Formas de trabajo en la Nueva España T. II capítulo VIII distintas formas de coacción en el trabajo indígena



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En las instrucciones a los Procuradores, Cortés se inclinó porque encargados de la fundación, alcaldes de la fortaleza fuera un conquistador pues en ellos hay muchos conquistadores y pobladores que son hidalgos “y recomendó que se permitiera toda clase de importaciones de mercaderías” de tal manera que los vecinos no paguen almojarifazgo por tiempo de 10 años, que se extienda desde el día en que sus majestades nos hiciesen la merced y asimismo que estas partes estén mejor proveídas por la necesidad que en el presente hay que de las islas comarcanas nos provean; que a los conquistados y pobladores se repartan solares e caballerías, peones, los cuales siéndoles señalados por los consejos de esta villa o villas que en esa parte se poblaren, habiéndoles servido dos años que los puedan vender o enajenar y disponer de ella de su voluntad como de coza suya, que los otros vecinos no sean de los primeros conquistadores e pobladores gocen como se suele hacer en la otra isla comarcana”.33 Sugirió también que los proveyera de monedas labradas de plata, también esclavos y esclavas.

Cortés actuó políticamente con un absoluto pragmatismo pues aspiraba a que las nuevas políticas públicas que aplicara la Corona le beneficiaran a él como un gran propietario e inversionista que era y a sus compañeros de armas, tratando de aprovechar una gran ventaja que tenía como grupo: habían sido los conquistadores de los mexicas, conocían gran parte del territorio que había estado bajo su dominio, así como a muchos de los pueblos que habían estado sojuzgados por los mestizos. Además, el Rey estaba demasiado lejos de estas tierras y por lo tanto no podía tener una jurisdicción plena sobre estas regiones; los representantes estaban vinculados con los conquistadores desde el punto de vista de los negocios y empresas mercantiles que tenían prospectados llevar a cabo y se requería un “hombre fuerte” que desempeñara una función de contrapeso respecto de La Audiencia que estaba integrada en su mayor parte por funcionarios corruptos y ambiciosos que deseaban beneficiarse con la encomienda y las mercedes reales y otros privilegios. Tambi9én prevalecía el hecho de que en esas condiciones sociales y políticas, la fuerza política del virrey era muy débil.


Definió Ajofrín que: “son incansables los indios en el trabajo; su tarea en las haciendas era de 12 horas al día, aunque trabajan despacio y flojamente por lo regular. Su comida con una tortilla de maíz y chile, pimienta molida en agua de sal. Y con toda esa sobriedad, viven fuertes y sanos que no les hace impresión el agua, ni el sol, ni el viento, ni ninguna intemperie y que siempre están expuestos por sus pobres vestidos, reducidos a un cartoncillo de lana a raiz de la carne y unos calzones de paño burdo o de palmilla, sin más calzado que unos techailes o cacles que son una suela de zapato, hechas de cuero amarradas por encima del pie con correas del mismo cuero, aunque los más andan descalzos y sin mucho abrigo. El descanso que tienen en la noche es sobre el duro suelo, sin más cabecera que una piedra o un madero, ni más abrigo que una tilma o manta de algodón y lana, que también les suele servir de único vestido. Hacen un nudo en la esquina; meten el dedo gordo del pie en el lazo del nudo para sujetar la escasa cubierta de la reducida y corta tilma. Su casa es una choza o jacal extremadamente reducido, sin más alhajas y cofres ni adornos que unas estampotas de papel y alguna efigie de Jesucristo. Su pobreza es la mayor; sin ningún apego a las cosas terrenas, indomables. Entendiendo que salir del día, están contentos sin deseos para mañana. Verdaderamente me confundió el ver tanta aspereza y vigor en estos miserables indios, que solo ofrecen a Dios, tendrá de su Majestad un premio grande. Los indios son más capaces tanto para las ciencias y artes liberales como para las matemáticas. Hay entre ellos muy buenos latinos, filósofos, teólogos, moralistas y aun comunistas y así salen bellos eclesiásticos y predicadores. Son primarios escultores y en estas facultades he visto obras perfectísimas y acabadas y lo más singular es que no tienen los instrumentos propios de su oficio”.34

Ajofrín conoció directamente varias haciendas en el Valle de México y por ello constató de una manera objetiva las condiciones de vida de los peones y gañanes, de los cuales no consignó la existencia de un salario, sino tan solo que recibían distintas raciones alimenticias. Si comparamos estas condiciones de vida y de trabajo con las que había en los obrajes y en las minas, encontramos que estas era más deprimentes pues los trabajadores laboran en espacios cerrados, en sitios mal ventilados, mientras que los gañanes lo hacían a “cielo abierto” pero sus ingresos eran más reducidos y sus jornadas laborales más prolongadas pues casi vivían en el territorio de las haciendas.

El Cabildo precisó que estaba prohibido que los españoles compraran obras hechas por los indios y luego las vendieran a un precio mayor ya que ello perjudicaba a los moradores de la ciudad. Se refería especialmente a los zapateros, cordoneros y candeleros “y a los de cualquier otro oficio que no puedan comprar ni compren cosa alguna de los indios” y luego las vendan en sus tiendas, ni en sus casas o fuera de ellas. Quedaba prohibido también que a los indios les dieran cáñamo para que trabajen con él y lo labraran, aplicándoles penas muy severas.35 Estaban preocupados los regidores por la feroz especulación que se vivía en la ciudad, lo que encarecía los precios de los artículos de primera necesidad y violaba las normas de pesos y medidas por lo que se acordó triplicar las penas a los que de manera recurrente, incurrieran en esas prácticas.36 La situación era alarmante pues en la reunión del 15 de mayo se quejaron los regidores que había un gran desabasto de alimentos “pues muchas personas se quedan sin comer muchos días por no haber trigo ni maíz para remediar sus necesidades por lo que pidieron al rey se tomaran medidas para que sí hubiera bastimentos”.37 Tomaron medidas para evitar que se pudiera vender el trigo a precios muy elevados afectando a la población por lo que se establecieron precios fijos.

En varias etapas, la situación económica de la ciudad de México era complicada y difícil pues no había el abasto suficiente de alimentos lo que obligaba a las autoridades a revisar y plantear sus relaciones con los distintos grupos sociales, en particular con los indígenas que habitaban en los barrios periféricos y más aun en los pobladores comarcanos, ubicados en las riberas de los lagos. Desde un principio, estos fueron “nuevos tributarios” pues se les condenó no solo a proporcionar los servicios personales, no obstante que estaban expresamente prohibidos por el Rey sino también alimentos y materias primas. A la vez que se pretendía proteger a los aborígenes, de conformidad con la paternidad del Rey, se requería el empleo de su mano de obra ya que de otra suerte no podrían cumplirse con los planes constructivos de Cortés. Se trataba de establecer con ello una relación de intercambio comercial que fuera justo y humano, pero la lógica de los conquistadores era contraria a esos propósitos utilizando al Cabildo como uno de sus instrumentos políticos de dominación.


Con fecha 16 de mayo de 1618, Enrico Martínez le dirigió una carta al Rey en la que le informó de los trabajos que se hacían para evitar las inundaciones de la ciudad de México pues trabajaban muchos indios a los cuales se les pagaban 5 reales por 7 días de trabajo, se les daba una libra de vaca cada día y un almud de maíz por 7 días y se dedicaba a guardar los ranchos y las herramientas, a traer agua y leña, a servir en los almacenes y algunos son cocineros, habiendo muerto en dicha obra 8 indígenas.38
En cuanto a los mulatos que trabajaban en la estancia de ganado mayor, del año de 1579, el virrey Martín Enríquez determinó que “ninguno de ellos en esta Nueva España puedan pedir ni llevar de salario cada un año más de hasta 40 pesos de oro común y el que de ellas fuera caudillo e estuviere como tal en alguna estancia hasta 609 pesos el dicho oro y no más”.39

Las estancias de ganado eran formas de economía pre capitalista o capitalista tanto por la forma como se habían constituido, por medio de mercedes reales, como por la forma de financiamiento, pues estaban a cargo de inversionistas privados, como por el objeto de la producción. Las mercedes reales que protegían estas formas de producción permitían que los propietarios e inversionistas realizaran proyectos de largo plazo; de 40 hasta 50 años, que podían fraccionar o vender a otros españoles y para ello requerían de amplias superficies de tierra de agostadero, algunos de los cuales eran propiedad de los pueblos y comunidades. Era un uso intensivo de las tierras, tratando de obtener frutos mayores que los de la producción agropecuaria cerealera pues del ganado podían derivarse muchas materias primas y alimentos que eran necesarios para las grandes ciudades. Por ello, los trabajos eran retribuidos mediante un salario metálico.


La reina fue particularmente sensible a las peticiones de los indígenas que como los de Rinconada y Zempual “estaban perdidos y destruidos y en mucha necesidad por los muchos tributos con que han servido a los cristianos y que si no se les hiciese alguna merced y relevación de los dichos trabajos y servicios por algún tiempo se acabarían por perder. Y nos fue suplicado y pedido por merced los mandásemos revelar y libertar de los dichos tributos y servicios por dos años y que en este caso se remediaran”. Pidió la soberana que la mantuvieran periódicamente informada de las “cosas que sucedían” en la Nueva España “para poder ponerles remedio”, pero después demandó que los indios construyeran una casa y un ministerio, el de San Francisco, pero también ordenó que a los “maestros y oficiales, allende de los indios, que en la dicha labor y edificio hubiesen de entender, de vuestra hacienda paguen 200 pesos de oro, que valga cada peso 450 maravedíes, de que no hacemos merced o limosna. También ordenó la construcción de casas en las cuales se enseñaría la “santa religión” a los niños hijos de los caciques y principales y les autorizó pedir limosna para financiar tales obras. 40

Aunque se había preconizado que el nivel de los tributos que por medio de las encomiendas pagaran los indígenas fuera el mismo que habían tenido durante el reinado de Moctezuma, que fue concebido como la “carga que humanitariamente podían soportar”, “ni más ni menos”, la verdad histórica indicó que al imponer las tasaciones bajas la administración de los virreyes Mendoza y Velasco, muchos de estos límites se excedieron, lo que concitó las protestas de los habitantes de los pueblos. Se había prohibido la prestación de servicios personales por métodos coactivos y sin pago de salarios de por medio, pero los Reyes ordenaron a varios pueblos que suministraran mano de obra para la construcción de iglesias, hospitales y escuelas, en un esfuerzo por constituir la infraestructura material de las iglesias y de sus distintas órdenes religiosas. En estas obras, se pusieron límites al número de indígenas que podían o debían laborar, así como se garantizó el pago de un salario.

En el caso de la solicitud de la directiva del convento del Carmen, encabezado por fray Joseph de Jesús María solicitan al virrey y fue permitido por este, que prestaran sus servicios doce indios peones por tiempo de tres meses para efectuar obras en dicho convento”.41 También autorizó a la Compañía de Jesús que un grupo de 20 indios se presentaran a trabajar en las labores de trigo y maíz que tenía la congregación y que le servía de sustento, sobre todo prestarle su esfuerzo a la temporada de desyerbar y cosechar. Igual petición le hicieron los religiosos de la orden de San Agustín que pedían mano de obra indígena para proseguir la construcción de su templo. Finalmente el virrey ordenó que se suspendieran esos servicios personales y que los indios se presentaran en la plaza pública “para que pudieran alquilarse con la persona que ellos quisiesen de tal manera que los representantes de la autoridades estuviesen presente durante el acto de la contratación de tal manera que los naturales tuviesen libre elección y voluntad de tal manera que tengan tiempo para el descanso y ocuparse de sus granjerías y modos de vivir”. Sin embargo, ordenó que los indios fueran compelidos y sacados a la plaza pública, castigándolos si faltaren, es decir, estaban obligados a alquilarse.42

Los jefes de las órdenes religiosas solicitaban al virrey la participación de la mano de obra indígena para la construcción de obras propias de su ministerio, esos funcionarios estudiaban la solicitud tomando en cuenta la naturaleza del solicitante, las influencias que tenía en la sociedad política y una vez acusada dicha solicitud, esta se enviaba a los jefes de los pueblos o mandones para que integraran las cuadrillas correspondientes, pero también se daban las ocasiones en que dichas solicitudes eran denegadas. Las órdenes religiosas tenían, además, sementeras de maíz, trigo, árboles frutales, estancias de ganado, de las cuales obtenían recursos económicos para su funcionamiento, pero requerían mano de obra adicional, sobre todo en las épocas de cultivo y de la recolección de frutos. El virrey era objeto de toda clase de presiones políticas, para que autorizara las tandas, los plazos a que se debían sujetar.

De acuerdo con las disposiciones en rigor, todas las personas y cosas que eran trasladadas a los reinos de Indias debieran ser registradas en forma escrupulosa, tarea que estaba a cargo de los contadores de la Casa de Contratación. Sobre todo esto era una obligación de los mercaderes, que hecho el registro correspondiente no se introduzca cosa nueva alguna, si un navío no acataba esta norma al llegar al puerto sus mercancías serían decomisadas; deberían registrarse sobre todo el oro, plata, joyas, metales, azúcar, que ninguno registra cosa ajena por suya, ni de otro que sea su dueño; que no se venda oro, plata, ni cosa alguna antes de llegar a Sevilla; el encomendero que enviare oro, plata, y perlas o cualquier otra cosa sin registro incurre en la pena de decomiso, entre otras.43

Los funcionarios de la Casa de Contratación establecieron controles muy rigurosos tanto para la importación de máquinas, herramientas, equipos y , como para la entrada y salida de individuos tratando de establecer lo que sería una migración intensiva. En primer lugar, se trató de garantizar que solo llegan a la Nueva España personas que profesaban la fe católica y que estaban ajenos a cualquier grupo protestante o disidente, evitando que los conflictos religiosos que había en Europa se transmitieran hacia América. En segundo término, que fuesen labradores, artesanos, técnicos, individuos que pudieran desempeñar una profesión y un oficio, que ampliaran y enriquecieran las actividades sociales, económicas de la colonia y que evitaran que individuos sin “oficio ni beneficio” llegasen y después constituyeran una carga para la sociedad y la economía novohispana. No se prohibía que viajasen “pobres de solemnidad”, como se decía a personas de bajos ingresos, pues se suponía que no estaban en una situación extrema puesto que habían pagado su viaje desde Cádiz, por ejemplo. Por el lado de las exportaciones de la Nueva España destacaba la vigilancia extrema que se tenía para evitar que el oro y la plata, tanto en metal como en objetos terminados, pudieran salir ilegalmente o de contrabando.

González Cosío definió la enmienda como una forma de distribución del trabajo de los indios de naturaleza forzada en la que los españoles no estaban obligados a pagar ningún salario sino solo a instruirles en la fe religiosa y consideró que era una institución parecida a la behetría que había en España por medio de la cual los propietarios rurales buscaban protección de los caballeros a cambio de pagarles una parte de los productos de la tierra. Bartolomé de las Casas luchó en contra de este sistema de repartimiento logrando que en 1542 se emitieran una serie de ordenanzas por las cuales se eliminaba este tipo de repartimientos, se dictaban leyes protectoras de los indios, supresión del derecho hereditario sobre las rentas, proscripción de los servicios personales en la encomienda y después se dictaron otras leyes con la misma intención, como la del año de 1601 en que la encomienda prácticamente ya no tenía razón de ser al transformarse las tandas o el cuatequil “en un sistema básico de organización de servicios tanto en las minas como en la agricultura. El alquiler libre de los indios se hacía en la plaza pública, las autoridades señalaban los lugares de enganche, quedando a criterio de ellos escoger a la persona a quien alquilarse. Una vez suprimidos los servicios personales en la encomienda, este se convirtió en una forma económica del cobro de tributos, siendo reemplazados por el trabajo forzado y el alquiler voluntario”.44

El trabajo en las encomiendas era de tipo pre capitalista, es decir, no se pagaba salario alguno sino era más bien la prestación del trabajo mediante una contraprestación social, es decir, era una forma de pagar los tributos, pues a su vez, constituía una obligación universal de todos los habitantes de la Nueva España, con la excepción de los niños y de los ancianos mayores de Gobierno. Además, a cambio de este beneficio económico, los titulares de las encomiendas debían brindarles protección en los casos de que se presentara un peligro o una agresión externa y dar facilidades, como otorgar un terreno para la construcción de una ermita o una iglesia, para llevar a cabo las tareas de catequesis y adoctrinamiento religiosos. Este sistema pronto demostró sus limitaciones pues carecía de un elemento muy importante: no se pagaba un salario metálico en forma directa, lo que provocaba que los indígenas trabajaran de mala gana, lo cual no convenía a los encomenderos ni al Rey.

“La mano de obra para las grandes propiedades y para otras industrias europeas le proporcionó al nuevo sistema, la existencia de enormes latifundios semifeudales en el peonaje, en vez de aplicar el anterior de exigir levas de mano de obra a los pueblos indígenas. El nuevo procedimiento, que ligaba a los trabajadores con el patrón mediante un vínculo permanente y que los radicaba en la hacienda o en el taller del amo, extrajo para siempre a los nativos de sus poblados originales. Los pueblos indígenas perdieron así una cantidad importante de miembros. Al mismo tiempo, los nuevos peones fueron trasladados a los centros urbanos o a los latifundios europeos, donde se mezclan libremente con la gente llegada de otras zonas y se hispanizaron rápidamente. Por lo tanto, la notable y sostenida despoblación que tuvo lugar en los siglos XVI y XVII produjo la sustitución de los indios por una nueva población mestiza y europeizada y favoreció en gran manera la formación de latifundios cuya mano de obra se formaba en base a el peonaje”, dijeron Borah, y Cook.45

El peonaje fue un paso hacia adelante en el desarrollo evolutivo pues este trabajador de las haciendas ya era “completamente libre” y se comprometía “voluntariamente” con sus explotadores, más allá que cualquier otro trabajador que hubiera existido en el pasado y en el presente. La aparición de concentración de tierras, que en su conjunto implicaba grandes dimensiones, surgieron con una gran intensidad en el siglo XVII, se fueron desarrollando en los siglos siguientes hasta llegar el siglo XX siendo la forma de propiedad más grande y significativa. Lombardo Toledano afirmó de una manera grafica y elocuente que los hacendados y los latifundios se “habían tragado a los pueblos” confirmando la tesis de Borah en el sentido de que estas formaciones económicas atrajeron a grandes grupos humanos para trabajar en ellas y al hacerlo quedaron incorporados físicamente a los cascos de las haciendas y se convirtieron en pobladores de los latifundios. Estos fueron verdaderos invasiones, más eficaces que cualquier otro procedimiento o normas que se habían fijado en el pasado.


También Newson consideró que el tratamiento brutal a que eran sometidos los indígenas por los españoles al grado de convertirlos en esclavos, fue un factor que contribuyó a disminuir las poblaciones indígenas. Describió las ventajas de las encomiendas pero también sus limitaciones y desventajas, como el hecho de que no podían controlar poblaciones enteras y tampoco eran fáciles de controlar los grupos tribales. Entre las actividades más importantes a las que se dedicaron los españoles estaban “la manufactura de textiles que estaba asociada a la cría de ovejas en la cuenca de las tierras altas de Puebla, Tlaxcala y Querétaro. Los obrajes, como las minas, se convierten en centros de mezclas de razas que pusieron en contacto a trabajadores de diversos orígenes étnicos”.46 También la producción de azúcar y cacao generó altas demandas de mano de obra y una rápida adquisición de tierras.

El gran impulso que los españoles dieron a las actividades agropecuarias vinculadas a la producción manufacturera, por ejemplo, la cría de ovejas, se convirtieron en el factor dinámico y moderno pues la ganadería se transformó al poco tiempo en una de las funciones más productivas y rentables de toda la Nueva España. Con la cría de ovejas se aseguró a los obrajes una materia prima suficiente para que laboraran en forma ininterrumpida y se pudiera abastecer la demanda de sayales, frazadas y telas que se requerían en todas la regiones. Así fue clara la fisonomía comercial e “industrial” de ciudades como Puebla, Tlaxcala, Guadalajara, Querétaro, Toluca, Valladolid , que al poco tiempo se transformaron en zonas agrícolas por una parte y por la otra “industriales”, es decir, aparecieron muchas “fábricas de paños”, lo que cambió su fisonomía económica y social. Como afirmó Newson, los españoles se dedicaron fundamentalmente a la actividad más rentable, aquella que no incluía la economía indígena, aprovechando la mano de obra esclava o semiesclava y las materias primas que les entregaban los agricultores y la ganadería.

El virrey Luis de Velasco reiteró que en varios distritos de Guerrero se extorsionaban a los indígenas que cultivaban algodón y que los españoles les compraban al precio que ellos querían, con la complacencia de la justicia y de otros funcionarios. “Un pobre indio que trabajaba con empeño y tesón en sembrar una fanega de algodón en los cortos ratos libres que le dejaban sus señores, podría hacerse ilusiones para recoger un regular producto de la tierra que con su sudor había regado, siendo esto lo justo; pero después, cuando veía que su empeño había sido estéril, que su trabajo era sin valor, obligándole a vender lo que cosechaba, a un precio vil, natural era que desmayara y que disminuyera su ahínco por ganarse una posición mayor. Las disposiciones dictadas por don Luis de Velasco fueron benéficas a los indios, en su contenido; pero ¿a caso se llevó a efecto? Seguramente que no, pues que algunos años después se dictó una medida de similar contenido”.47 Hubo también abusos contra los tejedores de algodón en el poblado de Ometepec pues no les pagaban salarios y lo mismo aconteció con otros poblados de las costas del golfo de México o del Pacífico.

La rama industrial del algodón fue una de las que más se desarrolló en la nuevas circunstancias sociales y económicas pues tenían a su alrededor todos los prerrequisitos para hacerlo: una larga tradición laboral en este campo de los pueblos prehispánicos, grandes extensiones de tierra de agostadero que circundaban a los pueblos y a las ciudades, corrientes de agua para riego, así como la posibilidad de vender el algodón a un “buen precio” pues se trataba de una rama muy rentable. Así se promovió el progreso de la industria del algodón, situación desde luego novedosa para muchos pueblos que por razones de consumo no eran favorables realizar este tipo de actividades. Sin embargo, la posibilidad de que los indígenas mejoraran en forma considerable su ingresos dedicándose a estos cultivos rentables se convirtió en muchos casos, en una ilusión económica, pues los precios que pagaban los españoles pro cada arroba producida, era muy bajo, mientras que los costos de producción eran muy elevados.

Uno de los grupos beneficiados con el reparto de mano de obra indígena fue el de los agricultores que tenían tierras de labores y de beneficio de trigo del cual fabricaban el pan que se consumía entre la población. En la mayor parte de los casos el virrey permitió los repartimientos iniciales y después autorizó varias ampliaciones. En el caso de Francisco Moellones, de Tulancingo, este dijo que tenía muchas sementeras de trigo pero que no tenía suficiente mano de obra por lo que “estaba sufriendo grandes pérdidas y que era uno de los que más trigo producía en la comarca”.48 En el pueblo de Tulancingo, María de Bobadilla tenía una libra de pan y por ello necesitaba indios para sembrar trigos.

Otra de las actividades que fueron favorecidas por las políticos oficiales fue la del cultivo del trigo para satisfacer una demanda propia, creciente, de los españoles, la fabricación de pan en sus diferentes modalidades, siendo el trigo uno de los cereales favoritos. En la Recopilación de Zavala, relativa a los repartimientos de mano de obra, encontramos que los virreyes autorizaron muchas personas para que los propietarios pudieran tener un creciente volumen de mano de obra, indicando con ello que eran parte esencial de la política gubernamental, aseguraran el suministro de alimentos para las ciudades. La fabricación y consumo de pan se incrementó de una manera sostenida y para ello se necesitaba que hubiera suficientes sementeras en las poblaciones aledañas en las ciudades medianas y pequeñas pues siempre había el riesgo de que se quedaran sin los suministros correspondientes. Los virreyes autorizaron casi todas las solicitudes que les formulaban los encomenderos y se beneficiaron de las mercedes reales pues habían aparecido batanes y molinos en gran número y estos se incrementaban constantemente y ya se había hecho una serie de inversiones que no se podían abandonar. Era muy común que además se permitieran las ampliaciones tanto del número de indígenas repartidos como de los tiempos de duración de las tandas.

Como bien lo dijo Garcilita Castillo49 en las encomiendas había desde luego muchas dificultades para imponer un salario monetario entre los trabajadores agrícolas pues los primeros colonizadores no disponían del capital y de los créditos suficientes para establecer ese sistema de pagos, no había mercados, las prácticas mercantiles estaban limitadas aun entre los españoles. “Los avances técnicos que trajeron los españoles fueron principalmente ciertas invenciones mecánicas y el empleo de la rueda que fue decisiva para el desenvolvimiento de la colonia. La imprenta, la pólvora, el arado y otros instrumentos fueron igualmente importados en esta fase. También trajeron animales domésticos de gran utilidad para la nutrición, la agricultura, el transporte, tales como el ganado vacuno, ovino y caballos y por último ciertos cultivos cuyos frutos eran desconocidos entre los pueblos conquistados. Los españoles trajeron consigo los implementos agrícolas de hierro para labrar la tierra que se usaba en ese tiempo en su patria y entre ellos destacaba por su importancia, para ampliar notablemente el cultivo de los cereales, el arado, la azada o azadón”. Destacó la gran trascendencia económica y social que tuvo la introducción del trigo a partir del año de 1521 en que comenzó a propagarse en la zona de Puebla y que bastaba para surtir a la ciudad de México.

La aplicación de innovaciones tecnológicas, sobre todo con el uso masivo de herramientas de metal, así como la utilización sistemática e industrial de la rueda, fueron jalones para el desarrollo de las fuerzas productivas en la agricultura primero y después, a la manera de un fenómeno expansivo, en las otras ramas de la economía regional. Los volúmenes de producción crecieron en forma señalada, se contrataron más trabajadores para las sementeras y también se mejoró la dieta alimenticia de grandes sectores de la población, incluyendo a los indígenas, que empezaron a consumir productos de origen europeo. La agricultura creció en forma considerable no solo por la cantidad de alimentos que producían sino por la diversificación de sus cultivos, mejorándose, por ejemplo, la ganadería pues ahora había más y mejores alimentos para el ganado. Si la ganadería creció en forma adecuada como resultado de la prosperidad de la agricultura, también lo hizo la industria manufacturera aportada por los aborígenes.


Hubo protestas de los indios de Otumba y Tepeapulco contra los licenciados Maltienz y Delgadillo pues además de compelerlos a entregarles enaguas, camisas, sillas, ladrillos, maderas y piedras “se les obligaba a que les labrasen sus casas y edificios y tanto los domingos como los días de fiesta, no se les dejaba holgar y cayó una mina y mató a un gran número de ellos”. Desde luego esos funcionarios negaron estas acusaciones pero algunos testigos dijeron que “si los habían visto” construir casas y edificios, así como huertas, sobre todo por el camino a Chapultepec. Sobre todo un testigo que se llamó Alonso López dijo que había entregado 203 vigas, 22 postes gruesas, 4 mil ladrillos y que habían recibido 30 esclavos de las regiones de Panuco y Oaxaca a don Diego, otros testigos reafirmó que “los indios de Otumba, Tepeapulco y Texcoco hicieron las casas de Niño de Guzmán tiene en el camino de Chapultepec, las casas que tiene el licenciado Delgadillo en Tacuba; Antonio Velázquez, testigo, vio que los indios traían 2 ruedas de molino y que a Delgadillo le dieron ladrillos para construir dicho molino. Delgadillo reconoció que había utilizado indios para que le construyeran una casa y una huerta en Tacuba y que les había pagado “con una cierta cantidad de ropa, cacao y puercos y al investigar esta ciudad el alcalde ordenó a Delgadillo que pagara al pueblo de Texcoco, 500 mantas, el de Otumba 600 y al lado de Tepeapulco, 400 mantas.50

La asignación de indígenas por medio del sistema de repartimiento tenía que especificar no solo cuántos de estos se requerían sino también, los fines concretos y específicos a los que se dedicarían, sin que existiera una variación al respecto, pues era causa de cancelación de dicha concesión. Por las protestas que se suscitaron los funcionarios de la Real Audiencia y de otros órganos de gobierno, dedicaban en la ciudad de México, se puede concluir que eran por lo menos frecuentes estas transgresiones a la legalidad, lo que aparentemente molestaba a los virreyes que desde el punto de vista formal no estaban de acuerdo con la sobre explotación de la mano de obra. Es decir, en el Archivo General de la Nación estaban las autorizaciones que había por escrito pero después se les empleaba para otros fines productivos, tratando los virreyes que los repartidores atendieran la producción para fines sociales y no para beneficio de un particular, como eran los casos denunciados.

Una de las ordenanzas más importantes es la de fecha 7 de diciembre de 1603 que prohibía que los indios pudieran ser cargados de mercaderías, aves, frutas, y otras cosas “aunque sean leves y de poco peso, recibiendo, entre todas las cosas, información de cómo halla cargar aquellos indios, los haga descargar y los envíen a sus pueblos y embarquen las cargas, poniéndolos en inventario y las retenga en su poder”. Pero aclaró que esta protección o prohibición, no debería entenderse “para los indios trajinadores y forasteros, siendo de su voluntad ni sobre ella les hagan ninguna molestia ni agravios.51

Determinó el virrey que los indios de Eroagaricuaro y Zirandaro no fueran maltratados ni tomados como tamemes en Guayangareo “en donde residen los españoles y otras partes y les hacen asimismo llevar cargas como tamemes de lo cual se les ha seguido y siguen notables agravios y perjuicios porque no pueden entrar en sus labranzas y sementeras ni coger sus maizales, ni ocuparse en las otras cosas necesarias para su sustentación y de sus mujeres e hijos por lo cual han padecido y padecen grandes necesidades. Especificó el funcionario que los indios no “fuesen llevados contra su voluntad, ni que fueran compelidos a trabajar como tamemes”.52

La falta de bestias de cargas, de caminos en buen estado, fue factor que retrasa .sin duda, el desarrollo de las fuerzas productivas pues era muy difícil, lento y costoso transportarse mercancías, productos, bienes, de una población a otra. Estas diferencias, propias de la estructura productiva existente desde la etapa de los mexicas, se trataron de resolver en forma satisfactoria pues se obligaba a los pueblos a que transportaran los tributos hasta determinada población en donde había trojes o depósitos, pero después los tlatoanis tenían que llevarlas hasta la ciudad de México, por ejemplo. Después descentralizaron estas funciones y prefirieron que una gran parte de estos tributos se quedaran en las cabeceras de los reinos que estaban sometidos o en dónde tenían aliados, como en Texcoco, pero no fue posible que este problema básico se resolviera. Los españoles se enfrentaron al mismo, con grandes dificultades y por ello en una primera instancia decidieron organizar grandes cuadrillas de tamemes o cargadores, pero al poco tiempo, el Rey prohibió estas prácticas, además de que, fue insuficiente en sus resultados económicos. El hecho de que se utilizara a muchos indígenas para transportar productos, bienes, materias primas o alimentos, implicaba que se ausentaran de sus poblaciones de origen, que abandonaran el cultivo de sus sementeras, perjudicando el consumo de la población en general.

Se publicó un informe acerca del reparto general de indios que se habían hecho en Cuba por parte de Diego de Velázquez que había tenido muchos defectos, “que deberían tomarse en cuenta en la Nueva España para no cometerse”. Recordó que inicialmente se había acordado dar a los conquistadores 200 indios y a los principales 100 indios pero el escribano al revisar los registros encontró que por ejemplo el tesorero Pedro Núñez de Guzmán se le habían dado 207 indios como personal de servicio, al contador Pedro de Paz, la cantidad de 279, a Bernardino Velázquez, 117 persona, a Gonzalo de Guzmán 180, a Andrés de Duero, 256, al bachiller Alonso de Parada, 90 personas pero había “hartos repartimientos que no llegaban a 300 a 200 personas y otros ni a 10 y otros ni a 5 personas”. En cambio a Manuel de Puga 260 personas.53

Desde un principio, los repartimientos de mano de obra fueron ilegales, hasta que el Rey y el virrey los reglamentaron, pero siempre había muchas violaciones a las disposiciones reales. Los jefes de los conquistadores no estaban autorizados a otorgar estos servicios a sus compañeros de armas y sin embargo, lo hicieron de una manera frecuente y arbitraria, como se demuestra con el caso de Cortés, que se adjudicó atribuciones que no tenía. Se dieron cuenta de que era absolutamente necesaria la mano de obra indígena y de eso cobró conciencia el rey y por ello en la primera etapa se “hizo de la vista gorda” en materia de repartimientos. Se asignaban para fines oficiales una cierta cantidad de indígenas pero en la práctica era mayor la cantidad asignada a algunos conquistadores que eran favoritos de la Corona y de los jefes de las expediciones. En cambio, otros españoles se quejaron en forma recurrente que aunque se les habían otorgado tierras o encomiendas, no tenían mano de obra para explotarlas.

Ramírez dijo en su carta al monarca que el oidor de la Real Audiencia, licenciado Tejeda, obligaba a los pueblos de la provincia de Chalco a llevar a la ciudad de México bastimentos, leña y yerbas, que esto había perjudicado sobre todo a los macehuales a muchos de los cuales se les había sometido a prisión e indicó que también había excesos y robos de parte de los caciques y principales en contra de macehuales. En Oculina, encomienda a Pedro de Solís, dijo Ramírez, los indios sufren “demasiados tributo y malos tratamientos por no poder cumplir con las tasaciones impuestas; en el pueblo de Tecama, así como en Estapaluca también los indios sufrían elevadas tasaciones. Señaló que los encomenderos y otros propietarios vivían en la ciudad de México a donde los tenían que llamar para que se presentaran ante la justicia ordinaria.54

De acuerdo con los datos históricos, eran muy frecuentes los abusos y atropellos que cometían los miembros de la Audiencia y en general los funcionarios del nuevo gobierno colonial, al excederse no solo el nivel de tributos que se imponía a los pueblos sino también al obligarlos a llevar a la ciudad de México bienes, productos y materias primas que no estaban debidamente especificados en las tasaciones. Pero estando prohibida por el Rey la prestación de los servicios personales, entonces no podían obligar a trasladarse a los indígenas utilizando métodos coercitivos y menos aun, a sus esposas e hijos, pero lo hicieron con mucha frecuencia. Los miembros de la Audiencia decían que era Cortés quien cometía toda clase de excesos y este a su vez los acusó a ellos de incurrir en esta conducta que ciertamente era condenada por el Rey pero que difícilmente se les aplicaba sanción alguna, o bien esta era extemporánea. El informe de Ramírez, por ejemplo, señaló que se aplicaban “penas de prisión “ a los indígenas que no cumplieran con las obligaciones fijas y más aun, con las no autorizadas, pero los trámites en los juzgados eran muy lentos y parciales pues los conquistadores tenían a su servicio a los alguaciles, alcaldes, justicia, oidores y otros miembros de la judicatura. Ellos mismos también estaban incluidos entre los beneficiarios de los repartimientos.
Lebrón, que había visitado sobre todo pueblos de la Nueva Galicia dijo: “libremente ansi mismo en los pueblos visitados, de esclavo que había ansi déspota como ante los mimos indios más de 600 esclavos indios e indias que hasta ágora han estado en toda sujeción como en tiempos de su infidelidad. Ansi mismo se libertaron gran suma de naborios que aunque no tenían titulo, ni hierro de esclavos estaban en la misma sujeción y la servidumbre que esclava, serían otros tantos como los esclavos del capítulo precedente, mandándoles pagar alguna manera de recompensa aunque bien poco y por poco que era la paga que se les mandaba dar, eran tan agradecidos de parte de los indios como sentidos de parte de los españoles, había naborios desde el tiempo que se diera de paz y otros de menos que estaban en la servidumbre sobre dicho: la paga que se les mandaba dar con no haberles dado sus amos a muchos de ellos de comer ni vestir en los ratos que podían haciendo sus sementerillas para el dicho efecto eran ordinariamente a peso pero al año son 8 reales, más o menos la calidad del servicio de la persona”.55 Agregó que al hacer justicia muchos españoles blasfemaban entre dientes y puso por ejemplo a un tal Francisco Preciado que tenía 5 mil pesos de renta y huertas de cacao utilizando a indios de pueblos, in tener título para ello y que les hacía viajar hasta 15 y 20 leguas “sin pagarles un solo maravedí”.

Este informe ilustró que en muchas regiones de la Nueva España, sobre todo en las que se encontraban más alejadas de la ciudad de México, imperaban relaciones de esclavitud con los indios en abierta violación a las normas emitidas por el Rey. Era muy difícil que llegara a estas regiones, funcionarios encargados de la administración de justicia y por ello los propietarios y encomenderos actuaban con total impunidad, incurriendo en una serie de prácticas totalmente condenables. Se manifestó que se les hacía un determinado pago a estos indígenas precisamente para tratar de disfrazar las condiciones de esclavitud en que trabajaban y vivían, pero dichos pagos eran muy reducidos en función de los servicios prestados y de los frutos recibidos. Destacaban los trabajadores llamados naborios que recibían en forma de pago un porcentaje de los bienes producidos lo que implicaba una mayor autonomía, pero que todos eran atropellados de una manera sistemática.

En las grafías que Wood encontró están las relativas a la Descripción de Tlaxcala, en donde aparecieron una fila de 7 indígenas ahorcados y otros dos en la hoguera, frente a dos frailes y Cortés, quien los estaba ajusticiando por razones religiosas, el Códice Coyoacán o Manuscrito de Aperramiento, en el cual un español lanzó un perro que atacó a un indígena; el Códice Kingsborough, de la región de Texcoco, en donde apareció el retrato del encomendero Gonzalo de Salazar agarrando la cabeza decapitada de un indígena y de un señor Antón, quemando a varias personas atadas a un palo; en el Códice Yanhuitlan unos encomenderos vigilen la extracción y entrega de polvo de oro por los indígenas; en el Códice Ríos, uno de los encomenderos estaba obligando a un indígena a participar en un repartimiento para la construcción de un acueducto de la región de Chapultepec y el indígena está atado a una cuerda. “en la mentalidad indígena todavía hasta el siglo XIII o por lo menos en sus historias locales había todavía una división entre el mundo indígena y el mundo español de la Colonia. Los vecinos españoles era una realidad diferente y amenazante, con pocas excepciones”.56

En estas gráficas se relejó el uso de métodos de brutalidad y crueldad que hacían notar que la coerción, en distintas modalidades, era un elemento persistente en las relaciones de producción lo que implicaba un atraso respecto de la entronización de relaciones mercantiles de producción. Los métodos empleados iban desde la decapitación, al ahorcamiento, la encarcelación para obligarlos a tomar parte de los repartimientos, lo que significó que el principio de la voluntariedad era nugatorio, en gran medida. Una vez que los indígenas “aceptaba” formar parte de una cuadrilla, los mandones o calpixques salían amarrados con sogas de ixtle o cadenas y eran conducidos hasta los centros de trabajo ya que están enganchados afirmaban que durante el trayecto muchos de ellos solían huir. En efecto, se aplicaban una serie de castigos o penas, que las leyes de la materia no contemplaban, pues se decía que si un indígena no deseaba participar en un repartimiento, podían quedarse a trabajar en su sementera y después vender sus productos en el mercado.


En realidad, como dijo Aguirre, las congregaciones de indios de poblados y la cabecera de Chalco, “facilitó a las autoridades españolas la exportación de la mano de obra y el cobro de tributo, teniendo como instrumento principal a los recientes cabildos indígenas”, indicando que el Virrey Mendoza había ordenado el trabajo compulsivo de los indígenas al margen de las tasaciones pues afirmaba que si se les dejaba en libertad para decidir trabajar probablemente no lo harían y se había creado una crisis de mano de obra que “determinó que la Corona pidiera al virrey que persuadiera a los indios a que se contrataran con los españoles” y fue por ello que se implementó el repartimiento como “nuevo método de trabajo”. Evitar la holgazanería de los indígenas fue en ese momento la mejor justificación para implantar el nuevo sistema de trabajo, autónomo de cualquier institución y regulada totalmente por el gobierno virreinal. El virrey fijaría los periodos y los tiempos de trabajo así como el salario”.57

Para facilitar el ofrecimiento de mano de obra, las autoridades españolas utilizaron las intermediaciones ya fueran del cabildo indígena y/o de los principales de cada pueblo, a efecto de que ellos persuadieran a los indígenas a que se presentaran “voluntariamente” en las plazas públicas para ser contratada su mano de obra. Pero estas gestiones o no tuvieron éxito o bien fueron muy limitadas ya que muchos de los indígenas principales habían perdido ya la autoridad moral y política que en otros tiempos habían gozado, ya que se habían aliado a los españoles y ahora les servían como sus criados o serviles. Por lo tanto, muchos de sus instrucciones y órdenes ya no eran respetadas. El Rey decía que los indígenas no deseaban trabajar porque eran proclives “por razones naturales” a la holgazanería pero no tomaban en cuenta las frecuentes trasgresiones que había a las normas vigentes por parte de los propietarios y encomenderos.


Los franciscanos dijeron que si bien algunos españoles “trataban cristianamente” a los indios, la mayoría de ellos no lo hacían pues los “trataban a varapalos por el camino y como perros”, que les quitaban su comida, que los metían en pocilgas, que los hacían trabajar día y noche y que al enviarlos a las minas en realidad los mandan a morir. Que en realidad los jueces de repartimiento eran sus verdugos porque en la medida en que llevaban más indios al repartimiento, más dinero recibía; si los indios se acabasen, podríamos decir que quedarían los españoles perdidos y no se sabrían valer. Y esto se colige muy bien en los tiempos que ha habido pestilencia entre los indios que andaban los españoles aislados, no sabiendo que hacer, por no hallar indios para sus menesteres porque todo lo hacen por mano y con ayuda de los indios. Son muchos lo provechos que su majestad lleva por parte de los indios, así en los tributos como en otras cosas, todo lo cual se perdería faltando los indios. Si no se otorga este repartimiento será causa de acabar con los indios con el consiguiente deshonor e infamia perpetua de nuestros Reyes de España y de toda la nación española.58

En realidad, la denuncia de los franciscanos, demostraron que la asignación de mano de obra no se efectuaba con propósitos cristianos, como decían, al Rey, para que los indígenas superaran su ociosidad y su holgazanería sino en base al cálculo frío de un negocio. Después se comprobó que los mandones o calpixques recibían un pago extraordinario de parte de los propietarios y encomenderos por el número de indígenas que registraban en las cuadrillas. Todos y por lo tanto entre un mayor número lo hacían, era mayor la cantidad entregada. Esto podía explicarse que estos individuos utilizaban toda clase de métodos violentos para lograr la consecución de sus objetivos, sin tomar en cuenta que los castigos crueles cancelaban cualquier aliciente que tendrían los indígenas para trabajar. La mayoría de los calpixques o mandones eran o habían sido miembros de las comunidades en las cuales prestaban sus servicios, pero al parecer, por sus relaciones de corrupción con los españoles, se habían desnaturalizado, es decir, habían perdido sus lazos de identidad o de pertenencia a dichas comunidades.


En el informe del arzobispado se reconoció que en efecto los indios daban de comer a los clérigos y que utilizaban sus casas para descansar, reconociendo que sin el dinero de los diezmos simplemente no había curas en los pueblos indicando que los indios ya estaban acostumbrados a ello desde los tiempos de su gentilidad, pues en los templos ofrecían la sangre de sus personas y de sus hijos, pero reconocieron que los indios eran víctimas de muchas vejaciones y robos y que además de los diezmos tenían que pagar muchos otros tributos y dar servicios personales y que se integraban las cajas de las comunidades “con el sudor de los macehuales“ por lo que las dichas cajas conviene quitarlas y que no las haya porque son una tiranía cruel y sujeción de los indios, de sus personas y haciendas, la cual no tuvieron en tiempos de Moctezuma, lo uno porque hacen trabajos a los indios por fuerza para dicha comunidad, en sementeras otras granjerías los caciques, gobernadores y principales y donde hay religiosos y clérigos, de allí los mantienen, el resto lo gastan los caciques en fiestas y borracheras y en otras utilidades propias sin tener respeto al bien común. El segundo mal y no menor que este, es que los dichos indios se han hecho grandísimos pleitistas y levantando pleitos van en contra otros sobre sus tierras y distritos, gastan grandísimas cantidades de dinero, como gente simple, en procuradores, letrados y nagualatos y escribanos”.

“El servicio personal de los indios en los monasterios es excesivo, de hortelanos, porteros, barrenderos, cocineros, sacristanes, correos, sin darles una blanca “por lo que sugirió se rebajaran los diezmos, pues los religiosos hacen sus casas y ornamentos preciosos a costa de los pobres indios y mandan sus personas y haciendas, como lo mandan, más absolutamente que si fuesen sus vasallos…”.59

En la práctica, los dirigentes de los órdenes religiosos y de la iglesia regular incurrían en una flagrante violación a las normas emitidas por el Rey pues también empleaban métodos coercitivos para obligar a los indígenas, que trabajaban en la construcción de iglesias, monasterios y conventos, nada más que estos métodos eran “más suaves o piadosos”. La aplicación de los diezmos en realidad era una forma de tributación pues de esta manera los religiosos podían sostenerse en el desarrollo de sus funciones.

En la relación que se escribió sobre la forma de adoctrinar a los indios de San Juan Teotihuacán se comentó que dicho pueblo había estado en encomienda a Alonso de Bazán y que después había quedado en posesión de su Majestad y que los frailes agustinos quisieron instalar un monasterio, el cual no contó con el apoyo de los naturales y que había destruido una imagen religiosa y entonces lo sacerdotes “encerraron a un indio que se llama Juan María el cual azotaron muy cruelmente y a otros muchos que habían encerrado sobre el mismo”. Los agustinos pidieron la intervención del virrey y este envió a un juez y un gobernador “el cual prendió algunos principales y macehuales y lo puso en la cárcel con prisiones y cepos. Visto por el pueblo, horadaron la cárcel una noche y sacaron a todos los presos y pusieron los a salvo, afirmando que aunque el oidor Zorita había visitado el pueblo para convencer a los indios de que respetaran las predicaciones de los agustinos, los indios se opusieron a su presencia y por ello se ordenó la aprehensión en la cárcel para los caciques y principales los cuales fueron enviados a la ciudad de México y “sucedierónse grandes trabajos y desastre entre los cuales un indio que tenía muy malo y su mujer dejarla con el miedo encerrada, volvió de ahí a los dos días y hallarla que había muerto de hambre. Murieron 60 personas sin confesión y 20 niños sin bautismo. Estuvieron fuera de sus casas un año y gastaron lo que tenían en su comunidad más de 4 mil pesos y de cosa propias de particulares, perdidas y hurtadas, más de 6 mil”.60

Este caso ilustró la aplicación de métodos crueles e inhumanos por parte de los agustinos en contra de los indígenas que se habían opuesto a proporcionar su mano de obra para la edificación de un monasterio, lo que confirmó que estos religiosos no respetaron el principio de la voluntariedad sobre el que tantas veces había insistido el Rey. El virrey consideraba que la construcción de edificios religiosos tendría un rango secundario en relación con las obras públicas de las ciudades y los cultivos de alto desarrollo mercantil, por lo que no será sencillo que autorizara los repartimientos que le solicitaban.
En la Junta Eclesiástica del año de 1544 se discutieron varios asuntos: que “ vacando los indios de la encomienda cuyos propietarios hubiesen fallecido, pasaran a poder de la Corona, perjudicarían las rentas y al patrimonio real, que han existido muchos casamientos y se ha dado a los hijos dotes de encomiendas, que es necesario y conveniente hacer el repartimiento perpetuo para conservar poblada la Nueva España; que si lo indios se ponen en cabeza de su majestad y de no perpetuarse la encomienda vendrá en detrimento de la población, que muchos españoles amenazan con regresarse a España, que de quitarse “el dicho repartimiento se seguirán muy grandes daños e inconveniente siendo como son lo dichos indios tan holgazanes que no querrían trabajar aunque se les pagase, o se perderían todas la plantas y heredades en huertas como se han perdido hasta ágora, y los dichos indio después que se ha publicado que no sean esclavo ni estén encomendados han tomado gran soberbia y tienen en poco a los españoles y se tiene por cierto que se levantaran con la tierra. Que de mandar que no haya pleitos sobre indos e hace agravio a muchas persona que tienen derecho a las encomiendas, y se les tiene otras personas ocupadas, sin título ni justicia”.61

La mayoría de los dirigentes de la iglesia católica y de las órdenes religiosas coincidían con las tesis, concepciones y proyectos de los encomenderos y desde luego se hacía eco de sus exigencias hacia la Corona y solo había diferencias de matiz o secundarias, o bien denuncias de algunos miembros de esta institución sobre las crueldades y atropellos que sufrían los indígenas. Por ejemplo, en la Junta Eclesiástica de 1544 estaban de acuerdo en que las encomiendas fueran entregadas a titulo de perpetuidad, que es precisamente una de las exigencias más sentidas de los encomenderos, como una forma de mantener a los españoles arraigados a las nuevas tierras, pero no tomaban en cuenta los graves incrementos económicos o sociales que habría tenido una decisión de esta naturaleza para el futuro social de los indígenas y de las relaciones de propiedad, al aparecer rápidamente grandes concentraciones de tierra. Se confirma que la jerarquía religiosa estaba sólidamente emparentada, tanto el poder político, el Rey, el virrey, en las Audiencias, como el poder económico, los encomenderos y los grandes propietarios.


En Taximaroa, los indios se quejaron del encomendero Gonzalo de Salazar, que los estaba obligando a prestar su servicio personal en el ingenio que era de su propiedad “haciéndoles gran daño sobre todo a los macehuales y que por ello no han podido cumplir los tributos que habían dejado de dar”. El daño abarcaba a más de 200 personas, lo cual ha sido causa de que el pueblo se despoblase y viniese en disminución como este y porque han dado más cantidad de gente de la que está obligado en dar conforme a la tasación, que no era su voluntad dar el servicio personal ni cosa alguna de él y que habían sido compelidos a ello”62 Después se determinó que los indios podían trabajar en los cañaverales, pero no así en el ingenio de azúcar, pagándoles a cada indio 12 maravedíes por cada día de jornal y entendiéndose que los indios que llegaran a trabajar lo hicieran por su voluntad y no impelidos ni apremiados por ellos.

Aunque muchas tasaciones se fijaban un tanto arbitrariamente, es decir, estaban sujetas a las presiones y exigencias de los encomenderos que naturalmente, en razón de su ambición personal, deseaban que estas contribuciones fuesen las más altas posibles, había una serie de limitaciones que podemos decir eran “naturales”, es decir, estaban vinculadas a los niveles de producción imperantes y al grado de conformidad que manifestaban los indígenas. En primer lugar, se valoraba la calidad de los suelos, el clima, la porción de tierra que estaba sujeta a cultivo, su productividad. Mientras los españoles deseaban gozar de las mayores cargas tributarias para así hacer más rentables sus encomiendas, los indígenas objetaban con mucha frecuencia estas tasaciones, afirmando que eran demasiado elevadas, por lo tanto abusivas y contrarias a las disposiciones reales. Si las tasaciones se elevaban en forma desmedía e irracional, muchos indígenas abandonaban sus poblados, se iban a otras regiones y también se incorporaban a los grupos nómadas que aun había y que estaban al margen de la economía normal, para transitar a una economía menos productiva.

Entre los encomenderos que cita Luna de la Vega en Xochimilco se encontraba Gonzalo Rodríguez Cano y Martín Iricio, pero en el año de 1575 Jerónimo de Mendieta y Gregorio de Bagarte organizaron los ejidos según los oficio en que participaban su habitantes y así San Pedro fue de los herrero, San Antonio, de los panadero y ceramistas, San Marcos, de los canteros, San Juan, de los floricultores, la Concepción, de los escultores, la Asunción, de la cestería y San Francisco, de los estereros y carriceros. “Hacia 1629 Xochimilco era reconocido en toda la Nueva España especialmente por sus magníficos trabajos de herrería y de tallado en madera, así como por su excelente floricultura. Los tradicionales chinancales fueron poco a poco desapareciendo para ser sustituido por los tepanacales o casas de paredes de piedra. Solo en las zonas aledañas de la ciudad y en las lomas de la región sur se conservó el antiguo pasaje prehispánico, salpicado de los típicos chinancales indígena”.63

La división de las poblaciones por razones del oficio o actividad principal a que se dedicaban sus habitantes, databa de la época prehispánica y tenía en sí mismo múltiples ventajas y conveniencias, por lo que para los españoles fue relativamente sencillo continuar con esa distribución que permitía: fijar de una manera más clara la producción material y los tributos que había que pagar y precisar las fuentes de materias primas, y de mano de obra, en función de los requerimientos de la nueva economía. Se trató de asegurar a la gran ciudad capital de una serie de suministros de bienes y servicios que desdeñaban los planes urbanísticos que Cortés había iniciado y que se desarrollan en forma impetuosa ya que una gran parte de la ciudad se repartía en solares a individuos particulares que tenía el interés de utilizarlos con fines de especulación comercial. Así lo hicieron. De pronto, la vida en la ciudad se hizo muy cara, no había alimentos suficientes como lo revelan varios informes de la época y por ello se constituyó una red de poblaciones y subgrupos sociales que trataron de proveerlos de lo necesario para la subsistencia humana y la expansión.

El virrey Velasco prohibió que los indios de Acambaro pudieran ir a trabajar en la construcción de obras públicas en otras ciudades distintas de Mechoacán “porque dejan de atender sus labranzas y sementeras, que no sean impelidos a trabajar en contra de su voluntad, aunque se les pague”.64 Pero también un grupo de indios se trasladaron a la ciudad de Valladolid para construir casas y aposentos que eran propiedad de españoles, pero sin “vejación alguna los cuales tenéis cuidado de reportar entre los vecinos de esa localidad”.

Los cálculos del repartimiento y distribución de la mano de obra indígena tenían sus premisas básicas: que no implicara por parte de los indígenas ningún abandono en el cultivo de sus sementeras y que no produjeran el abandono de los varones de sus esposas e hijos. Desde el punto de vista cualitativo, primero se atendían las demandas para la construcción de obras públicas, como calles, acueductos, hospitales, que fueran de beneficio para toda la colectividad; en segundo término, que atendieran las necesidades de los cultivos comerciales, como el trigo, las estancias de ganado, el cultivo de productos sofisticados como la grana cochinilla y el añil. En todos los casos, se trataba de que la asignación de trabajadores se efectuara en las plazos más cortos posibles, tratando de preservar la unidad e integridad social de las poblaciones y comunidades; que se hiciera en el menor tiempo posible, una o dos semanas y que beneficiara el mayor número posible de habitantes. Los virreyes estaban interesados en proteger a las comunidades para que no pudieran “hambre ni necesidades” puesto que este era un principio fundamental de la política indiana, de tal manera que se utilizaran de la forma más racional posible en los excedentes del tiempo de los productores


En otro texto y después de realizar una serie de disquisiciones de orden histórico-jurídico. Las Casas llegó a las siguientes conclusiones: que todas las guerras que llamaran conquista fueron y son injustísimas y de propios tiranos; que todos los reinos y señoríos de las Indias tenemos usurpados, que las encomiendas y repartimientos de indios son iniquísimos y per se malos y así tiránicos, que todos los que las dan pecan mortalmente y los que las tienen están siempre en pecado mortal y si no las dejan no se podrán salvar, que Dios no les da poder para justificar las guerras y robos hechos a estas gentes, ni los dichos repartimientos o encomiendas más que justificar las guerras y robos que hacen en los turcos al pueblo cristiano, que todo el oro, plata, perlas y otras riquezas que se van a España, es todo robado y que por ello los naturales de estas tierras tienen el derecho adquirido a hacernos la guerra justísima.65

Para este clérigo, los conceptos despojo y robo eran los más útiles para explicar la naturaleza y fines de la conquista pues no le concedía ninguna trascendencia práctica a la política humanista de la que estaban investidas muchas de las disposiciones jurídicas que se emitían desde Madrid. Habló con una gran crudeza y claridad al referirse al hecho medular de que no siendo por ningún concepto los españoles propietarios de las tierras y las aguas de lo que era la Nueva España, entonces los bienes, productos, materias primas y servicios personales que habían usufructuado era un perfecto despojo a los pueblos originarios que habían sufrido estos atropellos históricos utilizando la violencia. Pocos clérigos como el obispo de Chiapas comprendieron la verdadera naturaleza de la conquista y la colonización y la expresaron de una manera abierta y contundente, arrastrándolas consecuencias de sus actos. La palabra robo fue el otro concepto empleado en la terminología lascasiana pues esos bines se los habían, literalmente, quitado los españoles a los indígenas, no teniendo ninguna aceptable explicaciónfilo9sífica, ni ética, ni jurídica.


En la carta de Las Casas del año de 1524 siendo obispo de Chiapas hizo referencia a la conducta asumida por el encomendero del Perú, Antonio de Ribera, quien había intentado comprar encomiendas y por ende beneficiarse de varios repartimientos, lo cual fue calificado como una tiranía, de las muchas que se cometían en la Nueva España, indicando que se habían llenado muchos folios con estas denuncias y que de ellas sabían los “doctos teólogos” de las Universidades de Salamanca y de Alcalá. “Los tributo antiguos eran tiránicos e infernales y sin duda excesivos y los de ahora son justo porque son tasados y limitados”, que era el argumento que esgrimían los partidarios de estos cobros de los cuales se hurtaba el clérigo, afirmando que ahora el clérigo no puede hurtar más de 10 y que se busca legitimidad para “robarle, tiranizándoles y arrollándoles”, al indígena y por consiguiente de la perdición de tantas ánimas de los matadores por su malicia y tiranía; muchos españoles han entrado a las Indias como crueles tiranos “y acto segundo calificando a las encomiendas como tiránicas y mortíferas, que los indios habían sido injustamente despojados de sus tierras y señoríos y viven la más triste desventura, abatida y desesperada vida, todos los habitantes de los pueblos tienen perdida su libertad, ha causando perdición temporal y espiritual junto a los caciques y señores naturales el gobierno de sus indios, pues los pueblos y los macehuales no son libres habiendo encomenderos, porque los señores tienen a los encomenderos su inmediatos señores y tiemblan delante de ellos, los encomenderos roban a los macehuales y que quizá por eso el rey había mandado quitar la encomienda…”.66

Al asignarles un cierto volumen de fuerza de trabajo de los indígenas a los encomenderos o propietarios se afectaban fundamentalmente los intereses vitales de los macehuales, que había sido el grupo social explotado por excelencia durante la etapa prehispánica, ahora lo continuaba siendo pero en beneficio de particulares españoles. Los macehuales, con anterioridad pagaban tributos a los Tlatoanis y jefes de los señoríos en que vivían y por lo tanto su existencia se había vinculado siempre con el trabajo, el cual usufructuaban otros, pero aquí se trataba de una pertenencia a una comunidad humana que los habían aceptado, en tanto que con la nueva estructura de dominación no se había expresado ninguna voluntad positiva al respecto.

Por su parte, fray Alonso de la Veracruz puso en tela de juicio la supuesta potestad que tenían los encomenderos de la tierra de los pueblos, afirmando que esta tierra no la podían ocupar porque era tierra propiedad de los pueblos ocupados y que los cultivos que se encontraban en ellas no eran tributos sino las bases de donde proceden los tributos, que los tributos son del emperador pero no el dominio de la tierra y por lo tanto “si alguno de nuestros españoles ocupa tierra ya cultivada o sembrándola o plantado viñas o moreras en ellas u otros árboles frutales, haciendo pacer allí sus rebaños, han de restituir sus tierras y satisfacer por el daño causado” y finalmente llegó a la conclusión de que “ninguno, por autoridad propia, contra el consentimiento del pueblo, puede ocupar tierras de indios, aun incultas, ni para sembrar en ella ni para pastizal de rebaños, ni para ningún otro uso y que las tierras situadas en los linderos del pueblos, aunque fuesen incultas, seguían siendo del mismo pueblo”.67

En efecto, De la Veracruz aceptaba la idea de que los indígenas debían pagar un tributo, el cual debería ser primordialmente en dinero, pero el Rey al no ser el propietario de las tierras de los pueblos originario, ni siquiera por donación divina, de parte del Papa, no podía entregarlas a otros, los encomenderos privados, algo que no tenía, algo que no era de su propiedad. Tenía razón pues sí eran las tierras propiedad de los pueblos que ancestralmente habían vivido en esta región del mundo, no se les había consultado a la hora del reparto de estas tierras a los españoles. En rigor, la constitución de encomiendas fue un acuerdo unilateral de Rey, el Virrey, los miembros de la Audiencia y ni siquiera se consultó a los encomenderos, los cuales después las aceptan o rechazan según fuera el caso. Los pueblos repartidos desde la ciudad de México jamás fueron consultados sobre la puesta en marcha de este mecanismo de explotación y sí querían estar sujetos a un individuo español o a otro. Lo mismo ocurrió con la dotación que implicaban las mercedes reales pues estas eran tierras de los pueblos originarios y jamás se les preguntaba si deseaban enajenar ya fuera a título gratuito o por medio de compraventa, una porción de superficie de esas tierras.


En el caso de las sementeras y labranzas de trigo que había en la población de Tulancingo se nombró como juez repartidor a Álvaro Acevedo a quien se le dieron instrucciones para vigilar las normas relativas a los labradores y a los gañanes. Entre ellas, las siguientes: supervisar el trato que reciben los indios, si los ocupan fuera de la jornada y horario de trabajo, si trabajan de noche, si se les pagaba el salario que era de medio real de fanega a los que sembraban trigo, del pago que se les hacía a los topless para llevar a los indios, dando por la traída de cada 8 indios un real.68

En cuanto a Coatepec Chalco, el comendador Cristóbal de Salazar informó que el partido comprendía 7 pueblos entre los cuales Coatepec era la cabecera, que cinco de ellas eran de la Real Corona y que dos estaban encomendados a particulares y narró que los viejos les decían que antes el pueblo estaba lleno de gente y que “así lo hallaron los españoles cuando vinieron a la conquista y después de pacificar la tierra no ha estado así hasta que de 40 año a esta parte poco más o menos, por pestilencias grandes que a habido en distintos tiempos y años, se han disminuido en gran manera los naturales y esa es la causa de que haya al presente tan poca gente en esta provincia y así se cree que serán las demás de esta Nueva España; los naturales son de buen entendimiento a razón o bien inclinados, dóciles y de buen genio para depender y entender de todos los oficios que le son enseñados, algunos saben leer y escribir, bien de policía y congregación, hablan las dos lenguas, la principal que es la mexicana y la otra diferente que se llama otomí”.69Desde luego, indicó la existencia de la gran laguna de México en donde había muchas canoas y se practicaban las artes de la pesca y al presente grandes extensiones de tierra tenían estancias de ganado que eran propiedad de Cortés y había muchas labranzas de trigo y sus naturales eran labradores pero también comercian toda clase de géneros como grana y seda que comercian con Tlaxcala, Cholula, Huexocingo y Tepeaca y la Mixteca

En la descripción que se hizo de varias poblaciones se registraron varios fenómenos, algunos pueblos que existían antes de la conquista española habían desaparecido quizá porque se habían fusionado con otros o porque los habían despoblado, otros habían cambiado de denominación agregándoles el nombre de un santo católico o bien porque habían padecido alguna epidemia y “pestilencia”. Tal fue el caso de Coatepec Chalco que era una cabecera, y que por ello estaba a disposición del Rey. Había una amplia gama de productos, sobre todo algunos altamente comercializables como la seda y la grana, que eran susceptibles de entrar al comercio. Muchos indígenas ya habían asimilado las técnicas europeas, estaban aprendiendo el castellano y había adoptado la fe católica, lo que implicaba un notorio avance en los programas de colonización de la Nueva España.-


En la Relación de Ocuila, escrito por el fraile agustino Andrés de Aguirre se consignó tenía como encomendero a Diego de Ocampo; en su cabecera había mil indios sujetos y 800 tributarios y ante los pueblos que le eran sujetos estaban Chalma, Santa María, San Juan, Santa Irene, “La industria textil de Ocuillan alanzó un alto grado de calidad. Los tejidos fueron materia de cuantiosas tributaciones, cada 80 días, como se acostumbraba. Los tejidos de ichcatl o algodón y de hilos de metl o maguey se combinaban con el arte de los amatecos o trabajadores de la pluma fina “y efectivamente estos poblados aportaban en calidad de tributo mantas “ricamente labradas” o tilmas pero no solo mantas de algodón sino también de nequén, mantas teñidas y mantillas.70

Se denunció que el indio Juan Cortés, natural de Jacona, de oficio albañil, había trabajado en la construcción del monasterio de la localidad, sin recibir remuneración alguna “por lo cual reciban agravios, ante la cual se ordenó que no se consienta esta situación y que no se le compela a servir en contra de su voluntad”.71

Doña María de Godoy, encomendera del pueblo de Tepejuajuilco se quejó que al efectuarse la cuenta personal muchos de los indios que están a su servicio se ausentan y huyen a los pueblos vecinos, precisamente para no pagar sus tributos, ni ofrecer los servicios a que tienen obligación por lo que Juan de Mendoza ordenó a los alguaciles que busquen a esos indios de los lugares en donde se esconden y los congreguen en el pueblo principal.72 La misma situación sufrió Bernardino Bázquez, del pueblo de Guamuilitla, provincia de Chiautla, quien afirmó que muchos de los indios que están a su servicio se han ausentado “por lo que la dicha encomienda ha disminuido” y pidió la intervención de las autoridades para que dichos indios volvieran.

Entablar un juicio de inconformidad por los volúmenes de tasaciones de tributos que les imponían las autoridades era para los dirigentes de las poblaciones y para estas en su conjunto un “calvario” pues se iniciaba un procedimiento legal ante los tribunales para que las partes demostraran que les asistía la razón. Estas querellas duraban muchos años y algunos eran tan complicados que se trasladaban ante los funcionarios de las Intendencias e incluso hasta las oficinas de la Real Audiencia y del Virrey, en la ciudad de México. Ello implicaba poner en movimiento a una serie de funcionarios como escribanos, notarios, intérpretes, justicias, mandones, alcaldes, calpixques y otros, efectuándose una serie de gastos judiciales que solo podían sufragar los españoles. Cuando finalmente “perdían” el juicio los indígenas, muchos de su ellos abandonaban su trabajo, fracasaban los repartimientos por parte de los mandones, también se ausentaban los propietarios, inversionistas y encomenderos cuando estaban seguros que sus negocios habían fracasado. Sin embargo, encontramos pocos casos de encomiendas que se finiquitaran por esta razón.


El primer encomendero de Tepucila, en la región Cuicateca, de Puebla, fue un español de apellido Cárdenas de Cárcamo, quien encargó a su amigo Andrés de Tapia el cobro de tributo que era muy considerable pues consistía en 225 castellanos de oro en polvo molido y en joyas de oro fundido, que han de ser de 18 kilates, pero De Tapia les obligó a pagar una cantidad de mayor, de 80 pesos a 125 pesos, sin tener derecho para ello. Fueron detenidos los principales que llevaban el tributo por lo que uno de ellos solicitó a las mercedes un préstamo de los 45 pesos faltantes para poder recuperar su libertad. Al querer cobrarle u dinero, tanto los principales como los macehuales, al no poder pagarlo, huyeron de ese lugar rumbo a Teutila. La Audiencia dijo que los indios estaban pagando más de lo estipulado y multó a Andrés de Tapia con la cantidad que ilegalmente les había quitado. Durante el juicio, el Códice de Tepucila sirvió precisamente de prueba a favor de los indios que recuperaron parte de sus joyas.73

Era común que los encomenderos pretendieran cobrar una mayor volumen de tributos que lo estipulado en las autorizaciones que se habían formulado como requisito para otorgar los títulos de las encomiendas, por lo que en este caso, sí había prejuicio por parte de los encomenderos, estos recurrían ante las autoridades para se obligara por medio de la fuerza a los indígenas a que pagaran lo estipulado en los documentos oficiales. Eran más intensas las reclamaciones si los pagos eran en oro, en cualquiera de sus presentaciones, en joyas o piedras preciosas pues esto permitía que los tributarios las transportaran y comercializaran más fácilmente. Si los afectados eran los habitantes de las poblaciones, se presentaba una inconformidad, se efectuaban las visitas y las inspecciones que eran necesario realizar y después se dictaba una resolución que podía ratificar el convenio ya citado o bien, en su caso, revisarlo. Los macehuales siempre aducían que los niveles de tributos eran ya intolerables y que era mejor huir de las poblaciones involucradas.

Aparecieron en los archivos de notaría una serie de contratos mercantiles suscritos entre encomenderos y particulares como fue el caso de Alonso González quien se obligaba a comprar tordillos, naguas y camisas labradas, que fabricaban los indios de Portillo o el contrato suscrito entre Cristóbal Pacheco y Diego Valades por medio del cual el segundo aportaba 100 puercas hembras y el primero los “servicios de los indios que fuese menester, repartiéndose por mitades los frutos, o la contratación de un trabajador, Juan Rodríguez, para que trabajara en la estancia de Juan de Guzmán, con el objeto de residir en los pueblos que le están encomendados. Por su parte, Francisco Díaz vendió un poder que le había dado el licenciado Marcos Aguilar para comprar 150 esclavos en los mercados y esta potestad la quiso compartir con Hernando Medel, poniendo el mismo número de esclavos “para el mismo trabajo e industria”, compartir los costos de herrado y después de herrarlos tratar de venderlos a los mejores precios posibles y también se constituyó una compañía entre Hernando de la Torre y Martín Jiménez “en la que ponían todos sus indio encomendados y esclavos presentes y futuros, así como las herramientas y bestias necesarias para coger oro en Zacatula o en Michoacán, repartiéndose los beneficios por partes iguales”.74

Se suscribieron convenios de carácter mercantil entre dos o más encomenderos para compartirse gastos de inversión y capitalizar los nuevos proyectos productivos de una economía que estaba en expansión, por lo menos para beneficiar a los españoles. Entre las asociaciones estaban las que se asociaron en términos monetarios o de dinero en las cuales se especificaban los montos que cada una de las partes tenía, pero sobre todo las utilidades que obtendrían cada uno de ellos. La otra forma de asociación mercantil se daba entre un socio que tenía “capital” y otro que disponía de tierras, de trabajadores o de esclavos, aunque en materia de indígenas encomendados estaban prohibidas estas operaciones, persistiendo, claro está, la de los esclavos, que eran consideradas como piezas y mercancías. Los esclavos, por lo tanto, eran considerados como si fueran dinero que ponía el aportarte en la sociedad mercantil.

El pueblo de Cholula, de Los Ángeles, tenía dos encomenderos, Pedro de Villanueva y Gonzalo de Rodríguez y estaba dividido en 4 barrios en donde habitaban 4,392 hombres casados y la mayor granjería era el maíz y la grana. Coacingo tenía como encomendero a Diego de Quixada y producía trigo, semilla y fruta. En Acaltzingo, se proporcionaban 6 indios de servicio cada día, así como una gallina y en Cuzcatlán se daba como tributo cada año 48 cargas de cacao de a 24 mil almendras de carga, en Chiapulco eran 2 indios de servicio y una gallina mientras que en Cuquitlán también se daban 32 cargas de cacao, 400 piezas de ropa, Coyuca 40 indios de servicio para las minas del Espíritu Santo y 83 cargas de manta y Cinagua 200 cargas de algodón, 200 cargas de maíz y 10 pesos de oro cada 50 días y 6 cargas de mantas y cada 20 días 6 indios para servicio del corregidor.75

Aunque ya se habían prohibido los servicios personales de una manera oficial y solo quedaba a los encomenderos la alternativa de contratar estos servicios por medio del alquiler obligatorio, es decir, por medio del pago de un salario, era necesario observar que las primeras dotaciones, al lado de los correspondientes volúmenes de bienes y materias primas que se les asignaban a cada pueblo, estaba el número de indígenas que deberían entrar al servicio de los españoles, con lo que quedaba demostrado la gran importancia que tenía la mano de obra para hacer producir estos bienes naturales. Así, un encomendero podía disponer de grandes sementeras de trigo, maíz, algodón por ejemplo, pero si no tenía una suficiente cantidad de indígenas para preparar las tierras, no podían beneficiarse de esa riqueza. Siempre que se apartaba una “dotación” de indígenas para el servicio de los propietarios y de los inversionistas, aducían que se trataba de un número insuficiente y exigían una mayor cantidad a las autoridades, tratando de no pagar trabajadores libres que eran más difíciles de conseguir pues se tenía que recurrir a los “buenos oficios” de los calpixques o mandones para lograr este objetivo

En Tiripetio, la encomienda estaba a cargo de Juan de Alvarado, quien había muerto por aquellos días (septiembre de 1564) por lo que los indios aprovecharon la ocasión para plantear una revisión de su tasación pues “no podían cumplir la conmutación de oro en polvo porque ellos reciben muchos agravios y no lo hallan” y después de hacer una negociación se convino en pagar 360 pesos oro común y 50 cestos grandes de maíz, 30 indios de servicio para trabajar en las huertas y estancias de Alvarado y dar de comer al calpixque. En el caso del oro en polvo pidieron se les conmutara por mantas, pero había el problema que el tal Alvarado debía dar al rey precisamente el quinto real en polvo de oro; se aceptó que fueran pagados con mantas pero que se entregaran 185 pesos y cinco tomines de oro común cada cuatro días y se redujeron el número de sementeras que tenían que hacerse de frijoles, maíz y ají y que le llevaran su comida a Alvarado a la casa nueva que tienen en Mechoacán y que cuando no le dieran esa comida –gallinas y pescado- le dieran al calpixque 2 cargas de hierba, 2 cargas de leña, 15 pescados y 15 huevos; que les proporcionaran a Alvarado 30 indios para su servicio, pero que él les daría maíz para su comida y como obligaciones adicionales Alvarado daría al monasterio y a los frailes de dicho pueblo, cera, vino, jergas, para sus hábitos, comida para ellos, una limosna para el hospital, entre otras “moderaciones”.76

En términos generales, los indígenas rechazaban las tasaciones en oro, ya fuera de barras, tejuelas o polvo de oro por las grandes dificultades técnicas y humanas que entrañaban no solo su localización geográfica sino su procesamiento y por ello optaron por solicitar a la autoridad que dicha tasación se hiciera en otros productos, como los tejidos de algodón en los cuales podían participar grupos sociales completos. Recibir una tasación en polvo de oro era por lo tanto, un auténtico privilegio que tenían solo algunos conquistadores que con este producto podían realizar múltiples operaciones comerciales y efectuar inversiones. Pero este tipo de pagos, de naturaleza excepcional, también se prestaba para el contrabando, es decir, para sacar de la Nueva España grandes cantidades de oro y no pagar los impuestos correspondientes.
En la instrucción que emitió Juan de Zumárraga a sus procuradores en el mes de febrero de 1537, entre otros puntos, señaló los siguientes: que los obispos, provisores, curas o vicarios no llevaran de los indios dinero alguno para dispensaciones ni para administración de sacramentos ni por otra cosa alguna espiritual, que los religiosos pidieran documentos o donaciones ante los gobernadores y justicia los delitos y agravios que los españoles hacían de los indios naturales, mandar construir una universidad en la ciudad de México, que los prelados moraran en los claustros, pidió la posibilidad de que se aplicaran “castigos piadosos” para los indígenas.77 Posteriormente a la carta del 8 de febrero aplaudió el nombramiento que se había hecho de Vasco de Quiroga como obispo de Mechoacán pues había realizado de continuo muchas obras y beneficios para los indios, que gastaban de su salario y de vender su vestido a las congregaciones cristianas que tenían dos hospitales, una en la ciudad de México y otro en Mechoacán, “haciéndoles casas repartidas y familias a su costo y comprándoles terneras y ovejas con que se puedan sostener.78

Primero se acordó que pagarían diezmo los indígenas a los religiosos pero habiendo considerado después, que en realidad se trataba de un tributo más, que se agregaría a aquellos que se pagaban al Rey y al encomendero, se rechazó, pero en realidad continuó vigente ya que la iglesia y los dirigentes de las órdenes religiosas afirmaron que de no tener estos ingresos no podrían sostenerse los gastos de la institución, tendrían que mantenerse estos gravámenes a la producción. En efecto, se trataba de que los productores entregaran primero en el sitio mismo en donde estaban ubicadas las sementeras para después enviar depósitos especiales, el 10% de la producción anual, lo que propició que los religiosos acapararan grandes volúmenes de alimentos y materias primas y que una parte de ellos pudieran venderse directamente a otros consumidores o revenderlos por medio de una serie de prácticas abusivas. Algunos religiosos trataron de suavizar los gravámenes económicos que pagaban los indígenas, pero en términos generales, muchos de ellos siguieron existiendo, hasta la época moderna”.

Respecto de algunas actividades productivas que tenían los curatos y que ilustró el libro de Vera, se destacan:

Actopa: Los habitantes se dedican a las labores del campo, al cultivo de los magueyes y al corte de leña.

Aculco: a la agricultura y a la cría de ganado mayor.

Achichipico: agricultura y arriería.

Alfajoyucan: a los tejido de ixtle y la fabricación de sombreros de potano.

Almoloya: a la agricultura y raspa de magueyes.

Amecameca: agricultura, corte de madera, fabricación de cobas y arriería

Atenco: agricultura, herrería y carpintería.

Atarasquillo: agricultura, arriería, carpintería, caza y pesca.

Atlacomulco: agricultura, raspa de magueyes y albañilería.

Atlatahuacan. Agricultura y haciendas de caña

Atlapulco, Xochimilco: fabricación de esteros y petates.

Atzcapotzaltongo: agricultura, corte de leña y de madera

Ayapango: agricultura y arriería.

Calimaya: agricultura y fabricación de rebozos de algodón

Capulac: agricultura, caza y pesca.

Chalco: agricultura, cultivo del maguey, elaboración del pulque y fabricación de canoas.

Chapa de Mota: agricultura, cría de ganado y raspa de magueyes.

Chicoloapan: agricultura, arriería, corte de madera y fabricación de carbón.

Chiautla: agricultura y fabricación de sabanillas y sarapes

Chimalhuacán Atenco: agricultura, caza y pesca, arriería

Coatepec Chalco: agricultura, raspa de magueyes.

Cualtincha: agricultura y raspa de magueyes

Coyoacán: agricultura, huertos, albañiles y raspado de magueyes.

Cuautillen: agricultura, comercio y alfarería

Cuautla: agricultura, huerta, fabricación de azúcar y elaboración de aguardiente.

Ecatzingo: agricultura y corte de madera.

Ecatepec: agricultura, arriería y prestación de servicios en la ciudad de México.

Huehuetoca: agricultura, elaboración y venta de cal, fabricación y expendio de pulque.

Hueyapan: agricultura, corte de madera y fabricación de carbón.

Huichapan: agricultura, cría de ganado y tejidos de lana.

Ixtacalco: cultivo de flores y trafico de canoas

Ixtalapala: agricultura y elaboración de Tequezquite

Ixtapaluca: agricultura

Ixtapan de la Sal: fabricación de sal, y de loza de barro.

Ixtlahuaca: fabricación de artículo de algodón, alfarería, transporte, venta de gallinas y artesanías.

Jalatlaco: elaboran tejido de lana, corte de madera, arriería y fabrican carbón.

Jaltenco: agricultura y fabricar objetos de tela

Jilotepec: agricultura, tejido de lana, artículos de loza y arriería, cría de ganado.

Jiquipilco: agricultura, fabrican carbón y tejomanol.

Jocotilla: Trabajar en las haciendas, corte de madera para hacer carbón y preparación de pulque.

Jonacatepec: trabajar en las haciendas de caña

Juchitepec: agricultura y arriería.

Lerma: agricultura, arriería y carpintería

Malinalco: comercio de frutas y semillas, cría de ganado, corte leña, fabrican cobas y trabajan en ingenios de azúcar.

Metepec: trabajar en las haciendas y cultivan magueyes.

Milpa Alta: agricultura, corte de leña, fabrican carbón, raspan magueyes y fabrican pulque.

Mixquiahuala: fabrican tejidos ordinarios de lana y raspan magueyes

Mixquic, remeros

Montebajo: jornalero, leñadores, carbonero y madereros.

Montealto, ganaderos, arrieros y fabricación de carbón.

Naucalpan: agricultura, corte de piedra y fabrican carbón.

Ocuila: corte de madera, fabricación de carbón y venta de leña.

Ocoyoacac: agricultura, fabrican carbón, petates de fuel, caza y pesca

Otzoloapan: a la caza y a la fabricación de zapatos

Otzolotepec. Corte de madera y fabricación de carbón.

Otumba: raspa de maguey, corte de leña y fabricación de carbón.

Ozumba: jornaleros en las haciendas, tejido de rebozos, venta de fruta, corte de madera y fábrica de carbón.

San Juan Teotihuacán: agricultura, jornalero.

Sultepec, labores de minas y cuidado de ganado.

Tequipilco: cría de ganado, labores del campo y fabricación de sal.

Temascaltepec: ganadería del campo y plantío de magueyes.

Temoaya: jornaleros del campo, fabricación de carbón y leña, venta de gallinas y quesos

Tepetlaoxtoc, agricultura, cultivo del maguey herrería.

Tepotzalla: jornaleros del campo, fabrican carbón, leña y zacate.

Texcoco: agricultura y comercio.

Tlalnepantla, jornaleros en las haciendas.

Tlahuac: arriería, pesca, fabricación de canoas.

Tlalmanalco: fabricas de aguardiente de caña.

Tlayacapan: Agricultura y fabricas de loza ordinaria

Tlataya: agricultura y cría de ganado.

Toluca: carpintería, herrería, sastrería, hojalatería, curtiduría, zapateros, tejidos de algodón y albañilería.

Tianguistenco: tejidos ordinarios de lana

Villa del Carbón: agricultura, corte de madera y fabricación de pieles y tejidos ordinario de lana

Yautepec: comercio de frutas, elaboración de azúcar y destilación de aguardiente.

Yecapixtla: cría de ganado, arriería y comercio.79

Esta descripción económica y sociológica puede considerarse una actualización de las Relaciones de Tributos que se elaboran durante la administración de Antonio de Mendoza, tomando en cuenta los datos proporcionados por un grupo de indígenas viejos, que transmiten sus conocimientos en la materia al referirse a la sociedad prehispánica. Aparecieron nuevas actividades agropecuarias, como resultado de la migración de los especialistas europeos, así como de la tecnología del viejo Continente a funciones más rentables y productivas como la minería, la ganadería, la incorporación de valor agregado a ciertos productos, como las telas, la madera, las piedras y desde el punto de vista social, aparecieron los ganaderos, los azucareros y distintos prestadores de servicios. Esto indica que las poblaciones sufrieron profundas modificaciones en sus relaciones de producción y que fueron especializando sus funciones,

En cuanto al arzobispado de México, López de Velasco afirmó que había 330 mil tributarios, 730 mil de confesión, repartidos en 180 mil repartimientos, que rentan 230 mil pesos. Al hablar de algunos poblados dijo que en Coyoacán, que era un pueblo de indios, había 30 españoles, Texcoco, que también era pueblo de indios tenía 40 españoles y Toluca que también eran de indios, había 90 españoles. “El temple de esta comarca es maravillosa porque de frío ni calor es excesivo ni gran de pena y así la tierra es muy habitable y sana comúnmente sino sea por ocasión de la laguna que hay en ella; su fertilidad es mucho más grande de trigo y cebada; hay mucho ganado mayor o menor, sobre todo vacas, que valen de un ducado a medio, un novillo tres ducados y carneros que valen 4 reales y dan ovejas a dos; hay grandes cabañas y pastos de tierra y muchos regadíos, algunos ingenios de azúcar y todo género de hortalizas y yerbas de comer y flores de lo que se han llevado de España”.80 En relación con los habitantes de la ciudad de México dijo que habría unos 3 mil vecinos españoles entre los cuales estaban los encomenderos, mercaderes, merinos oficiales mecánicos.

Como había sucedido históricamente, los españoles prefirieron por razones obvias las poblaciones en las que imperaban los climas templados, “ni muy fríos, ni muy calientes” y que estuvieran ubicados lo más cerca posible de las ciudades que como México, Toluca, Tlaxcala, Guadalajara, Querétaro, Texcoco después crecieron en forma considerable y se erigieron en poblaciones prósperas, en verdaderos centros de poder económico y político, con un gran poder de atracción para los trabajadores de todos los oficios. Esa misma lógica siguieron desde luego los religiosos, que trataban de alejarse de los climas tórridos y húmedos, seleccionando aquellos lugares en donde hubiera poblaciones indígenas más grandes que en conjunto pudieran pagar un mayor volumen de diezmos. Por ello, entre otras cosas, el Arzobispado de México se convirtió en el más importante desde el punto de vista social y político del reino y en el más rico. La región tenía, además de una gran densidad de población, muchas actividades agrícolas, ganaderas, comerciales, e industriales y de servicios, tenían las mayores comodidades materiales, para los españoles, como iglesias, conventos, escuelas, hospitales, que la hacían apetecibles para los hispanos.
Castro Osuna describió las etapas en las que se habían producido las relaciones de trabajo, es decir, de las encomiendas y reparto forzoso y de éste al sistema de gañanía en las haciendas y “así la hacienda está en conflicto permanente con los pueblos cercanos, según tiempo y lugares; los gañanes permanecen legalmente libres, sin importar las razones que se despliegan para exigir su permanencia en las fincas; el jornal se cubría con productos que en buena parte los mismos peones producían; al ser insuficientes para sustentar y reproducir las fuerzas de trabajo, se hizo costumbre otorgar a los peones una pequeña parcela de tierra que produjera el cumplimiento necesario para su alimentación. También sucedía que se les permitiera que algunos animales pastaran en las tierras de las haciendas y que aprovecharan algunos recursos de la propiedad. Si acaso los peones recibían dinero era una parte mínima de la retribución acorada, no así los trabajadores estacionales, quienes representaban el gasto corriente mayor de las haciendas y que en muchos casos se hacía, todo o en parte, es decir, remuneración que era normalmente destinada al pago del tributo, de las obvenciones religiosas e incluso a pagar tributos que les imponían…”.81

Ser gañan en una hacienda implicaba un paso progresivo hacia adelante pues los indígenas obtendrían una mayor libertad que en el pasado y en cualquiera de los establecimientos agrícolas, comerciales y mineros que había en la Nueva España pues eran libres en mayor grado que otros trabajadores, percibían un salario, una ración de alimentos, unas prendas de ropa y podían cambiar de hacienda de adscripción si se lo proponían siempre y cuanto no tuvieran ningún adeudo pendiente con los patrones. Estos eran trabajadores permanentes, que trabajaban todo el año, en los cuales descansaba el peso mayor de los esfuerzos productivos que se realizaban en esas unidades y economías, pero también había gañanes estanciados que solo eran contratados durante las etapas de siembra y cosecha y tenían una serie de prestaciones sociales muy disminuidas, con respecto de los gañanes permanentes, que más se asemejaban a los trabajadores agrícolas modernos.

El contador Albornoz escribió en su carta del 15 de diciembre que los indios “crían aves de España, ponen huertos y las curan, grandes ganados y son tan apegados a todas las cosas como los labradores de España y más sutiles y vivos. Al referirse a las encomiendas se inclinó porque se entregaran en perpetuidad, obligando a los encomenderos a efectuar siembras y criar ganado pues las tierras es tan fértil y semejable a España, la cultivaran y permanecerán la gente en ella, así como cristianos e indios y Vuestra Majestad habrá muy mayor tributo de ella y no estará la gente de camino como esta para irse de ella y volverse a España, procurando despojar a los indios lo que cada uno puede haber. Elogió las costumbres de los indios de pagar el tributo por ser gente de mucha razón y orden, acostumbrados al trabajo o trato de vivir y acostumbrados tan ordinariamente a contribuir a Moctezuma y a sus señores, como los labradores de España y que habiendo muchos esclavos échense más en cuadrillas a las minas y sacarse más oro y plata y otros metales de donde se acrecienten las rentas, y quinto de Su Majestad y hacen los cristianos más granjerías que ellos, especialmente los niños se vuelven cristianos, algunos los industrian en la fe aunque pocos lo hace como lo debíamos de hacer”. 82

Albornoz trataba de hacer compatible dos objetivos que en realidad estaban contrapuestos. Por un lado, exigió que se utilizaran métodos coercitivos y modernos, a la vez, para que los indígenas pudieran dedicarse a múltiples actividades y por el otro lado, exigió que se elevaran y aseguraran los tributos que se debían pagar al Rey, por parte de los indígenas, aprovechando el carácter “industrioso” de los mismos. Sin embargo, los indígenas no estaban realmente interesados en pagar más impuestos al Rey sino en mejorar sus condiciones de vida y lograr que algunos robos y despojos de tierra y de otras materias primas les fueran restituidas. No están conscientes de que precisamente en la medida en que se aplicaran sistemas de presión y de opresión directa, los indígenas se desmotivarían, no trabajarían y por ende no pagarían los impuestos que el Rey les había fijado. Por lo tanto, el afán recaudatorio de Albornoz siempre estaba en peligro.



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