Gabriel García Márquez Vivir para contarla



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Gabriel García Márquez

Vivir para contarla

2002


La vida no es la que uno vivió, sino la que uno recuerda y cómo la recuerda para contarla.

1


Mi madre me pidió que la acompañara a vender la casa. Había llegado a Barranquilla esa mañana desde el pueblo distante donde vivía la familia y no tenía la menor idea de cómo encontrarme. Preguntando por aquí y por allá entre los conocidos, le indicaron que me buscara en la librería Mundo o en los cafés vecinos, donde iba dos veces al día a conversar con mis amigos escritores. El que se lo dijo le advirtió: «Vaya con cuidado porque son locos de remate». Llego a las doce en punto. Se abrió paso con su andar ligero por entre las mesas de libros en exhibición, se me plantó enfrente, mirándome a los ojos con la sonrisa picara de sus días mejores, y antes que yo pudiera reaccionar, me dijo:

—Soy tu madre.

Algo había cambiado en ella que me impidió reconocerla a primera vista. Tenía cuarenta y cinco años. Sumando sus once partos, había pasado casi diez años encinta y por lo menos otros tantos amamantando a sus hijos. Había encanecido por completo antes de tiempo, los ojos se le veían más grandes y atónitos detrás de sus primeros lentes bifocales, y guardaba un luto cerrado y serio por la muerte de su madre, pero conservaba todavía la belleza romana de su retrato de bodas, ahora dignificada por un aura otoñal. Antes de nada, aun antes de abrazarme, me dijo con su estilo ceremonial de costumbre:

—Vengo a pedirte el favor de que me acompañes a vender la casa.

No tuvo que decirme cuál, ni dónde, porque para nosotros sólo existía una en el mundo: la vieja casa de los abuelos en Aracataca, donde tuve la buena suerte de nacer y donde no volví a vivir después de los ocho años. Acababa de abandonar la facultad de derecho al cabo de seis semestres, dedicados más que nada a leer lo que me cayera en las manos y recitar de memoria la poesía irrepetible del Siglo de Oro español. Había leído ya, traducidos y en ediciones prestadas, todos los libros que me habrían bastado para aprender la técnica de novelar, y había publicado seis cuentos en suplementos de periódicos, que merecieron el entusiasmo de mis amigos y la atención de algunos críticos. Iba a cumplir veintitrés años el mes siguiente, era ya infractor del servicio militar y veterano de dos blenorragias, y me fumaba cada día, sin premoniciones, sesenta cigarrillos de tabaco bárbaro. Alternaba mis ocios entre Barranquilla y Cartagena de Indias, en la costa caribe de Colombia, sobreviviendo a cuerpo de rey con lo que me pagaban por mis notas diarias en El Heraldo, que era casi menos que nada, y dormía lo mejor acompañado posible donde me sorprendiera la noche. Como si no fuera bastante la incertidumbre sobre mis pretensiones y el caos de mi vida, un grupo de amigos inseparables nos disponíamos a publicar una revista temeraria y sin recursos que Alfonso Fuenmayor planeaba desde hacía tres años. ¿Qué más podía desear?

Más por escasez que por gusto me anticipé a la moda en veinte años: bigote silvestre, cabellos alborotados, pantalones de vaquero, camisas de flores equívocas y sandalias de peregrino. En la oscuridad de un cine, y sin saber que yo estaba cerca, una amiga de entonces le dijo a alguien: «El pobre Gabito es un caso perdido». De modo que cuando mi madre me pidió que fuera con ella a vender la casa no tuve ningún estorbo para decirle que sí. Ella me planteó que no tenía dinero bastante y por orgullo le dije que pagaba mis gastos.

En el periódico en que trabajaba no era posible resolverlo. Me pagaban tres pesos por nota diaria y cuatro por un editorial cuando faltaba alguno de los editorialistas de planta, pero apenas me alcanzaban. Traté de hacer un préstamo, pero el gerente me recordó que mi deuda original ascendía a más de cincuenta pesos. Esa tarde cometí un abuso del cual ninguno de mis amigos habría sido capaz. A la salida del café Colombia, junto a la librería, me emparejé con don Ramón Vinyes, el viejo maestro y librero catalán, y le pedí prestados diez pesos. Sólo tenía seis.

Ni mi madre ni yo, por supuesto, hubiéramos podido imaginar siquiera que aquel cándido paseo de sólo dos días iba a ser tan determinante para mí, que la más larga y diligente de las vidas no me alcanzaría para acabar de contarlo. Ahora, con más de setenta y cinco años bien medidos, sé que fue la decisión más importante de cuantas tuve que tomar en mi carrera de escritor. Es decir: en toda mi vida.

Hasta la adolescencia, la memoria tiene más interés en el futuro que en el pasado, así que mis recuerdos del pueblo no estaban todavía idealizados por la nostalgia. Lo recordaba como era: un lugar bueno para vivir, donde se conocía todo el mundo, a la orilla de un río de aguas diáfanas que se precipitaban por un lecho de piedras pulidas, blancas y enormes como huevos prehistóricos. Al atardecer, sobre todo en diciembre, cuando pasaban las lluvias y el aire se volvía de diamante, la Sierra Nevada de Santa Marta parecía acercarse con sus picachos blancos hasta las plantaciones de banano de la orilla opuesta. Desde allí se veían los indios aruhacos corriendo en filas de hormiguitas por las cornisas de la sierra, con sus costales de jengibre a cuestas y masticando bolas de coca para entretener a la vida. Los niños teníamos entonces la ilusión de hacer pelotas con las nieves perpetuas y jugar a la guerra en las calles abrasantes. Pues el calor era tan inverosímil, sobre todo durante la siesta, que los adultos se quejaban de él como si fuera una sorpresa de cada día. Desde mi nacimiento oí repetir sin descanso que las vías del ferrocarril y los campamentos de la United Fruit Company fueron construidos de noche, porque de día era imposible agarrar las herramientas recalentadas al sol.

La única manera de llegar a Aracataca desde Barranquilla era en una destartalada lancha de motor por un caño excavado a brazo de esclavo durante la Colonia, y luego a través de una vasta ciénaga de aguas turbias y desoladas, hasta la misteriosa población de Ciénaga. Allí se tomaba el tren ordinario que había sido en sus orígenes el mejor del país, y en el cual se hacía el trayecto final por las inmensas plantaciones de banano, con muchas paradas ociosas en aldeas polvorientas y ardientes, y estaciones solitarias. Ése fue el camino que mi madre y yo emprendimos a las siete de la noche del sábado 18 de febrero de 1950 —vísperas del carnaval— bajo un aguacero diluvial fuera de tiempo y con treinta y dos pesos en efectivo que nos alcanzarían apenas para regresar si la casa no se vendía en las condiciones previstas.

Los vientos alisios estaban tan bravos aquella noche, que en el puerto fluvial me costó trabajo convencer a mi madre de que se embarcara. No le faltaba razón. Las lanchas eran imitaciones reducidas de los buques de vapor de Nueva Orleáns, pero con motores de gasolina que le transmitían un temblor de fiebre mala a todo lo que estaba a bordo. Tenían un saloncito con horcones para colgar hamacas en distintos niveles, y escaños de madera donde cada quien se acomodaba a codazos como pudiera con sus equipajes excesivos, bultos de mercancías, huacales de gallinas y hasta cerdos vivos. Tenían unos pocos camarotes sofocantes con dos literas de cuartel, casi siempre ocupados por putitas de mala muerte que prestaban servicios de emergencia durante el viaje. Como a última hora no encontramos ninguno libre, ni llevábamos hamacas, mi madre y yo nos tomamos por asalto dos sillas de hierro del corredor central y allí nos dispusimos a pasar la noche.

Tal como ella temía, la tormenta vapuleó la temeraria embarcación mientras atravesábamos el río Magdalena, que a tan corta distancia de su estuario tiene un temperamento oceánico. Yo había comprado en el puerto una buena provisión de cigarrillos de los más baratos, de tabaco negro y con un papel al que poco le faltaba para ser de estraza, y empecé a fumar a mi manera de entonces, encendiendo uno con la colilla del otro, mientras releía Luz de agosto, de William Faulkner, que era entonces el más fiel de mis demonios tutelares. Mi madre se aferró a su camándula como de un cabrestante capaz de desencallar un tractor o sostener un avión en el aire, y de acuerdo con su costumbre no pidió nada para ella, sino prosperidad y larga vida para sus once huérfanos. Su plegaria debió llegar a donde debía, porque la lluvia se volvió mansa cuando entramos en el caño y la brisa sopló apenas para espantar a los mosquitos. Mi madre guardó entonces el rosario y durante un largo rato observó en silencio el fragor de la vida que transcurría en torno de nosotros.

Había nacido en una casa modesta, pero creció en el esplendor efímero de la compañía bananera, del cual le quedó al menos una buena educación de niña rica en el colegio de la Presentación de la Santísima Virgen, en Santa Marta. Durante las vacaciones de Navidad bordaba en bastidor con sus amigas, tocaba el clavicordio en los bazares de caridad y asistía con una tía chaperona a los bailes más depurados de la timorata aristocracia local, pero nadie le había conocido novio alguno cuando se casó contra la voluntad de sus padres con el telegrafista del pueblo. Sus virtudes más notorias desde entonces eran el sentido del humor y la salud de hierro que las insidias de la adversidad no lograrían derrotar en su larga vida. Pero la más sorprendente, y también desde entonces la menos sospechable, era el talento exquisito con que lograba disimular la tremenda fuerza de su carácter: un Leo perfecto. Esto le había permitido establecer un poder matriarcal cuyo dominio alcanzaba hasta los parientes más remotos en los lugares menos pensados, como un sistema planetario que ella manejaba desde su cocina, con voz tenue y sin parpadear apenas, mientras hervía la marmita de los frijoles.

Viéndola sobrellevar sin inmutarse aquel viaje brutal, yo me preguntaba cómo había podido subordinar tan pronto y con tanto dominio las injusticias de la pobreza. Nada como aquella mala noche para ponerla a prueba. Los mosquitos carniceros, el calor denso y nauseabundo por el fango de los canales que la lancha iba revolviendo a su paso, el trajín de los pasajeros desvelados que no encontraban acomodo dentro del pellejo, todo parecía hecho a propósito para desquiciar la índole mejor templada. Mi madre lo soportaba inmóvil en su silla, mientras las muchachas de alquiler hacían la cosecha de carnaval en los camarotes cercanos, disfrazadas de hombres o de manolas. Una de ellas había entrado y salido del suyo varias veces, siempre con un cliente distinto, y al lado mismo del asiento de mi madre. Yo pensé que ella no la había visto. Pero a la cuarta o quinta vez que entró y salió en menos de una hora, la siguió con una mirada de lástima hasta el final del corredor.

—Pobres muchachas —suspiró—. Lo que tienen que hacer para vivir es peor que trabajar.

Así se mantuvo hasta la medianoche, cuando me cansé de leer con el temblor insoportable y las luces mezquinas del corredor, y me senté a fumar a su lado, tratando de salir a flote de las arenas movedizas del condado de Yoknapatawpha. Había desertado de la universidad el año anterior, con la ilusión temeraria de vivir del periodismo y la literatura sin necesidad de aprenderlos, animado por una frase que creo haber leído en Bernard Shaw: «Desde muy niño tuve que interrumpir mi educación para ir a la escuela». No fui capaz de discutirlo con nadie, porque sentía, sin poder explicarlo, que mis razones sólo podían ser válidas para mí mismo.

Tratar de convencer a mis padres de semejante locura cuando habían fundado en mí tantas esperanzas y habían gastado tantos dineros que no tenían, era tiempo perdido. Sobre todo a mi padre, que me habría perdonado lo que fuera, menos que no colgara en la pared cualquier diploma académico que él no pudo tener. La comunicación se interrumpió. Casi un año después seguía pensando en visitarlo para darle mis razones, cuando mi madre apareció para pedirme que la acompañara a vender la casa. Sin embargo, ella no hizo ninguna mención del asunto hasta después de la medianoche, en la lancha, cuando sintió como una revelación sobrenatural que había encontrado por fin la ocasión propicia para decirme lo que sin duda era el motivo real de su viaje, y empezó con el modo y el tono y las palabras milimétricas que debió madurar en la soledad de sus insomnios desde mucho antes de emprenderlo.

—Tu papá está muy triste —dijo.

Ahí estaba, pues, el infierno tan temido. Empezaba como siempre, cuando menos se esperaba, y con una voz sedante que no había de alterarse ante nada. Sólo por cumplir con el ritual, pues conocía de sobra la respuesta, le pregunté:

—¿Y eso por qué?

—Porque dejaste los estudios.

—No los dejé —le dije—. Sólo cambié de carrera.

La idea de una discusión a fondo le levantó el ánimo.

—Tu papá dice que es lo mismo —dijo.

A sabiendas de que era falso, le dije:

—También él dejó de estudiar para tocar el violín.

—No fue igual —replicó ella con una gran vivacidad—. El violín lo tocaba sólo en fiestas y serenatas. Si dejó sus estudios fue porque no tenía ni con qué comer. Pero en menos de un mes aprendió telegrafía, que entonces era una profesión muy buena, sobre todo en Aracataca.

—Yo también vivo de escribir en los periódicos —le dije.

—Eso lo dices para no mortificarme —dijo ella—. Pero la mala situación se te nota de lejos. Cómo será, que cuando te vi en la librería no te reconocí.

—Yo tampoco la reconocí a usted —le dije.

—Pero no por lo mismo —dijo ella—.Yo pensé que eras un limosnero —Me miró las sandalias gastadas, y agregó—: Y sin medias.

—Es más cómodo —le dije—. Dos camisas y dos calzoncillos: uno puesto y otro secándose. ¿Qué más se necesita?

—Un poquito de dignidad —dijo ella. Pero enseguida lo suavizó en otro tono—: Te lo digo por lo mucho que te queremos.

—Ya lo sé —le dije—. Pero dígame una cosa: ¿usted en mi lugar no haría lo mismo?

—No lo haría —dijo ella— si con eso contrariara a mis padres.

Acordándome de la tenacidad con que logró forzar la oposición de su familia para casarse, le dije riéndome:

—Atrévase a mirarme.

Pero ella me esquivó con seriedad, porque sabía demasiado lo que yo estaba pensando.

—No me casé mientras no tuve la bendición de mis padres —dijo—. A la fuerza, de acuerdo, pero la tuve.

Interrumpió la discusión, no porque mis argumentos la hubieran vencido, sino porque quería ir al retrete y desconfiaba de sus condiciones higiénicas. Hablé con el contramaestre por si había un lugar más saludable, pero me explicó que él mismo usaba el retrete común. Y concluyó, como si acabara de leer a Conrad: «En el mar todos somos iguales». Así que mi madre se sometió a la ley de todos. Cuando salió, al contrario de lo que yo temía, apenas si lograba dominar la risa.

—Imagínate —me dijo—, ¿qué va a pensar tu papá si regreso con una enfermedad de la mala vida?

Pasada la medianoche tuvimos un retraso de tres horas, pues los tapones de anémonas del caño embotaron las hélices, la lancha encalló en un manglar y muchos pasajeros tuvieron que jalarla desde las orillas con las cabuyas de las hamacas. El calor y los zancudos se hicieron insoportables, pero mi madre los sorteó con unas ráfagas de sueños instantáneos e intermitentes, ya célebres en la familia, que le permitían descansar sin perder el hilo de la conversación. Cuando se reanudó el viaje y entró la brisa fresca, se despabiló por completo.

—De todos modos —suspiró—, alguna respuesta tengo que llevarle a tu papá.

—Mejor no se preocupe —le dije con la misma inocencia—. En diciembre iré, y entonces le explicaré todo.

—Faltan diez meses —dijo ella.

—A fin de cuentas, este año ya no se puede arreglar nada en la universidad —le dije.

—¿Prometes en serio que irás?

—Lo prometo —le dije. Y por primera vez vislumbré una cierta ansiedad en su voz:

—¿Puedo decirle a tu papá que vas a decirle que sí?

—No —le repliqué de un tajo—. Eso no.

Era evidente que buscaba otra salida. Pero no se la di.

—Entonces es mejor que le diga de una vez toda la verdad —dijo ella—. Así no parecerá un engaño.

—Bueno —le dije aliviado—. Dígasela.

Quedamos en eso, y alguien que no la conociera bien habría pensado que ahí terminaba todo, pero yo sabía que era una tregua para recobrar alientos. Poco después se durmió a fondo. Una brisa tenue espantó los zancudos y saturó el aire nuevo con un olor de flores. La lancha adquirió entonces la esbeltez de un velero.

Estábamos en la Ciénaga Grande, otro de los mitos de mi infancia. La había navegado varias veces, cuando mi abuelo el coronel Nicolás Ricardo Márquez Mejía —a quien sus nietos llamábamos Papalelo— me llevaba de Aracataca a Barranquilla para visitar a mis padres. «A la ciénaga no hay que tenerle miedo, pero sí respeto», me había dicho él, hablando de los humores imprevisibles de sus aguas, que lo mismo se comportaban como un estanque que como un océano indómito. En la estación de lluvias estaba a merced de las tormentas de la sierra. Desde diciembre hasta abril, cuando el tiempo debía ser manso, los alisios del norte la embestían con tales ímpetus que cada noche era una aventura. Mi abuela materna, Tranquilina Iguarán —Mina—, no se arriesgaba a la travesía sino en casos de urgencia mayor, después de un viaje de espantos en que tuvieron que buscar refugio hasta el amanecer en la desembocadura del Riofrío.

Aquella noche, por fortuna, era un remanso. Desde las ventanas de proa, donde salí a respirar poco antes del amanecer, las luces de los botes de pesca flotaban como estrellas en el agua. Eran incontables, y los pescadores invisibles conversaban como en una visita, pues las voces tenían una resonancia espectral en el ámbito de la ciénaga. Acodado en la barandilla, tratando de adivinar el perfil de la sierra, me sorprendió de pronto el primer zarpazo de la nostalgia.

En otra madrugada como ésa, mientras atravesábamos la Ciénaga Grande, Papalelo me dejó dormido en el camarote y se fue a la cantina. No sé qué hora sería cuando me despertó una bullaranga de mucha gente a través del zumbido del ventilador oxidado y el traqueteo de las latas del camarote. Yo no debía tener más de cinco años y sentí un gran susto, pero muy pronto se restableció la calma y pensé que pudo ser un sueño. Por la mañana, ya en el embarcadero de Ciénaga, mi abuelo estaba afeitándose a navaja con la puerta abierta y el espejo colgado en el marco. El recuerdo es preciso: no se había puesto todavía la camisa, pero tenía sobre la camiseta sus eternos cargadores elásticos, anchos y con rayas verdes. Mientras se afeitaba, seguía conversando con un hombre que todavía hoy podría reconocer a primera vista. Tenía un perfil de cuervo, inconfundible; un tatuaje de marinero en la mano derecha, y llevaba colgadas del cuello varias cadenas de oro pesado, y pulseras y esclavas, también de oro, en ambas muñecas. Yo acababa de vestirme y estaba sentado en la cama poniéndome las botas, cuando el hombre le dijo a mi abuelo:

—No lo dude, coronel. Lo que querían hacer con usted era echarlo al agua.

Mi abuelo sonrió sin dejar de afeitarse, y con una altivez muy suya, replicó:

—Más les valió no atreverse.

Entonces entendí el escándalo de la noche anterior y me sentí muy impresionado con la idea de que alguien hubiera echado al abuelo en la ciénaga. El recuerdo de ese episodio nunca esclarecido me sorprendió aquella madrugada en que iba con mi madre a vender la casa, mientras contemplaba las nieves de la sierra que amanecían azules con los primeros soles. El retraso en los caños nos permitió ver a pleno día la barra de arenas luminosas que separa apenas el mar y la ciénaga, donde había aldeas de pescadores con las redes puestas a secar en la playa, y niños percudidos y escuálidos que jugaban al fútbol con pelotas de trapo. Era impresionante ver en las calles los muchos pescadores con el brazo mutilado por no lanzar a tiempo los tacos de dinamita. Al paso de la lancha, los niños se echaban a bucear las monedas que les tiraban los pasajeros.

Iban a ser las siete cuando atracamos en un pantano pestilente a poca distancia de la población de Ciénaga. Cuadrillas de cargadores con el fango a la rodilla nos recibieron en brazos y nos llevaron chapaleando hasta el embarcadero, por entre un revuelo de gallinazos que se disputaban las inmundicias del lodazal. Desayunábamos despacio en las mesas del puerto, con las sabrosas mojarras de la ciénaga y tajadas fritas de plátano verde, cuando mi madre reanudó la ofensiva de su guerra personal.

—Entonces dime de una vez —me dijo, sin levantar la vista—, ¿qué le voy a decir a tu papá? Traté de ganar tiempo para pensar.

—¿Sobre qué?

—Sobre lo único que le interesa —dijo ella un poco irritada—: Tus estudios.

Tuve la suerte de que un comensal impertinente, intrigado con la vehemencia del diálogo, quiso conocer mis razones. La respuesta inmediata de mi madre no sólo me intimidó un poco, sino que me sorprendió en ella, tan celosa de su vida privada.

—Es que quiere ser escritor —dijo.

—Un buen escritor puede ganar buen dinero —replicó el hombre con seriedad—. Sobre todo si trabaja con el gobierno.

No sé si fue por discreción que mi madre le escamoteó el tema, o por temor a los argumentos del interlocutor imprevisto, pero ambos terminaron compadeciéndose de las incertidumbres de mi generación, y repartiéndose las añoranzas. Al final, rastreando nombres de conocidos comunes, terminaron descubriendo que éramos parientes dobles por los Cotes y los Iguarán. Esto nos ocurría en aquella época con cada dos de tres personas que encontrábamos en la costa caribe y mi madre lo celebraba siempre como un acontecimiento insólito.

Fuimos a la estación del ferrocarril en un coche victoria de un solo caballo, tal vez el último de una estirpe legendaria ya extinguida en el resto del mundo. Mi madre iba absorta, mirando la árida llanura calcinada por el salitre que empezaba en el lodazal del puerto y se confundía con el horizonte. Para mi era un lugar histórico: a mis tres o cuatro años, en el curso de mi primer viaje a Barranquilla, el abuelo me había llevado de la mano a través de aquel yermo ardiente, caminando deprisa y sin decirme para qué, y de pronto nos encontramos frente a una vasta extensión de aguas verdes con eructos de espuma, donde flotaba todo un mundo de gallinas ahogadas.

—Es el mar —me dijo.

Desencantado, le pregunté qué había en la otra orilla, y él me contestó sin dudarlo:

—Del otro lado no hay orilla.

Hoy, después de tantos mares vistos al derecho y al revés, sigo pensando que aquélla fue una más de sus grandes respuestas. En todo caso, ninguna de mis imágenes previas se correspondía con aquel piélago sórdido, en cuya playa de caliche era imposible caminar por entre ramazones de mangles podridos y astillas de caracoles. Era horrible.

Mi madre debía pensar lo mismo del mar de Ciénaga, pues tan pronto como lo vio aparecer a la izquierda del coche, suspiró:

—¡No hay mar como el de Riohacha!

En esa ocasión le conté mi recuerdo de las gallinas ahogadas y, como a todos los adultos, le pareció que era una alucinación de la niñez. Luego siguió contemplando cada lugar que encontrábamos en el camino, y yo sabía lo que pensaba de cada uno por los cambios de su silencio. Pasamos frente al barrio de tolerancia al otro lado de la línea del tren, con casitas de colores con techos oxidados y los viejos loros de Paramaribo que llamaban a los clientes en portugués desde los aros colgados en los aleros. Pasamos por el abrevadero de las locomotoras, con la inmensa bóveda de hierro en la cual se refugiaban para dormir los pájaros migratorios y las gaviotas perdidas. Bordeamos la ciudad sin entrar, pero vimos las calles anchas y desoladas, y las casas del antiguo esplendor, de un solo piso con ventanas de cuerpo entero, donde los ejercicios de piano se repetían sin descanso desde el amanecer. De pronto, mi madre señaló con el dedo.

—Mira —me dijo—. Ahí fue donde se acabó el mundo.

Yo seguí la dirección de su índice y vi la estación: un edificio de maderas descascaradas, con techos de cinc de dos aguas y balcones corridos, y enfrente una plazoleta árida en la cual no podían caber más de doscientas personas. Fue allí, según me precisó mi madre aquel día, donde el ejército había matado en 1928 un número nunca establecido de jornaleros del banano. Yo conocía el episodio como si lo hubiera vivido, después de haberlo oído contado y mil veces repetido por mi abuelo desde que tuve memoria: el militar leyendo el decreto por el que los peones en huelga fueron declarados una partida de malhechores; los tres mil hombres, mujeres y niños inmóviles bajo el sol bárbaro después que el oficial les dio un plazo de cinco minutos para evacuar la plaza; la orden de fuego, el tableteo de las ráfagas de escupitajos incandescentes, la muchedumbre acorralada por el pánico mientras la iban disminuyendo palmo a palmo con las tijeras metódicas e insaciables de la metralla.

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