G. Deleuze, ¿En qué se reconoce el estructuralismo? Página de ¿en qué se reconoce el estructuralismo?



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G. DELEUZE, ¿En qué se reconoce el estructuralismo? Página de

¿EN QUÉ SE RECONOCE EL ESTRUCTURALISMO?

Gilles DELEUZE1




Traducción castellana de Juan Bauzá y María José Muñoz


Antes se preguntaba “¿qué es el existencialismo?”. Ahora: ¿qué es el estructuralismo? Estas preguntas se refieren a cuestiones que despiertan un vivo interés, pero con la condición de referirse a la actualidad, de remitirse a las obras que se están haciendo. Estamos en 1967. No se puede invocar el carácter inacabado de las obras para evitar responder, pues es sólo éste carácter el que da sentido a la cuestión. Desde ese momento la pregunta “¿Qué es el estructuralismo?” es obligatorio que sufra ciertas transformaciones. En primer lugar, ¿quien es estructuralista? Existen costumbres recientes y de lo más actual al respecto. Se acostumbra a designar, como muestra, equivocadamente o con razón: un lingüista como R. JAKOBSON; un sociólogo como C. LÉVI-STRAUSS; un psicoanalista como J. LACAN; un filósofo que renueva la epistemología, como M. FOUCAULT; un filósofo marxista que retoma el problema de la interpretación del marxismo, como L. ALTHUSSER; un crítico literario como R. BARTHES; escritores como los del grupo Tel Quel... Unos no rechazan el término “estructuralismo”, y emplean “estructura”, “estructural”. Otros prefieren el término saussuriano de “sistema”. Pensadores muy diferentes, y de generaciones diferentes, algunos han ejercido sobre otros una influencia real. Pero lo más importante y que llama la atención es la extrema diversidad de los dominios que exploran. Cada uno encuentra problemas, métodos, soluciones que tiene relaciones de analogía, como participando de un aire libre del tiempo, de un espíritu del tiempo, pero que se mide por los descubrimientos y creaciones singulares en cada uno de estos dominios. Las palabras en –ismo, en este sentido, están perfectamente fundadas.


Se tiene razón al asignar a la lingüística como origen del estructuralismo: no solamente Saussure, sino la escuela de Moscú, la escuela de Praga. Y si el estructuralismo se extiende a continuación a otros dominios, ya no se trata esta vez de analogía: no es simplemente para instaurar métodos “equivalentes” a los que primero fueron fecundos en el análisis del lenguaje. En verdad no hay estructura más que de lo que es lenguaje, aunque se trate de un lenguaje esotérico o incluso no verbal. No hay estructura del inconsciente más que en la medida en que el inconsciente habla y es lenguaje. No hay estructura de los cuerpos más que en la medida en que los cuerpos se supone de algún modo que “hablan” con un lenguaje que hace síntoma, que es el lenguaje de los síntomas. Las cosas mismas en general no tienen estructura sino en la medida en que sostienen un “discurso” silencioso, que es el lenguaje de los signos. Entonces la cuestión “¿qué es el estructuralismo?” se transforma una vez más, y es mejor preguntar: ¿en qué puede reconocerse a quienes se llaman estructuralistas? ¿cuáles serían sus rasgos característicos y diferenciales? y ¿qué es lo que ellos mismos reconocen? Tanto es verdad que no se reconoce a las personas, de manera visible, más que en las cosas invisibles e insensibles que ellos reconocen a su manera. ¿Qué hacen, los estructuralistas, para reconocer un “lenguaje” en algo, el lenguaje que caracteriza un dominio? ¿Qué es lo que encuentran en este dominio? Aquí nos proponemos únicamente despejar ciertos criterios formales de reconocimiento, los más simples, apoyándonos cada vez en el ejemplo de los autores citados, cualquiera sea la diversidad de sus trabajos y proyectos.


Primer criterio: lo simbólico2

Estamos habituados, casi condicionados a una cierta distinción o correlación entre lo real y lo imaginario. Todo nuestro pensamiento mantiene un juego dialéctico entre estas dos nociones. Incluso, cuando la filosofía clásica habla de la inteligencia o del entendimiento puros, se trata aún de una facultad definida por su aptitud para captar lo real en su fundamento, lo real, por así decirlo, “de verdad”, lo real tal como es, por oposición, pero también en relación con las potencias de la imaginación. Citemos, por ejemplo, movimientos creadores completamente diferentes: el romanticismo, el simbolismo, el surrealismo... Se invoca tanto el punto trascendente donde lo real y lo imaginario se interpenetran y se unen; como su fina frontera, como el filo cortante de su diferencia. De todas maneras en general permanecemos, nos quedamos, en la oposición y en la supuesta complementariedad entre lo imaginario y lo real –al menos en la interpretación tradicional del romanticismo, del simbolismo, etc. Incluso el freudismo es interpretado en la perspectiva de dos principios: principio de realidad con su fuerza de decepción, principio de placer con su potencia de satisfacción alucinatoria. Con más razón, métodos como los de Jung y de Bachelard se inscriben enteramente en lo real y lo imaginario, en el marco de sus complejas relaciones, unidad trascendente y tensión liminar, fusión y corte.


Ahora bien, frente a esa tradición, el primer criterio del estructuralismo, es el descubrimiento y el reconocimiento de un tercer orden, de un tercer reino: el de lo simbólico. De ese reconocimiento resulta el rechazo de confundir tanto lo simbólico con lo imaginario, como con lo real, y eso constituye la primera dimensión del estructuralismo3. Aquí también, todo comenzó con la lingüística; la lingüística que podemos calificar de moderna: más allá del vocablo en su realidad y sus partes sonoras, más allá de las imágenes y de los conceptos asociados a las palabras, el lingüista estructuralista descubre un elemento de naturaleza muy diferente que constituye el objeto estructural. Y parece ser que los escritores del grupo Tel Quel quieren instalarse en este elemento simbólico, tanto para renovar las realidades sonoras como los relatos o narraciones asociados. Más allá de la historia de los hombres y de la historia de las ideas, Michel FOUCAULT descubre un suelo más profundo, subterráneo, por así decirlo, que constituye el objeto de lo que él llama la arqueología del pensamiento. Detrás de los hombres reales y sus relaciones reales, detrás de las ideologías y sus relaciones imaginarias, Louis ALTHUSSER descubre un dominio más profundo como objeto de ciencia y de filosofía.
Teníamos ya muchos padres en psicoanálisis: primero un padre real, pero también imágenes de padre. Y todos nuestros dramas según ellos sucedían en el seno de las tensas relaciones habituales entre lo real y lo imaginario. Jacques LACAN nos descubre un tercer padre, más fundamental, padre simbólico o Nombre-del-padre. No solamente lo real y lo imaginario, sino sus relaciones, y las perturbaciones de estas relaciones, deben ser pensadas como el límite de un proceso en el cual esas relaciones y trastornos se constituyen a partir de lo simbólico. En LACAN, y en otros estructuralistas también, lo simbólico como elemento de la estructura está al principio de una génesis: la estructura se encarna en las realidades y las imágenes siguiendo series determinables; además, ella las constituye encarnándose allí, pero no deriva de ellas, siendo más profunda que ellas, subsuelo tanto para todos los suelos de lo real como para todos los cielos de la imaginación. Inversamente, ciertas catástrofes propias del orden simbólico estructural dan cuenta de las perturbaciones aparentes de lo real y de lo imaginario: así, por ejemplo, en el caso de El Hombre de los lobos de Freud, tal como LACAN lo interpreta, es porque el tema de la castración queda no simbolizado (“forclusión”) que retorna en lo real, bajo la forma alucinatoria del dedo cortado4.
Podemos enumerar [poner un número a] lo real, lo imaginario y lo simbólico: 1, 2, 3. Pero podemos decir que estas cifras tienen tanto un valor cardinal como ordinal. Porque lo real en sí mismo no es separable de un cierto ideal de unificación o de totalización: lo real tiende a hacer Uno, es uno en su “verdad”. Desde que vemos dos en “uno”, desde que desdoblamos, lo imaginario aparece en persona, incluso si es en lo real que ejerce su acción. Por ejemplo, el padre real es uno, o quiere serlo según su ley; pero la imagen de padre es siempre doble en sí misma, dividida (clivée) siguiendo una ley de dual. Ella es proyectada sobre dos personas al menos, la una asume el padre de juego, el padre-bufón, la otra, el padre de trabajo y de ideal: tal como el príncipe de Gales en Shakespeare, que pasa de una imagen de padre a la otra, de Falstaff a la corona. Lo imaginario se define por juegos de espejo, de desdoblamiento, de identificación y de proyección invertidas, siempre en el modo del doble5. Pero, por su parte, lo simbólico es tres. No es solamente el tercero más allá de lo real y de lo imaginario. Hay siempre un tercero a buscar en el simbólico él mismo; la estructura es al menos triádica, sin lo que ella no “circularía” –tercero a la vez irreal, y por tanto no imaginable.
Veremos por qué; pero ya el primer criterio consiste en esto: el establecimiento de un orden simbólico, irreductible al orden de lo real, al orden de lo imaginario, y más profundo que ellos. No sabemos todavía en qué consiste este elemento simbólico. Podemos decir al menos que la estructura correspondiente no tiene ninguna relación con una forma sensible, ni con una figura de la imaginación, ni con una esencia inteligible. Nada que ver con una forma: pues la estructura no se define en modo alguno por una autonomía del todo, por una pregnancia del todo sobre las partes, por una Gestalt que se ejercería en lo real y en la percepción; la estructura se define al contrario por la naturaleza de ciertos elementos atómicos que pretenden dar cuenta a la vez de la formación de todos y de la variación de sus partes. Nada que ver tampoco con figuras de la imaginación, aunque el estructuralismo esté enteramente penetrado de reflexiones sobre la retórica, la metáfora y la metonimia; pues estas figuras mismas implican desplazamientos estructurales que deben dar cuenta a la vez de lo propio y de lo figurado. Nada que ver, en fin, con una esencia; pues se trata de una combinatoria que recae sobre elementos formales que no tienen ellos mismos ni forma, ni significación, ni representación, ni contenido, ni realidad empírica dada, ni modelo funcional hipotético, ni inteligibilidad detrás de las apariencias; nadie mejor que Louis ALTHUSSER ha asignado el estatuto de la estructura como idéntico a la “Teoría” misma –y lo simbólico debe ser entendido como la producción del objeto teórico original y específico.
El estructuralismo es tanto agresivo: cuando denuncia el desconocimiento general de esta última categoría simbólica, más allá de lo imaginario y lo real; como interpretativo: cuando renueva nuestra interpretación de obras a partir de esta categoría, y pretende descubrir un punto original donde el lenguaje se forma, las obras se elaboran, las ideas y las acciones se anudan. Romanticismo, simbolismo, pero también freudismo, marxismo devienen también el objeto de reinterpretación profundos. Más aún: es la obra mítica, la obra poética, la obra filosófica, las obras prácticas mismas las que están sujetas a la interpretación estructural. Pero esta reinterpretación sólo vale en la medida en que ella anima obras nuevas que son las de hoy, como si lo simbólico fuera una fuente, inseparablemente, de interpretación y de creación vivientes.


Segundo criterio: local o de posición

¿En qué consiste el elemento simbólico de la estructura? Sentimos la necesidad de ir lentamente, de decir y volver a decir primero lo que no es. Distinto de lo real y de lo imaginario, no puede definirse ni por realidades preexistentes a las cuales remitiría, y que designaría, ni por contenidos imaginarios o conceptuales que implicaría, y que le darían una significación. Los elementos de una estructura no tienen ni designación extrínseca [a esa estructura] ni significación intrínseca [por fuera de esa estructura]. ¿Qué queda? Como lo recuerda LÉVI-STRAUSS con rigor, no tienen otra cosa que un sentido: un sentido que es necesariamente y únicamente de “posición”6. No se trata de un sitio en una extensión real, ni de lugares en extensiones imaginarias, sino de sitios y lugares en un espacio propiamente estructural, es decir topológico. Lo que es estructural, es el espacio, pero un espacio inextenso, pre-extensivo, puro spatium constituido progresivamente como orden de vecindad, donde la noción de vecindad tiene precisamente y en primer lugar un sentido ordinal y no una significación en la extensión. O bien en biología genética: los genes forman parte de una estructura en la medida en que son inseparables de “loci”, lugares capaces de cambiar de relaciones en el interior del cromosoma. En síntesis, los lugares en un espacio puramente estructural son primeros en relación con las cosas y a los seres reales que llegan a ocuparlos, primeros también en relación con los roles y con los acontecimientos siempre un poco imaginarios que aparecen necesariamente cuando son ocupados.


La ambición científica del estructuralismo no es cuantitativa, sino topológica y relacional: LÉVI-STRAUSS plantea constantemente este principio. Y cuando ALTHUSSER habla de estructura económica, precisa que los verdaderos “sujetos” no son allí los que ocupan los lugares, individuos concretos u hombres reales, como tampoco los verdaderos objetos no son allí los roles que ellos tienen y los acontecimientos que se producen, sino en primer lugar los sitios en un espacio topológico y estructural definido por las relaciones de producción7. Cuando FOUCAULT define determinaciones tales como la muerte, el deseo, el trabajo, el juego, no las considera como dimensiones de la existencia humana empírica, sino primeramente como la cualificación de lugares o de posiciones que harán mortales y moribundos, o deseantes, o trabajadores, o jugadores aquellos que vendrán a ocuparlos, pero no vendrán a ocuparlos más que secundariamente, teniendo sus roles según un orden de vecindad que es el de la estructura misma8. Por eso FOUCAULT puede proponer una nueva repartición de lo empírico y de lo trascendental, encontrándose este último definido por un orden de lugares independientemente de aquellos que los ocupen empíricamente9. El estructuralismo no es separable de una filosofía trascendental nueva, donde los lugares dominan sobre lo que los llena. Padre, madre, etc., son primero lugares en una estructura; y si somos mortales, es cogiendo fila, viniendo a determinado lugar, marcado en la estructura siguiendo este orden topológico de las vecindades (aun cuando avancemos en nuestro circuito).
«No es solamente el [un] sujeto, sino los sujetos tomados en su intersubjetividad, que se ponen en la cola... y que modelan su ser mismo sobre el momento que los recorre de la cadena significante... el desplazamiento del significante determina a los sujetos en sus actos, en su destino, en sus rechazos, en sus cegueras [puntos ciegos], en su éxito, y en su suerte, a pesar de sus dotes innatas y su logro social, sin consideración para con el carácter o el sexo10...» No se puede decir mejor que la psicología empírica se encuentra no solamente fundada, sino determinada por una topología trascendental.
De este criterio local o posicional, se deducen varias consecuencias. Y en primer lugar, si los elementos simbólicos no tienen designación extrínseca ni significación intrínseca, sino solamente un sentido de posición, es necesario establecer como principio que el sentido resulta siempre de la combinación de elementos que no son ellos mismos [por sí mismos o en sí mismos] significantes11. Como LÉVI-STRAUSS le dice en su discusión con Paul RICOEUR, el sentido es siempre un resultado, un efecto: no solamente un efecto como producto, sino un efecto de óptica, un efecto de lenguaje, un efecto de posición. Hay profundamente un no-sentido del sentido, del que el sentido mismo resulta. No se vuelve así a lo que se llamó filosofía del absurdo. Pues para la filosofía del absurdo, es el sentido lo que falta, esencialmente. Para el estructuralismo al contrario, hay siempre demasiado sentido, una sobreproducción, una sobredeterminación del sentido, siempre producido en exceso por la combinación de lugares en la estructura. (De ahí la importancia, en ALTHUSSER, por ejemplo, del conceptos de sobredeterminación). El sin-sentido no es en absoluto el absurdo o lo contrario del sentido, sino lo que lo hace valer y lo produce circulando en la estructura. El estructuralismo no debe nada a Albert Camus, pero mucho a Lewis Carroll.
La segunda consecuencia, es el gusto del estructuralismo por ciertos juegos y cierto teatro, por ciertos espacios de juego y cierto teatro. No es por casualidad que LÉVI-STRAUSS se refiera a menudo a la teoría de juegos, y dé tanta importancias a las cartas de jugar. Y LACAN, a metáforas de juegos, que son más que metáforas: no solamente el pasa-pasa que corre en la estructura, sino el lugar del muerto que circula en el bridge. Los juegos más nobles como el ajedrez son aquellos que organizan una combinatoria de lugares en un puro spatium infinitamente más profundo que la extensión real del tablero y la extensión imaginaria de cada figura. O bien ALTHUSSER interrumpe su comentario de Marx para hablar teatralmente, sino de un teatro que no es ni de realidad ni de ideas, puro teatro de lugares y de posiciones cuyo principio ve en Brecht, y que encontraría quizás hoy su expresión más avanzada en Armand Gatti. En resumen, el manifiesto mismo del estructuralismo debe ser buscado en la fórmula célebre, eminentemente poética y teatral: pensar, es hacer una jugada.
La tercera consecuencia es que el estructuralismo no es separable de un nuevo materialismo, de un nuevo ateismo, de un nuevo anti-humanismo. Pues si el lugar es primero en relación con lo que lo ocupa, no será suficiente ciertamente poner al hombre en el lugar de Dios para cambiar de estructura. Y si este lugar es el lugar del muerto, la muerte de Dios quiere decir también la del hombre, a favor, esperamos, de algo por venir, pero no que puede venir más que en la estructura y por su mutación. Así aparece el carácter imaginario del hombre (FOUCAULT), o el carácter ideológico del humanismo (ALTHUSSER).





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