apretar el gatillo y propinar una estocada.

—¡Ah! Pero el sable es lo más adecuado cuando se combate cuerpo a cuerpo —contestó el señor Poulter, cediendo involuntariamente al entu­siasmo de Tom y desenvainando el sable tan repentinamente que Tom retrocedió de un ágil salto.

—¡Oh, señor Poulter! Si va a hacer ejercicios con el sable —dijo Tom, consciente de que no se había mantenido impasible en su puesto, como correspondía a un caballero inglés—, deje que vaya a buscar a Philip. Le gustará verlo.

—¡Cómo! ¿Al muchacho jorobado? —exclamó Poulter con desdén—. ¿Y de qué le servirá mirar?

—¡Oh, sabe mucho de luchas! —dijo Tom—. Y de cómo se combatía con arcos y flechas y hachas de guerra.

—Pues que venga, le enseñaré algo distinto de los arcos y las flechas —dijo el señor Poulter, tosiendo e irguiéndose mientras empezaba a mover la muñeca.

Tom corrió a buscar a Philip, que disfrutaba de la tarde de asueto ante el piano del salón, sacando canciones de oído y cantándolas después. Se sentía inmensamente feliz, posado como un amasijo amorfo en la alta ban­queta, con la cabeza echada hacia atrás, los ojos clavados en la cornisa que tenía enfrente y la boca abierta con los labios hacia delante, entregado en cuerpo y alma a improvisar unas sílabas sobre una melodía de Arne que le había venido a la cabeza.

—¡Ven, Philip! —exclamó Tom entrando precipitadamente—. No te que­des ahí bramando la-la-la. ¡Ven a ver cómo el viejo Poulter hace ejercicios con el sable en la cochera!

La estridencia de esta interrupción, la disonancia de los tonos de Tom a través de las notas con las que Philip vibraba en cuerpo y alma habrían bastado para desencadenar su mal genio, aunque no se hubiera tratado de Poulter, el entrenador. Y Tom, en su prisa por encontrar algo que decir para evitar que el señor Poulter pensara que tenía miedo del sable cuan­do se había apartado de un brinco, se había entusiasmado con la idea de ir a buscar a Philip, aunque sabía de sobra que éste no soportaba siquiera la mención de las clases. Nunca habría hecho nada tan desconsiderado si no se hubiera visto empujado por el orgullo.

Philip se estremeció visiblemente y dejó de tocar. Sonrojándose, dijo con violenta pasión:

—¡Vete de aquí, idiota! ¡No me vengas con esos berridos: sólo sirves para hablar con las bestias de tiro!

No era la primera vez que Tom irritaba a Philip, pero éste nunca lo había atacado con armas verbales que comprendiera tan bien.

—¡Sirvo para hablar con cualquiera mejor que tú, imbécil! —exclamó Tom, inflamándose de inmediato bajo el fuego de Philip— ¡Sabes que no voy a pegarte porque eres tan débil como una niña, pero yo soy hijo de un hombre honrado y, en cambio, tu padre es un granuja! ¡Todo el mundo lo dice!

Tom, salió de la habitación dando un portazo, extrañamente osado debi­do al enfado; cerrar las puertas de golpe cerca de la señora Stelling, que probablemente no se encontraba muy lejos, constituía una infracción cas­tigada con veinte líneas de Virgilio. De hecho, la señora en cuestión des­cendía en aquel momento de su dormitorio, doblemente intrigada por el ruido y la interrupción de la música de Philip. Lo encontró sentado en el taburete, llorando amargamente.

—¿Qué pasa, Wakem? ¿A qué se ha debido este ruido? ¿Quién ha dado un portazo?

Philip alzó los ojos y se los secó apresuradamente.

—Ha sido Tulliver, que ha entrado... para pedirme que fuera con él.

—¿Y cuál es el problema? —preguntó la señora Stelling.

Philip no era su pupilo favorito: era menos servicial que Tom, el cual resultaba útil en muchos aspectos. En cambio, su padre pagaba más que el señor Tulliver y la señora Stelling quería que se convencieran de que se comportaba con él extraordinariamente bien. Sin embargo, Philip acogía sus gestos de aproximación de la misma manera que un molusco recibiría las caricias destinadas a convencerlo de que saliera de la concha. La seño­ra Stelling no era una mujer tierna y cariñosa: mientras se interesaba por el bienestar de los demás se ocupaba de que le cayera bien la falda, se ajus­taba la cintura y se palpaba los rizos con aire preocupado; sin duda, estos gestos describen una gran capacidad para las relaciones sociales, pero no para el amor y sólo éste podría sacar a Philip de su reserva.

—Otra vez me duelen las muelas —dijo éste, en respuesta a su pregunta­— me ha hecho perder la calma.

Así había sucedido en otra ocasión, y Philip se alegraba de haberse acor­dado a tiempo: era como una inspiración que le permitía justificar las lágrimas. Tuvo que aceptar el agua de colonia y rechazó la creosota sin mayor dificultad.

Entre tanto, Tom, que por primera vez había lanzado una flecha enve­nenada al corazón de Philip, había regresado a la cochera, donde encon­tró al señor Poulter con expresión seria y petrificada, ofreciendo inútil­mente las perfecciones de sus ejercicios con el sable a las ratas, tal vez atentas pero sin duda incapaces de apreciar su talento. No obstante, el señor Poulter era él mismo toda una hueste; es decir, se admiraba más de lo que lo habría hecho todo un ejército de espectadores. No advirtió el regreso de Tom, ya que estaba demasiado absorto en asestar tajos y mandobles —con solemnidad: uno, dos, tres, cuatro— y Tom, no sin una leve sensación de alar­ma ante la mirada fija de Poulter y el ávido sable que parecía deseoso de hen­der algo más que el aire, admiró el espectáculo desde tan lejos como pudo. Hasta que el señor Poulter se detuvo y se secó el sudor de la frente, Tom no sintió todo el encanto del ejercicio y deseó que lo repitiera.

—Señor Poulter —rogó Tom cuando por fin éste envainó el sable—, me gustaría que me dejara el sable durante unos días.

—No, no, caballero —contestó el señor Poulter, moviendo la cabeza con firmeza—. Podría cometer con él alguna travesura.

—No, le aseguro que no. Tendré cuidado y no me haré daño. No lo desenvainaré mucho, pero podré rendir armas y todo eso.

—No, no. L’aseguro que no pienso dejárselo —contestó el señor Poulter, disponiéndose a marchar—. ¿Qué me diría el señor Stelling?

—¡Por favor, déjemelo, señor Poulter! Si me permite que lo tenga duran­te una semana le daré una moneda de cinco chelines. ¡Mire! —insistió Tom, tendiéndole la atractiva moneda de plata. El jovenzuelo calculó el efecto causado con tanta exactitud como si fuera un filósofo.

—Bueno —dijo el señor Poulter con aire más grave todavía—. Deberá mantenerlo guardao, ya lo sabe.

—¡Oh, sí! Lo guardaré bajo la cama —dijo Tom con entusiasmo— o bien en el fondo del baúl.

—Y veamos ahora si puede desenvainarlo sin hacerse daño.

Tras repetir varias veces el proceso, el señor Poulter se convenció de que había actuado con cuidadosa escrupulosidad.

—Bien, señor Tulliver —dijo—: si acepto la moneda es para asegurarme de que no hará nada malo con el sable.

—Desde luego, señor Poulter ——contestó Tom, tendiéndole encantado la moneda de una corona y tomando el sable que, en su opinión, habría sido más manejable si fuera más ligero.

—¿Y si el señor Stelling lo sorprende mientras lo mete en la casa? —preguntó el señor Poulter, embolsándose provisionalmente la corona mien­tras planteaba esa nueva duda.

—Oh, los sábados por la tarde siempre está en su estudio del piso de arri­ba —contestó Tom, al que no gustaba actuar a escondidas, pero no desde­ñaba emplear una pequeña estratagema por una causa justa. De manera que, con una mezcla de triunfo y temor a encontrarse con el señor o la señora Stelling, se llevó el sable a su habitación donde, tras algunas dudas, lo escondió en el armario, detrás de la ropa colgada. Aquella noche se dur­mió pensando en que sorprendería a Maggie cuando fuera de visita: se lo ataría a la cintura con la bufanda roja y la convencería de que era suyo e iba a ser soldado. Sólo Maggie era lo bastante tonta como para creérselo, y sólo se atrevía a contárselo a ella. Y Maggie, efectivamente, iría a verlo la semana siguiente, antes de que la enviaran a un internado con su prima Lucy.

Si consideras, lector, que un niño de trece años no debería comportar­se de modo tan infantil, debes de ser un hombre muy sabio que, aunque entregado a una vocación civil que exige un aspecto más anodino que for­midable, desde que te creció la barba nunca has posado con actitud mar­cial y ceñuda ante un espejo. Cabe preguntarse si nuestros soldados segui­rían existiendo si no hubiera personas pacíficas que, desde su casa, se ima­ginan soldados. La guerra, como otros espectáculos dramáticos, tal vez desaparecería si careciera de público.



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