Formas de trabajo en la Nueva España T. II capítulo VIII distintas formas de coacción en el trabajo indígena



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Zavala ofreció datos sobre los salarios que se pagaban en forma ordinaria a los peones, en relación con los pagos que recibían en las obras de la catedral: en el primer caso el peón se le pagaba medio tomín al día, en cambio a los canteros se les pagaba 7 tomines por día y cuando el indio concurría al trabajo de una manera forzosa se le paga un tomín diario y en cambio cuando lo hacían en forma voluntaria se le pagaban 2 tomines; a los albañiles se les pagaban 2 tomines cada uno, lo mismo que a los encaladores y a un enladrillador le pagaban 6 tomines. En cambio a los operarios españoles se les pagaban mejor, como fue el caso de los albañiles a los cuales se les pagaban 6 tomines, a los canteros 4 tomines, a carpinteros 7 tomines. También hizo alusión a la participación de un grupo de esclavos negros, a los cuales se les pagó dos pesos por una hanega de frijoles, dos pesos por una tinaja y cantaros y jícaras, para que beban agua; los negros estaban en prisión pagando un delito, pero no aparecieron registrados pagos de salarios. Los esclavos eran utilizados en las canoas y en el trabajo de cantera. 10

Siendo la construcción de la catedral una obra en la que predominaban los especialistas, se privilegió el sistema de pago de salario según las capacidades técnicas y las aptitudes humanas, lo que permitía que a diferencia de otras obras públicas, que tuvieron otra forma de financiamiento, eta tuviera muchos alicientes económicos pues se trataba de una actividad “bien remunerada” en términos generales. Un edificio como este no se podía levantar utilizando métodos tradicionales, basados en el trabajo compulsivo, mediante la presencia masiva de cientos o quizá miles de indígenas, como se construyó el famoso Albarradón de Netzahualcóyotl, sino con el uso de métodos modernos. Los mejores pagados fueron los talladores de piedra, en su modalidad de canteros, siendo algunos de ellos españoles, pero fundamentalmente indígenas. Estos trabajadores especializados ya estaban acostumbrados a laborar mediante un pago de salario, que fuera muy superior al de otros trabajadores.

Zavala refirió que para la construcción de la catedral de México se había emitido una cédula real en el año de 1552 en la que se distribuían los costos en tres partes -la corona, los indios y los españoles- en el año de 1584 se aprueba la cantidad de 16,550 pesos, de los cuales los indios aportarían 6,185 pesos, los encomenderos 2,698 y la aportación de su majestad fue de 7,666 pesos y los “indios pagan por sí y por el encomendero, más en el segundo caso es como anticipo de tributos que luego se les debe compensar al hacerse la cuenta a cada encomendero”. Y para ello se utilizan, además de canteros, carpinteros, un gran número de tamemes. “Acudían muchos indios en calidad de peones y oficiales, ya como jornaleros voluntarios, ya compelidos desde varios lugares por el régimen del llamado tequio, con duración de una semana y las jornadas de los oficiales eran generalmente del doble en los días de trabajo voluntario con respecto a dos días de trabajo forzoso. Más también había indios oficiales diestros, como ya hemos visto, que alcanzaban pagos mayores y realizaban trabajos calificados. Fuera de la obra, los principales núcleos de trabajo relacionados con ello eran los de la cantera y los del corte de madera de Chalco”.11

A semejanza de obras de gran trascendencia económica y social que se hicieron durante la etapa mexica en el Valle de México, la construcción de la catedral fue una obra colectiva de muchos ciudades y poblaciones que había en al región lacustre, solo que ahora tenían, en gran parte, un funcionamiento diferente basado en el pago de salarios o muchos peones con capacitación técnica y artística, como los canteros. El proyecto fue discutido y aprobado en las poblaciones habiéndose acordado la movilización de grandes segmento es de mano de obra, desde aquellos grupos que llegan por medio de los repartimientos de los pueblos que los enviaban, la presencia de peones que vivían y laboraban en la propia ciudad de México, hasta los especialistas que eran los que percibían los mejores ingresos. El sistema de contabilidad que dio a conocer Zavala reflejó que participaron indígenas sobre los cuales se emplearon directamente métodos forzados, hasta aquellos que se hicieron en forma “voluntaria”.
Como afirmó Ciafandini: “un auge del intercambio no puede generarse por si mismo sino que supone el crecimiento y la transformación de la producción hasta convertirse en producción mercantil desarrollada, por ende de la capacidad productiva del trabajo. Esta capacidad puede cumplir imperiosamente avances históricos a partir de la revolución, en la lucha de clases, de contradicción que en épocas de crisis de determinado tipo de sociedad se plantean entre el nivel alcanzado por fuerzas productivas que ellos entrañan por un lado y las relaciones de producción existentes por el otro. Así, en la transición de la sociedad feudal a la capitalista, la transformación de las condiciones y de la nueva potencia de la producción desemboca y se manifiesta en una nueva expansión del intercambio, al surgir de aquellas masas de mercancías de volúmenes y diversidad creciente sobre la base del trabajo asalariado, a través de la mercantilización de la fuerza de trabajo mismo”.12 Este autor le concedió también una gran importancia a estos procesos de transformación, a la aparición y desarrollo del os mercaderes y de los viveros y desde luego a la formación del mercado mundial, es decir, mientras se realizaban más actividades de intercambio.

Las relaciones de intercambio, en la medida en que avanzaron las relaciones capitalistas en general, fueron pasando de la forma primitiva propia de la aplicación de tributos por medio de la violencia y de tantas formas de coerción, hasta las formas monetarias en las que las mercancías tenían un precio y se intercambiaban valores monetarios. Los tributos, en la etapa avanzada, ya no fueron en especie sino en dinero, de tal manera que la moneda europea, se implementará y desarrollará en todas las regiones de tal manera que los españoles pudieran adquirir estas mercancías y materias primas mediante el clásico sistema de compraventa. Pero el intercambio era muy desigual pues si bien las piedras y las maderas de Xochimilco y de Chalco tenían ya un precio, bienes y productos de la ciudad de México tenían otro más elevado. Pronto se quejaron los indígenas que las compras de piedras y de madera resultaban muy baratas por lo que consideraron que eran “engañados” por los españoles.


Entre las quejas que presentaron los representantes de los barrios indígenas de México estaban: invasión de tierra de parte de los españoles y necesidad de que se les dotara de tierra para mantenerse y poder pagar tributo, según un informe de Santiago, Tlatelolco, así como la obligación, mediante repartimientos forzosos para trabajar en la realización de obras públicas. Pidieron, además, que no se les empleara como macehuales y se les eximiera del repartimiento del zacate. Solicitaron que solo pagaran sus tributos, que se regularan sus jornales y que no hubiera servicio personal en los repartimientos.13

En virtud de las características que había asumido la conquista en que numerosos grupos de indígenas, descontentos ancestralmente con los mexicas se habían sumado a las huestes de Cortés y de esa manera habían formado parte del bando de los vencederos, una vez que se consumó el triunfo político y militar de los españoles y siguiendo los cánones jurídicos de la época, se sintieron con el derecho de que fueran considerados y tratados como victoriosos y demandaron de las autoridades una serie de privilegios, apoyos y sobre todo exenciones; desde los indígenas de Tlaxcala hasta los de Coyoacán o Xochimilco. Ello demuestra que entre estos grupos humanos pesaban más las diferencias étnicas, económicas y sociales que el sentido de pertenencia a una comunidad, la del Valle de México. Solicitaron fueron excluidos de la política de segregación, exportación y de rapacidad que se había impuesto en términos generales, aunque en forma diferenciada, según las características socioeconómicas de cada población, pero solo en algunos caos recibieron un trato excepcional benevolente pues muchos de ellos fueron violentamente engañados diciéndoles que recibirían ese tratamiento diferente, pero en realidad no lo recibieron, aunque sí algunos principales, que de plano se ubicaron en el terreno de los vencedores.

En el poblado de Suchimilco se informó el virrey que había como “uso y costumbre” que los vecinos apartaron su trabajo para la construcción de edificios públicos, cuyas faenas organizaban los mandones en los barrios y ante el proyecto de imprimir cargas laborales más grandes, al virrey ordenó que no se hiciera ninguna modificación hasta no realizar un estudio convenirte. Sobre la petición de enviar dos indios para la construcción de las iglesias de la Veracruz, lo cual fue autorizado por la autoridad. El Corregidor también informó que los alcaldes de la ciudad obligaban a trabajar en forma excesiva a los carpinteros; lo cual se consideró una violación a la norma en rigor.14

El cuatequil estaba profundamente arraigado en la sociedad prehispánica pues era un elemento propio de la explotación colectiva de la tierra, como una mezcla de explotación individual de las parcelas. La propiedad privada no estaba desarrollada por lo que era relativamente sencillo que los jefes menores de los pueblos solicitaran a los mandones de los barrios el concurso de los grupos de trabajadores para edificar un edificio, ya fuese de uso religioso o militar, o las casas administrativas de los principales. Así se construyeron los edificios del Centro de la ciudad de México, las grandes pirámides, que contaron con la participación de los jefes de los pueblos comarcanos y enviaron suficiente mano de obra y materiales para su levantamiento. Desde luego, se utilizaron métodos coercitivos para llevar a estos indígenas a los sitios de trabajo, pero también se empleó la persuasión y el convencimiento, sobre todo cuando se hacía alusión a una deidad y cuando las obras iban a ser de beneficio colectivo auténtico. Esta forma de trabajo, mitad coercitivo, según los usos y costumbres, y mitad voluntario, quedó inmerso en la vida de las poblaciones, diríamos que incluso, hasta nuestros días con el famoso tequio. En el caso de Xochimilco, desde la época prehispánica, los labradores de piedras estaban obligados o compelidos por motivos ideológicos, para trabajar en las obras de la ciudad de México, contribuyendo, por ejemplo, al viejo camino Xochimilco –ciudad de México, por lo que los españoles trataron de aprovechar en su beneficio esta costumbre.

Entre las riquezas naturales que había en la ciudad de México “mucho algodón y muy bueno pero en cuanto a los indios dijo que tienen ingenio y habilidad para aprender de todas las ciencias, artes y oficios que les han enseñado porque en todos han salido en tan breve tiempo, que es viendo los oficios que en Castilla están muchos años en aprender, acá es tan solo mirarlas y verlas bien, han muchos quedado maestros. Tienen el entendimiento vivo, recogido y sosegado, no aquellos ni derramando como otras naciones. En los oficios mecánicos, así los que de artes los indios tenían como los que de nuevo han aprendido de los españoles, se han perfeccionado mucho”.15 Entre los oficios que habían aprendido o perfeccionado mencionó a los plateros, curtidores, a los zapateros, a los fabricantes de sillas de montar pero también había herreros, tejedores, canteros, entalladores. Sobre todo, había sastres que elaboraban gabanes, sayales, capas, “tan bien como las que se hacen en Castilla”, a los fabricantes de guantes de gamuza, de vihuelas y de arpas.

Uno de los oficios que existía en forma notable en esa sociedad era el de los tejedores, pues de la fabricación de múltiples prendas de vestir, desde las más simples hasta las multicolores, dan cuenta muchas relaciones de tributos. Los españoles medioevales, doran en forma simplista, que había una “industria textil” muy desarrollada utilizándose para el pago de tributos, para fines de intercambio comercial con otros pueblos y desde luego, para la vestimenta de la población. Por ello, la instalaciones de obrajes, desde la primera etapa de la colonización, tanto en la ciudad de México como en otras grandes ciudades, se dieron en un terreno social propicio tanto desde el punto de vista de la tecnología, pues los indígenas conocían las ruecas para hilar, como desde el punto de vista del adiestramiento técnico ulterior. Por ello, el hecho de que por medio de la aplicación de las ordenanzas, se prohibiera que los indígenas fueran maestros y oficiales, no obstante sus antecedentes en la materia, resultaba un contrasentido, pues pronto demostraron su esterilidad, pues los indígenas eran tan diestros para hilar y tejer como los europeos. Y lo mismo ocurrió con los practicantes de otros oficios, que si bien estaban menos desarrollados, en función de las necesidades de la sociedad en que vivían, no eran ajenos a ellos y podían competir con los recién llegados.


Por su parte, González Cosío, apoyándose en Carrera Stampa afirmó que los pagos de los salarios deberían ser diarios o por lo menos fenecida la semana, en la mañana del domingo siguiente, debían ser en pesos de plata, no en vales o tlacos. “El pago de los salarios involucran dos importantes problemas: los adelantos y las deudas. Las dificultades de la mano de obra obligaban a los obrajeros y repetidamente a utilizar toda su maña para retener la fuerza de trabajo. Generalmente seguía la costumbre de los propietarios mineros y de los terratenientes que consistían en adelantos de importantes cantidades de dinero al operario para después, al no poder este cubrir sus deudas, quedarse empeñado por tiempo indefinido. Estaba así a merced de la voluntad del propietario que lo agobiaba, orillando a comprar por medio de vales la mercancía que necesitaban en sus tiendas, lo que venía a significar para el operario nuevos préstamos y mayores obligaciones que lo arraigaba en contra de su voluntad al taller obrajero”.16 Enfatizó que las autoridades virreinales exigían que se pagara a los indios, en dinero y observaba que una vez que pagaba sus deudas quedara efectivamente en libertad y así “llegaron las deudas a extremos abominables, heredando a los hijos las obligaciones de los padres y convirtiendo los adeudos en una pesada carga de generaciones enteras que arraigaban a las familias en un taller o en una heredad. Aquellos que habían contraído deudas quedaban empeñados por tiempo indefinido, hasta cubrir la cantidad adeudada.

No era suficiente aliciente que se pagaran los salarios en efectivo a precio de plata corriente sino que además era necesario aplicar medidas compulsivas sofisticadas, como los vales y adelantos pues pretendían atar a los obreros a los compromisos de un patrón. Estas formas persistieron del siglo XIX hasta el siglo XX, incluso durante la etapa del porfiriato, indicando con ello que a pesar del avance que había significado en la economía mercantil el pago en efectivo, distintos métodos coercitivos siguieron imperando, a la manera de un reforzamiento de los pagos en metálico que es la principal innovación de la economía. Ello revela que los propietarios seguían teniendo dificultades tanto para contratar mano de obra como para retenerla y por ello tenían que utilizar métodos del pasado que ya habían sido condenados por los virreyes desde el pasado.


También Israel puso en tela de duda la afirmación de que en la “república española”, es decir, en las poblaciones en las cuales eran mayoría los indígenas, imperaba la libre negociación de los salarios, pues los indígenas tenían la libertad de trabajar en donde quisieran e hizo referencia al sistema de trabajo por deudas que imperaba en las minas, las haciendas y en los centros fabriles, como Puebla, en donde las deudas se prolongaban de una manera indefinida y así tenían disponible la mano de obra y citó la denuncia del fraile carmelita Antonio Vázquez de Espinos quien en la Angelópolis descubrió que había embaucadores que a base de engaños y de trampas atraían indios a los obrajes en donde eran encerrados como si fueran prisioneros”. Más por muy malos que hubiesen sido las condiciones reinantes en las haciendas, minas y obrajes, quizá fueran mejores que las que imperaban bajo la jerarquía indígena o los corregidores. Por lo menos es preciso reconocer que, contra los esfuerzos de los oficiales españoles e indígenas, había una constante filtración de indios que abandonaban sus poblados, congregaciones y aldeas tradicionales para trasladarse a los centros de población indígena”.17

Había quejas acerca de manipulaciones y engaños sobre las formas de calcular las deudas de los operarios, sobre las mediciones de los volúmenes de hilados que producían, que tenían la finalidad de mantener en forma indefinida una deuda con el propósito de que no pudieran abandonar el obraje. Había, además, una causa objetiva: los salarios que percibían los operarios no eran suficientes para la manutención de sus familias por lo que se veían obligados a solicitar préstamos o anticipos para comprar alimentos o ropa, efectuar otros gastos a los que desde luego accedían los obrajeros, conscientes como estaban que de esta manera aseguraban la disponibilidad de la mano de obra.

El sistema de pagos por adelantado a la vez que implicaba una modalidad en la sujeción de los trabajadores, anulaba de hecho el principio de la libertad en la contratación, que con tanto empeño habían defendido los reyes. El hecho de tener un conjunto de deudas acumuladas les daba a los propietarios e inversionistas una considerable ventaja en la fijación de las condiciones del trabajo asalariado y de su principal componente, el salario.

Escribió Fossier que: “la evolución de la economía de producción ha desempeñado el papel principal en la desintegración de este tipo de trabajo. En si misma la esclavitud no es rentable: en primer lugar se necesita renovar regularmente ese “ganado”, de lo contrario, las mujeres embarazadas, los niños, los ancianos no servirán para nada. De otro modo, mal alimentados, ahogados en golpes e insultos, los esclavos trabajaran mal, incluso sabotearan su tarea. Al final de la antigüedad, ya se habían permitido algunas comodidades a los más seguros y a los más capaces: pastores a caballo en los latifundios, los inmensos dominios de los ricos, con cabañas y aperos, criados vinculados al servicio directo de los amos, desde la cocina a la cama, preceptores de los niños ricos, por lo que tenían cultura. El esclavo ejecuta lo que le exige el amo porque está forzado a ello y porque su desobediencia, peor aún, su rebelión es concebida como un crimen de sangre. Pero el hijo o el sobrino no está sometido al padre o al tío, es una ley natural, una obligación espiritual que les empuja a ello y su insumisión conllevará más una cadena moral que un castigo corporal”.18

Muchas grandes obras materiales de la ciudad de México no se podían haber edificado por el uso de métodos compulsivos o por medio del trabajo esclavo, pues su satisfacción requería del empleo de muchos peones especializados a los cuales se les debería pagar un salario elevado, según los cánones laborales de la propia edad media, que aconsejaban se les otorgara un tratamiento preferente y considerado a los oficiales y a los maestros. Normalmente, estos percibían elevados ingresos por su trabajo, sobre todo los canteros y joyeros; ni los esclavos ni los peones simples podían hacer estos trabajos con el “primor” con que lo hacían; los indígenas de Chalco llevaban las piedras hasta el pie de los edificios, pero su decoración corría a cargo de los especialistas, los cuales requerían como aliciente un salario muy elevado.
Por su parte, García Añoveros concluyó que la explotación de los indígenas no solo continuó en la etapa colonial sino que se intensificó al diversificarse la productividad introduciendo nuevos productos, muchos de los cuales “exigían abundante mano de obra en buena condición económica y uno de los problemas más graves y constantes al que asistimos durante el periodo colonial era la escasez de mano de obra; la fuerza de trabajo era escasa para la empresa económica proyectada, lo cual fue causa de continuar tensiones sociales y políticas. Por otro lado, la población indígena, y línea gemela, poseía suficientes tierras comunitarias para su alimentación y subsistencia por lo que era renuente a trabajar a trabajar para los colonizadores, pues no veían necesidad alguna de hacerlo ya que la mentalidad consumista y mercantilista del español no estaba en su ideología, no estaban dispuestos a trabajar para aquellos a quienes veían como extraños…”.19

En un principio era abundante la mano de obra indígena, pero este comenzó a escasear ante el abatimiento de la población que se presentó en distintas etapas, debido entre otros factores, a los cambios en los patrones de consumo humano. En la medida en que la economía española pre capitalista o capitalista se fue ampliando y abriendo a grandes sectores de la población, se requería mano de obra preparada y capacitada en la utilización de nuevas tecnologías traídas por los europeos. Llegaron a la Nueva España muchos aperos de labranza que eran de cobre y de hierro, así como máquinas y herramientas para la ganadería, la industria y los servicios que obligaban a que los indígenas mejoraran su adiestramiento tecnológico y así lo hicieron. Mientras la economía española se desarrolló sobre la base de patrones de acumulación capitalista, la economía de muchas comunidades y regiones en donde predominaban los indígenas siguieron bajo los patrones de producción y de distribución tradicionales comunitarios, lo que planteó una notable desventaja para estos segmentos.

Dijo Ramos Escandón:

“Las mujeres indígenas estaban especialmente presentes en la producción de algodón, fibra preferida por los indígenas para su vestido habitual, como para sus trajes ceremoniales. El trabajo textil de la mujer estaba asociado a la identidad femenina particularmente entre los aztecas quienes obsequiaban a las niñas recién nacidas husos de madera en miniatura y peines de telar, en tanto que en las urnas funerarias de las tejedoras recién fallecidas, se colocaban los instrumentos. La producción de algodón no solo sobrevivió a la conquista sin que aumentara debido a varias razones. La Corona española no la prohibió puesto que los mismos indígenas las consumían y no representaba competencia para los mercados españoles. Más aun, el gobierno español estableció un impuesto personal que las comunidades indígenas pagaban en telas de algodón y las mantas se convirtieron en una forma de moneda, ampliamente utilizada para el pago de impuestos y para transacciones comerciales. El aumento de la producción algodonera que se dio en el siglo XVII estuvo relacionado con el declive de los de textiles como la lana y la seda; fue notable tanto en obrajes organizados por españoles como en telares sueltos o talleres independientes que se volvieron característicos del área rural en México Central.

Si bien la actividad general del Rey era de carácter paternalista en relación con los indígenas, más lo era tratándose de las mujeres (y de los niños) a los cuales se le concedió una doble protección pues se prohibió de una manera tajante que pudieran dedicarse a las tareas propias de los varones. Por el contrario, estas debían dedicarse exclusivamente “a las tareas propias de su sexo”. Pero habiendo ocupado un papel central en la fabricación de telas, desde la época prehispánica, fueron incorporadas al terreno de la explotación económica, al incorporar su trabajo en los excedentes económicos. En efecto, la fabricación de telas, desde las más sencillas hasta las más complicadas, formó parte muy destacada de la producción material en general, no solo de la economía indígena. Las telas, en las nuevas condiciones económicas impuestas por los españoles, ya no formaban parte de los tributos sino eran ya mercancía que podía comprarse con moneda, es decir, habían entrado a los mercados.

También Aguirre mencionó que desde la primera etapa de la conquista, Chalco fue una encomienda de Cortés pues al poco tiempo se demostró que tenía una gran capacidad para proporcionar mano de obra y para pagar tributos. “Lo interesante es que ya para la primera década de la colonia se tuvo la intención de dar un salario a los trabajadores indígenas. Asimismo fue Nuño de Guzmán quien tasó a Chalco con 8,000 fanegas de maíz al año, las cuales se concentraron en Tlalmanalco. El mismo Nuño de Guzmán hizo construir una casa en México a indígenas de Otumba, Tepeapulco, Chalco y Coyoacán, casas que después vendió a mil pesos”.20 Con la mano de obra de los chalcas se concluyó el convento franciscano de Tlalmanalco y se utilizó cal, piedra, madera y después trabajadores de esa zona contribuyeron a edificar las casas de la Real Audiencia.

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