George Eliot El molino del Floss



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Capítulo III


El nuevo compañero de estudios
Un húmedo y frío día de enero, Tom regresó a sus estudios: el día estaba en consonancia con aquella severa fase de su destino. Si no hubiese lleva­do en una bolsa un paquete de azúcar cande y una pequeña muñeca arti­culada de madera para Laurita, ninguna perspectiva de ilusión habría animado tanta tristeza. Pero le gustaba pensar que Laura extendería las manitas y avanzaría los labios para recibir trocitos de azúcar cande, y, para íntensificar estos placeres imaginarios, sacó él paquete, hizo un agujerito en el papel y mordió un par de cristalitos, lo que tuvo un efecto tan recon­fortante en el reducido espacio con olor a humedad situado bajo la capo­ta de la calesa que repitió más de una vez el proceso durante el camino.

—Bien, Tulliver: nos alegramos de volverlo a ver —saludó el señor Stelling efusivamente—. Quítese las prendas de abrigo y entre en el estudio hasta la hora de cenar. Allí encontrará un buen fuego y a un compañero nuevo.

Tom sintió una molesta inquietud cuando se quitó la bufanda de lana y demás abrigo. Había visto a Philip Wakem en Saint Ogg's, pero siempre había apartado la mirada tan rápidamente como había podido. Le habría molestado tener como compañero a un chico deforme aunque Philip no hubiera sido hijo de un mal hombre. Y Tom tenía la sensación de que el hijo de un mal hombre no podía ser muy buena persona. Su padre, por ejemplo, era un hombre bueno y no habría vacilado en pelear con quien se atreviera a afirmar lo contrario. Siguió al señor Stelling al estudio sumi­do en una mezcla de turbación y desafío.

—Tulliver, estreche la mano a su nuevo compañero —dijo el caballero al entrar en el estudio—, el señor Wakem. Los dejo para que vayan conocién­dose. Supongo que ya saben algo el uno del otro, puesto que proceden del mismo lugar.



Tom se sintió confuso y torpe mientras Philip se ponía en pie y le lan­zaba una mirada tímida. No le apetecía adelantarse y tenderle la mano, y no estaba dispuesto a decir: «Hola, ¿cómo está usted?» de buenas a pri­meras.

El señor Stelling dio media vuelta y cerró la puerta tras de sí prudentemente: la timidez de los muchachos desaparece con la ausencia de los mayores.

Philip era demasiado orgulloso y demasiado tímido para caminar hasta Tom. Advirtió o, para ser más exactos, sintió, que Tom tenía aversión a mirarlo: a casi todo el mundo le disgustaba hacerlo; además, cuando anda­ba, su deformidad resultaba más notoria. De modo que no se estrecharon la mano y ni siquiera hablaron; Tom se aproximó al fuego para calentarse y, de vez en cuando, lanzaba miradas furtivas a Philip, que parecía absorto en el dibujo de un objeto tras otro en el trozo de papel que tenía delante. Había vuelto a sentarse y, mientras dibujaba, pensaba en qué podría decir a Tom e intentaba vencer la repugnancia a dar el primer paso.

Tom empezó a mirar cada vez más y durante más tiempo el rostro de Philip, porque podía examinarlo sin ver la joroba, y no le pareció una cara desagradable: era mayor, y se preguntó cuántos años tendría más que él. Un experto en anatomía —o incluso bastaría un fisonomista— habría repa­rado en que la deformidad de la columna de Philip no era congénita, sino resultado de un accidente en la infancia; pero no se podía esperar de Tom la capacidad de distinguir semejante cosa: para él, Philip era simplemente un jorobado. Tenía una vaga idea de que la deformidad del hijo de Wakem guardaba alguna relación con la sinvergonzonería del abogado, de la que había oído hablar con tanta frecuencia a su padre con acalorado énfasis; y sentía también cierto temor de que fuera un individuo resentido que, al no ser capaz de luchar abiertamente, empleara modos encubiertos para hacer daño. En el vecindario de la academia del señor Jacobs había un sas­tre jorobado al que se consideraba un personaje desagradable; los chicos más preocupados por el bien común corrían tras él abucheándolo con el mero pretexto de sus cualidades morales insatisfactorias; de modo que Tom no carecía de modelo por el que guiarse. Sin embargo, el rostro de aquel chico triste no podía ser más distinto que el del feo sastre, si bien Tom consideró lastimoso que el cabello castaño que lo enmarcaba se ondulara y rizara en las puntas como el de una muchacha. Aquel Wakem era un sujeto pálido y raquítico y resultaba evidente que no sería capaz de jugar a nada digno de mención; sin embargo, manejaba el lápiz de modo envidiable y, por lo que parecía, dibujaba sin gran dificultad. ¿Qué estaría retratando? Tom había entrado ya en calor y deseaba que sucediera algo nuevo. Sin duda, resultaba más agradable tener como compañero a un jorobado malhumorado que mirar la lluvia por la ventana y dar patadas al zócalo de madera en total soledad; tal vez sucediera algo —«una pelea o algo»—, y Tom pensó que le gustaría dejar bien claro a Philip que ni se le ocurriera gastarle bromas maliciosas. De repente, avanzó por delante del hogar y miró hacia el papel de Philip.

—¡Caramba! ¡Si eso es un burro con serones, y un perro, y perdices en un trigal! —exclamó, pues la admiración le había soltado la lengua—. ¡Atiza! ¡Me encantaría dibujar así! Voy a aprender a dibujar este semestre, me pre­gunto si podré aprender a pintar perros y burros.

—Oh, puedes dibujarlos sin aprender —contestó Philip—. A mí nadie me ha enseñado.

—¿Nadie te ha enseñado? —preguntó Tom, desconcertado—. ¡Vaya! Cuando pinto perros, caballos y cosas de ésas, las cabezas y las patas me salen mal, aunque sé muy bien cómo deberían ser. Sé dibujar casas y todo tipo de chimeneas: de las que están pegadas a la pared, ventanas en el teja­do y cosas de esas. De todos modos, seguro que podría dibujar perros y caballos si lo intentara de nuevo —añadió, pensando que Philip podría suponer erróneamente que se daba por vencido si se mostraba demasiado sincero en relación con la imperfección de sus logros.

—¡Oh, claro que sí! —contestó Philip—. Es muy fácil. Sólo tienes que mirar bien las cosas y dibujarlas una y otra vez. Lo que te salga mal una vez, lo cambias a la siguiente.

—¿Seguro que no te han enseñado nada de nada? —preguntó Tom desconcertado, empezando a sospechar que la jorobada espalda de Philip bien podría ser origen de unas facultades notables—. Pensaba que habías ido al colegio durante mucho tiempo.

—Sí —contestó Philip con una sonrisa—. Me han dado clases de latín, grie­go y matemáticas... caligrafía y esas cosas.

—¡Ah! Pero bueno, no te gustará el latín, ¿verdad? —preguntó Tom, bajando la voz y adoptando un tono confidencial.

—Bueno... no me quita el sueño.

—Ah, quizá es porque todavía no has llegado a las Propriae quae maribus —dijo Tom, meneando la cabeza, como si dijera: «Ése es el punto crítico: es fácil hablar hasta que se llega allí».

Philip sintió cierta amarga complacencia ante la previsible estupidez de aquel niño bien formado de aspecto activo; pero su extrema sensibilidad y su deseo de llevarse bien hacían de él un chico educado, de modo que contuvo el deseo de reír.

Ya he dado toda la gramática, ya no tengo que estudiarla —contestó discretamente.

—Entonces, seguro que no estudias las mismas lecciones que yo —con­testó Tom algo decepcionado.

—No, pero quizá pueda ayudarte. Me encantaría ayudarte, si puedo.

Tom no le agradeció el ofrecimiento porque estaba absorto pensando que el hijo de Wakem no parecía tan malo como podía esperarse.

—Oye —preguntó—, ¿tú quieres a tu padre?

—Sí —contestó Philip, sonrojándose intensamente—. ¿Acaso no quieres tú al tuyo?

—Oh, sí... pero quería saberlo —contestó Tom, avergonzado de sí mismo al ver que Philip se había ruborizado y se sentía incómodo. No sabía qué pensar sobre el hijo del abogado Wakem y se le había ocurrido que si Philip no quería a su padre eso le ayudaría a resolver su perplejidad.

—¿Y ahora vas a aprender a dibujar? —preguntó para cambiar de tema.

—No —contestó Philip—. Mi padre quiere que me dedique a otras cosas.

—¿Cómo el latín, Euclides y cosas de esas? —preguntó Tom.

—Sí —contestó Philip, que había dejado el lápiz y descansaba la cabeza en una mano mientras Tom se inclinaba hacia delante, apoyado en ambos codos, y contemplaba con creciente admiración el perro y el burro.

—¿Y a ti no te fastidia? —preguntó Tom, con gran curiosidad.

—No; me gusta saber lo que saben los demás. Y no tardaré en estudiar lo que me gusta.

—No sé por qué hay que estudiar latín —dijo Tom—. No sirve para nada.

—Forma parte de la educación de un caballero —contestó Philip—. Todos los caballeros aprenden las mismas cosas.

—¡Caramba! ¿Crees que sir John Crake, el dueño de los lebreles, sabe latín? —preguntó Tom, que con frecuencia había pensado que le gustaría parecerse a sir John Crake.

—Naturalmente, lo estudió cuando era pequeño —contestó Philip—Aunque supongo que lo ha olvidado.

—Oh, bueno. Entonces, puedo hacer lo mismo —afirmó Tom sin ninguna intención epigramática y seriamente satisfecho ante la idea de que, en lo que al latín respectaba, éste no sería un obstáculo en su semejanza con sir John Crake—. Uno sólo lo tiene que recordar mientras está en el cole­gio, igual que tiene que aprender muchos fragmentos del Speaker. El señor Stelling es muy maniático, ¿no lo sabías? Te lo hace repetir diez veces si te equivocas y dices una cosa por otra... No perdona ni una letra, te lo ase­guro.

—¡Oh, me da igual! —contestó Philip, incapaz de retener una carcajada—. Recuerdo las cosas con facilidad. Y algunas lecciones me gustan mucho. Me gusta mucho la historia de Grecia y todo lo relacionado con los grie­gos. Me habría gustado ser griego y luchar contra los persas, regresar a mi país y escribir tragedias, o que me escuchara todo el mundo por mi sabi­duría, como a Sócrates, y morir gloriosamente.

(Como bien puedes observar, lector, a Philip no le faltaban deseos de impresionar con su superioridad intelectual a aquel bárbaro bien forma­do.)

—¡Vaya! ¿Los griegos fueron grandes guerreros? —preguntó Tom, al que la noticia abría nuevas perspectivas. ¿Tienen alguna historia como la de David y Goliat, o la de Sansón? Son los únicos trozos que me gustan de la historia de los judíos.

—¡Oh, los griegos tienen muchas historias de ésas: por ejemplo, con los héroes de los primeros tiempos, que mataban animales salvajes, igual que Sansón. Y en la Odisea, que es un bonito poema, sale un gigante mejor que Goliat: se llamaba Polifemo, tenía un solo ojo en mitad de la frente, y Ulises, que era un hombre pequeño pero muy listo y astuto, le clavó en el ojo una estaca ardiendo y lo hizo bramar como miles de toros.

—¡Oh, qué divertido! —exclamó Tom, alejándose de un brinco de la mesa y golpeando el suelo con uno y otro pie—. Oye, ¿podrías contarme cosas así? Porque yo no voy a aprender griego, sabes... ¿o sí? —añadió, dejando de sal­tar alarmado, no fuera a estar equivocado—. ¿Los caballeros tienen que aprender griego?... ¿Crees que el señor Stelling me hará estudiar griego?

—No, creo que no. Seguro que no —contestó Philip—. Pero puedes leer estas historias sin saber griego, las tengo en inglés.

—Oh, es que no me gusta leer. Preferiría que me las contaras tú. Pero sólo las de peleas, ¿sabes? Mi hermana Maggie siempre quiere contarme historias, pero son tonterías. Cosas de chicas. ¿Podrás contarme muchas historias de luchas?

—¡Oh, sí! Muchísimas. No sólo las de los griegos. Te puedo contar las de Ricardo Corazón de León y Saladino, y las de William Wallace, Robert Bruce y James Douglas... Sé muchísimas.

—Eres mayor que yo, ¿verdad? —preguntó Tom.

—Bueno, ¿cuántos años tienes? Yo tengo quince.

—Yo voy a cumplir catorce —dijo Tom—. Pero en la academia de Jacobs zurraba a todos los demás. Allí estaba antes de venir aquí. Y los ganaba a todos jugando al bandy y trepando. Y me gustaría que el señor Stelling nos dejara ir a pescar. Podría enseñarte. Puedes pescar, ¿verdad? Sólo tienes quedarte de pie bien quieto.

Tom, a su vez, quería inclinar la balanza a su favor. Aquel jorobado no debía dar por hecho que su familiaridad con las historias de combates lo ponía a la altura de un verdadero luchador como Tom Tulliver. Philip se estremeció ante esta alusión a su incapacidad para los deportes activos.

—No me gusta nada pescar —contestó casi irritado—. Creo que los pescadores parecen tontos, ahí sentados contemplando una caña hora tras hora, o lanzando el sedal una y otra vez para no atrapar nada.

—Pero no dirás que parecen idiotas cuando sacan un gran lucio, te lo aseguro —contestó Tom, que en su vida había pescado nada «grande», pero cuya imaginación se esforzaba con entusiasmo en defender el honor del deporte. No cabía duda de que el hijo de Wakem tenía sus cosas desagra­dables y debía mantenerlo a raya. Afortunadamente para la armonía de aquella primera conversación, en aquel momento los llamaron a cenar y Philip no pudo seguir desarrollando sus inconsistentes puntos de vista sobre la pesca, pero Tom se dijo: eso era exactamente lo que habría debi­do esperar de un jorobado.



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