Fuego Brillante



Descargar 1,15 Mb.
Página3/8
Fecha de conversión31.05.2017
Tamaño1,15 Mb.
1   2   3   4   5   6   7   8


 

Montag regresó a su casa, dejó abierta la venta comprobó el estado de Mildred, la arropó cuidadosamente y, después, se tumbó bajo el claro de luna, que formaba una cascada de plata en cada uno de sus ojos.

 

Una gota de lluvia. Clarisse. Otra gota. Mildred. Una tercera. El tío. Una cuarta. El fuego esta noche. Una, Clarisse. Dos, Mildred. Tres, tío. Cuatro, fuego. Una, Mildred, dos Clarisse. Una, dos, tres, cuatro, cinco, Clarisse, Mildred, tío, fuego, tabletas soporíferas, hombres, tejido disponible, faldas, bufido, ataque, rechazo, Clarisse, Mildred, tío, fuego, tabletas, tejidos, bufido, ataques, rechace. ¡Una, dos, tres, una, dos, tres! Lluvia. La tormenta. El tío riendo. El trueno descendiendo desde lo alto. Todo el mundo cayendo convertido en lluvia. El fuego ascendiendo en el volcán. Todo mezclado en un estrépito ensordecedor y en un torrente, que se encaminaba hacia el amanecer.



 

-Ya no entiendo nada de nadie -dijo Montag-

 

Y dejó que una pastilla soporífera se disolviera en su lengua.



 

 

A las nueve de la mañana, la cama de Mildred estaba vacía.



 

Montag se levantó apresuradamente. Su corazón latía rápidamente, corrió vestíbulo abajo y se detuvo la puerta de la cocina.

 

una tostada asomó por el tostador plateado, y fue -da por una mano metálica que la embadurnó de mantequilla derretida.



 

Mildred contempló cómo la tostada pasaba a su plato. Tenía las orejas cubiertas con abejas electrónicas que, con su susurro, ayudaban a pasar el tiempo. De pronto, la mujer levantó la mirada, vio a Montag, le saludó con la cabeza.

 

-¿Estás bien? -preguntó Montag-.



 

Mildred era experta en leer el movimiento de los labios, a consecuencia de diez años de aprendizaje con las pequeñas radios auriculares. Volvió a asentir. Introdujo otro pedazo de pan en la tostadora.

 

Montag se sentó.



 

Su esposa dijo:

 

-No entiendo por qué estoy tan hambrienta.



 

-Es que...

 

-Estoy hambrienta.



 

-Anoche... -empezó a decir él-.

 

-No he dormido bien. Me siento fatal. ¡Caramba! ¡Qué hambre tengo! No lo entiendo.



 

-Anoche -volvió a decir él-.

 

Ella observó distraídamente sus labios.



 

-¿Qué ocurrió anoche?

 

-¿No lo recuerdas?



 

_¿Qué? ¿Celebramos una juerga o algo por el estilo? Siento como una especie de jaqueca. ¡Dios, qué hambre tengo! ¿Quién estuvo aquí?

 

-Varias personas.



 

-Es lo que me figuraba. -Mildred mordió su tostada-- Me duele el estómago, pero tengo un hambre canina. Supongo que no cometí ninguna tontería durante la fiesta.

 

-No -respondió él con voz queda-.



 

La tostadora le ofreció una rebanada untada con mantequilla. Montag alargó la mano, sintiéndose agradecido.

 

-Tampoco tú pareces estar demasiado en forma -dijo su esposa-.



 

 

A última hora de la tarde llovió, y todo el mundo adquirió un color grisáceo oscuro. En el vestíbulo casa, Montag se estaba poniendo la insignia con la salamandra anaranjada. Levantó la mirada hacia la rejilla del aire acondicionado que había en el vestíbulo. Su esposa, examinando un guión en la salita, apartó la mirada el tiempo suficiente para observarle,



 

-¡Eh! -dijo-. ¡El hombre está pensando!

 

-Sí -dijo él-. Quería hablarte. -Hizo una pausa-. Anoche, te tomaste todas las píldoras de tu botellita de somníferos.



 

-¡Oh, jamás haría eso! -replicó ella, sorprendida

 

-El frasquito estaba vacío.



 

-Yo no haría una cosa como ésa, ¿Por qué tedría que haberlo hecho?

 

-Quizá te tomaste dos píldoras, lo olvidaste, volviste a tomar otras dos, y así sucesivamente hasta quedar tan aturdida que seguiste tomándolas mecánicamente hasta tragar treinta o cuarenta de ellas.



 

-Cuentos -dijo ella-. ¿Por qué podría haber querido hacer semejante tontería?

 

-No lo sé.



 

Era evidente que Mildred estaba esperando a que Montag se marchase.

 

-No lo he hecho -insistió la mujer-. No lo haría ni en un millón de años.



 

-Muy bien. Puesto que tú lo dices...

 

-Eso es lo que dice la señora.



 

Ella se concentró de nuevo en el guión.

 

-¿Qué dan esta tarde? -preguntó Montag con tono aburrido-.



 

Mildred volvió a mirarle.

 

-Bueno, se trata de una obra que transmitirán en circuito moral dentro de diez minutos. Esta mañana me han enviado mi papel por correo. Yo les había enviado varias tapas de cajas. Ellos escriben el guión con un papel en blanco. Se trata de una nueva idea. La concursante, o sea yo, ha de recitar ese papel. Cuando llega el momento de decir las líneas que faltan, todos me miran desde las tres paredes, y yo les digo. Aquí, por ejemplo, el hombre dice: «¿Qué te parece esta idea, Helen?» Y me mira mientras yo estoy sentada aquí en el centro del escenario, ¿comprendes? Y yo replico, replico... –Hizo una pausa y, con el dedo, buscó una línea del guión-.«¡Creo que es estupenda!» Y así continúan con la obra hasta que él dice: «¿Está de acuerdo con esto, Helen?»,



y yo «¡Claro que sí!» ¿Verdad que es divertido, Guy?

 

El permaneció en el vestíbulo, mirándola.



 

-Desde luego, lo es -prosiguió ella-.

 

-¿De qué trata la obra?



 

-Acabo de decírtelo. Están esas personas llamadas Bob, Ruth y Helen.

 

-¡Oh!


 

-Es muy distraída. Y aún lo será más cuando podamos instalar televisión en la cuarta pared. ¿Cuánto crees que tardaremos ahora para poder sustituir esa pared por otra con televisión? Sólo cuesta dos mil dólares.

 

-Eso es un tercio de mi sueldo anual.



 

-Sólo cuesta dos mil dólares -repitió ella-. Y creo que alguna vez deberías tenerme cierta consideración. Si tuviésemos la cuarta pared... ¡Oh! Sería como si esta sala ya no fuera nuestra en absoluto, sino que perteneciera a toda clase de gente exótica. Podríamos pasarnos de algunas cosas.

 

-Ya nos estamos pasando de algunas para pagar la tercera pared. Sólo hace dos meses que la instalamos. ¿Recuerdas?



 

-¿Tan poco tiempo hace? -se lo quedó mirando durante un buen rato-. Bueno, adiós.

 

 

-Adiós -dijo él. Se detuvo y se volvió hacia su mujer-. ¿Tiene un final feliz?



 

-Aún no he terminado de leerla.

 

Montag se acercó, leyó la última página, asintió, dobló el guión y se lo devolvió a Mildred. Salió de casa y se adentró en la lluvia.



 

 

El aguacero iba amainando, y la muchacha andaba por el centro de la acera, con la cabeza echada hacia atrás para que las gotas le cayeran en el rostro. Cuando vio a Montag, sonrió.



 

-¡Hola!


 

Él contestó al saludo y después, dijo:

 

-¿Qué haces ahora?



 

-Sigo loca. La lluvia es agradable. Me encanta caminar bajo la lluvia.

 

-No creo que a mí me gustase.



 

-Quizá sí, si lo probara.

 

-Nunca lo he hecho.



 

Ella se lamió los labios.

 

-La lluvia incluso tiene buen sabor.



 

-¿A qué te dedicas? ¿A andar por ahí probán todo una vez? -inquirió Montag-.

 

-A veces, dos.



 

La muchacha contempló algo que tenía en una mano

 

-¿Qué llevas ahí?



 

-Creo que es el último diente de león de este Me parecía imposible encontrar uno en el césped, avanzada la temporada. ¿No ha oído decir eso de ftotarselo contra la barbilla? Mire.

 

Clarisse se tocó la barbilla con la flor, riendo.



 

-¿Para qué?

 

-Si deja señal, significa que estoy enamorada, ¿ha ensuciado?



 

Él sólo fue capaz de mirar.

 

-¿Qué? -preguntó ella



 

-Te has manchado de amarillo.

 

-¡Estupendo! Probemos ahora con usted.



 

Conmigo no dará resultado.

 

-Venga. -Antes de que Montag hubiese podido moverse la muchacha le puso el diente de león bajo la barbilla. Él se echó hacia atrás y ella rió-. ¡Estése quieto!



 

Atisbó bajo la barbilla de él y frunció el ceño.

 

-¿Qué? -dijo Montag-.



 

-¡Qué vergüenza! No está enamorado de nadie.

 

-¡Sí que lo estoy!



 

-Pues no aparece ninguna señal.

 

-¡Estoy muy enamorado! -Montag trató de evocar un rostro que encajara con sus palabras, pero no lo encontró-. ¡Sí que lo estoy!



 

-¡Oh, por favor, no me mire de esta manera!

 

-Es el diente de león -replicó él-. Lo has gastado todo contigo. Por eso no ha dado resultado en mí.



 

-Claro, debe de ser esto. ¡Oh! Ahora, le he enojado. Ya lo veo. Lo siento, de verdad.

 

La muchacha le tocó en un codo.



 

-No, no -se apresuró a decir él-. No me ocurre absolutamente nada.

 

-He de marcharme. Diga que me perdona. No quiero que esté enojado conmigo.



 

-No estoy enojado. Alterado, sí.

 

-Ahora he de ir a ver a mi psiquiatra. Me obligan a ir. Invento cosas que decirle. Ignoro lo que pensará de mí ¡Dice que soy una cebolla muy original! Le tengo ocupado pelando capa tras capa.



 

-Me siento inclinado a creer que necesitas a ese psiquiatra -dijo Montag-.

-No lo piensa en serio.

Él inspiró profundamente, soltó el aire y, por último dijo:

 

-No, no lo pienso en serio.



-El psiquiatra quiere saber por qué salgo a pasear por el bosque, a observar a los pájaros y a coleccionar mariposas. Un día, le enseñaré mi colección.

 

-Bueno.



 

-Quieren saber lo que hago a cada momento. les digo que a veces me limito a estar sentada y a pensar. Pero no quiero decirles sobre qué. Echarían a correr. Y, a veces, les digo, me gusta echar la cabeza hacia atrás, así, y dejar que la lluvia caiga en mi boca. Sabe a vino. ¿Lo ha probado alguna vez?

 

-No, yo...



 

,-Me ha perdonado usted, ¿verdad?

 

-Sí -Montag meditó sobre aquello-. Si, te perdonado. Dios sabrá por qué. Eres extraña, eres irritante y, sin embargo, es fácil perdonarte. ¿Dices que tienes diecisiete años?



 

-Bueno, los cumpliré el mes próximo.

 

-Es curioso. Mi esposa tiene treinta y, sin embargo, hay momentos en que pareces mucho mayor ella. No acabo de entenderlo.



 

-También usted es extraño, Mr. Montag. A veces, hasta olvido que es bombero. Ahora, ¿puedo encolerizarle de nuevo?

 

-Adelante.



 

-¿Cómo empezó eso? ¿Cómo intervino usted? ¿Cómo escogió su trabajo y cómo se le ocurrió buscar empleo que tiene? Usted no es como los demás. He visto a unos cuantos. Lo sé. Cuando hablo, usted me mira Anoche, cuando dije algo sobre la luna, usted la miró. Los otros nunca harían eso. Los otros se alejarían, dejándome con la palabra en la boca. 0 me amenazarían. Nadie tiene ya tiempo para nadie. Usted es uno de pocos que congenian conmigo. Por eso pienso que tan extraño que sea usted bombero. Porque la verdad que no parece un trabajo indicado para usted.

 

Montag sintió que su cuerpo se dividía en calor y frialdad, en suavidad y dureza, en temblor y firmeza ambas mitades se fundían la una contra la otra.



 

-Será mejor que acudas a tu cita -dijo, por fin-.

 

Y ella se alejó corriendo y le dejó plantado allí, bajo lluvia. Montag tardó un buen rato en moverse.



 

Y luego, muy lentamente, sin dejar de andar, levantó el rostro hacia la lluvia, sólo por un momento, y abrió la boca...

 

 

El Sabueso Mecánico dormía sin dormir, vivía sin y ivir en el suave zumbido, en la suave vibración de la perrera débilmente iluminada, en un rincón oscuro de la parte trasera del cuartel de bomberos. La débil luz de la una de la madrugada, el claro de luna enmarcado en el gran ventanal tocaba algunos puntos del latón, el cobre y el acero de la bestia levemente temblorosa. La luz se reflejaba en porciones de vidrio color rubí y en sensibles pelos capilares, del hocico de la criatura, que temblaba suave, suavemente, con sus ocho patas de pezuñas de goma recogidas bajo el cuerpo.



 

Montag se deslizó por la barra de latón abajo. Se asomó a observar la ciudad, y las nubes habían desaparecido por completo; encendió un cigarrillo, retrocedió para inclinarse y mirar al Sabueso. Era como una gigantesca abeja que regresaba a la colmena desde algún campo donde la miel está llena de salvaje veneno, de insania o de pesadilla, con el cuerpo atiborrado de aquel néctar excesivamente rico, y, ahora, estaba durmiendo para eliminar de sí los humores malignos.

 

-Hola -susurró Montag, fascinado como siempre, Por la bestia muerta, la bestia viviente-.



 

De noche, cuando se aburría, lo que ocurría a diario los hombres se dejaban resbalar por las barras de latón y Ponían en marcha las combinaciones del sistema olfativo del Sabueso, y soltaban ratas en el área del cuartel de bomberos; otras veces, pollos, y otras, gatos que , de todos modos, hubiesen tenido que ser ahogados, Y se hacían apuestas acerca qué presa el Sabueso cogería primero. Los animales eran soltados. Tres segundos más tarde, el fuego había terminado, la rata, el gato pollo atrapado en mitad del patio, sujeto por las suaves pezuñas, mientras una aguja hueca de diez centímetros surgía del morro del Sabueso para inyectar una dosis masiva de morfina o de procaína. La presa era arrojada luego al incinerador. Empezaba otra partida.

 

Cuando ocurría esto, Montag solía quedarse arriba. Hubo una vez, dos años atrás, en que hizo una apuesta y perdió el salario de una semana, debiendo enfrentarse con la furia insana de Mildred, que aparecía en sus venas y sus manchas rojizas. Pero, ahora, durante la noche, permanecía tumbado en su litera, con el rostro vuelto hacia la pared, escuchando las carcajadas de abajo y el rumor de las patas de los roedores, seguidos del rápido y silencioso movimiento del Sabueso que saltaba bajo la cruda luz, encontrando, sujetando a su victima, insertando la aguja y regresando a su perrera para morir como si se hubiese dado vueltas a un conmutador.



 

Montag tocó el hocico. El Sabueso gruñó.

 

Montag dio un salto hacia atrás.



 

El Sabueso se levantó a medias en su perrera miró con ojos verdeazulados de neón que parpadea, en sus globos repentinamente activados. Volvió a gruñir, una extraña combinación de siseo eléctrico, de pitar y de chirrido de metal, un girar de engranajes parecían oxidados y llenos de recelo.

 

-No, no, muchacho -dijo Montag-.



 

El corazón le latió fuertemente. Vio que la aguja plateada asomaba un par de centímetros, volvía a ocultarse, asomaba un par de centímetros, volvía a ocultarse, asomaba, se ocultaba. El gruñido se acentuó, la bestia miró a Montag.

 

Éste retrocedió. El Sabueso adelantó un paso en su perrera. Montag cogió la barra de metal con una mano. La barra, reaccionando, se deslizó hacia arriba y silenciosamente, le llevó más arriba del techo, débilmente iluminada. Estaba tembloroso y su rostro tenía un color blanco verdoso. Abajo, el Sabueso había vuelto a agazaparse sobre sus increíbles ocho patas de insecto y volvía a ronronear para sí mismo, con sus ojos de múltiples facetas en paz.



 

Montag esperó junto al agujero a que se calmaran sus temores. Detrás de él, cuatro hombres jugaban a los naipes bajo una luz con pantalla verde, situada en una esquina. Los jugadores lanzaron una breve mirada a Montag, pero no dijeron nada. Sólo el hombre que llevaba el casco de capitán y el signo del cenit en el mismo, habló por último, con curiosidad, sosteniendo las cartas en una de sus manos, desde el otro lado de la larga habitación.

 

-Montag...



 

-No le gusto a ése -dijo Montag-.

 

-¿Quién, al Sabueso? -El capitán estudió sus naipes-. Olvídate de ello. Ése no quiere ni odia. Simplemente, funciona. Es como una lección de balística. Tiene una trayectoria que nosotros determinamos. Él la sigue rigurosamente. Persigue el blanco, lo alcanza, y nada más. Sólo es alambre de cobre, baterías de carga y electricidad.



 

Montag tragó saliva.

 

-Sus calculadoras pueden ser dispuestas para cualquier combinación, tantos aminoácidos, tanto azufre, tanta grasa, tantos álcalis. ¿No es así?



 

-Todos sabemos que sí.

 

-Las combinaciones químicas y porcentajes de cada uno de nosotros están registrados en el archivo general del cuartel, abajo. Resultaría fácil para alguien introducir en la memoria del Sabueso una combinación parcial, quizá un toque de aminoácido. Eso explicaría lo que el animal acaba de hacer. Ha reaccionado contra mí.



 

-¡Diablos! -exclamó el capitán-.

 

-Irritado, pero no completamente furioso. Sólo con la suficiente memoria para gruñirme al tocarlo.



 

-¿Quién podría haber hecho algo así? -preguntó el capitán-. Tú no tienes enemigos aquí, Guy.

 

-Que yo sepa, no. -¿Quién podría haber hecho algo así? -pregu el capitán-. Tú no tienes enemigos aquí, Guy.



 

-Que yo sepa, no. J,

 

-Mañana haremos que nuestros técnicos verifique¡ el Sabueso.



 

-No es la primera vez que me ha amenaz -dijo Montag-. El mes pasado ocurrió dos veces. j

 

-Arreglaremos esto, no te preocupes.



 

Pero Montag no se movió y siguió pensando en reja de¡ ventilador del vestíbulo de su casa, y en lo que había oculto detrás de la misma. Si alguien del cuartd de bomberos estuviese enterado de lo del ventilado; ¿no podría ser que se lo «contara» al Sabueso ... ?

 

El capitán se acercó al agujero de la sala y lan una inquisitiva mirada a Montag.



 

-Estaba pensando -dijo Montag- en qué es pensando el Sabueso Mecánico ahí abajo, toda la che. ¿Está vivo de veras? Me produce escalofríos.

 

-Él no piensa nada que no deseemos que piense.



 

-Es una pena -dijo Montag con voz queda-, porque lo único que ponemos en su cerebro es cacería, búsqueda y matanza. ¡Qué vergüenza que solamente haya de conocer eso!

 

Beatty resopló amablemente.



 

-¡Diablos! Es una magnífica pieza de artesanía,'J proyectil que busca su propio objetivo y garantiza blanco cada vez.

 

-Por eso no quisiera ser su próxima víctima plicó Montag-.



 

-¿Por qué? ¿Te remuerde la conciencia acercOC algo?

 

Montag levantó la mirada con rapidez.



 

Beatty permanecía allí, mirándole fijamente a ojos, en tanto que su boca se abría y empezaba a con suavidad.

 

 

-Mañana haremos que nuestros técnicos verifiquen el Sabueso.



 

-No es la primera vez que me ha amenazado -dijo Montag-. El mes pasado ocurrió dos veces.

 

-Arreglaremos esto, no te preocupes.



 

Pero Montag no se movió y siguió pensando en reja del ventilador del vestíbulo de su casa, y en lo que había oculto detrás de la misma. Si alguien del cuartel de bomberos estuviese enterado de lo del ventilador; ¿no podría ser que se lo «contara» al Sabueso...?

 

El capitán se acercó al agujero de la sala y lanzó una inquisitiva mirada a Montag.



 

-Estaba pensando -dijo Montag- en qué está pensando el Sabueso Mecánico ahí abajo, toda la noche. ¿Está vivo de veras? Me produce escalofríos.

 

-Él no piensa nada que no deseemos que piense.



 

-Es una pena -dijo Montag con voz queda-, porque lo único que ponemos en su cerebro es cacería, búsqueda y matanza. ¡Qué vergüenza que solamente haya de conocer eso!

 

Beatty resopló amablemente.



 

-¡Diablos! Es una magnífica pieza de artesanía, un proyectil que busca su propio objetivo y garantiza blanco cada vez.

 

-Por eso no quisiera ser su próxima víctima -replicó Montag-.



 

-¿Por qué? ¿Te remuerde la conciencia acerca de algo?

 

Montag levantó la mirada con rapidez.



 

Beatty permanecía allí, mirándole fijamente a ojos, en tanto que su boca se abría y empezaba a con suavidad.

 

Uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete días. Y cada vez que él salía de la casa. Clarisse estaba por allí, en algún jugar del mundo. Una vez, Montag la vio sacudiendo un nogal; otra, sentada en el césped, tejiendo un jersey azul; en tres o cuatro ocasiones, encontró un ramillete de flores tardías en el porche de su casa, o un puñado de nueces en un pequeño saquito, o varias hojas otoñales pulcramente clavadas en una cuartilla de papel blanco, sujeta en su puerta. Clarisse le acompañaba cada día hasta la esquina. Un día, llovía; el siguiente, estaba despejado; el otro, soplaba un fuerte viento, y el de más allá, todo estaba tranquilo y en calma; el día siguiente a ese día en calma fue semejante a un horno veraniego y Clarisse apareció con el rostro quemado por el sol.



 

-¿Por qué será -dijo él una vez, en la entrada del «Metro»- que tengo la sensación de conocerte desde hace muchos años?

 

-Porque le aprecio a usted -replicó ella-, y no deseo nada suyo. Y porque nos conocemos mutuamente.



 

-Me haces sentir muy viejo y parecido a un padre.

 

-¿Puede explicarme por qué no tiene ninguna hija como yo, si le gustan tanto los niños?



 

-Lo ignoro.

 

-¡Bromea usted!



 

-Quiero decir... -Montag calló y meneó la cabeza- . Bueno, es que mi esposa... Ella nunca ha deseado tener niños.

 

La muchacha dejó de sonreír.



 

-Lo siento. Me había parecido que se estaba burlando de mí. Soy una tonta.

 

-No, no -replicó Montag-. Ha sido una buena pregunta. Hacía mucho tiempo que nadie se interesaba por mí para hacérmela. Una buena pregunta.



 

-Hablemos de otra cosa. ¿Ha olido alguna vez unas hojas viejas? ¿Verdad que huelen a cinamomo? Tome. huela.

 

-Caramba, sí, en cierto modo, parece cinamomo.



 

Clarisse le miró con sus transparentes ojos oscuros

 

-Siempre parece ofendido.



 

-Es que no he tenido tiempo...

 

-¿Se fijó en los carteles alargados, tal como le dije?



 

-Creo que sí. Sí.

 

Montag tuvo que reírse.



 

-Su risa parece mucho más simpática que antes.

 

-¿De veras?



 

-Mucho más tranquila.

 

Montag se sintió a gusto y cómodo,



 

-¿Por qué no estás en la escuela? Cada día te encuentro vagabundeando por ahí.

 

-¡Oh, no me echan en falta! -contestó ella-. creen que soy insociable. No me adapto. Es muy extraño. En el fondo, soy muy sociable. Todo depende de lo se entienda por ser sociable, ¿no? Para mí, representa hablar de cosas como éstas. -Hizo sonar unas nueces que habían caído del árbol del patio-. 0 comentar lo extraño que es el mundo. Estar con la gente es agradable. Pero no considero que sea sociable reunir a un grupo de gente y, después, no dejar que hable. Una hora de clase TV, una hora de baloncesto, de pelota base o de carreras, otra hora de transcripción o de reproducción de imágenes, y más deportes. Pero ha de saber que nunca hacemos preguntas, o por lo menos, la mayoría no las hace; no hacen más que lanzarte las respuestas izas!, izas!, y nosotros sentados allí durante otras cuatro horas de clase cinematográfica. Esto no tiene nada que ver con la sociabilidad. Hay muchas chimeneas y mucha agua que mana por ellas, y todos nos decimos es vino, cuando no lo es. Nos fatigan tanto que al terminar el día, sólo somos capaces de acostarnos, ir a un Parque de Atracciones para empujar a la gente, romper cristales en el Rompedor de Ventanas o triturar automóviles en el Aplastacoches; con la gran bola de acero. Al salir en automóvil y recorrer las calles, intentando comprobar cuán cerca de los faroles es posible detenerte, o quien es el último que salta del vehículo antes de que se estrelle. Supongo que soy todo lo que dicen de mí, desde luego. No tengo ningún amigo. Esto debe demostrar que soy anormal. Pero todos aquellos a quienes conozco andan gritando o bailando por ahí como locos, o golpeándose mutuamente. ¿Se ha dado cuenta de cómo, en la actualidad, la gente se zahiere entre sí?

1   2   3   4   5   6   7   8


La base de datos está protegida por derechos de autor ©absta.info 2016
enviar mensaje

    Página principal