George Eliot El molino del Floss



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Capítulo XI


Maggie intenta huir de su sombra
Como de costumbre, las intenciones de Maggie iban más allá de lo que Tom había imaginado. La decisión que tomó después de que Tom y Lucy se alejaran no era tan sencilla como regresar a casa. ¡No! Se escaparía y se iría a vivir con los gitanos y Tom no volvería a verla nunca más. Esta idea no era nueva para Maggie: le habían dicho tantas veces que parecía una gitana y que, además, era «medio salvaje», que cuando estaba triste le pare­cía que la única manera de escapar al oprobio y sentirse en armonía con las circunstancias era viviendo bajo una carpa de color pardo en los terre­nos comunales del municipio: creía que los gitanos la recibirían encanta­dos y le tendrían mucho respeto por sus conocimientos superiores. En una ocasión mencionó esta idea ante Tom y le sugirió que se tiñera la cara de oscuro para huir juntos, pero Tom rechazó el proyecto con desprecio y le contestó que los gitanos eran ladrones, apenas tenían para comer y sólo poseían algún burro para desplazarse. Sin embargo, aquel día Maggie pensó que su infelicidad había alcanzado tal punto que los gitanos consti­tuían su último refugio, y se levantó de las raíces del árbol donde estaba sentada con la sensación de estar viviendo una crisis; correría hasta llegar al terreno comunal de Dunlow, donde sin duda encontraría gitanos, y así aquel Tom tan cruel y el resto de parientes que tantos defectos le encon­traban no tendrían que verla nunca más. Mientras corría pensó en su padre, pero se reconcilió con la idea de separarse de él decidiendo que le enviaría en secreto una carta mediante algún gitanillo que se escaparía corriendo sin decirle dónde estaba y se limitaría a comunicarle que se encontraba bien, era feliz y lo quería mucho.

La carrera pronto la dejó sin aliento, pero cuando Tom regresó al estanque, Maggie se encontraba tres largos campos más allá, al borde de un camino que llevaba a la carretera principal. Se detuvo para recuperar el aliento y se le ocurrió pensar que aquello de huir no era muy agradable, por lo menos, antes de llegar al terreno donde se encontraban los gitanos, pero su decisión no flaqueó: cruzó la puerta de la verja y entró en el cami­no sin saber adónde conducía, porque nunca había pasado por allí cuan­do viajaban del molino de Dorlcote a Garum Firs, y se sintió más segura al pensar que así no sería posible que la alcanzaran. Pronto advirtió, no sin temor, que se acercaban dos hombres por el camino que se extendía ante ella: demasiado ocupada con la idea de que los conocidos fueran tras ella, no se le había ocurrido la posibilidad de encontrarse con desconocidos. Eran dos impresionantes individuos de aspecto andrajoso y rostro colora­dote; uno de ellos llevaba un hatillo colgado de un palo sobre el hombro: pero para su sorpresa, aunque Maggie temía que la censuraran por huir, el portador del hatillo se detuvo y con un tono entre implorante y zala­mero le preguntó si tenía alguna moneda para dar a un pobre hombre. Maggie llevaba una moneda de seis peniques en el bolsito —regalo del tío Glegg— y se la tendió al mendigo con una sonrisa educada, esperando que apreciara su generosidad.



—Esto es todo lo que tengo —dijo, excusándose.

—Gracias, señorita —contestó el hombre, con tono menos respetuoso y agradecido de lo que Maggie esperaba, e incluso observó que sonreía y guiñaba el ojo a su compañero. Maggie se alejó caminando muy deprisa, pero advirtió que los dos caminantes se quedaban inmóviles, probable­mente para mirarla, y los oyó reír con sonoras carcajadas. De repente, se le ocurrió pensar que la habrían tomado por una niña boba: Tom le había dicho que el cabello corto le hacía parecer la tonta del pueblo y aquella idea era demasiado dolorosa para olvidarla rápidamente. Además, no lle­vaba manga larga, sólo una capa y una capota. No era probable que cau­sara una impresión favorable a los caminantes y pensó en regresar a los campos, pero no al mismo costado del sendero, no fuera a encontrarse todavía en las propiedades del tío Pullet. Entró por la primera puerta de un cercado que vio abierta y, tras aquel humillante encuentro, sintió una deliciosa sensación de intimidad al avanzar entre los setos. Estaba acos­tumbrada a vagar sola por los campos y allí se sentía menos asustada que en la carretera. En alguna ocasión tuvo que trepar para cruzar altas puer­tas cerradas, pero aquel era un mal menor; se alejaba muy deprisa y probablemente pronto llegaría a ver las tierras comunales de Dunlow u otras cualesquiera, porque había oído decir a su padre que no se podía ir muy lejos sin llegar a alguna. Eso esperaba, porque se sentía cada vez más cansada y hambrienta, y hasta que encontrara a los gitanos no tenía perspectiva alguna de tomar pan con mantequilla. Era todavía pleno día, pues la tía Pullet, que conservaba las costumbres tempranas de la familia Dodson, tomaba el té a las cuatro y media, según la hora solar, y a las cinco, según el reloj de la cocina; así pues, aunque hacía casi una hora que Maggie se había puesto en camino, todavía no se cernía sobre los campos penumbra alguna que le recordara la llegada de la noche. No obstante, tenía la sen­sación de haber caminado una gran distancia y le parecía sorprendente que no apareciera ante sus ojos el terreno comunal. Hasta el momento, había recorrido la rica parroquia de Garum, que poseía grandes extensiones de pastos, y sólo había visto a un campesino a lo lejos: eso, en cierto modo, era una suerte, pues los braceros podían ser demasiado ignorantes para entender sus motivos para ir al terreno comunal de Dunlow; de todos modos, habría sido mejor encontrar a alguien que le indicara el camino sin por ello preguntarle nada sobre sus asuntos. Por fin terminaron los campos verdes y Maggie se encontró mirando entre los barrotes de una puerta que daba a un camino con un alto margen de hierba a ambos lados. Nunca había visto una carretera tan ancha y, sin saber por qué, le dio la impresión de que el terreno comunal no podría estar muy lejos; tal vez fuera porque había visto un burro con un tronco atado a las patas para impedirle la huida comiendo del herboso margen, y en otra ocasión, cuan­do cruzó los terrenos comunales de Dunlow en la calesa de su padre, tam­bién vio un burro con aquel triste estorbo. Se coló entre los barrotes de la puerta y siguió caminando animada, aunque la asustaban las imágenes recurrentes de Apolión7, de algún salteador de caminos armado, de un enano vestido de amarillo con una boca de oreja a oreja y de otros peligros diversos, ya que la pobrecita Maggie poseía a un tiempo la timidez de una imaginación activa y la osadía de un impulso imperioso. Se había lanzado a la aventura de buscar a sus desconocidos semejantes, los gitanos, y ahora se encontraba en aquel camino extraño en el que apenas se atrevía a mirar a uno y otro lado, no fuera a ver al diabólico herrero de delantal de cuero sonriendo con los brazos en jarras. Y, con sobresalto, reparó en unas pier­necitas desnudas que sobresalían, con los pies por delante, junto a una loma; demasiado alterada para distinguir a primera vista los andrajos y la oscura cabeza greñuda que acompañaban a las piernas, aquello le pareció algo horriblemente sobrenatural: algo así como un hongo diabólico. Era un muchacho dormido y Maggie se alejó corriendo, no fuera a despertar­lo: no se le ocurrió que acaso fuera uno de sus amigos gitanos y que, de confirmarse tendría unos modales muy amistosos. Sin embargo, así era, porque al siguiente recodo del camino, Maggie distinguió la pequeña tien­da semicircular; el humo azulado ascendía ante lo que iba a ser su refugio de todo el vilipendio que la había acosado en la vida civilizada. Incluso vio, junto a la columna de humo, una alta figura femenina: sin duda, la madre gitana, que se encargaba de suministrar el té y otros alimentos. Le asom­bró no sentir mayor alegría. Le sorprendía encontrar a los gitanos junto al camino y no en un terreno comunal: lo cierto era que resultaba decep­cionante, porque el mismo terreno comunal misterioso e ilimitado, con zonas de arena donde esconderse, lejos del alcance de cualquiera, siempre había formado parte de la imagen que Maggie tenía de la vida de los gita­nos. No obstante, siguió avanzando y pensó con cierto consuelo que pro­bablemente los gitanos no sabían nada de los tontos de pueblo, de modo que no había peligro de que cayeran en el error de clasificarla de entrada como uno de ellos. Resultaba evidente que había atraído su atención, por­que la figura alta, que resultó ser una mujer joven con una criatura en bra­zos, se dirigió lentamente a su encuentro. Maggie contempló aquel rostro mientras se le acercaba y se tranquilizó al pensar que su tía Pullet y los demás tenían razón cuando la llamaban gitana, porque aquel rostro de brillantes ojos negros y cabello largo se parecía bastante a la imagen que ella había observado en el espejo antes de cortarse el pelo.

—¿Adónde va usté, señorita? —preguntó la gitana con tono zalamero.

A Maggie aquello le encantó porque era exactamente lo que esperaba: los gitanos se habían dado cuenta al instante de que era una señorita y esta­ban dispuestos a tratarla del modo adecuado.

—Aquí mismo —dijo Maggie, con la sensación de que decía lo que había ensayado en un sueño—. Vengo a quedarme con vosotros si me dejáis.

—¡Qué gracia! Venga, pues. Vaya, qué señorita más linda —dijo la gitana, tomándola de la mano. A Maggie le pareció una mujer muy agradable, aunque le habría gustado que no estuviera tan sucia.

Se acercaron a la hoguera, en torno a la cual había un grupo reunido. Una vieja gitana, sentada en el suelo, se frotaba las rodillas y, de vez en cuando, metía un pincho en una olla de la que salía un vapor oloroso: dos niños greñudos, tendidos boca bajo, se apoyaban en los codos como dos pequeñas esfinges, y un plácido burro inclinaba la cabeza sobre una chica que, tendida de espaldas, le rascaba la nariz y lo obsequiaba con un poco de excelente heno robado. El sol poniente los iluminaba y la escena resul­taba hermosa y agradable, pensó Maggie, aunque deseaba que no tarda­ran mucho en sacar las tazas del té. Todo sería encantador cuando hubie­ra enseñado a los gitanos a lavarse con una jofaina y a sentir interés por los libros. De todos modos, le desconcertó que la mujer joven empezara a hablar con la vieja en una lengua que Maggie no entendía mientras la chica alta que daba de comer al burro se incorporaba y la escrutaba sin saludarla.

—Cómo es eso, linda damita —dijo finalmente la anciana—: ¿Ha venido a quedarse con nosotros? Asiéntese y cuéntenos de ande viene.

Aquello parecía un cuento: a Maggie le gustaba que la llamaran linda damita y la trataran de aquella manera.

—Vengo de mi casa porque allí soy desgraciada y quiero ser gitana —expli­có después de sentarse—. Viviré con vosotros, si queréis, y puedo enseñaros muchas cosas.

—Qué damita tan lista —exclamó la mujer del nene, sentándose al lado de Maggie y depositando el niño en el suelo para que gateara—. Y qué som­brerito y qué vestido tan bonitos —añadió mientras le quitaba la capota a Maggie y la examinaba, tras lo cual comentó algo a la vieja en aquel len­guaje desconocido. La chica alta le arrebató la capota y se la puso con una gran sonrisa burlona, pero Maggie estaba decidida a no dar muestras de debilidad alguna en ese aspecto, como si el sombrero le importara algo.

—No quiero llevar sombrero —dijo Maggie—. Prefiero un pañuelo rojo, como vosotras —añadió, mirando a la amiga que tenía al lado—. Hasta ayer tenía el pelo bastante largo, pero me lo corté. Aunque me parece que me crecerá enseguida —añadió con aire de disculpa, pensando que tal vez las gitanas tenían especial preferencia por el cabello largo. En aquel momen­to, el deseo de caer en gracia a los gitanos había hecho que Maggie hubie­ra olvidado incluso el hambre que tenía.

—Oh, qué damita tan encantadora. Y, seguramente, tan rica —dijo la anciana—. ¿Vive en una casa bonita?

—Sí, mi casa es linda y me gusta mucho el río donde vamos a pescar, pero muchas veces soy muy desgraciada. M’habría gustado traerme libros, pero me he escapado a toda prisa ¿sabes? Pero puedo contaros casi todo lo que sale en mis libros, porque los he leído muchas veces, y eso os divertirá. Y también puedo contaros cosas de geografía, que son cosas sobre el mundo en que vivimos, que son muy útiles e interesantes. ¿Habéis oído hablar de Colón?

Los ojos de Maggie empezaban a brillar y sus mejillas se ruborizaban: estaba comenzando a instruir a los gitanos y a tener influencia sobre ellos. Los gitanos la escuchaban asombrados, aunque su atención se dividía entre la niña y el contenido de su bolsito, que la amiga situada a la dere­cha le había vaciado sin que ella se diera cuenta.

—¿Es allí ande vive usted, señorita? —preguntó la anciana cuando men­cionó a Colón.

—¡Oh, no! —exclamó Maggie con cierta pena—. Colón fue un hombre muy importante que encontró medio mundo, lo encadenaron y lo trata­ron muy mal. Lo pone en mi catecismo de geografía, pero a lo mejor es una historia demasiado larga para contarla antes del té... Quiero meren­dar.

A Maggie se le escaparon estas palabras a pesar de su voluntad y así pasó del tono didáctico y condescendiente al mero mal humor infantil.

—Vaya, la pobre damita tiene hambre —comentó la mujer joven—. Darle algo frío para comer. Seguramente habrá caminao mucho, querida niña. ¿Dónde está su casa?

—Es el molino de Dorlcote, está muy lejos —dijo Maggie—. Mi padre es el señor Tulliver, pero no debemos decirle dónde estoy porque me llevaría a casa de nuevo. ¿Dónde vive la reina de las gitanas?

—¡Vaya! ¿Quiere verla? —preguntó la mujer joven. La niña alta, entre tanto, no dejaba de escrutar a Maggie y de sonreír con una mueca. Sin duda, sus modales no eran nada agradables.

—No —contestó Maggie—. Sólo pensaba que si no es una buena reina, os alegraríais si muriera y pudierais escoger a otra. Si yo fuera reina, sería muy buena y amable con todos.

—Aquí tie un poco de buena comida —dijo la vieja, tendiéndole a Maggie un trozo de pan, que había sacado de una bolsa con mendrugos y un poco de tocino frío.

—Gracias —dijo Maggie, mirando la comida, pero sin tomarla—, pero ¿no podrías darme un poco de pan con mantequilla y un poco de té, en lugar de esto? No me gusta el tocino.

—No tenemos té ni mantequilla —contestó la vieja frunciendo un poco el ceño, como si estuviera cansándose de contemplaciones.

—Bueno, pues me servirá un poco de pan con melaza dijo Maggie.

—No tenemos melaza —contestó la vieja enfadada, tras lo cual tuvo lugar un brusco diálogo en aquella lengua desconocida y una de las pequeñas esfinges le arrebató el pan con tocino y empezó a comérselo. En aquel momento, la chica alta, que se había alejado unos metros, regresó y dijo algo que causó gran conmoción. La vieja pareció olvidar el hambre de Maggie, introdujo el pincho en la olla y lo agitó con energía; la mujer joven entró en la tienda y sacó platos y cucharas. Maggie tembló un poco y temió que los ojos se le llenaran de lágrimas. Entretanto, la chica alta soltó un grito agudo y corrió hacia el muchacho junto al que había pasa­do Maggie cuando dormía: un tosco pilluelo de la edad de Tom, el cual miró fijamente a Maggie y a continuación prosiguió con su charla incom­prensible. Maggie se encontraba muy sola y estaba segura de que no tar­daría en echarse a llorar: los gitanos no parecían ocuparse de ella y se sen­tía muy débil en su compañía. Pero un nuevo terror contuvo sus lágrimas: cuando aparecieron los dos hombres cuya aproximación había sido la causa del súbito revuelo. El mayor de los dos dejó caer la bolsa que lleva­ba y se dirigió a las mujeres con gritos de reprimenda que ellas contesta­ron con una retahíla en tono agudo e insolente; mientras tanto, un chu­cho negro corrió hacia Maggie ladrando, lo que sumió a la niña en unos temblores que encontraron nueva causa en las maldiciones con que el hombre más joven llamó al perro y en el golpe que le propinó con el gran bastón que llevaba en la mano.

Maggie pensó que era imposible que fuera nunca reina de esa gente o que llegara siquiera a comunicarles conocimientos útiles y divertidos. Los hombres parecían estar haciendo preguntas sobre Maggie, porque la miraban y la conversación fue adoptando el tono pacífico que implica curiosidad por un lado y capacidad de satisfacerla por otro.

—Esta preciosa damita ha venío a vivir con nosotros, ¿no os alegráis? —dijo finalmente la mujer joven en el tono zalamero empleado antes.

—Ajá, m'alegro mucho —contestó el hombre joven, que examinaba el dedal de plata de Maggie y otras cosillas que le habían cogido del bolsito. Las devolvió todas, excepto el dedal, a la mujer joven con un comentario y ésta volvió a guardarlas inmediatamente en el bolsito de Maggie, mien­tras los hombres se sentaban y empezaban a atacar el contenido de la olla —un estofado de carne con patatas— que habían sacado del fuego y habían servido en una fuente amarilla.

Maggie empezó a pensar que tal vez Tom tuviera razón sobre los gita­nos: sin duda, eran ladrones, a menos que el hombre tuviera intención de devolverle de inmediato el dedal. Se lo habría regalado gustosa porque no sentía por él especial cariño; pero la idea de que se encontraba entre ladrones le impedía sentir ningún consuelo en las nuevas atenciones que recibía: todos los ladrones eran malos, con la única excepción de Robin Hood. Las mujeres se dieron cuenta de que estaba asustada.

—No tenemos na bueno pa que coma la señorita —dijo la vieja con tono meloso—. Y tie tanta hambre, la pobre damita.

—Tome, cariño, mire si le gusta esto —dijo la mujer joven, tendiéndole un poco de estofado en un plato marrón con una cuchara de hierro; Maggie, recordando el enfado de la vieja porque no le había gustado el pan con tocino, no se atrevió a rechazar el guiso, aunque el miedo le había quita­do el apetito. ¡Ojalá su padre apareciera por allí con la calesa y se la lleva­ra! ¡O pasaran por ahí Jack el Matagigantes o el señor Greatheart8, o San Jorge, el que mataba al dragón en las monedas de medio penique! Maggie pensó, abatida, que nunca se había visto a aquellos héroes en las proximi­dades de Saint Ogg's: allí nunca pasaba nada extraordinario.

Como se ha podido apreciar, Maggie Tulliver estaba muy lejos de pose­er la educación y formación que tiene actualmente una niña de ocho o nueve años: sólo había asistido un año a la escuela de Saint Ogg's, y tenía tan pocos libros que algunas veces incluso leía el diccionario; de manera que, si fuera posible recorrer su mente, se distinguiría la mas sorpren­dente ignorancia junto con el conocimiento mas insospechado. Era capaz de explicar que existía una palabra tal como «poligamia» y, puesto que conocía también el término «polisílabo», había deducido que «poli» sig­nificaba «muchos»; pero no tenía la menor idea de que los gitanos no poseyeran una gran despensa, y sus pensamientos, por lo general, estaban formados por una extraña mezcla de perspicacia clarividente y ciegos sueños.

En los últimos cinco minutos, sus ideas sobre los gitanos habían sufrido una rápida modificación. Tras considerarlos compañeros muy respetables y bien dispuestos a la instrucción, había empezado a pensar que tal vez qui­sieran matarla en cuanto se hiciera de noche y, más tarde, trocear su cuer­po para ir guisándolo poco a poco: incluso sospechó que el viejo de ojos feroces era, en realidad, el demonio y podía despojarse en cualquier momento de ese disfraz y convertirse en el herrero de la gran sonrisa o en un monstruo de ojos fieros con alas de dragón. No conseguía comerse el guiso y, sin embargo, lo que más temía era ofender a los gitanos revelando la opinión extremadamente desfavorable que acababa de formarse sobre ellos; se preguntaba con un fervoroso interés que ningún teólogo podría haber superado si, en caso de que el demonio estuviera presente, podría leerle el pensamiento.

—¡Cómo! ¿No le gusta cómo huele, querida? —preguntó la mujer joven, observando que Maggie ni siquiera había comido una cucharada—. Anda, pruébelo.

—No, gracias —dijo Maggie, haciendo acopio de todas sus fuerzas para sonreír amistosamente—. Me parece que no tengo tiempo, está haciéndose de noche. Me parece que tengo que irme a casa. Ya volveré otro día y os traeré una cesta con tartas de mermelada y otras cosas.

Maggie se levantó mientras anunciaba aquel plan ilusorio, deseando fervientemente que Apolión fuera crédulo; pero sus esperanzas naufragaron cuando la vieja gitana dijo:

—Pare un poco, pare un poco, damita: la llevaremos a su casa, sana y salva, después de cenar: irá montada, como corresponde a una dama.

Maggie se sentó de nuevo con escasa fe en esa promesa, aunque vio cómo la chica alta embridaba el burro y le echaba encima unas alforjas.

—Andando, señorita —dijo el hombre joven, poniéndose en pie y conduciendo el burro—. ¿Ande vive? ¿Cómo se llama ese sitio?

—Vivo en el molino de Dorlcote —se apresuró a contestar Maggie—. Mi padre es el señor Tulliver, allí vive.

—Caramba, ¿un molino grande un poco para acá de Saint Ogg's?

—Sí —dijo Maggie—. ¿Está muy lejos? Me parece que me gustaría irme andando, si le parece bien.

—No, no. Empieza a oscurecer y debemos darnos prisa. Y el burro la lle­vará mu bien, ya verá.

Alzó a Maggie mientras hablaba y la sentó sobre el borrico. La niña sin­tió alivio al ver que no era el viejo quien se disponía a acompañarla, pero apenas se atrevía a esperar que, efectivamente, la llevara a su casa.

—Aquí está su bonito sombrero —dijo la mujer joven, colocándole la prenda antes despreciada y ahora recibida con alegría—. Y les dirá que nos hemos portao muy bien con usted, ¿verdad? Y que hemos dicho que era una damita preciosa.

—Oh, sí. Muchas gracias. Os estoy muy agradecida. Pero me gustaría que tú también vinieras conmigo. —dijo Maggie, pensando que cualquier cosa sería mejor que partir sola con uno de aquellos hombres tan terribles: sería más alegre que la asesinara un grupo numeroso.

—Ah, yo le gusto más, ¿verdad? —dijo la mujer—. Pero no puedo ir, irán demasiado aprisa para mí.

Al parecer, el hombre tenía intención de montar en el borrico y sostener a Maggie ante él, y la niña fue tan incapaz de protestar contra esta solución como el propio burro, aunque aquello le pareciera peor que cualquier pesadilla. Después de que la mujer se despidiera de ella con unas palmadi­tas en la espalda, el burro, siguiendo la enérgica indicación del bastón del hombre, se puso en marcha rápidamente por el camino en dirección hacia el lugar por donde había venido Maggie una hora atrás, mientras la chica alta y el tosco pilluelo, provistos también de palos, los escoltaron amable­mente durante el primer centenar de yardas entre gritos y golpes.

Ni siquiera Leonora9 en su sobrenatural viaje nocturno con el fantasma de su amado estaba más aterrorizada que la pobre Maggie en aquel reco­rrido perfectamente normal sobre un burro de paso corto, con un gitano a su espalda convencido de estar ganándose media corona. La luz rojiza del sol poniente parecía poseer un significado profético, relacionado sin duda con el alarmante rebuzno del otro borrico, atado al tronco. Las dos casitas con tejado de paja, las únicas que vieron junto al camino, hacían el paisaje aún más lúgubre; no tenían ventanas propiamente dichas y las puertas estaban cerradas: seguro que allí vivían brujas, y Maggie sintió ali­vio al ver que el burro no se detenía.

Por fin —¡qué hermosa visión!— aquel camino, el más largo del mundo, se terminó y desembocó en una carretera ancha por la que, en aquel momento, circulaba incluso un carruaje. Y en la esquina había una indi­cación: seguro que la había visto antes. La señal decía: «A Saint Ogg's, 2 millas». Así pues, el gitano de veras la llevaba a casa: después de todo, pro­bablemente, era un buen hombre y quizá se había ofendido al pensar que no quería viajar sola con él. La idea fue ganando terreno a medida que Maggie se convencía de que el hombre conocía bien la carretera, y estaba pensando en cómo iniciar una conversación con el ofendido gitano y no sólo reparar sus sentimientos sino también borrar la impresión causada por su cobardía cuando llegaron a un cruce y Maggie divisó a alguien que se acercaba montado en un caballo de cara blanca.

—¡Para, para! —gritó—. ¡Es mi padre! ¡Padre, padre!

Aquella alegría repentina resultó casi dolorosa y, antes de que su padre llegara hasta ella, se echó a llorar. El señor Tulliver se asombró muchísimo, porque regresaba de Basset y todavía no había pasado por su casa.

—¡Caramba! ¿Qué significa esto? —dijo, frenando el caballo mientras Maggie se deslizaba del burro y corría hacia el estribo de su padre.

—Me parece que la señorita s’ ha perdío —dijo el gitano—. Llegó hasta nuestro campamento, en el camino de Dunlow. Ahora la llevaba hacia donde nos ha dicho que vivía. Cae muy lejos, cuando uno se ha pasao todo el día por ahí.

—Oh, sí, padre. Ha sido muy bueno al traerme a casa —dijo Maggie—. ¡Es un hombre amable y bueno!

—Tenga, buen hombre —dijo el señor Tulliver, tendiéndole cinco cheli­nes—. Es la mejor acción que ha hecho nunca. No soportaría perder a esta mocita. Venga, sube aquí delante.

Se pusieron en marcha y Maggie apoyó la cabeza en su padre y siguió llorando.

—¡Vaya! Maggie, qué es eso, qué es eso! ¿Cómo ha sido que has estado vagando por ahí y t' has perdido?

—Padre —sollozó Maggie—. Me he escapado porque era muy desgraciada. Tom se ha enfadado mucho conmigo y no lo podía soportar.

—Ea, ea —dijo el señor Tulliver tranquilizándola—. Ni se t 'ocurra escaparte de tu padre, ¿qué haría tu padre sin su mocita?

—No, no. Nunca volveré a escaparme, nunca.

Cuando llegaron a casa aquella noche, el señor Tulliver habló con cla­ridad con la señora Tulliver y con Tom, lo que tuvo el sorprendente resul­tado de que Maggie nunca oyó un reproche de su madre ni una broma de su hermano sobre la tonta escapada con los gitanos. Aquella reacción tan poco habitual atemorizó a Maggie y algunas veces interpretaba que su con­ducta había sido demasiado terrible para que se mencionara.

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