Gaspar melchor de Jovellanos (Gijón 1744 Puerto de Vega 1811) Texto carta a don juan meléndez valdéS



Descargar 406,15 Kb.
Página1/7
Fecha de conversión21.08.2017
Tamaño406,15 Kb.
  1   2   3   4   5   6   7

gaspar melchor de Jovellanos (Gijón 1744 - Puerto de Vega 1811)


Texto 1. CARTA A DON JUAN MELÉNDEZ VALDÉS, Sevilla, mayo o junio de 1777.

Mi muy querido amigo: No sé dónde ni en qué situación hallará a Vm. la presente; pero si se hubiesen de cumplir mis deseos, la recibirá en Salamanca, restituido ya de Segovia, con la satisfacción de dejar a su hermano enteramente recobrado 1. Si no fuese así, y llega a tiempo en que su corazón sienta el grave dolor de que estaba amenazado, crea Vm. anticipadamente que me compadezco muy de veras de sus desgracias, que tomo en ellas un íntimo interés y que deseo contribuir a su alivio con todas mis facultades.

Quisiera no hablar a Vm. de la respuesta a mi Didáctica 2 hasta saber con más certidumbre el estado de los negocios domésticos, por no exponerme a ocupar su imaginación con asuntos que los acaecimientos posteriores puedan hacer importunos; pero reflexionando, por otra parte, que el presente no lo será, si Vm. hubiese salido de sus cuidados, o que le servirá, cuando no, de consuelo, de distracción, si todavía le afligiesen, no he querido suspender por más tiempo nuestra interrumpida correspondencia, ni, ya recobrada, omitir una contestación que no puede serle indiferente.

El juicio de la Epístola de Vm. pudiera reducirse a muy pocas palabras: es excelente por la invención, por la sentencia, por la dicción y por el número y armonía de sus versos. Pero Vm. querrá que yo hable más individualmente de ella, y que entre a hacer su análisis, ¿no es verdad? También quisiera yo complacerle, pero no tengo el preciso tiempo para emprenderlo, ni todo el discernimiento que se necesita para ello. Las obras malas, y aun las medianas, son muy fáciles de juzgar. Sus defectos, o son palpables o se descubren a poca diligencia por cualquiera que no carezca de las comunes ideas de crítica; pero conocer los primores o los pequeños defectos de las obras excelentes, sólo es dado a los genios agudos y perspicaces, a quienes la Naturaleza ha dotado de un gusto exquisito y un tacto delicado. Sin embargo, no quedarán del todo frustrados los deseos de Vm., ni le ocultaré algunas observaciones que la repetida lectura de este bello poema me ha sugerido.

Para poner en claro mi primera observación, debo suponer que la materia de la Epístola gira enteramente sobre los empeños de amor del poeta. Primero se describe su vida inocente en la puericia hasta los quince años, luego su primer amor, efecto de la flecha que disparó Cupido indignado, hasta el verso 74; victoria sobre el amor, causada por la Virtud; nuevo empeño en el amor; crece con la lectura de los poetas líricos y con la residencia de la corte; Venus y Cupido empeñan del todo al poeta en el amor, y al fin Minerva le libra. Esto supuesto, mi primera observación consiste en que esta victoria sobre el Amor, causada por la Virtud, no está bien declarada. Por una parte parece que el poeta quedó enteramente libre del amor. Así, dice al verso 90:

Sintiendo ya mi corazón tranquilo

y una nueva virtud que me esforzaba

contra el Amor y su maligno fuego... [vv. 90‑92]

Pero por otra parte se descubre el poco fruto de esta victoria, porque al verso 99 supone que desde aquella hora fatal:



trataba ya de amor, ni jamás pude

atizar en el pecho el odio antiguo; [vv. 99-100]

y más abajo:



mas antes sosegado y con faz leda,

en pláticas de amor me complacía, etc. [vv. 104‑105]

De manera, que no se compone bien que desde que la Virtud le habló al poeta quedase fortalecido contra el Amor y su maligno fuego, y que desde aquella hora fatal tratase de amor y no pudiese aborrecer su fuego, antes envidiase las dichas y dulzuras de los que le sentían; ni a esto pudiera responderse distinguiendo dos tiempos: uno próximo a la aparición de la Virtud, y en él al poeta curado del amor; otro posterior, y en él al poeta recaído en su primera enfermedad; pero esta diferencia de tiempos no está bien declarada, ni puede acomodarse a aquellas palabras: desde esta fatal hora, que se deben referir al primer tiempo.

La segunda observación se deriva de la primera. Supongo al poeta, cuando la segunda visión en el bosque, que describe desde el verso 160, terriblemente empeñado en amor. Los versos que corren desde el 96 hasta [el] 113, explican los primeros efectos de esta pasión, después de la recaída. Desde allí al 138 se pintan sus progresos y aumento, causado por la lectura y el ejemplo de los poetas líricos; y finalmente, desde el verso 143 se declara el último paso dado por el poeta hacia el amor y su absoluto empeño en esta pasión. ¿Por qué, pues, le trata Cupido con tanta dureza? ¿Cómo se oyen en su boca:

Presto, infeliz, serás de entre mis siervos

y sentirás mis penas y cuál arde

tu empedernido pecho... [vv. 275‑277]

...No me enternecen



tus lágrimas futuras...? [vv. 279‑280]

Es verdad que, cuando habla Cupido, el poeta se supone libre de amor:



Cuando hacia mí tornado, al verme aún libre

y casi exento de su ardor el pecho,

indignado en el rostro, tornó a hablarme... [vv. 261-263]

¡Ay númenes divinos! ¡Cuál mi seno

llenasteis de lectífera ponzoña! [vv. 126‑127]

Allí acabé de hacerme a la dorada

cárcel, etc. [vv. 153‑154]

No sé si merecerá algún reparo, y esto pase por la tercera observación, la prolijidad con que se describe la visión del bosque de que vamos hablando. El célebre Boileau zahiere muy agudamente a algunos épicos franceses, que en esta especie de descripciones se empeñaban en pintarlo todo, como si al poeta, para dar la situación de sus escenas, no le bastasen tres o cuatro golpes maestros que expusiesen al lector la idea de la situación local de su asunto; y nótese que los poemas épicos son los que admiten alguna mayor anchura en estas descripciones; pero en las demás composiciones es preciso que el poeta siga su camino rectamente hacia el objeto que se propone, sin detenerse más que lo preciso para evitar una precipitación reprensible. Digo esto, porque desde el verso 160 hasta el 345, en describir el bosque...

Los versos que corren desde el 88 hasta el 95 tienen el sentido péndulo, y no se sabe lo que quieren decir. Quizá hubo equivocación al tiempo de copiarlos, que yo no puedo discernir. También la hubo en poner al verso 101 malogrado por malgrado, pues la primera voz, sobre trastornar el sentido de la oración, hace el verso defectuoso por el exceso de una sílaba.

No he visto hasta ahora usado el verbo avezadar, ni se halla en el Diccionario de la lengua, de la última edición, ni en el Tesoro, de Covarrubias, aunque ambos traen el verbo avezar, del cual, como de vezar, usaron mucho los antiguos, y recientemente, con mucha propiedad, nuestro Delio; pero, pues Vm. le ha dado lugar en su composición, creo que para ello se fundará en alguna autoridad notable.

Lo dicho hasta aquí es como una demostración del mérito de la Epístola de Vm., pues quedan expuestos con la mayor escrupulosidad todos los defectos que la crítica más severa pudiera descubrir, según mi dictamen; pero defectos que perdonaría por pequeños el mismo legislador, que en el código del buen gusto decía:

Ubi plara nitent in carmine non ego paucis

offendar maculis, quas autincuria fudit,

aut humana parum cavit natura.

Lo dicho hasta aquí es respectivo o a la invención o a la sentencia del poema. Ahora voy a exponer mis observaciones por lo respectivo a la versificación, comprendiendo bajo este nombre todas las partes que deben concurrir a hacerla buena, a saber: dicción o estilo, número y armonía.

En cuanto a lo primero no hallo absolutamente cosa alguna digna del más pequeño reparo; antes, puedo asegurar que el poema es más sobresaliente en esta parte que en las demás. Dicción pura y elegante, frases bellas y bien torneadas (si me es lícito hablar así), voces propias, expresivas y selectas, concurren en él a formar un estilo el más a propósito para lo heroico, y especialmente para lo épico. De forma, y sea dicho de paso, que esta carta me ha hecho esperar que la versión del Homero saldrá muy sobresaliente 3.

Por lo que toca al número o armonía del verso, se puede considerar de dos maneras: o en cuanto a las voces que entran a formar el verso, o en cuanto a su colocación. En la primera parte están desempeñadas las reglas completamente, porque las voces no sólo son, como he dicho, propias, escogidas y elegantes, sino también blandas, armoniosas y bien sonantes; pero en cuanto a la segunda parte, me detendré algo más, por cuanto juzgo que es punto digno de la observación de un buen poeta, y que en él, hasta ahora, se ha discurrido muy poco entre nosotros, y aun entre los extranjeros. Estamos nosotros en el pie de juzgar del número o armonía de los versos sólo por el dictamen del oído, que desecha las expresiones duras y desaliñadas al momento que ofenden su delicadeza; pero siendo muchos los que pueden decidir de la blandura o dureza de un verso, serán muy pocos los que puedan señalar la verdadera razón de estas cualidades, y menos los que sepan el modo de lograr la primera y evitar la segunda.

Y no se me oponga el ejemplo de los versos sáficos, que son también de los más dulces y sonoros, sin embargo de tener siempre su cesura en una misma sílaba, porque su armonía proviene de dos causas: una, que la cesura está colocada en ellos a la quinta sílaba, y ésta es la pausa que hace mejor sensación en nuestro oído; y otra, que a cada tres versos se cierra la estancia con un hemistiquio quinquesílabo, cuya alternativa es la más dulce y armoniosa que ha podido inventarse.

También pudiera oponérseme que el verso alejandrino no es otra cosa que dos versos seisílabos juntos, y que nadie hasta ahora ha dicho que estos versos no sean de los más dulces y sonoros por su medida, aun prescindiendo de las voces que entran en su composición. Pero yo hallo que, aunque los versos seisílabos son dulcísimos, sólo tienen mérito cuando se emplean en composiciones breves y sencillas; pero si se destinasen a obras de largo aliento, serían inaguantables, pues aun los idilios de alguna extensión escritos en este metro, fatigan y cansan, bien que por otra parte tengan mucho mérito, como sucede con la Historia de Leandro y Hero, tan bellamente escrita por el señor Luzán. Y qué sé yo si la...

Conque quedamos en que la uniformidad de tonos y pausas es contraria a la armonía de los versos, y que la variedad de unos y otros la facilita y proporciona.

De esta observación nace una regla que no debe olvidar jamás el poeta que aspire a la perfección, y que pocos hasta ahora habrán tenido presente, bien que muchos han cumplido con ella, o por casualidad o porque buscando la armonía con un oído delicado y exacto han hallado el efecto sin conocer la causa.

Esta regla se reduce a alternar las pausas o cesuras de los versos, de tal manera que muchos seguidos no tengan una misma cesura y que en esta alternativa los versos cuya pausa está más al principio se casen y entremezclen con los que la tienen hacia el fin.

Por ejemplo, los que tienen su cesura a la quinta no deberán alternarse con los que la tienen a la sexta o a la cuarta, sino con los que la tienen a la séptima y a la octava, y así al contrario. Pero prevengo que esta regla no debe observarse con tanto rigor, que no se pongan seguidos dos versos de una misma cesura, ni se mezclen los que la tienen próxima y con sólo la diferencia de una sílaba. Esta nimiedad sería molestísima, y tal vez en lugar de la armonía atraería la discordia. La razón es clara: porque así como cansaría el oído el repetido golpeteo de una misma cesura por mucho número de versos, así también la inconstancia de las pausas la distraería demasiado y le privaría del placer de sentir dos o tres veces arreo [sucesivamente, sin interrupción] una misma agradable sensación; ni tampoco se gustaría de la variedad, que es el objeto de estas alternativas, si una moderada repetición de unas mismas cesuras no fijase la idea de uniformidad en unos versos y la de variedad en otros.

Pero es difícil señalar en esto un punto fijo. Para ello serían precisas muchas observaciones, que yo dejo a la discreción de otros, y por ahora solo diré que me parece: lo primero, que no deben ponerse más de tres versos seguidos con una misma cesura en las que son más gratas al oído, ni más de dos en las que lo son menos, esto es, que puede repetirse hasta tres veces la cesura en la quinta o en sus adyacentes, y hasta dos en la séptima o su vecina. Segundo: Que si la cesura a la quinta se alternase con sus inmediatas después de tres versos en ella, sólo se podrán poner uno o dos de la cuarta o la sexta, y tres de entrambos, pero podrán alternarse muy bien con dos de cesura a la séptima o octava, y luego entrarán bien las otras hasta el número de tres o cuatro.

De aquí resultará forzosamente una armonía gratísima al oído, siempre que por otra parte no se destruya con palabras duras y escabrosas introducidas en los versos.

Otra utilidad resultará también, a saber que cuando el poeta tenga que exponer alguna idea agradable, sencilla, etc., deberá usar de las cesuras más sonoras, alternándolas diestramente entre sí, y reservando las otras para cuando haya de explicar algunas ideas duras, horrorosas o terribles con lo cual, y con la elección de voces acomodadas a estas mismas ideas, se podrían lograr en nuestra poesía muchas ventajas desconocidas en ella hasta ahora.

Ya ve Vm. que examinando sobre estos principios la armonía de los versos de nuestra Epístola, es preciso que se hallen en ella algunos defectos. Por ejemplo, en los siguientes versos, que tienen su cesura como va señalada:

Desde esta fatal hora, — que del cuento a la 7.ª

de los años borrarse— fuera digna, íd.

en largo olvido envuelta, — más ufano íd.

trataba ya de amor, — ni jamás pude a la 6.ª

alizar en el pecho — l'odio antiguo a la 7.ª

malgrado mis esfuerzos, — ni a su canto íd.

de mágico poder — y letal furia a la 6.ª

l'oreja miserable — ya negaba; a la 7.ª

mas antes sosegado y — con faz leda, íd.

en pláticas d'amor — me complacía, a la 6.ª

y la queja, 'l suspiro y — largo lloro, a la 7.ª

el ruego humilde — y el penar continuo, a la 5.ª

y a veces l'alta gloria y — bien sin cuento a la 7.ª

del ánimo infeliz, — que en lamentable a la 6.ª

mísera esclavitud — adormescida íd.

a un recíproco amor — viv'aiuntada, íd.

envidiaba ¡mezquino! y — ya quisiera a la 7.ª

gozar yo en torno — tan falaces bienes a la 5.ª



[vv. 96‑113]

Pero que se examinen según estos principios las obras de los poetas más célebres, y se hallará que todos pecan contra esta regla. Y aunque podrán señalarse muchas obras buenas, que sin esta debida alternativa son todavía dulces y de agradable son a nuestro oído, como sucede en los mismos versos que acabamos de citar, esto se debe a la elección de las voces que entran en su composición, pues siendo éstas bellas, sonoras y de fácil pronunciación, nunca compondrán un poema duro y desabrido; pero tampoco le harán tan armonioso y agradable como sería sin este defecto.

Después de todo se me argüirá: ¿Pues cómo has pecado tú contra una regla tan esencial? ¿No está tu Didáctica llena de estas uniformidades, monotonías y fastidiosa repetición de cesuras? Lo confieso; pero la prisa con que me aplico a estas composiciones, por la falta de tiempo y de constancia, me ha hecho atropellar una regla tan útil, cuya observancia sería para mí muy dura y laboriosa, porque si a la dificultad que me cuesta cualquiera composición, por falta de numen y de uso, añadiese la sujeción que da esta regla, podría negarme del todo al placer de escribir versos; y como hallo en él mi recreo en algunos ratos de ocio, prefiero este desahogo a la gloria de escribir con corrección, a que sé muchos días ha que no debo aspirar.
Texto 2. Carta a d. FRANCISCO de Paula Jovellanos (1779)

Por fin, querido Frasquito, van a tus manos estos versos, que son el único fruto de mis ocios juveniles, y en ellos te envío una firme prueba de mi amor y confianza fraternal. Mil razones, que no se ocultarán a tu penetración, me han obligado siempre a esconderlos, no sólo de la vista del público, sino también de la mayor parte de mis amigos. Viéronlos solamente aquellos pocos a quienes una íntima y sensible amistad y una perfecta confrontación de sentimientos y de ideas tuvo siempre abiertas las puertas de mi corazón. Para los demás estos versos han sido siempre un misterio ignorado o escondido.

Es verdad que, prescindiendo de la materia sobre que generalmente recaen estas composiciones, he creído que debía también ocultarlos por su poco mérito; porque siendo hechos rápida y descuidadamente en los ratos que se llaman perdidos, y no habiendo recibido aquella corrección y pulimento sin los cuales ninguna obra es acabada 4, no hay duda que serán muy defectuosos y que no merecerán aprecio alguno, por más que hayan tenido algún día el mérito respectivo a la ocasión y al tiempo en que se hicieron.

Pero sobre todo, nada debió obligarme tanto a reservarlos y esconderlos, como la materia sobre que generalmente recaen. En medio de la inclinación que tengo a la poesía, siempre he mirado la parte lírica de ella como poco digna de un hombre serio, especialmente cuando no tiene más objeto que el amor. Sé muy bien que la juventud la prefiere en sus composiciones, y no lo repruebo. Es natural que un poeta joven busque el objeto de sus composiciones entre los que ocupan su corazón más dulcemente: lo primero, porque así sentirá mayor placer en hacer versos, y lo segundo, porque los hará mejores. Aun por eso vemos que los que nacieron para grandes poetas han hecho sus ensayos en las poesías amorosas y tiernas. Estoy persuadido a que no tendríamos los grandes poemas, cuya belleza nos encanta y sorprende después de tantos años, si sus autores no hubiesen desperdiciado muchos versos en objetos frívolos y pequeños. Cuando Virgilio dio principio a su Eneida, había ya admirado a Roma con sus Bucólicos y con los inimitables Geórgicos; de manera que primero cantó de amores, después de los placeres y ejercicios del campo, y al fin los hechos grandes y memorables que precedieron a la fundación de la soberbia Roma.

Pero vuelvo a decir, sin embargo, que la poesía amorosa me parece poco digna de un hombre serio 5; y aunque yo por mis años pudiera resistir todavía este título, no pudiera por mi profesión, que me ha sujetado desde una edad temprana a las más graves y delicadas obligaciones. Y ve aquí la razón que me ha obligado a ocultar cuidadosamente mis versos, conociendo que pues al componerlos había seguido el impulso de los años y las pasiones, no debía hacer una doble injuria a mi profesión con la flaqueza de publicarlos.

Dirás acaso que en esto he pensado con demasiada delicadeza, y lo mismo que he dicho en favor del uso de la poesía ligera en los primeros años, te inclinará tal vez a desaprobarla. Pero debes considerar, que aunque las obligaciones del hombre en la vida privada son iguales en todos los estados, su pública conducta debe variar según ellos. Los hombres se revisten de tales personalidades hacia el público por su profesión y sus destinos, que lo que es en unos una amable galantería, pasa justamente en otros por una liviandad reprensible. Entre todos son los magistrados los que están más obligados a guardar unas costumbres austeras, porque el público tiene un derecho a ser gobernado por hombres buenos, y por lo mismo quiere que los que mandan lo parezcan; exige de nosotros un porte juicioso y una conducta irreprensible; quiere que le dirijamos con nuestra doctrina, y que le edifiquemos con nuestro ejemplo; y así como premia la aplicación y la virtud de los buenos magistrados con un tributo de estimación y alabanza, cuyo precio es inmenso, se venga, por decirlo así, de los malos, censurando sus errores y extravíos con la mayor severidad, castigándolos con el odio y el desprecio. De este modo se compensa la desigualdad de las condiciones, y se igualan las suertes de los que obedecen y los que mandan.

Estas razones, que me obligaron a entregar al fuego la mayor parte de mis versos y a sepultar en el olvido esos pocos, que por no sé qué casualidad se libraron de él, deben obligarte a ti también a ser muy circunspecto en el uso de esta confianza. Mis versos contienen una pequeña historia de mis amores y flaquezas: ¡mira tú, si estando yo arrepentido de la causa, podré hacer vanidad de sus efectos! Por lo común a cualquiera de estas composiciones sigue un pronto arrepentimiento de haberlas hecho. Y apenas se desvanece el entusiasmo con que se escribieron, cuando empieza a mirarlas con desprecio el mismo que las produjo. Por eso, si después de haberlos leído quisieres quemarlos, podrás hacerlo a tu salvo, pues nunca estarán más secretos que cuando se hayan reducido a ceniza.

Es verdad que entre estas composiciones hay algunas de que no pudiera avergonzarse el hombre más austero, al menos por su materia. Pero, prescindiendo de su poco mérito, es preciso ocultarlas sólo porque son versos. Vivimos en un siglo en que la poesía está en descrédito, y en que se cree que el hacer versos es una ocupación miserable. No faltan entre nosotros quienes conozcan el mérito de la buena poesía, pero son muy pocos los que saben, y menos los que se atrevan a premiarla y distinguirla. Y aunque no sea yo de esta opinión, debo respetarla, porque cuando las preocupaciones son generales, es perdido cualquiera que no se conforme con ellas.

Bien sé que no pensaban así los antiguos. El inmortal Cicerón no se desdeñó de hacer versos, sin embargo de que obtuvo las primeras magistraturas de Roma; Plinio el Mozo, magistrado, orador y filósofo del tiempo de Trajano, se ocupaba muchos ratos en hacer versos. Es muy notable lo que dice sobre esta materia, como se puede ver en la carta 14 del libro IV, y en la cuarta del libro VII, que no copio por la brevedad con que escribo.

Hubo también entre nosotros un tiempo en que la poesía era ocupación de los hombres más doctos y más graves, y en el catálogo de nuestros poetas se leen gentes de todas dignidades y profesiones: ni faltan en él obispos, sacerdotes, doctores, religiosos, magistrados, y cuando no hubiese más ejemplos que los del célebre obispo Balbuena, del sabio Arias Montano, del elocuente fray Luis de León, sin contar los Mendozas, los Rebolledos, los Crespis, Vegas y Calderones, bastarían para probar cuánto y por cuán grandes personajes fueron cultivadas las Musas entre nosotros otras veces.

Pero vuelvo a decir que es preciso respetar la preocupación al mismo tiempo que se trabaje en deshacerla. Yo encuentro la causa del descrédito de la poesía en el mal uso que hicieron de ella los poetas del siglo pasado, y ya que la casualidad me ha conducido hasta este punto, discurramos un poco sobre esta decadencia, y para averiguar un punto tan importante en nuestra historia literaria, acumulemos nuestras reflexiones sobre las que han hecho anticipadamente otros eruditos.

En la restauración de los estudios se empezaron a cultivar cuidadosamente entre nosotros las humanidades o bellas letras, y particularmente tuvo la poesía muchos y muy distinguidos profesores. Empezaron éstos a imitar los grandes modelos que había producido la Italia, así en tiempo de los Horacios y Virgilios, como en el de los Petrarcas y los Tassos. Entre los primeros imitadores hubo muchos que se igualaron a sus modelos. Cultiváronse todos los ramos de la poesía, y antes que se acabase el dorado siglo XVI había ya producido España muchos épicos, líricos y dramáticos comparables a los más célebres de la antigüedad.

Casi se puede decir que estos bellos días anochecieron con los Góngoras, los Vegas, los Paravicinos, siguiendo el impulso de su sola imaginación, se extraviaron del buen sendero que habían seguido sus mayores. La novedad, y más que todo la reputación de estos corrompedores del buen gusto, arrastró tras de sí a los demás poetas de aquel tiempo, y poco a poco se fue subrogando en lugar de la grave, sencilla y majestuosa poesía, una poesía hinchada y escabrosa, llena de artificio y extravagancias.

Cuando hablo generalmente de la poesía, no se crea que quiero calificar en particular los poetas. Sé que el siglo XVII produjo muchos de gran mérito, y sé que algunos de ellos, en medio de la corrupción y el mal gusto, han producido algunos poemas excelentes. Pero esto debe mirarse como un argumento de lo que puede hacer un grande ingenio por sí solo, mas no como una prueba en favor de la bondad de la poesía de aquel tiempo en general. Seguramente Góngora, por no poner otro ejemplo, estimaba más sus Soledades y sus sonetos que sus bellos romances. ¡Cuánta diferencia, sin embargo, se halla entre una y otra poesía!

Muchas veces he reflexionado que este mal gusto hizo más daño que utilidad había causado el bueno a la poesía. Ningún siglo crió tan prodigioso número de poetas como el pasado; en ninguno tuvo la poesía tan grande estimación. El reinado de Felipe IV era el de Augusto y de Mecenas. El mismo rey se complacía en hacer versos, y a su imitación no había persona que desdeñase un arte que hallaba estimación hasta en el trono. Pero esto mismo acabó de arruinar la poesía. Todos quisieron ser poetas en un tiempo en que se hacía granjería de los versos; y como para serlo al modo y gusto del tiempo no era menester otra cosa que un poco de ingenio, eran pocos los que no podían ser pactas. Creció ilimitadamente el número de cultivadores de las Musas, y entre tantos era preciso que hubiese muchos despreciables y extravagantes, y lo que es peor, muchos que hicieron servir el lenguaje de los dioses a su ambición y a su codicia. ¡Qué inmenso número de poesías pudiera recogerse entre las de aquel tiempo en que no se halla más lenguaje que el de la lisonja, más calor que el del odio y la venganza, ni más moral que la de los vicios y pasiones!

Con esto empezaron poco a poco a ser aborrecidos o despreciados los poetas, y al fin el descrédito de los poetas se comunicó a la poesía.

Así entró el presente siglo, que debía formar una nueva época para nuestras Musas. Los Candamos, los Lobos y los Silvestres mantuvieron por algún tiempo el crédito de la mala poesía; pero poco a poco fue naciendo el buen gusto y ya en el día vemos con grande complacencia amanecer de nuevo los bellos días en que las Musas españolas deben recobrar su antigua gloria y esplendor.

Sin embargo, la preocupación dura todavía. Las gentes de juicio no se atreven a divulgar un talento que no tiene seguros el aprecio y estimación del público. Entre tanto es preciso que las Musas anden como unas ninfas vergonzantes y que no se atreven todavía a parecer en público por no recibir algún insulto de las personas ignorantes, austeras o preocupadas.

En cuanto a mí, estoy muy lejos de creer que mis versos tengan un gran mérito; pero sí aseguraré que no se parecen a los del mal tiempo. Si por otra parte no merecen ser estimados, ésta no será falta de crítica, sino de ingenio. Sin éste nadie puede ser poeta, y como dice el Horacio francés 6,

C'est en vain qu'au Parnasse un temeraire auteur

Prétend de l'art des vers atteindre la hauteur,

S'il ne sent point du ciel l'influence secrète,

Si son astre en naissant ne l'a formé pacte.

Algo quisiera añadir en abono de los versos libres o blancos 7; pero me insta el conductor que debe llevar esta colección. Queda este asunto para otra carta, si acaso los negocios de oficio me permitiesen dedicar a él algún rato. Y entre tanto...

Allá van a tus manos

mis versos, oh Paulino;

mis versos mal limados,

mis versos bien sentidos,

de afecto y verdad llenos,

si de primor vacíos.

Partid, partid alegres

¡oh pobres versos míos!;

partid de mí, sin miedo

de ser mal admitidos.

No vais emancipados

del público al capricho,

injusto siempre y vario;

ni vais a ser ludibrio

de zoilos envidiosos

ni críticos malignos.

Mejor y más dichoso

será vuestro destino,

pues vais a ser recreo

de mi caro Paulino;

vais a llenar las horas

que hurtare a su preciso

descanso, y en sus ocios

vais de él a ser leídos;

a ser vais por su vista

otros de los negocios

en medio del bullicio,

y otros, al fin, en medio

del fuego más activo

de amor, y en el tumulto

de los años floridos.

Empero, si os disculpa,

piadoso y compasivo

de ser de él estimados

vivid desvanecidos.

Vividlo, mas no tanto

pasados de continuo,

y a ser de su memoria

mil veces repetidos.

Tal vez, al repasaros,

saldrá, mal reprimido,

el llanto a sus mejillas,

y tal, enternecido,

os honrará su pecho

con un tierno suspiro.

Empero si por caso

alguna vez tenidos

de él fuereis por livianos:

si acaso del antiguo

ropaje, con que incauta

mi pluma os ha guarnido,

culpare la extrañeza

y el aire peregrino;

en fin, si os reprendiere

por libres y sencillos,

y el tono licencioso

culpare acaso esquivo;

decidle solamente

que fuisteis concebidos,

unos del ocio blando

en medio del descuido,

que al público capricho

de la común censura

salgáis inadvertidos:

no sea que os prevenga,

como a otros, el destino

borrascas, escarmientos,

naufragios y peligros.

Vivid por tiempo largo,

contentos y escondidos,

en el virtuoso pecho

de mi caro Paulino.

  1   2   3   4   5   6   7


La base de datos está protegida por derechos de autor ©absta.info 2016
enviar mensaje

    Página principal