Fedro: el género de la fábula definición



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FEDRO: EL GÉNERO DE LA FÁBULA
Definición: Es una composición literaria, generalmente en verso, en la que, por medio de una ficción alegórica y de personificaciones de seres irracionales, inanimados o abstractos, se da una enseñanza útil o moral. Su origen remoto es probablemente oriental. Fábulas, apólogos, proverbios y otras creaciones literarias más o menos anónimas de raíz popular suelen difundirse de un país a otro sin adoptar forma definitiva, generalmente por vía oral y con variados aspectos.

Ya en Grecia, la fábula establece distancias ante la poesía de tono elevado y solemne. Los rapsodas repetían su repertorio épico de ciudad en ciudad, de corte en corte. Aunque también gustaban al pueblo, se difundió frente a ellos otro género de literatura narrativa destinada a la gente que carecía de grandes exigencias literarias. Así pues, frente a la Epopeya, que representaba el lado noble, aristocrático y heroico de la vida y cuyos personajes eran los héroes y los dioses, la Fábula reflejaba otra existencia: la de las cosas, plantas y animales, que actuaban como si fueran humanos para aleccionarnos sobre los malos comportamientos. La Fábula transporta a los oyentes o lectores a un momento intemporal y fantástico, en el que los seres inanimados, los animales y las plantas hablan, adquiriendo rasgos humanos.

Muchas de las fábulas más conocidas, que se convirtieron en latinas por obra y gracia de Fedro, nacieron en Grecia; otras, en cambio, procedían de diversos países de Oriente: Egipto, India, Frigia... Fueron sus transmisores los mercaderes y los esclavos. Esclavo fue Fedro y también lo fue Esopo (s. VI a. C.), cuyo nombre está identificado con la Fábula griega y a quien se le atribuye la paternidad de ésta como género literario.

FEDRO

Vida: Mucho de lo que sabemos de Fedro ha sido extraído de lo que afirma en sus obras, así que los datos son muy inseguros. Cayo Julio Fedro habría nacido hacia el año 15 a. C. en el monte Pierio, en Macedonia. Llegó muy joven a Roma como esclavo de Augusto, que lo manumitió en consideración a su cultura; por ello, se declara en sus libros Augusti libertus. Probablemente se dedicó al trabajo de maestro de escuela y el hecho de que en ésta se hiciera aprender a los niños fábulas esópicas, pudo haber influido en el nacimiento de su vocación poética. Conservó siempre un buen recuerdo de Augusto, al que consideraba el modelo de juez perfecto, cauteloso y escrupuloso, que no cree fácilmente a los acusadores.

Lo contrario de Tiberio, que, de acuerdo con lo que indica Fedro, prestaba fácilmente oídos a los delatores. Según parece, en tiempos de este emperador sufrió una dolorosa experiencia personal en materia de justicia al ser procesado por unas acusaciones calumniosas. Es posible que algunas de sus fábulas fueran interpretadas como maliciosas sátiras políticas. Acaso se tratara de Las ranas que pedían rey y de Las ranas que se duelen de las bodas del sol. Puede que fueran otras composiciones más explícitas, pero no hay seguridad ya que lo que ha llegado hasta nosotros es sólo una selección de sus poemas. En cuanto al proceso, los versos que lo provocaron se escribieron antes de la muerte de Sejano (31 d. de C.), favorito de Tiberio. Al revolverse contra Sejano, Fedro reconocía valientemente que las fábulas eran el único medio de defensa de que disponía la servidumbre oprimida, a la vez que aducía, en disculpa propia, que los poetas satíricos no atacaban a personas concretas, sino a "categorías". Es posible que Fedro, acusado del crimen de lesa majestad por el propio Sejano y condenado en el proceso, continuara sufriendo la condena después del ajusticiamiento de su acusador, durante los años siguientes del reinado de Tiberio y que, muerto éste, intentase conseguir el perdón ante Calígula, su sucesor. Buscaba protección y parece que la encontró, puesto que en su libro tercero habla de un tal Eutico, al que pide que no se demore en prestarle la ayuda prometida, que rinda homenaje a su inocencia, que lo proteja contra los malvados.

Aunque en alguno de sus poemas parece dar la sensación de que se sentía viejo y desesperanzado y que había llegado el fin de su actividad poética, debió recibir la ayuda deseada, ya que publicó de pronto otro libro, el cuarto, en el que no habla de procesos ni de perseguidores, sino tan sólo de malignidad literaria y de críticos envidiosos. Llega incluso a prometer a Particulón, a quien se lo dedica, renombre eterno asociándolo a sus obras, que pervivirán mientras signifique algo en el mundo la literatura latina. Animado por esta confianza en la gloria, publicó aún un libro más, el quinto. Seguramente murió hacia el fin del principado de Claudio o comienzos del de Nerón.

Consideración: Los grandes poetas romanos pertenecían generalmente a determinados círculos literarios y se movían en las altas esferas de una sociedad privilegiada. En cambio, la fábula y su mundo poético, como hemos visto, se desenvuelven en otro aire, en un ambiente más popular. Fedro, el primero y el más importante cultivador de este género literario entre los romanos, pasó tan desapercibido para la literatura "oficial" de su tiempo, que apenas se dice nada sobre su persona y obra. Su nombre no es mencionado por sus contemporáneos, ni siquiera por Quintiliano, que, al hablar de las Aesopi fabellae, añade desdeñosamente que fascinan las mentes de los rustici e imperiti (ordinarios e ignorantes). Séneca en su Consolatio ad Polibium, escrita después del año 41 d. de C., cuando Fedro había ya compuesto y posiblemente publicado una buena parte de su obra, sugiere a Polibio, que ponga en verso fábulas esópicas, asegurándole que se trataba de un género literario no tocado aún por los romanos.


Este fracaso contribuyó a irritar el carácter, ya dé por sí áspero y rencoroso, de su autor, inclinado por naturaleza a ver el lado negativo de la vida, en la que, al parecer, nunca le sonrió la fortuna. Marcial recuerda su fama de "perverso".

Fedro se enorgullece de haber sido el primer romano en intentar el género esópico, lamentando que Esopo le hubiera impedido ser el primero en sentido absoluto. En la Edad Media y en el Neoclasicismo su obra alcanzó la difusión y el reconocimiento que sus contemporáneos le negaron.


Pensamiento y estilo: En su conjunto, las fábulas de Esopo constituyeron una especie de reivindicación satírica del pueblo más humilde frente a los aprovechados, privilegiados y poderosos, que suelen aparecer en ellas vistos desde el ángulo más grotesco. Este espíritu reivindicativo aparece aún más claro en los cinco libros de las Fabulae Aesopiae de Fedro. Probablemente fue ese espíritu el que atrajo al poeta hacia este tipo de literatura, que surge en los umbrales del Imperio, cuando ya no se podía expresar con entera libertad lo que se pensaba. Por eso, hará hablar a los animales, portadores de la opinión callada de una gran mayoría silenciosa, privada de su antigua consistencia política, ausente de toda participación real, e incluso ilusoria, en la administración del Estado y cada vez más segregada de la alta sociedad de la época imperial. Fedro, plebeyo y poeta de la plebe, aparece por ello sin conexión alguna con el resto de los poetas de su tiempo.

Cada fábula es una imagen plástica de eficaz contenido práctico y moral, que presenta vivamente escenas inolvidables de personas y animales.

Ejemplos: la del tímido cordero ante el lobo, la del ciervo que contempla en la fuente su frondosa cornamenta o la del mulo que, orgulloso de su carga de oro, camina altanero haciendo tintinear sus cascabeles.

Prescindiendo de las fábulas más logradas, el conjunto ofrece cierta aridez, razón principal del escaso éxito que obtuvo entre sus contemporáneos.

Las fábulas están escritas en senarios yámbicos, no muy espontáneos, pero cuidadosamente elaborados, en un lenguaje bastante puro, expresado con sencillez, propiedad y concisión. Sus metáforas son simples, pero pintorescas y sugestivas.
Obra: Se conoce con el título de Fabulae Aesopiae. Los cinco libros comprenden noventa y tres composiciones originales. Cada libro es sólo una selección de los poemas que se publicaron en su día. Con los treinta del Apéndice y veinte más de las paráfrasis medievales en prosa, se completan los ciento cuarenta y tres que conservamos.

Existen pues 93 originales. Gracias a algunas colecciones medievales de fábulas, simples paráfrasis en prosa, como Aesopus Latinus o Romulus, pudieron recuperarse algunas de las fábulas perdidas. Un suplemento más genuino y textual, el Appendix Perottina, primer manuscrito original, aunque incompleto, fue hallado en 1808 y en él Perotti (humanista del s. XV) nos ofrece treinta fábulas más, que, unidas a las 20 entresacadas de la colección Romulus y reconstruidas, completan la colección de 143.

Las primeras fábulas de Fedro, es decir, las comprendidas en los libros I y II, escritas en tiempos de Tiberio (14-37 d. C.) se atienen más a Esopo: El lobo y el cordero, La zorra y el cuervo, El asno y el león, El pavo y la corneja, La rana y el buey, etc.

En la primera, la del lobo y el cordero, expone la amarga historia del débil, sometido constantemente al ataque de los poderosos. En el relato siguiente, el de las ranas que pedían rey, parece aludir al envilecimiento de los hombres de su época, dispuestos a la servidumbre, prestos al degradante espectáculo de doblar el espinazo ante la todopoderosa autoridad imperial.

El libro III lo escribió en la época de Calígula (37-41 d. C.). Su prólogo y epílogo dan indicios acerca del proceso seguido contra él, y están dedicados a Eutico. (Destacan El lobo al perro y Un pollo a una perla, como las fábulas más conocidas.)

El IV y V debieron escribirse en tiempos de Claudio. (Sobresalen La zorra y las uvas, La serpiente y El parto de los montes, entre las más famosas.) En estos libros Fedro amplió gradualmente el horizonte de sus modelos griegos. El tema de la opresión del débil por el poderoso es en él algo obsesivo y se refleja no sólo en la moraleja del final de cada obra, sino a lo largo de las mismas.




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