George Eliot El molino del Floss



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Capítulo XIII


El señor Tulliver sigue enmarañando la madeja de la vida
Gracias a este cambio de opinión de la señora Glegg, a la señora Pullet le resultó sorprendentemente fácil su tarea mediadora. En realidad, la seño­ra Glegg la hizo callar bruscamente por haberse atrevido a dictar a su her­mana mayor cuál era el comportamiento correcto en asuntos de familia. El argumento de la señora Pullet sobre el mal efecto que causaría en el vecindario el que la gente pudiera decir que había una pelea en la familia resultaba especialmente ofensivo. Si el buen nombre de la familia sólo estaba amenazado por la señora Glegg, la señora Pullet podía dormir tran­quila.

—Supongo que nadie espera —señaló la señora Glegg, zanjando el asun­to— que me presente en el molino antes de que Bessy venga a verme, o que vaya y me arrodille delante del señor Tulliver para pedirle perdón por hacerle un favor; yo no voy con mala intención y cuando el señor Tulliver me hable de modo cortés, yo le hablaré de la misma manera. Nadie tiene motivos para decirme cómo hay que comportarse.

En vista de que no era necesario inquietarse por los Tulliver, la tía Pullet se relajó y volvió a las molestias sufridas la víspera por culpa de los hijos de esa casa aparentemente tan desafortunada. La señora Glegg oyó una narración detallada, a la cual la notable memoria del señor Pullet añadió algunos datos; y, mientras la tía Pullet se compadecía de la mala suerte de la pobre Bessy con sus hijos y manifestaba el proyecto que le rondaba por la cabeza de pagar la educación de Maggie en un internado lejano, que, aunque no le aclarara la piel, bien podría enderezar algunos de sus otros defectos la tía Glegg culpaba a Bessy por su debilidad y apelaba a todos los testigos que pudieran estar vivos cuando los niños Tulliver se torcieran irremediablemente, para que declararan que ella, la señora Glegg, ya lo había dicho desde el principio, y señalaba que le asombraba cómo sus palabras iban haciéndose realidad.

—Entonces, ¿puedo visitar a Bessy y decirle que no estás enfadada y que todo queda como antes? —preguntó la señora Pullet, justo antes de salir.

—Sí, puedes hacerlo, Sophy —dijo la señora Glegg—. Puedes decírselo al señor Tulliver y a Bessy, porque no estoy dispuesta a comportarme mal aunque los demás se comporten mal conmigo: sé que me corresponde, como hermana mayor, dar ejemplo en todos los sentidos, y así lo hago Nadie puede decir lo contrario sin mentir.

Teniendo en cuenta el estado de satisfacción con su propia magnani­midad en que se encontraba la señora Glegg, dejo que el lector juzgue el efecto que le causó la recepción de una breve carta del señor Tulliver esa misma tarde, después de que se marchara la señora Pullet, informándole de que no tenía que preocuparse más por sus quinientas libras porque le serían devueltas a más tardar en el curso del mes siguiente, junto con los intereses debidos hasta la fecha de pago. Y, además, que el señor Tulliver no deseaba comportarse de modo descortés con la señora Glegg y sería bien recibida en su casa siempre que quisiera visitarlos, pero que no dese­aba recibir favores suyos, ni para sí mismo ni para sus hijos.

La desdichada señora Tulliver, debido a la irreprimible esperanza de que causas similares produjeran resultados distintos, había acelerado la catástrofe. Sabía por experiencia que el señor Tulliver muchas veces ten­día a actuar de un modo concreto simplemente porque le decían que no podía hacerlo, porque lo compadecían por su supuesta incapacidad o de alguna manera le ofendían en su orgullo: sin embargo, ese día pensó que todos comerían más contentos si le comunicaba, cuando llegara a tomar el té, que la hermana Pullet había ido a arreglar las cosas con la hermana Glegg, de modo que no tendría que inquietarse por devolver­le el dinero. El señor Tulliver seguía firmemente decidido a conseguirlo, pero la noticia lo empujó definitivamente a escribir una carta a la seño­ra Glegg que eliminara toda posibilidad de error. ¡Pero bueno! ¡Que la señora Pullet fuera a rogar en su nombre! El señor Tulliver no acostum­braba a escribir cartas por voluntad propia, y encontraba que la relación entre el lenguaje oral y el escrito, normalmente llamada ortografía, era una de las cosas más enredosas de este mundo tan enredoso. Pero tal como sucede con la escritura vehemente, llevó a cabo la tarea en menos tiempo de lo habitual y, si su ortografía difería de la empleada por la señora Glegg, qué más daba: ella pertenecía, como él mismo, a una generación en la cual la ortografía respondía únicamente a criterios personales.

La señora Glegg no cambió su testamento como consecuencia de esta carta y no privó a los niños Tulliver de la quinta y sexta parte que les corres­pondía de sus mil libras, porque ella tenía sus principios. Nadie podría decir de ella, cuando hubiera muerto, que no había dividido su dinero con justicia perfecta entre sus familiares: en cuestión de testamentos, las cuali­dades personales estaban subordinadas al hecho fundamental de la san­gre; y decidir la distribución de las propiedades por capricho y no hacer que lo legado guardara una proporción directa con el grado de parentesco equivaldría a una ignominia que le habría amargado la vida. Ésta siem­pre había sido una cuestión de principio en la familia Dodson, como manifestación del sentido del honor y rectitud que constituía una orgullosa tradición en familias como aquella, una tradición que ha sido la sal de nuestra sociedad rural.

Sin embargo, aunque la carta no alteró los principios de la señora Glegg, hizo que la ruptura familiar resultara mucho más difícil de arreglar, debido a la opinión que la señora Glegg se hizo del señor Tulliver: rogó que los demás comprendieran que, a partir de aquel momento, no quería saber nada de él; al parecer, su estado mental estaba demasiado deteriora­do para que ella le dedicara ni un minuto de su pensamiento. Hasta la vís­pera del día en que Tom debía ir al colegio, a principios de agosto, la seño­ra Glegg no visitó a su hermana Tulliver. En esta ocasión, no bajó de la calesa y demostró su disgusto de modo notorio al no dar ningún consejo y abstenerse de toda crítica, ya que, como comentó a su hermana Deane, «Bessy debe soportar las consecuencias de tener semejante marido, aun­que lo siento mucho por ella», y la señora Deane coincidió en que Bessy era digna de lástima.

Aquella noche, Tom dijo a Maggie:

—¡Vaya! Maggie, la tía Glegg vuelve a venir: me alegro de irme al colegio. ¡Ahora te las cargarás tú siempre!

Maggie estaba tan triste por la marcha de Tom que la broma le pareció muy antipática, y aquella noche lloró hasta quedarse dormida.



La rápida reacción del señor Tulliver exigió más rapidez todavía para encontrar la persona adecuada que le prestara quinientas libras bajo hipoteca. «No debe ser cliente de Wakem», se dijo y, sin embargo, al cabo de dos semanas resultó lo contrario; no porque la voluntad del señor Tulliver flaqueara, sino porque así fueron las circunstancias. El cliente de Wakem fue la única persona adecuada que pudo encontrar. El señor Tulliver, como Edipo, tenía un destino y en este caso podría alegar, también como Edipo, que, mas que llevar a cabo una acción, ésta le fue impuesta.

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