Formas de trabajo en la Nueva España T. II capítulo VIII distintas formas de coacción en el trabajo indígena



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Formas de trabajo en la Nueva España

T.II

Capítulo VIII



Distintas formas de coacción en el trabajo indígena

Capitulo IX



Paternalidad del Rey y Realidad Social

Capitulo X



Reparto de la mano de obra indígena

Capitulo XI



Actividades industriales y trabajo asalariado

Capitulo XII



El Trabajo de los esclavos

Capitulo XIII

Trabajo y encomiendas

Capitulo XIV

Trabajo en las estancias de ganado

Notas bibliográficas y Bibliografía

Archivos Consultados

CAPITULO VIII

Distintas Formas de Coacción

en el Trabajo Indígena.

Rojas se refirió, citando fuentes de los autores clásicos, que había en México-Tenochtitlán varios grupos de artesanos, entre ellos, los albañiles, los carpinteros, los canteros, los encaladores o adornadores, los ganapanes que servían para llevar cartas o también llamados tatemes y recuerda que tanto Cortés como Sahagún hablaba de la existencia de los oficiales mecánicos. “La mayor parte de los artesanos eran macehuallis cuyo modo de ganarse la vida difería del de los tradicionales componentes de un calpulli. Su participación en la vida ceremonial dependía de su grado de riqueza pues aunque intervenían en la celebración de fiestas como grupos, un individuo próspero podía ofrecer una víctima a su propia costa. El despliegue de riquezas que se efectuaba dependía directamente del poderío del grupo ofrendante. La habilidad de los indígenas en las distintas artes quedó bien manifiesta durante la colonia. Los artesanos indígenas de la primera generación parecen haber sido notablemente activos y deseosos de aprender, lo que supone la creatividad de los oficios prehispánicos. Los artesanos trabajaban por su cuenta o por un particular o tlatoani. En el segundo caso, recibían su manutención del señor y en el primero a través de la venta de sus productos; muchos de los cuales figuran en las listas de artículos vendidos en el mercado”.1 Hizo una similitud con respecto a los oficiales mecánicos que había en Sevilla en el siglo XVI, que representaba el sector más populoso de la ciudad agrupados en gremios hermandades.

En el momento en que se inició la construcción de la Traza moderna de la ciudad de México, a iniciativa de Cortés y de su grupo de conquistadores, amigos y socios, operaba la misma estructura ocupacional y de oficios que se había presentado en las etapas finales de los Tlatoanis, lo que significa que muchos artesanos prehispánicos siguieron ejerciendo sus oficios, ahora bajo nuevas normas, las propias de la sociedad feudal, lo cual fue benéfico para los españoles pues ya dispusieron de una cierta proporción de mano de obra calificada, la cual ahora tendría que ser reeducada y capacitada con base en los nuevos procedimientos y nuevas tecnologías.
Según los datos proporcionaos por Borah y Sherburne, en 1519 había en el México Central 11 millones de habitantes, en 1540 se había reducido a 6, 127,466, en 1565, 4, 409,180, en 1597, eran 2, 500,000, en 1607 bajaron a 2, 014,000, hasta llegar a la conclusión de que “el efecto de la guerra, los trastornos económicos y sociales y las nuevas enfermedades, la población notablemente densa de antes de la conquista disminuyó en más de 90% entre 1519 y 1607. La catástrofe demográfica subsiguiente a la conquista de México puede calificarse como una de las peores de la humanidad. Antes de la llegada de los españoles, el cultivo con coa del maíz, fríjol y otras plantas fomentó el desarrollo de una población de notable densidad en el México Central. Los indios, que subsistían con 900 gramos por día y los varones adultos se multiplicaron en número solo comparable al de los cultivadores de arroz y de papa. Careciendo de animales domésticos que exigieron el empleo de tierras, toda extensión cultivable estaba prácticamente dedicada al sostenimiento de seres humanos. La sucesión de imperios centralizados en la meseta, significó que estos cubrían sus deficiencias de alimentos, algodón y otros artículos imponiéndoles como tributo a las zonas costeñas, muy pobladas y productivas”.2

La conquista produjo efectos sociales sumamente graves en la población indígena pues en primer lugar fracturó el desarrollo histórico de estos pueblos, al producirse sobre ellos un fenómeno externo, parecido al de un cataclismo social. Es entrar en la especulación franca y abierta, formular aseveraciones sobre el futuro de estas comunidades. En segundo término, generó una disminución muy drástica de la población que nos recuerda la trágica experiencia de La Española según los cálculos que hicieron Borah y Sherburne de 6 millones de personas a tan solo 2 millones. Aunque los españoles no se propusieron la desaparición de los núcleos indígenas, como ocurrió en los Estados Unidos, en que se convirtió en una política de estado, se desencadenaron una serie de procesos sociales y biológicos pues una vez que se echaron a andar después fueron indetenibles, como las epidemias que diezmaron a grupos completos. Además, y esto fue lo más grave, trastocaron una serie de equilibrios naturales y sociales pues durante cientos de años habían asegurado la permanencia de las poblaciones indígenas al introducir factores tecnológicos nuevos.

Ordenó el juez gobernador Antonio Valeriano que a los cantores y músicos del Tlaxilocalli de San Sebastián y San Pablo se les exceptuara del cuatequitl, siendo solo 7 los exceptuados y así se ordenó a los merinos y tepuxques “para que de esta manera hagan bien los oficios divinos allá en el Colegio de San Gregorio”. 3

Los merinos o tepuxques tenían relaciones muy detalladas de los habitantes de los pueblos, sobre todo de los solteros, pues serían objeto de la dotación de mano de obra por medio de un repartimiento; quedaban exceptuados los niños, las mujeres y los hombres mayores de 60 años, también siguiendo una regla que venía de la época de prehispánica, en relación con aquellos que estaban obligados a pagar tributos. Los que se dedicaban a las bellas artes, los que trabajaban en los servicios religiosos, en los templos, estaban eximidos de esta obligación, aunque los artistas, como cantores, pintores, labradores de piedra sí debían hacerlo, entregando objetos de su producción.

Orozco y Berra describió: las primeras disposiciones que emitió la Real Audiencia en la ciudad de México para sustituir el poder unipersonal de Cortés. Entre ellas estaban las siguientes: constitución de una Casa de Moneda, fabricación de monedas de oro y plata; establecimiento del almojarifazgo, del siete y medio por ciento sobre mercancías y mantenimiento. Se emitió una ordenanza para que todos los encomenderos, a los cuales se les hubiese dotado de mano de obra indígena tuviesen personas eclesiásticas que la adoctrinara en la fe católica. Persecución de los vagabundos y holgazanes (es decir, de los españoles que solo realicen agravios contra los naturales). Que no se pidiera oro en forma de tributo a los indígenas, que se les diera espacio para labrar sus sementeras, los naturales están obligados a construir las casas de los encomenderos más no laborar casas para vender, ni aplicar a los naturales amenazas ni tormentos. Se prohibió dar a los indios, armas, caballos, yeguas, y vinos, se concede a la Audiencia la facultad de repartir las tierras en forma de solares, sobre todo entre los conquistadores y los vecinos, así como el derecho de repartir indios que estuviesen vacantes, entre otros.4

Es importante destacar que el establecimiento de la Casa de Moneda, ocurrido durante la administración de Antonio de Mendoza, estaba destinada a satisfacer una demanda estratégica de mediano y largo plazo: producir monedas metálicas que hicieran más fluidas las operaciones de intercambio de mercancías y de servicios ya que los comerciantes consideraban insoportable para la expansión de sus negocios la extrema lentitud y la tardanza en los trámites de compraventa. Después se alentaron las importaciones de objetos metálicos, sobre todo aperos de labranza y herramientas para la agricultura y la ganadería, la minería, pero después se implementó un impuesto pues estas importaciones estaban siendo generadoras de riqueza personal y se hicieron los rígidos requisitos para viajar a la Nueva España tratando de alentar la llegada de artesanos y de trabajadores calificados, sobre todo para impulsar la ganadería y sus actividades conexas, como la fabricación de alimentos, pero sobre todo las actividades comerciales en las ciudades que estaban registrando un fuerte crecimiento Como dijo Horn, también en Coyoacán se otorgaba el servicio personal para trabajos públicos a través del coatequitl, que era un sistema rotativo de suministro de mano de obra indígenas el cual estaba a cargo de cada Tlaxilucalli pero se presentó un proceso de diferenciación entre los áreas de influencia tesponeca para concluir que “la dominación española dejó intacta mucha de la organización sociopolítica india en el aspecto regional superponiendo formas de administración española sobre las ciudades y estados o altepetl. Los altepetl fueron en muchos casos organizaciones complejas siendo que en una gran cantidad de áreas del México Central colonial la rotación de la obligación laboral y la ocupación de cargos municipales se basaron en esquemas de altepetl duales o múltiples. El cabildo de corte ibérico así como el oficio de gobernador indio reemplazaron gradualmente la presencia del linaje Tlatoani en cuanto a base de un estatuto de independencia. Una fragmentación gradual del altepetl ocurrió en el transcurso del periodo colonial debido a la búsqueda y la adquisición de status independiente entre sus subordinado, siguiendo criterios españoles”.5

El cuatequil consistía en un acuerdo mediante el cual los señores de varios poblados de una región determinada, decidían sumar esfuerzos colectivos para construir obras públicas de beneficio común, como presas, acueductos, avenidas y para ello cada uno decidía enviar a trabajar a un cierto número de indígenas aplicando un sistema de rotación y sujeto a un cierto periodo de tiempo. Este trabajo no era pagado sino voluntario y gratuito, queriendo demostrar con él un claro sentido de pertenencia a una comunidad. El repartimiento era un cuatequitl, pero deformado pues conducía a grupos de indígenas, mediante una supuesta voluntariedad, a una cierta población a trabajar, pero en beneficio de un individuo español. El cuatequil tenía un gran interés colectivo que trataba de que todos los miembros de una comunidad se beneficiaran mediante la manifestación de un esfuerzo colectivo, pero el repartimiento era en realidad una forma de reclutamiento del trabajo, pero para la consecución de objetivos de orden comercial y mercantil.
González Cosío definió el cuatequil o repartimiento forzoso como un “reclutamiento de trabajo de indígenas organizado cada año que destinaba dichos trabajadores, según un cierto plan previo, a distintos propietarios, principalmente mineros y hacendados. Se hacían poderes en los que se enlistaban pueblos indígenas que debían cubrir la tanda anual. Este consistía en la prestación de servicios retribuidos que una vez al año un porcentaje de indígenas de un determinado pueblo estaban forzados a realizar para un patrón señalado por la autoridad competente. Esta tarea duraba -cada año- por lo común de una a cuatro semanas, con frecuencia eran solo de seis días solamente, pero se llegaba a exigir en época de la dobla hasta diez semanas, la cuota de indios más usada en el cuatequil durante los periodos ordinarios de labrar o cosechar era de un cuatro por ciento; dicho porcentaje tenía muchas fluctuaciones pues llegaba a ser hasta del 2%. Cuando venía la dobla, por algún acontecimiento que agudizaba las necesidades de la mano de obra, entonces la cuota subía hasta el 10% y duraba el trabajo más de 10 semanas. Los encargados de repartir los indios eran las autoridades virreinales que nombraban también jueces y repartidores y concedieron atribuciones de esta índole a corregidores y alcaldes mayores. El repartimiento fue creando un clima de tensión entre los intereses de los hacendados y de los propietarios mineros, ya que los primeros tenían trabajadores voluntarios, sustrayéndolos del cumplimiento forzoso de las tandas. Es comprensible que prefiriese los indios el trabajo en el campo a las agobiantes jornadas en las minas…”.6

Los repartimientos tenían, desde el punto de vista familiar, dos características: una, era voluntario, es decir, los indígenas se presentaban en una plaza pública y declaraban que deseaban trabajar en beneficio de un propietario o de un inversionistas y dos, era siempre mediante el pago de un salario que previamente había sido acordado, casi en el momento que se hacía la contratación. Se especificaba la duración de ese contrato, que podía ser de 2 a 4 semanas, tiempo en el cual los indígenas se trasladaban al sitio o poblado en el que eran requeridos. Se les decía que trabajaran, por ejemplo, en la construcción de una iglesia, de un hospital, durante el plazo de unas 4 semanas, pero en virtud de que la obra no concluía en el plazo fijado, se doblaba de 4 a 8 semanas, sin tomar en cuenta la opinión de los indígenas.

Según Alperovich “las primeras manufacturas aparecieron en la Nueva España desde el siglo XVI, había muy pocas, incluso a finales del periodo colonial, los poderes retenían el desarrollo de la industria colonial con la finalidad de conservar el monopolio de la metrópoli en la importancia de mercancías del país. La política económica del gobierno de Madrid determinaba también el desarrollo de la agricultura de la colonia. Los poderes españoles temían la competencia y prohibían que en la Nueva España se cultivara la uva, el olivo y otros. Solamente se permitía los cultivos que no se daba en España. El comercio interno estaba débilmente desarrollado. Los monopolios estatales sobre la venta de losas, sobre las bebidas alcohólicas, sobre las cartas de juego; sobre el papel sellado, el tabaco otros productos, impedían el desarrollo. A esto cabe agregar que la capacidad de compra de la gran masa de la población que sentía sobre sus espaldas el peso de numerosos impuestos a favor de los terratenientes, de la corona y de la iglesia, era casi insignificante”.7

Desde un principio, el desarrollo de las fuerzas productivas, que estaba recibiendo un extraordinario impulso debido a las importaciones masivas de muchas herramientas y equipos de metal, tropezó con múltiples restricciones debido a las concepciones políticas imperantes en la Casa de Habsburgo, que reinaba en España. Ellos aspiraban a que se poblara más la Nueva España, pero la habían considerado como una región subyugada o subordinada desde el punto de vista económico y político. Se pensaba que sería una colonia de la cual se podía surtir España de materias primas, plata y oro y en segundo término, se concibió como un mercado para sus productos manufactureros. La importación de máquinas y herramientas y de innovaciones tecnológicas, era alentad pero hasta cierto límite, pues eran los que fijaban los grupos económicos más poderosos como los comerciantes. La producción material en la Nueva España será complementaria de la de España y nunca la podía sustituir a ella por lo que múltiples actividades industriales fueron totalmente copadas por un conjunto de restricciones y prohibiciones, que permanecieron durante muchas décadas.

El 6 de marzo los indios de Xochimilco se quejaron de los malos tratos recibidos “pues (los españoles) nos mandan traer piedra a nuestra costa a esta ciudad de México a casa de los españoles y el precio de la dicha piedra no nos han dado cosa alguna los dichos gobernadores y los demás oficiales sin que ellos los reparten entre si. Y cuando no podemos traer la dicha piedra, nos prendan y echan a la cárcel y nos azotan los susodichos. Los cuales están en el presente tienen cinco pesos nuestros compañeros, por causa de que ya no podemos traer la dicha piedra sin tener nuestros recaudos para sacarlos del monte, no tenemos con que traerlos a esta ciudad. En respuesta a esta petición, el virrey elevó los tributos, que pagaba don Joaquín y don Martín, precisamente para aumentar los salarios de los macehuales y los gastos de la comunidad; aumentar la producción para su majestad de las chinampas. Todo ello, organizando el trabajo por semana y también a los carpinteros del monte se les asignaron una cierta cantidad de canoas y de brazos, vigas, maderas y cuaternas pues “cada canoa vale 8 o 10 pesos de manera que exoficial que acabara cada semana servicios una canoa a pagar 8 pesos por año”.

Los poblados que se encontraban en la zona lacustre fueron tributarios de los aztecas durante la etapa de su dominación y una vez que se instalaron los españoles como la fuerza económica y social hegemónica, lo fueron también de ellos. Había dos mercancías que tenían un alto valor: las piedras y la madera, los cuales eran indispensables para sostener la fiebre constructiva que había invadido la ciudad desde que la trazara García Bravo. Para llevar a cabo los planes constructivos se requerían grandes volúmenes de piedras, de todo tipo, sobre todo canteras y de maderas, lo cual tenía muy diversos usos, desde aquellos que estaban vinculados a la construcción de edificios y casas, como las vigas o portales, hasta la fabricación de puertos y objetos ornamentales. En una primera etapa, se recurrió al saqueo descarado, mediante la implementación del régimen tributario correspondiente y por medio del sistema de encomiendas, hasta que se fijan una serie de precios, pues el virrey se dio cuenta que la explotación medida estaba acabando con los bosques.


Entre los datos que proporcionó Hassig estaban los siguientes: un tameme transportaba 23 kilos de carga, una mula en un día 115 kilos, una canoa en un día 1000 kilos; el costo del transporte en canoa en relación al del tameme en un día era 2.5%, las áreas que cubrían las canoas, en la cuenca de México es de 55 km. De largo por 25 de ancho, Si bien los costos del transporte en esta región eran relativamente bajos “se incrementaban en proporción automática con la distancia, lo que hacía que muchos bienes se volvieran demasiado costosos por ser importados. Un transporte más rápido habría reducido los costos y aunque los aztecas podrían haber construido caminos imperiales para unir Tenochtitlán con ciudades distantes, no lo hicieron; en cambio, exigieron a sus tributarios que mantuvieran despejados los caminos cercanos y que mantuvieran a los tamemes en los centros más grandes. Ninguna de estas exigencias influyó significativamente en el comercio local pero permitió a los pochtecas (mercaderes) viajar sin problemas, contratar tamemes a lo largo de la ruta y reemplazarlos en cada pueblo, según fuera necesario.8

Desde el punto de vista económico, el sistema de porteadores y cargadores era útil y benéfico para cubrir el abastecimiento de alimentos y materias primas de las grandes poblaciones como las que se encontraban en el Valle de México pues la mayoría de ellos se encontraba a corta distancia y podían fácilmente, los pochtecas, llevar a cabo sus importantes funciones. Este sector adquirió una gran importancia económica, social y política muy grande en la última etapa del reinado de los Tlatoanis, los cuales eran consultados en las decisiones del máximo dirigente. Podían contratar tamemes y utilizarlos en los recorridos de cortas distancias, por ejemplo, entre Chalco y la ciudad de México, entre Toluca y la propia ciudad capital, pero tratándose de recorridos hacia la zona de la Huasteca, del Golfo de México, hacia las regiones zapotecas los costos se incrementaban de una manera considerable.

Según una definición del año de 1611, el batán es una “cierta máquina ordinaria de unas mazas de madera muy gruesas que mueve una rueda con agua y esta golpean a veces un pilón donde batirían los paños para que luego se limpien y se incorporan en trapos” y la primera referencia a los batanes dato de junio de 1166 en que se construyeron dos cercas de Gerona y después se extendieron por toda Europa. “La fuente de energía de los batanes, como todos los ingenios hidráulicos, es la fuerza hidráulica. De acuerdo con la importancia de la instalación, la rueda podía aprovechar la corriente del río, yendo colocada directamente sobre él, sistema utilizado en los pequeños batanes o en otros casos, para los mayores o cuando las corrientes no fuesen suficientes se construía una presa, similar a la que se usaba para la motriz. Desde la presa el agua es conducida hasta la rueda por una canalización labrada en un tronco de madera de roble. El paso del agua se regula a voluntad, mediante una compuerta de madera accionado por una palanca desde el lugar del pisadero. La compulsión del conjunto se realiza por el giro de una rueda hidráulica de madera que va solidaria a un eje o árbol provisto de unas levas que se levantan y dejan caer los porros y mazas sobre las telas. El potro constituye la estructura principal del batán y está constituido por cuatro pies derechos fuertemente anclados en el terreno y un bastidor superior del que penden las mazas de madera”.

En una estructura agrícola que como la que se encontraban los españoles en la que había sobre todo pequeñas obras de irrigación y habiendo grandes depósitos de agua que se podían explotar con fines comerciales, los batanes permitieron incluir valor agregado a los cultivos pues la producción de alimentos ya no dependía del comportamiento de las lluvias o de otros fenómenos climatológicos sino de un factor exógeno, el uso planificado de estos importantes recursos naturales. Con los batanes se podía trasladar agua de un sitio a otro, guardar y conservarla, lo que permitía que los españoles la utilizaran como forma de dominación económica y social, pues ahora se podían construir presas, acequias, vados de desviación, con lo que la producción agrícola, sobre todo de trigo, ya podía efectuarse en forma racional.


También el virrey Matías Gálvez reconoció que “se ven en distintas provincias de este virreinato sufriendo así es como uno como en otro sexo casi mísera esclavitud (se refería a los peones de las haciendas) curarles castigos, excesivas fatigas y conversiones injustas, con ofensas de sus derechos, transgresión de las leyes y usurpación de la pública potestad”. Determinó que “para corregir esos males” los hacendados llevaron registros formales de sus operarios, las tareas que desempeñaban, los jornales, que perciban; mantener a sus gañanes durante el tiempo de sus enfermedades y no precisando el trabajo; podrá ir a sus casas a dormir con sus mujeres; ningún operario podrá ser recibido en una hacienda si en la otra de origen tienen una deuda; los indios gañanes y demás labores podrán estar libres para permanecer voluntariamente en las haciendas en la que viven, pero dispuso que “considerando la inclinación de estos naturales a la ociosidad y su perjudicial desidia, prevenga que ningún indio viva ocioso, que todos se trabajen y se ocupen en propio o ajeno trabajo sin excusa todos los días que no sean los prohibidos de trabajar. Castigue con la mayor severidad y los vagos, díscolos, ociosos, incorregibles y abandonados a la holgazanería y a la ebriedad; ordenó que se pague a los indios sus trabajos en dinero en efectivo, tabla y mano propia, según su ajustaran, convinieran con sus amos; no se debe tratar a los indios con rigor ni encerrar en prisiones, aunque se hagan, ni ser azotados por vía de corrección, ni compelidos a fatigar excesivos, pero trabajar con cuidados sin distracción alguna de sol a sol, menos las dos horas de descanso a la sombra de las doce a las dos de la tarde, no se obligará a las mujeres de los indios a servir en las casas de las haciendas y se señalaba una serie de multas que iban desde 300 pesos.9

La legislación en materia de trabajo difícilmente se aplicaba pues los informes hacían notar que muchos gañanes de las haciendas morían durante las jornadas de labores lo que indica que o no estaban bien alimentados o trabajaban bajo condiciones insalubres. La primera obligación que se estableció para los propietarios agrícolas e industriales era la relativa a la jornada de trabajo que debería ser de 12 horas, es decir, desde que salía el sol, hasta que se metía, pero con frecuencia dicha jornada se incrementaba de 2 hasta 4 horas, lo que en la práctica significaba que vivían encerrados ya sea en las haciendas o en los obrajes, situación que era muy parecida a la de la esclavitud clásica en donde el esclavo estaba recluido en la casa habitación o en el establecimiento comercial prácticamente todo el día y acaso podía salir, acompañando a su amo, los domingos al mercado o a una ceremonia religiosa. No había registros formales de los trabajadores ya que solo se tenía un conocimiento directo de ellos cuando algún funcionario virreinal los visitaba, obedeciendo a una denuncia o a una inspección regular.

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