George Eliot El molino del Floss



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Libro segundo

Tiempo de estudio



Capítulo I


El primer semestre de Tom
Los padecimientos de Tom Tulliver durante el primer trimestre que pasó en King's Lorton al distinguido cuidado del reverendo Walter Stelling fueron considerables. En la academia del señor Jacobs, la vida no se le había presentado como un problema difícil: tenía muchos compañeros para divertirse y, puesto que se le daban bien todos los juegos activos, especial mente la lucha, ocupaba el lugar destacado que le parecía consustancial con su personalidad; el señor Jacobs, conocido con el mote de «el Viejo Anteojos» debido a las gafas que usaba habitualmente, no imponía ningún respeto penoso; y si era propio de los viejos hipócritas como él escribir con buena letra, rodear su firma de arabescos, no vacilar en la ortografía y declamar «Me llamo Norval»11 sin equivocarse, lo cierto era que Tom se alegraba de no correr peligro alguno de alcanzar metas tan mediocres. No tenía la menor intención de convertirse en un maestro aficionado al rapé sino en un hombre importante, como su padre, que cuando era joven iba de caza y montaba una magnífica yegua negra, el animal más hermoso que pudiera verse: Tom había oído cientos de veces cantar sus alabanzas. Él también quería ir a cazar y que todo el mundo lo respetara. Reflexionaba que a las personas mayores nadie les preguntaba si tenían buena letra o cometían faltas de ortografía: cuando fuera un hombre sería el amo de todo y haría lo que le viniera en gana. Le había costado mucho reconciliarse con la idea de que debía seguir estudiando y no iba a ocuparse de negocio de su padre, que siempre había considerado extraordinariamente agradable porque consistía simplemente en ir de acá para allá a caballo dar órdenes y acudir al mercado; y le parecía que un clérigo le daría muchas lecciones sobre las Escrituras y probablemente le haría aprender el Evangelio y la epístola de los domingos, así como la colecta. Sin embargo, en ausencia de toda información específica, le resultaba imposible imaginar una escuela y un maestro totalmente diferentes a la academia y al señor Jacobs. De manera que para no hallarse en situación de inferioridad, en caso de que encontrara compañeros afables, no olvidó llevar consigo una cajita con cápsulas fulminantes que, aunque no para otra cosa, le serian útiles para impresionar a los chicos desconocidos al dar idea de su familiaridad con las armas de fuego. Aunque el pobre Tom no se engañaba con las ilusiones de Maggie, sí lo hacía con las propias, que la larga experien­cia en King's Lorton se encargaría de disipar.

No llevaba allí ni quince días cuando le resultó evidente que la vida, complicada no sólo con la gramática latina sino con un modo nuevo de pronunciar el inglés, resultaba una empresa muy difícil, oscurecida por una densa bruma de timidez. Como el lector habrá podido observar, Tom no era una excepción entre los chicos de su edad en lo que respecta a la facilidad de trato; pero tan grande era la dificultad que le suponía articu­lar un mero monosílabo en respuesta al señor o la señora Stelling que incluso temía que le ofrecieran más pudín en la mesa. En cuanto a las cáp­sulas fulminantes, estaba casi decidido, movido por la amargura, a tirarlas a un estanque cercano: porque no sólo era el único alumno, sino que empezaba a experimentar cierto escepticismo ante las armas y a sentir que su concepción de la vida se resquebrajaba. Al parecer, el señor Stelling no tenía buen concepto de las armas ni tampoco de los caballos; y, sin embar­go, a Tom le resultaba imposible despreciarlo tal como había desdeñado a «el Viejo Anteojos». Tom era totalmente incapaz de distinguir si las virtu­des que aparentaba el señor Stelling eran auténticas: sólo mediante una amplia comparación de hechos los adultos más sabios pueden discernir el retumbar de un barril del de un trueno.



El señor Stelling era un hombre que todavía no había cumplido los treinta, de buena talla, pecho amplio, cabello tieso y rubísimo y grandes ojos grisáceos que mantenía siempre muy abiertos; poseía una sonora voz de bajo y un aire de seguridad desafiante cercano a la petulancia. Había iniciado su carrera con gran energía y pretendía causar una impresión considerable en sus congéneres. El reverendo Walter Stelling no estaba dispuesto a pertenecer al «bajo clero» durante toda la vida y albergaba una determinación, auténticamente británica, de abrirse paso en el mundo En primer lugar, como maestro, ya que algunas escuelas secundarias contaban con plazas magníficas y el señor Stelling tenía intención de conseguir una de ellas; pero también como predicador, pues se había propuesto adoptar un estilo brillante para que su congregación creciera con admi­radores procedentes de otras parroquias cercanas, y, además, causar gran sensación cuando tuviera que sustituir a algún colega con menor don de palabra. Había optado por un estilo improvisado, cosa que en parroquias rurales como la de King's Lorton parecía poco menos que una maravilla. Algunos fragmentos de Massillon y Bourdaloue, que el señor Stelling sabía de memoria, producían gran efecto cuando los recitaba con voz grave, pero otros discursos de su cosecha, menos poderosos, pronunciados con la misma voz sonora e imponente impresionaban a sus oyentes en grado similar. La doctrina del señor Stelling no pertenecía a ninguna escuela en concreto: a lo sumo, se distinguía por un toque de evangelicalismo, ya que eso era lo que se llevaba en el momento en la diócesis a la que pertenecía King's Lorton. En definitiva, el señor Stelling era un hombre decidido a prosperar en su profesión y progresar de modo incuestionable por méri­tos propios, puesto que no le interesaban las posibles promesas de un dudoso parentesco con un gran abogado que todavía no había alcanzado el puesto de Lord Chancellor. Es natural que un clérigo de intenciones tan vigorosas contraiga algunas pequeñas deudas al principio: no es de espe­rar que viva de acuerdo con la modestia propia de quien pretende ser durante toda su vida un pobre pastor y, si los pocos cientos que el señor Timpson había dado como anticipo de la herencia de su hija no bastaban para comprar muebles hermosos, una pequeña bodega y un piano de cola, así como para plantar un espléndido jardín de flores, al reverendo señor Stelling no le quedaba otra opción que procurárselos por otros medios o pasarse sin todo ello, y esta última alternativa supondría demo­rar absurdamente los frutos de un éxito seguro. El señor Stelling era un individuo de tan ancho pecho y tan decidido que se sentía capaz de cual­quier cosa: se haría famoso por agitar la conciencia de sus oyentes y no tar­daría en editar algún clásico griego e inventar algunas interpretaciones nuevas. Todavía no había escogido la obra, porque llevaba casado poco más de dos años y había dedicado gran parte de su tiempo libre a la seño­ra Stelling; pero ya había manifestado sus intenciones a aquella magnífica mujer y ésta sentía gran confianza en su marido y en su capacidad para entender de maravilla cosas como aquélla.

Pero en aquel momento el paso inmediato hacia el éxito futuro consis­tía en potenciar el talento de Tom Tulliver durante ese semestre, ya que, debido a una coincidencia singular, había iniciado tratos con otro alumno del mismo lugar y tal vez consiguiera que se decidieran a su favor si se hacía público que el joven Tulliver que, tal como había comentado el señor Stelling en la intimidad conyugal, era un tosco jovenzuelo, conse­guía progresar prodigiosamente en un breve período de tiempo. Por ese motivo se mostraba severo en las lecciones: resultaba evidente que la capa­cidad de aquel muchacho nunca podría desarrollarse a través de la gramática latina a menos que se lo tratara con cierta severidad. Ello no se debía a que el señor Stelling fuera adusto o desabrido, sino todo lo con­trario: en la mesa se mostraba festivo con Tom y corregía su provincialis­mo y su comportamiento con humor, pero esta doble novedad contribuía a la confusión y la vergüenza de Tom, que no estaba acostumbrado a bro­mas como las del señor Stelling y por primera vez en su vida experimen­taba la dolorosa sensación de estar fuera de lugar. En una ocasión, mien­tras descubrían la carne asada, el señor Stelling le preguntó:

—Dígame, Tulliver. ¿Qué prefiere declinar, el latín o el asado que le ofrezco?

Incluso en los momentos más serenos un juego de palabras habría supuesto un problema difícil para Tom; en aquel instante, el muchacho se sumió en un estado de desconcierto y alarma que lo oscureció todo, excepto la sensación de que preferiría no saber nada del latín. Naturalmente, contestó que el asado y acogieron su respuesta con risas y bromas, de lo que dedujo que, de algún modo misterioso, había rechaza­do la carne y había quedado como «un tonto». Si hubiera podido ver cómo un compañero pasaba por dolorosos trances similares y los supera­ba con buen humor, no habría tardado en aprender a encajarlos. Pero cuando un padre envía a su hijo como único alumno de un clérigo, paga por una forma u otra de educación: la primera consiste en disfrutar para sí de todo el abandono del reverendo caballero; la segunda, en soportar toda su atención. Durante los meses iniciáticos que Tom pasó en King's Lorton, el señor Tulliver pagó un alto precio por este segundo privilegio.

Tras dejar allí a Tom, el respetable molinero y malteador regresó a su casa en un estado de gran satisfacción espiritual. En buena hora se le había ocurrido consultar a Riley sobre la educación de Tom. El señor Stelling tenía los ojos tan abiertos y hablaba de modo tan franco y pragmático mientras respondía con un «Sin duda, señor mío, sin duda»; «Entiendo, entiendo: usted quiere que su hijo se abra paso en la vida» a las observa­ciones que el señor Tulliver formulaba con dificultad, que éste había que­dado encantado al ver en él a un clérigo cuyos conocimientos se podían aplicar a la vida cotidiana. El señor Tulliver consideraba al reverendo Stelling el hombre más listo que había conocido nunca, con la única excepción del abogado Wylde, al que había oído en las últimas sesiones; y lo cierto era que se parecían mucho: ambos tenían por costumbre sus­pender los pulgares de las aberturas del chaleco. El señor Tulliver no era el único que tomaba la osadía por sagacidad: la mayoría de los legos pen­saban que Stelling era un hombre agudo y de notables capacidades: en cambio, sus colegas lo tenían por un individuo anodino. Sin embargo, Stelling contó al señor Tulliver varias historias sobre «el capitán Swing» y los incendiarios12, y le pidió consejo sobre la alimentación de los cerdos con un talante tan secular y juicioso, con tanta labia, que el molinero pensó que aquello era exactamente lo que quería para Tom. No le cabía la menor duda de que se trataba de un hombre de primera categoría, fami­liarizado con todas las ramas del conocimiento, que sabía exactamente lo que debía aprender Tom para estar a la altura de los abogados —cosa que el pobre señor Tulliver ignoraba y por ello tuvo que fiarse de sus propias inferencias—. No sería justo reírse de él, ya que he conocido a personas mucho más instruidas que hacían deducciones igualmente amplias y mucho menos sabias.

En cuanto a la señora Tulliver, tras averiguar que los puntos de vista de la señora Stelling en relación con el oreado de la ropa de cama y la fre­cuencia con que se presentaba el hambre en un chico en edad de crecer coincidían plenamente con los suyos y que, además, la señora Stelling, a pesar de su juventud y de estar todavía a la espera de su segundo parto, había pasado por una experiencia muy similar a la suya en relación con el comportamiento y el carácter de la niñera que atendió a su hijo durante el primer mes, mientras se alejaban expresó a su marido su gran satisfac­ción por dejar a Tom con una mujer que, a pesar de su juventud, parecía muy sensata y maternal, y pedía consejo con tantísima amabilidad.

—De todos modos, deben de tener una buena posición económica —comentó la señora Tulliver—, porque en la casa todo es muy bonito, y el vestido de moaré que llevaba le habrá costado su buen dinero. Mi herma­na Pullet tiene uno igual.

—Imagino que tendrá algunos ingresos suplementarios, además de la parroquia; quizá el padre de ella les dé algo. Y Tom les supondrá un cen­tenar más y no muchas molestias, según dice él mismo: dice que, para él, enseñar es algo natural. Es estupendo —añadió el señor Tulliver, volviendo la cabeza hacia un lado y cosquilleando al caballo en el costado mientras reflexionaba.

Quizá debido a que enseñar era algo natural en él, el señor Stelling se aplicó con esa uniformidad de método e indiferencia hacia las circuns­tancias que caracterizan los actos de los animales, supuestamente bajo la enseñanza directa de la naturaleza. El afable castor del señor Broderip13, tal como nos cuenta este encantador naturalista, ponía tanto afán en cons­truir una alta presa en un tercer piso londinense como si se encontrara en un río o un lago del norte de Canadá. La función del animal, llamado «Binny» era construir: la ausencia de agua o de progenie eran circunstan­cias que nada tenían que ver con él. Con ese mismo instinto infalible, el señor Stelling se dispuso a inculcar la geometría de Euclides y la Gramática latina de Eton en la cabeza de Tom Tulliver. Ésta era la única base de una instrucción sólida: todos los demás métodos de educación eran pura charlatanería y sólo podían producir majaderos. Un hombre bien asentado sobre esta base tan firme podía observar con una sonrisa de conmisera­ción la exhibición de conocimientos diversos o especiales por parte de per­sonas con una educación irregular: todo aquello estaba muy bien, pero era imposible que esas personas pudieran formarse opiniones sólidas. Al defender estas ideas, los puntos de vista del señor Stelling no estaban ses­gados, como podría ser el caso de otros profesores, por la excesiva exten­sión o precisión de sus propios conocimientos y, en lo que respecta a Euclides, ninguna opinión podría haber más libre de parcialidad personal. El señor Stelling distaba de verse arrastrado por el entusiasmo intelectual o religioso: por otra parte, tampoco abrigaba ningún escepticismo Consideraba que la religión era algo excelente, que Aristóteles era una gran autoridad, que los deanatos y las prebendas eran instituciones útiles, que Gran Bretaña era el providencial baluarte del Protestantismo y que la fe en lo invisible constituía un gran apoyo para los espíritus afligidos: creía en todas estas cosas de la misma manera que un hotelero suizo cree en la belleza del paisaje que lo rodea y en el placer que proporciona a los visi­tantes con temperamento artístico. Y así confiaba en su método de educa­ción: no le cabía duda de que hacía lo mejor para el hijo del señor Tulliver. Cuando el molinero se refirió de modo vago e inseguro a hacer mapas y sumar, el señor Stelling lo tranquilizó asegurándole que sabía lo que se esperaba de él, ya que ¿cómo podía ser que aquel buen hombre tuviera una idea razonable de la cuestión? La tarea del señor Stelling consistía en enseñar al muchacho del único modo correcto: en realidad, no conocía otro, ya que no había perdido el tiempo adquiriendo conocimientos inu­suales.

No tardó en catalogar a Tom como un muchacho completamente tonto, ya que, si bien mediante arduo trabajo, podía llegar a meterle algu­na declinación en la cabeza, era imposible inculcarle algo tan abstracto como la relación entre los casos y las terminaciones para que pudiera reco­nocer un posible genitivo o un dativo. El señor Stelling creía que aquello era algo más que torpeza natural: sospechaba que se trataba de obstina­ción o, por lo menos, de indiferencia, y amonestaba a Tom severamente por su falta de aplicación.

—No se interesa usted por lo que hace, caballero —decía el señor Stelling, y el reproche era dolorosamente cierto.

Desde el momento en que le habían explicado la diferencia, Tom nunca había tenido la menor dificultad en distinguir un pointer de un set­ter, y su perspicacia no era en absoluto deficiente. Imagino que era similar a la del reverendo Stelling, porque Tom podía deducir con exactitud cuán­tos caballos avanzaban tras él a medio galope, lanzar una piedra al agua y acertar en el centro de cualquier onda, adivinar con precisión cuántas veces cabía su bastón a lo largo de un campo de juegos y dibujar cuadra­dos casi perfectos en la pizarra sin tomar ningún tipo de medida. Pero el señor Stelling no tenía en cuenta estas cosas: sólo observaba que las facul­tades de Tom fracasaban ante las abstracciones odiosamente simbolizadas en las páginas de la Gramática de Eton, y que caía en un estado limítrofe con la idiotez ante la demostración de que dos triángulos dados debían ser semejantes, aunque advertía con gran rapidez y certeza el hecho de que lo fueran. De todo esto el señor Stelling concluyó que, puesto que el cerebro de Tom era particularmente impermeable a la etimología y a las demos­traciones, debía ararlo y trabajarlo de modo especial con estos aperos: según su metáfora favorita, la geometría y los clásicos cultivaban la mente para la llegada de toda cosecha posterior. Nada tengo que decir contra la teoría del señor Stelling: si todos debemos recibir la misma educación, su tesis me parece tan buena como cualquier otra. Sólo sé que resultó tan incómoda para Tom Tulliver como si lo hubieran cebado con queso para remediar una deficiencia gástrica que le impidiera digerirlo. ¡Resulta asombroso cómo cambian las cosas si se toma otra metáfora! En cuanto se considera que el cerebro es un estómago intelectual, la ingeniosa imagen de las lenguas clásicas y la geometría como arados y rastras pierde todo sentido. Sin embargo, cualquiera puede seguir a grandes autoridades y considerar que la mente es una página en blanco o un espejo, en cuyo caso los conocimientos sobre el proceso digestivo resultan irrelevantes. Sin duda, fue una idea ingeniosa llamar al camello «el barco del desierto», pero no se puede decir que eso facilite la domesticación de ese animal tan útil. ¡Oh, Aristóteles! Si en lugar de ser el mayor de los clásicos hubieras tenido la suerte de ser el más nuevo de los modernos, ¿acaso no habrías mezclado tus alabanzas a la metáfora como signo de elevada inteligencia con el lamento de que esta última raras veces se muestre en el habla sin aquélla? ¿No te habrías lamentado de que en contadas ocasiones decimos lo que es una cosa si no es afirmando que es algo distinto?14

Tom Tulliver, poco dotado para las palabras, no utilizaba metáfora algu­na para manifestar su punto de vista sobre el latín: nunca lo denominó ins­trumento de tortura; hasta bien avanzado el semestre siguiente e iniciado ya en el Delectus, no lo definió como una «lata» y «un fastidio». En aquel momento, ante la exigencia de que aprendiera las declinaciones y con­junciones latinas, Tom era tan incapaz de imaginar la causa y la tendencia de sus sufrimientos como lo sería una musaraña aprisionada en la hendi­dura de un fresno con la finalidad de curar la cojera del ganado. Resulta casi increíble para las personas cultivadas de hoy día que un niño de doce años que no pertenecía en sentido estricto a «las masas», a las que actualmente se atribuye el monopolio de la oscuridad mental, no tuviera una idea clara de que pudiera existir algo parecido al latín en esta tierra: y, sin embargo, eso era lo que sucedía a Tom. Le habría costado largo rato con­cebir que existiera alguna vez un pueblo que compraba y vendía ovejas y bueyes, y negociaba los asuntos cotidianos de la vida con aquella lengua, y todavía más entender por qué debía aprenderla cuando el nexo con estos asuntos había dejado de ser visible. Las leves ideas que Tom había adqui­rido sobre los romanos en la academia del señor Jacobs eran correctas, pero no iban más allá del hecho de que «aparecían en el Nuevo Testamento». Y el señor Stelling no era hombre partidario de debilitar ni castrar la mente de su alumno simplificando o explicando las cosas, o de reducir el efecto tonificante de la etimología mezclándola con informa­ción superficial y superflua como la que se da a las niñas.

No obstante, por extraño que parezca, bajo este vigoroso tratamiento, Tom, más que nunca en toda su vida, parecía una niña. Poseía un gran orgullo que, hasta el momento, se había sentido muy cómodo en este mundo, despreciando a «el Viejo Anteojos» y sustentándose en la con­ciencia de una serie de derechos incuestionables: pero ahora este mismo orgullo no recibía más que golpes y heridas. Tom era lo bastante perspicaz para darse cuenta de que los criterios del señor Stelling sobre las cosas eran muy distintos y más elevados, a los ojos del mundo, que los de las per­sonas con las que él había convivido, y que medido con éstos, él, Tom Tulliver, parecía zafio y tonto: Tom no era en absoluto indiferente a esto, y su orgullo se encontraba en una incómoda situación que eliminaba el amor propio habitual en un muchacho y le daba parte de la susceptibili­dad de una chica. Poseía un temperamento muy firme, por no decir obs­tinado, pero no rebelde ni alocado: predominaba en él la sensibilidad y, si se le hubiera ocurrido que podía conseguir mayor viveza en las lecciones y así lograr la aprobación del señor Stelling si permanecía largo rato sobre una pierna o golpeándose la cabeza moderadamente contra la pared —o con cualquier acción voluntaria de ese tipo—, lo habría intentado. Pero lo cierto era que Tom nunca había oído decir que semejantes medidas avi­varan el entendimiento o reforzaran la memoria verbal; y no era dado a las hipótesis ni a los experimentos. Se le ocurrió que tal vez conseguiría un poco de ayuda si lo pedía en sus rezos, pero puesto que las plegarias que repetía cada noche eran fórmulas aprendidas de memoria, no se atrevió con la novedad e irregularidad que suponía introducir un párrafo improvisado con una petición de la que no conocía ningún precedente. Sin embargo, un día, cuando fracasó por quinta vez con los supinos de la tercera conjugación y el señor Stelling, convencido de que tenía que deber­se al descuido, ya que aquello superaba los límites de cualquier estupidez posible, lo amonestó severamente diciendo que si desperdiciaba la oportunidad de oro que se le ofrecía de aprender los supinos lo lamentaría de mayor, Tom, más abatido que de costumbre, se decidió a probar aquel único recurso, y aquella noche, tras los habituales rezos por sus padres y «su hermanita» (había empezado a rezar por Maggie cuando era una nena) y la petición de ser siempre capaz de cumplir los mandamientos de la Ley de Dios, añadió con el mismo murmullo: «Y, por favor, ayúdame a recordar siempre el latín». Hizo una pausa para pensar si debía rogar tam­bién por Euclides, ya que no sabía si debía desear comprenderlo o bien había otro estado mental más adecuado para el caso. Pero, al final, añadió: «Y haz que el señor Stelling diga que no debo seguir con Euclides. Amén».



El hecho de que, al día siguiente, pasara por los supinos sin cometer errores lo animó a perseverar en el apéndice a los rezos y neutralizó el escepticismo derivado de que el señor Stelling siguiera insistiendo en Euclides. No obstante, su fe se quebró con la aparente ausencia de toda ayuda cuando llegó a los verbos irregulares. Parecía claro que su desespe­ración al verse sometido a los caprichos de las formas verbales del presen­te no constituía un nodus digno de interferencia, y puesto que aquél era el punto máximo de sus dificultades, ¿de qué servía seguir rezando en peti­ción de ayuda? A esta conclusión llegó en una de las solitarias y aburridas tardes de estudio preparando las lecciones del día siguiente. Aunque odiaba llorar y lo avergonzaba, se le enturbiaban los ojos: no podía evitar pen­sar con afecto incluso en Spouncer, con el que acostumbraba a discutir Y pelearse; con él se habría sentido a sus anchas y en situación de superiori­dad. Y en cuanto jugueteaba con su gran navaja, un fragmento de látigo y otras reliquias del pasado, aparecían ante él, como en un delirio, el moli­no, el río y Yap enderezando las orejas, dispuesto a obedecer en cuanto Tom dijera: «¡Hala!». Tom, como he dicho antes, nunca había sido tan semejante a una niña, y durante aquella época de verbos irregulares su espíritu se deprimió todavía más debido a la nueva actividad que se le encomendaba en horas libres. La señora Stelling había tenido a su segun­do hijo en fechas recientes y, puesto que nada podía resultar más saludable para un muchacho que sentirse útil, la señora Stelling consideraba que le hacía un favor encomendándole la custodia de Laura, su querubín, mientras la niñera permanecía ocupada con el recién nacido, algo enfer­mizo. Para Tom sería una ocupación agradable sacar a Laura durante las horas más soleadas de los días de otoño, así sentiría que la casa parroquial de Lorton era también su hogar y él era uno más de la familia. Como Laura, el querubín, todavía no sabía andar, llevaba una cinta atada a la cin­tura por la cual Tom la sujetaba como si fuera un perrito durante los minu­tos que la niña quería caminar, pero como estos eran escasos, casi siempre daba vueltas y vueltas por el jardín con la preciosa niña en brazos, ahí donde la señora Stelling pudiera verlos desde su ventana, según las órde­nes recibidas. Si alguien considera que eso no era justo con Tom y resul­taba incluso tiránico, le rogaría que tuviera en cuenta que algunas virtudes femeninas se combinan con dificultad, si es que no son incompatibles: cuando la esposa de un pobre pastor se las ingenia, a pesar de todas sus carencias, para vestir con la máxima elegancia y llevar un peinado que exige que la niñera haga ocasionalmente las funciones de doncella; cuan­do, además, sus cenas y su salón son muestra de una elegancia y perfección en los detalles para los que las mujeres normales creerían necesario poseer grandes ingresos, sería poco razonable esperar que contratara a otra niñe­ra o llegara incluso a realizar ella estas funciones. El señor Stelling no pre­tendía nada semejante: sabía que su esposa hacía maravillas y estaba orgu­lloso de ella. Tal vez no fuera lo mas adecuado para la postura del joven Tulliver caminar cargado con una niña tan pesada, pero hacía así mucho ejercicio paseando y, durante el siguiente semestre, el señor Stelling le bus­caría un profesor de gimnasia. Entre los muchos medios por los que el señor Stelling pretendía ser más afortunado que la mayoría de sus congé­neres se encontraba la renuncia a dirigir su casa. Se había casado con «la mujercita más dulce de la tierra», según el señor Riley, que conocía los dorados tirabuzones y el rostro sonriente de la señora Stelling desde que era soltera y que, basándose en eso, habría estado dispuesto a declarar que, si alguna vez surgían diferencias domésticas en su matrimonio, sin duda serían culpa del señor Stelling.

Si Tom hubiera tenido peor carácter habría terminado odiando a Laura, el querubín, pero era un muchacho demasiado bondadoso, poseía demasiada fibra de la que se transforma más tarde en verdadera virilidad y deseo de proteger al débil. En cambio, sospecho que odiaba a la señora Stelling y que contrajo una duradera aversión hacia los tirabuzones rubios y las anchas trenzas, que asociaba a la altanería y a la referencia constante a los «deberes» de los demás. Sin embargo, no podía menos de jugar con la pequeña Laura y divertirse entreteniéndola: incluso le sacrificó sus cápsulas fulminantes, que ya no confiaba en destinar a fines más altos, con la idea de que el pequeño fogonazo y la detonación le encantarían, aunque no consiguió más que una regañina de la señora Stelling por enseñar a la niña a jugar con fuego. Laura era lo más parecido a un compañero de jue­gos, ¡y cuánto los echaba de menos! En el fondo de su corazón, deseaba fervientemente que Maggie estuviera con él y estaba casi dispuesto a pasar por alto sus desesperantes despistes; en cambio, cuando estaba en casa, toleraba, como si fuera un gran favor, que Maggie trotara a su lado en las excursiones.

Y, efectivamente, antes de que terminara aquel terrible semestre, Maggie fue de visita. La señora Stelling la había invitado, sin precisar mucho, a pasar unos días con su hermano; de manera que cuando el señor Tulliver se acercó a King's Lorton a finales de octubre, Maggie fue con él con la sensación de que emprendía un gran viaje y estaba empezando a ver mundo. Fue la primera visita del señor Tulliver, porque el muchacho tenía que aprender a no pensar demasiado en su casa.

—Bien, muchacho —dijo a Tom en cuanto el señor Stelling salió de la sala para anunciar su llegada a su esposa, y Maggie se lanzó a besar a Tom a sus anchas—. ¡Cómo has cambiado! El estudio te sienta bien.

A Tom le habría gustado parecer enfermo.

—Me parece que no estoy muy bien, padre. Desearía que le dijera al señor Stelling que no me hiciera hacer Euclides: creo que me da dolor de muelas —dijo Tom, acordándose del único mal que había padecido en su vida.

—Así que Euclides... ¿Y eso qué es? —preguntó el señor Tulliver.

—Oh, no lo sé: trata de definiciones, axiomas, triángulos y esas cosas. Tengo que aprenderlo en un libro y no tiene ningún sentido.

—¡Vamos, vamos! —le reprendió el señor Tulliver—. No debes decir eso. Tienes que aprender lo que te diga tu maestro, él sabe lo que te conviene saber.

—Yo te ayudaré, Tom —dijo Maggie con cierto aire de consuelo protec­tor—. Me quedaré todo el tiempo que quiera la señora Stelling. He traído la maleta y los delantales, ¿verdad, padre?

—¿Ayudarme tú, tonta? —exclamó Tom, tan divertido por el anuncio que le entraron ganas de desconcertar a Maggie enseñándole una página de Euclides— Ya me gustaría verte estudiando una de mis lecciones. ¡Caramba, y también latín! Las niñas no aprenden estas cosas, son demasiado tontas.

—Sé perfectamente lo que es el latín —declaró Maggie con aplomo—. Es una lengua: hay palabras latinas en el diccionario. Por ejemplo, está bonus, que significa regalo.

—¡Pues te equivocas, señorita Maggie! —contestó Tom, ocultando su asombro—: ¡Te crees muy lista, pero bonus significa «bueno»: es de bonus, bona, bonum

—De acuerdo, pero también puede significar «regalo» —contestó Maggie categóricamente—. Puede significar varias cosas: sucede con casi todas las palabras: por ejemplo, «planta», que puede querer decir vegetal o una parte del pie.

—Bien dicho, nena —rió el señor Tulliver mientras Tom experimentaba cierto desagrado ante los conocimientos de Maggie, aunque le alegraba mucho la idea de que fuera a quedarse con él. Aquel engreimiento desa­parecería en cuanto examinara los libros.

La señora Stelling, en su insistente invitación, en ningún momento sugi­rió que Maggie permaneciera con ellos más de una semana, pero el señor Stelling, tras colocarla entre sus rodillas y preguntarle dónde había roba­do aquellos ojos negros, insistió en que se quedara con ellos quince días. Maggie pensó que el señor Stelling era un hombre encantador y el señor Tulliver se sintió muy orgulloso de dejar a su mocita en un lugar donde tendría oportunidad de demostrar lo lista que era ante desconocidos que sabrían valorarlo, de manera que acordaron que no la irían a buscar antes de una quincena.

—Ahora, ven conmigo al estudio, Maggie —dijo Tom cuando su padre se alejaba—. Oye, tonta ¿por qué sacudes la cabeza? —prosiguió; porque aun­que Maggie llevaba el cabello peinado tras las orejas, seguía imaginando que se lo apartaba de los ojos—. Pareces una loca.

Vaya, no puedo evitarlo —contestó Maggie con impaciencia—. No te metas conmigo, Tom. ¡Oh, cuántos libros! —exclamó al ver las librerías del estudio—. ¡Cuánto me gustaría tener tantos!

—Si no puedes leer ni uno: están todos en latín —contestó Tom con aire triunfal.

—No, todos no —contestó Maggie—: puedo leer el lomo de éste: Historia de la decadencia y caída del Imperio Romano.

—Bueno, ¿y qué significa? Si ni siquiera lo entiendes —dijo Tom, menean­do la cabeza.

—Pero puedo averiguarlo enseguida —contestó Maggie con aire burlón.

—¿Cómo?

—Miro dentro y veo de qué trata.



—Ni se te ocurra, señorita Maggie —contestó Tom al ver que extendía la mano hacia el volumen—;. El señor Stelling no permite que nadie toque los libros sin su permiso y, si lo sacas, me las cargaré yo.

—Bueno, pues entonces enséñame los tuyos —dijo Maggie. Se dio la vuel­ta, rodeó el cuello de Tom con los brazos y se frotó la nariz contra sus me­jillas.

Tom, feliz de tener a su querida Maggie para discutir y pavonearse, le pasó un brazo por la cintura y empezaron a brincar juntos alrededor de la gran mesa de la biblioteca. Saltaron cada vez con más bríos, hasta que el cabello de Maggie se soltó de detrás de las orejas y empezó a agitarse como un molinillo. Pero las vueltas en torno a la mesa fueron haciéndose cada vez más irregulares hasta que al final tropezaron con el atril del señor Stelling y tiraron los pesados léxicos al suelo. Afortunadamente, el estudio se encon­traba en un ala de la casa que sólo tenía planta baja, de modo que la caída no alzó ecos alarmantes, aunque Tom permaneció aturdido y horrorizado durante unos minutos, temiendo la llegada del señor o la señora Stelling.

—Oh, Maggie —dijo Tom por fin, levantando el atril—. En esta casa no hay que hacer ruido, sabes. Y si rompemos algo, la señora Stelling nos hará peccavi.

¿Y qué es eso? —preguntó Maggie.

—Es la palabra latina para regañina —explicó Tom no sin cierta satisfac­ción por sus conocimientos.

—¿Tiene mal genio? —preguntó Maggie.

—¡Ni te lo imaginas! —contestó Tom, asintiendo con énfasis.

—Me parece que las mujeres tienen peor genio que los hombres —dijo Maggie—. La tía Glegg tiene mucho peor genio que el tío Glegg, y madre me regaña mucho más que padre.

—Bueno, algún día tú serás una mujer —dijo Tom—, así que mejor te calles.

—Pero yo seré una mujer inteligente —dijo Maggie, agitando la cabeza.

—Sí, seguro. Y una presumida. Todo el mundo te tendrá manía.

—Pero tú no, Tom: estaría muy feo porque soy tu hermana.

—Sí, pero si eres antipática, te odiaré.

—¡Si no seré antipática! Me portaré muy bien contigo, y con todos los demás. No me odiarás, ¿verdad, Tom?

—¡Basta, déjalo! Vamos, es hora de que aprenda las lecciones. Mira lo que tengo que hacer —dijo Tom, atrayendo a Maggie hacia sí y mostrán­dole el teorema, mientras ella se apartaba el cabello tras las orejas y se pre­paraba para demostrarle que era capaz de ayudarlo con Euclides. Empezó a leer con plena confianza en su capacidad, pero al instante quedó des­concertada y se sonrojó de irritación: era inconfesable, pero debía reco­nocer su incapacidad y no le gustaba nada sentirse humillada.

—¡Qué tonterías! —dijo—. Y qué feo es esto, nadie necesita entenderlo.

—¡Ah, mira la señorita Maggie! —dijo Tom, quitándole el libro y movien­do la cabeza—. Ahora ves que no eres tan lista como tú te crees.

—¡Oh! —exclamó Maggie haciendo una mueca de disgusto—. Me parece que lo entendería si hubiese estudiado las lecciones anteriores, como tú.

—Pero eso es justo lo que no puedes hacer, señorita sabihonda —replicó Tom—, porque es todavía más difícil cuando sabes lo que viene antes, por­que entonces tienes que saber la definición 3 y el axioma V Pero ahora vete, que tengo que estudiar esto. Ten la Gramática latina, a ver si entien­des algo.

Tras la mortificación matemática, la gramática latina le pareció tranquilizadora; además, le encantaban las palabras nuevas y no tardó en des­cubrir un glosario inglés al final que le ayudaría a entender el latín sin gran esfuerzo. Decidió saltarse las normas sintácticas: los ejemplos eran muy interesantes. Las misteriosas frases, extraídas de un contexto desco­nocido —como extraños cuernos de bestias u hojas de plantas arrancadas, procedentes de alguna región lejana—, prestaban alas a su imaginación y resultaban tanto más fascinantes cuanto que se encontraban en una len­gua propia que podía aprender a interpretar. Era muy interesante aquella Gramática latina que, según Tom, las chicas no podían aprender: y se enor­gullecía de encontrarla interesante. Los ejemplos más fragmentarios eran sus favoritos. Mors omnibus est communis no le transmitía otra cosa que la idea de que le gustaría saber latín; pero el afortunado caballero al que todo el mundo felicitaba porque tenía un hijo «dotado con tanta inteli­gencia» le permitió entregarse a una serie de conjeturas agradables, y andaba perdida por el «espeso bosque que ninguna estrella puede atrave­sar», cuando Tom le dijo:

—Anda, Maggie: dame la Gramática.

—Tom, es un libro precioso declaró mientras se levantaba de un brinco del gran sillón para dársela—. Me gusta mucho mas que el diccionario. Sería capaz de aprender latín muy deprisa, no me parece nada difícil.

—Ah, ya sé lo que has hecho —dijo Tom—: has estado leyendo lo que pone en inglés al final. Eso puede hacerlo hasta el más asno.

Tom tomó el libro y lo abrió con un aire decidido y eficiente encami­nado a sugerir que tenía que estudiar una lección que estaba fuera del alcance de los asnos. Maggie, bastante molesta, se volvió hacia la librería para entretenerse examinando los títulos.

—Mira, Maggie —llamó Tom—, ven a oír si me lo sé. Ponte al extremo de la mesa, donde se sienta el señor Stelling cuando me toma la lección.

Maggie obedeció y cogió el libro abierto.

—¿Dónde vas a empezar, Tom?

—En Appellativa arborum, porque voy a repetir todo lo que he aprendido esta semana.

Tom recitó tres líneas con seguridad, y Maggie empezaba a olvidarse de su tarea de apuntador, perdida en la especulación sobre lo que podría sig­nificar mas, palabra que aparecía dos veces, cuando Tom se trabó en Sunt etiam volucrum

—No me digas nada, Maggie; Sunt etiam volucrum... Sunt etiam volucrum... ut ostrea, cetus...

—No —dijo Maggie, abriendo la boca y negando con la cabeza.

Sunt etiam volucrum —repitió Tom muy despacio, como si esperara que las palabras que venían a continuación aparecieran por sí solas en cuanto sugiriera que las estaba esperando.

C, e, u dijo Maggie, impacientándose.

—Sí, ya lo sé: cállate —dijo Tom—. Ceu passer, hirundo, ferarum... ferarum... —Tom tomó el lápiz y pintó varios puntos en la tapa del libro— ...ferarum...

—Tom, qué despacio vas —protestó Maggie—. Ut...

Ut, ostrea...

—No, no —dijo Maggie—: ut, tigris.. .

—Ah, sí. Ya sé —dijo Tom—: era tigris, vulpes, se me había olvidado: ut tigris, vulpes, et piscium.

Trastabillando y repitiéndose, Tom consiguió decir los renglones siguientes.

—Ahora llega lo que acabo de aprender para mañana. Dame el libro un minuto.

Tras farfullar en susurros y con la ayuda de algún puñetazo sobre la mesa, Tom le devolvió el libro.

Macula nomina in a. . . —empezó.

—No, Tom dijo Maggie—. No es eso lo que viene a continuación: es Nomen non «creszens jenitivo»...

«Creszens jenitivo» —exclamó Tom con una carcajada burlona, ya que había aprendido este párrafo para la lección del día anterior y un joven caballero no necesita poseer un conocimiento íntimo ni extenso del latín para advertir errores semejantes—: «creszens jenitivo» ¡Qué tonta eres, Maggie!

—Bueno, no hace falta que te rías, Tom: tú tampoco lo recuerdas todo. Estoy segura de que es eso lo que pone, ¿y yo qué sé cómo se pronuncia?

—¡Bah! Ya te he dicho que las niñas no son capaces de aprender latín. Es: Nomen non crescens genitivo.

—Muy bien —protestó Maggie, enfurruñada—. Puedo decirlo tan bien como tú. En cambio, tú no te fijas en las pausas: deberías pararte el doble de tiempo en un punto y coma que en una coma y, además, haces las pau­sas más largas donde no debería haber ninguna.

—Bien, basta de tonterías. Déjame seguir.

Al poco rato fueron a buscarlos para que pasaran el resto de la tarde en el salón, y Maggie se mostró tan vivaracha con el señor Stelling, el cual, sin duda, admiraba lo lista que era, que Tom se sintió desconcertado y alar­mado por su audacia.

Sin embargo, Maggie se achantó cuando el señor Stelling hizo referen­cia a una niña de la que había oído contar que había huido para vivir con los gitanos.

—¡Qué niña tan rara debía de ser! —comentó la señora Stelling con in­tención de bromear, pero a Maggie no le hacía ninguna gracia que se bromeara a costa de su supuesta rareza. Temía que, a fin de cuentas, el señor Stelling no tuviera buena opinión de ella, y se acostó bastante abatida. Tenía la sensación de que la señora Stelling la miraba como si pensara que tenía el cabello muy feo porque le caía lacio sobre la espalda.

Con todo, durante la visita a Tom, Maggie pasó allí una feliz quincena. Le permitían permanecer en el estudio mientras él recibía clase y, tras sucesivas lecturas, consiguió profundizar en los ejemplos de la gramática latina. El astrónomo que odiaba a todas las mujeres la desconcertaba tanto que un día preguntó al señor Stelling si todos los astrónomos odiaban a las mujeres o si sólo se trataba de aquél en concreto.

—Supongo que todos —dedujo Maggie, anticipándose a su respuesta—. Porque puesto que viven en altas torres, si las mujeres subieran se pondrían a hablar y no les dejarían mirar las estrellas.

Al señor Stelling le divertía muchísimo su cháchara y se llevaban de maravilla. Maggie dijo a Tom que ella también debería asistir a las clases del señor Stelling, igual que él, y aprender las mismas cosas. Sabía que podía entender a Euclides, porque lo había vuelto a mirar y había visto lo que querían decir A B y C: era el nombre de las líneas.

—Estoy seguro de que no puedes —dijo Tom—. Ya se lo preguntaré al señor Stelling.

—Me da igual —contestó con aplomo la descarada niña—: ya se lo pre­guntaré yo.

—Señor Stelling —dijo aquella misma tarde, cuando se encontraban en el salón—. ¿Podría estudiar a Euclides y todas las lecciones si, en lugar de Tom, su alumna fuera yo?

—No, no podrías —intervino Tom enfadado—. Las niñas no son capaces de estudiar a Euclides: ¿verdad que no, señor?

—Me parece que pueden adquirir nociones de cualquier cosa —contestó el señor Stelling—: poseen una gran capacidad superficial, pero no pueden profundizar en nada. Son rápidas y banales.

Tom, encantado con este veredicto, envió a Maggie una señal de triun­fo agitando la cabeza por detrás de la silla del señor Stelling. En cuanto a Maggie, jamás se había sentido más mortificada: durante su corta vida se había enorgullecido siempre de que la llamaran «rápida» y ahora parecía que esta rapidez era signo de inferioridad. Habría sido preferible ser lenta como Tom.

—Ja, ja! ¡Señorita Maggie! —se burló Tom en cuanto estuvieron solos—. ya ves que no es gran cosa ser rápida. Nunca profundizarás en nada, ya lo sabes.

Y Maggie se sintió tan abrumada por este terrible destino que no tuvo ánimos para contestar.

Pero cuando Luke se llevó en la calesa a esa pequeña muestra de rapi­dez superficial y el estudio volvió a resultar solitario, Tom la echó tremen­damente de menos. Durante el tiempo que había pasado allí, le había ido mejor en clase y se había mostrado más despejado; Maggie había hecho muchas preguntas al señor Stelling sobre el Imperio Romano y quiso saber si realmente existió el hombre que dijo en latín: «No lo compraría por un cuarto ni por una nuez podrida», o si se habían limitado a traducir aque­lla frase, de modo que Tom había empezado a comprender el hecho de que había existido un pueblo en la tierra tan afortunado como para hablar latín sin tener que aprenderlo con la Gramática de Eton. Esa luminosa idea supuso una importante contribución a los conocimientos históricos que adquirió durante el semestre que, por otra parte, se reducían a un com­pendio de la historia de los judíos.

A pesar de todo, aquel terrible semestre tocaba a su fin. ¡Con qué ale­gría contemplaba Tom las últimas hojas amarillas arrastradas por el frío viento! Las tardes oscuras y las primeras nieves de diciembre le parecían más alegres que el sol de agosto; y para contar mejor el paso de los días gracias al cual estaba cada vez más cerca de casa, cuando sólo quedaban tres semanas para las vacaciones clavó veintiún palos en un rincón del jar­dín y cada día arrancaba uno de un tirón y lo lanzaba a lo lejos con tanta energía que si las estacas hubiera podido viajar tan lejos, habrían llegado al limbo.

Sin embargo, merecía la pena alcanzar, incluso al elevado precio de la gramática latina, la felicidad de ver la brillante luz del salón de su casa desde el puente cubierto de nieve cuando la calesa lo cruzó en silencio: la dicha de pasar del aire frío a la calidez, los besos y las sonrisas del hogar familiar donde el dibujo de la alfombra, la chimenea y los atizadores cons­tituían «ideas primeras» tan imposibles de criticar como la solidez y la extensión de la materia. En ningún lugar nos sentimos tan a gusto como allí donde nacimos, donde quisimos a los objetos antes de que supiéramos elegir y donde el mundo exterior tan sólo parecía una extensión de nuestra personalidad: lo aceptamos y lo quisimos como aceptamos nuestro pro­pio sentido de la existencia y nuestros miembros. Vulgares, incluso feos, nos parecerían los muebles de nuestro primer hogar si los viéramos en una subasta: el gusto en las tapicerías ha mejorado y los pone en ridículo; ¿acaso no es la lucha por conseguir un entorno cada vez mejor la princi­pal característica que distingue al hombre del bruto o, para satisfacer una escrupulosa precisión en las definiciones, lo que distingue al británico del bruto extranjero? Sin embargo, sólo el cielo sabe hasta dónde podría lle­varnos esta lucha si nuestros afectos no tendieran a aferrarse a esos obje­tos inferiores, si las devociones y amores de nuestra vida no se anclaran con profundas raíces en la memoria. El entusiasmo que sentimos por el arbus­to de saúco que sobresale por encima de un seto, como si fuera más her­moso que una jara o una fucsia erguida sobre el césped más suave y ondu­lado, es una preferencia totalmente injustificada desde el punto de vista de un jardinero paisajista o cualquiera de esas otras mentes ordenadas que no sienten ninguna afición que no se base en una superior calidad demostra­ble. Y, en realidad, prefiero el saúco porque evoca algún recuerdo antiguo: no es una novedad que se dirige a mi sensibilidad actual por ciertas formas y colores, sino un viejo compañero de mi existencia, entretejido con mis alegrías, cuando éstas eran intensas.



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