Formas de trabajo en la Nueva España T. II capítulo VIII distintas formas de coacción en el trabajo indígena



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Chalco fue una región estratégica fundamental para la recolección de tributos de toda especie, para asegurar el suministro de alimentos y materias primas en la gran ciudad capital, pero tenían una mayor disponibilidad de mano de obra, aprovechándose del hecho de que estaba muy cerca del principal centro de consumo de la Nueva España y que por lo tanto no se requería mucho esfuerzo humano para transportar bienes y productos. La población estaba interconectada con la ciudad de México, de tal forma que había bienes, productos, alimentos que salían de las riberas de Chalco por la mañana y por la tarde y noche ya se encontraban en las lagunas de la vieja Tenochtitlán y por lo tanto podían repartírselos rápidamente, sin que implicaran muchas cosas. Los españoles aprovecharon también el hecho histórico de que los Chalcas habían contribuido en el pasado al engrandecimiento de Tenochtitlán pues eran aliados confiables, de los mexicas y continúan alentado estos lazos de dependencia, colaboración o subordinación. Esa vinculación siguió alimentándose en la colonia al grado que Chalco siempre fue ambicionado por los conquistadores como una de las poblaciones más ricas y prósperas del reino.
En el caso de la situación laboral de Tacuba, en donde los indios explotaban las canteras en los repartimientos de Hernando de Gordibar y Jerónimo de Amarilla, se denunció que “recibían muchos agravios y vejaciones y los aporrean y maltratan y si faltan algunos de ellos van a sus casas y con la espalda desnuda, sacándolos de ellas, teniéndolos encerrados en las dichas canteras dos o tres días, sin tener respeto a lo que sea y los aporrean y apalean, y que han recibido notables agravios” “por lo que el virrey pidió al juez repartidor con sede en Tacubaya que procediera en contra de los españoles que incurrieran en esos excesos”.21 Ordenó también al gobernador de esta provincia que hiciera notar a los obrajeros “que no podían recibir en calidad de depositar indios ni indias, chicos o grandes, ni de otra manera por mano de orden de religiosos alguno, castigando aquellos que los recibieran con grandes penas y que todos los indios e indias que estuvieran con esa calidad fueran sacados de los obrajes, se les dieran por libres de cualquier condenación que ellos hubiesen pagado y de cualquier dinero que hubiesen recibido”. Esta decisión también se hizo extensiva para los propietarios de las haciendas, pues no “podían recibir a ningún labrador por mano de religioso sin licencia mía, castigando al que contrario lo hiciere”.22

Desde el punto de vista teórico, los indígenas concurrían a las plazas públicas para ser contratados en las distintas tandas, de una manera voluntaria, es decir, podían no asistir, permanecer incluso en su domicilio, pero los calpixques y los mandones se las ingeniaban para hacer que concurrieran a esa contratación, convirtiéndose en “enganchadores” al servicio de los propietarios. En la recopilación de Zavala, se denunciaron el empleo de métodos violentos, el uso de la fuerza, para obligarlos a ir a las plazas públicas ya que el virrey había afirmando, entrando en una contradicción, que si bien eran libres de hacerlo, también era obligatorio que trabajaran pues se castigaba la ociosidad y la vagancia. De modo que si algunos indígenas no asistían y se encontraban en las calles eran detenidos, encarcelados, pues estaban incurriendo en un delito grave. Es decir, eran libres, pero no tanto.

Escribió García Añoveros:

“Dentro del repartimiento se cometieron muchos abusos: defraudación del salario, falta de alimentación y habitación suficiente, prolongación indebida del tiempo del servicio, con el consiguiente abandono de las parcelas propias, alejamiento excesivo de las familias. El reparto obligado de productos y algodón para su transformación también fue fuente frecuente de abusos que el indígena se encontraba inerme ante las reiteradas exigencias desorbitadas de los corregidores y de los caciques. En el siglo XVII por lo que respecta a la Nueva España, hubo una disminución de trabajadores forzados en las minas y un aumento considerable en el número de asalariados libres; durante el siglo XVII, aunque hay un auge considerable en la explotación de las minas, sin embargo se introducen mejores condiciones técnicas, con lo que las condiciones de trabajos son bastante mejores que en épocas anteriores”.23 Hizo referencia a los casos de corrupción en que sin duda ejercieron muchos funcionarios que compraban sus cargos con la finalidad de enriquecerse a la mayor velocidad posible explotando a los indígenas.

La disminución del trabajo forzado, en sus diferentes matices y modalidades, no fue producto de la “buena fe”, del Rey, mucho menos del “espíritu cristiano”, de los conquistadores, que por lo demás, demostraron desde un principio que no lo tenían pues el principal móvil de su conducta fue la búsqueda del enriquecimiento personal, sino obedeció a factores de carácter objetivo, inherentes a la estructura económica que se estaba edificando. Muchos propietarios se dieron cuenta de que el trabajo forzado era cada vez más improductivo, en relación con los requerimientos de las ganancias que tenía la economía basada en principios mercantilistas y que en cambio, el trabajo asalariado era más conveniente desde el punto de vista de las expectativas que habían alentado los españoles. Estaban conscientes de que para alimentar y vestir a una población que estaba en crecimiento, sobre todo por la llegada de colonos europeos y después de la recuperación demográfica de que habla Borah, se requería impulsar ramas más dinámicas y “maduras” como la ganadería y los productos destinados a la exportación, como la grana cochinilla.
Por modo de producción designamos, en consecuencia, la articulación lógica y mutuamente condicionada entre un determinado tipo de propiedad de los medios de producción, una determinada forma de apropiación del excedente económico, un determinado grado de desarrollo de la división de trabajo, un determinado nivel de desarrollo de las fuerzas productivas. Y esta no es una enumeración meramente descriptiva de “factores aislados” sino una totalidad definida por mutuas interconexiones. Dentro de esta totalidad, la propiedad de los medios de producción constituye el elemento decisivo. En cambio, definió el modo de producción feudal como aquel en el cual el excedente económico es producido por fuerzas de trabajo sujetas a coerciones extraeconómicas, el excedente económico es objeto de apropiación privada por alguien distinto del productor directo, la propiedad de los medios de producción permanece en manos del productor directo. En el modo de producción capitalista, el excedente económico está también sujeto a apropiación privada, pero, a diferencia del feudalismo, la propiedad de los medios de producción está separada de la propiedad de la fuerza de trabajo, esto es lo que permite la transformación de las fuerzas de trabajo en una mercancía y en consecuencia, el nacimiento de la relación salarial”, definió Ernesto Laclou.24

El otorgamiento de mercedes reales, la compraventa de tierras a las comunidades, fueron factores que, entre otros, contribuyeron a erosionar o debilitar las relaciones sociales basadas en la propiedad comunal, en donde los indígenas eran los productores directos, los detentadores de los contratos de producción para promover el entronizamiento de relaciones sociales basadas en la propiedad privada de dichos instrumentos. Estos cambios desde luego, no fueron súbitos sino fue un proceso que primero se desarrolló en el sector de la economía en que era predominante la economía de los españoles y después se trasladó a otros sectores, entre ellos el de la economía indígenas. En la sociedad prehispánica, los excedentes económicos de la producción eran tomados por los Tlatoanis por medio del régimen tributario impuesto, pero en la economía del sector español, quienes se apoderaban de estos excedentes eran los propietarios y/o los usufructuarios de los permisos reales, a través de la encomienda y otros mecanismos.

Es muy importante para la circulación de las mercancías, la aparición y desarrollo de los distintos sistemas de transporte, con los cuales se produjeran ganancias cuantiosas para las distintas burguesías nacionales. “Estas ganancias fueron a costa de los campesinos y de los artesanos pobres, sobre todo cuando se encontraban dispersos y el monopolio del comercio a grandes distancias otorgó a los monopolios intermediarios la posibilidad de absorber el grueso de los beneficios determinados por la mayor eficiencia de conjunto, ligado a la obtención de productos exóticos y a la progresiva especialización. Estos monopolios, legales o de hecho, facilitan el crecimiento acelerado de muchas fortunas. Solo más tarde, a través del empobrecimiento y expropiación de productores simples de mercancías y siervos se fueron dando las demás condiciones de generalización del modo de producción capitalista, en el proceso de acumulación. Las fortunas de los mercaderes, entre otros, pudieron, entonces tornarse capital en sentido estricto…”, dijo Ciafandini.25

Uno de los requisitos para la modernización y expansión de la economía fue el crecimiento de los medios de transporte y la eficiencia de los mismos. Con la aplicación de nuevas tecnologías, la introducción masiva de la moneda, gracias al papel desempeñado por la Casa de Moneda, se multiplicaron las operaciones comerciales y desde luego, se hicieron más rápidas, Había quedado en la historia el acarreo masivo de productos y materiales que venían desde las zonas de tierra caliente, de los trópicos y las costas hasta el Valle de México en que podían emplearse hasta 30 o 40 días, con las consiguientes mermas y pérdidas que había en los largos trayectos. Una vez que los españoles decidieron que los pagos de tributos de los pueblos podían efectuarse en efectivo, los productos y bienes se intercambiaron por monedas, por dinero y de esta manera el cumplimiento de las obligaciones fiscales se hizo más fluido. Pero al introducirse estas relaciones de intercambio, los indígenas se quejaban de que los precios que obtenían por sus productos no compensaban el esfuerzo realizado para producirlos.

En cuanto a la participación de los indios en la construcción de las obras públicas se destacó el otorgamiento de 6 indios ordinarios cada semana “que sean maestros de oficio” para que trabajen en el empedrado de la calle de San Francisco; la autorización que se hizo al repartidor de Tacuba par que enviara 50 indios de Texcoco para trabajar en las calles y en los tianguis de Tacuba y también para que concurrieran a ese mismo objetivo varios indios albañiles de Coyoacán; que varios albañiles que trabajaban en la construcción de una capilla, fueran a construir la casa habitación del sacerdote Francisco Losa y se dictaron otras disposiciones similares para que 50 indios peones trabajaran en el empedrado de varias calles de la ciudad de México y que se trajeran brazos de piedra de varios lugares “al precio que suelen vender de ordinario; se trasladaron 50 indios de la villa de Tacuba para empedrar la calle en donde vivía el licenciado Eugenio de Salazar, fiscal de su majestad y el regidor Alonso Gómez Cervantes; también se comisionaron a varios indios para que realizaran varias cañerías y otros aderezos de agua y pilas públicas, desde luego pagándoles su jornal y trabajo. Para la realización de dicha obra, que eran vitales para la sobrevivencia de la ciudad por las continuas inundaciones que sufría, se trajeron brazos de piedra de Xochimilco, Culhuacán, Iztapalapa, Mexicaltzingo, San Mateo, y Mixquic, “pagándoles cada brazo a tres pesos oro común”.26

Según la recopilación de Zavala, una vez que se echó a andar el mecanismo del repartimiento, en su modalidad de cuatequil, se presentaron muchas solicitudes al Virrey y a las autoridades competentes para que asignaran grupos de indígenas a la realización de obras públicas que en gran parte eran obras de particulares. En la zona céntrica de la ciudad de México se encontraban los solares, las casas y los edificios que habitaban los conquistadores que habían sido privilegiados por Cortés y de una manera específica se señaló que muchas de estas obras tenían como beneficiarios directos a miembros del cabildo o a altos funcionarios virreinales, lo que desde luego disgustó a los indígenas de los pueblos tributarios. Para asegurar que llevaran los materiales a la gran ciudad se les fijó un precio pero este estaba por debajo del promedio y después se hicieron denuncias de que dichos pagos no se habían realizado.

Por lo tanto, la organización de los indios en los barrios de la ciudad de México tenían, entre otras, la finalidad de contribuir a la construcción de obras públicas de tal manera que al instalarse en el año de 1562 la posibilidad de hacer tributarios, esto no fue difícil de implantar. Había unidades laborales para edificar acueductos, canales de desagüe, calzadas, albarradas, caminos, indicando que “el coatequitl implicó no solo trabajos en la obra misma sino también la extracción, elaboración y acarreo de los materiales de construcción”. Esta segunda parte fue puesta en duda por los macehuales y artesanos sujetos a la obligación a raíz de las nuevas imposiciones del tributo y dinero y cacao a la comunidad y del tributo real en dinero y maíz. Las dos unidades laborales organizaban el reclutamiento interno y la distribución de las distintas cargas laborales señalando a todos los sujetos casados iguales obligaciones y a los solteros y viudos solo algunas de ellas. Los grupos de 100 macehuales parece haber sido la regla y no los de 20 que encontramos en Puebla y Tlaxcala. La rotación habría sido el principio que regiría tanto de cual barrio chico trabajara como cual centena del mismo representaría a su barrio chico. De los 100 macehuales, 50 iban por el material y los otros 50 restantes trabajaban en la obra”.27

En el caso de la construcción del Albarradón, dirigida por Nezahulcóyotl para evitar las inundaciones en la Ciudad de México, se utilizaron grandes cantidades de piedras, pero fueron trasladadas por los habitantes de los pueblos comarcanos hasta la ribera del lago. Al parecer había un acuerdo conjunto de todas las poblaciones de colaborar en la edificación de esta obra de gran importancia social para todos por lo que determinan unir esfuerzos para llevarla a cabo. En las nuevas condiciones de la dominación española, esto no sucedió pues los pobladores fueron obligados a traer hasta la ciudad de México las piedras y otras materias primas y con frecuencia no se respetaban las normas relativas a la rotación, a la duración de las tandas, turnos. En realidad, la ciudad de México ya era concebida como una ciudad española pues los grupos indígenas que los habitaban fueron trasladados a las orillas de la misma, produciéndose una separación urbana tajante entre la ciudad de los españoles y la ciudad de los indígenas, ya que solo deseaban tener cerca a estos para utilizar su mano de obra.

También Lombardo distinguió un trato diferenciado hacia la población que integra la Nueva España pues había en la práctica dos legislaciones: una, la aplicable a los blancos españoles y las leyes de Indias a los indígenas, lo que hizo imposible la fusión espiritual entre conquistadores y conquistados ahondando sus diferencias raciales y culturales. El invasor español se sirvió de los grupos débiles para acabar con el fuerte, con el explotado; pero en cuanto cayó la capital del imperio, después de largos meses de lucha constante y ante la superioridad de la técnica guerrera de los conquistadores este se convirtió a su vez en un explotador de todos los habitantes del Anáhuac, sin distinción de grupos, de tribus, de raza o de grado en el desarrollo de la cultura autóctona. A los que los ayudaron en su empresa, los castigó en la misma forma que a los que venció en la lucha, todos fueron esclavos. Las encomiendas, que tenían aparentemente una finalidad religiosa, no fueron más que el reparto de las tierras y de su contenido humano, para el fin de que los que habían venido hasta aquí a satisfacer la ambición de oro de Castillo, pudiendo colmarla”.28

Los españoles aprovecharon políticamente en su beneficio las diferencias que había entre el grupo mexica, que era el hegemónico, y los demás grupos sociales, que eran los explotados; usufructuaron el hecho de que México no existía como nación, que no había una identidad política nacional, que además había distintos grados de desarrollo entre los pobladores y que se beneficiarían con la conducta asumida por los tlaxcaltecas que tenían profundas querellas históricas con los mexicas y tenían una ubicación estratégica en la región de los lagos y del Altiplano y por ello “se le facilitan” las cosas a la expedición encabezada por Hernán Cortés. Una vez realizada la conquista militar y que se iniciara la fase de la colonización, Cortés y sus capitanes hicieron a un lado a sus anteriores aliados circunstanciales y aplicaron medidas de una legislación, que en términos generales, les beneficiaba como sector español, premiando y estimulando a algunos indígenas principales que por razones de oportunidad se convirtieron rápidamente al catolicismo y se colocaron al lado de los explotadores y dominadores. No se les puede acusar de traición puesto que no había una nación y por lo tanto no se podía hablar de una identidad colectiva como tal.


Para Laclau29 “el modo de producción feudal es aquel en el que el proceso productivo se compele con los siguientes puntos: el excedente económico es producido por fuerza de trabajo sujeto a coacciones extraeconómicas, el excedente económico en objeto de apropiación privada por alguien distinto del producto directo, la propiedad de los medios de producción permanecen en manos del producto directo. En el modo de producción capitalista, el excedente económico está también sujeto a agrupaciones privadas, pero a diferencia del feudalismo, la propiedad de los medios de producción está separado de la propiedad de la fuerza de trabajo, esto es lo que permite la transformación de la fuerza de trabajo, en una mercancía y en consecuencia, el nacimiento de la relación salarial”.

San Rafael refirió las medidas que había tomado Cortés una vez consumada la rendición de Tenochtitlán: distribuyó solares tanto a los conquistadores como a los nobles y distribuyó a los maestros en distintos cuarteles y manzanas, pero de antemano había solicitado al rey de Texcoco que le enviara oficiales en arquitectura, canteros, carpinteros y que desde luego habían enviado a los más de sus vasallos y que no sabían de pies. “La novedad de os instrumentos de nuestro artífices causa a los americanos bastante admiración y no menos admiración el uso de ellos porque su talento no había alcanzado otra ciencia que la de labrar unas piedras sobre otra, crecer las tapias sin otros mechinales, tablados, ni pies derechos, que encubren arrimados a la nueva pared sobre las cuales trabajaban y subían las mezclas y sillones. Vieron pues, sin asombro, los picos, las palanquetas, los cinceles y demás instrumentos del manejo español, admirando igualmente los tablados, los tiros, los gatos e ingenios del arte para subir prontamente maderas y piedras, más las de mayor parte”.30 Dijo que habían llegado muchos artesanos no solo de España sino también de la Isla la Española y Cuba, atraídos por la fama de la opulencia.

La descripción que hizo San Rafael es en realidad el uso de las dos tecnologías empleadas en la construcción de edificios y habitaciones, la tecnología indígena y la tecnología traída del Viejo Continente. La mezcla de ambas produjo un estudio arquitectónico propio, “nacional”, “mestizo”, “mexicano” en el que se utilizaron los métodos y los procedimientos más avanzados, pus habían desconocido en las herramientas y en los equipos de metal como los picos y los cinceles. Una vez que los artesanos de Texcoco llegaron a la ciudad de Tenochtitlán, Cortés se quedó admirado de la alta capacitación técnica y artística que tenían y de que había dado muestras durante muchos años en múltiples obras públicas de beneficio general, y también de la rapidez con que podían asimilar los conocimientos de los trabajadores españoles y de las Antillas.


Entre los puestos que había en las haciendas azucareras de Cortés, en Morelos, estaban los siguientes: el mayordomo que era el directamente responsable ante el gobernador se informaba de su funcionamiento, necesidades y provisiones; los despenseros o purgadores, quienes entregaban provisiones y llevaban el registro de la producción de moler y de azúcar; los sacerdotes, que vivían dentro del ingenio, quienes certificaban nacimientos y defunciones, los médicos, barberos cirujano; los mandadores quienes reclutaban la mano de obra indígena y se encargaban de supervisar la faena del cuerpo; los cañarreros, labradores y guardacañas que se encargaban de preparar la tierra para la siembra y cubrir la semilla, supervisar las escardas y el riego; los arrieros, carreteros y los boyeros; los maestros del azúcar que tenían el mismo rango que los mayordomos y finalmente estaban los herreros, carpinteros y alfareros. Fue desde luego, muy importante la presencia de los negros esclavos en el molino y en la casa de calderas, desde el año de 1542 en que el Marqués del Valle realizó un cargamento de 100 y después volvió a adquirir otros grupos, alcanzando un número máximo de esclavos de 15,690, de 910 esclavos.31 Sus edades oscilaban entre los 10 a los 60 años, los esclavos adultos se tasaban en 400 pesos, pero su edad comenzaba a disminuir a partir de los 50 años de edad.

En las haciendas azucareras, los inversionistas y propietarios tenían un alto grado de desarrollo en sus fuerzas productivas, pues gran parte de la tecnología empleada venía de las Antillas y de Europa en general, tratando de que la Nueva España tuviera unas relaciones de producción de azucareros no solo para consumo humano, sino también, para fines industriales, como las vinculadas con la panadería, la bizcochería. Se trataba de un complejo económico integrado no solo en la agricultura o en el cultivo y corte de caña sino también con la industria y por ello, por su amplitud y complejidad, tenía una amplia y diversificada estructura de funciones y de oficios, desde los de carácter administrativo hasta los de naturaleza técnica. Pero al lado de estos rasgos, propios de una “industria moderna”, existía un elemento arcaico, desde el punto de vista productivo, la mano de obra esclava.


A la prohibición de servicios personales, siguió el repartimiento, como dijo Gibson, de tal manera que en cada “una de las tres subdivisiones del Valle había un juez repartidor, responsable de la administración de los trabajadores indígenas y de su distribución a los agricultores españoles. Los jueces repartidores eran asistidos por tenientes, por alguaciles indígenas y por intérpretes. Los indios eran ofrecidos a los pueblos de las jurisdicciones del repartimiento en turnos semanales, a cuenta fija y eran entregados a los pastores, agricultores españoles, cuyas propiedades estaba situadas en la misma jurisdicción. La actividad local del repartimiento, de la que apenas se ocupaban los españoles, seguía los procedimientos del coatequitl indígena. En el siglo XVI y a principios del siglo XVII, en el repartimiento español y el coatequitl indígena existieron del mismo modo, influyendo entre si. En el repartimiento, como en el tributo, los gobiernos indígenas trataron de conservar la organización indígena existente y las exenciones que se aplicaban a las clases submacehuales que permanecieron al servicio de los gobernantes indígenas locales. Ocasionalmente los indígenas tenían una diferenciación laboral entre los barrios asignando coatequitl a ciertos sujetos, mientras que otros quedaban sujetos al repartimiento”.32 Indicó que la estructura del repartimiento se había basado en la anterior estructura indígena basada en las áreas de México, Texcoco, Tacuba y Chalco, aunque después tuvo varios cambios.

La conquista primero y la colonización después, fueron procesos sociales y políticos relativamente sencillos y rápidos porque los españoles habían asimilado la trágica lección de La Española y decidieron mantener inalterable, en términos generales, una serie de instituciones que habían existido durante la dominación mexica y las utilizaron en su beneficio. Por ejemplo, para la tasación de tributos en los pueblos se inspiraron en las relaciones tributarias prehispánicas y para el reparto de la mano de obra indígena, en el cuatequil, que era una forma de trabajo voluntario que se estableció para la edificación de obras públicas de interés colectivo. Incluso durante la etapa de la encomienda o del trabajo coactivo de las haciendas y habiendo conocido en carne propia el trabajo impuesto por medio de la violencia, siguió existiendo el cuatequil, que pervive hasta nuestros días en muchas regiones indígenas del país.

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