Fuego Brillante



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Yacía como los pliegues de un brillante manto dorado


Pero, ahora, sólo escucho

Su retumbar melancólico, prolongado, lejano,

En receso, al aliento

Del viento nocturno, junto al melancólico borde

De los desnudos guijarros del mundo.

 

Los sillones en que se sentaban las tres mujeres crujieron.



 

Montag terminó:

 

Oh, amor, seamos sinceros

El uno con el otro. Por el mundo que parece

Extenderse ante nosotros como una tierra de ensueños,

Tan diversa, tan bella, tan nueva,

Sin tener en realidad ni alegría, ni amor, ni luz,

Ni certidumbre, ni sosiego, ni ayuda en el dolor;

Y aquí estamos nosotros como en lóbrega llanura,

Agitados por confusos temores de lucha y de huida

Donde ignorantes ejércitos se enfrentan cada noche.

 

Mrs. Phelps estaba llorando.



 

Las otras, en medio del desierto, observaban su llanto que iba acentuándose al mismo tiempo que su rostro se contraía y deformaba. Permanecieron sentadas, sin tocarla, asombradas ante aquel espectáculo. Ella sollozaba inconteniblemente. El propio Montag estaba sorprendido Y emocionado.

 

-Vamos vamos -dijo Mildred-. Estás bien, Clara, deja de llorar. Clara, ¿qué ocurre?



 

- Yo... yo -sollozó Mrs. Phe1ps-. No lo sé, no lo sé, es que no lo sé. ¡Oh, no...

 

Mrs. Bowles se levantó y miró, furiosa, a Montag.



 

-¿Lo ve? Lo sabía, eso era lo que quería demostrar. Sabía que había de ocurrir. Siempre lo he dicho, poesía y lágrimas, poesía y suicidio y llanto y sentimientos terribles, poesía y enfermedad. ¡Cuánta basura! Ahora acabo de comprenderlo. ¡Es usted muy malo, Mr. Montag, es usted muy malo!

 

Faber dijo:



 

-Ahora...

 

Montag sintió que se volvía y, acercándose a la abertura que había en la pared, arrojó el libro a las llamas que aguardaban.



 

-Tontas palabras, tontas y horribles palabras, que acaban por herir -dijo Mrs. Bowles-. ¿Por qué querrá la gente herir al prójimo? Como si no hubiera suficiente maldad en el mundo, hay que preocupar a la gente con material de este estilo.

 

-Clara, vamos, Clara -suplicó Mildred, tirando de un brazo de su amiga-. Vamos, mostrémonos alegres, conecta ahora la

 

-No -dijo Mrs. Bowles-. Me marcho directamente a casa. Cuando quieras visitar mi casa y mi «familia», magnífico. ¡Pero no volveré a poner los pies en esta absurda casa?

 

-Váyase a casa. -Montag fijó los ojos en ella, serenamente-. Váyase a casa y piense en su primer marido divorciado, en su segundo marido muerto en un reactor Y en su tercer esposo destrozándose el cerebro. Váyase a casa y piense en eso, y en su maldita cesárea



también, y en sus hijos, que la odian profundamente, Váyanse a casa y piensen en cómo ha sucedido todo en si han hecho alguna vez algo para impedirlo ¡Acasa, a casa! -vociferó Montag-. Antes de que las derribe de un puñetazo y las eche a patadas.

 

Las puertas golpearon y la casa quedó vacía. Montag se quedó solo en la fría habitación, cuyas paredes tenían un color de nieve sucia.



 

En el cuarto de baño se oyó agua que corría. Montag escuchó cómo Mildred sacudía en su mano las tabletas de dormir.

 

-Tonto, Montag, tonto. ¡Oh, Dios, qué tonto! -repetía Faber en su oído-.



 

-¡Cállese!

 

Montag se quitó la bolita verde de la oreja y se la guardó en un bolsillo.



 

El aparato crepitó débilmente: « ... Tonto... tonto...

 

Montag registró la casa y encontró los libros que Mildred había escondido apresuradamente detrás del refrigerador. Faltaban algunos, y Montag comprendió



que ella había iniciado por su cuenta el lento proceso de dispersar la dinamita que había en su casa, cartucho por cartucho. Pero Montag no se sentía furioso, sólo agotado y sorprendido de sí mismo. Llevó los libros al patio posterior y los ocultó en los arbustos contiguos a la verja que daba al callejón. Sólo por aquella noche, en caso de que ella decida seguir utilizando el fuego.

 

Regresó a la casa.



-¿Mildred?

Llamó a la puerta del oscuro dormitorio. No se oía ningún sonido.

 

Fuera, atravesando el césped, mientras se dirigía hacia su trabajo, Montag trató de no ver cuán completamente oscura y desierta estaba la casa de Clarisse McCIellan...



 

Mientras se encaminaba hacia la ciudad, Montag estaba tan completamente embebido en su terrible error que experimentó la necesidad de una bondad y cordialidad ajena, que nacía de una voz familiar y suave que hablaba en la noche. En aquellas cortas horas le parecía ya que había conocido a Faber toda la vida. Entonces, comprendió que él era, en realidad, dos personas, que por encima de todo era Montag, quien nada sabía, quien ni siquiera se había dado cuenta de que era un tonto, pero que lo sospechaba. Y supo que era también el viejo que le hablaba sin cesar, en tanto que el «Metro» era absorbido desde un extremo al otro de la ciudad, con uno de aquellos prolongados y mareantes sonidos de succión. En los días subsiguientes, y en las noches en que no hubiera luna, o en las que brillara con fuerza sobre la tierra, el viejo seguiría hablando incesantemente, palabra por palabra, sílaba por sílaba, letra por letra. Su mente acabaría por imponerse y ya no sería más Montag, esto era lo que le decía el viejo, se lo aseguraba, se lo prometía. Sería Montag más Faber, fuego más agua. Y luego, un día, cuando todo hubiese estado listo y preparado en silencio, ya no habría ni fuego ni agua, sino vino. De dos cosas distintas y opuestas, una tercera. Y, un día, volvería la cabeza para mirar al tonto y lo

reconocería. Incluso en aquel momento percibió el inicio del largo viaje, la despedida, la separación del ser que hasta entonces había sido.

 

Era agradable escuchar el ronroneo del aparatito, el zumbido de mosquito adormilado y el delicado murmullo de la voz del viejo, primero, riñéndole y, después, consolándole, a aquella hora tan avanzada de la noche, mientras salía del caluroso «Metro» y se dirigía hacia el mundo del cuartel de bomberos.



 

-¡Lástima, Montag, lástima! No les hostigues ni te burles de ellos. Hasta hace muy poco, tú también has sido uno de esos hombres. Están tan confiados que siempre seguirán así. Pero no conseguirán escapar. Ellos no saben que esto no es más que un gigantesco y deslumbrante meteoro que deja una hermosa estela en el espacio, pero que algún día tendrá que producir impacto. Ellos sólo ven el resplandor, la hermosa estela, lo mismo que la veía usted.

 

»Montag, los viejos que se quedan en casa, cuidando sus delicados huesos, no tienen derecho a criticar. Sin embargo, ha estado a punto de estropearlo todo desde el principio. ¡Cuidado! Estoy con usted, no lo olvide. Me hago cargo de cómo ha ocurrido todo. Debo admitir que su rabia ciega me ha dado nuevo vigor. ¡Dios, cuán joven me he sentido! Pero, ahora... Ahora, quiero que usted se sienta viejo, quiero que parte de mi cobardía se destile ahora en usted. Las siguientes horas cuando vea al capitán Beatty, manténgase cerca de él, déjeme que le oiga, que perciba bien la situación. Nuestra meta es la supervivencia. Olvídese de esas solas y estúpidas mujeres...



 

-Creo que hace años que no eran tan desgraciadas –dijo Montag-. Me ha sorprendido ver llorar a Mrs Phe1ps. Tal vez tengan razón, quizá sea mejor no enfrentarse con los hechos, huir, divertirse. No lo sé, me siento culpable...

 

-¡No, no debe sentirse! Si no hubiese guerra, si reinara paz en el mundo, diría, estupendo, divertios. Pero, Montag, no debe volver a ser simplemente un bombero No todo anda bien en el mundo.



 

Montag empezó a sudar.

 

-Montag, ¿me escucha?



 

-Mis pies -dijo Montag-. No puedo moverme. ¡Me siento tan condenadamente tonto! ¡Mis pies no quieren moverse!

 

-Escuche. Tranquilícese -dijo el viejo con voz suave-. Lo sé, lo sé. Teme usted cometer errores. No tema. De los errores, se puede sacar provecho. ¡Si cuando yo era joven arrojaba mi ignorancia a la cara de la gente! Me golpeaban con bastones. Pero cuando cumplí los cuarenta años, mi romo instrumento había sacado una fina y aguzada punta. Si esconde usted su ignorancia, nadie le atacará y nunca llegará a aprender. Ahora, esos pies, y directo al cuartel de bomberos. Seamos gemelos, ya no estamos nunca solos. No estamos separados en diversos salones, sin contacto entre ambos. Si necesita ayuda, cuando Beatty empiece a hacerle preguntas, yo estaré sentado aquí, junto a su tímpano,



tomando notas.

 

Montag sintió que el pie derecho y, después, el izquierdo empezaban a moverse.



 

-Viejo -dijo-, quédese conmigo.

 

El Sabueso Mecánico no estaba. Su perrera aparecía vacía y en el cuartel reinaba un silencio total, en tanto que la salamandra anaranjada dormía con la barriga llena de petróleo y las mangueras lanzallamas cruzadas sobre sus flancos. Montag penetró en aquel silencio, tocó la barra de latón y se deslizó hacia arriba, en la oscuridad, volviendo la cabeza para observar la perrera desierta, sintiendo que el corazón se le aceleraba; después, se tranquilizaba; luego, se aceleraba otra vez. Por el momento, Faber parecía haberse quedado dormido.



 

Beatty estaba junto al agujero, esperando, pero de espaldas, como si no prestara ninguna atención.

 

-Bueno -dijo a los hombres que jugaban a las cartas-, ahí llega un bicho muy extraño que en todos los idiomas recibe el nombre de tonto.



 

Alargó una mano de lado, con la palma hacia arriba, en espera de un obsequio. Montag puso el libro en ella. Sin ni siquiera mirar el título, Beatty lo tiró a la papelera y encendió un cigarrillo.

 

-Bien venido, Montag. Espero que te quedes con nosotros, ahora que te ha pasado la fiebre y ya no estás enfermo. ¿Quieres sentarte a jugar una mano de póquer?



 

Se instalaron y distribuyeron los naipes. En presencia de Beatty, Montag se sintió lleno de culpabilidad. Sus dedos eran como hurones que hubiesen cometido alguna fechoría y ya nunca pudiesen descansar, siempre agitados Y ocultos en los bolsillos, huyendo de la mirada penetrante de Beatty, Montag tuvo la sensación de que si Beatty hubiese llegado a lanzar su aliento sobre ellos, sus manos se marchitarían, irían deformándose y nunca más recuperarían la vida; habrían de permanecer enterradas para siempre en las mangas de su chaqueta olvidadas. Porque aquéllas eran las manos que habían obrado por su propia cuenta, independientemente de él, fue en ellas donde se manifestó primero el impulso apoderarse de libros, de huir con Job y Ruth y Shakespeare; y, ahora, en el cuartel, aquellas manos parecían bañadas en sangre.

 

Dos veces en media hora, Montag tuvo que dejar la partida e ir al lavabo a lavarse las manos. Cuando regresaba, las ocultaba bajo la mesa.



 

Beatty se echó a reír.

 

-Muéstranos tus manos, Montag. No es qué desconfiemos de ti, compréndelo, pero...



 

Todos se echaron a reír.

 

-Bueno -dijo Beatty-, la crisis ha pasado y está bien. La oveja regresa al redil. Todos somos ovejas que alguna vez se han extraviado. La verdad es la verdad. Al final de nuestro camino, hemos llorado. Aquellos a quienes acompañan nobles sentimientos nunca están solos, nos hemos gritado. Dulce alimento de sabiduría manifestada dulcemente, dijo Sir Philip Sidney. Pero por otra parte: Las palabras son como hojas, y cuanto más abundan raramente se encuentra debajo demasiado fruto o sentido, Alexander Pope. ¿Qué opinas de esto?



 

-No lo sé.

 

-¡Cuidado! -susurró Faber, desde otro mundo muy lejano-.



 

-¿0 de esto? Un poco de instrucción es peligrosa. Bebe copiosamente, o no pruebes el manantial de la sabiduría; esas corrientes profundas intoxican el cerebro, y beber en abundancia nos vuelve a serenar. Pope. El mismo ensayo. ¿Dónde te deja esto?

 

Montag se mordió los labios.



 

-Yo te lo diré -prosiguió Beatty, sonriendo a sus naipes-. Esto te ha embriagado durante un breve plazo. Lee algunas líneas y te caes por el precipicio. Vamos, estás dispuesto a trastornar el mundo, a cortar cabezas, a aniquilar mujeres y niños, a destruir la autoridad. Lo sé, he pasado por todo ello.

 

-Ya estoy bien -dijo Montag, muy nervioso-.



 

-Deja de sonrojarte. No estoy pinchándote, de veras que no. ¿Sabes? Hace una hora he tenido un sueño. Me había tendido a descabezar un sueñecito. Y, en este sueño, tú y yo, Montag, nos enzarzamos en un furioso debate acerca de los libros. Tú estabas lleno de rabia, me lanzabas citas. Yo paraba, con calma, cada ataque. Poder, he dicho. Y tú, citando al doctor Johnson, has replicado: ¡El conocimiento es superior a la fuerza! Y yo he dicho: «Bueno, querido muchacho», el doctor Johnson también dijo: Ningún hombre sensato abandonará una cosa cierta por otra insegura. Quédate con los bomberos, Montag. ¡Todo lo demás es un caos terrible!

 

-No le hagas caso -susurró Faber-. Está tratando de confundirte. Es muy astuto. ¡Cuidado!



 

Beatty rió entre dientes.

 

-Y tú has replicado, también con una cita: La verdad saldrá a la luz, el crimen no permanecerá oculto mucho tiempo. Y yo he gritado de buen humor: ¡Oh, Dios! ¡Sólo está hablando de su caballo! Y: El diablo puede citar las Escrituras para conseguir sus fines. Y tú has vociferado: Esta época hace más caso de un tonto con oropeles que de un santo andrajoso, de la escuela de la sabiduría. Y yo he susurrado amablemente: La



dignidad de la verdad se pierde con demasiadas protestas. Y tú has berreado: Las carroñas sangran ante la presencia del asesino. Y yo he dicho, palmoteándote una mano: ¿Cómo? ¿Te produzco anginas? Y tú has chillado: ¡La sabiduría ría es poder! Y: Un enano sobre los hombros de un gigante es el más alto de los dos. Y he resumido mi opinión con extraordinaria serenidad: La tontería de confundir una metáfora con una prueba, un torrente de verborrea con un manantial de verdades básicas, y a sí mismo con un oráculo, es innato en nosotros, dijo Mr. Valéry en una ocasión.

 

Montag meneó la cabeza doloridamente. Le parecía que le golpeaban implacablemente en la frente, en los ojos, en la nariz, en los labios, en la barbilla, en los hombros, en los brazos levantados. Deseaba gritar: « ¡Calla! ¡Estás tergiversando las cosas, deténte!» alargó la mano para coger una muñeca del otro.



 

-¡Caramba, vaya pulso! Te he excitado mucho, ¿verdad, Montag? ¡Válgame Dios! Su pulso suena como el día después de la guerra. ¡Todo son sirenas Y campanas! ¿He de decir algo más? Me gusta tu expresión de pánico. Swahili, indio, inglés... ¡Hablo todos los idiomas! ¡Ha sido un excelente y estúpido discurso!

 

-¡Montag, resista! -La vocecita sonó en el oído de Montag-. ¡Está enfangando las aguas!



 

-Oh, te has asustado tontamente -dijo Beatty- porque he hecho algo terrible al utilizar esos libros a lo que tú te aferrabas, en rebatirte todos los puntos. ¡Qué traidores pueden ser los libros! Te figuras que te ayudan, y se vuelven contra ti. Otros pueden utilizarlos también, y ahí estás perdido en medio del pantano, entre un gran tumulto de nombres, verbos y adjetivos. Y al final de mi sueño, me he presentado con la salamandra y he dicho: «¿Vas por mi camino?» Y tú has subido, y hemos regresado al cuartel en medio de un silencio beatífico, llenos de un profundo sosiego. -Beatty soltó la muñeca de Montag, dejó la mano fláccidamente. apoyada en la mesa-. A buen fin, no hay mal principio.

 

Silencio. Montag parecía una estatua tallada en piedra. El eco del martillazo final en su cerebro fue apagándose lentamente en la oscura cavidad donde Faber esperaba a que esos ecos desapareciesen. Y, entonces, cuando el polvo empezó a depositarse en el cerebro de Montag, Faber empezó a hablar, suavemente:



 

-Está bien, ha dicho lo que tenía que decir. Debe aceptarlo. Yo también diré lo que debo en las próximas horas. Y usted lo aceptará. Y tratará de juzgarlas y podrá decidir hacia qué lado saltar, o caer. Pero quiero que sea su decisión, no la mía ni la del capitán. Sin embargo, recuerde que el capitán pertenece a los enemigos más peligrosos de la verdad y de la libertad, al sólido e inconmovible ganado de la mayoría. ¡Oh, Dios! ¡La terrible tiranía de la mayoría! Todos tenemos nuestras arpas para tocar. Y, ahora, le corresponderá a usted saber con qué oído quiere escuchar.

 

Montag abrió la boca para responder a Faber. Le salvó de este error que iba a cometer en presencia de los otros el sonido del timbre del cuartel. La voz de alarma proveniente del techo se dejó oír. Hubo un tic tac cuando el teléfono de alarma mecanografió la dirección. El capitán Beatty, con las cartas de póquer en una mano, se acercó al teléfono con exagerada lentitud y arrancó la dirección cuando el informe hubo terminado. La miró fugazmente y se la metió en el bolsillo. Regresó Y volvió a sentarse a la mesa. Los demás le miraron.



 

-Eso puede esperar cuarenta segundos exactos, que es lo que tardaré en acabar de desplumaros -dijo Beatty, alegremente-.

 

Montag dejó sus cartas.



 

-¿Cansado, Montag? ¿Te retiras de la partida?

 

-Sí.


 

-Resiste. Bueno, pensándolo bien, podemos terminar luego esta mano. Dejad vuestros naipes boca abajo

 

-Preparad el equipo. Ahora será doble. -Y Beatty volvió a levantarse-. Montag, ¿no te encuentras bien? Sentiría que volvieses a tener fiebre...



 

-Estoy bien.

 

-Magnífico! Éste es un caso especial. ¡Vamos, apresúrate!



 

cuando el polvo empezó a depositarse en el cerebro de Montag, Faber empezó a hablar, suavemente:

 

,_Está bien, ha dicho lo que tenía que decir. Debe



 

aceptarlo. Yo también diré lo que debo en las próximas horas. Y usted lo aceptará. Y tratará de juzgarlas y podrá decidir hacia qué lado saltar, o caer. Pero quiero que sea su decisión, no la mía ni la del capitán. Sin embargo, recuerde que el capitán pertenece a los enemigos más peligrosos de la verdad y de la libertad, al sólido e inconmovible ganado de la mayoría. ¡Oh, Dios! ¡La terrible tiranía de la mayoría! Todos tenemos nuestras arpas para tocar. Y, ahora, le corresponderá a usted saber con qué oído quiere escuchar.

 

Montag abrió la boca para responder a Faber. Le salvó de este error que iba a cometer en presencia de los otros el sonido del timbre del cuartel. La voz de alarma proveniente del techo se dejó oír. Hubo un tic tac cuando el teléfono de alarma mecanografió la dirección. El capitán Beatty, con las cartas de póquer en una mano, se acercó al teléfono con exagerada lentitud y arrancó la dirección cuando el informe hubo terminado. La miró fugazmente y se la metió en el bolsillo. Regresó Y volvió a sentarse a la mesa. Los demás le miraron.



 

-Eso puede esperar cuarenta segundos exactos, que es lo que tardaré en acabar de desplumaros -dijo Beatty, alegremente-.

 

Montag dejó sus cartas.



 

¿Cansado, Montag? ¿Te retiras de la partida?

 

-Sí.


 

-Resiste. Bueno, pensándolo bien, podemos terminar luego esta mano. Dejad vuestros naipes boca abajo

 

Preparad el equipo. Ahora será doble. -Y Beatty volvió a levantarse-. Montag, ¿no te encuentras bien?



 

Sentiría que volvieses a tener fiebre...

 

-Estoy bien.



 

Magnífico! Éste es un caso especial. ¡Vamos, apresúrate!

 

Saltaron al aire y se agarraron a la barra de latón como si se tratase del último punto seguro sobre la avenida que amenazaba ahogarles; luego, con gran decepción por parte de ellos, la barra de metal les bajó hacia la oscuridad, a las toses, al resplandor y la succión del dragón gaseoso que cobraba vida.



 

-¡Eh!


 

Doblaron una esquina con gran estrépito del motor y la sirena, con chirrido de ruedas, con un desplazamiento de la masa del petróleo en el brillante tanque de latón, como la comida en el estómago de un gigante mientras los dedos de Montag se apartaban de la barandilla plateada, se agitaban en el aire, mientras el viento empujaba el pelo de su cabeza hacia atrás. El viento silbaba entre sus dientes, y él, pensaba sin cesar en

mujeres, en aquellas charlatanas de aquella noche en su salón, y en la absurda idea de él de leerles un libro. Era tan insensato y demente como tratar de apagar un fuego con una pistola de agua. Una rabia sustituida por otra. Una cólera desplazando a otra. ¿Cuándo dejaría de estar furioso y se tranquilizaría, y se quedaría completamente tranquilo?

 

-¡Vamos allá!



 

Montag levantó la cabeza. Beatty nunca guiaba pero esta noche sí lo hacía, doblando las esquinas con la salamandra, inclinado hacia delante en el asiento del conductor, con su maciza capa negra agitándose a su espalda, lo que le daba el aspecto de un enorme murciélago que volara sobre el vehículo, sobre los números de latón, recibiendo todo el viento.

 

-¡Allá vamos para que el mundo siga siendo feliz. Montag!



 

Las mejillas sonrojadas y fosforescentes de Beatty brillaban en la oscuridad, y el hombre sonreía furiosamente.

 

-¡Ya hemos llegado!



 

La salamandra se detuvo de repente, sacudiendo hombres. Montag permaneció con la mirada fija en la brillante barandilla de metal que apretaba con toda la fuerza de sus puños.

 

«No puedo hacerlo -pensó-. ¿Cómo puedo realizar esta nueva misión, cómo puedo seguir quemando cosas? No me será posible entrar en ese sitio.»



 

Beatty, con el olor del viento a través del cual se había precipitado, se acercó a Montag.

 

-¿Todo va bien, Montag?



 

Los hombres se movieron como lisiados con sus embarazosas botas, tan silenciosos como arañas.

 

Montag acabó por levantar la mirada y volverse. Beatty estaba observando su rostro.



 

-¿Sucede algo, Montag?

 

-Caramba -dijo éste, con lentitud-. Nos hemos detenido delante de mi casa.



 

 

 



Fuego vivo

 

 



Las luces iban encendiéndose y las puertas de las casas abriéndose a todo lo largo de la calle, para observar el espectáculo que se preparaba. Montag y Beatty miraban, el uno con seca satisfacción, el otro con incredulidad, la casa que tenían delante, aquella pista central en la que se agitarían numerosas antorchas y se comería fuego.

 

-Bueno -dijo Beatty-; ahora lo has conseguido. El viejo Montag quería volar cerca del sol y ahora que se ha quemado las malditas alas se pregunta por qué. ¿No te insinué lo suficiente al enviar el Sabueso a merodear por aquí?



 

El rostro de Montag estaba totalmente inmóvil e inexpresivo; sintió que su cabeza se volvía hacia la casa contigua, bordeada por un colorido macizo de flores.

 

Beatty lanzó un resoplido.



 

-¡OhI no' No te dejarías engañar por la palabrería de esa pequeña estúpida, ¿eh? Flores, mariposas, hojas, puestas de sol... ¡Oh, diablo! Aparece todo en su archivo Que me ahorquen. He dado en el blanco. Fíjate en el aspecto enfermizo que tienes. Unas pocas briznas de hierba y las fases de la luna. ¡Valiente basura! ¿Qué pudo ella conseguir con todo eso?

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