George Eliot El molino del Floss



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Capítulo II


Las vacaciones de Navidad
Aquellas Navidades, el anciano de barbas nevadas y rostro rubicundo cumplió generosamente con su deber y depositó ricos regalos de calidez y color que contrastaban con la escarcha y la nieve.

La nieve cubría los campos y las orillas del río en ondulaciones más sua­ves que el cuerpo de un niño; se recortaba nítidamente sobre los tejados y hacía destacar su color rojo oscuro con tonos más profundos; se deposita­ba pesadamente sobre los laureles y abetos hasta que caía con un estre­mecimiento; vestía de blanco el tosco campo de nabos y transformaba las ovejas en oscuros borrones; los montones de nieve bloqueaban las puertas y aquí y allá, algún olvidado cuadrúpedo se alzaba como petrificado «en erguida tristeza»15; no había brillos ni sombras, porque los cielos eran una única nube pálida: no había más sonido o movimiento que el del oscuro río que fluía y gemía como una pena inconsolable. El anciano sonreía mientras cubría los campos durante aquel período aparentemente cruel con intención de dar más brillo al hogar, intensificar sus olores y hacer más deliciosa la cálida fragancia de los alimentos: pretendía preparar una dulce cárcel que reforzara los primitivos lazos familiares y conseguir que el resplandor de los rostros humanos familiares fuera tan bienvenido como el de la estrella diurna ahora oculta. Sin embargo, su amabilidad resultaba muy dura para las personas sin hogar, en las casas donde el fuego no era muy cálido y donde la comida poseía escasa fragancia; donde los rostros humanos no poseían un brillo solar, sino la mirada inexpresiva y sombría de la miseria sin esperanza. Pero el excelente y viejo invierno tenía buena intención; y si todavía no ha aprendido el modo de repartir de modo imparcial sus bendiciones entre los hombres, se debe a que su padre, el Tiempo, con un propósito implacable, sigue ocultando el secreto en su poderoso y lento corazón.

Sin embargo, aquel día de Navidad, a pesar del reciente placer que experimentaba Tom al estar en casa, por un motivo u otro no le pareció tan feliz como los anteriores. El acebo tenía tantas bolitas rojas como siem­pre, y él y Maggie habían adornado la víspera todas las ventanas, chime­neas y marcos con su buen gusto habitual, entrelazando las bayas de color escarlata del acebo con las negras de las ramas de hiedra. Se habían oído cánticos bajo las ventanas pasada la media noche: a Maggie siempre le parecían cantos sobrenaturales, a pesar de que Tom insistía con desprecio en que los cantantes eran el viejo Patch, el sacristán, y el resto del coro de la iglesia: temblaba sobrecogida cuando sus villancicos la sacaban del sueño, y la imagen de ángeles sentados sobre una nube sustituía siempre a la de unos hombres vestidos de fustán. Con todo, la serenata contribuyó, como de costumbre, a que la mañana siguiente se distinguiera de todas las otras; además, a la hora del desayuno se olió el aroma a tostadas con cer­veza; el himno favorito, las verdes ramas y el breve sermón proporciona­ron el adecuado carácter festivo a la asistencia a la iglesia; y, después de que los fieles regresaron y se sacudieron los pies para limpiarlos de nieve, los rostros del tío y la tía Moss y sus ocho hijos reflejaron el fuego de la chi­menea del salón como otros tantos espejos; el budín de ciruelas fue tan redondo y hermoso como siempre y apareció envuelto en las simbólicas llamas azules, como si lo hubieran arrancado heroicamente del fuego del averno, donde lo habían arrojado los puritanos dispépticos; el postre fue tan espléndido como de costumbre, con sus naranjas doradas, las nueces marrones y el cristalino contraste entre la jalea de manzana y el dulce de ciruela damascena: en todas estas cosas, la Navidad fue como siempre había sido desde que a Tom le alcanzaba la memoria; sólo se distinguió, a lo sumo, porque aquel año se divirtieron más con el trineo y las bolas de nieve.

Las Navidades eran alegres, pero no se sentía así el señor Tulliver. Estaba furioso y desafiante, y Tom, aunque siempre respaldaba a su padre en las disputas y compartía sus ofensas, esta vez participaba de los senti­mientos que oprimían a Maggie cuando, llegado el relajamiento de los postres, el señor Tulliver narró sus problemas en tono cada vez más alto e irritado. La atención que en otras circunstancias Tom habría concentrado en el vino y las nueces se distrajo con la sensación de que en el mundo uno tenía enemigos muy pillos y que los asuntos de los adultos difícilmente podían llevarse sin grandes altercados. Pero a Tom no le gustaban las riñas que no podían zanjarse al instante con una pelea justa contra un adversa­rio fácil de zurrar; y la conversación irritada de su padre lo incomodaba, aunque nunca le había pasado por la cabeza que su padre pudiera estar equivocado.

La encarnación concreta del principio maligno que ahora provocaba la decidida resistencia de Tulliver era el señor Pivart, el cual poseía tierras curso arriba del Ripple y había empezado a tomar medidas para regarlas, cosa que (basándose en el principio de que el agua era el agua) era, sería o llegaría a ser lesiva para los derechos legítimos del señor Tulliver a explo­tar la energía hidráulica. Dix, que también tenía un molino en el río, era un débil ayudante del viejo Pero Botero en comparación con Pivart: el arbitraje había hecho que Dix se comportara con sensatez y el asesora­miento de Wakem no lo había llevado muy lejos: no, el señor Tulliver con­sideraba que Dix, desde un punto de vista legal, no había conseguido nada y, a la luz de la intensidad de su indignación contra Pivart, su desprecio hacia un adversario confundido como Dix empezaba a parecer una rela­ción amistosa. Aquel día no tenía otro público masculino que el señor Moss, el cual, tal como declaró, «na sabía de molinos» y sólo podía asentir ante los argumentos del señor Tulliver en calidad de pariente y de deudor; pero Tulliver no hablaba con la fútil intención de convencer a su audien­cia, sino para desahogarse: mientras tanto, el buen señor Moss hacía ímprobos esfuerzos para mantener los ojos abiertos a pesar del sopor que una comida inusualmente buena provocaba en su cansado cuerpo. La señora Moss, más sensible al tema e interesada en cualquier cosa que afec­tara a su hermano, lo escuchaba e intervenía en cuanto sus ocupaciones maternales se lo permitían.

—Caramba, el nombre de Pivart es nuevo por aquí, hermano, ¿verdad? —preguntó—. No era propietario en época de nuestro padre, ni en la tuya, antes de que me casara.

—¿Nuevo? Sí, claro que es un apellido nuevo —afirmó el señor Tulliver con enfado—. El molino de Dorlcote lleva en nuestra familia más de cien anos y nunca nadie ha oído hablar de que un tal Pivart se mezclara en los asuntos del río, hasta que llegó este individuo y compró la granja de Bincome antes de que nadie se diera cuenta. ¡Pero ya me encargaré yo de pivarlo! —añadió el señor Tulliver, alzando el vaso con la sensación de que había definido su decisión con toda nitidez.

—Espero que no te veas obligado a ir a los tribunales, hermano —aventuró la señora Moss con cierta inquietud.

—No sé a qué me veré obligado, pero sí sé a qué lo obligaré con sus acequias y sus riegadíos, si es que las leyes son capaces de hacer justicia. Sé perfectamente quién está detrás de todo esto: Wakem respalda e incita a Pivart. Sé que Wakem le dice que la ley no puede hacer nada contra él: pero Wakem no es el único en manejar la ley. Hace falta un buen granuja para ganarlo, pero los hay que saben más que él, porque, ¿cómo es posi­ble si no que perdiera el pleito de Brumley?

El señor Tulliver era un hombre absolutamente honrado y se enorgu­llecía de serlo, pero consideraba que los fines de la justicia sólo podían alcanzarse contratando a un truhán más poderoso que el del contrario. La ley era una especie de pelea de gallos en la que la honradez atropellada debía conseguir un animal de pelea con mayor valor y mejores espolones.

—Gore no es tonto, no hace falta que me lo digáis —anunció a conti­nuación con tono belicoso, como si la pobre Gritty insistiera en destacar la capacidad del abogado—, pero no sabe tanto de leyes como Wakem. Y el agua es un tema muy especial, no se puede coger con una horca; por eso resulta tan complicado para el Diablo y los abogados. Con el agua, está muy claro lo que está bien y lo que está mal, si se mira sin tapujos; un río es un río, y si tienes un molino, tienes que tener agua para que le dé vuel­tas; y no sirve de nada decirme que los riegadíos de Pivart y esas tonterías no me van a parar la rueda: sé muy bien lo que es del agua. ¡Mira que con­tarme a mí lo que dicen los ingenieros! Es de sentido común que las acequias de Pivart me perjudican. Pero si eso dicen sus ingenieros, dentro de poco pondré a Tom a estudiar esas cosas y ya veremos qué pasa.

Tom miró a su alrededor con cierta inquietud al oír este anuncio sobre su futuro y se olvidó de agitar el sonajero que entretenía a la pequeña de los Moss; ésta, que era una niña de ideas muy claras, expresó al instante sus sentimientos con un grito penetrante que no se calmó ni cuando le devol­vieron el sonajero, como si nada pudiera aplacar el agravio. La señora Moss se la llevó a toda prisa a otra habitación y expresó a la señora Tulliver, que la acompañaba, la convicción de que la nena tendría buenas razones para llorar, dando a entender que si suponían que lloraba únicamente por el sonajero, no comprendían a la niña. Tras aplacar unos aullidos plena­mente justificados, la señora Moss miró a su cuñada y dijo:

—Siento ver a mi hermano tan preocupado por eso del agua.

—Así es tu hermano, señora Moss: nunca vi nada parecido antes de casar­me —contestó la señora Tulliver con un reproche implícito. Cuando hablaba con la señora Moss siempre se refería a «tu hermano» o, por lo menos, lo hacía cuando la actitud de éste no merecía toda su admiración. La afable señora Tulliver, que jamás en su vida había mostrado enfado por nada, poseía, sin embargo, una versión suavizada de aquel espíritu sin el cual difícilmente podría haber sido al mismo tiempo una Dodson y una mujer. Si bien cuando trataba con sus hermanas se situaba a la defensiva, era natural que, a pesar de ser el miembro más débil de la familia Dodson, fuera vivamente consciente de su superioridad sobre la hermana de su esposo que, además de ser pobre y tender a «colgar» de su hermano, po­seía la bondadosa docilidad propia de una mujer grande, pacífica, desali­ñada y prolífica que albergaba afecto suficiente, no sólo para su marido y sus numerosos hijos, sino también para una serie de parientes colaterales.

—Deseo y ruego que no vaya a los tribunales —dijo la señora Moss—, porque nunca se sabe cómo acaban estas cosas. Y no siempre gana quien tiene razón. Supongo que este señor Pivart es un hombre rico, y los ricos casi siempre se salen con la suya.

—En fin, ya he visto cómo actúan los ricos que hay en mi familia, ya que mis hermanas tienen maridos que pueden permitirse hacer todo lo que quieren —dijo la señora Tulliver, alisándose el vestido con las manos—. Pero algunas veces pienso que me van a volver loca con estas historias de abo­gados y riegadíos, y mis hermanas m'echan la culpa, porque no saben lo que es estar casada con un hombre como tu hermano, ¿cómo iban a saberlo? Mi hermana Pullet hace lo que se l'antoja de la mañana a la noche.

—Bueno —objetó la señora Moss—: me parece que no me gustaría que mi marido no tuviera cabeza y yo tuviera que pensar por él. Es mucho más fácil hacer lo que gusta al marido que dar vueltas y vueltas pensando en lo que hay que hacer.

—Si hablamos de hacer lo que gusta al marido —replicó la señora Tulliver, imitando pálidamente a su hermana Glegg—, estoy segura de que mucho le habría costado a tu hermano encontrar una esposa que lo dejara hacer a su antojo en todo como yo. Ahora sólo piensa en la ley y los riegadíos desde que se levanta hasta que se acuesta, y nunca le llevo la contraria, sólo digo: Tulliver, haz lo que quieras, pero en ningún caso te metas en pleitos».

Como hemos visto, la señora Tulliver no carecía de influencia sobre su marido. No hay esposa que no la tenga: siempre puede empujar a su esposo en un sentido o en el contrario; y entre los diversos impulsos que ame­nazaban con inclinar al señor Tulliver a «meterse en pleitos», sin duda los monótonos ruegos de la señora Tulliver pesaban considerablemente; su actitud podía compararse con la del personaje de aquel proverbio, el padre que tuvo el mérito o la culpa de romper la espalda de un camello cargado de plumas, aunque, desde un punto de vista imparcial, la culpa fuera del peso que soportaba ya el animal, hasta tal punto que no podía sostener una pluma más sin daño. Sin duda, la personalidad de la señora Tulliver no confería a sus débiles súplicas el peso de esa pluma definitiva, pero cada vez que llevaba la contraria a su marido éste veía en ella a un representante de la familia Dodson; y uno de los principios que guiaban al señor Tulliver era hacerles saber que no podrían dominarlo o —para ser más exactos— que un varón Tulliver valía mucho más que cuatro mujeres Dodson, aunque una de ellas fuera la señora Glegg.

Pero ni siquiera un argumento directo procedente de esa típica representante de las Dodson aconsejándole que no recurriera a los tribunales podría haberlo predispuesto tan a favor como el mero recuerdo de Wakem, renovado continuamente por la presencia todos los días de mer­cado de este abogado excesivamente hábil. Estaba seguro de que Wakem se encontraba, metafóricamente hablando, detrás de los regadíos de Pivart: Wakem había intentado hacer que Dix pleiteara por la presa: no cabía duda de que Wakem había conseguido que Tulliver perdiera el plei­to por la servidumbre de paso por el camino y el puente, lo que había convertido sus tierras en vía para cualquier vagabundo que prefiriera aprovechar la oportunidad de dañar la propiedad privada en lugar de caminar, como cualquier hombre honrado, por la carretera principal: todos los abogados eran unos sinvergüenzas en mayor o menor medida, pero la sinvergonzonería de Wakem era especialmente grave porque se aplicaba directamente a atropellar el derecho personificado en los inte­reses y opiniones del señor Tulliver. Y, como amargura añadida, el agra­viado molinero se había visto obligado recientemente, al tomar prestadas quinientas libras, a entrar en contacto con el despacho de Wakem. ¡Aquel individuo con tanta labia y nariz ganchudal ¡Fresco como una lechuga Y tan seguro de su juego! Era humillante que el abogado Gore no se le pareciera, sino que fuera calvo, orondo, de modales blandos y manos gruesas: sería imprudente colocar a aquel gallo de pelea ante Wakem. Gore era un individuo astuto: su debilidad no residía en su escrupulosi­dad, pero no es lo mismo lanzar guiños significativos que ser capaz de ver a través de una pared de piedra, y por muy seguro que estuviera el señor Tulliver de que el agua era el agua y de que Pivart llevaba todas las de per­der en ese asunto de los regadíos, recelaba de que Wakem pudiera, con­tra este hecho incontrovertible, recurrir a algún argumento legal desco­nocido para Gore. Con todo, si llegaban a los tribunales, tal vez pudiera contratar al abogado Wylde y tener así a ese admirable matón a su favor y no en contra, y la perspectiva de hacer que un testigo de Wakem suda­ra confundido, tal como había sucedido una vez con el del señor Tulliver, le hacía amar la justicia punitiva.

El señor Tulliver rumiaba sobre estos asuntos tan enredosos durante los trayectos sobre el caballo gris, y movía la cabeza de un lado a otro mientras los platillos de la balanza oscilaban alternativamente; pero el resultado probable no se vislumbraba, y sólo llegaría a él mediante acaloradas y repe­tidas discusiones en su vida social y doméstica. Aquella fase inicial de la disputa, que consistía en la narración del caso y la exposición de los pun­tos de vista del señor Tulliver sobre la cuestión en su círculo de conocidos, tomaría un tiempo necesario y, a finales de enero, cuando Tom tenía que volver al colegio, apenas podían detectarse datos nuevos en la declaración de su padre contra Pivart, ni ninguna indicación específica sobre las medi­das que se había visto obligado a tomar contra el osado violador del prin­cipio que afirmaba que el agua era agua. La repetición, igual que la fric­ción, tiende a generar más calor que avance, y el acaloramiento del señor Tulliver era cada vez más visible. Si no habían aparecido nuevas pruebas, por lo menos estaba demostrado que Pivart «estaba compinchado» con Wakem.

—Padre —dijo Tom una tarde, hacia el final de las vacaciones—. El tío Glegg dice que el abogado Wakem va a enviar a su hijo con el señor Stelling. No es cierto eso que decían de que lo mandaban a Francia. No querrás que estudie con el hijo de Wakem ¿verdad?

—No importa, hijo —contestó el señor Tulliver—. No aprendas nada malo de él y Ya está. El muchacho es una pobre criatura deforme y de cara se parece a su madre: yo diría que no ha salido al padre. Es señal de que Wakem tiene buena opinión del señor Stelling, si le envía su hijo, y Wakem es un individuo listo que sabe distinguir el grano de la paja.

En el fondo del corazón, el señor Tulliver estaba orgulloso de que su hijo disfrutara de los mismos privilegios que el de Wakem: pero Tom no estaba muy de acuerdo: habría preferido que el hijo del abogado no fuera deforme, porque así habría podido arremeter contra él con la libertad que se deriva de una postura moral superior.



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