George Eliot El molino del Floss



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Capítulo XII


En casa del señor y la señora Glegg
Para ver a los señores Glegg en su casa, debemos adentrarnos en Saint Ogg's, esa venerable población de rojos tejados estriados y almacenes con amplios gabletes, donde los barcos negros depositan sus cargas del lejano Norte y se llevan, a cambio los preciosos productos del interior, el queso bien prensado y las finas lanas con los que, sin duda, mis selectos lectores se habrán familiarizado a través de la mejor literatura clásica pastoril.

Se trata de una de esas ciudades viejas, muy viejas, que producen la sensación de ser una prolongación de la naturaleza, al igual que los nidos de los tilonorrincos o pájaros pergoleros australianos o las laberínticas gale­rías de los termes: un pueblo que lleva consigo las huellas de su creci­miento y su historia, como un árbol milenario, y ha brotado y se ha desa­rrollado entre el río y la baja colina desde la época en que le daban la espalda las legiones romanas del campamento situado en la ladera, y los reyes del mar de largos cabellos remontaban el río y miraban con ojos ávi­dos y fieros la feracidad de las tierras. Es una población «familiarizada con los años olvidados»10. La sombra del rey héroe sajón todavía deambula vaci­lante, rememorando las escenas de su juventud y amoríos, y a su encuen­tro sale la sombra aún más melancólica del temible pagano danés, al que atravesó la espada de un vengador invisible cuando se hallaba entre sus guerreros, y en las tardes de otoño se alza de su túmulo situado en la coli­na como una neblina blanca que flota en el patio del viejo ayuntamiento situado junto al río, el lugar donde fue milagrosamente asesinado en los días previos a la construcción del viejo edificio. Los normandos empeza­ron la construcción de aquel hermoso y viejo ayuntamiento que, como la ciudad, habla de los pensamientos y las manos de generaciones dispersas; pero es todo tan viejo que contemplamos con benevolencia sus incon­gruencias y nos alegramos de que quienes construyeron el mirador de piedra y quienes edificaron la fachada y las torres góticas con pequeños ladri­llos y ornamentos trifoliados, así como las ventanas y almenas delimitadas en piedra, no cometieran el sacrilegio de demoler la vieja nave de entra­mado de madera, con su salón de banquetes con techo de roble.



Incluso más antiguo que este antiguo ayuntamiento tal vez sea el fragmento de muro inserto en el campanario de la iglesia parroquial, que, según dicen, es un resto de la capilla original dedicada a san Ogg, el santo patrón de esta antigua ciudad, de cuya historia poseo varias versiones manuscritas. Me inclino a favor de la más breve puesto que, si no fuera totalmente cierta, al menos contendría menos falsedades. «Ogg, hijo de Beorl», dice mi hagiógrafo particular, «era un barquero que se ganaba ape­nas la vida cruzando pasajeros por el río Floss. Una noche muy ventosa vio a una mujer con un niño en brazos gimiendo a la orilla del río; iba vestida con andrajos y tenía aspecto agotado y abatido. Rogaba que la llevaran al otro lado del río, y los hombres que allí había le preguntaban: "¿Por qué quieres cruzar el río? Aguarda hasta la mañana y cobíjate aquí para pasar la noche, sé prudente y no cometas locuras". Pero ella seguía gimiendo e implorando. Entonces apareció Ogg, hijo de Beorl, y le dijo: "Yo te cruza­ré al otro lado: basta con que tu corazón lo necesite", y así lo hizo. Y sucedió que en cuando la mujer puso un pie en la orilla, sus harapos se trans­formaron en un largo vestido blanco, su rostro adquirió una belleza extra­ordinaria y la envolvió un halo tan luminoso que proyectaba sobre el agua la luz de una luna llena. Y le dijo: "Ogg, hijo de Beorl, bendito seas porque no discutiste los deseos del corazón, sino que te compadeciste y me ayu­daste. De ahora en adelante, aquel que entre en tu barca estará protegido de la tormenta, y cuando ésta se aventure a rescatar a alguien, salvará vidas de hombres y ganado". Y cuando llegaron las inundaciones, la bendición de la barca salvó a muchos. Pero cuando murió Ogg, hijo de Beorl, en el momento en que partió su alma, la barca se soltó de las amarras, se dejó llevar por el reflujo de la marea rápidamente hacia el océano y nunca más volvieron a verla. A partir de entonces, siempre que había una inundación, al llegar el crepúsculo se veía a Ogg, hijo de Beorl, con su barca sobre las extensas aguas: en la proa se sentaba la Virgen, iluminando las aguas como la luna llena para que los remeros que se hallaban en penumbra pudieran redoblar sus fuerzas y seguir remando».

Como se ve, esta leyenda refleja la periodicidad de las inundaciones que, incluso cuando no se cobraban ninguna vida humana resultaban fata­les para el ganado indefenso y causaban la muerte repentina de todos los seres vivos mas pequeños. Sin embargo, la población conoció trastornos incluso peores que las inundaciones: guerras civiles cuando aquel era un continuo campo de batalla y los primeros puritanos agradecían a Dios la sangre de los legitimistas, y después los legitimistas daban gracias a Dios por la sangre de los puritanos. En aquellos tiempos, muchos ciudadanos honrados perdieron todas sus posesiones por cuestiones de conciencia y marcharon, empobrecidos, de su ciudad natal. Sin duda, todavía se alzan muchas de las casas que estos honrados ciudadanos tuvieron que abando­nar apenados: pintorescas casas con gabletes situadas frente al río, comprimidas entre almacenes más recientes y atravesadas por sorprendentes pasajes con recodos y ángulos agudos que terminan por conducir a la fan­gosa orilla, continuamente inundada por la marea. Las casas de ladrillo tienen aspecto añejo y, en la época de la señora Glegg, ningún detalle moderno resultaba incongruente: no había escaparates con grandes lunas, ninguna fachada de estuco ni ningún otro intento falaz de simular que la vieja y roja población de Saint Ogg's había surgido la víspera. Los escapa­rates eran pequeños y sencillos porque las esposas e hijas de los granjeros, que iban a hacer la compra el día del mercado, no tenían la menor inten­ción de adquirir nada en tiendas distintas de las habituales; y los comer­ciantes no ofrecían mercancías destinadas a clientes de paso que no volve­rían a ver. Ah, se diría que incluso la época de la señora Glegg queda muy lejana, separada de nosotros por unos cambios que parecen ensanchar los años. La guerra y el rumor de la guerra habían desaparecido de la mente de los hombres, y si alguna vez pensaban en ella los granjeros cubiertos con sobretodos de sayal que agitaban los sacos de muestra para vaciarlos y murmuraban en la atestada plaza del mercado, era como un estado de cosas que pertenecía a una edad de oro pasada, cuando los precios eran altos. Sin duda, se habían ido para siempre los tiempos en que el ancho río podía traer barcos poco gratos: ahora Rusia no era más que el lugar de origen de la linaza —cuanta más llegara, mejor— destinada a las grandes piedras verticales de los molinos, cuyos brazos como guadañas rugían, ge­mían y barrían cuidadosamente como si tuvieran dentro un alma. Los católicos, las malas cosechas y las misteriosas fluctuaciones del comercio eran los tres males que debía temer la humanidad: ni siquiera las inundaciones habían sido grandes durante los últimos años. El espíritu de Saint Ogg's no se proyectaba demasiado hacia el futuro o hacia el pasado. Había here­dado una larga historia a la que no prestaba atención y no tenía ojos para los espíritus que recorrían sus calles. Desde los siglos en que se había visto en las aguas crecidas a san Ogg y a la Virgen Madre en la proa, se habían dejado atrás muchos recuerdos que habían ido desvaneciéndose, de la misma manera que la cumbre de las colinas iba redondeándose. Y el pre­sente era como una llanura donde los hombres hubieran dejado de creer en la existencia de volcanes y terremotos, convencidos de que el mañana sería idéntico al ayer y que dormían para siempre las fuerzas gigantescas que antes agitaban la tierra. Habían pasado ya los días en que la gente se forjaba, en gran medida, de acuerdo con su fe y de ningún modo podía cambiarla. Los católicos resultaban formidables porque habrían deseado apoderarse del gobierno y de las propiedades y quemar vivos a los hom­bres, pero no porque pudieran convencer a ningún parroquiano cuerdo y honrado de Saint Ogg's para que creyera en el Papa. Un anciano recor­daba que cuando John Wesley predicaba en la plaza del mercado conven­ció a una tosca multitud, pero hacía ya mucho tiempo que no se esperaba que los predicadores conmovieran el alma de los hombres. El único sín­toma de un celo inadecuado para aquellos tiempos más sobrios, cuando los hombres habían terminado ya con los cambios, era el ocasional estalli­do de fervor en los púlpitos discrepantes a propósito del bautismo infan­til. El protestantismo se sentía cómodo, despreocupado de los cismas, indi­ferente al proselitismo: la discrepancia se heredaba, lo mismo que el emplazamiento del banco en la iglesia o las relaciones comerciales, y el clero trataba despectivamente la discrepancia como una tonta costumbre propia de familias dedicadas al comercio de comestibles y a la fabricación de velas, si bien no resultaba incompatible con el próspero comercio al por mayor. Sin embargo, con la Cuestión Católica llegó un ligero viento de controversia que alteró la calma: el anciano párroco en algunas ocasiones se mostraba aficionado a la historia y al debate, y el señor Spray, el minis­tro de la Iglesia Independiente empezó a pronunciar sermones políticos en los que distinguía con gran sutileza entre su ferviente fe en el derecho de los católicos al voto y el convencimiento de que se condenarían para la eternidad. No obstante, la mayoría de los oyentes del señor Spray eran incapaces de seguir sus sutilezas y muchos discrepantes anticuados se apenaban de que «respaldara a los católicos», mientras que otros pensaban que sería mejor que dejara en paz la política. En Saint Ogg's el espíritu público no se tenía en gran estima y los hombres que se ocupaban de cues­tiones políticas eran considerados con cierto recelo como personajes peli­grosos: por lo general, poseían escasos o inexistentes negocios y, de tener­los, era probable que resultaran insolventes.

Así era el aspecto general de Saint Ogg's en los tiempos de la señora Glegg, en el momento concreto de la historia de su familia en que tuvo lugar la pelea con el señor Tulliver. En aquella época, la ignorancia era mucho más cómoda que ahora, y se acogía con todos los honores en la mejor sociedad sin que fuera necesario disfrazarla con complicados trajes de conocimientos; una época en la que los periódicos baratos no existían y a los médicos rurales ni se les ocurría preguntar a sus pacientes femeni­nas si les gustaba leer, sino que daban por hecho que preferían chismo­rrear: unos tiempos en que las damas con ricos trajes de seda llevaban grandes bolsos en los que guardaban un hueso de oveja para protegerse de los calambres. La señora Glegg llevaba un hueso de esos, que había heredado de su abuela, junto con un traje de brocado que podía sostenerse solo, como si fuera una armadura, y un bastón con empuñadura de plata, ya que la familia Dodson era respetable desde hacía muchas generaciones.



La señora Glegg tenía un salón delantero y otro trasero en su excelen­te casa de Saint Ogg's, de manera que contaba con dos puntos de vista desde los que observar las debilidades de sus congéneres y sentirse así más agradecida por su excepcional fortaleza de carácter. Desde las ventanas que daban a la calle, divisaba el camino que salía de Saint Ogg's en direc­ción a la carretera de Tofton, y advertía la tendencia creciente «a callejear» de las mujeres cuyos maridos no se habían retirado de los negocios, así como la costumbre de llevar medias de algodón tejido, lo que abría una perspectiva temible para la generación siguiente. Desde las ventanas trase­ras veía el agradable jardín y el huerto que se extendía hasta el río, y obser­vaba el absurdo empeño del señor Glegg en pasar las horas entre «flores y hortalizas». El señor Glegg, tras abandonar la actividad de tratante en lanas con el propósito de disfrutar del resto de sus días, había encontrado que esta última ocupación resultaba mucho más penosa que su negocio, de modo que se aficionó a trabajar la tierra como distracción y acostum­braba a relajarse haciendo el jornal de dos jardineros normales. El ahorro del sueldo de un jardinero tal vez habría empujado a la señora Glegg a hacer la vista gorda ante esa tontería, si es que era posible que una mujer sensata llegara a simular respeto por las aficiones de su marido. Pero es bien sabido que esta excesiva complacencia conyugal sólo es propia del sector más débil de este sexo, apenas sensible a la responsabilidad de una esposa como freno a las debilidades de su esposo, que casi nunca son de carácter racional o encomiable.

Por su parte, el señor Glegg tenía una doble fuente de ocupación men­tal que prometía ser inagotable. Por un lado, se sorprendía con sus descu­brimientos de historia natural y encontraba que el terreno de su jardín contenía maravillosas orugas, babosas e insectos que, por lo que sabía, nunca habían sido objeto de observación humana, y advertía coinciden­cias notables entre estos fenómenos zoológicos y los grandes aconteci­mientos de la época: por ejemplo, antes de que ardiera la catedral de York aparecieron misteriosas señales serpenteantes en las hojas de los rosales, así como una inusual abundancia de babosas cuyo origen le intrigó hasta que, de repente, se le ocurrió establecer un vínculo con la triste conflagración. (El señor Glegg tenía una actividad mental inusual que, en cuan­to se retiró del negocio de la lana, se encaminó de modo natural en otras direcciones.) Y el segundo tema de meditación consistía en lo «contrario­sa» que era la mente femenina, de la que la señora Glegg constituía un ejemplo típico. El que una criatura hecha —desde el punto de vista genea­lógico— a partir de la costilla del varón y, en ese caso concreto, mantenida en la mayor respetabilidad sin la menor inquietud por su parte, se encon­trara habitualmente en un estado de contradicción con las propuestas más anodinas e incluso con las concesiones más complacientes, constituía un misterio en el orden del universo cuya respuesta había buscado en vano en los primeros capítulos del Génesis. El señor Glegg había escogido a la mayor de las señoritas Dodson en tanto que hermosa encarnación de la prudencia y el ahorro femeninos, y puesto que él era partidario de conse­guir y guardar dinero, había previsto una gran armonía conyugal. Sin embargo, en aquella curiosa mezcla del carácter femenino, podía suceder con facilidad que el aroma fuera desagradable a pesar de la excelencia de los ingredientes; y una tacañería adecuada y sistemática puede ir acompa­ñada de una salsa que estropee el disfrute. El propio señor Glegg era tacaño del modo más afable: sus vecinos lo llamaban «agarrado», lo que siem­pre significa que la persona en cuestión es un avaro amable. Cuando alguien expresaba cierta predilección por las cortezas del queso, el señor Glegg se acordaba de guardárselas, encantado de recrearle el paladar, y era propenso a tener animales de compañía que no requirieran cuidados. No había hipocresía ni engaño en el señor Glegg: habría llorado con sen­timientos verdaderos al ver cómo una viuda se veía obligada a vender sus muebles, aunque un billete de cinco libras de su bolsillo pudiera impedir la venta: pero la donación de cinco libras a una persona humilde le habría parecido una loca forma de despilfarro más que de «caridad», ya que siem­pre había concebido ésta como una serie de pequeñas ayudas, no como una neutralización de la desgracia. Y el señor Glegg era tan entusiasta de ahorrar el dinero propio como el ajeno: habría dado un gran rodeo para evitar un peaje, tuviera que pagarlo él u otra persona, y ponía cierto empe­ño en convencer a conocidos indiferentes para que adoptaran un sustitu­to barato del betún negro. Este hábito inalienable del ahorro como un fin en sí mismo era propio de los industriosos hombres de negocios de la generación anterior, que habían construido lentamente sus fortunas, casi como es natural en el lebrel seguir el rastro del zorro: y los había conver­tido en una «raza», casi perdida en estos días de dinero de fácil consecu­ción, cuando el despilfarro sigue los pasos a la necesidad. En esos tiempos pasados, la «independencia económica» apenas se conseguía nunca sin cierta tacañería, y esta cualidad se encontraba en todas las regiones com­binada con caracteres tan diversos como los frutos de los que se puede extraer ácido. Los verdaderos harpagones eran siempre personajes noto­rios y excepcionales, pero no lo eran los respetables contribuyentes que, tras pasar apuros, conservaban, incluso cuando disfrutaban ya de un cómodo retiro, con el huerto y la bodega bien provistos, la costumbre de contemplar la vida como un ingenioso proceso de recorte de su sustento sin dejar por ello un déficit perceptible, y no les habría costado abandonar de inmediato un lujo gravado con un nuevo impuesto, tuvieran quinien­tas libras de renta anual o de capital. El señor Glegg era uno de estos hom­bres que tan difíciles resultaban para los ministros de hacienda; si tienes esto en cuenta, lector, te resultará más sencillo comprender por qué seguía convencido de que había hecho un buen matrimonio, a pesar del acre condimento que la naturaleza había dado a las virtudes de la mayor de las señoritas Dodson. El hombre de tendencia afectuosa que encuentra una esposa que coincide con su idea de la vida, se convence fácilmente de que ninguna otra mujer le habría convenido tanto y se pelea un poco a diario sin sentir por ello ningún distanciamiento. El señor Glegg, que poseía un carácter reflexivo y ya no estaba ocupado con las lanas, pasaba muchas horas meditando sobre las peculiaridades de la mente femenina tal como se mostraba ante él en su vida doméstica: y, con todo, pensaba que el modo que la señora Glegg tenía de dirigir la casa era un modelo para su sexo: le parecía una irregularidad lamentable que otras mujeres no enrollaran las servilletas con la misma tirantez y énfasis que la señora Glegg, que sus dul­ces no poseyeran la misma consistencia correosa y que sus conservas de ciruelas damascenas no tuvieran la misma venerable solidez: ¡ca!, incluso la peculiar combinación de olores a alimentos y productos de limpieza del armario de la señora Glegg le producía la impresión de ser el único olor correcto para un aparador. Y es probable que no echara de menos las dis­cusiones si éstas hubieran dejado de producirse durante una semana; sin duda una esposa débil y aquiescente habría dejado sus meditaciones ayu­nas y desprovistas de misterio.

La inequívoca bondad del señor Glegg se manifestaba en que le dolía más ver a su esposa en desacuerdo con los demás —aunque fuera con Dolly, la criada— que discrepar él mismo con ella, y la pelea con el señor Tulliver le irritó tanto que, a la mañana siguiente, al contemplar el estado de las primeras coles durante el paseo que dio por el huerto antes del desayuno, apenas experimentó el placer que habría sentido en otras circunstancias. Sin embargo, se dirigió a desayunar con cierta esperanza de que ahora que la señora Glegg lo «había consultado con la almohada», su enfado se hubiera amortiguado lo bastante para ceder paso a su habitual sentido del decoro familiar. Presumía con frecuencia de que en la familia Dodson nunca se había producido una de esas peleas a muerte que habían destrozado otras familias: nunca se había desheredado a un Dodson ni se había repudiado a ningún primo, ¿por qué iba a hacerse? Todos los pri­mos tenían dinero o, como mínimo, poseían varias casas.

La nube vespertina en forma de flequillo postizo no aparecía sobre la frente de la señora Glegg cuando se sentaba a la mesa del desayuno. Dado que pasaba la mañana ocupada en asuntos domésticos, habría sido un dis­pendio absurdo adornarse con algo tan superfluo para preparar dulces correosos. Hacia las diez y media, el decoro exigía flequillo, pero hasta entonces la señora Glegg podía ahorrárselo sin que la sociedad tuviera la menor noticia. Sin embargo, aquel día esa ausencia dejaba de manifiesto la permanencia de otra nube de severidad; y el señor Glegg, tras adver­tirlo después de sentarse a tomar las gachas con leche con que acostumbraba a poner frugal freno al hambre matutina, decidió prudentemente dejar a la señora Glegg la oportunidad de decir la primera frase, ya que dado la delicadeza del ánimo de una dama, temía ofenderla con el menor comentario. La gente que parece disfrutar con su mal carácter sabe cómo conservarlo intacto infligiéndose privaciones. Así lo hacía la señora Glegg: aquella mañana se había preparado el té mas flojo que de cos­tumbre y no quiso tomar mantequilla. Era una dura prueba que tantos deseos de pelea y tan ávidos de aprovechar la menor oportunidad no obtuvieran ni un solo comentario por parte del señor Glegg para ejerci­tarse. Pero, poco a poco, su silencio resultó suficiente y el señor Glegg oyó finalmente cómo su esposa lo apostrofaba en ese tono tan propio de su bienamada cónyuge.

—¡Magnífico, Glegg! No es mucho lo que recibo a cambio de haber sido tu esposa durante todos estos años. Si es así cómo vas a tratarme, habría preferido saberlo antes de que muriera mi pobre padre y entonces, si hubiera querido un hogar, me habría ido a cualquier otro sitio, puesto que podía elegir.

El señor Glegg dejó de comer gachas y levantó la vista: no con sorpresa, sino con el mudo desconcierto con que contemplamos los misterios repe­tidos.

—¡Caramba, señora Glegg! ¿Y ahora qué he hecho?

—¿Que qué has hecho? ¿Qué has hecho? Cuánto lo siento.

Como no se le ocurría ninguna respuesta adecuada, el señor Glegg regresó a sus gachas.

—En este mundo hay maridos que habrían sabido hacer algo distinto que ponerse en el bando de todos los demás y en contra de su propia espo­sa —prosiguió la señora Glegg tras una pausa—. Quizá m’equivoque y pue­das sacarme de mi error, pero siempre he oído decir que la tarea del mari­do es apoyar a su esposa en lugar de alegrarse y sentir como un triunfo que los demás la insulten.

—Pero ¿qué motivos tienes para decir eso? —preguntó el señor Glegg, algo enfadado, porque aunque era un hombre amable, no era tan dócil como Moisés—. ¿Cuándo me he alegrado de que te derroten?

—Hay comportamientos que resultan peores que las palabras, Glegg. Preferiría que me dijeras a la cara la poca estima en que me tienes a que t'esforzaras por manifestar que todo el mundo, menos yo, tiene razón, y bajes a desayunar por la mañana, cuando apenas he dormido una hora en toda la noche, y me pongas cara larga y m’hagas menos caso que a la por­quería que pisan tus zapatos.

—¿Cara larga? —preguntó el señor Glegg en un tono de enfadada burla—. Vaya, eres como el borracho que cree que todo el mundo ha bebido dema­siado, excepto él.

—¡No te rebajes utilizando un lenguaje ordinario conmigo, Glegg! Te da un aspecto lamentable, aunque no puedas verte —espetó la señora Glegg con enérgico tono compasivo—. Los hombres de tu posición deben dar ejemplo y hablar de modo más sensato.

—Claro, pero ¿escuchas las palabras sensatas? —contestó el señor Glegg bruscamente—. Lo más sensato que puedo decirte te lo dije ya anoche: que t’equivocas al pedir que te devuelvan el dinero cuando está inverti­do de modo seguro, todo por una pequeña riña, y esperaba que esta mañana hubieras cambiado de opinión. Pero si quieres recuperarlo, no te des prisa porque sembrarás más discordia en la familia: espera a que aparezca una bonita hipoteca. Ahora tendrías que pedirle al abogado que se pusiera a buscarte una inversión, y t'embarcarías en gastos inter­minables.

La señora Glegg pensó que aquello sí era digno de ser tenido en consideración, pero echó la cabeza hacia atrás y emitió una interjección gutu­ral para indicar que su silencio era sólo un armisticio, no una paz. Y las hos­tilidades no tardaron en estallar de nuevo.

—Te agradecería que me sirvieras una taza de té, señora Glegg —dijo el señor Glegg al ver que, en contra de lo habitual, no se lo servía en cuanto terminaba las gachas. Ella alzó la tetera ladeando un poco la cabeza.

—Me alegra oír que m 'agradeces algo, señor Glegg. No se puede decir que se m 'agradezca mucho lo que hago por los demás en este mundo. Aunque en tu familia nunca ha habido una mujer que estuviera a mi altu­ra, Glegg, y eso mismo diría si estuviera en mi lecho de muerte. No sólo m' he comportado siempre bien con los tuyos y ninguno de ellos puede decir lo contrario, aunque no son mis iguales y nadie conseguirá nunca que yo afirme semejante cosa.

—Será mejor que no encuentres más defectos en mi familia hasta que dejes de pelearte con la tuya, señora Glegg —dijo el señor Glegg con enfadado sarcasmo—. Si no es mucha molestia, quisiera la jarra de leche.

—Estas palabras son las más falsas que has dicho en tu vida, señor Glegg —dijo la señora, vertiendo leche con inusual profusión, como si le dijera que, puesto que quería leche, la tendría como venganza—. Y sabes perfec­tamente que son falsas. No soy mujer que se pelee con los suyos: tal vez tú sí lo seas, porque sé que lo has hecho.

—¡Vaya! Entonces, ¿cómo llamas a lo de ayer, eso de salir de la casa de tu hermana en plena pataleta?

—Nunca me pelearía con mi hermana, señor Glegg, y miente quien diga lo contrario. El señor Tulliver no lleva mi sangre, y fue él quien se peleó conmigo y m’echó de la casa. Pero tal vez habrías preferido que me que­dara para que me insultaran, señor Glegg; tal vez t 'ofendió no oír más ofensas ni lenguaje grosero vertido contra tu esposa. Pero permite que te diga que eso es una vergüenza para ti.

—Pero ¿alguien ha oído alguna vez algo semejante en esta parroquia? —exclamó el señor Glegg, enfadándose de veras—. Una mujer a la que se le da de todo, que se le permite conservar todo su dinero, que disfruta de una calesa recién tapizada con un gasto considerable, que cuando yo muera tendrá mucho más de lo que puede esperar... ¡y se comporta así, mordiendo y despotricando como un perro rabioso! ¡Es inconcebible que Dios haya hecho así a las mujeres! —El señor Glegg pronunció estas últimas palabras con triste agitación y, a continuación, apartó la taza de té y golpeó la mesa con ambas manos.

—Muy bien, señor Glegg. Si eso es lo que sientes, es mejor saberlo —excla­mó la señora Glegg, quitándose la servilleta y doblándola con gran agita­ción—. Pero si crees que recibo mas de lo que merezco, permite que te diga que tengo derecho a esperar muchas cosas que no tengo. Y en cuanto a eso de que parezco un perro rabioso, tienes suerte de que no t 'avergüen­cen públicamente por el modo en que me tratas, porque no lo pienso soportar y no lo quiero soportar más...

Llegado a este punto, la voz de la señora Glegg dejó traslucir que estaba al borde de las lágrimas, de modo que se calló y tocó la campanilla vio­lentamente.

—Sally —dijo, levantándose de la silla y hablando con voz ahogada—. Enciende el fuego en el piso de arriba y echa las persianas. Glegg, pide que te sirvan para comer lo que t' apetezca. Yo tomaré gachas.

La señora Glegg recorrió la habitación en dirección a la pequeña libre­ría, tomó el Descanso eterno de los Santos de Baxter y se lo llevó al piso supe­rior. Era el libro que acostumbraba a tener abierto ante ella en ocasiones especiales: por las mañanas de los domingos lluviosos, cuando le llegaba la noticia de una muerte en la familia o cuando, como en este caso, la pelea con el señor Glegg se había desarrollado una octava por encima de lo habitual.

Sin embargo, la señora Glegg se llevó consigo al piso superior algo que, junto con el Descanso eterno de los Santos y la sopa de gachas, tal vez contri­buyera a calmarla gradualmente y hacerle soportar la existencia hasta poco antes del té: por un lado, la sugerencia del señor Glegg de que bien podía dejar las quinientas libras hasta que apareciera una buena inversión y, por otro, la insinuación parentética sobre lo mucho que heredaría a su muerte. El señor Glegg, como todos los hombres de carácter parecido, era tremendamente reservado en relación con su testamento, y la señora Glegg, en los malos momentos, presentía que, como otros maridos de los que había oído hablar, tal vez acariciara el mezquino proyecto de incre­mentar el pesar por su muerte dejándola en muy mala situación, en cuyo caso estaba firmemente decidida a no contratar apenas plañideras y no llo­rar más que si fuera un segundo marido. Pero si le demostraba alguna ter­nura testamentaria, resultaría muy triste pensar en él, pobre hombre, cuando se hubiera ido, así como en sus tonterías con las flores y hortalizas, e incluso su insistencia en los caracoles resultaría conmovedora cuando se hubiera terminado. Una serie de pensamientos contribuyó a ofrecerle una imagen halagüeña y conciliatoria del futuro: sobrevivir al señor Glegg y loar su memoria como hombre que, al margen de sus debilidades, se había comportado bien con ella a pesar de sus numerosos parientes pobres; aguardar la frecuente llegada de los intereses y esconderlos en los diversos rincones para desorientar a los ladrones más ingeniosos (porque, para la señora Glegg, los bancos y las cajas fuertes anulaban el placer de la pro­piedad: antes habría preferido tomar el alimento en forma de pastillas); y, por último, que el vecindario y su familia la miraran con respeto, pues no hay nada como la dignidad de una viuda rica. De manera que cuando el buen señor Glegg, tras recuperar el buen humor cavando, conmovido por la visión de la silla vacía de su esposa con la labor en un rincón, subió al piso y le contó que habían estado doblando las campanas por el pobre señor Morton, la señora Glegg contestó magnánimamente, como si nunca hubiera recibido una ofensa.

Ah, alguien heredará un buen negocio.

El libro de Baxter llevaba abierto al menos ocho horas, porque eran casi las cinco, y si a la gente le gusta pelearse con frecuencia, se deduce, como corolario, que sus riñas no pueden superar determinados límites.

El señor y la señora Glegg charlaron amablemente aquella noche sobre los Tulliver: el señor Glegg llegó a reconocer que Tulliver tenía una habi­lidad especial para meterse en líos y que era capaz de labrarse su propia ruina; y la señora Glegg, dándole en parte la razón, declaró que era indig­no de ella tener en cuenta la conducta de un hombre como aquel y que, por su hermana, dejaría que conservara las quinientas libras un poco más, porque si lo invertía en una hipoteca percibiría únicamente el cuatro por ciento.



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