Formas de trabajo en la Nueva España T. II capítulo VIII distintas formas de coacción en el trabajo indígena



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El Rey había considerado en julio de 1739 que tanto él como sus predecesores estaban preocupados “porque los indios sean bien tratados con tal precisión que después del gobierno espiritual sean los primeros que se tengan presentes, se cumplan las leyes que en su favor se han dado, se guarden y cumplan de tal modo que no se dé motivo de omisiones, excesos, descuidos en que incurren mis virreyes, presidentes, audiencias y justicia a mil real indignación” y pidió información acerca del estado en que se encontraba esa situación para saber si los indios recibían molestias, agravios o afecciones, si gozan de su libertad o si son oprimidos, si tienen protectores y que personas son, si practicas oficios o tienen descuido y negligencia, si reciben enseñanza y conservación.96

El Rey conocía el grado de cumplimiento de sus múltiples disposiciones legales en la Nueva España por diferentes conductas, desde las oficiales, es decir, las que le enviaban los virreyes, los informes de los Visitadores, los relativos a los funcionarios del Consejo de Indias y de aquellos que habían establecidos juicios civiles y penales contra sus representantes, los documentos que les enviaban los dirigentes del clero, desde la iglesia en general, los miembros de las diferentes organizaciones de religiosos, los visitantes y extranjeros, y otras fuentes. Había un común denominador: nadie objetaba de una manera directa y formal el contenido de sus órdenes, salvo en aquellos casos como en el de Las Leyes Nuevas en que sí se objetó de una manera pública por parte de los conquistadores y sus herederos, reafirmando que todos –salvo las excepciones del caso- estaban de acuerdo en su “justo contenido” y por lo tanto, en su aplicación. De parte de los virreyes había dos tipos de informes: unos, estrictamente oficiales, que eran de carácter rutinario de contenido administrativo y otros, que se denominaban reservados en los cuales, se le denunciaban una serie de graves irregularidades. Seguramente que llegaba mucha información a los miembros del Real Consejo, a los asesores y consejeros y a las demás autoridades oficiales. Prevalecía la convicción, después de valorar estos datos, que muchas de estas disposiciones en realidad no se observaban en la práctica y si lo hacían solo era en parte.

La convivencia y asimilación legal de antiguos tlacotines, ahora al servicio de conquistadores o colonos españoles con numerosos esclavos de origen africano, se dio a partir de la segunda mitad del siglo XVI. Aunque existieron en algunas décadas esclavos indígenas, como los enumerados en las fuentes relacionadas con las empresas de Hernán Cortés, la concepción de «propiedad» era ahora otra en el nuevo contexto, pues se fue dando el paso de tlacotin a «sirviente» o a «esclavo» en el sentido europeo en la nueva sociedad novohispana del siglo XVI. Se pierde por lo tanto la forma indígena de contabilizar los años del empeñado o tlacotin; ahora se impone el derecho de vientre como se acostumbraba en la tradición relacionada con el derecho romano.97

Había un cierto tipo de esclavos en la sociedad mexica, como lo confirmaron incluso algunos dibujos y grabados en que aparecieron unos individuos amarrados de los pies y con colleras, pero el tratamiento que recibían estas personas y las formas con que obtenían su libertad eran muy flexibles y laxas, de tal manera que el empleo de este vocablo puede conducirnos a interpretaciones erróneas. Nos referimos nosotros al esclavo desde la concepción romana, europea y española en que estos individuos eran una cosa, un objeto, una propiedad, que podía comprarse, venderse, como cualquier otra. Muchos tlacotines sirvieron a los españoles pues fueron asignados en calidad de sirvientes y empelados, de trabajadores agrícolas o domésticos y otros fueron tratados como mozos de estribo, es decir, como acompañantes permanentes, pero los conquistadores y los encomenderos les prodigaban un tratamiento más benevolente que a los traídos de África pues estos no habían sido comprados en los mercados sino asignados en las dotaciones de las encomiendas y de los repartimientos.

El libro VI trató ampliamente los asuntos relativos a la libertad de los indios al prohibir que ningún español de cualquier grado o calidad cautivar a los indios, ni tenerlos como esclavos, aun en el caso de que hubiese una declaración de guerra justa y que en los casos de indios que se encontraran en esta situación fueran devueltos y restituidos a sus propias tierras y naturaleza con entera y natural libertad, a costa de los que así los cautivaren o tuviesen por esclavos”. Ordenó que fueran castigados con severidad los encomenderos que en forma oculta o secreta hayan vendido a sus indios. Que no se preste ni se enajene por ningún título, donación, testamento, trueque, con obrajes, ganado, chacras, minas o haciendas y se anularan los contratos que tuvieran esas especificaciones y que los escribanos fueran privados de su oficio, que las indias no sean encerradas para que hilen y tejan lo que han de tributar sus maridos.98

Desde las primeras normas legales, que se recopilaron en las leyes de Indias, se consideraron que los indígenas no serían tratados como esclavos pero después había dos excepciones, salvo en los casos en que los indígenas se rebelaran y que cometieran atentados en contra del español, lo que permitía que algunos españoles esgrimieran el título de la “guerra justa” no solo para cometer toda clase de crímenes contra los aborígenes sino también capturarlos y tenerlos como esclavos, situación que después fue prohibida por el monarca pues era una forma abusiva de violar una norma legal tan apreciada por el monarca. Otra modalidad de esta transgresión estuvo a cargo de los encomenderos que no teniendo realmente ningún dominio sobre los indígenas de que habían sido dotados para fines de explotación de sus tierras, “vendían” indígenas a otros encomenderos o los transportaban ilegalmente a otros encomenderos con quienes se habían asociado. O bien se les imponían gravámenes muy por encima de los niveles de tributación que se habían acordado para cada pueblo, como en el caso de las mujeres indígenas que en muchos casos eran obligadas a realizar trabajos domésticos en las casas de los españoles sin retribución alguna.

El Rey, al nombrar como virrey a Luis de Velasco le recomendó que su “principal cuidado fuera la conversión y cristiandad de los dichos naturales indios y que sean bien enseñados y doctrinados en las cosas de nuestra santa fe católica y ley evangélica y que para esto os informéis si hay ministros suficientes que les enseñen la dicha doctrina y los bauticen y administre los otros sacramentos de la santa madre iglesia; también soy informado que disque muchas veces los que tienen indios encomendados y sus caciques y otras personas impiden a los dichos indos de los pueblos que no vayan a los monasterios donde todos ellos se juntan a depender la doctrina cristiana, diciendo que con aquellos se distraen de pagar sus tributos en lo cual recién los dichos indios muy notorio daño y perjuicio en su cristiandad”.99 Les recordó que su padre, Velasco había quitado el servicio de tamemes “que eran indios que se cargaban y que a su carga hacían y en cuyo trabajo morían muchos” y que si bien ya había caminos y puentes, “no se cargara en los dichos indios para lo cual veréis las previsiones que sobre ello están dadas”.

El monarca había prohibido que los indígenas fueran utilizados como “bestias de carga”, es decir, para transportar mercancías, materias primas, pero también esta norma fue impráctica pues nadie en su lugar podía realizar este trabajo tan fatigoso. De nuevo protestaron los españoles y la norma fue flexibilizada pues se acordó que solo lo “hicieran en función de sus propias fuerzas”, y se estableció un límite en el peso de carga, límite que por supuesto nadie respetaba. Los porteadores siguieron empleándose con una gran intensidad y muchos morían en los caminos y veredas o sufrían frecuentes asaltos hasta que se constituyeron las recuas de mulas que permitían transportar cargas mayores. Pero la mayor preocupación del Rey era la conversión de los indígenas a la fe católica y por ello se dictaron muchas disposiciones legales, medidas prácticas tratando de incorporar a los españoles en la realización de este proyecto de gran envergadura y de largo plazo, pero en la mayoría de los casos no se recibió el apoyo directo de estos individuos que se comportaban sobre todo como agentes económicos.

Desde el año de 1671 se precisaron una serie de atribuciones y facultades que tenían los virreyes entre las cuales se destacan las siguientes: que conocieran en primera instancia las causas de los indios, que tuvieran cuidado en la conversión de los indios, procuren evitar molestias a sus indios, a sus personas, a sus haciendas y que se nombrara en la audiencia a personas de bien, que no se compre a los indios para que al facilitar el trajín de las recuas, hagan aderezar siempre los caminos y hacer los puentes que fuesen necesarios, procurar que en sus provincias haya paz universal y si alguno lo intentase alterar, lo pacifiquen con prudencia, que dejen a la audiencia las cosas de justicia y o se entrometan en ellas, que tengan al cuidado las cobranzas de las rentas reales y que se ponga fin a los perjuicios de los vasallos, entre otros.100

Se dejó a los virreyes la facultad de aplicar, en la práctica, para normar las relaciones entre españoles e indígenas, las normas y leyes que se promulgaban en ultramar, antes de que los Procuradores de los Pueblos entraran en acción. Los virreyes estaban obligados a traducir en los hechos la paternidad de los reyes. Ya que era el contenido esencial de sus disposiciones. Pero los virreyes eran, funcionarios, que mantenía una serie de vinculaciones mercantiles y personales con los españoles, algunos de ellos eran sus amigos y socios y por lo tanto, su actuación estaba sujeta a presiones y exigencias de todo tipo que permitía que muchas normas legales, no se aplicaran de plano, otros lo hicieron a medias, sin que hubiese una consecuencia jurídica política para los violadores. Si hubo casos en que el Rey mandó castigar a algunos españoles que cometieron toda clase de abusos, de excesos y de irregularidades, pero fueron los menos ya que estos individuos tenían que ser llevados hasta los tribunales y ahí juzgarlos conforme a derecho. En la mayoría de los casos, los transgresores a las leyes quedaban impunes, ya sea porque jamás se denunciaba ante las autoridades incompetentes o porque habiéndolo hecho, no se podía comprobar, pues el sistema judicial se hizo muy complicado en poco tiempo.

En la consulta que el Rey formulara al Consejo de Indias, del mes de diciembre, el monarca se pronunció por evitar los malos tratamientos (de los indios) pues Dios los crió libres, se les debe dar entera libertad y para ello que se quiten todas las encomiendas que están hechas de ellos los españoles que los han conquistado y poblado porque en la verdad este parece que ha sido y es daño para la conciencia de su majestad y entraba para la instrucción y conversión de los indios a nuestra Santa Fe Católica que es la principal intención de Vuestra Majestad y ansimismo para que conservación y aumento. Y parece que ansí de golpe se hubiesen de efectuar sin dar recompensa o satisfacción a los españoles que los tienen encomendados sería poner en condición de poder las tierra que se afirma que todos las desampararían y se irían a buscar nuevas y moverían otras alteraciones con desesperación al verse despojados de lo que a su pensamiento tienen por suyo. Para remediar esto ha parecido que luego que señaló a los indios un tributo moderado que pague a Vuestra Majestad cada uno según las tierras y posibilidades que tuviesen y buenamente pudiere pagar y que la mitad de lo que ansí diera de tributo en el primer año, siendo a la persona que ágora lo tienen encomendados y demás de estos se les dieran tierras para sus heredamientos y casas y oficios y otra cosas de las tierra y en este año los indios comenzaran a quitar de la libertad a los españoles perderán algo de la malas costumbres que tienen de servirse de ellos desmoderadamente”.101

Antes de que el Rey autorizara las primeras dotaciones de indígenas para los españoles y las primeras dotaciones de tierra, ya Cortés lo había hecho, primero, en su beneficio personal y directo y después, de algunos de sus capitanes y soldados favoritos. De ello, simplemente informó al monarca sabiendo como sabía que no estaba facultado para ello. Aplicó una apolítica de hechos consumados pues adujo ante el Rey que se había adelantado de esta manera para llevar a cabo una serie de recompensas, ya que de otra suerte se habría presentado un gran descontento. Aunque el Rey prohibió estas acciones, la verdad es que no se hizo nada práctico para cancelarlas. Después ya formaron parte de las múltiples mercedes reales que se dieron.

El Rey dijo al marqués del Valle en el año de 1523 que: “Dios nuestro señor crío a los indios libres y no sujetos, no podemos mandarlos encomendar, ni hacer repartimientos ni encomienda, ni depósito de los indios sino dejéis vivir libremente a nuestros vasallos y que cuando esto llegue y hubiese hecho algún repartimiento o encomienda de algunos indios que hayáis hecho en la tierra a los cristianos españoles, quitando los dichos indios de poder de cualquier persona o personas que los tengan repartidos y encomendados y los dejéis con entera libertad para que vivan en ella, quitándolos y apartándolos de los vicios y abominaciones en que han vivido y estén acostumbrados a vivir como dicho es, atender la merced que en ellos hacemos y voluntad que tenemos de que sean bien tratados y enseñados para que con mejor voluntad vengan en conocimiento de nuestra fe católica…”.102

Antes de que se aprobara la constitución de las encomiendas, el Rey pensaba que las relaciones de los españoles con los habitantes de las tierras originarias, debían fincarse en el amor, el respeto, la justicia y la paternidad de la iglesia. Las primeras disposiciones eran sumamente benignas pues se demandaba que los españoles invitaran a trabajar a los indígenas sin imponerles ninguna forma de coerción directa. La palabra invitar, en la cual se basaron después los repartimientos, indicaba que se exhortara públicamente a todos ellos a que laboraran en las tierras que habían sido entregadas a los conquistadores, que se hiciera esta petición con todo comedimiento y que quizá el mayor atractivo serían los salarios y las raciones de comida que se prometían, se pensaba que algunos españoles pagarían más dinero que otros por los servicios prestados pues imperaba una gran fluctuación en los precios del trabajo y por ello los indígenas estaban ante un mercado de oferta muy atractivo y que aceptarían ser contratados con aquellos que pagaran mejor y entregaran mejores raciones de alimentos y de ropa.

Se le dieron instrucciones al licenciado Luis Ponce de León, juez de residencia en la Nueva España. que en virtud de la desastrosa consecuencia que había tenido la encomienda en La Española, que “no hiciesen repartimientos ni encomiendas, ni depósitos de los indios en la Nueva España sino que se les dejase vivir en libertad, imponiéndoles alguna manera de servicio o tributo por razón del tributo que vuestros vasallos daban a Moctezuma; vista la relación de esta tierra y la manera de las gentes, las costumbres, haciéndoles sus casas y dándoles de comer y otros el oro que sacan de las minas, según la calidad de las tierras con que mora, en lo que corresponde al tributo no conviene por ahora imponerle “y pidió el citado funcionario que discutieran este asunto, sobre todo con religiosos. Se quejó el Rey que varias ordenanzas que él había emitido se habían quedado secretamente, no se habían publicado por parte de los oficiales y “dieran todo los indios que están pacíficos a personas que las tuviesen en depósito” y que se seguían sirviendo de ellos.103

Una vez que el Rey quedó informado que Cortés ya se había adelantado repartiendo tierras para sementeras, solares para construir edificios y casas y dotar grupos de trabajadores para que trabajaran en las nuevas instalaciones productivas, que muchos de ellos estaban practicando en cautiverio, sin tomar en cuenta que los indígenas eran considerados como seres libres, ordenó que fueran liberados y que se les consultara “pacíficamente” que si deseaban trabajar lo hicieran voluntariamente y que aquellos que no accedieran quedaran en total libertad. Después, el monarca se quejó que algunas de sus cédulas no se habían publicado en la Nueva España, queriendo decir con ello que era una maniobra que había realizado Cortés y otros altos funcionarios de la Colonia que estaban en contubernio con los españoles. Para el monarca, entonces, la única obligación que tenían los indígenas era la de pagar un tributo razonable, disposición que considerada en forma aislada, era impráctica, pues de inmediato los conquistadores se quejaron ante la Corte de Madrid que no había mano de obra para trabajar las tierras. Entonces el Rey reculó e hizo más flexible esta prohibición.

Durante su intervención en la Universidad de Guadalajara, en la que recibió el grado de doctor honoris causa, Lombardo precisó que: “la Nueva España nunca fue una nación porque las naciones son, esencialmente hablando, el producto de la etapa ascensional del capitalismo. Las naciones aparecieron en Europa como resultado natural del derrumbe del feudalismo y del nacimiento de un nuevo régimen social en la historia, que es el régimen burgués. Como todo el mundo sabe, durante la Edad Media no había naciones sino estados regionales. Fue la decadencia del sistema feudal de producción y el desarrollo de la nación como institución histórica moderna. Para que una nación exista necesita reunir cuatro condiciones esenciales: una comunidad geográfica, una comunidad económica, una comunidad lingüística y una comunidad cultural. Pero, fundamentalmente, una nación necesita ser una comunidad económica y la Nueva España no lo fue porque no era siquiera un país típicamente feudal sino un país con régimen esclavista. El Imperio español no transportó a la Nueva España sus propias instituciones, no hizo de esta tierra de América una réplica, una repetición de lo que ella misma es. Al contrario, inventó una forma sui generis de la explotación del hombre por el hombre. Esta institución se llamó peonaje que era una de las formas disfrazadas del régimen esclavista”. 104

El debate se suscitó desde el siglo XVIII y se acentuó en el siglo XIX, en el que los criollos y los mestizos advirtieron que la Nueva España ya era una comunidad acabada e integrada, aunque había una serie de rasgos y elementos que indicaban que ello no era así. Cuando nos referimos a esa formación histórica-económica, constatamos la existencia de provincias, intendencias, regiones, separadas y aisladas entre sí, más aun, cuando los intendentes tuvieron una gran fuerza que contrarrestó la influencia y el poder del virrey. Si hubiera un estado y una nación, entonces la autoridad del virrey sería incontrastable y generalizada, pero no lo fue pues la entronización de las intendencias era evidente. Al trasladar las instituciones europeas a la nueva realidad socioeconómica, desde luego, no fueron copias exactas, sino se amoldaron a las características sociales de la población indígena que eran remanentes mayoritarios: los rastros del feudalismo español se mezclaron con los elementos del desarrollo a que habían llegado las sociedades prehispánicas.


Mendieta, en otra carta dirigida al Rey de España, definió las relaciones entre españoles e indios como las que se daban entre el pez grande y el pez chico, “pues no le dejan casa, ni tierra, ni planta que poner, ni los hijos, ni la mujer y sobre esto se ha de servir de ellos por toda cuento quieran hacer, sin echar el español mano a cosa de trabajo y de esta manera poco a poco se han consumado y donde quiera que están entre ellos. Porque hay muchas tierras despobladas y todas muy habitables y muchas de ellas, muy necesitadas de poblarse como en el camino de la de Zacatecas. Es obligado mandar que los indios no sean compelidos a servir a los españoles salvo lo que de su voluntad se alquilaren y los vagamundos, ahora sean indios, mestizos o mulatos o españoles que sean compelidos. Porque son malos los tratamientos que a esta causa de alquilarse por fuerza les hacen, que los llevan como si fueran manadas de bestias, aguijoneándolos y dándoles varapalos, el que los lleva, que va a placer a caballo y dándoles mucha prisa y llegados a la casa de los españoles los encierras y aun algunos en pocilgas inmundas que no se les huyan y los más de aquellos les quitan la pobre ropilla que llevan a cuestas y les hacen trabajar de día y de noche, no ven la hora de escaparse de sus manos y así acaece que si van ordinario el medio o al cabo de una semana, sin su ropa y sin ninguna paga y muchos de ellos con el hambre pasada y desnudez y trabajo no acostumbrado les da luego una enfermedad que los lleva. A causa de estos repartimientos que se hacen de indios para que sirvan a españoles están perdidísimas las tierras y no conservándolos de esta manera porque todos los españoles, hasta el más vil y desventurado quiere se señor, y vivir por sí y no servir a nadie, sino ser servido…”.105

En realidad, a la hora de ser “contratados” para trabajar los indígenas eran compelidos mediante el uso de la fuerza, por parte de los llamados calpixques o mayordomos que empleaban engaños o llevados por medio de la fuerza bruta, eran literalmente amarrados y llevados como bestias hasta los sitios de trabajo, lo que significaba una flagrante violación de las disposiciones de la materia. En realidad, se violaba el principio de la voluntad pues los indígenas era verdaderamente capturados o cazados, como sucedió muchas veces en La Española, con las consecuencias sociales ya conocidas.

Dijeron los franciscanos al Emperador:

“… la concesión del hierro es contra la ley divina, la que no consiente que los libres se los libre e hagan esclavos, aunque en tal servidumbre e tena la autoridad real. Pero podría decir la de nuestro Real Consejo que ellos no dan autoridad para herrar, sino a los que son justamente esclavos. A esto decimos que acá no hierran sino a libres y la razón es porque los españoles tienen sobra de codicia e importunan a sus caciques que les rescaten esclavos a trueca del tributo que les han de dar, y lo triste por verse libre dándoles a sus macehuales libres por esclavos, los cuales por miedo no osan alegar libertad y como el hierro se encomendó y quien le procuró, no cuando hacen larga examinación. La segunda, que tal concesión e contra nuestro imperial oficio el cual es amparar la iglesia en libertad a los injustamente cautivos. La tercera es contra la condición aunque Vuestra Majestad recibió del Romano Pontífice estas tierras para que se convirtiese gente, no para que se vendieran, la cuarta es contra la buena gobernación la que salven por las tierras y reinos se conserven y aumenten y no se destruyan”.106

Los franciscanos y otros religiosos eran partidarios de la existencia de los esclavos, pero se refería a los individuos que eran traídos por medio de la fuerza de las costas de África, pero se negaba a considerar como esclavos a los indígenas nativos, los cuales habían sido considerados como seres libres, pero con una serie de facultades y atribuciones muy disminuidas que podrían subsanarse por medio de un tratamiento paternalista de parte del Rey. En consecuencia, el tratamiento que deberían recibir los macehuales que estaban en un agudo proceso de diferenciación clasista. Ello indica que la estructura económica propia del pasado prehispánico no había desaparecido del todo, sobre todo en las comunidades más rezagadas en virtud del grado del desarrollo alcanzado en este momento, pero había una contradicción esencial entre el pensamiento y el modo de ser de los religiosos y el comportamiento práctico de los conquistadores. Eran dos lógicas de poder y por tanto diferentes formas de operar sobre la realidad humana.

En forma categórica, dijo Las Casas:

“Todos los indios que se han hecho esclavos en las Indias del Mar Océano, desde que se descubrieron hasta hoy, aunque sean hay sido injustamente hechos esclavos y los españoles poseen a los que hoy son vivos por la mayor parte con mala conciencia, aunque sean de los que hubiera de los indios y por no existir una guerra justa en contra de los indios ni príncipe ni rey que los decretara, no había razón para: los españoles se habían dedicado a matar, despojar y robar inocentes, usurparles sus tierras, sus haciendas, sus estados y señoríos y después denunció que a los indios “los han herrado en las caras y otros en los muslos” y que muchos morían al transportase de una región a otra y denunció la existencia de muchos abusos, atropellos y robos en las comunidades de indos, todo ello contando con la participación y complicidad de los caciques que hacían correr la versión de que en realidad esos indios habían sido comprados como esclavos y que todo esto lo sabían los gobernadores y los oficiales de su Majestad. Reiteró que todos los indios vivían “en forma pacífica” en estas tierras.107

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