Formas de trabajo en la Nueva España T. II capítulo VIII distintas formas de coacción en el trabajo indígena



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CAPITULO X

Reparto de la Mano

de Obra Indígena.

Los primeros repartimientos de indios se dieron en La Española de una manera simple e irregular pues de inmediato los conquistadores se dieron cuenta que no podían explotar sus tierras, sus minas, las perlas de los ríos y las lagunas, los hatos de ganado, sin la mano de obra gratuita de los indígenas. Todavía no había ninguna disposición oficial al respecto pero ya la realidad iba delante de la teoría jurídica por lo que los Reyes lo que hicieron fue dictar normas para acondicionar a esa realidad y a esa innegable exigencia económica y social. Hasta que llegó el gobernador Ovando se hicieron oficiales y legales esas decisiones que por lo demás eran las únicas viables y operativas en aquel estado de guerra y de conquista. Entendemos por repartimientos, repartos, en términos generales, la asignación arbitraria y violenta de cierto número de indígenas, como si fuesen simples instrumentos de producción y no seres humanos, a un determinado grupo de conquistadores que deseaban, ávidamente, enriquecerse. En esta etapa no había normas propiamente dichas, ni requisitos formales que deberían reunirse, sino la simple decisión formal del gobernador, las que dictara su arbitrio. Solo había una norma básica, se repartirían más indígenas a aquellos soldados que hubiesen hecho una aportación mayor a los fines de la conquista y de la pacificación, los que hubieran llegado mejor equipados pues se suponía que ellos habían hecho los gastos mayores, de los cuales tendrían que resarcirse y por ello necesitarían muchos brazos.

El Rey estaba consciente que la política de repartimientos de indios que habían ocurrido en la isla Española habían provocado un “grandísimo despoblamiento” sobre todo por el maltratamiento y demasiado trabajo que se había impuesto a los indios para concluir que había convocado a una junta de teólogos y pensadores de muchas letras que habían concluido que “Dios crió indios libres y no sujetos ni podemos mandarlos encomendar, o hacer repartimiento de ellos a los cristianos sino que dejéis a los indios vivir libremente como nuestros vasallos viven en este nuestro reino de Castilla”, pero añadió enseguida que “los indios naturales de la dicha tierra nos sirvan y den tributo en reconocimiento del señorío y servicio que como nuestro súbditos y vasallos nos deben, hemos sido informados que ellos entre sí tenían costumbre de dar a sus teules o señores principales cierto tributo de ordinario, pero que entre indios y españoles haya contratación y comercio voluntario, a contentamiento de las partes y que ningún español tome de los indios cosa alguna contra su voluntad, o por engaño sino por limpio y libre contratación y rescate”.146
El hecho de haber realizado repartos arbitrarios, discrecionales o indiscriminados, ocasionó lo que todos sabemos: una sensible baja de la población en general y de la población trabajadora en lo particular. Es por ello que los reyes, tomando en cuenta esta experiencia dramática, determinaron establecer un sistema de normas, medidas, placas, hasta conformar un procedimiento bien organizado y estable en las tierras de la Nueva España. Se establecía un sistema de “reclutamiento voluntario”, es decir, se preguntaba a los indígenas si deseaban trabajar en las minas, las sementeras o en las estancias de ganado y la mayoría de ellos contestó que no estaba de acuerdo con participar en estas labores, que los dejaran en paz, trabajando en sus campos de labranza como lo habían hecho durante muchos años y rechazaban de una manera categórica ir a engrosar el trabajo en las minas. Pero esta era la actividad más lucrativa que tenían a su disposición los españoles y por ello era el renglón al que le debían dedicar el mayor número de trabajadores. Le informaron al rey que por la vía de la consulta pacífica, pensando que el pago de un salario, implicaría un atractivo adicional para decir “si”, no se había logrado ningún resultado positivo, calculando que ello se debía a la propia naturaleza social de los indígenas muy dados a la molicie. Por lo tanto, fueron de la idea de utilizar elementos de carácter compulsivo, pero sin que ello implicara un “mal tratamiento” y por ello organizaron un sistema de presión y de organizar que en forma “voluntaria” pero a la vez forzada les impeliera a trabajar.

En la primera etapa, se utilizó el alquiler obligatorio, lo cual implicaba desdeñar la calidad de vasallos libres que tenían asignados a todo indígena, pues si eran libres, no podría ser coartada su libertad para llevarlos a los campos de trabajo. Se adujeron razones morales o éticas, indicando que todas las presiones que se tomaran eran en beneficio de los indígenas y no en su perjuicio. Se trataba de que toda la población se incorporara a los progresos de la “civilización cristiana y occidental”, pues en la medida en que eso sucediera superarían sus condiciones de atraso cultural y religioso, al desterrarse la idolatría y el paganismo. En virtud de que los indígenas precisamente por sus condiciones de existencia tan precarias, no estaban conscientes de las ventajas económicas y sociales que les depararía la nueva organización política, era necesario ejercer una cierta coacción para que cobraran consciencia de ello.

Movilizar a cientos de individuos de un poblado o de varios poblados para servir en los sitios que requerían los españoles, necesitaba una solida estructura organizacional o represiva por parte de los españoles pero los resultados no eran apetecibles. En muchas de esas poblaciones había un auténtico descontento y una manifiesta oposición pues los indígenas no deseaban trasladarse a los fundos mineros pues afirmaban que allí se rompían todos los compromisos, se les trataba mal en el aspecto físico, se les ponía en peligro en los socavones de las minas. La principal motivación para estar en contra de esos traslados consistía en que estaban demasiado lejos de sus sitios de residencia, que tenían que caminar dos o tres días, sin llevar comida y que morían muchos de ellos.

Ante la carencia de resultados concretos y específicos como el alquiler obligatorio, se decidió realizar un cambio muy importante: implantar el alquiler voluntario, es decir, ya no habría malos tratos físicos, no se llevaría a los indígenas como si fueran recuas de mulas sino habría un atractivo más efectivo y trascendental, el pago de un salario o de un jornal. Se calculó que el salario o jornal permitiría que los indígenas estuviesen conscientes, por ese solo hecho, de las ventajas del nuevo sistema de retribución pues podrían adquirir otros productos y alimentos en los mercados que se estaban constituyendo.


La existencia del llamado “alquiler forzoso” terminó en noviembre de 1601 con la promulgación de nuevas cédulas que implantaron el “trabajo voluntario”, dijo Zavala quien definió un cambio muy importante: desaparecieron los jueces repartidores y se establecieron los comisarios de alquileres “pero que vigilaban las relaciones de trabajo pero que no podía entregar a los indios y los patrones sin consultar la voluntad de los operarios. El indio acudiría a las plazas a alquilarse con quien quisiera: lo único que no se le permitía era que permanecieran ociosos. La Corona manifestaba expresamente en su deseo que los naturales viviesen con entera libertad de vasallos, según y en la forma que los demás que tenían en Indias y en España” pero temiendo las consecuencias que este cambio tendría en la vida económica, esas disposiciones no se aplicaron con todo rigor y continuó el trabajo forzoso.147
Desde que se implantaron los Repartimientos, tanto en La Española Como en Tierra Firme, suscitaron muchas críticas y objeciones no solo de parte de los propios indígenas sino también de sus principales beneficiarios. Estos afirmaban, de una manera recurrente, que eran muy pocos los indígenas, traducidos en fuerza de trabajo, que se les otorgaba en relación con las encomiendas que tenían en usufructo y de las mercedes reales con que habían resultado asignados. Ellos pensaban que había el riesgo de que, ante la falta de brazos disponibles, no podrían cultivar las tierras con la intensidad y eficacia que se requería y que corrían el riesgo de que las abandonaran. Este fue un mecanismo de chantaje hacia las autoridades que tenían instrucciones del Rey de que precisamente los españoles se radicaran en forma definitiva y permanente en las nuevas tierras y que si regresaban a España en un plazo breve significaría que habrían fracasado la política de poblamiento y de colonización. Todos enfilaban sus demandas en torno a los gobernadores, primero y los virreyes después, para que el número de indígenas asignados fuera mayor, lo cual era imposible de lograr pues se estaba produciendo un dislocamiento en la vida de las poblaciones al moverse muchos indígenas de unos sitios a otros, aunque fuese en forma transitoria. Además, ante el temor de ser “registrados” muchos indígenas se escondían huyendo a los montes y selvas por lo que dejaban abandonados sus campos de labranza y a sus familias.

Zavala, en un texto adjudicado a Las Casas, reveló una serie de precisiones sobre encomiendas, tributos y otros tratamientos hacia los indios en la jurisdicción de Chiapas. Reconoció que en ella “había algunos repartimientos excesivos, adjudicando esta responsabilidad a la autoridad civil, para ayudar a la pacificación de los indios que se encontraban en guerra o “huidos en los montes” propuso que no pagaran tributos ni cosa alguna, a la vez que denunció que en la región “había muchos españoles que eran muy nocivos y dañosos y escandalosos” por lo que pidió el rey fueran expulsados no permitiendo que hubiesen “hombres perjudiciales” “entrando en contradicción con los conquistadores” y de una manera particular pidió la expulsión de Montejo, de Yucatán “por los excesos y crímenes cometidos”.148 En el año de 1545 exhortó a los miembros de su diócesis a que denunciaran la “usurpación de la libertad de los indios, tomarles sus tierras por la fuerza o comprándoselas a un menor precio, llevarles tributo o servicios demás de látigos o cargarlos con las mayores cargas de la acostumbrada, no pagándoles lo justo y razonable que se les debe. Las Casas fundo su llamamiento como obispo al que le corresponde la defensa de los miserables.


Los repartos de la mano de obra están íntimamente asociados con la dotación de las encomiendas y el otorgamiento de mercedes reales. Si un conquistador a un poblador tenía encomiendas más grandes, que abarcaran dos o más poblados, tenían derecho a explotar una asignación mayor de mano de obra, que aquellos españoles que tenían encomiendas más pequeñas. Ello originó grandes diferencias de “fortuna” entre los conquistadores pues nunca hubo una política equilibrada al respecto. En cada caso se tomaba en cuenta no solo los méritos personales, sus contribuciones directas a la pacificación y el poblamiento sino también dependía mucho de sus relaciones de carácter político e individual con los Reyes, algunos miembros de la Corte, con los funcionarios de la Real Audiencia. De la misma forma que la asignación de las encomiendas obedecía a razones particulares en cada uno de los casos, los repartimientos se hicieron de la misma forma. Se trató de una solución técnica para atender la creciente mano de obra que requería una estructura económica que estaba en expansión y que era ya muy diversificada pues no solo había campos de labranza, sino también estancias de ganado, trapiches, molinos, minas, la explotación de los recursos naturales como la grana cochinilla, el añil, las moreras, las uvas, así como para la construcción de muchas obras públicas que requerían las ciudades en crecimiento como Puebla en la que se utilizó mucha mano de obra de la región de Tlaxcala. La economía prehispánica estaba experimentado grandes cambios y motivaciones al aparecer nuevas instituciones económicas, con lo que concitó el surgimiento de nuevas profesiones.
El alcalde Antonio Calabarro pidió al virrey Antonio de Mendoza que ordenara el repartimiento de indios de Atlixco para que trabajaran en la realización de obras públicas en Los Ángeles, sobre todo para cultivar tierras y edificar puentes. También se les pidió ayuda monetaria para terminar con el puente que está en el río Atoyac “que este camino a Malacatepec pues es un camino muy frecuentado para ir al Valle de Atlixco e Izucar”. El 22 de octubre se otorgaron a las religiosas de Santo Domingo una serie de mercedes de tierra por la parte del río. Ya se habían construido varios molinos y estaban funcionando varias huertas, aprovechando precisamente los ríos que había en la región, mientras que el 12 de octubre se otorgaron tres solares a Hernando de Villanueva para que construyera una iglesia en advocación de nuestra señora de los Remedios y al regidor Diego de Ordaz se le otorgó la merced de una acequia para repartir agua entre las personas de Atlixco que la necesiten.149

La implantación de los sistemas de alquiler de mano de obra, tanto el obligatorio como el voluntario, supuso la existencia de una forma de organización que debió ser muy eficaz, en términos generales, pues implicaba movilizar en forma ordenada y racional, a cientos o miles de indígenas, de llevarlos de sus sitios de residencia a sus destinos laborales. El mecanismo era el siguiente: los españoles hacían la solicitud al virrey, este a su vez valoraba la cantidad de indígenas que le solicitaban, tomando en cuenta una lista de prioridades y de demandas económicas y sociales. Se preguntaba este funcionario si se trataba de una obra pública, de una encomienda que fuera importante, que no se desarraigara a los indígenas de sus poblaciones para evitar su despoblamiento; se nombraron jueces repartidores los cuales tenían levantados varios censos de población acerca del número de individuos que estaban en posibilidad física de trabajo; organizaba las “ruedas” o las “tandas” mediante las cuales los indígenas eran repartidos en funciones de temporadas y plazas; después se formaron cuadrillas; se solicitó el apoyo de los calpixques, que se transformaron en verdaderos auxiliares de los jueces repartidores; estos debían tener relaciones muy cordiales con los cabildos indígenas pues estos eran consultados para conocer su opinión sobre un asunto esencial, el número de indígenas de un poblado que tendría que salir a trabajar, sin que se afectara la producción en su conjunto. Los cabildos tomaban en cuenta las cantidades de indígenas solicitada por el virrey y no por los jueces de repartimientos pues estos solían demandar un mayor número del requerido incurriendo en excesos y atropellos.

Consideró Aguirre Salvador que en una primera etapa se opusieron al repartimiento de la mano de obra los propios cabildos indígenas pero después estos prestaron resistencia huyendo de sus comunidades. “Los cabildos indígenas cuidaron mucho que el juez repartidor no les pidiera más trabajadores que los declarados por el virrey y ya para el año de 1602 la provincia de Chalco dio muestras de una resistencia generalizada de los pueblos y el virrey ordenó al juez repartidor compeler a los pueblos y compeler y apercibir a los religiosos de que no se entrometieran en el asunto y al final menos de la tercera parte de los pueblos estaban cumpliendo satisfactoriamente con el reparto.150

Si como propuso Betanzos, las encomiendas fueran perpetuas, también los repartimientos lo deberían ser, lo que significaba establecer el destino de muchos indígenas que aun no habían nacido. Es decir, si se calculaba que una encomienda pudiera “durar” dos o tres generaciones de españoles, en esa misma tesitura, los hijos y los nietos y los descendientes de estos estarían condenados a servir. ¿En dónde estaba el principio de la voluntariedad? Había desparecido de una manera total pues estaban resignados a prestar su fuerza de trabajo a un español y a sus descendientes, sin precisar la duración de las “rondas”, de las “tandas” y lo que es más importante, el monto de los salarios y la forma como se distribuirían estos. Solo las cabezas dogmáticas de los religiosos y de algunos conquistadores podían estar satisfechos en su “humanidad cristiana” al predeterminar la vida de generaciones de seres humano que ni siquiera habían nacido todavía. Este tratamiento era peor que el de la esclavitud pues estos individuos podían adquirir su libertad bajo diferentes condiciones, pero los hijos de los indígenas no, pues por ser hijos o nietos de un indígena estaba condenado a ser un vasallo libre, es decir, a desempeñar un papel de explotado, humillado y sojuzgado.


También Carreño publicó extractos de una carta que Betanzos envió al Rey en la que le decía: el rey no tenga pueblo de indios, ni ninguna en su cabeza, que todos los pueblos se repartan a los españoles y que sean perpetuos los repartimientos y que haya un buen gobernador que mantenga a la gente en justicia; mientras más pueblos se ponen a la cabeza del rey, más se va deshaciendo y empobrecido y las rentas van disminuyendo porque por esta vía son los indios más trabajados, e más maltratados y vienen a ser más disminuidos y aislados y por esta causa los españoles ni siembran, ni plantan, ni edifican, ni procuran otras granjerías; que todos los indios vienen a ser iguales en la pobreza”.151 Se inclinó porque el repartimiento de los indios hacia los españoles fuera a perpetuidad pues de esta manera procurarían conservarlos, aumentarlos y enseñarlos y que si alguna vez los indios fuesen maltratados y agraviados deben pedir justicia para que sean remediados.
La resolución que emitió el virrey en materia de repartimientos era casuística, es decir, tomaba en cuenta cada solicitud en sus propios méritos y por ello no estaba sujeto a ninguna presión. Se observó que ese alto funcionario contaba con la asesoría de un grupo importante de asesores y especialistas que conocían con cierto detalle la importancia económica de las audiencias y de las mercedes reales, es decir, trabajaban de una manera coordinada con la Real Audiencia y con los funcionarios de la Real Hacienda. Por instrucciones directas del Virrey, quien a su vez las había recibido del Rey, ya se habían realizado estudios socioeconómicos y demográficos, de carácter regional y de varios poblados, con el objeto de conocer, por ejemplo, el número de tributarios, sus disponibilidades materiales de recursos naturales, los conflictos que tenían con otros pueblos y con la colonia española y otros elementos de juicio. Al otorgar los repartimientos que él juzgaba conveniente y que no siempre dejaba satisfecho a la parte interesada, el virrey tomaba en cuenta estos, como era la necesidad de mantener y conservar el buen gobierno, la tranquilidad pública sobre todo asegurar el pago de tributos y de los diezmos, mantener la paz social entre las colonias y los indígenas, asegurar la producción de alimentos para los indígenas, entre otros factores. Una de las actividades que más se apoyaron fue la instrucción de sistemas de riego pues muchas tierras no estaban preparadas para cultivar trigo y la presencia de un gran número de ejemplares de ovejas, becerros, vacas, asnos, derrumbando la construcción de acequias, jaguayes y otras obras hidráulicas pequeñas en sus dimensiones, pero de una gran utilidad social para los pobladores.

El virrey giró instrucciones al juez repartidor de indios de que en el caso de la siembra de regadíos del poblado de Cuautitlán “anticipéis el servicio de lo doble necesario despueblo de Tula de vuestro repartimiento, ayudando asimismo para ello el dicho pueblo de Cuautitlán con la cantidad de indios que se quiere dar de socorro en tiempo de doble general, a los cuales les daréis por diez o menos, repartiéndoles en las dichas labores conforme a la necesidad y beneficio de las dichas labores a los dichos pueblos que advirtiendo asimismo que en ellos no se les ha de dar a estos labradores sino solo el servicio de un tiempo de sencillo”.152 Una decisión similar, el doblamiento de la jornada, se dio en el caso de Tepozotlán con motivo de la necesidad de deshierbar las tierras, tan solo para cubrir el plazo de 10 semanas.

El caso de Tepeji ilustró el mecanismo desde otra perspectiva pues se necesitaba que el juez repartidor “se pusiera de acuerdo “con los principales indígenas o con el cabildo o con ambos, a efecto de lograr su aquiescencia para determinar el número de indígenas que podrían ser repartidos, tratando de que tanto por su número como por el tiempo en que estuvieran ausentes, no se perjudicara la producción al verse abandonadas las sementeras. Como siempre sucedía, los principales destinatarios y perjudicados eran los macehuales jóvenes, que se encontraban en aptitud física de servir con eficacia a los encomenderos, que tuvieran buena salud, que eventualmente fueran resistentes a la falta o insuficiencia de alimentos o caminar largas distancias y a los cambios climáticos. Los principales tenían que asegurar que la integridad de las comunidades no se menoscabara, que el sistema rotatorio (unos indígenas irían en una temporada y otros en la siguiente) se cumpliera de tal manera que las tandas fueran respetadas protegiendo con todas estas previsiones a las viudas, a los hijos, que se quedaban solos por largas temporadas.

En la junta de Tepexiac, el testigo Juan de Olin dijo que en efecto “los macehuales han estado siempre y esta es costumbre de repartir en cada semana a los principales, 200 indios y a las viudas pobres e impedidas otros cientos para que les ayuden a labrar y beneficiar sus sementeras y huertas y hagan y reparen sus casas y muchas semanas menos y aunque falten no les compelan a ellas de su voluntad vienen al dicho trabajo porque se les hace buen tratamiento y de noche van a dormir a sus casas y que si las dichas indias no se repartiesen entre los usos dichos se les perderían sus sementeras y huertas así de riego como de temporal, para la necesidad ordinaria que de dicho servicio tiene y aun sería causa para que muéranse de hambre por no tener quien les siembre”. Otro testigo, Diego de Apac, agregó que los indios proporcionan sus servicios para los religiosos y el monasterio, pero Alonso Tochti aclaró que los trabajos para el monasterio y la iglesia se hacen sin pago alguno.153


Al referirse al área Central del Valle, Gerhard dijo que las poblaciones estaban divididas por unidades políticas y de propiedad llamados calpultin o calpullis, en náhuatl, los límites de un calpulli, colindaba con otro calpulli, los campesinos vivían cerca del campo que cultivaban. “Los ganaderos y los agricultores españoles querían éstas tierras, los encomenderos querían tributos y los frailes tenían a sus fieles dentro de la más corta distancia. En algunas ocasiones varias cabeceras fueron reunidas en un solo sitio para compartir la parroquia y el mercado. Había frecuentes fusiones de capultins, a cada cabeza de familia se la asignó uno solo dentro de la sección del nuevo poblado que estaba destinado a su calpulli y también un pedazo cercano de tierra cultivable”.154 Dijo que los misioneros habían fundado ocho centros de conversión a los que concurrían los indígenas para recibir instrucciones religiosas. Sobre la estructura de capas de los pueblos mencionó a los tlaxpixques que tenían la responsabilidad de recaudar tributos y reunir a los indios requeridos para los trabajos comunales, asistencia a las iglesias dotando a los indígenas de pedazos de terreno cercano a sus casas, que podían conservar a perpetuidad y pagaban una renta anual de un real de plata a la caja de la comunidad.

Los estudios que hizo Gerhard, confirmaron que la vieja estructura de los calpullis persistió todavía por un largo periodo aunque estaban asediados sobre todo por la compraventa de tierras y el consiguiente acaparamiento de superficies de alto valor productivo, en manos de propietarios privados. Se sembraron los gérmenes de lo que después serían las haciendas pues por medio de las composiciones, es decir, de un impuesto especial, todas aquellas operaciones que habían tenido riesgo de ilegalidad o que habían sido francos despojos y atropellos, de pronto, en forma casi automática, se limpiaron de irregularidades y adquirieron plena legalidad lo que significó que muchos acaparamientos que era de facto, también lo fueron de iure, y así muchas comunidades perdieron una gran parte de sus propiedades rústicas y se inician largos, complicados y desgastantes litigios, que incluso muchos de ellos llegaron hasta el siglo XX.

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