Fuego Brillante



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La voz de la muchacha fue apagándose.



 

-¡De qué modo tan extraño lo dice!

 

-Lo... Lo hubiese adivinado con los ojos cerrados -prosiguió ella, lentamente-.



 

-¿Por qué? ¿Por el olor a petróleo? Mi esposa siempre se queja -replicó él, riendo-. Nunca se consigue eliminarlo por completo.

 

-No, en efecto -repitió ella, atemorizada-.



 

Montag sintió que ella andaba en círculo a su alrededor, le examinaba de extremo a extremo, sacudiéndolo silenciosamente y vaciándole los bolsillos, aunque, en realidad, no se moviera en absoluto.

 

-El petróleo -dijo Montag, porque el silencio se prolongaba- es como un perfume para mí.



 

-¿De veras le parece eso?

 

-Desde luego. ¿Por qué no?



 

Ella tardó en pensar.

 

-No lo sé. -Volvió el rostro hacia la acera que conducía hacia sus hogares-. ¿Le importa que regrese con usted? Me llamo Clarisse McClellan.



 

-Clarisse. Guy Montag. Vamos, ¿Por qué anda tan sola a esas horas de la noche por ahí? ¿Cuántos años tiene?

 

Anduvieron en la noche llena de viento, por la plateada acera. Se percibía un debilísimo aroma a albaricoques y frambuesas; Montag miró a su alrededor y se dio cuenta de que era imposible que pudiera percibirse aquel olor en aquella época tan avanzada del año.



 

Sólo había la muchacha andando a su lado, con su rostro que brillaba como la nieve al claro de luna, y Montag comprendió que estaba meditando las preguntas que él le había formulado, buscando las mejores respuestas.

 

-Bueno -le dijo ella por fin-, tengo diecisiete años y estoy loca. Mi tío dice que ambas cosas van siempre juntas. Cuando la gente te pregunta la edad, dice, contesta siempre: diecisiete años y loca. ¿Verdad que es muy agradable pasear a esta hora de la noche? Me gusta ver y oler las cosas, y, a veces, permanecer levantada toda la noche, andando, y ver la salida del sol.



 

Volvieron a avanzar en silencio y, finalmente, ella dijo, con tono pensativo:

 

-¿Sabe? No me causa usted ningún temor.



 

Él se sorprendió.

 

-¿Por qué habría de causárselo?



 

-Les ocurre a mucha gente. Temer a los bomberos, quiero decir. Pero, al fin y al cabo, usted no es más que un hombre...

 

Montag se vio en los ojos de ella, suspendido en dos brillantes gotas de agua, oscuro y diminuto, pero con mucho detalle; las líneas alrededor de su boca, todo en su sitio, como si los ojos de la muchacha fuesen dos milagrosos pedacitos de ámbar violeta que pudiesen capturarle y conservarle intacto. El rostro de la joven, vuelto ahora hacia él, era un frágil cristal de leche con una luz suave y constante en su interior. No era la luz histérica de la electricidad, sino... ¿Qué? Sino la agradable, extraña y parpadeante luz de una vela. Una vez, cuando él era niño, en un corte de energía, su madre había encontrado y encendido una última vela, y se había producido una breve hora de redescubrimiento, de una iluminación tal que el espacio perdió sus vastas dimensiones Y se cerró confortablemente alrededor de s, transformados, esperando ellos, madre e hijo, solitario que la energía no volviese quizá demasiado Pronto...



 

En aquel momento, Clarisse MeClellan dijo:

 

-¿No le importa que le haga preguntas? ¿Cuánto tiempo lleva trabajando de bombero?



 

-Desde que tenía veinte años, ahora hace ya diez años.

 

-¿Lee alguna vez alguno de los libros que quema?



 

Él se echó a reir.

 

-¡Está prohibido por la ley'



 

_¡Oh! Claro...

 

-Es un buen trabajo. El lunes quema a Millay, el miércoles a Whitman, el viernes a Faulkner, conviértelos en ceniza y, luego, quema las cenizas. Este es nuestro lema oficial.



 

Siguieron caminando y la muchacha preguntó:

 

-¿Es verdad que, hace mucho tiempo, los bomberos apagaban incendios, en vez de provocarlos?



 

-No. Las casas han sido siempre a prueba de incendios. Puedes creerme. Te lo digo yo.

 

-¡Es extraño! Una vez, oí decir que hace muchísimo tiempo las casas se quemaban por accidente y hacían falta bomberos para apagar las llamas.



 

Montag se echó a reír.

 

Ella le lanzó una rápida mirada.



 

-¿Por qué se ríe?

 

-No lo sé. -Volvió a reírse y se detuvo-, ¿Por qué?



 

-Ríe sin que yo haya dicho nada gracioso, y contesta inmediatamente. Nunca se detiene a pensar en lo que le pregunto.

 

Montag se detuvo.



 

-Eres muy extraña -dijo, mirándola-. ¿Ignoras qué es el respeto?

 

-No me proponía ser grosera. Lo que me ocurre es que me gusta demasiado observar a la gente.



 

-Bueno, ¿Y esto no significa algo para ti?

 

Y Montag se tocó el número 451 bordado en su manga.



 

-Sí -susurró ella. Aceleró el paso-. ¿Ha visto alguna vez los coches retropropulsados que corren por esta calle?

 

-¡Estás cambiando de tema!



 

-A veces, pienso que sus conductores no saben cómo es la hierba, ni las flores, porque nunca las ven con detenimiento -dijo ella-. Si le mostrase a uno de esos chóferes una borrosa mancha verde, diría: ¡Oh, sí, es hierba? ¿Una mancha borrosa de color rosado? ¡Es una rosaleda! Las manchas blancas son casas. Las manchas pardas son vacas. Una vez, mi tío condujo lentamente por una carretera. Condujo a sesenta y cinco kilómetros por hora y lo, encarcelaron por dos días. ¿No es curioso, y triste también?

 

-Piensas demasiado -dijo Montag, incómodo-.



 

-Casi nunca veo la televisión mural, ni voy a las carreras o a los parques de atracciones. Así, pues, dispongo de muchísimo tiempo para dedicarlos a mis absurdos pensamientos. ¿Ha visto los carteles de sesenta metros que hay fuera de la ciudad? ¿Sabía que hubo una época en que los carteles sólo tenían seis metros de largo? Pero los automóviles empezaron a correr tanto que tuvieron que alargar la publicidad, para que durase un poco más.

 

-¡Lo ignoraba!



 

-Apuesto a que sé algo más que usted desconoce. Por las mañanas, la hierba está cubierta de rocío.

 

De pronto, Montag no pudo recordar si sabía aquello o no, lo que le irritó bastante.



 

-Y sí se fija -prosiguió ella, señalando con la barbilla hacia el cielo- hay un hombre en la luna.

 

Hacía mucho tiempo que él no miraba el satélite.



 

Recorrieron en silencio el resto del camino. El de ella, pensativo, el de él, irritado e incómodo, acusando

 

-Bueno, ¿y esto no significa algo para ti?



 

Y Montag se tocó el número 451 bordado en su manga.

 

-Sí -susurró ella. Aceleró el paso-. ¿Ha visto alguna vez los coches retropropulsados que corren por esta calle?



 

-¡Estás cambiando de tema!

 

-A veces, pienso que sus conductores no saben cómo es la hierba, ni las flores, porque nunca las ven con detenimiento -dijo ella-. Si le mostrase a uno de esos chóferes una borrosa mancha verde, diría: ¡Oh, sí, es hierba! ¿Una mancha borrosa de color rosado? ¡Es una rosaleda! Las manchas blancas son casas. Las manchas pardas son vacas. Una vez, mi tío condujo lentamente por una carretera. Condujo a sesenta y cinco kilómetros por hora y lo encarcelaron por dos días. ¿No es curioso, y triste también?



 

-Piensas demasiado -dijo Montag, incómodo.

 

-Casi nunca veo la televisión mural, ni voy a las carreras o a los parques de atracciones. Así, pues, dispongo de muchísimo tiempo para dedicarlos a mis absurdos pensamientos. ¿Ha visto los carteles de sesenta metros que hay fuera de la ciudad? ¿Sabía que hubo una época en que los carteles sólo tenían seis metros de largo? Pero los automóviles empezaron a correr tanto que tuvieron que alargar la publicidad, para que durase un poco más.



 

-¡Lo ignoraba!

 

-Apuesto a que sé algo más que usted desconoce. Por las mañanas, la hierba está cubierta de rocío.



 

De pronto, Montag no pudo recordar si sabía aquello o no, lo que le irritó bastante.

 

-Y si se fija -prosiguió ella, señalando con la barbilla hacia el cielo- hay un hombre en la luna.



 

Hacía mucho tiempo que él no miraba el satélite.

 

Recorrieron en silencio el resto del camino. El de ella, pensativo, el de él, irritado e incómodo, acusando el impacto de las miradas inquisitivas de la muchacha. Cuando llegaron a la casa de ella, todas sus luces estaban encendidas.



 

-¿Qué sucede?

 

Montag nunca había visto tantas luces en una casa.



 

-¡Oh! ¡Son mis padres y mi tío que están sentados, charlando! Es como ir a pie, aunque más extraño aún. A mi tío, le detuvieron una vez por ir a pie. ¿Se lo había contado ya? ¡Oh! Somos una familia muy extraña.

 

-Pero, ¿de qué charláis?



 

Al oír esta pregunta, la muchacha se echó a reír.

 

-¡Buenas noches!



 

Empezó a andar por el pasillo que conducía hacia su casa. Después, pareció recordar algo y regresó para mirar a Montag con expresión intrigrada y curiosa.

 

-¿Es usted feliz? -preguntó-.



 

-¿Que si soy qué? -replicó él-.

 

Pero ella se había marchado, corriendo bajo el claro de luna. La puerta de la casa se cerró con suavidad.



 

 

-¡Feliz! ¡Menuda tontería!



 

Montag dejó de reír.

 

Metió la mano en el agujero en forma de guante de su puerta principal y le dejó percibir su tacto. La puerta, se deslizó hasta quedar abierta.



 

«Claro que soy feliz. ¿Qué cree esa muchacha? ¿Qué no lo soy?», preguntó a las silenciosas habitaciones.

 

inmovilizó con la mirada levantada hacia la reja del ventilador del vestíbulo, y, de pronto, recordó que algo estaba oculto tras aquella reja, algo que parecía estar espiándole en aquel momento. Montag se apresuró, a desviar su mirada.



 

¡Qué extraño encuentro en una extraña noche! recordaba nada igual, excepto una tarde, un año atrás, en que se encontró con un viejo en el parque y ambos hablaron...

 

Montag meneó la cabeza. Miró una pared desnuda. ,rostro de la muchacha estaba allí, verdaderamente hermoso por lo que podía recordar; o mejor dicho, sorprelidente. Tenía un rostro muy delgado, como la esfera de un pequeño reloj entrevisto en una habitación oscura a medianoche, cuando uno se despierta para ver la hora y descubre el reloj que le dice la hora, el minuto y el segundo, con un silencio blanco y un resplandor, lleno de seguridad y sabiendo lo que debe decir de la noche que discurre velozmente hacia ulteriores tinieblas, pero que también se mueve hacia un nuevo sol.



 

-¿Qué? -preguntó Montag a su otra mitad, aquel imbécil subconsciente que a veces andaba balbuceando, completamente desligado de su voluntad, su costumbre y su conciencia-.

 

Volvió a mirar la pared. El rostro de ella también se parecía mucho a un espejo. Imposible, ¿cuánta gente había que refractase hacia uno su propia luz? Por lo general, la gente era -Montag buscó un símil, lo encontró en su trabajo- como antorchas, que ardían hasta consumirse. ¡Cuán pocas veces los rostros de las otras personas captaban algo tuyo y te devolvían tu propia expresión, tus pensamientos más íntimos! ¡Aquella muchacha tenía un increíble poder de identificación; era como el ávido espectador de una función de marionetas, previendo cada parpadeo, cada movimiento de una mano, cada estremecimiento de un dedo, un momento antes de que sucediese. ¿Cuánto rato habían caminado juntos? ¿Tres minutos? ¿Cinco? Sin embargo, ahora le parecía un rato interminable. ¡Qué inmensa figura tenía ella en el escenario que se extendía ante sus ojos! ¡Qué sombra producía en la pared con su esbelto cuerpo! Montag se dio cuenta de que, si le picasen los ojos, ella Pestañearía. Y de que si los músculos de sus mandíbulas se tensaran imperceptiblemente, ella bostezaría mucho antes de que lo hiciera él.



 

«Pero -pensó Montag-, ahora que caigo en ello, la chica parecía estar esperándome allí, en la calle, tan avanzada hora de la noche ... »

 

Montag abrió la puerta del dormitorio.



 

Era como entrar en la fría sala de un mausoleo des, pués de haberse puesto la luna. Oscuridad completa, ni un atisbo del plateado mundo exterior; las ventanas herméticamente cerradas convertían la habitación en un mundo de ultratumba en el que no podía penetrar ningún ruido de la gran ciudad. La habitación no estaba vacía.

 

Montag escuchó.



 

El delicado zumbido en el aire, semejante al de un mosquito, el murmullo eléctrico de una avispa oculta en su cálido nido. La música era casi lo bastante fuerte para que él pudiese seguir la tonada.

 

Montag sintió que su sonrisa desaparecía, se fundía, era absorbida por su cuerpo como una corteza de sebo, como el material de una vela fantástica que hubiese ardido demasiado tiempo para acabar derrumbándose y apagándose. Oscuridad. No se sentía feliz. No era feliz. Pronunció las palabras para sí mismo. Reconocía que éste era el verdadero estado de sus asuntos. Llevaba su felicidad como una máscara, y la muchacha se había marchado con su careta y no había medio de ir hasta su puerta y pedir que se la devolviera.



 

Sin encender la luz, Montag imaginó qué aspecto tendría la habitación. Su esposa tendida en la cama, descubierta y fría, como un cuerpo expuesto en el borde de la tumba, su mirada fija en el techo mediante invisibles hilos de acero, inamovibles. Y en sus orejas las diminutas conchas, las radios como dedales fuertemente apretadas, y un océano electrónico de sonido, de música y palabras, afluyendo sin cesar a las playas de su cerebro despierto. Desde luego la habitación estaba vacía noche, las olas llegaban y se la llevaban con 51 gran marea de sonido, flotando, ojiabierta hacia la mañana en que Mildred no hubiese navegado por aquel mar, no se hubiese adentrado espontáneamente por ter-

 

cera vez


 

La habitación era fresca; sin embargo, Montag sin- que no podía respirar. No quería correr las cortinas y abrir los ventanales, porque no deseaba que la luna penetrara en el cuarto.

 

por lo tanto, con la sensación de un hombre que ha de morir en menos de una hora, por falta de aire que respirar, se dirigió a tientas hacia su cama abierta, separada y, en consecuencia fría.



 

Un momento antes de que su pie tropezara con el objeto que había en el suelo, advirtió lo que iba a ocurrir. Se asemejaba a la sensación que había experimentado antes de doblar la esquina y atropellar casi a la muchacha. Su pie, al enviar vibraciones hacia delante, había recibido los ecos de la pequeña barrera que se cruzaba en su camino antes de que llegara a alcanzarlo. El objeto produjo un tintineo sordo y se deslizó en la oscuridad.

 

Montag permaneció muy erguido, atento a cualquier sonido de la persona que ocupaba la oscura cama en la oscuridad totalmente impenetrable. La respiración que surgía por la nariz era tan débil que sólo afectaba a las formas más superficiales de vida, una diminuta hoja, una pluma negra, una fibra de cabello.



 

Montag seguía sin desear una luz exterior. Sacó su encendedor, oyó que la salamandra rascaba en el disco de plata, produjo un chasquido...

 

Dos pequeñas lunas le miraron a la luz de la llamita; dos lunas pálidas, hundidas en un arroyo de agua clara, sobre las que pasaba la vida del mundo, sin alcanzarlas.



 

-¡Mildred!

 

El rostro de ella era como una isla cubierta de nieve sobre la que podía caer la lluvia sin causar ningún efecto; sobre la que podían pasar las movibles sombras de las nubes, sin causarle ningún efecto. Sólo había el canto de las diminutas radios en sus orejas herméticamente taponadas, y su mirada vidriosa, y su respiración suave, débil, y su indiferencia hacia los movimientos de Montag.



 

El objeto que él había enviado a rodar con el resplandeció bajo el borde de su propia cama. La botellita de cristal previamente llena con treinta píldoras para dormir y que, ahora, aparecía destapada y vacía a la luz de su encendedor.

 

Mientras permanecía inmóvil, el cielo que se extendía sobre la casa empezó a aullar. Se produjo un sonido desgarrador, como si dos manos gigantes hubiesen desgarrado por la costura veinte mil kilómetros de tela negra. Montag se sintió partido en dos. Le pareció que su pecho se hundía y se desgarraba. -Las bombas cohetes siguieron pasando, pasando, una, dos, una dos, seis de ellas, nueve de ellas, doce de ellas, una y una y otra y otra lanzaron sus aullidos por él. Montag abrió la boca y dejó que el chillido penetrara y volviera a salir entre sus dientes descubiertos. La casa se estremeció El encendedor se apagó en sus manos. Las dos pequeñas lunas desaparecieron. Montag sintió que su mano se precipitaba hacia el teléfono.



 

Los cohetes habían desaparecido. Montag sintió que sus labios se movían, rozaban el micrófono del aparato telefónico.

 

-Hospital de urgencia.



 

Un susurro terrible.

 

Montag sintió que las estrellas habían sido pulverizadas por el sonido de los negros reactores, y que, la mañana, la tierra estaría cubierta con su polvo, como si se tratara de una extraña nieve. Aquél fue el absurdo pensamiento que se le ocurrió mientras se estremecía. la oscuridad, mientras sus labios seguían moviéndose.



 

 

Tenían aquella máquina. En realidad, tenían dos. Una de ellas se deslizaba hasta el estómago como una cobra negra que bajara por un pozo en busca de agua antigua y del tiempo antiguo reunidos allí. Bebía la sustancia verduzca que subía a la superficie en un lento hervir. ¿Bebía de la oscuridad? ¿Absorbía todos los venenos acumulados por los años? Se alimentaba en silencio, con un ocasional sonido de asfixia interna y ciega búsqueda. Aquello tenía un Ojo. El impasible operario de la máquina podía, poniéndose un casco óptico especial, atisbar en el alma de la persona a quien estaba analizando. ¿Qué veía el Ojo? No lo decía. Montag veía, aunque sin ver, lo que el Ojo estaba viendo. Toda la operación guardaba cierta semejanza con la excavación de una zanja en el patio de su propia casa. La mujer que yacía en la cama no era más que un duro estrato de mármol al que habían llegado. De todos modos, adelante, hundamos más el taladro, extraigamos el vacío, si es que podía sacarse el vacío mediante la succión de la serpiente.



 

El operario fumaba un cigarrillo. La otra máquina funcionaba también.

 

La manejaba un individuo igualmente impasible, vestido con un mono de color pardo rojizo. Esta máquina extraía toda la sangre del cuerpo y la sustituía por sangre nueva y suero.



 

-Hemos de limpiamos de ambas maneras -dijo el operario, inclinándose sobre la silenciosa mujer-. Es inútil lavar el estómago si no se lava la sangre. Si se deja esa sustancia en la sangre, ésta golpea el cerebro con la fuerza de un mazo, mil, dos mil veces, hasta que el cerebro ya no puede más y se apaga.

 

-¡Deténganse! -exclamó Montag-.



 

-Es lo que iba a decir -dijo el operario-.

 

-¿Han terminado?



 

Los hombres empaquetaron las máquinas.

 

-Estamos listos..



 

La cólera de Montag ni siquiera les afectó. Permanecieron con el cigarrillo en los labios, sin que el humo que penetraba en su nariz y sus ojos les hiciera parpadear.

 

-Serán cincuenta dólares.



 

-Ante todo, ¿por qué no me dicen si sanará?

 

-¡Claro que se curará! Nos llevamos todo el ve; no en esa maleta y, ahora, ya no puede afectarle. como he dicho, se saca lo viejo, se pone lo nuevo y que dan mejor que nunca.



 

-Ninguno de ustedes es médico. ¿Por qué no han enviado uno?

 

-¡Diablo! -El cigarrillo del operario se movió, sus labios-. Tenemos nueve o diez casos como ése cada noche. Tantos que hace unos cuantos años tuvimos que construir estas máquinas especiales. Con lente óptica, claro está, resultan una novedad, el re es viejo. En un caso así no hace falta doctor; lo único que se requiere son dos operarios hábiles y liquidar e1 problema en media hora. Bueno -se dirigió hacia! puerta-, hemos de irnos. Acabamos de recibir otra llamada en nuestra radio auricular. A diez manzanas aquí. Alguien se ha zampado una caja de píldoras, si vuelve a necesitamos, llámenos. Procure que su es permanezca quieta. Le hemos inyectado un antisedante, Se levantará bastante hambrienta. Hasta la vista.



 

Y los hombres cogieron la máquina y el tubo, caja de melancolía líquida y traspasaron la puerta.

 

Montag se dejó caer en una silla y contempló mujer. Ahora tenía los ojos cerrados, apaciblemente él alargó una mano para sentir en la palma la tibieza la respiración.



 

-Mildred -dijo por fin-.

 

«Somos demasiados -pensó---. Somos miles de millones, es excesivo. Nadie conoce a nadie. Llegan u desconocidos y te violan, llegan unos desconocidos desgarran el corazón. Llegan unos desconocidos y llevan la sangre. ¡Válgame Dios! ¿Quiénes son hombres? ¡Jamás les había visto!»



 

Transcurrió media hora.

 

El torrente sanguíneo de aquella mujer era nuevo y parecía haberla cambiado. Sus mejillas estaban muy sonrojadas Y sus labios aparecían frescos y llenos de color, suaves y tranquilos. Allí había la sangre de otra persona. Si hubiera también la carne, el cerebro y la memoria de otro... Si hubiesen podido llevarse su cerebro a la lavandería, para vaciarle los bolsillos y limpiarlo a fondo, devolviéndolo como nuevo a la mañana siguiente... Si...



 

Montag se levantó, descorrió las cortinas y abrió las ventanas de par en par para dejar entrar el aire nocturno. Eran las dos de la madrugada. ¿Era posible que sólo hubiera transcurrido una hora desde que encontró a Clarisse McCIellan en la calle, que él había entrado para encontrar la habitación oscura, desde que su pie había golpeado la botellita de cristal? Sólo una hora, pero el mundo se había derrumbado y vuelto a constituirse con una forma nueva e incolora.

 

De la casa de Clarisse, por encima M césped iluminado por el claro de luna, llegó el eco de unas risas; la de Clarisse, la de sus padres y la del tío que sonreía tan sosegado y ávidamente. Por encima de todo, sus risas eran tranquilas y vehementes, jamás forzadas, y procedían de aquella casa tan brillantemente iluminada a avanzada hora de la noche, en tanto que todas las demás estaban cerradas en sí mismas, rodeadas de oscuridad. Montag oyó las voces que hablaban, hablaban, tejiendo y volviendo a tejer su hipnótica tela.



 

Montag salió por el ventana¡ y atravesó el césped, sin darse cuenta de lo que hacía. Permaneció en la sombra, frente a la casa iluminada, pensando que podía llamar a la puerta y susurrar:

 

«Dejadrne pasar. No diré nada. Sólo deseo escuchar. ¿De qué estáis hablando?»



 

Pero, en vez de ello, permaneció inmóvil, muy frío Con e1 rostro convertido en una máscara de hielo, escuchando una voz de hombre -¿la del tío?- que hablaba con tono sosegado:

 

-Bueno, al fin y al cabo, ésta es la era del tejido disponible. Dale un bufido a una persona, atácala, ahuyéntala, localiza otra, bufa, ataca, ahuyenta. Todo el mundo utiliza las faldas de todo el mundo. ¿Cómo puede esperarse que uno se encariñe por el equipo de casa cuando ni siquiera se tiene un programa o se conocen los nombres? Por cierto, ¿qué colores de camiseta llevan cuando salen al campo?

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