George Eliot El molino del Floss



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Capítulo X


Maggie se comporta peor de lo que esperaba
El objeto asombroso que marcó así un hito para el tío Pullet no era otra cosa que la pequeña Lucy con medio lado de su cuerpo, desde el piececi­to a la capotita, empapado y cubierto de barro, con las dos manitas negras extendidas y expresión lastimera. Para explicar esta aparición sin prece­dentes en el salón de la tía Pullet, debemos remontarnos al momento en que los tres chicos salieron a jugar al jardín y los pequeños demonios que se habían apoderado del ánimo de Maggie a primeras horas del día regre­saron con mayor ímpetu tras una ausencia temporal. Sentía sobre sí el peso de todos los recuerdos desagradables de la mañana cuando Tom, cuyo enfado hacia ella se había reavivado después de que le derramara tontamente el vino de prímula, dijo:

Ven, Lucy, ven conmigo y se alejó en dirección a la zona donde esta­ban los sapos, como si Maggie no existiera. Su hermana permaneció a lo lejos con aire de pequeña Medusa con las serpientes cortadas. Como es lógico, Lucy se alegró de que el primo Tom fuera tan amable con ella y encontró muy divertido ver cómo hacía cosquillas a un sapo gordo con un trozo de cuerda a través de una rejilla de hierro. Con todo, Lucy deseó que Maggie también disfrutara del espectáculo, sobre todo porque a buen seguro pondría nombre al sapo y le contaría su historia; a Lucy le encan­taban las historias de Maggie, que creía a medias, sobre los seres vivos que encontraban aquí y allá: de cómo la señora Tijereta estaba haciendo la colada en casa y uno de sus hijos se cayó en el caldero, por eso corría tan deprisa en busca del médico. Tom sentía un profundo desprecio por esas tonterías de Maggie y aplastaba la tijereta inmediatamente, una manera, superflua pero fácil de demostrar la falsedad de la historia; Lucy no podía evitar la idea de que tenían algo de cierto y, en cualquier caso, le parecían fantasías muy bonitas. De modo que el deseo de conocer la historia de un sapo muy corpulento, sumada a su carácter afectuoso, hizo que corriera hacia Maggie.

¡Maggie! ¡Hay un sapo grande y muy divertido! Ven a verlo.

Maggie no dijo nada y se alejó de ella con el ceño fruncido. Mientras Tom, pareciera preferir a Lucy, ésta formaría parte de su crueldad. No hacía mucho que Maggie creía que nunca se mostraría desagradable con la pequeña y linda Lucy, del mismo modo que no podría ser cruel con una ratita blanca; pero entonces Tom era indiferente a Lucy y era Maggie quien la mimaba y le hacía caso. Ahora, en cambio, pensaba que le gusta­ría hacer llorar a Lucy dándole una bofetada o un pellizco, especialmente si así molestaba a Tom, al que sería inútil abofetear —suponiendo que se atreviera—, porque no le importaba. Maggie estaba segura de que si Lucy no hubiera estado allí, Tom no habría tardado en hacer las paces con ella.

Es fácil cansarse de hacer cosquillas a un sapo poco sensible, y al poco rato Tom empezó a mirar a su alrededor en busca de otra manera de pasar el rato. Sin embargo, en un jardín tan cuidado donde no les estaba per­mitido salir de los senderos empedrados, no había gran elección. El único gran placer que permitía semejante restricción era, precisamente, sosla­yarla, y Tom empezó a pensar en una visita insurgente al estanque situado tras unos campos.

—Oye, Lucy —dijo, moviendo la cabeza con aire misterioso mientras reco­gía la cuerda—. ¿Sabes lo que quiero hacer?

—¿Qué quieres hacer, Tom? —preguntó Lucy con curiosidad.

—Quiero ir al estanque y mirar el lucio. Puedes venir conmigo si quieres —ofreció el joven sultán.

—¡Oh, Tom! ¿Vas a atreverte? —exclamó Lucy—. La tía dijo que no debíamos salir del jardín.

—Bueno, saldré por el otro extremo del jardín —dijo Tom—. Nadie nos verá. Además, no me importa si me ven: me iré corriendo a casa.

—Pero yo no puedo correr —dijo Lucy, que nunca se había visto ante tentación semejante.

—No importa, contigo no se enfadarán —dijo Tom—. Podrás decir que te llevé yo.

Tom se alejó y Lucy trotó a su lado tímidamente, disfrutando del raro placer de hacer una travesura y entusiasmada también por la mención de aquel ser célebre, el lucio, aunque no sabía exactamente si eso era un pez o un ave. Maggie los vio salir del jardín y no pudo resistir el impulso de seguirlos. La ira y los celos, al igual que el amor, no pueden soportar perder de vista el objeto de su pasión, y que Tom y Lucy hicieran o vieran algo que ella ignorara era una idea intolerable para Maggie. De manera que se mantuvo a unas yardas de distancia sin que Tom la viera, absorto como estaba en la búsqueda del señor lucio —un monstruo sumamente intere­sante—, del que se decía que era muy viejo, muy grande y que tenía un ape­tito voraz. El lucio, como otros famosos personajes, no se mostraba cuando lo buscaban, pero Tom advirtió un movimiento rápido en el agua que lo atrajo hacia otro lugar de la orilla del estanque.

—¡Aquí, Lucy! —exclamó en un susurro—. ¡Ven aquí! ¡Cuidado! Quédate en la hierba, no pises donde han estado las vacas —añadió, señalando una península de hierba seca rodeada de barro pisoteado; el pésimo concepto que tenía de las chicas incluía la incapacidad total de caminar por lugares sucios.

Lucy se acercó con cuidado, siguiendo las instrucciones, y se inclinó para mirar lo que parecía una cabeza de flecha dorada corriendo por el estanque. Era una culebra de agua, le dijo Tom, y Lucy por fin pudo ver la onda de su cuerpo y se maravilló ante la posibilidad de que las serpientes supieran nadar. Maggie se había ido acercando cada vez más: ella también tenía que verlo, aunque le dolía mucho que a Tom no le importara que lo viera o no. Al final se encontró junto a Lucy, y Tom, que había advertido en silencio su aproximación, dio media vuelta.

Vete, Maggie —dijo—. No cabes en este trozo de hierba. Nadie te ha pedido que vinieras.

En aquel momento, en Maggie se debatían pasiones suficientes para una tragedia, si las tragedias se hicieran solamente con pasiones; pero el aspec­to «de cierta magnitud»6 presente en la pasión exigía acción; lo máximo que podía hacer Maggie, con un brusco movimiento de su bracito moreno, era empu­jar a la pobrecita Lucy, toda de rosa y blanco, al barro pisado por las vacas

Tom no pudo contenerse y propinó a Maggie dos manotazos en el brazo mientras corría a sujetar a Lucy que lloraba desconsoladamente en el suelo. Maggie retrocedió hacia las raíces de un árbol, situado a varias yardas de distancia, y los contempló impenitente. Por lo general, se arrepen­tía en cuanto cometía alguna hazaña impetuosa, pero en esta ocasión Tom y Lucy habían hecho que se sintiera tan mal que se alegraba de haber estropeado su felicidad, de conseguir que todo el mundo se fastidiara. ¿por qué iba a sentirlo? Tom tardaba demasiado en perdonarla, por mucho que ella hubiera podido arrepentirse.

—Se lo diré a nuestra madre, ¿sabes, señorita? —dijo Tom con voz alta y enfática en cuanto Lucy estuvo de pie, dispuesta a caminar. Tom no acos­tumbraba a «chivarse», pero en este caso la justicia exigía que Maggie reci­biera el mayor castigo, aunque Tom no había aprendido a formular sus pensamientos de modo abstracto, ya que nunca mencionaba la palabra «justicia» y no tenía ni idea de que sus deseos de castigar pudieran recibir un nombre tan elegante. Lucy estaba demasiado absorta en la calamidad sobrevenida —se había estropeado su mejor vestido y se encontraba incó­moda, tan sucia y mojada— para pensar en la causa, que para ella era total­mente misteriosa. Era incapaz de adivinar qué había hecho para que Maggie se enfadara con ella, pero advertía su conducta antipática y desa­gradable, de modo que no intercedió ante Tom para que no se «chivara» y se limitó a correr a su lado llorando lastimeramente mientras Maggie permanecía sentada en las raíces del árbol y los miraba alejarse con su pequeño rostro de Medusa.

—Sally —dijo Tom en cuanto llegaron a la puerta de la cocina y Sally los contempló muda de asombro, con un trozo de pan con mantequilla en la boca y un tenedor de tostar en la mano—. Sally, di a mi madre que Maggie ha empujado a Lucy y la ha hecho caer en el barro.

—¡Ay, madre! ¿Cómo s’han acercao tanto al barro? —preguntó Sally torciendo el gesto mientras se inclinaba para examinar el corpus delicti.

La imaginación de Tom no había sido lo bastante rápida y capaz para incluir esta pregunta entre las consecuencias posibles, pero en cuanto se la formularon previó el resultado y calibró que Maggie no sería conside­rada la única culpable del accidente. Se alejó en silencio de la puerta de la cocina, dejando a Sally el placer de adivinar, cosa que las mentes activas prefieren con mucho a los conocimientos dados.

Como bien sabes, lector, Sally no se demoró en presentar a Lucy en la puerta del salón, porque tener un ser tan sucio en Garum Firs suponía una carga excesiva para una sola persona.

—¡Cielo santol —exclamó la tía Pullet tras proferir un grito inarticulado. ¡Déjala en la puerta, Sally No se t 'ocurra meterla en el salón.

—Vaya, s’ha caído en el barro —dijo la señora Tulliver, levantándose para examinar el estado de unas ropas de las que se sentía responsable ante su hermana Deane.

—Señora, ha sido Maggie quien la empujó —dijo Sally—. Lo ha dicho el señorito Tom. Y tiene que haber sido en el estanque, porque sólo allí hay tanto barro.

—Eso es, Bessy. Lo que yo te decía —dijo la señora Pullet con un tono de tristeza profética—: nunca se sabe de qué serán capaces tus niños.

La señora Tulliver enmudeció, sintiéndose una madre desgraciadísima. Como siempre, pensó que la gente creería que había cometido alguna maldad para merecer aquellos problemas maternales, mientras la señora Pullet empezaba a dar a Sally órdenes complicadísimas sobre cómo debía proteger la casa de sufrir severos daños durante el proceso de eliminación de la porquería. Entre tanto, la cocinera debía traer el té y los niños tra­viesos tomarían el suyo ignominiosamente relegados a la cocina. La seño­ra Tulliver, suponiendo que estarían cerca, salió a hablar con aquellos niños malos, pero sólo encontró a Tom tras buscarlo un buen rato, apoya­do en la blanca empalizada del gallinero con aire indiferente, agitando su trozo de cuerda por el otro lado, para molestar a un pavo.

—Tom, niño malo, ¿dónde está tu hermana? —preguntó la señora Tulliver con voz consternada.

—No lo sé —contestó Tom. El deseo de que se hiciera justicia con Maggie había disminuido desde el momento en que advirtió con claridad que difí­cilmente podría realizarse sin la injusticia de que le reprocharan también su conducta.

—¡Vamos! ¿Dónde la has dejado? —preguntó su madre mirando a su alre­dedor.

—Sentada bajo el árbol que está junto al estanque —dijo Tom simulando no prestar atención más que a la cuerda y al pavo.

—Ve a buscarla ahora mismo, chico malo. ¿Cómo se t’ha ocurrido ir al estanque y llevar a tu hermana hasta el barro? Ya sabes que si se le presenta la oportunidad de hacer alguna travesura, la hace.

La señora Tulliver tenía por costumbre vincular la mala conducta de Tom, de un modo u otro, a Maggie.

La idea de que Maggie estaba sola, sentada junto al estanque, despertó el temor habitual de la señora Tulliver y subió al montador para tranquilizarse con la visión de aquella niña fatídica mientras Tom caminaba, no muy deprisa, hacia ella.

—Si hay niños que se sientan atraídos por el agua, esos son los míos —dijo en voz alta, sin caer en la cuenta de que no había nadie que pudiera oírla—. Algún día se ahogarán. Me gustaría que el río estuviera más lejos.

Pero cuando no sólo no localizó a Maggie sino que vio regresar sólo a Tom del estanque, el miedo se apoderó de ella y corrió hacia él.

—Maggie no está por el estanque, madre —dijo Tom—. Se ha ido.

Puedes imaginar, lector, la búsqueda aterrorizada y las dificultades para convencer a la madre de Maggie de que no se encontraba ahogada en el estanque. La señora Pullet comentó que, si vivía, tal vez llegara a conocer peor final que ése, quién podía saberlo; y el señor Pullet, confuso y abru­mado por el cariz revolucionario de las cosas —el retraso del té y las aves de corral alarmadas por aquel inusual ir y venir—, cogió una escarda y alcan­zó con ella la llave para abrir el corral de las ocas, donde era probable que Maggie se hubiera escondido.

Al cabo de un rato, Tom lanzó la idea de que Maggie se había ido a casa (sin considerar necesario declarar que eso era lo que habría hecho él en circunstancias similares), y su madre se tranquilizó con esa posibilidad.

—Sophy, por el amor de Dios, haz que pongan el caballo en el coche y me lleven a casa, quizá la encontremos por el camino. Lucy no puede caminar con esta ropa —dijo, contemplando a la víctima inocente, envuel­ta en un chal y sentada con los pies desnudos sobre el sofá.

La tía Pullet se mostró bien dispuesta a tomar medidas para recuperar cuanto antes la tranquilidad y el orden en su casa, y no transcurrió mucho rato antes de que la señora Tulliver se encontrara en el coche mirando inquieta hacia delante. La pregunta que más le abrumaba era: ¿qué diría su padre si Maggie se perdía?

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