G. Deleuze, ¿En qué se reconoce el estructuralismo? Página de ¿en qué se reconoce el estructuralismo?



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Quinto criterio: serial

Todo esto sin embargo parece aún incapaz de funcionar. Es que no hemos podido definir más que una mitad de estructura. Una estructura no empieza a moverse, no se anima, más que si le restituimos su otra mitad. En efecto, los elementos simbólicos que hemos definido anteriormente, tomados en sus relaciones diferenciales, se organizan necesariamente en serie. Pero, como tales, se relacionan con otra serie, constituida por otros elementos simbólicos y otras relaciones: esta referencia a una segunda serie se explica fácilmente si se recuerda que las singularidades derivan de los términos y relaciones de la primera, pero no se contentan con reproducirlos o reflejarlos. Se organizan pues ellos mismos en una serie capaz de un desarrollo autónomo, o al menos reenvían necesariamente la primera a tal otra serie. Así los fonemas y los morfemas. O bien la serie económica y otras series sociales. O bien la triple serie de FOUCAULT, lingüística, económica y biológica, etc. La cuestión de saber si la primera serie forma una base y en qué sentido, si ella es significante, las otras siendo solamente significadas, es una cuestión compleja cuya naturaleza nosotros todavía no podemos precisar. Se debe solamente constatar que toda estructura es serial, multi-serial, y no funcionaría sin esta condición.


Cuando LÉVI-STRAUSS retoma el estudio del totemismo, muestra hasta qué punto el fenómeno es mal comprendido en tanto que se lo interpreta en términos de imaginación. Pues la imaginación, según su ley, concibe necesariamente el totemismo como la operación por la cual un hombre o un grupo se identifican con un animal. Pero simbólicamente, se trata de otra cosa: no de la identificación imaginaria de un término con otro, sino de la homología estructural de dos series de términos. Por una parte una serie de especies animales tomadas como elementos de relaciones diferenciales, por otra parte una serie de posiciones sociales ellas mismas comprendidas simbólicamente en sus propias relaciones: la confrontación se hace «entre estos dos sistemas de diferencias», estas dos series de elementos y de relaciones24.
El inconsciente, según LACAN, no es ni individual ni colectivo, sino intersubjetivo. Es decir que implica un desarrollo en series: no solamente el significante y el significado, sino las dos series como mínimo se organizan de manera muy variable según el dominio considerado. Uno de los textos más célebres de LACAN comenta La carta robada de Edgar Poe, mostrando cómo la “estructura” pone en escena dos series cuyos lugares son ocupados por sujetos variables: rey que no ve la carta – reina que se jacta de tenerla tanto mejor escondida cuanto que la ha dejado en evidencia - ministro que ve todo y que se apodera de la carta (primera serie); policía que no encuentra nada en casa del ministro - ministro que se jacta de haber escondido tanto mejor la carta en tanto la deja en evidencia – Dupin que ve todo y que recupera la carta (segunda serie)25. Ya en un texto anterior, LACAN comentaba el caso de El hombre de las ratas sobre la base de una doble serie, paterna y filial, en que cada uno ponía en juego cuatro términos en relación siguiendo un orden de lugares: deuda-amigo, mujer rica-mujer pobre26.
Es obvio que la organización de las series constitutivas de una estructura constituyen una verdadera puesta en escena, y exige en cada caso evaluaciones e interpretaciones precisas. No hay en absoluto regla general; tocamos aquí el punto en que el estructuralismo implica tanto una verdadera creación, como una iniciativa y un descubrimiento que no carecen de riesgos. La determinación de una estructura no se hace solamente por una elección de elementos simbólicos de base y de las relaciones diferenciales donde entran; no solamente tampoco por una distribución de puntos singulares que les corresponde; sino aún por la constitución de una segunda serie, al menos, que mantiene relaciones complejas con la primera. Y, si la estructura define un campo problemático, un campo de problemas, es en el sentido en que la naturaleza del problema revela su objetividad propia en esta constitución serial, que hace que el estructuralismo se sienta a veces próximo a una música. Philippe Sollers escribe una novela, Drame, pautada por las expresiones “Problema” y “Fallado”, en el curso de la cual se elaboran series vacilantes («una cadena de recuerdos marítimos pasa a su brazo derecho... la pierna izquierda, en cambio, parece trabajada por agrupamientos minerales»)a. O bien la tentativa de Jean- Pierre Faye en Analogues, concerniente a una coexistencia serial de modos de narraciónb.
¿Ahora bien que es lo que empide a las dos series reflejarse simplemente una en la otra, y desde ese momento identificar sus términos uno a uno? El conjunto de la estructura recaería en el estado de una figura de la imaginación. La razón que conjura un riesgo tal es extraña en apariencia. En efecto, los términos de cada serie son inseparables en sí mismos de los desfases o desplazamientos que sufren en relación con los términos de la otra; son pues inseparables de la variación de las relaciones diferenciales. Para la carta robada, el ministro, en la segunda serie viene a ocupar el lugar que la reina tenía en la primera. En la serie filial de El hombre de las ratas, es la mujer pobre que viene a ocupar el lugar del amigo en relación con la deudac. O bien en una doble serie de pájaros y de gemelos, citada por LÉVI-SRAUSS, los gemelos que son las “personas de arriba”, en relación con personas de abajo, vienen necesariamente al lugar de los “pájaros de abajo”, no de los pájaros de arriba27. Este desplazamiento relativo de dos series no es del todo secundario; no viene a afectar un término, desde afuera y secundariamente, como para darle un disfraz imaginario. Por el contrario, el desplazamiento es propiamente estructural o simbólico: pertenece esencialmente a los lugares en el espacio de la estructura, y gobierna así en todos los disfraces imaginarios seres y objetos que vienen secundariamente a ocupar estos lugares. Es por eso que el estructuralismo concede tanta atención a la metáfora y a la metonimia. Estas no son de ninguna manera figuras de la imaginación, sino en primer lugar factores estructurales. Son incluso los dos factores estructurales, en el sentido de que expresan los dos grados de libertad del desplazamiento, de una serie a la otra y en el interior de una misma serie. Lejos de ser imaginarias, impiden a las series que animan confundir o desdoblar imaginariamente sus términos. Pero ¿qué son entonces estos desplazamientos relativos, si forman parte absolutamente de los lugares en la estructura?


Sexto criterio: la casilla vacía

Resulta que la estructura envuelve un objeto o elemento completamente paradójico. Consideremos el caso de la carta, en la historia de Edgar Poe tal como LACAN la comenta; o el caso de la deuda, en El hombre de las ratas. Es evidente que este objeto es eminentemente simbólico. Pero decimos “eminentemente”, porque no pertenece a ninguna serie en particular: la carta está sin embargo presente en las dos series de Edgar Poe; la deuda está presente en las dos series de El hombre de las ratas. Este objeto está siempre presente en las series correspondientes, las recorre y se mueve en ellas, no cesa de circular en ellas, y de la una a la otra, con una agilidad extraordinaria. Se diría que es su propia metáfora, y su propia metonimia. Las series en cada caso están constituidas por términos simbólicos y por relaciones diferenciales; pero él, parece de otra naturaleza. En efecto, es en relación con él que la variedad de los términos y la variación de las relaciones diferenciales están cada vez determinadas. Las dos series de una estructura son siempre divergentes (en virtud de las leyes de la diferenciación). Pero este objeto singular es el punto de convergencia de las series divergentes como tales. Es “eminentemente” simbólico, pero precisamente porque es inmanente a las dos series a la vez. ¿Cómo llamarlo, sino Objeto = x, objeto de adivinanza o gran Móvil? Podemos de todos modos tener dudas: lo que J. LACAN nos invita a descubrir en dos casos, el rol particular de una letra o de una deuda –¿Acaso es un artificio, con el rigor aplicable a estos casos, o bien es un método verdaderamente general, válido para todos los dominios estructurables, criterio para toda estructura, como si una estructura no se definiera sin la asignación de un objeto = x que no cesa de recorrer sus series? Como si la obra literaria por ejemplo, o la obra de arte, pero también otras obras, las obras de la sociedad, las de la enfermedad, las de la vida en general, envolvieran este objeto tan particular que gobierna su estructura. Y como se si se tratara siempre de encontrar quien es H, o de descubrir un x envuelto en la obra. Es así para las canciones: el refrán concierne a un objeto = x, mientras que las coplas forman las series divergentes en que este circula. Es por lo que las canciones presentan verdaderamente una estructura elemental.


Un discípulo de LACAN, André Green, señala la existencia del pañuelo que circula en Otelo, recorriendo todas las series de la pieza28. Hablamos también de dos series del príncipe de Gales, Falstaff o el padre-bufón, Enrique IV o el padre real, las dos imágenes de padre. La corona es el objeto = x que recorre las dos series, con términos y bajo relaciones diferentes; el momento en que el príncipe prueba la corona, su padre no estando aún muerto, marca el pasaje de una serie a la otra, el cambio de los términos simbólicos y la variación de las relaciones diferenciales. El viejo rey moribundo se enfada, y cree que su hijo quiere prematuramente identificarse con él; sin embargo el príncipe sabe responder, y mostrar en un discurso espléndido que la corona no es el objeto de una identificación imaginaria, sino al contrario el término eminentemente simbólico que recorre todas las series, la serie infame de Falstaff y la gran serie real, y que permite el pasaje del uno al otro en el seno de la misma estructura. Había, como hemos visto, una primera diferencia entre lo imaginario y lo simbólico: el rol diferenciador de lo simbólico, por oposición al rol asimilador reflejante, desdoblante y redoblante de lo imaginario. Pero la segunda frontera aparece mejor aquí: contra el carácter dual de la imaginación, el Tercero que interviene esencialmente en el sistema simbólico, que distribuye las series, las desplaza relativamente, las hace comunicar, aún impidiendo a la una abatirse imaginariamente sobre la otra.
Deuda, carta, pañuelo o corona, la naturaleza de este objeto es precisada por LACAN: es siempre desplazado en relación consigo mismo. Tiene como propiedad no estar donde se lo busca, pero en revancha también la de ser encontrado donde no está. Se dirá que “falta en su lugar” (y no por ello es algo real). También, que falta en su propia semblanza ( y no por ello es una imagen) – que falta a su propia identidad (y no por ello es un concepto). «Lo que está escondido no es nunca más que lo que falta en su lugar, como se expresa la ficha de búsqueda de un volumen cuando está extraviado en la biblioteca. Y esto aunque estuviera escondido en el estante o en el casillero de al lado que estaría escondido, y por visible que apareciera allí. No se puede decir de la carta (al pie de la letra (à la lettre) que esta falta en su lugar más que de lo que puede cambiar, es decir de lo simbólico. Pues por lo que se refiere a lo real, cualquiera que sea la conmoción que se le pueda aportar, está siempre allí en todo caso, lo lleva pegado a la suela de sus zapatos, sin que podamos conocer nada que pueda exiliarlo de allí29.» Si las series que el objeto = x recorre presentan necesariamente desplazamientos relativos el uno en relación con el otro, es pues porque los lugares relativos de sus términos en la estructura dependen primeramente del lugar absoluto de cada uno, en cada momento, en relación con el objeto = x siembre circulante, siempre desplazado en relación consigo mismo. Es en este sentido que el desplazamiento, y más generalmente todas las formas de cambio, no forma un carácter añadido desde afuera, sino la propiedad fundamental que permite definir la estructura como orden de los lugares bajo la variación de las relaciones. Toda la estructura es movida por este Tercero originario –pero también que falta en su propio origen. Distribuyendo las diferencias en toda la estructura, haciendo variar las relaciones diferenciales con sus desplazamientos, el objeto = x constituye el diferenciante de la diferencia misma.
Los juegos tienen necesidad de la casilla vacía, sin la cual nada avanzaría ni funcionaría. El objeto = x no se distingue de su lugar, pero pertenece a este lugar por desplazarse todo el tiempo, como a la casilla vacía saltar sin cesar. LACAN invoca el lugar del muerto en el bridge. En las páginas admirables que abren Las palabras y las cosas, donde describe un cuadro de Velázquez, FOUCAULT, invoca el lugar del rey, en relación con el cual todo se desplaza y se desliza, Dios, después el hombre, sin jamás llenarla30. Ningún estructuralismo sin este grado cero. A Philippe Sollers y a Jean-Pierre Faye les gusta invocar el punto ciego, como designando ese punto siempre móvil que comporta la ceguera, pero a partir del cual la escritura se hace posible, porque se organizan en él las series como verdaderos literemas. J.-A. Miller, en su esfuerzo por elaborar un concepto de causalidad estructural o metonímica toma de Frege la posición de un cero, definido como faltante en su propia identidad, y que condiciona la constitución serial de los números31. E incluso LÉVI-STRAUSS, que en algunos aspectos es el más positivista de los estructuralistas, el menos romántico, el menos inclinado a admitir un elemento fugitivo, reconocía en el “mana” o sus equivalentes, la existencia de un “significante flotante”, de un valor simbólico cero circulando en la estructura32. El alcanzaba así el fonema cero de Jakobson, que no comporta por sí mismo ningún carácter diferencial ni valor fonético, pero en relación con el cual todos los fonemas se sitúan en sus propias relaciones diferenciales.
Si es verdad que la crítica estructural tiene como objeto determinar en el lenguaje las “virtualidades” que preexisten a la obra, la obra es ella misma estructural cuando se propone expresar sus propias virtualidades. Lewis Carroll, Joyce inventaban “coletillas”, o más generalmente palabras esotéricas, para asegurar la coincidencia de series verbales sonoras y la simultaneidad de series de historias asociadas. En Finnegans Wake, es aún una carta (lettre) que es Cosmos, y que reúne todas las series del mundo. En Lewis Carroll, la coletilla connota dos series de base al menos (hablar y comer, serie verbal y serie alimentaria) que pueden ellas mismas ramificarse: así el Snark. Es un error decir que semejante palabra tiene dos sentidos; de hecho, es de otro orden que las palabras que tienen un sentido. Es el sin-sentido lo que anima al menos las dos series, pero que les provee de sentido circulando a través de ellas. Es él, en su ubicuidad, en su perpetuo desplazamiento, que produce el sentido en cada serie, y una de una serie a la otra, y no cesa de desfasar las dos series. Es la palabra = x en tanto que designa el objeto = x, el objeto problemático. En tanto que palabra = x, recorre una serie determinada como la del significante; pero al mismo tiempo como objeto = x, recorre la otra serie determinada como la del significado. No cesa a la vez de profundizar y de llenar la separación entre las dos series: LÉVI-STRAUSS lo muestra a propósito del “mana”, que asimila a las palabras “truc” o “machin” [en francés]. Es efectivamente de esta manera, como hemos visto, que el sin-sentido no es la ausencia de significación, sino por el contrario, el exceso de sentido, o lo que provee de sentido al significado y al significante. El sentido aparece aquí como el efecto de funcionamiento de la estructura, en la animación de sus series componentes. Y, sin duda, las coletillas no son más que un procedimiento entre otros para asegurar esta circulación. Las técnicas de Raymond Roussel, tal como FOUCAULT las ha analizado, son de otra naturaleza: fundadas en relaciones diferenciales fonemáticas, o en relaciones todavía más complejas33. En Mallarmé, encontramos sistemas de relaciones entre series, y móviles que las animan, y aún de otro tipo. Nuestro objetivo no es analizar el conjunto de los procedimientos que se hace y forman la literatura moderna, jugando con toda una topografía, con toda una tipografía del “libro futuro”, sino solamente señalar que en todos los casos la eficacia de esta casilla vacía de doble cara, a la vez palabra y objeto.
¿En qué consiste este objeto = x? ¿Es y debe seguir siendo el objeto perpetuo de una adivinanza, de un enigma, el perpetuum mobile? Esto sería una manera de recordar la consistencia objetiva que toma la categoría de lo problemático en el seno de las estructuras. Y es bueno finalmente que la cuestión “¿en qué se reconoce el estructuralismo?” conduzca a la posición de algo que no es reconocible o identificable. Consideremos la respuesta psicoanalítica de LACAN: el objeto = x está determinado como falo. Pero este falo no es ni el órgano real, ni la serie de imágenes asociadas o asociables: es falo simbólico. Es sin embargo ciertamente de sexualidad de lo que se trata, no se trata de otra cosa aquí, contrariamente a las piadosas tentaciones siempre renovadas en psicoanálisis de abjurar o de minimizar las referencias sexuales. Pero el falo aparece, no como un dato sexual ni como la determinación empírica de uno de los sexos, sino como el órgano simbólico que funda la sexualidad enteramente como sistema o estructura, y en relación con el cual se distribuyen los lugares ocupados de manera variable por los hombres y las mujeres, y también las series de imágenes y de realidades. Designando el objeto = x como falo, no es cuestión pues de identificar este objeto, de conferir a este objeto una identidad que repugna en su naturaleza; pues, al contrario, el falo simbólico es lo que falta a su propia identidad, siempre encontrado allí donde no está ya que el no está allí donde se lo busca, siempre desplazado en relación consigo mismo, del lado de la madre. En este sentido es ciertamente la carta y la deuda, el pañuelo o la corona, el Snark y el “maná”. Padre, madre, etc., son elementos simbólicos tomados en relaciones diferenciales, pero el falo es otra cosa, el objeto = x que determina el lugar relativo de los elementos y el valor variable de las relaciones, que hacen de la sexualidad enteramente una estructura. Es en función de los desplazamientos del objeto = x que las relaciones varían, como relaciones entre “pulsiones parciales” constitutivas de la sexualidad.
El falo evidentemente no es una última respuesta. Es incluso el lugar de una pregunta, de una “demanda” que caracteriza la casilla vacía de la estructura sexual. Las preguntas como las respuestas varían según la estructura considerada, pero nunca dependen de nuestras preferencias, ni de un orden de causalidad abstracta. Es evidente que la casilla vacía de una estructura económica, como intercambio de mercancías, debe ser determinada de otra forma: consiste en “algo” que no se reduce ni a los términos del intercambio, ni a la propia relación de intercambio, sino que forma un tercero eminentemente simbólico en perpetuo desplazamiento, y en función del cual van a definirse las variaciones de relaciones. Tal es el valor como expresión de un “trabajo en general”, más allá de toda cualidad empíricamente observable, lugar de la cuestión que atraviesa o recorre la economía como estructura34.
Se desprende una consecuencia más general, concerniente a los diferentes “órdenes”. No conviene, sin duda, en la perspectiva del estructuralismo, resuscitar el problema: ¿hay una estructura que determine a todas las otras en última instancia? Por ejemplo, ¿qué es primero, el valor o el falo, el fetiche económico o el fetiche sexual? Por varias razones estas cuestiones no tienen sentido. Todas las estructuras son infraestructuras. Los órdenes de estructuras, lingüísticas, familiar, económica, sexual, etc., se caracterizan por la forma de sus elementos simbólicos, la variedad de sus relaciones diferenciales, la especie de sus singularidades, en fin y sobre todo por la naturaleza del objeto = x que preside su funcionamiento. Ahora bien no podríamos establecer un orden de causalidad lineal de una estructura a otra, más que confiriendo al objeto = x en cada caso el género de identidad al cual repugna esencialmente. Entre estructuras, la causalidad no puede ser más que un tipo de causalidad estructural. En cada orden de estructura, ciertamente, el objeto = x no es de ninguna manera un incognoscible, un puro indeterminado; es perfectamente determinable, comprendidos sus desplazamientos, y el modo de desplazamientos que lo caracteriza. Simplemente no es asignable: es decir no es fijable en un lugar identificable en un género o una especie. Es porque él mismo constituye el género último de la estructura o su lugar total: no hay pues identidad más que para fallar a esta identidad, ni lugar más que para desplazarse en relación con todo lugar. Por ello, el objeto = x es para cada orden de estructura el lugar vacío o perforado que permite a este orden articularse con los otros, en un espacio que comporta tantas direcciones como órdenes. Los órdenes de estructura no se comunican en un mismo lugar, pero se comunican todos entre sí por su lugar vacío u objeto = x respectivo. Es por eso que, a pesar de ciertas páginas apresuradas de LÉVI-STRAUSS, no se reclamará un privilegio para las estructuras sociales etnográficas, remitiendo las estructuras sexuales psicoanalíticas a la determinación empírica de un individuo más o menos desocializado. Incluso las estructuras lingüísticas no pueden pasar por elementos simbólicos o significantes últimos: precisamente en la medida en que las otras estructuras no se contentan con aplicar por analogía métodos tomados de la lingüística, sino que descubren por su cuenta verdaderos lenguajes, aunque fuesen no verbales, comportando siempre sus significantes, sus elementos simbólicos y relaciones diferenciales. FOUCAULT, poniendo por ejemplo el problema de las relaciones etnografía-psicoanálisis, tiene razón entonces al decir: «ellas se cortan en ángulo recto; pues la cadena significante por la que se constituye la experiencia única del individuo es perpendicular al sistema formal a partir del cual se constituyen las significaciones de la cultura. En cada instante de la estructura propia de la experiencia individual encuentra en los sistemas de la sociedad un cierto número de elecciones posibles (y de posibilidades excluidas); inversamente las estructuras sociales encuentran en cada uno de sus puntos de elección un cierto número de individuos posibles (y otros que no lo son)»35.
Y en cada estructura, el objeto = x debe ser susceptible de dar cuenta: 1º de la manera en que se subordinan en su orden los otros órdenes de estructura, estos no intervienen más que como dimensiones de actualización; 2º de la manera en que él mismo está subordinado a los otros órdenes en el suyo (y no intervienen más que en su propia actualización); 3º de la manera en que todos los objetos = x y todos los órdenes de estructura se comunican los unos con los otros, cada orden define una dimensión del espacio en que él es absolutamente primero; 4º condiciones en las cuales, en determinado momento de la historia o en determinado caso, determinada dimensión que corresponde a determinado orden de la estructura no se despliega por ella misma y permanece sometida a la actualización de otro orden (el concepto lacaniano de “forclusión” tendría aquí una vez más una importancia decisiva).


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