Formas de trabajo en la Nueva España T. II capítulo VIII distintas formas de coacción en el trabajo indígena



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Ya desde la promulgación de las Leyes Nuevas, de noviembre de 1542, se consideró que ninguna persona puede servirse de los indios por vía de naborios ni de algún modo en contra de su voluntad, prohibía hacer esclavos en los indios y liberar aquellos que estén en esa condición, prohibir cargar a los indios y en aquellos casos que no se pueda evitar que lleven una carga moderada que no ponga en peligro su vida y su salud, prohibición de los virreyes, gobernadores y lugartenientes del tener indios a su servicio. En relación con los repartimientos se ordenó que en los casos en que sí fuera excesiva esa cantidad, se les reduzca a su honesta y moderada cantidad, pidiendo información inmediata sobre esta condición, asimismo un informe sobre la forma como son tratados los indios en la encomienda, entre otros conceptos.

Los repartimientos obligatorios dejaron vedado el trabajo indígena en las minas, pero el voluntario abrió esa posibilidad ya que se suponía que los indígenas aceptaban esa alternativa laboral estando conscientes de los riesgos que implicaba para su salud y su integridad física, atraídos por los “buenos salarios” que se pagaban. Los indígenas alcanzaban “la mayoría de edad” pues ya no eran individuos de capacidad disminuida a los cuales había que proteger y cuidar. Con esa “mayoría de edad” podían decidir libremente para laborar en cualquiera de las actividades productivas que había en la Nueva España, ya sin la tutela del Rey cuya figura paternal se diluía en el conjunto de los nuevos principios que preludiaban el trabajo asalariado. Pero todavía para trabajar en las minas, los indígenas no estaban por completo disponibles para desempeñar funciones auxiliares o complementarias, mientras que los esclavos negros tendrían las funciones esenciales. En realidad, estas distinciones entre “trabajos ligeros” (para indígenas) y “trabajos pesados (para negros y esclavos) se fue perdiendo en la práctica social lo que fue objeto de muchas protestas e inconformidades de parte de los primeros y se reforzó una de las causas por las cuales ellos rehuían este tipo de actividades. En otra esfera de la vida productiva por lo menos en el plano jurídico formal, se hicieron más flexibles los procedimientos de explotación pues podían ir a dormir a sus domicilios, sus esposas podían llevarles la comida hasta los sitios en donde laboraban (desde luego si estaba cerca, lo cual no ocurría en todos los casos) y se prohibió que hubiese trueques o traspasos de indígenas que estaban ubicados en una actividad para pasar a otra.

Entre las instrucciones que el Rey le hizo a Velasco, destacaban las referentes a los indios que trabajaban en las minas, pero también en las haciendas y en las estancias, disponiendo e insistiendo en que “los indios que estuvieran ocupados en las labores referidas, o alquilados o de repartimiento, se les permita ir a dormir a sus casas, o en otra ya los que no la tengan, les acomode el dueño de la hacienda en lugares en donde puedan dormir bajo techo y protegidos del rigor y asperezas de los temporales. Que no se presten indios, ni uno a otro españoles, ni explotado por medio de venta, donación, testamento, pago, trueque u otra forma de contrato, con heredades, estancias, minas o sin ellas, lo mismo se entienda en todas las haciendas de esta calidad y de otros géneros, que se beneficiaran con indios que voluntariamente y libremente acudían a su labor y beneficio. Prohibió que se mencione a los naturales, lo mismo a los servicios que prestar en las escrituras y títulos de propiedad de los dueños de propiedades, minas y haciendas porque los naturales son por naturaleza libres como los mismos españoles y por lo tanto no han de venderse, mandarse, donarse, ni enajenarse, junto con los solares donde estuviese trabajando”.155

Al estudiar la situación imperante en el Valle de Toluca Quezada concluyó que las congregaciones, sí afectaron la posesión de tierra de cultivo, bosques, montes y a partir de 1591 se completan las congregaciones forzadas “para liberar tierras y distribuirlas por medio de mercedes reales pues la población española ya había ocupado las tierras baldías y comprando u ocupado las que pertenecían a los pueblos. Para Quezada, estas políticas tuvieron varios propósitos, entre ellos, el de controlar la recaudación de los tributos y organizar la mano de obra a través de los repartimientos y aunque decía que estos se estaban haciendo con la aprobación de los indios, muchos de ellos huían y regresaban a las poblaciones de donde provenían y se les trataba de volver con el pretexto de salvar su alma. No obstante este cambio se introdujo los cultivos de los frutales, del ganado menor para fines comerciales, sobre todo de ovejas y cabras.156

Hubo en el Valle de Toluca muchas congregaciones forzadas que obedecían a los intereses de los encomenderos y no de los indígenas por lo que hubo múltiples modificaciones y cambios en la posesión de montes, tierras y agua, con el objeto de satisfacer “arreglos económicos” de los propietarios los cuales estaban conscientes de que vivían en una zona estratégica. El proyecto que estaba en el fondo de estas adecuaciones fue el de constituir un gran complejo agrícola-mercantil-industrial que tenía como objetivo el de integrar los circuitos de la ganadería para explotar de una manera más racional los artículos derivados de los animales y que tenían como destinatario el gran mercado de la ciudad de México. Hubo muchas estancias de ganado menor y mayor las cuales, además producían carne que también era muy apetecida por los españoles.

En la cédula del año de 1601 se definieron los repartimientos como un procedimiento general que podía ser válido y aplicable para todas las actividades productivas, desde las relativas a los cultivos de los campos de labranza, hasta las minas, pasando por las estancias de ganado y concluyendo con los ingenios azucareros y los obrajes de paños, aunque los esclavos continuaron haciendo sus aportaciones productivas. Ello reveló que existía entre los monarcas una decepción respecto de los raquíticos resultados que había tenido el trabajo coaccionado, que había cubierto una etapa de la vida del naciente país, pero que ahora en la medida en que se estaban impulsando las fuerzas productivas, ya devenía en un obstáculo y por lo tanto se abría paso al trabajo asalariado libre, tratando de imitar las experiencias que se estaban observando en la Gran Bretaña o Francia en donde se habían incrementado los niveles de productividad en materia de manufacturas. España se había rezagado con respecto a esos países, sobre todo con respecto a la “gran fábrica universal”, (Inglaterra) que estaba invadiendo los mercados con nuevas mercaderías. Aquí de lo que se trataba era de superar “la naturaleza ociosa” de los indígenas los cuales estaría siendo estimulada por el pago de salarios. Lo que había ocurrido en Europa capitalista por lo menos 70 años antes se estaba fertilizando en la Nueva España.

El Rey le envió al virrey Velasco una cédula en el año de 1601 en la que le ordenó “llevara a cabo repartimientos de naturales necesarios para trabajar los campos, criar los ganados, beneficiar las minas de oro y plata ya que de su esfuerzo depende el buen éxito y la prosperidad de esta tierra muy necesaria para estos reinos, en vista de la antipatía que los naturales demuestran al trabajo, por lo que no los obliguéis; ahora bien, dichos repartimientos no se introducirían para dichos efectos en los lugares en donde no se hayan implantado; como si el paso del tiempo, el cambio de costumbres hubiese mejorado la naturaleza de los naturales, obligando al trabajo a la gente ociosa respecto de todos los distritos de este gobierno que algunos abandonase e inconveniente referido habiendo suficiente número de naturales, extraños, que voluntariamente acuden al jornal y trabajan a trabajar de estas ocupaciones públicas y a su vez se introducen esclavos en su ejercicio, quitaréis los repartimientos que en cada punto pudieran perdonarse. Que dichos repartimientos se vayan reformando a medida que fuera aumentando el número de jornaleros esclavos, os mando que por los medios más suaves y eficaces, de que dueño de ganado y demás labores, compren la cantidad de esclavos que pudieran y los irán obligando al trabajo y ocupación en las minas y las otras ocupaciones, sin hacer distinción de indios, españoles, negros, mestizos y las demás naciones”.157

Distinguió Spanoghe entre los salarios que se pagaban por parte de los caciques y principales que eran en forma de cacao y los que se pagaban en dinero por parte de los españoles, siendo mejor pagados estos últimos; en relación con el pago de salarios en las minas que eran de 22 maravedíes, se les pagaba el 25% en forma de comida y en la construcción de muchas obras públicas se recurrió al cuatequil que era mano de obra no remunerada; en el caso de las obras religiosas, se pagaban solo aquellos que beneficiaban a los españoles. En cuanto a las formas de pagar, se ordenó en agosto de 1599 que una vez que se integraba el grupo de trabajo se hiciera una cuenta de los salarios que se pagarían, se depositaran en manos del juez repartidor y al cabo del tequio se les pagara. En una denuncia se hizo notar que los pagos se entregaban al cacique o principal y este a su vez los entregaba a los indios.158


El reparto obligatorio forzado supuso la utilización de la fuerza coactiva de los calpixques y de los mayordomos, que representaban auténticas redadas en todos los pueblos, empleando para ello, lo que era un verdadero privilegio, el uso de los caballos y de las armas, lo que les daba una cierta superioridad técnica con respecto de la gran masa indígena la cual no tenía acceso a ellos. Desde el punto de vista teórico, todos debían participar en el sistema de tandas o rondas ya que de no hacerlo se hacían acreedores a sufrir una serie de sanciones, tal como sucedió con los tributarios que eran omisos en el cumplimiento de sus obligaciones. Desde el punto de vista de los teólogos y asesores de los reyes esta expresión generalizada tenía una finalidad pedagógica, enseñar a trabajar a los indígenas o mejor dicho, formar en ellos el hábito del trabajo. Ello equivalía a desconocer la esencia misma de la vida de las comunidades prehispánicas pues acaso la contradicción de templos, pirámides, obras hidráulicas, las chinampas, los silos para guardar las cosechas, había sido hecho por arte de magia, el conjuro de las exaltaciones y algunas deidades. Significaba desconocer, también, que miles de indígenas de los pueblos comarcanos habían sostenido materialmente a las clases gobernantes que vivían en Tenochtitlán y que por ello había un excedente económico muy considerable.



Estaba preocupado el virrey, Enríquez para que una vez terminado el repartimiento forzoso, se introdujera el sistema de alquileres voluntarios de los indios por lo que designó a Pedro Losa Portocarrero para que hiciera que los indios se presentaran libremente en las plazas y barrios los días martes y miércoles de manera “que los naturales tengan libre elección y voluntad de cogerse y alquilarse libremente con quien quisieran, sin otra compulsión más que la de salir a dichas plazas públicas al dicho efecto, saliendo la cuarta parte de la población de los pueblos y barrios, para que el resto del tiempo puedan gozar de descanso y ocuparse de sus granjerías y modo de vivir, los españoles han de pagar el dicho de Pedro por cada un indio que alquilaren, medio tomín.159
Los estudios que elaboró Spanoghe confirman que los mejores salarios se pagaban en los fundos mineros, mientras que los de menor cuantía estaban localizados en la agricultura, en tanto que los que se prohibían en términos generales en las ciudades, sobre todo en los obrajes, eran más atractivos, aunque es necesario reconocer que los precios de los productos básicos sufrieron incrementos en varias ocasiones, lo que ocasionaba que muchos de aquellos aumentos en realidad se perdieran. Había una lucha constante de parte de los cabildos en contra de la especulación, el acaparamiento, las alzas injustificadas de precios, la adulteración de la calidad de los productos, que fueron prácticas muy comunes en las ciudades. Se obligó a los jueces repartidores y a los jefes de las obras civiles y públicas a que pagaran en forma oportuna, es decir, los sábados de cada semana, los salarios correspondiente de los trabajadores que estaban a su servicio y que se les entregaran las raciones de comida a que se habían comprometido, con el objeto de evitar que hubiese manifestaciones de descontento entre los indígenas. Algunos de los tumultos y de las protestas que estallaran se deben precisamente a la escasez y el ocultamiento, o encarecimiento de alimentos y al hecho de que el pago por medio de granos de cacao, era cada vez menos aceptadas en las normas del mercado, de carácter mercantil, es decir, el uso ordinario de las monedas, era ya una práctica recurrente de los cuales nadie podía ser indiferente.
En relación con el poder adquisitivo de los salarios reales, dijo Spanoghe que desde 1550 hasta finales del siglo XVI hubo una verdadera alza y otras a la baja durante el siglo XVII, pero después ya no hubo aumento de salarios y el sistema perdió su atractivo, hasta que se eliminó el carácter coactivo: Al comparar el poder de compra que tenían los salarios con relación el maíz, concluyó que “en la década de 1540 no era suficiente para sufragar los gastos de alimentación de la familia del peón” reiterando que los trabajadores del repartimiento formaban el 68% del total de los trabajadores que empleaban y que la mayoría de los indios repartidos, el 70% eran peones. Se puede concluir por tanto que el repartimiento era, en este contexto, el único sistema de reclutamiento de mano de obra no cualificada”. Los indios reclutados por medio del repartimiento ganaron la mitad, con respecto de los salarios de los indios oficiales; el salario mínimo de los no calificados fue de 14 tomines y el de los especializados fue de 28 tomines.160

Aunque los indígenas eran llevados amarrados de los sitios de su residencia habitual a los sitios de trabajo, pero tan pronto se presentaba la ocasión huían de sus captores y tenía que iniciarse una búsqueda para su recaptura; algunos de ellos que llegaban a los fundos mineros de pronto desaparecían y lo mismo sucedió en las demás actividades, lo que reafirma que, para finalidades eminentemente productivas, no eran aconsejables los métodos coactivos. Se inició una “competencia productiva” entre las ramas económicas, haciendo que prevalecieran los más “modernos”, como el cultivo de trigo, de árboles frutales, la crianza de ganado y hacia ella se enfocaron los mayores esfuerzos de los españoles, pero el trabajo semi-esclavo no estaba produciendo los resultados que se esperaban pues los indígenas trabajaban con desgano y en el marco de un gran ausentismo. Por ello se decidió cambiar los procedimientos haciendo que los salarios de verdad se pagaran pues en la etapa precedente no se pagaban o lo hacían con una parte en forma de alimentos, lo que finalmente desalentaba a los productores. Ahora si exigió que los repartidores tuvieran asegurada la cantidad necesaria para que al concluir la jornada laboral, se hicieran los pagos correspondientes y que los indígenas pudiesen regresar a sus casas y descansar y a reponer las energías perdidas. Estaba consciente de que era contraproducente desde el punto de vista de la producción, que los indígenas fueran aporreados o apaleados por lo que los tratamientos se fueron suavizando.

El virrey, Pedro de Campa, estaba preocupado “por el mal funcionamiento que tenían los repartidores de indios y como por su naturaleza son tan de poca defensa y viéndose sueltos y libres se van a sus casas aunque fuesen maltratando y sin pagar y sin quejarse de los agravios recibidos, no llegan las noticias y los jueces repartidores para poderlos castigar “por lo que dictó las siguientes instrucciones que llevaran una relación de cada uno de los indios que se repartiera fijando su salario y jornal para semana, que se deposita este dinero en una horquilla con tres llaves, en presencia del Juez repartidor o de los diputados y que al terminar el tequio se les pague a los indios y se les envíe a sus casas sin detenerlos a un punto, que las haciendas en donde fueran a servir ni estuvieran distantes más de tres leguas de distancia del sitio de repartimiento; que una vez que los indios regresaran de sus trabajos se les preguntara acerca de las condiciones en que habían trabajado y también se tomaran medidas para evitar la fuga de los indos de las haciendas.161

Los estudios que se han hecho en torno a la correlación que había entre los salarios y el poder de compra de los mismos han sido muy fragmentarios y aproximativos, debido a la escasez de fuentes estadísticas confiables, pero en términos generales debemos señalar que si bien hubo aumentos de los primeros, las fluctuaciones que se presentaron en la economía novohispana eran constantes, lo que quería decir que los precios de los alimentos y de las materias primas se elevaban tanto por la presencia de sequías, heladas como de inundaciones y otros fenómenos climáticos, para los cuales no estaban preparadas las autoridades virreinales que siempre enfrentar la amenaza de que la ciudad de México pudieran quedarse desabastecida pues una gran cantidad de mercancías provenían de las poblaciones que estaban más allá de sus fronteras naturales. Ante estas variaciones, se observó que los trabajadores que no tenían calificación eran quienes sufrían más la consecuencia que de pronto el magro poder adquisitivo se aniquilaba, en tanto que los de los trabajadores calificados podían soportar estos cambios que podían adquirir productos importados de España.

Se confirmó la participación que tuvieron los principales de cada población indígena en la selección de los individuos que deberían ir a trabajar, la distribución de las tandas y las rondas, los tiempos de trabajo, así como los descansos. Es posible que se explique de la siguiente manera: los jueces repartidores se comunicaban con ellos con el propósito de que hicieran las presiones más adecuadas para lograr la integración de los grupos de trabajadores más eficientes y capaces, con el objeto de que se satisficieran las demandas y las necesidades de los propietarios. Tenía que hacerlo con ponderación y equilibrio pues una decisión mal tomada ocasionaba que no hubiese mano de obra suficiente para la recolección de los tributos, ni para el cultivo de las sementeras, ni para la recolección de las cosechas. Ignoramos cuales eran los procedimientos que seguían para “convencer” a los pobladores para que formaran parte de los grupos de trabajo, pero suponemos que aquí se siguieron observando los métodos del pasado prehispánico mediante los cuales todos debían participar en estas actividades sin que se quedaran fuera de los sorteos ningún barrio o habitante. Se reconoció que todavía los principales tenían una gran ascendencia entre la población, que se respetaban, aunque fuera en un grado menor, la pertenencia a un señorío, a un linaje y por lo tanto, todos estaban de acuerdo en que estos dirigentes seguían teniendo capacidad de mando.

El virrey Velasco fue informado que “en el pasado” se tenía la costumbre que en el reparto de trabajadores por cada indio que se repartía se les pagaba un real de plata y este se repartía entre los principales y alguaciles, pero se inclinó porqué continuara esta situación “hasta que se provea otra cosa”.162

Zavala observó una mezcla de términos nahuas y españoles relativos a los repartimientos, tales como repartimiento general, repartimiento por tanda, servicio personal, repartimiento para obras públicas y por cuatequil, naturales repartidos, indios peones, indios de repartimientos, indios que se reparten, gente que está repartida. Observó que el juez repartidor apareció con más frecuencia a partir de 1580, pero después entraron en tratamiento con los alcaldes y los corregidores. Había autoridades indígenas como el tequitlato o alcalde indio o mandón. “Quien decide, el que debe ir al repartimiento era el tequitlato, alcalde indio o mandón y lleva los indígenas al merino o alguacil y recoge a los indígenas el alguacil y el tepispan”.163

Los términos lexicológicos ilustraron acerca de la evolución que tenía el sistema de reclutamiento pues en la medida en que su desarrollo requería más de la participación de los representantes de los indígenas en el seno de las comunidades, en este caso, los tequitlatos en alianza con los alguaciles, aseguraban la conscripción de la mano de obra. Estos tequitlatos tenían que mostrar armas persuasivas y de presión directa, para poder integrar a tiempo a los grupos humanos, hablar con ellos, convencerlos “por las buenas”, quizá presionarlos y exigirles que se presentaran para formular la lista correspondiente. Esto comprobó que los españoles por sí mismo, solos, aislados, no eran capaces de obligar a los macehuales a que trabajaran sin que requiriera el respaldo de los agentes prehispánicos. Esto implicó un aumento en los costos de producción de la mano de obra pues en la medida en que se inmiscuían un mayor número de individuos en calidad de auxiliares pues todos recibían una parte de los dineros que entregaban los propietarios.

Los virreyes siempre trataron que la asignación de repartimientos tuvieron un cierto equilibrio, una cierta nacionalidad, para evitar que no hubiera acaparamientos y concentraciones, por un lado y abandono por el otro, pues lo que le realmente interesaba era que hubiese un desarrollo más o menos armónico de las actividades productivas. Estas políticas se inscribieron en una más general, aquella relativa a la política económica general que se dictaba desde España que por un lado alentaba el progreso en algunas ramas económicas, aquellas que no implicaran una competencia desfavorable a la metrópoli, a la vez que desalentaban aquellas que no debían crecer porque no convenían a los intereses del gobierno imperial y virreinal, ni a los de los grandes comerciantes. Por ello era muy difícil hacer cumplir el Parecer de Gerónimo de López quien demandaba una mayor equidad en los repartimientos. Esto no era posible. En realidad, las decisiones que tomaban los virreyes, para proporcionar la mano de obra que se consideraba necesaria, dependía de la prioridad que tenían ramas económicas correspondientes. Había cultivos muy rentables, como el del añil y de la grana cochinilla, que se dedicaban a la exportación de un producto que era muy solicitado en Europa, que aquellos destinados en la alimentación de los indígenas, como el maíz, que no tenía esa calidad. Esta política global hizo que los propietarios tuvieran una actitud más selectiva a la hora de decidir sus inversiones.

En el Parecer de Gerónimo López sobre el reparto de la tierra en la Nueva España distinguió tres categorías de gente: unos, los que tienen buenos y grandes repartimientos, otros los que tienen pobres repartimientos y que no se pueden sustentar y otros lo que no tienen repartimiento alguno “y después mostró su descontento por los grandes repartimientos de que gozaba el marqués del Valle” y “con los que tienen poco medidles conforme a la calidad de sus personas, casas, mujer e hijos y gastos y servicios, teniendo respeto en todo esto el tiempo que tiene el provecho; en cuanto a los conquistadores, dejarles lo que sea justo y honesto para con que se favorezcan sus haciendas y granjerías que para estos de esta calidad no han de ser todas las rentas de los indos, baste lo que han llevado con que se han enriquecido. A los que tienen moderado, dejárselas como a vuestro señorío le pareciere porque en pobladores no hay ninguno que tenga poco. Los que no tienen nada dadles conforme a la calidad de sus personas mayormente a los casados pobres que han de permanecer en la tierra y algunos hay ricos que no tienen necesidad de ello…”.164

Los estudios de Spanoghe permiten concluir que los indios que estaban fuera del sistema de repartimientos ganaban lo doble que los que estaban dentro del sistema y un indio verdaderamente especializado ganaba hasta cuatro veces.165

El hecho de que los trabajadores ganaran un salario mayor fuera de los repartimientos que dentro de ellos era, quizá, la prueba mayor de que aquel sistema estaba en crisis y por el contrario, se reafirma que los labradores y otros, preferían el mercado libre, es decir, la vía mercantil capitalista de desarrollo. Estos resultados concretos deberían hacer pensar a las autoridades virreinales que era necesario cambiar o suavizar esos métodos, esto es, eliminar los aspectos compulsivos abiertos para enfatizar en los aspectos compulsivos soterrados o dúctiles que permitieran constituir en el futuro inmediato el régimen del trabajo asalariado como el aspecto fundamental de toda la estructura económica. Esto fue un periodo de preparación económica y social que quizá duró un siglo y que vieran sus frutos plenos hasta el siglo XIX. En primer lugar, la Casa de Moneda aumentó notablemente su producción de monedas metálicas y después se crearon otras casas regionales que atendían las necesidades de numerario de zonas mineras y urbanas geográficas como Guadalajara y Zacatecas. Las operaciones comerciales se habían incrementado de una manera importante, cuyas operaciones eran financiadas por distintos medios de pago; el mercado o mejor dicho, los mercados de bienes y de servicios se estaban robusteciendo en la medida en que se desarrollaban los fundos mineros, las ciudades y las zonas agrícolas de alto rendimiento. Ante tales situaciones, los repartimientos más bien eran una institución del pasado, que ahora manifestaba sus limitaciones pues cada vez eran menos el número de indios que se contrataban por esa vía.

También Floris Margadant informó que en 1632, el virrey Márquez de Guralbo suprimió los repartimientos, con excepción de aquellos que estaban localizados en el ramo minera y “desde entonces el peón ofreció libremente sin otra coacción que la miseria, sus servicios al hacendado, industrial y comerciante. Sin embargo, también en las minas el sistema de repartimiento comenzaba a retroceder ante la libre contratación. Especialmente en las minas de plata, el patrón prefería tener mano de obra adiestrada, permanente y no obreros por rotación, atribuidos a los que son de repartimiento”.166
En realidad había una relación perversa entra los propietarios y los jueces repartidores pues según las denuncias presentadas estos recibían fuertes sumas de dinero, de las cuales entregaban una parte importante a los principales , para asegurarles la dotación de mano de obra que requerían. Se les hacían “adelantos”, “prestamos” a los jueces para que estos a su vez “engancharan” a los trabajadores y estos se comprometieran a participar en las tandas. Aquí nació el sistema que después tendría un importante desarrollo, conocido como el peonaje a través de una serie de deudas que los indígenas acumulaban y que literalmente los obligaba a trabajar, para un patrón. ¿Se puede afirmar que era voluntario este sistema? Si tomamos en cuenta un aspecto estrictamente formal, sí, pues los indígenas decidían voluntariamente si trabajaban o no y en beneficio de cuáles propietarios pero en la práctica, una vez que tomaban ese dinero estaban impelidos a cumplir con las cargas laborales ya que de no hacerlo se hacían acreedores a severas sanciones, entre ellas, el encarcelamiento, que usaban muy frecuentemente los calpixques. Los reyes españoles se dieron cuenta a tiempo del carácter complejo nocivo que en realidad tenía esos “préstamos” se abolieron pero en la práctica se siguieron efectuando.

Ramírez enumeró los “agravios” que recibían los indios, entre ellos, las acciones de los jueces repartidores “que reciben muchos pesos adelantados para que se obliguen a dar diez o quince indios, cada semana a hombres que viven del trabajo de los indios, como si fuesen sus esclavos o mulas de alquiler, haciéndoles trabajar más de lo que pueden y no dándoles la comida necesaria. Los llamados jueces repartidores son los mayores y más crueles enemigos que los indios pueden tener porque como de cada indio se reparte un ciento, cuantos más indios vienen a su repartimiento, tanto más crece su propio interés y ansi puede ser tanto rigor el número de los indios que están señalados, que si faltan dos o tres porque se huyeron en el camino cuando el alguacil los traía, hacen servir al alguacil y lo echan a la cárcel los alcaldes o gobernadores y le llevan grandes penas y hacen muchas molestias. Por andar los indios casi todo el año sirviendo a unos españoles y a otros dejan de hacer sus sementeras de maíz, habas y fríjoles, trigo y si las hacen no las pueden beneficiar y como en esto consiste el principal sustento y hartura de todas aquellas tierras, después que se inventaron estos repartimientos se ha sometido muchas veces al hombre y cesa entre los indios la procreación de los hijos y no se multiplican, antes se van acabando y consumiendo y las criaturas se les mueren porque como padres andan lo más del año fuera de sus casas”.167Aunque Floris Margadant afirmó que los repartimientos en una primera etapa estaba íntimamente asociadas a las encomiendas, después se separaron e implicaban “en trabajo de cada vez una cuarta parte de los indios tributarios, por turnos semanales; por la determinación del trabajo que le correspondería a cada uno hubo jueces de repartimiento. No se trataba, empero, de una esclavitud temporal y por rotación: los indios tenían derechos a recibir un salario adecuado a estos servicios. Los indios tenían que trabajar para autoridades y para particulares. En este último caso se determinaba por medio de cuotas el número de indios de repartimiento a que tendría derecho cada español según su lugar dentro de la jerarquía colonial”. Destacó que había una serie de medidas protectoras para los indios como fue la de impedir que los amos les adelantaran prestamos para materialmente esclavizarlos. Luego se introdujo la mita que era un sistema mediante el cual el cacique determinaba sortear a los indios no ocupados en las tierras propias, en talleres de artesanías, que debían prestar servicios remunerados a los colonos, sin que el número total de indios mitayos pudiera pasar de 4%”.168

Los reyes recibían informes muy frecuentes en el sentido de que las disposiciones jurídicas emitidas en esta materia no se estaban cumpliendo, es decir, los indígenas eran primero persuadidos, para que se pudieran integrar a las tandas y a las rondas por lo que se ignoraba el principio de la voluntariedad, sobre el que tanto habían insistido los monarcas y después ya integrados a esta forma de organización, eran injuriados de palabra y agredidos físicamente, lo que desde luego vulneraba otro principio cardinal de la política oficial española. En muchos casos, los indígenas eran detenidos cuando estaban presentes en el mercado, o realizaban algunas ceremonias religiosas, o bien eran literalmente sustraídos de sus casas por medio de la fuerza. Es decir, en muchos casos había una total compulsión que hacía recordar a algunos funcionarios virreinales más sensibles, sobre el tratamiento que recibían los esclavos. Desde el momento en que este método de selección no fue objeto de una consulta a las comodidades sino fue impuesta desde el poder, ya se trataba de una obligación unilateral, la cual se diferenciaba notablemente respecto del tequio, que en sus inicios en la época prehispánica tuvo un amplio margen de voluntariedad, porque se tomaba por medio del consenso a la comunidad.

Ramírez estuvo en contra de los repartimientos que se hacían de los indios “pues se le imponía carga sobre carga que los hacen caer debajo de ella acabando la vida miserablemente, que se dictaban leyes muy desiguales en las cuales se obligaba a servir solo a los indios y no a los mulatos ni a los mestizos y que se trataba a los indios peor que a los esclavos negros, pero que lo más grave era “que les habían quitado su libertad y frente a este agravio sin que el segundo que es el mal tratamiento que se sirve de ellos porque como saben que aunque mal se les trata, no les ha de faltar indios la semana que sigue, no temen hacerles cualquier agravio apaleándolos y aporreándolos y si los indios vinieran de su voluntad tratara lo mejor porque viniese otra semana. Los indios aborrecen tanto este servicio que lo llaman infierno y querían más ir a la cárcel que a este quatequil o tequio o infierno y por no venir a él y librarse de esta opresión y mal tratamiento, el indio que es oficial o tiene algún posible, busca otro indio que venga en su lugar. El otro agravio es que sacan a los indios de las casas de los oficiales españoles y los llevan al repartimiento donde no les dan sino el medio real o uno o muy poco más, defraudándolos del justo jornal que ganan en sus oficios y cuando el indio se alquila de su voluntad, por lo menos gana real y medio, de comer.169

Al referirse a la etapa de culminación de los repartimientos, por medio de las Ordenanzas de 1790 en la región de Veracruz. Díaz Hernández hizo notar que correspondió a la etapa de los borbones modernizadores y a las nuevas atribuciones que les dieron a los intendentes; que hubiesen dejado en libertad a los indios y que se contrataran libremente había sido contraproducente pues habían abandonado muchos de los cultivos tradicionales de la región, como la cochinilla y la vainilla; hubo una escasez de cosecha pues muchos indígenas se fueron a otro lugar a buscar ganado. Hizo notar que había muchas dificultades para practicar los repartimientos pues los indios estaban dedicados “a la indolencia y al ocio y los indios preferían dedicarse a otras actividades pero aun así participaron en la construcción del camino México-Puebla-Orizaba-Veracruz, como se venía haciendo desde el siglo XVI. “Aunque los repartimientos fueron prohibidos se siguieron practicando por parte de las autoridades regionales argumentando la falta de mano de obra”.170

Las disyuntiva que se presentaba a las autoridades era: dejar en total libertad a los indígenas a que se contrataran con los patrones que quisieran y a que aceptaran las condiciones de trabajo más adecuadas, así como los salarios que consideraran más convenientes, o persistir en la operación de un sistema que implicara la participación de un mayor número de agentes coercitivos y a un costo mayor. Desde luego optaron por el primer camino y decidieron establecer el repartimiento voluntario que era un simple llamado y que los indígenas concurrieran a un sitio determinado y ahí se contrataran “libremente”, es decir, ya sin la presencia de los tequitaltos o calpixques, muchos de los cuales entraron en un proceso de decaimiento y se convirtieron en trabajadores también sujetos a contrataciones coincidiendo con la etapa en la cual muchos miembros de la llamada “nobleza indígena” también ingresan a un proceso de decadencia y muchos de sus integrantes degeneraron en ser meros trabajadores ya sin la riqueza, los signos distintivos, los atributos del pasado glorioso

Esta Ordenanza, relativa al trabajo en Cuauhtinchan, reafirmó el sistema de rotación mediante el cual todos los indígenas que estuviesen en edad de trabajar lo debían hacer, utilizando un tono imperativo, pero a la vez de beneficio social y de respeto a los labradores. Por una parte, se estableció el plazo de trabajo de una semana, tiempo en el cual se renovaba el equipo de trabajo y se constituía el otro, esto con la finalidad de que el poblado no fuese abandonando sus actividades productivas, ni las mujeres, los niños y los ancianos quedaran desprotegidos. (En este caso hablamos de una semana, pero en otros se hizo referencia a un mes, y hasta tres meses, lo que planteaba una serie de problemas más complejos). La finalidad de que tan solo fuera de una semana, periodo ciertamente corto, consistía en que no hubiese casos excesivos de trabajo en los hombres de un grupo pequeño sin que se equilibrara dicha carga. Se asignaron funciones a los mayordomos, para que cuidaran lo que se había cosechado, que en gran parte se concentraba en poder de algunos grandes propietarios. La organización social para el trabajo, basado en el sistema asalariado, tiene un fuerte contenido humanitario y proteccionista pues estaba prohibido que los macehuales sufrieran malos tratos, aplicando la pena de ya no hacer asignaciones de este tipo a quienes infringieran esa norma.

En el contexto de la Ordenanza para macehuallis en Cuauhtincha, se estipuló que serían pagados los que hubiesen sido alquilados en el mercado en presencia del gobernador y de los alcaldes; los periodos de trabajo serían de una semana y al terminarse la semana seguiría el otro turno para que circulara el trabajo y si alguien hacía sufrir a un macehualli ya no le sería dado en otra ocasión y si eran dadas mujeres también se les pagaría un tomín y todos los hombres trabajarían, sembrarían, escardarían, labrarían y cosecharían y el mayordomo tendría especial cuidado en guardar lo que ahí se cosechara, saldría comida para la casa del pueblo y a los que obligaran a mecehuallis a trabajar algo que no sea de su obligación se les pagaría de conformidad con lo que se les pagaba a los macehuallis, por su trabajo diario, al que le quitara su salario al macehualli, si se le comprobaba, tendría que pagarlo por cuadriplicado.171

Esta es una de las Ordenanzas más ilustrativa, pues contiene y explica el aspecto forzoso o semi-voluntario de las primeras contrataciones, con el tequio o tequitl, que es realmente el trabajo voluntario hecho por los indígenas en beneficio de la comunidad. Este sistema suponía una identificación muy grande entre la base social de la población, constituida por los macehuales y los jefes principales pues estos debían tomar sus decisiones (de gobierno) pensando siempre en beneficio de la comunidad. Esta era la condición básica o el requisito esencial para convocar a la realización de esta jornada voluntaria de trabajo no pagado. Por ejemplo, se tenía que hacer una selección rigurosa y conveniente de las obras públicas que debían construir, por ejemplo, una pequeña presa, la cual serviría para irrigar la tierra y hacerla más productiva. Otro ejemplo: un acueducto, para llevar agua limpia a la residencia de los pobladores. Si esta obra contaba con la aprobación de la asambleas del poblado, se consideraba, que todo sus habitantes podían y debían concurrir a su realización, por medio de la aportación laboral, también utilizando el sistema de rondas y de tandas y ese momento, lo que se había obtenido por medio de la deliberación y del consejo, se tornaba en obligatorio para todos los miembros de la comunidad.

El “pago” que se hacía era de carácter económico general, válido y gratificante para toda la población, pues se aplicaba a mejorar la infraestructura hidráulica, la cual concitó también el apoyo de los españoles, la realización de los cultivos de la tierra en mejores condiciones, sin estar condicionada la producción a los vaivenes climatológicos, lo que redundaría en una fuente de alimento asegurada y estable y en un mejor nivel de vida. Si la obra no generaba el respaldo de la población y se vislumbraba que podían beneficiar a un individuo en lo particular, era muy difícil para los principales organizar el tequio o tequitl, que existía en la mayoría de las poblaciones aborígenes de América.


En Cuauhtincha se estableció el servicio personal del macehualli, sobre todo para participar en la construcción de las obras públicas de la comunidad y al que huyere “será traído del sitio al que huyó y lo pondrán en la cárcel y un mes estará ahí; que ninguna persona vaya a casa a recoger el tributo, se excluía del pago del tributo a los viejos, tullidos, mancos, a los que no pueden servir y a los huérfanos, a los ancianos, a las mujeres de 60 años, a los pobres y a las viudas que “nadie ve por ellas”; establecer un registro de todas las personas, tanto de las que pagan tributo como de las que estaban exceptuadas de ellos; los macehuallis también tendrán tarea de vigilancia por servicio y harán servicio al templo. “Cada semana también 60 macehuallis vendrán a ofrecer sus servicios como asalariados los domingos en el mercado cuando el sol esté poco alto. Y para hacer este irán en andén, a nadie les tocará dos veces, solo irán por turno y los macehaullis que vayan a la casa del español, si los hacen sufrir ya no irán de nuevo a su casa, ya no les serán dados macehuallis otra vez. Y si los macehuallis huyen a causa de que ahí se les hace sufrir, si se comprueba su sufrimiento, no devolvieran a los españoles el salario que había pagado, a causa de que hicieron sufrir; una semana trabajan y por esto les será pagado a cada uno un tomín le dará cada semana y serán alimentados”.172


Si el trabajo del tequio, cuatequil era gratuito, no así el que se hacía en beneficio de un particular, aunque se adujera que era una obra que tendría una sensible repercusión en una comunidad completa y más aun cuando se trataba de enriquecer a quien gozaba de una merced. En el caso de Ochilohuico se les pagaron los salarios correspondientes aunque no en la medida de la cantidad acordada que era de 80 pesos pues en realidad solo se les pagó 40 pesos; se utilizaron muchos cargadores (de piedras y de canteras, que eran unos de los materiales más usados) se les pagaron cacao, una moneda que seguía siendo aceptada en el mercado, sobre todo entre los indígenas, pero que no aceptaban los indígenas cuando se las pagaban los españoles y mucho menos figuraba ya en los intercambios entre estos. Se partió de la consideración que siendo una obra privada, como cualquier otra de esta naturaleza, debían ser tasados de conformidad con los pagos que se hacían a los especialistas.

Dijo Spanoghe que en 1549 el salario normal por un día de trabajo no calificado era de un cuartillo, o sea, 8.5 maravedíes, pero después en el año de 1550, se elevaron en 12 y en 24 respectivamente para los no calificados y calificados; los peones percibían 17 y 28 para los oficiales, mientras que en 1590 el de los peones aumentó a 22 y el de los oficiales a 25. “Es decir, durante el periodo 1550-1570, los salarios normales aumentaron muy rápidamente, mientras que durante la época 1570-1590 hubo un descenso en la tasa de aumento, para después volver a acusar un notable crecimiento en el periodo de 1590 a 1633. Además se les daban alimentos diarios y un pago extra por la ida y la vuelta al trabajo, pero aclaró que los trabajos que hacían a sus caciques se pagaban en unidades de cacao. Pero en general se pagaban los salarios en dinero.173

Los peones percibían los más bajos salarios, mientras que los oficiales gozaban de los más altos. En la medida en que estos estaban más especializados y podían desempeñar trabajos más sofisticadamente, propios de las necesidades y gustos de la época, la remuneración era mayor, hasta convertirse en trabajadores privilegiados, siendo la mayoría de ellos españoles o criollos. Muchos macehuales se habían transformado en peones, que después serían los gañanes de las haciendas; algunos indígenas logran superar su estatuto de individuos super explotados y miserables al entrar en contacto con la tecnología europea y aplicando en forma creadora a los conocimientos y habilidades que habían adquirido en la etapa prehispánica, por lo que se convirtieron en especialistas también, al igual que los europeos y también recibieron buenos y hasta excelentes salarios. En todos estos casos, los pagos se hacían en dinero en efectivo, hasta llegar a una cobertura universal.

Desde el punto de vista teórico y formal, todas las obras civiles que se hicieron una vez que entraron en rigor las disposiciones en materia de repartimientos, debieron ser pagadas por parte de sus beneficiarios, de conformidad con las tasaciones de sueldos y salarios que había tanto para el trabajo común de los labriegos como para el de los artistas que adornaban los frentes, las fachadas, las paredes de aquellos que se multiplican por doquier. De pronto la ciudad de México entró a una “fiebre constructiva” lo que permitió que fluyeran grandes cantidades de trabajadores de los pueblos circunvecinos para vender su fuerza de trabajo a los miembros de las nuevas clases de propietarios y de funcionarios que estaban llegando desde España. Solo un estudio detallado permitiría saber en qué grado o medida se efectuaron esos pagos, si en algunos casos solo se cumplieron algunas formalidades pues merodearon las acusaciones acerca del incumplimiento de los contratos y desde luego de los malos tratos físicos. Por ejemplo, en el caso de las obras de la catedral, Zavala, dio a conocer varias relaciones de indígenas empleados, las tareas que efectuaron, los pagos que recibieron. Lo que sí está claro es que había una mayor diversidad de funciones, artes, oficios, especialidades, las cuales se fueron acrecentando en la medida en que se incrementó la población y sus necesidades sociales y espirituales.
También en el pueblo de Mexicaltzingo, el tal licenciado Tejeda contrató a 200 indios obreros para que llevaran cargas de tezontle a la dicha huerta del licenciado y que también llevaran adobes y brazos de céspedes, que se habían utilizado gente para abrir la tierra y también para la construcción de un molino. “Y en lo tocante a los malos tratamientos, vio que ahí estaba el español Marcos Romero el cual vio que cuando faltaba de ir varios indios o se iban de la labor les daban de palos con una vara que tenía y los ataban y los tenían así atados todo el día como aparece por la dicha pintura y vio que algunos indios del dicho pueblo de Mexicaltzingo se fueron y desavecindaron de él a otros lugares. Y se sabe que el licenciado Tejeda no les paga ninguna cosa, habiendo aceptado con anterioridad el tal licenciado en pagarles por la obra 20 pesos oro común…”.174

También Zavala afirmó que tequio era equivalente a la mita en el Perú que indicaba el momento en que a cada trabajador le tocaba su turno y ciertamente había el pago de un salario o de un jornal. Había también el “jornal doblado” que era el pago que se hacía a los indígenas especializados. Distinguiendo entre indios naborios que no se podían vender ni traspasar y que se alquilaban voluntariamente en las minas, frente a los indios repartidos a los cuales se les obligaba a servir en las minas. Usaron la palabra cuatequil, equivalente a obras públicas en que trabajaban de una manera obligada los indígenas macehuales y que después se llamó repartimiento forzosos. “Por medio del cual se obligaba a cada pueblo a proporcionar determinado porcentaje de tributarios para servir a los españoles en sus diferentes empresas. Los indígenas se entregaban a un juez repartidor quien se encargaba de distribuirlos entre los españoles”.175

Los indios naborios gozaban de una autonomía mayor en la suscripción de contratos de trabajo que los indios sujetos o repartimiento y por lo tanto estaban más cerca a la condición de peones o de gañanes. Desde que aparecieron en la economía española de las Antillas se confirmó que estos indígenas no eran esclavos, que tenían un grado de libertad mayor que estos y que eran utilizados para cubrir los faltantes que había en los suministros de los repartimientos. Los propietarios podían tener excedente de mano de obra y desde luego para atraerlos al trabajo en las plantaciones les pagaban un salario mayor. Aunque en regímenes de la esclavitud fue el signo distintito, había diferentes grupos y elementos, para insistir en que no había ni hubo sociedades compactas y homogéneas.

Por la descripción que se hizo de las acequias ubicadas en la calzada de Tacubaya se concluyó que los principales funcionarios públicos apoyaban la construcción de un cierto número de obras públicas que ellos consideraban importantes tanto por las funciones que tenían encomendadas en la administración como por tener “negocios” en torno a ellas. En función de esta consideración hacían las gestiones necesarias para que el virrey les otorgara los respectivos repartimientos y así sucedía si la finalidad de estos elevados funcionarios era precisamente la de “engrandecer y embellecer” la gran urbe y por ello había que realizar toda clase de obras públicas, pero también alentaron la construcción de muchas obras privadas, como mansiones, residencia de lujo, establecimientos comerciales, hospederías, embarcaderos. Se reafirmó la suposición de que en muchos casos los citados funcionaros se ajustaban a los términos de los repartimientos, pero en otros casos, no, obteniéndose mano de obra de otros sitios en forma irregular y cometiendo muchos desacatos en las normas imperantes.

Le preguntaron a unos indios si ellos habían participado o habían visto el proceso de construcción de una acequia que estaba ubicada en la calzada de Tacubaya en la que habían trabajado 100 indios macehuales cada día por espacio de dos años, cinco meses y dijeron que en efecto el licenciado Tejeda se había comprometido a pagarles a 100 indios de Cuyuacan y que “iba a dicha obra los dichos cien indios y peones quejándose ellos que unas veces iban tomados y otras veces no parecían ellos sino cuando tenían carga de repartir para las obras públicas y las otras cosas necesarias para el dicho pueblo y que recibieran de mano del licenciado Tejeda dichos 260 pesos el cual les mandó que le definiesen ante el virrey y le mostrasen lo que les pagaban y así fueron juntos con los demás vecinos y mostraron los 260 pesos y les preguntan qué harían con ese dinero y dijeron que repartirlo entre tanta gente que nos les cabria sino muy poco, que sería mejor se gastase en las obras de la iglesia y otras obras públicas y les preguntan acerca de los indios, que habían llegado tarde a sus labores y dijeron que podrían descontar a los dichos 50 hombres…”.176

Mira Caballo precisó que los naborios “eran todos los indios de servicio que no eran esclavos” por lo que el citado concepto fue para todos aquellos indios que no eran esclavos, aunque estaban cerca de la esclavitud pero no se podían vender legalmente, eran indios “desarraigados de sus comunidades y estaban aquellos que trabajaban en las granjerías, las minas y las casas”. Había naborios de repartimientos y perpetuos, los primeros servían durante todo el año hasta que se hicieron nuevos repartimientos o hasta que el repartidor les encomendase a otras personas y los segundos estaban adscritos a una persona durante toda su vida heredándolo a sus sucesores como si fuese un esclavo.177

Solo para fines explicativos, nos referimos a los esclavos que eran aquellos que estaban sujetos a las normas internacionales que determinaban las Compañías Holandesas que se encargaban de sus suministros, desde África, pero esto no significa que los naborios no compartieran alguna de las características de estos. Es por ello que debemos optar por el concepto sociológico ya que estos indígenas estaban privados de su libertad por cierto periodo de tiempo pero después recuperaban su libertad. Figuraban como integrantes de una categoría laboral y eran mitad esclavos y mitad libres. Aunque es difícil precisar esta característica, resultaba banal este ejercicio pues independientemente de la forma en que era adquirida su humanidad, lo que importaban eran los métodos que se aplicaban para ser reclutados como trabajadores. Las formas compulsivas o coactivas asumieron en la historia social distintos grados y modalidades, desde las más burdas hasta las más sofisticadas, pero propiamente no se puede hablar de trabajadores libres pues hasta en el régimen del trabajo asalariado dependía de la oferta y la demanda, lo que determina o influye en la contratación y en la fijación de los salarios.

La complicada relación que había entre los jueces repartidores, alcaldes ordinarios, jefes principales, gobernadores, virreyes, y demás funcionarios tejió una red de intereses y de colusiones que afectaban la vida, la integridad física, la subsistencia de las familias campesinas, por lo que los monarcas constituyeron una nueva figura institucional, la de los corregidores, que se encargarían de vigilar el “buen cumplimiento” de las disposiciones virreinales. Los corregidores estaban por encima del resto de las autoridades, las cuales estaban en una combinación estrecha, pues todos se alimentaban de las encomiendas y de los repartimientos, lo que contravenía el deseo y las aspiraciones de los monarcas. En la práctica y por las denuncias presentadas todos participaban en este negocio tomando una parte del mismo: recibían dinero, en primer lugar, los jueces repartidores, quienes eran los que en la práctica y de una manera efectiva constituían los grupos de trabajo, los Jefes principales de las localidades para incitar a los indígenas a que se inscribieran en las listas, los calpixques que se encargaban de implantar las medidas concretas de traslado y de castigo que se aplicaban. No tenemos información concreta que los virreyes recibirán una parte de esos recursos para autorizar la cantidad necesaria de mano de obra. Los corregidores, para poder cumplir, con sus elevadas funciones, debían tener una gran autoridad política, pero sobre todo moral para denunciar las injusticias y los atropellos, como ocurrió años después con Miguel Domínguez, en Querétaro, quien describió las dramáticas condiciones de trabajo que había en los obrajes de esa localidad. Esta conducta de aquellos funcionarios debía generar en los propietarios y encomenderos molestia e irritación política.

Asentó López Hinojosa que:

“El nombre de corregidor proviene de que fuera nombrado este funcionario para suprimir abusos y de que con su autoridad iban a corregir las faltas y delitos castigados. Su origen se debe a que en España en donde primero se instituyeron, los pueblos estaban mal dirigidos por los alcaldes o jueces a fuero, lo cual mantuvo que los monarcas pusieran al frente de dichos pueblos a funcionarios extraños a los mismos pero más autorizados e independientes”.178 De alguna manera, los corregimientos se instituyeran para frenar los daños y los abusos que los encomenderos cometían en contra de los indios. Entre los requisitos que se pedían para ocupar estos cargos estaban que fueran de buen linaje, no hubiese cometido delitos contra la fe, no tuviesen relaciones de parentesco con los miembros de la audiencia. Que rindiera juramento, presentara un inventario de los bienes poseídos.


Álvarez indicó que en realidad los grupos humanos indígenas ofrecieron escasa resistencia militar a los españoles, e incluso muchos de ellos prefirieron colocarse a su lado y así combatieron a los “indios bárbaros” que se les oponían con el apoyo de otros indios. Este fue el caso del traslado de indígenas como los zapotecas que fueron llevados a la región de Tultepec y Zacatula para construir barcos, para las expediciones militares de Cortés hacia los mares del sur y ahí se utilizaron indios en encomienda y otros simplemente forzados, que se utilizaban también en el lavado de las arenas auríferas. Hizo alusión al método común de Nuño de Guzmán para tener a su disposición a muchos chichimecas, el de hacerlos esclavos y trasladarlos a las villas y a las poblaciones que los españoles necesitaban, mientras que no fueran reconocidas las autoridades indígenas anteriores.179

En la provincia de Pánuco, regida por la mano autoritaria y bárbara de Nuño de Guzmán, los repartimientos adquirieron un carácter violentísimo pues miles de indígenas chichimecas “que se encontraban alzados” fueron obligadamente reclutados para prestar sus servicios personales aplicando métodos propios de los esclavos. Este fue uno de los extremos de la política general de repartimientos en virtud de las condiciones de “guerra” en que vivían en esa región. Estos métodos criminales fueron condenados abiertamente por las autoridades virreinales y Guzmán fue enjuiciado, pero ignoramos las repercusiones económicas y sociales que tuvo. La experiencia general demostró que en la medida en que los procedimientos eran más violentos resultaban más ineficaces e improductivos pues los indígenas capturados aprovechaban la primera oportunidad para huir, escapar y recuperar su libertad. Por otra parte, ese tipo de trabajadores, obtenía por la vía de la violencia desenfrenada y concebida su botín de guerra, estaban claramente condenados por las disposiciones virreinales y no eran aceptados por los Reyes. Por ello Guzmán, fue severamente castigado.


El Ramo de Obra Pública, del Archivo General de la Nación, ilustró muy claramente la aparición y diversificación que tuvieron las actividades productivas que se concentraban en la ciudad, pero también los oficios, las profesiones y las “artes” que surgieron a raíz de que se implementaron los planes y programas constructivos en la capital del virreinato. Esto significa que había un auténtico desarrollo de las fuerzas productivas, pero solo en aquellas ramas y actividades que les interesaba a los monarcas y a sus subalternos y eran aquellos que podrán ser complementarios de los que se realizaban en la metrópoli. En efecto, la política económica y social tenía muchas prohibiciones y restricciones en aquellos rubros que significara una cierta competencia que fuera perjudicial a los intereses de los grandes comerciantes y manufactureros. Algunos de los oficios que venían desde la etapa precedente, simplemente se enriquecieron con las nuevas tecnología, pero aparecieron otros jamás conocidos en el pasado que implicaba la existencia de nuevas materias primas, diferentes habilidades y destrezas que transmitían los oficiales hispanos, hasta la categoría de “obrero mayor de la ciudad” que era un inspector superior que se encargaba de supervisar la construcción de obras y el apego a las normas pero en todos los casos dentro de los límites de los intereses coloniales.

En las calles de la ciudad de México, trabajaban los maestros empedradores que dirigían cuadrillas de 8 operarios indígenas de las ciudades, de Toluca, Texcoco, Xochimilco, Tlalnepantla, Tenayuca y Tacuba “quienes trabajaban por repartimientos obligatorios y eran sustituidos cada 15 días y recibían un pago de dos reales diarios “ya que a partir del año de 1712 se habían llamado a trabajar a 120 indios en estas actividades bajo las ordenes de varios maestros de arquitectura. Mencionó que había también otros funcionarios que eran los solicitadores que se encargaban de conseguir indios para la construcción de obras públicas.180 Al elaborar el catálogo del Ramo de Obras Públicas, del Archivo General de la Nación, esta investigadora encontró una serie de denominaciones y oficios que se trasladaron a la época virreinal y que provenían de la sociedad prehispánica, como topil, tequillatos, mandones, tequio y uno de los primeros tributos que los indios entregaron al “obrero mayor de la ciudad de México”, Pedro de Villegas fue la cal que entregaban los habitantes de Tetepango.
También Herrera dijo que la decadencia de las encomiendas había sido motivada, a su vez por el auge que había tenido el trabajo o jornal o peonaje y este a su vez motivado por las deudas que habían contraído los indígenas y “de esta forma los indios de encomienda se convirtieron en trabajadores jornaleros asalariados, llamados naborios, gañanes, peones, los cuales resultaban adscritos al trabajo debido a anticipos, deudas hereditarias, pago de tributos y obvenciones parroquiales. Fue en definitiva el peonaje la principal consecuencia de la expansión de la propiedad privada de los españoles, siempre a costa de la población indígena. El peonaje representa de la manera antes descrita el sustituto histórico de la encomienda”.181

El proceso de implantación del trabajo asalariado fue lento, pausado, sujeto a resistencias y dificultades y no abarca todas las ramas económicas sino las más atractivas y rentables. En primer lugar la vemos abrirse paso en la minería ya que se necesitaba una mano de obra muy especializada, pues requería un alto grado de entrenamiento y por ello los métodos tradicionales eran obsoletos. Había una población muy diversa que implicaba una aguda competencia entre los grupos de trabajadores pues había negros, mestizos, castos, criollos, españoles. En segundo término, estaban los ingenios azucareros, en los cuales se utilizaba tecnología moderna y por lo tanto se necesitaban grupos especializados y en tercer término, estaban las estancias de ganado que eran altamente rentables como partes iniciales de una cadena de procesos industriales y comerciales y las actividades que resultaban más “atrasadas” eran las de la agricultura maicera. Esto explicó que Herrera hubiese afirmado que muchas de las encomiendas que se dedicaban a estas funciones, mientras que aquellas que se ubicaban en la minería, la ganadería, eran las más dinámicas y la que lograra sobrevivir, por medio del establecimiento de asociaciones de productos, filantrópicas de carácter mercantil que se usó con una gran frecuencia.

Esta disposición jurídica, de haberse aplicado de una manera consecuente, hubiera significado una distribución del trabajo de los indígenas de conformidad con criterios racionales y productivos, que resulta sorprendente en el tiempo en que se emitió. En efecto, se cumplieron periodos de trabajo “justos y adecuado” a la capacidad física, intelectual, a la naturaleza humana de los indígenas a los que se consideraron “débiles y timoratos”, mezclados con etapas de “descanso” para “recuperar las energías perdidas”, pero en realidad para que tuvieran tiempo suficiente para dedicarse al cultivo de sus sementeras, al cuidado de sus casas y de sus familias. Esto supondría que los jueces repartidores respetaban las condiciones de trabajo imperantes lo cual no era así pues propiamente no puede hablarse de un contrato en el cual exista una adhesión voluntaria a una de las partes, o que se hubiera negociado sus cláusulas mediante una negociación. Esto no sucede pues todas las normas y requisitos, tiempo, plazos, montos de salarios, funciones, desempeño, se determinaban en forma unilateral por las autoridades las cuales, simplemente, se aplicaban con la fuerza del estado y del resto de las funciones que estaban implicadas en este asunto.

Que los jornales sean competentes y proporcionados al trabajo de los indios y las otras circunstancias que constituyen el justo valor de las cosas, que se les pague el camino de ida y vuelta, donde he sido informado que hay gran negligencia. Estableceréis en la paga y jornales de los naturales la igualdad y la justificación que deseo, aunque para esta causa sea menor la ganancia de los mineros dueños de estancias y las demás labores, que los jornales se les paguen a los indios en reales, en sus manos cada día, o al fin de semana, como ellos desearen, con la intervención de su protector o la justicia. Fijaréis las horas con que hubiesen de ocuparse cada día, tomando en cuenta sus pocas fuerzas, su complexión ya que el excesivo tiempo en esas ocupaciones resultara perjudicial, peligros a su salida, que no se les obligue a trabajar más tiempo, ni a los indios de repartimiento, ni a los que fuesen por su voluntad a estas labores; que los indios que estuviesen ocupados en las labores referidas se les permita ir a dormir a sus casas o a otras y a los que no la tengan, los acomode el dueño de la hacienda en lugares donde puedan dormir bajo techo y protegidos del rigor y asperezas de los temporales”.182

También Mariluz observó que las primeras disposiciones de la Corona partieron del principio de respetar la legitimidad de la propiedad de las comunidades indígenas. Indicó que se pretendía ocupar solo las tierras que no estaban ocupadas por los indígenas, que se respetaran sus poblaciones, pastos y sementeras y las mercedes de tierra que se dictaron fueran siempre respetadas a los derechos de los naturales y por ello en las mercedes se otorgaron tierras para edificar casas y caballerías y aguas, pero las mercedes que dictaban tanto la Audiencia como los virreyes estaban sujetas a la confirmación de tales decisiones por parte del Rey.183

El cuatequil fue asediado por los propietarios privados, llámense encomenderos o usufructuarios de mercedes pues se trataba de una manifestación muy clara de que estaban vigentes los sentimientos colectivistas y solidarios de los indígenas, a pesar del trastorno histórico de la conquista y de la política de depredación implantada por los españoles. Significó que a pesar de la corrupción y de la degeneración en que habían incurrido muchos de los jefes principales, que trataban prácticamente de asimilarse en forma mecánica a las nuevas normas de la sociedad colonial, aun existían rescoldos o fuerzas sociales que estaban interesadas en mantener las características sociales básicas de la sociedad prehispánica y que aun prevalecía una cierta identidad con los herederos de los tecuhtlis, a pesar de todo lo que había sucedido y que muchos de ellos, incluso habían tomado las armas para combatir a sus hermanos, como pasó, por ejemplo, con los jefes tlaxcaltecas. Los encomenderos tenían muchas dificultades para lograr altas cuotas de indios de repartimientos y en cambio la convocatoria al tequio o cuatequil no tenía grandes dificultades en llevarse a la práctica, por lo que se reafirmaba que en realidad el carácter voluntario lo satisfacía este sistema y no el primero. Para integrar los grupos del cuatequil que normalmente trabajaba por semana, con el deliberado propósito de que no se afectara el trabajo propio de las encomiendas, al que generaba tributo e incluso los repartimientos, se recurrió a l reclutamiento de indios de otros poblados pequeños o menores y en cambio este les estaba prohibido a os propietarios particulares. Estos consideraban que el cuatequil era un obstáculo para los repartimientos, pero esto no era cierto.

Comparó Zavala el cuatequil de la Nueva España con la mita del Perú indicando que mientras en el primer caso se tomaba a los indios de los centros de trabajo más cercanos, en el segundo se trasladaba a los indios a lugares lejanos; en el primer caso los indios prestaban sus servicios por semana y acudían cada indio casi cuatro semanas al año y en el segundo los plazos duraban meses. “Ni los encomenderos lograron permanecer independientes de la institución del cuatequil. Cuando necesitaban trabajadores, no podían tomarlos directamente de sus pueblos, como antes lo hacían por concepto de tributación, sino que al igual que los otros colonos particulares, tenían que solicitar de la justicia o del repartidor el número de indios que necesitara. Los trabajadores así entregados no eran ya gratuitos pues los encomenderos debían pagarle los jornales acostumbrados. Los indios de los pueblos de encomiendas, por otra parte, estaban sujetos a las obligaciones del servicio forzoso general, si el juez repartidor creía conveniente entregarlos a labradores españoles distintos del encomendero, podían hacerlo y el encomendero carecía del derecho para impedir que sus indios saliesen a esos trabajos autorizados por la justicia”.184

En alguno de los pueblos circunvecinos de la ciudad de México se utilizaban muchos repartimientos de indios para la recolección de madera y piedra las cuales se destinan en la construcción de muchos edificios e instalaciones educativas y hospitalarias, al grado que muchas de las áreas boscosas disminuyeron de una manera sensible, o desaparecieron. El virrey tenía un especial cuidado en el momento de hacer estas autorizaciones pues estaba consciente que estas afectaron finalmente el ecosistema de la ciudad capital que estaba sujeta a frecuentes inundaciones, pero también había el interés superior de asegurar el abastecimiento de agua potable. Todas estas obras requerían de la mano de obra de miles de indígenas y así se hizo durante muchos años. En muchos casos, de plano, el virrey no permitió los repartimientos de mano de obra, tenían especial cuidado en favorecer a una serie de obras públicas que sí tuvieran un marcado sentido de utilidad social o colectiva, posponiendo o enviando al mercado privado de la mano de obra muchas de las prestaciones que se hacían que tenían un evidente afán de lucro privado.

Aguirre Salvador analizó el libro de repartimientos de Chalco de los años de 1618 a 1621 concluyendo que se habían repartido 29,050 indígenas a 136 instituciones de hacendados, mientras que para obras públicas se destinaron 8,139 indígenas, que equivalen al 28%. “El repartimiento de las haciendas fue bastante irregular en todos aspectos. Difícilmente se respetaron las tasaciones para sencillo y para doble. Algunos hacendados se les dieron un mismo número. Otros privilegiados, un grupo de 21 labradores, que les entregó arriba de las tasaciones muy regularmente. A otro grupo de aproximadamente 60 hacendados, aunque no se les respetó siempre la tasa, por lo menos cada semana no dejaban de dárseles trabajadores y así la región de la Sierra Nevada fue una fuente permanente de abastecimiento de madera y leña para la ciudad de México y la misma provincia, pero estos repartimientos para madera y leña fueron casi siempre temporales, desde dos meses hasta dos años, a excepción del de las casas reales que fue permanente y la mayoría de esos bienes, así como el trabajo de los braceros fue para instituciones religiosas…”.185

Hubo un periodo de maduración intelectual y político de los macehuales en el periodo de la encomienda y de los repartimientos en que sufrieron jornadas laborales, extenuantes, vejaciones y malos tratamientos físicos, al hacer una serie de comparaciones con el tratamiento que se experimentaba en el seno de otras actividades y al reflexionar sobre el acaparamiento que experimentaba el fruto de su fuerza de trabajo. No tenemos noticias de que cómo resultado de este fenómeno subjetivo hubiese habido una cierta forma de organización social de resistencia y posición pues las rebeliones y protestas que se produjeron en esta larga etapa fueron muy espontáneas y naturales pues censuraban las formas y el tratamiento que se les infringía. Pero sí es posible encontrar varios aspectos del desarrollo de este proceso al concluir que para el año de 1600 la figura del repartimiento estaba en crisis y había muchas dificultades por parte de los propietarios para reclutar mano de obra. Las funciones encomendadas a los jueces repartidores se complicaban cada vez más al mostrar los indígenas una gran renuencia a participar en las rondas y en las tandas por lo que entonces se concluyó que el mayor atractivo para la contratación sería el establecimiento de salarios atractivos, lo que significaba de inmediato que esto debía aumentarse.

Hizo alusión Casarrubias a la cédula del 24 de mayo de 1601 que en esencia era contradictoria pues por un lado quedaban abolidos los repartimientos de indios, por la otra se permitía a los españoles que pudieran acarrear a los indios que por su naturaleza que rehúsan el trabajo y son inclinados a holgar tratando de “armonizar el principio legal de la libertad de trabajo con la necesidad de mano de obra que aseguraba el labrado de los campos, la explotación de las minas y en general, la satisfacción de las exigencias públicas y de utilidad común”.186 Después se publicó la cédula del 26 de mayo de 1601 en que se redujo la prohibición de los repartimientos, el cual quedaba subsistente para el labrado del campo, cría de ganado, beneficio de mina oro y plata y así definió la mita como un repartimiento de indios para un trabajo determinado, variable según la clase de aquel y las condiciones climatológicas.

Después del año de 1600 abundaron las críticas que se hacían a los repartimientos, a la escasa eficacia productiva que tenían y se multiplican las denuncias acerca de los abusos y de los atropellos que se cometían contra los indígena, especialmente en la modalidad del adelanto, es decir, al hecho de que los jueces repartidores, eran pródigos en el otorgamiento de los préstamos a los macehuales a efecto de tenerlos asegurados en la integración de las tandas y las rondas. Además, los calpixques ya se habían “acostumbrado” a recibir regalos económicos por cada uno de los indígenas que habían conseguido, lo que, junto al elemento anterior, encareció los costos del sistema. Pero había un fenómeno subjetivo, como dijo Torquemada, pues los indígenas clamaban por su libertad pues decían que estaban en “esclavitud permanente” desde que habían llegado los españoles a sus tierras. Hubo otras protestas y reclamaciones que permitieron concluir que la implantación de ningún método coactivo, por más eficaz que llegara a ser, solo lo podían hacer, por un periodo corto de tiempo, pues después se debilitaba en sus efectos y resultados y que al final ya eran ineficientes para los fines que se habían concebido inicialmente. Aunque los indígenas se rehusaban a los repartimientos eran encarcelados pues se consideraba que esto era un castigo disuasorio, los indígenas seguían huyendo y escondiéndose y ya los calpixques no causaban el temor que en otros tiempos ocasionaban.Sobre el virrey conde de Monterrey, afirmó Torquemada que había dictado una cédula “para que se quitase el repartimiento de los indios y que se diese la orden de que se alquilasen, pero comenzase este alquiler de manera que era de más vejación y trabajo que la carga que antes tenían; hizo que se juntasen todos los oficiales en las plazas y allí llegaban los españoles y sacaban los que querían y los llevaban; después fue mucho peor de lo que se puede pensar porque se nombró juez para el cuidado de estos alquileres, hubo otro fraudes más perniciosos, que llegaban unos a sacar uno o dos oficiales y les daban un tanto por haberlos sacado de la plaza y así se convirtió en granjería y mayor esclavonia el alquiler voluntario que era el repartimiento primero. Clamaron los indios por verse libres de esta continua servidumbre, pidieron por estancia, volver a la pasada, de manera que lo que parecía libertad se convirtió en esclavitud perpetua. Todo esto era a costa de los pobres; así se volvió al sistema de la antigua ya que se consideró volver al sistema del repartimiento”.187



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