Existencialismo



Descargar 316,82 Kb.
Página1/2
Fecha de conversión08.06.2017
Tamaño316,82 Kb.
  1   2

CENTRO DE ORIENTACIÓN Y DESARROLLO HUMANO

WWW.CODEH-GESTALT.COM


EXISTENCIALISMO
El existencialismo es un movimiento filosófico y literario propio de los siglos XIX y XX, pero se pueden encontrar elementos existencialistas en el pensamiento (y vida) de Sócrates, en la Biblia y en la obra de muchos filósofos y escritores anteriores a la edad contemporánea.
E

l existencialismo resalta el papel crucial de la existencia, de la libertad y de la elección individual, y que gozó de gran influencia en distintos pensadores y escritores de los siglos XIX y XX. Debido a la diversidad de posiciones que se asocian al existencialismo, el término no puede ser definido con precisión. Se pueden identificar, sin embargo, algunos temas comunes en todos los autores existencialistas. El término en sí mismo sugiere uno principal: el énfasis puesto en la existencia individual concreta y, en consecuencia, en la subjetividad, la libertad individual y los conflictos de la elección.
La mayoría de los filósofos desde Platón ha mantenido que el bien ético más elevado es el mismo para todos: en la medida en que uno se acerca a la perfección moral, se parece a los demás individuos perfectos en el plano moral. El filósofo danés del siglo XIX, Sören Kierkegaard, el primer escritor que se calificó de existencialista, reaccionó contra esta tradición al insistir en que el bien más elevado para el individuo es encontrar su propia y única vocación. Como escribió en su diario: “Tengo que encontrar una verdad que sea verdadera para mí... la idea por la que pueda vivir o morir”. Otros escritores existencialistas se han hecho eco de la creencia de Kierkegaard de que el individuo ha de elegir el camino propio sin la ayuda de modelos universales y objetivos. En contra de la idea tradicional de que la elección moral implica un juicio objetivo sobre el bien y el mal, los existencialistas han afirmado que no se puede encontrar ninguna base objetiva, racional, para defender las decisiones morales. También durante el siglo XIX, el filósofo alemán Friedrich Nietzsche sostuvo que el individuo tiene que decidir qué situaciones deben ser consideradas como morales.
Todos los existencialistas han seguido a Kierkegaard al resaltar la importancia de la acción individual apasionada al decidir sobre la moral y la verdad. Han insistido, por tanto, en que la experiencia personal y la actuación según las propias convicciones constituyen los factores esenciales para llegar a la verdad. Así, la comprensión de una situación por parte de alguien que está comprometido en esa situación es más elevada que la del observador indiferente, objetivo. Este énfasis puesto en la perspectiva del agente individual ha hecho que los existencialistas sean suspicaces respecto al razonamiento sistemático.
Kierkegaard, Nietzsche y otros fueron, de un modo intencionado, no sistemáticos en la exposición de sus filosofías y prefirieron expresarse mediante aforismos, diálogos, parábolas y otras formas literarias.

A pesar de su posición antirracionalista de partida, no se puede decir que los existencialistas fueran irracionales en el sentido de negar toda validez al pensamiento racional.


Han mantenido que la claridad racional es deseable allí donde sea posible, pero que las materias más importantes de la vida no son accesibles a la razón o a la ciencia. Además, han sostenido que incluso la ciencia no es tan racional como se supone. Nietzsche, por ejemplo, afirmó que la visión científica de un Universo ordenado es para la mayoría una ficción práctica, una entelequia.
A pesar de que el pensamiento existencialista engloba el ateísmo absoluto de Nietzsche y Sartre y el agnosticismo de Heidegger, su origen en las meditaciones religiosas de Pascal y Kierkegaard hizo presagiar su gran influencia en la teología del siglo XX. El filósofo alemán Karl Jaspers, aunque rechazó las doctrinas religiosas ortodoxas, influyó en la teología moderna con su preocupación por la trascendencia y los límites de la experiencia humana. Los teólogos protestantes alemanes Paul Johannes Tillich y Rudolf Bultmann, el teólogo católico francés Gabriel Marcel, el filósofo ruso Nikolái Alexándrovich Berdiáiev y el filósofo judío Martin Buber heredaron muchas de las inquietudes de Kierkegaard, en particular respecto a la creencia de que un sentido personal de la autenticidad y del compromiso resulta esencial para la fe religiosa.
Algunos filósofos existencialistas hallaron en la literatura el camino idóneo para transmitir su pensamiento. Así, el existencialismo ha sido un movimiento tan vital y amplio en literatura como en filosofía. El novelista ruso del siglo XIX Fiódor Dostoievski es quizá el mayor representante de la literatura existencialista. En Memorias del subsuelo (1864), el enajenado antihéroe está enfadado ante las pretensiones optimistas del humanismo racionalista. La idea de la naturaleza humana que surge en esta y en otras novelas de Dostoievski consiste en que es imprevisible, perversa y autodestructiva; sólo el amor cristiano puede salvar a la humanidad de sí misma, pero ese amor no puede ser entendido desde la sensibilidad filosófica. Como dice el personaje de Aliosha en Los hermanos Karamazov (1879-1880): “tenemos que amar la vida más que el significado de la misma”.
En el siglo XX, las novelas del escritor checo Franz Kafka, como El proceso (1925), El castillo (1926) y América (1927), presentan hombres aislados y enfrentados a burocracias inmensas, laberínticas y genocidas; los temas de Kafka de la angustia, la culpa y la soledad reflejan la influencia de Kierkegaard, Dostoievski y Nietzsche. También se puede apreciar la influencia de Nietzsche en las novelas del escritor francés André Malraux y en las obras de teatro de Sartre. Los escritos de Albert Camus están asociados a este movimiento debido a la importancia que en ellos tienen temas como el absurdo y la futilidad de la existencia, la indiferencia del Universo y la necesidad del compromiso en una causa justa. También se reflejan conflictos existencialistas en el teatro del absurdo, sobre todo en las obras de Samuel Beckett y Eugène Ionesco. En Estados Unidos, la influencia del existencialismo en la literatura ha sido más indirecta y difusa, pero se pueden encontrar trazas del pensamiento de Kierkegaard en las novelas de Walker Percy y John Updike, y temas existencialistas en las obra de escritores como Norman Mailer, John Barth y Arthur Miller.
En el ámbito español y latinoamericano el existencialismo ha ejercido una gran influencia y, bajo la inspiración de Heidegger y Sartre, ha planteado propuestas originales. Especialmente en América Latina, donde la filosofía existencial se unió a la búsqueda de una filosofía propiamente latinoamericana.
TEMAS PRINCIPALES
Debido a la diversidad de posiciones que se asocian al existencialismo, el término no puede ser definido con precisión. Se pueden identificar, sin embargo, algunos temas comunes en todos los autores existencialistas. El término en sí mismo sugiere uno principal: el énfasis puesto en la existencia individual concreta y, en consecuencia, en la subjetividad, la libertad individual y los conflictos de la elección.



  • INDIVIDUALISMO MORAL

La mayoría de los filósofos desde Platón ha mantenido que el bien ético más elevado es el mismo para todos: en la medida en que uno se acerca a la perfección moral, se parece a los demás individuos perfectos en el plano moral. El filósofo danés del siglo XIX Sören Kierkegaard, el primer escritor que se calificó de existencialista, reaccionó contra esta tradición al insistir en que el bien más elevado para el individuo es encontrar su propia y única vocación. Como escribió en su diario: “Tengo que encontrar una verdad que sea verdadera para mí... la idea por la que pueda vivir o morir”. Otros escritores existencialistas se han hecho eco de la creencia de Kierkegaard de que el individuo ha de elegir el camino propio sin la ayuda de modelos universales y objetivos. En contra de la idea tradicional de que la elección moral implica un juicio objetivo sobre el bien y el mal, los existencialistas han afirmado que no se puede encontrar ninguna base objetiva, racional, para defender las decisiones morales. También durante el siglo XIX, el filósofo alemán Friedrich Nietzsche sostuvo que el individuo tiene que decidir qué situaciones deben ser consideradas como morales.





  • SUBJETIVIDAD

Todos los existencialistas han seguido a Kierkegaard al resaltar la importancia de la acción individual apasionada al decidir sobre la moral y la verdad. Han insistido, por tanto, en que la experiencia personal y la actuación según las propias convicciones constituyen los factores esenciales para llegar a la verdad. Así, la comprensión de una situación por parte de alguien que está comprometido en esa situación es más elevada que la del observador indiferente, objetivo. Este énfasis puesto en la perspectiva del agente individual ha hecho que los existencialistas sean suspicaces respecto al razonamiento sistemático. Kierkegaard, Nietzsche y otros fueron, de un modo intencionado, no sistemáticos en la exposición de sus filosofías y prefirieron expresarse mediante aforismos, diálogos, parábolas y otras formas literarias. A pesar de su posición antirracionalista de partida, no se puede decir que los existencialistas fueran irracionales en el sentido de negar toda validez al pensamiento racional. Han mantenido que la claridad racional es deseable allí donde sea posible, pero que las materias más importantes de la vida no son accesibles a la razón o a la ciencia. Además, han sostenido que incluso la ciencia no es tan racional como se supone. Nietzsche, por ejemplo, afirmó que la visión científica de un Universo ordenado es para la mayoría una ficción práctica, una entelequia.




  • ELECCIÓN Y COMPROMISO

Tal vez el tema más destacado en la filosofía existencialista es el de la elección. La primera característica del ser humano, según la mayoría de los existencialistas, es la libertad para elegir. Mantienen que los seres humanos no tienen una naturaleza inmutable, o esencia, como tienen otros animales o plantas; cada ser humano hace elecciones que conforman su propia naturaleza. Según la formulación del filósofo francés Jean-Paul Sartre, la existencia precede a la esencia. La elección es, por lo tanto, fundamental en la existencia humana y es ineludible; incluso la negativa a elegir implica ya una elección. La libertad de elección conlleva compromiso y responsabilidad. Los existencialistas han expuesto que, como los individuos son libres de escoger su propio camino, tienen que aceptar el riesgo y la responsabilidad de seguir su compromiso dondequiera que éste les lleve.




  • TEMOR Y ANGUSTIA

Kierkegaard mantenía que es crucial para el espíritu reconocer que uno tiene miedo no sólo de objetos específicos sino también un sentimiento de aprehensión general, que llamó “temor”. Lo interpretó como la forma que tenía Dios de pedir a cada individuo un compromiso para adoptar un tipo de vida personal válido. El concepto de angustia posee un papel decisivo y similar en las obras del filósofo alemán Martin Heidegger; la angustia lleva a la confrontación del individuo con la nada y con la imposibilidad de encontrar una justificación última para la elección que la persona tiene que hacer. En la filosofía de Sartre, la palabra “náusea” se utiliza para el reconocimiento que realiza el individuo de la contingencia del Universo, y el término “angustia” para el reconocimiento de la libertad total de elección a la que hace frente el hombre en cada momento.




  • ANGUSTIA

Angustia, estado anímico de extrema inquietud ante un peligro no definido. El individuo que experimenta angustia se siente desarmado e impotente ante una amenaza vaga, inexplicable e indeterminada.


El sentimiento de angustia ha sido estudiado en filosofía, psicología y psiquiatría. El filósofo danés Sören Kierkegaard, precursor del existencialismo, inició la llamada ‘Filosofía De La Angustia’. Para Kierkegaard, la angustia es la categoría fundamental que define la relación del ser humano con el mundo. En su obra El concepto de la angustia (1844) postuló que “en la angustia experimentamos la nada absoluta”. El filósofo alemán Martin Heidegger afirmó en El ser y el tiempo (1927) que en la angustia se comprende la existencia humana, una “isla que flota en la nada”.
Kierkegaard mantenía que es crucial para el espíritu reconocer que uno tiene miedo no sólo de objetos específicos sino también un sentimiento de aprehensión general, que llamó “temor”. Lo interpretó como la forma que tenía Dios de pedir a cada individuo un compromiso para adoptar un tipo de vida personal válido. El concepto de angustia posee un papel decisivo y similar en las obras del filósofo alemán Martin Heidegger; la angustia lleva a la confrontación del individuo con la nada y con la imposibilidad de encontrar una justificación última para la elección que la persona tiene que hacer. En la filosofía de Sartre, la palabra “náusea” se utiliza para el reconocimiento que realiza el individuo de la contingencia del Universo, y el término “angustia” para el reconocimiento de la libertad total de elección a la que hace frente el hombre en cada momento.
En el campo de la psicología, Sigmund Freud distinguió la ‘angustia real o automática’, que surge en el individuo como reacción ante un peligro exterior previsto, de la ‘angustia neurótica o neurosis de angustia’, que no obedece a ninguna realidad concreta y que está relacionada con la libido. En Inhibición, síntoma y angustia postuló que este sentimiento proviene del trauma del nacimiento, cuando se produce la separación del nuevo ser del cuerpo de la madre, y que después reaparece en situaciones que evocan ese momento.
La psiquiatría considera a la angustia como patología de orden somático (físico) y la diferencia de la ansiedad, a la que define como patología de orden psíquico. Sus causas varían: pérdida amorosa que conlleva un sentimiento de abandono, actividad sexual insatisfactoria, un conflicto interior o, en algunos casos, la representación imaginaria de una situación conflictiva inconsciente. Los síntomas que acompañan a este estado son los característicos del shock: palpitaciones, sudores, temblores, disnea (dificultad en la respiración) y aceleración del ritmo cardiaco.


  • ALIENACIÓN

Alienación, extrañamiento de uno mismo frente a otros individuos, a la sociedad o al trabajo. Por lo general, se atribuyen al término significados con frecuencia contradictorios. Los psiquiatras, por ejemplo, consideran que la alienación es un bloqueo autoinducido o una disociación de sentimientos que produce en la persona una reducción de su capacidad social y emocional con las consiguientes dificultades para ajustarse a la sociedad. Sin embargo, algunos filósofos creen que el origen de la alienación no está en la persona sino en una sociedad vacía y despersonalizada. El historiador social del arte Arnold Hauser ha relacionado el concepto de alienación con el de narcisismo, caracterizándolos como tendencias propias del arte manierista y su proyección en diversas manifestaciones artísticas y literarias contemporáneas, es decir, desde el siglo XVII hasta el XX. Lejos de una categorización moral de ambos conceptos, Hauser se propone precisar fenómenos que se repiten con frecuencia en la representación artística: la reflexión sobre el propio material de trabajo (la literatura que se refiere a sí misma o, como en el caso de Las Meninas de Diego de Silva Velázquez, el pintor que aparece en la tela usando las posibilidades del juego de espejos). El propio Don Quijote sería un ejemplo de búsqueda de otro (lo ajeno) fuera de sí (lo propio), con la incorporación de un factor importante de distanciamiento: el humor y, junto con él, la parodia.


El concepto de alienación es muy antiguo. Ya san Agustín decía que la humanidad, por su naturaleza pecadora, estaba alienada de Dios. Sin embargo, consideraba que se podía llegar a la reconciliación a través de la fe en Cristo. El filósofo alemán Karl Marx, en su interpretación económica de la alienación, sostenía que las personas estaban alienadas de su propio trabajo, ya que al no poseer los medios de producción, otra persona (el propietario o capitalista) se apropiaba de su trabajo que pasaba a ser obligatorio y no creativo. Para Sigmund Freud, médico austriaco y fundador del psicoanálisis, la alienación era un distanciamiento de uno mismo causado por la separación de las partes consciente e inconsciente de la mente. La sociología proporcionó otro punto de vista: la anomia o desarraigo (postulada por el teórico social francés Émile Durkheim) era la causa de la pérdida de la tradición social y religiosa. Posteriormente algunos sociólogos ampliaron la teoría de la alienación de Durkheim.
Los Existencialistas Sören Aabye Kierkegaard, Martin Heidegger y Jean-Paul Sartre consideraban que cierto grado de autoextrañamiento e impotencia ante el propio destino era algo consustancial a la condición humana.


  • EXISTENCIA

Existencia, concepto filosófico que designa el hecho de existir. Es posible considerar la existencia en sí misma, de forma independiente de todo conocimiento, y la existencia de los objetos de experiencia, que se oponen a la nada o a la no existencia. Ordinariamente, existe una estrecha relación entre ser y existencia: la existencia es una forma determinada de ser, pero no agota todas las posibilidades del ser. También pueden distinguirse diferentes formas de existencia: real, ideal, física, matemática, psicológica. El análisis del concepto de existencia (así como la relación entre ser y existencia, esencia y existencia) es muy complejo y ha sido realizado a lo largo de la historia de la filosofía por diferentes autores. Su estudio pertenece a una de las ramas de la filosofía: la ontología. En la filosofía contemporánea, es especialmente importante la denominada Filosofía Existencialista, que destaca el valor de la existencia como modo de ser propio del sujeto humano. En lógica, se denomina juicio existencial al que afirma o niega la existencia de un sujeto.





  • DIOS




    • DEFINICIÓN DEL CONCEPTO

Dios, centro y objeto de la fe religiosa, la última realidad o simplemente un ser sagrado a quien se adora y se dirigen oraciones. En las religiones monoteístas, el Ser supremo, a quien se considera el único Dios, creador y origen de todo cuanto existe, y al que se describe en términos de atributos perfectos, por ejemplo, su infinitud, inmutabilidad, eternidad, bondad, conocimiento (omnisciencia) y poder (omnipotencia). La mayoría de las religiones atribuyen a Dios ciertos rasgos de carácter, como la voluntad, el amor, la cólera y la misericordia, que pueden interpretarse tanto metafórica como literalmente.


Muchos pensadores religiosos han sostenido que Dios es tan diferente de los seres mortales que debe ser considerado en esencia como un misterio más allá de la capacidad de comprensión humana. No obstante, la mayoría de los filósofos y teólogos han supuesto que es posible un conocimiento limitado de Dios y han formulado diferentes concepciones de él en términos de atributos divinos y trayectorias de conocimiento.


    • ENFOQUES FILOSÓFICOS Y RELIGIOSOS

Las concepciones filosóficas y religiosas de Dios han estado muy diferenciadas. En el siglo XVII, por ejemplo, el matemático y pensador religioso francés Blaise Pascal comparó de manera poco propicia el "Dios de los filósofos", una noción abstracta, con el "Dios de la fe", una realidad viva, experimentada. En general los místicos, que reclaman la experiencia directa del ser divino, han afirmado la superioridad de su conocimiento de Dios a las demostraciones racionales de su existencia y de los atributos propuestos por filósofos y teólogos. Algunos teólogos han intentado compaginar los enfoques filosóficos y experimentales de Dios, como en la doble vía del teólogo alemán del siglo XX Paul Tillich, que habló de Dios como la "causa del ser" y el "interés último". Una cierta tensión es quizá inevitable, no obstante, entre el modo en que los doctrinarios hablan de Dios y el modo en que la mayoría de los creyentes piensan de él y lo experimentan.




    • ATRIBUTOS PRINCIPALES

Dios puede ser concebido como trascendente (por encima del mundo), haciendo hincapié en su "calidad de otro", su independencia absoluta y su poder sobre el orden mundial; o como inmanente (habitando en el Universo), resaltando su presencia y participación dentro del proceso del mundo. Ha sido pensado como personal, por analogía con los individuos humanos, pero algunos teólogos, por otra parte, han sostenido que el concepto de personalidad es inadecuada para Dios y que debe ser concebido como impersonal o suprapersonal. En las grandes religiones monoteístas, Dios es venerado como lo Uno, la unidad suprema que abarca o ha creado todas las cosas; pero el politeísmo, la creencia en muchos dioses, también ha permanecido enriqueciéndose a través de la historia.


Estos contrastes son a veces combinados mediante procedimientos dialécticos:


    • TEÍSMO

Hace hincapié en la trascendencia divina. Sostienen su existencia y promueven la fe y la devoción a Dios.


    • ATEÍSMO

Niega la existencia de Dios. Se opone a la idea, la creencia, la fe y la devoción a Dios.


    • PANTEÍSMO

Identifica a Dios con el orden del mundo; en el panteísmo Dios es entendido tanto desde una perspectiva tanto trascendente, como inmanente.


    • AGNOSTICISMO

Se declara incapaz de saber sobre la existencia o la no existencia de Dios. Lo deja de lado y el comprobar o refutar la idea de Dios no se encuentra dentro de su campo de estudio.

La doctrina cristiana de la Trinidad y doctrinas similares de otras religiones admiten la unidad y la diversidad interna de Dios. El cristianismo es una modalidad de monoteísmo en que la unidad completa de Dios ha sido modificada. También se ha razonado que Dios tiene aspectos personales e impersonales, o también que sólo él es auténticamente personal y que en el ámbito de la finitud hay sólo una aproximación imperfecta al ser personal. Estos intentos, para unir de manera dialéctica en Dios características opuestas en apariencia, son comunes en escritores religiosos y místicos, y se proponen hacer justicia a la variedad y complejidad de la vivencia religiosa. El filósofo alemán del siglo XV Nicolás de Cusa, por ejemplo, creyendo que Dios sólo puede ser aprehendido a través de la intuición mística, acentuó la "coincidencia de opuestos" en Dios; el filósofo danés del siglo XIX Sören Kierkegaard insistía en la naturaleza paradójica de la fe religiosa. Estas formulaciones sugieren que la lógica del discurso sobre Dios es diferente por sí misma a la lógica que se aplica a las entidades finitas.


En el judaísmo, el Cristianismo y el Islam, las tres religiones enraizadas con la tradición bíblica, Dios es concebido ante todo en términos de trascendencia, personalidad y unidad.


    • LA IDEA JUDÍA DE DIOS

La idea de trascendencia es introducida en los versos iniciales de las escrituras hebreas, en las que Dios es presentado como creador y este concepto imprime todo el discurso judío sobre Él. Decir que el mundo es creado significa que no es independiente de Dios o una emanación de Dios, pero sí es externo a Él, un producto de su voluntad, por eso Él es Señor de toda la tierra. Esto explica la antipatía que los judíos sienten hacia la idolatría (ninguna criatura puede representar al Creador, por lo que está prohibido hacer ninguna imagen material suya). Sin embargo, es también parte de la doctrina referida a la creación que el ser humano fue hecho a imagen de Dios; por ello, la comprensión hebrea de Dios fue francamente antropomórfica. Él prometía y amenazaba, podía enojarse y ser asimismo envidioso; pero sus atributos principales eran virtud, justicia, compasión, verdad y lealtad. Es representado como rey, juez y pastor. Él establece pactos con su gente y así se autolimita. Como Dios, a pesar de su condición antropomórfica, es una divinidad viva.


Es verdad que el nombre de Dios, Yahvé, era entendido como "Yo soy el que es", pero no era tomado por los hebreos de la época bíblica en el sentido abstracto y metafísico en el que se le consideró más tarde. El Dios hebreo era único y su mandato fue, "¡No tendréis otros dioses delante de mí!" (aunque en algunos pasajes bíblicos el Espíritu del Señor y el Ángel del Señor y, en posteriores especulaciones judías, la sabiduría divina parecen ser seres divinos secundarios).


    • CONCEPCIÓN CRISTIANA

El cristianismo emprendió su andadura como una secta judía y así asumió al Dios de los hebreos, y las Escrituras judías se convirtieron con el tiempo, para los cristianos, en el Antiguo Testamento. Durante su magisterio, Jesús fue quizá entendido como un hombre santo de Dios, pero a finales del siglo I los cristianos le habían ensalzado como pastor divino, y esto creó la tensión con la tradición monoteísta del judaísmo. La solución del problema fue el desarrollo de la doctrina de Dios trino o Trinidad que, pese a insinuarse en el Nuevo Testamento, no fue formulada de un modo completo hasta el siglo IV. El Dios del Antiguo Testamento se convirtió, para los cristianos, en el Padre, un título que el mismo Jesús le había aplicado y por el que se proponía hacer hincapié en su amor y cuidado más que en su poder. Jesús mismo, reconocido como Cristo, fue entendido como el Hijo encarnado o la Palabra divina (Logos), la manifestación concreta de Dios en el orden finito. Ambas expresiones, Hijo y Palabra, implican un ser, que es a la vez distinto del Padre e incluso tan próximo, relacionado como ser 'de la misma sustancia' (del griego, homoousios) con Él. El Espíritu Santo —en Occidente se dice que procede del Padre y del Hijo, en Oriente que procede sólo del Padre (después de la controversia del filioque) — es la presencia inmanente y la actividad de Dios en la creación, por la que lucha para conducirla a la perfección. Aunque la teología cristiana habla de las tres "personas" de la Trinidad, no hay tales personas en el sentido moderno, sino tres modos de ser del mismo y único Dios.




    • ISLAM

El Islam surgió como una poderosa reacción contra las antiguas culturas paganas de Arabia y, como consecuencia de ello, es la que profesa su monoteísmo con mayor rigidez entre las tres religiones de raíz bíblica. El nombre de Alá significa simplemente 'El Dios'. Es personal, trascendente y único, y a los musulmanes se les prohíbe representarlo con cualquier forma viviente. El credo principal se resume en la proclamación: "No hay dios más que Alá y Mahoma es su profeta". Alá tiene siete atributos básicos: vida, conocimiento, poder, voluntad, oído, vista y habla. Las tres últimas no se entienden en un sentido antropomórfico. Su voluntad es absoluta, y todo lo que ocurre depende de ella, incluso hasta el punto de que creyentes y no creyentes están predestinados a la fe o a la falta de fe.


A pesar de las diferencias, las concepciones de Dios en el judaísmo, el cristianismo y el Islam tienen un obvio parecido familiar. Las grandes religiones de Asia, sin embargo, pertenecen a una esfera muy distinta. Incluso el uso de la palabra Dios en un contexto religioso asiático puede ser engañoso, porque por regla general lleva la connotación de personalidad. Una expresión más amplia que englobaría tanto la idea de un Dios personal y la idea de un absoluto impersonal o suprapersonal es el Ser Sagrado.



    • HINDUISMO

En el hinduismo, el Ser Sagrado puede ser comprendido de diferentes maneras. Desde una perspectiva filosófica, es entendido como Brahman, la realidad única eterna, absoluta, que abarca todo lo que es, de modo que el mundo que cambia es sólo la apariencia exterior (maya). En la religión popular se reconocen muchos dioses, pero entendidos con propiedad, son manifestaciones de Brahman, y cada uno de ellos tiene su propia función. Los tres dioses principales, Brahma, Visnú y Siva (encargados de la creación, la preservación y la destrucción), están unidos como el Trimurti, o los tres poderes. Hablando en sentido estricto, el dios creador no crea en el sentido judeocristiano, porque el mundo es eterno y él es tan sólo el dios que ha estado desde la génesis de los Tiempos. En el hinduismo Bhakti, el camino de la devoción personal, el dios Isvara se concibe como personal y no es diferente al dios judeocristiano.




    • BUDISMO

Se dice a veces que el budismo Theravada es ateo, pero no es así. Los dioses son reales, pero no son lo fundamental. La realidad última o Ser Sagrado, constituye el orden cósmico impersonal. Una idea semejante se encuentra en la religión griega antigua, en la que el destino cósmico parece haber sido superior incluso a los grandes dioses. En el budismo Mahayana de China y Japón, Buda mismo fue transformado en un ser divino, aunque la vinculación con el Buda histórico se volvió muy tenue o incluso desapareció, de ahí que las figuras de Buda en el Lejano Oriente sean consideradas seres cósmicos.


En las religiones chinas indígenas, el politeísmo puro de las culturas populares fue modificado por el contacto con las tradiciones filosóficas desarrolladas por la minoría erudita. En estas filosofías el Ser Sagrado último también parece haber sido concebido como una categoría impersonal. En el taoísmo, es el ritmo del Universo; en el confucianismo es la ley moral del cielo.


    • POLITEÍSMO Y ANIMISMO

En el politeísmo, hay muchos seres sagrados, cada uno de los cuales manifiesta algún atributo divino particular o cuida de algún aspecto concreto de la naturaleza o de las cuestiones humanas. El politeísmo fue la forma más común de religión en el mundo antiguo y estuvo muy desarrollada en Egipto, Mesopotamia, Grecia y Roma, entre otras civilizaciones. Tiende, sin embargo, a evolucionar en una forma de religión que muestra una concepción unitaria de la divinidad (como demostró el hinduismo), bien por ejercer la crítica filosófica o porque una de las deidades en el panteón politeísta adquiera una superioridad contundente. Se solían concebir los dioses de un panteón con algún lazo familiar, lo que aseguraba desde el principio un sentido de su unidad. El politeísmo se desarrolló casi con regularidad a partir de una forma más tradicional de religión (todavía practicada en muchas partes del mundo) llamada animismo, la creencia en una multitud de fuerzas espirituales, localizadas y limitadas en su poder, algunas amistosas y otras hostiles. En el animismo el sentido de Ser Sagrado se difunde por todo el Universo.


Una serie de tipos, cada uno transformándose en los otros, puede ser extraído de este estudio. En el monoteísmo del judaísmo y del Islam, el Ser Sagrado se concibe en su aspecto más trascendente y personal. En el trinitarianismo cristiano, se hace un intento para sintetizar la trascendencia y la inmanencia. En las religiones de Asia que se han tratado, se resalta la inmanencia y naturaleza impersonal del Ser Sagrado (aunque algunas formas de hinduismo y budismo no excluyen aspectos personales de la condición divina).


    • FUNDAMENTOS PARA LA CREENCIA EN DIOS

Aunque las concepciones de Dios han variado de modo considerable, en dependencia del periodo histórico, cultura y grupo de que se trate, una misma fe en un Ser Sagrado ha sido predominante en algún sentido en casi todas las sociedades a través de la historia. Sin embargo, esta creencia ha sido puesta en duda desde los tiempos antiguos por doctrinas como el escepticismo, el materialismo, el ateísmo y otras formas de descreimiento, y la proporción de no creyentes es más alta en las sociedades modernas que en la mayoría de las sociedades del pasado.


Para un incalculable número de personas estas experiencias del Ser Sagrado son auto-autentificadas, y sienten que no necesitan indagar más. Toda experiencia humana, sin embargo, es falible. Errores de percepción son experiencias cotidianas, y concepciones falsas del mundo natural, la Tierra, los cuerpos celestes y otras análogas han prevalecido durante miles de años. Es por lo tanto posible que la experiencia del Ser Sagrado sea ilusoria, y esta posibilidad ha llevado a algunos creyentes a buscar una base racional para sostener su fe en Dios con la confirmación de la propia experiencia. Numerosos intentos se han llevado a cabo para probar la realidad de Dios. El teólogo escolástico medieval san Anselmo afirmó que la misma idea de un ser de quien nada más perfecto puede ser concebido supone su existencia, pues la existencia es en sí misma un aspecto de la perfección. Muchos filósofos han negado la validez lógica de la transición de la idea a la existencia real, pero todavía se discute este razonamiento ontológico.
El teólogo del siglo XIII santo Tomás de Aquino rechazó el razonamiento ontológico, pero propuso otras cinco pruebas de la existencia de Dios que todavía son aceptadas de forma oficial por la Iglesia católica apostólica romana: 1) la realidad del cambio requiere un agente del cambio; 2) la cadena de la causalidad necesita fundarse en una causa primera que no es causada; 3) los hechos contingentes del mundo (hechos que pueden no haber sido como son) presuponen un ser necesario; 4) se puede observar una gradación de las cosas desde lo más alto a lo más bajo, y esto apunta hacia una realidad perfecta en el punto más alto de la jerarquía; 5) el orden y el diseño de la naturaleza demandan como fuente un ser que posea la más alta sabiduría. El filósofo alemán del siglo XVIII Immanuel Kant rechazó y refutó los razonamientos de Tomás de Aquino, pero sostuvo la necesidad de la existencia de Dios como el soporte o garante de la vida moral.
Estas razones para afirmar la realidad de Dios han sido sometidas todas a repetidas críticas y siguen siendo replanteadas para recibir nuevas apreciaciones. Hoy día está aceptado de un modo general que ninguna de ellas constituye una prueba, pero muchos creyentes dirán que los razonamientos acumulan una fuerza que, aunque tiene poco de prueba, supone una fuerte probabilidad, sobre todo en conjunción con la evidencia de la experiencia religiosa. En último extremo, la creencia en Dios es, como muchas otras creencias importantes, un acto de fe, una fe que tiene que estar enraizada en la experiencia personal.
Si Dios es el fundamento u origen del ser y no simplemente otro ser, aun el ser supremo o más elevado que concebirse pueda, entonces no existe en el sentido en que se encuentran las cosas en el mundo. Puede ser incluso engañoso decir, "Dios existe", aunque es el modo tradicional de hablar. Creer en Dios es tener fe en el fundamento último del ser, o confiar en la racionalidad última y la virtud de la disposición completa de las cosas. Este modo de expresar el tema deja en el aire las cuestiones de la trascendencia e inmanencia, ser personal e impersonal, entre otras. El fundamento principal para creer en Dios debe encontrarse en la experiencia, y en concreto en la experiencia religiosa. Hay muchas experiencias en las que la gente ha sido consciente del Ser Sagrado que afecta a sus vidas —experiencias místicas, conversión, una sensación de presencia, a veces visiones o locuciones— y que pueden sentirse con la fuerza de una revelación. Junto a experiencias religiosas en sí mismas hay otras en las que la gente llega a ser consciente de una profundidad o una finalidad que ellos llaman Dios (experiencias morales, relaciones interpersonales, sensación de belleza, la búsqueda de la verdad, la conciencia de finitud, incluso la confrontación con el sufrimiento y la muerte). A veces se producen las llamadas situaciones límite (término utilizado en el siglo XX por el filósofo alemán Karl Jaspers), porque aquéllos que sufren tales experiencias parecen chocar contra los límites de su propia existencia. Al hacer esto, sin embargo, llegan a ser conscientes de un ser que trasciende su propio ser, con el que todavía sienten tanto diferencia como afinidad. Llegan a ser conscientes de lo que en el siglo XX el teólogo protestante Rudolf Otto denominó, en una clásica descripción, mysterium tremendum et fascinans, el misterio que produce a la vez temor y fascinación.

  1   2


La base de datos está protegida por derechos de autor ©absta.info 2016
enviar mensaje

    Página principal