Eva luna isabel Allende



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EVA LUNA
Isabel Allende




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Dijo entonces a Scheherazada: “Hermana, por Alá sobre ti, cuéntanos una historia que haga pasar la noche...”

(De Las mil y una noches)


Me llamo Eva, que quiere decir vida, según un libro que mi madre consultó para escoger mi nombre. Nací en el último cuarto de una casa sombría y crecí entre muebles antiguos, libros en latín y momias humanas, pero eso no logró hacerme melancólica, porque vine al mundo con un soplo de selva en la memoria. Mi padre, un indio de ojos amarillos, provenía del lugar donde se juntan cien ríos, olía a bosque y nunca miraba al cielo de frente, porque se había criado bajo la cúpula de los árboles y la luz le parecía indecente. Consuelo, mi madre, pasó la infancia en una región encantada, donde por siglos los aventureros han buscado la ciudad de oro puro que vieron los conquistadores cuando se asomaron a los abismos de su propia ambición. Quedó marcada por el paisaje y de algún modo se las arregló para traspasarme esa huella.

Los misioneros recogieron a Consuelo cuando todavía no aprendía a caminar, era sólo una cachorra desnuda y cubierta de barro y excremento, que entró arrastrándose por el puente del embarcadero como un diminuto Jonás vomitado por alguna ballena de agua dulce. Al bañarla comprobaron sin lugar a dudas que era niña, lo cual les creó cierta confusión, pero ya estaba allí y no era cosa de lanzarla al río, de modo que le pusieron un pañal para tapar sus vergüenzas, le echaron unas gotas de limón en los ojos para curar la infección que le impedía abrirlos y la bautizaron con el primer nombre femenino que les pasó por la mente. Procedieron a educarla sin buscar explicaciones sobre su origen y sin muchos aspavientos, seguros de que si la Divina Providencia la había conservado con vida hasta que ellos la encontraron, también velaría por su integridad física y espiritual, o en el peor de los casos se la llevaría al cielo junto a otros inocentes. Consuelo creció sin lugar fijo en la estricta jerarquía de la Misión. No era exactamente una sirvienta, no tenía el mismo rango que los indios de la escuela y cuando preguntó cuál de los curas era su papá, recibió un bofetón por insolente. Me contó que había sido abandonada en un bote a la deriva por un navegante holandés, pero seguro ésa es una leyenda que inventó con posterioridad para librarse del asedio de mis preguntas. Creo que en realidad nada sabía de sus progenitores ni de la forma como apareció en aquel lugar.

La Misión era un pequeño oasis en medio de una vegetación voluptuosa, que crece enredada en sí misma desde la orilla del agua hasta las bases de monumentales torres geológicas, elevadas hacia el firmamento como errores de Dios. Allí el tiempo se ha torcido y las distancias engañan al ojo humano, induciendo al viajero a caminar en círculos. El aire húmedo y espeso, a veces huele a flores, a hierbas, a sudor de hombres y alientos de animales. El calor es oprimente, no corre una brisa de alivio, se caldean las piedras y la sangre en las venas. Al atardecer el cielo se llena de mosquitos fosforescentes, cuyas picaduras provocan inacabables pesadillas, y por las noches se escuchan con nitidez los murmullos de las aves, los gritos de los monos y el estruendo lejano de las cascadas, que nacen de los montes a mucha altura y revientan abajo con un fragor de guerra. El modesto edificio, de paja y barro, con una torre de palos cruzados y una campana para llamar a misa, se equilibraba como todas las chozas, sobre pilotes enterrados en el fango de un río de aguas opalescentes cuyos límites se pierden en la reverberación de la luz. Las viviendas parecían flotar a la deriva entre canoas silenciosas, basura, cadáveres de perros y ratas, inexplicables flores blancas.

Era fácil distinguir a Consuelo aun desde lejos, con su largo pelo rojo como un ramalazo de fuego en el verde eterno de esa naturaleza. Sus compañeros de juego eran unos indiecitos de vientres protuberantes, un loro atrevido que recitaba el Padrenuestro intercalado de palabrotas y un mono atado con una cadena a la pata de una mesa, al que ella soltaba de vez en cuando para que fuera a buscar novia al bosque, pero siempre regresaba a rascarse las pulgas en el mismo sitio. En esa época ya andaban por aquellos lados los protestantes repartiendo biblias, predicando contra el Vaticano y cargando bajo el sol y la lluvia sus pianos en carretones, para hacer cantar a los conversos en actos públicos. Esta competencia exigía de los sacerdotes católicos toda su dedicación, de modo que se ocupaban poco de Consuelo y ella sobrevivió curtida por el sol, mal alimentada con yuca y pescado, infestada de parásitos, picada de mosquitos, libre como un pájaro. Aparte de ayudar en las tareas domésticas, asistir a los servicios religiosos y a algunas clases de lectura, aritmética y catecismo, no tenía otras obligaciones, vagaba husmeando la flora y persiguiendo a la fauna, con la mente plena de imágenes, de olores, colores y sabores, de cuentos traídos de la frontera y mitos arrastrados por el río.

Tenía doce años cuando conoció al hombre de las gallinas, un portugués tostado por la intemperie, duro y seco por fuera, lleno de risa por dentro. Sus aves merodeaban devorando todo objeto reluciente encontrado a su paso, para que más tarde su amo les abriera el buche de un navajazo y cosechara algunos granos de oro, insuficientes para enriquecerlo, pero bastantes para alimentar sus ilusiones. Una mañana, el portugués divisó a esa niña de piel blanca con un incendio en la cabeza, la falda recogida y las piernas sumergidas en el pantano y creyó padecer otro ataque de fiebre intermitente. Lanzó un silbido de sorpresa, que sonó como la orden de poner en marcha a un caballo. El llamado cruzó el espacio, ella levantó la cara, sus miradas se encontraron y ambos sonrieron del mismo modo. Desde ese día se juntaban con frecuencia, él para contemplarla deslumbrado y ella para aprender a cantar canciones de Portugal.

–Vamos a cosechar oro, dijo un día el hombre.

Se internaron en el bosque hasta perder de vista la campana de la Misión, adentrándose en la espesura por senderos que sólo él percibía. Todo el día buscaron a las gallinas, llamándolas con cacareos de gallo y atrapándolas al vuelo cuando las vislumbraban a través del follaje. Mientras ella las sujetaba entre las rodillas, él las abría con un corte preciso y metía los dedos para sacar las pepitas. Las que no murieron fueron cosidas con aguja e hilo para que continuaran sirviendo a su dueño, colocaron a las demás en un saco para venderlas en la aldea o usarlas de carnada y con las plumas hicieron una hoguera, porque traían mala suerte y contagiaban el moquillo. Al atardecer, Consuelo regresó con el pelo revuelto contenta y manchada de sangre. Se despidió de su amigo, trepó por la escala colgante desde el bote hasta la terraza y su nariz dio con las cuatro sandalias inmundas de dos frailes de Extremadura, que la aguardaban con los brazos cruzados sobre el pecho y una terrible expresión de repudio.

–Ya es tiempo de que partas a la ciudad, le dijeron.

Nada ganó con suplicar. Tampoco la autorizaron para cargar con el mono o el loro, dos compañeros inapropiados para la nueva vida que la esperaba. Se la llevaron junto a cinco muchachas indígenas, todas amarradas por los tobillos para impedirles saltar de la piragua y desaparecer en el río. El portugués se despidió de Consuelo sin tocarla, con una larga mirada, dejándole de recuerdo un trozo de oro en forma de muela, atravesado por una cuerda. Ella lo usaría colgado al cuello durante casi toda su vida, hasta que encontró a quien dárselo en prenda de amor. Él la vio por última vez, vestida con su delantal de percal desteñido y un sombrero de paja metido hasta las orejas, descalza y triste, diciéndole adiós con la mano.

El viaje comenzó en canoa por los afluentes del río a través de un panorama demencial, luego a lomo de mula por mesetas abruptas donde por las noches se helaban los pensamientos y finalmente en camión por húmedas llanuras, bosques de plátanos salvajes y piñas enanas, caminos de arena y de sal, pero nada sorprendió a la niña, pues quien ha abierto los ojos en el territorio más alucinante del mundo pierde la capacidad de asombro. Durante ese largo trayecto lloró todas las lágrimas que guardaba en su organismo, sin dejar reserva para las tristezas posteriores. Una vez agotado el llanto cerró la boca, decidida a abrirla de ahí en adelante sólo para responder lo indispensable. Llegaron a la capital varios días después y los frailes condujeron a las aterrorizadas muchachas al convento de las Hermanitas de la Caridad, donde una monja abrió la puerta de hierro con una llave de carcelero y las guió a un patio amplio y umbroso, rodeado de corredores, en cuyo centro se alzaba una fuente de azulejos pintados donde bebían palomas, tordos y colibríes. Varias jóvenes de uniforme gris, sentadas en rueda a la sombra, cosían forros de colchones con agujas curvas o tejían canastos de mimbre.

–En la oración y el esfuerzo encontrarán alivio para sus pecados. No he venido a curar a los sanos, sino a cuidar a los enfermos. Más se alegra el pastor cuando encuentra la oveja descarriada, que ante todo su rebaño congregado. Palabra de Dios, alabado sea su Santo Nombre, amén, o algo por el estilo recitó la monja con las manos ocultas bajo los pliegues del hábito.

Consuelo no entendió el significado de aquella perorata ni le prestó atención, porque estaba extenuada y la sensación de encierro la abrumaba. Nunca había estado entre murallas y al mirar hacia arriba y ver el cielo reducido a un cuadrilátero, creyó que moriría asfixiada. Cuando la separaron de sus compañeras de viaje y la llevaron a la oficina de la Madre Superiora, no imaginó que la causa era su piel y sus ojos claros. Las Hermanitas no habían recibido en muchos años a una criatura como ella, sólo niñas de razas mezcladas provenientes de los barrios más pobres o indias traídas por los misioneros a viva fuerza.

–¿Quiénes son tus padres?

–No sé.


–¿Cuándo naciste?

–El año del cometa.

Ya entonces Consuelo suplía con giros poéticos lo que le faltaba en información. Desde que oyó mencionar por primera vez al cometa, decidió adoptarlo como fecha de nacimiento. Durante su infancia alguien le contó que en aquella oportunidad el mundo esperó el prodigio celeste con terror. Se suponía que surgiría como un dragón de fuego y que al entrar en contacto con la atmósfera terrestre, su cola envolvería al planeta en gases venenosos y un calor de lava fundida acabaría con toda forma de vida. Algunas personas se suicidaron para no morir chamuscadas, otras prefirieron aturdirse en comilonas, borracheras y fornicaciones de última hora. Hasta el Benefactor se impresionó al ver el cielo tornarse verde y enterarse de que bajo la influencia del cometa el pelo de los mulatos se desrizaba y el de los chinos se encrespaba y mandó soltar a algunos opositores, presos desde hacía tanto tiempo, que para entonces ya habían olvidado la luz natural, aunque algunos conservaban intacto el germen de la rebelión y estaban dispuestos a legarlo a las generaciones futuras. A Consuelo la sedujo la idea de nacer en medio de tanto espanto, a pesar del rumor de que todos los recién nacidos de ese momento fueron horrorosos y siguieron siéndolo años después que el cometa se perdió de vista como una bola de hielo y polvo sideral.

–Lo primero será acabar con este rabo de Satanás, decidió la Madre Superiora, pesando a dos manos aquella trenza de cobre bruñido que colgaba a la espalda de la nueva interna. Dio orden de cortar la melena y lavarle la cabeza con una mezcla de lejía y Aureolina Onirem para liquidar los piojos y atenuar la insolencia del color, con lo cual se le cayó la mitad del pelo y el resto adquirió un tono arcilloso, más adecuado al temperamento y a los fines de la institución religiosa, que el manto flamígero original.

En ese lugar Consuelo pasó tres años con frío en el cuerpo y en el alma, taimada y solitaria, sin creer que el sol escuálido del patio fuera el mismo que sancochaba la selva donde había dejado su hogar. Allí no entraba el alboroto profano ni la prosperidad nacional, iniciada cuando alguien cavó un pozo y en vez de agua saltó un chorro negro, espeso y fétido como porquería de dinosaurio. La patria estaba sentada en un mar de petróleo. Eso despabiló un poco la modorra de la dictadura, pues aumentó tanto la fortuna del tirano y sus familiares que algo rebasó para los demás. En las ciudades se vieron algunos adelantos y en los campos petroleros, el contacto con los fornidos capataces venidos del norte remeció las viejas tradiciones y una brisa de modernismo levantó las faldas de las mujeres, pero en el convento de las Hermanitas de la Caridad nada de eso importaba. La vida comenzaba a las cuatro de la madrugada con las primeras oraciones; el día transcurría en un orden inmutable y terminaba con las campanas de las seis, hora del acto de contrición para limpiar el espíritu y prepararse para la eventualidad de la muerte, ya que la noche podía ser un viaje sin retorno. Largos silencios, corredores de baldosas enceradas, olor a incienso y azucenas, susurro de plegarias, bancos de madera oscura, blancas paredes sin adornos. Dios era una presencia totalitaria. Aparte de las monjas y un par de sirvientes, en el vasto edificio de adobe y tejas vivían sólo dieciséis muchachas, la mayoría huérfanas o abandonadas, que aprendían a usar zapatos, comer con tenedor y dominar algunos oficios domésticos elementales, para que más tarde se emplearan en humildes labores de servicio, pues no se suponía que tuvieran capacidad para otra cosa. Su aspecto distinguía a Consuelo entre las demás y las monjas, convencidas de que aquello no era casual sino más bien un signo de buena voluntad divina, se esmeraron en cultivar su fe en la esperanza de que decidiera tomar los hábitos y servir a la Iglesia, pero todos sus esfuerzos se estrellaron contra el rechazo instintivo de la chiquilla. Ella lo intentó con buena disposición pero nunca logró aceptar ese dios tiránico que le predicaban las religiosas, prefería una deidad más alegre, maternal y compasiva.

–Ésa es la Santísima Virgen María, le explicaron.

–¿Ella es Dios?

–No, es la madre de Dios.

–Sí pero ¿quién manda más en el cielo, Dios o su mamá?

–Calla, insensata, calla y reza. Pídele al Señor que te ilumine, le aconsejaban.

Consuelo se sentaba en la capilla a mirar el altar coronado por un Cristo de realismo aterrador y trataba de recitar el rosario pero muy pronto se perdía en aventuras interminables donde los recuerdos de la selva alternaban con los personajes de la Historia Sagrada, cada uno con su cargamento de pasiones, venganzas, martirios y milagros. Todo lo tragaba con avidez, las palabras rituales de la misa, los sermones de los domingos, las lecturas pías, los ruidos de la noche, el viento entre las columnas del corredor, la expresión bobalicona de los santos y anacoretas en sus nichos de la iglesia. Aprendió a permanecer quieta y guardó su desmesurado caudal de fábulas como un tesoro discreto hasta que yo le di la oportunidad de desatar ese torrente de palabras que llevaba consigo.

Tanto tiempo pasaba Consuelo inmóvil en la capilla, con las manos juntas y una placidez de rumiante, que se regó el rumor en el convento de que estaba bendita y tenía visiones celestiales; pero la Madre Superiora, una catalana práctica y menos inclinada a creer en milagros que las otras monjas de la congregación, se dio cuenta de que no se trataba de santidad, sino más bien de una distracción incurable. Como la muchacha tampoco demostraba entusiasmo alguno por coser colchones, fabricar hostias o tejer cestos, consideró terminada su formación y la colocó para servir en la casa de un médico extranjero, el Profesor Jones. La llevó de la mano hasta una mansión que se alzaba algo decrépita, pero aún espléndida en su arquitectura francesa, en los límites de la ciudad, al pie de un cerro que ahora las autoridades convirtieron en Parque Nacional. La primera impresión que tuvo Consuelo de aquel hombre la afectó tanto, que pasó meses sin perderle el miedo. Lo vio entrar a la sala con un delantal de carnicero y un extraño instrumento metálico en la mano, no las saludó, despachó a la monja con cuatro frases incomprensibles y a ella la mandó con un gruñido a la cocina sin dedicarle ni una mirada, demasiado ocupado con sus proyectos. Ella, en cambio, lo observó con detención, porque nunca había visto a un sujeto tan amenazante, pero no pudo dejar de advertir que era hermoso como una estampa de Jesús, todo de oro, con la misma barba rubia de príncipe y los ojos de un color imposible.



El único patrón que habría de tener Consuelo en su vida pasó años perfeccionando un sistema para conservar a los muertos, cuyo secreto se llevó finalmente a la tumba, para alivio de la humanidad. También trabajaba en una cura para el cáncer, pues observó que esta enfermedad es poco frecuente en las zonas infectadas de paludismo y dedujo naturalmente que podía mejorar a las víctimas de ese mal exponiéndolas a las picaduras de los mosquitos de los pantanos. Con la misma lógica, experimentaba dando golpes en la cabeza a los tontos de nacimiento o de vocación, porque leyó en la Gaceta del Galeno que debido a un traumatismo cerebral, una persona se transformó en genio. Era un antisocialista decidido. Calculó que si se repartieran las riquezas del mundo, a cada habitante del planeta le correspondería menos de treinta y cinco centavos, por lo tanto las revoluciones eran inútiles. Lucía un aspecto saludable y fuerte, sufría de constante mal humor y poseía los conocimientos de un sabio y las mañas de un sacristán. Su fórmula para embalsamar era de una sencillez admirable, como lo son casi todos los grandes inventos. Nada de sustraer las vísceras, vaciar el cráneo, zambullir el cuerpo en formol y rellenarlo con brea y estopa, para al final dejarlo arrugado como una ciruela y mirando estupefacto con ojos de vidrio pintado. Simplemente extraía la sangre del cadáver aún fresco y la remplazaba por un líquido que lo conservaba como en vida. La piel, aunque pálida y fría, no se deterioraba, el cabello permanecía firme y en algunos casos hasta las uñas se quedaban en sus sitios y continuaban creciendo. Tal vez el único inconveniente era cierto olor acre y penetrante, pero con el tiempo los familiares se acostumbraban. En esa época pocos pacientes se prestaban voluntariamente a las picaduras de insectos curativos o los garrotazos para aumentar la inteligencia, pero su prestigio de embalsamador había cruzado el océano y con frecuencia llegaban a visitarlo científicos europeos o comerciantes norteamericanos ávidos de arrebatarle su fórmula. Siempre se iban con las manos vacías. El caso más célebre –que regó su fama por el mundo– fue el de un conocido abogado de la ciudad, quien tuvo en vida inclinaciones liberales y el Benefactor lo mandó matar a la salida del estreno de la zarzuela de La Paloma en el Teatro Municipal. Al Profesor Jones le llevaron el cuerpo aún caliente, con tantos agujeros de balas que no se podían contar, pero con la cara intacta. Aunque consideraba a la víctima su enemigo ideológico, pues él mismo era partidario de los regímenes autoritarios y desconfiaba de la democracia, que le resultaba vulgar y demasiado parecida al socialismo, se dio a la tarea de preservar el cuerpo, con tan buen resultado, que la familia sentó al muerto en la biblioteca, vestido con su mejor traje y sosteniendo una pluma en la mano derecha. Así lo defendieron de la polilla y del polvo durante varias décadas, como un recordatorio de la brutalidad del dictador, quien no se atrevió a intervenir, porque una cosa es querellarse con los vivos y otra muy distinta arremeter contra los difuntos.

Una vez que Consuelo logró superar el susto inicial y comprendió que el delantal de matarife y el olor a tumba de su patrón eran detalles ínfimos, porque en verdad se trataba de una persona fácil de sobrellevar, vulnerable y hasta simpática en algunas ocasiones se sintió a sus anchas en esa casa, que le pareció el paraíso en comparación con el convento. Allí nadie se levantaba de madrugada para rezar el rosario por el bien de la humanidad, ni era necesario ponerse de rodillas sobre un puñado de guisantes para pagar con sufrimiento propio las culpas ajenas. Como en el antiguo edificio de las Hermanitas de la Caridad, en esa mansión también circulaban discretos fantasmas, cuya presencia todos percibían menos el Profesor Jones, que se empeñaba en negarlos porque carecían de fundamento científico. Aunque estaba a cargo de las tareas más duras, la muchacha encontraba tiempo para sus ensoñaciones, sin que nadie la molestara interpretando sus silencios como virtudes milagrosas. Era fuerte, nunca se quejaba y obedecía sin preguntar, tal como le habían enseñado las monjas. Aparte de acarrear la basura, lavar y planchar la ropa, limpiar las letrinas, recibir diariamente el hielo para las neveras, que traían a lomo de burro preservado en sal gruesa, ayudaba al Profesor Jones a preparar la fórmula en grandes frascos de farmacia, cuidaba los cuerpos, les quitaba el polvo y la rémora de las articulaciones, los vestía, los peinaba y les coloreaba las mejillas con carmín. El sabio se sentía a gusto con su sirvienta. Hasta que ella llegó a su lado, trabajaba solo, en el más estricto secreto, pero con el tiempo se acostumbró a la presencia de Consuelo y le permitió ayudarlo en su laboratorio, pues supuso que esa mujer callada no representaba peligro alguno. Seguro de tenerla siempre cerca cuando la necesitaba, se quitaba la chaqueta y el sombrero y sin mirar hacia atrás los dejaba caer para que ella los cogiera al vuelo antes que tocaran el suelo, y como nunca le falló, acabó por tenerle una confianza ciega. Fue así como aparte del inventor, Consuelo llegó a ser la única persona en posesión de la fórmula maravillosa, pero ese conocimiento no le sirvió de nada, pues la idea de traicionar a su patrón y comerciar con su secreto jamás pasó por su mente. Detestaba manipular cadáveres y no comprendía el propósito de embalsamarlos. Si eso fuera útil, la naturaleza lo habría previsto y no permitiría que los muertos se pudrieran, pensaba ella. Sin embargo, al final de su vida encontró una explicación a ese antiguo afán de la humanidad por preservar a sus difuntos, porque descubrió que teniendo sus cuerpos al alcance de la mano, es más fácil recordarlos.

Transcurrieron muchos años sin sobresaltos para Consuelo. No percibía las novedades a su alrededor, porque del claustro de las monjas pasó al de la casa del Profesor Jones. Allí había una radio para enterarse de las noticias, pero rara vez se encendía, sólo se escuchaban los discos de ópera que el patrón ponía en su flamante vitrola. Tampoco llegaban periódicos, sólo revistas científicas, porque el sabio era indiferente a los hechos que ocurrían en el país o en el mundo, mucho más interesado en los conocimientos abstractos, los registros de la historia o los pronósticos de un futuro hipotético, que en las emergencias vulgares del presente. La casa era un inmenso laberinto de libros. A lo largo de la paredes se acumulaban los volúmenes desde el suelo hasta el techo, oscuros, olorosos a empastes de cuero, suaves al tacto, crujientes, con sus títulos y sus cantos de oro, sus hojas translúcidas, sus delicadas tipografías. Todas las obras del pensamiento universal se hallaban en esos anaqueles, colocadas sin orden aparente, aunque el Profesor recordaba con exactitud la ubicación de cada una. Las obras de Shakespeare descansaban junto a El Capital, las máximas de Confucio se codeaban con la Vida de las focas, los mapas de antiguos navegantes yacían junto a novelas góticas y poesía de la India. Consuelo pasaba varias horas al día limpiando los libros. Cuando terminaba con el último estante había que comenzar otra vez por el primero, pero eso era lo mejor de su trabajo. Los tomaba con delicadeza, les sacudía el polvo acariciándolos y daba vueltas a las páginas para sumergirse unos minutos en el mundo privado de cada uno. Aprendió a conocerlos y ubicarlos en las repisas. Nunca se atrevió a pedirlos prestados, de modo que los sacaba a hurtadillas, los llevaba a su cuarto, los leía por las noches y al día siguiente los colocaba en sus sitios.

Consuelo no supo de muchos trastornos, catástrofes o progresos de su época, pero se enteró en detalle de los disturbios estudiantiles en el país, porque ocurrieron cuando el Profesor Jones transitaba por el centro de la ciudad y por poco lo matan los guardias a caballo. Le tocó a ella ponerle emplastos en los moretones y alimentarlo con sopa y cerveza en biberón, hasta que se le afirmaron los dientes sueltos. El doctor había salido a comprar algunos productos indispensables para sus experimentos, sin recordar para nada que estaban en Carnaval, una fiesta licenciosa que cada año dejaba un saldo de heridos y muertos, aunque en esa ocasión las riñas de borrachos pasaron desapercibidas ante el impacto de otros hechos que remecieron a las conciencias adormiladas. Jones iba cruzando la calle cuando estalló el barullo. En realidad, los problemas comenzaron dos días antes, cuando los universitarios eligieron una reina de belleza mediante la primera votación democrática del país. Después de coronarla y pronunciar discursos floridos, en los cuales a algunos se les soltó la lengua y hablaron de libertad y soberanía, los jóvenes decidieron desfilar. Nunca se había visto nada semejante, la policía tardó cuarenta y ocho horas en reaccionar y lo hizo justamente en el momento en que el Profesor Jones salía de una botica con sus frascos y papelillos. Vio avanzar al galope a los guardias, con sus machetes en ristre y no se desvió del camino ni apuró el paso, porque iba distraído pensando en alguna de sus fórmulas químicas y todo ese ruido le pareció de muy mal gusto. Recuperó el conocimiento en una angarilla rumbo al hospital de indigentes y logró balbucear que cambiaran de ruta y lo condujeran a su casa, sujetándose los dientes con la mano para evitar que rodaran por la calle. Mientras él se recuperaba hundido en sus almohadas, la policía apresó a los cabecillas de la revuelta y los metió en una mazmorra, pero no fueron apaleados, porque entre ellos había algunos hijos de las familias más conspicuas. Su detención produjo una oleada de solidaridad y al día siguiente se presentaron decenas de muchachos en las cárceles y cuarteles a ofrecerse como presos voluntarios. Los encerraron a medida que llegaban, pero pocos días después hubo que liberarlos, porque ya no había espacio en las celdas para tantos niños y el clamor de las madres comenzaba a perturbar la digestión del Benefactor.

Meses después, cuando al Profesor Jones ya se le había afirmado la dentadura y comenzaba a recuperarse de las magulladuras morales, los estudiantes volvieron a alborotarse, esta vez con la complicidad de algunos oficiales jóvenes. El Ministro de la Guerra aplastó la subversión en siete horas y los que lograron salvarse partieron al exilio, donde permanecieron siete años, hasta la muerte del Amo de la Patria, quien se dio el lujo de morir tranquilamente en su cama y no colgado de los testículos en un farol de la plaza, como deseaban sus enemigos y temía el embajador norteamericano.

Con el fallecimiento del anciano caudillo y el fin de aquella larga dictadura, el Profesor Jones estuvo a punto de embarcarse de vuelta a Europa, convencido, como muchas otras personas, de que el país se hundiría irremisiblemente en el caos. Por su parte, los Ministros de Estado, aterrados ante la posibilidad de un alzamiento popular, se reunieron a toda prisa y alguien propuso llamar al doctor, pensando que si el cadáver del Cid Campeador atado a su corcel pudo dar batalla a los moros, no había razón para que el del Presidente Vitalicio no siguiera gobernando embalsamado en su sillón de tirano. El sabio se presentó acompañado por Consuelo, quien le llevaba el maletín y observaba impasible las casas de techos rojos, los tranvías, los hombres con sombrero de pajilla y zapatos de dos colores, la singular mezcla de lujo y desparramo del Palacio. Durante los meses de agonía se habían relajado las medidas de seguridad y en las horas que siguieron a la muerte reinaba la mayor confusión, nadie detuvo al visitante y a su empleada. Cruzaron pasillos y salones y entraron por último a la habitación donde yacía ese hombre poderoso –padre de un centenar de bastardos, dueño de la vida y la muerte de sus súbditos y poseedor de una fortuna inaudita– en camisón, con guantes de cabritilla y empapado de sus orines. Afuera temblaban los miembros de su séquito y algunas concubinas, mientras los ministros dudaban entre escapar al extranjero o quedarse a ver si la momia del Benefactor podía seguir dirigiendo los destinos de la patria. El Profesor Jones se detuvo junto al cadáver observándolo con interés de entomólogo. –¿Es cierto que usted puede conservar a los muertos, doctor? preguntó un hombre grueso con unos bigotes similares a los del dictador.

–Mmm...

–Entonces le aconsejo que no lo haga, porque ahora me toca gobernar a mí, que soy su hermano, del mismo cuño y de la misma sangre, lo amenazó el otro mostrando un trabuco formidable metido en su cinturón.



El Ministro de la Guerra apareció en ese instante y tomando al científico lo llevó aparte para hablarle a solas.

–No estará pensando embalsamarnos al Presidente...

–Mmmm...

–Más le vale no meterse en esto, porque ahora me toca mandar a mí, que tengo al Ejército en un puño.

Desconcertado, el Profesor salió del Palacio seguido por Consuelo. Nunca supo quién ni por qué lo llamó. Se fue mascullando que no había forma de entender a estos pueblos tropicales y lo mejor sería regresar a su querida ciudad de origen, donde funcionaban las leyes de la lógica y de la urbanidad y de donde jamás debió salir.

El Ministro de la Guerra se hizo cargo del gobierno sin saber exactamente lo que debía hacer, pues había estado siempre bajo la férula del Benefactor y no recordaba haber tomado una sola iniciativa en toda su carrera. Hubo momentos de incertidumbre, porque el pueblo se negó a creer que el Presidente Vitalicio estuviera en verdad muerto y pensó que el anciano expuesto en ese féretro de faraón era una superchería, otro de los trucos del brujo para atrapar a sus detractores. La gente se encerró en sus hogares, sin atreverse a asomar la nariz a la calle, hasta que la Guardia se metió en las casas para sacarlos a golpes y obligarlos a formar fila para rendir el postrer homenaje al Amo, quien ya comenzaba a heder entre las velas de cera virgen y los lirios enviados en aeroplano desde Florida. Al ver los magníficos funerales presididos por varios dignatarios de la Iglesia con sus ropajes de ceremonia mayor, el pueblo se convenció por fin de que al tirano le había fallado la inmortalidad y salió a celebrar. El país despertó de una larga siesta y en cuestión de horas se acabó la sensación de tristeza y de cansancio que parecía agobiarlo. La gente comenzó a soñar con una tímida libertad. Gritaron, bailaron, tiraron piedras, rompieron ventanas y hasta saquearon algunas mansiones de los favoritos del régimen y quemaron el largo “Packard” negro de inconfundible corneta, en que se paseaba el Benefactor sembrando miedo a su paso. Entonces el Ministro de la Guerra se sobrepuso al desconcierto, se sentó en el sillón presidencial, dio instrucciones de apaciguar los ánimos a tiros y en seguida se dirigió al pueblo por radio anunciando un nuevo orden. Poco a poco volvió la calma. Vaciaron las cárceles de los presos políticos para dejar espacio a otros que iban llegando y empezó un gobierno más progresista que prometió colocar a la nación en el siglo veinte, lo cual no era una idea disparatada, considerando que llevaba más de tres décadas de atraso. En aquel desierto político empezaron a emerger los primeros partidos, se organizó un Parlamento y hubo un renacer de ideas y proyectos.

El día que sepultaron al abogado, su momia favorita, el Profesor Jones sufrió un ataque de rabia que culminó en un derrame cerebral. Por solicitud de las autoridades, que no deseaban cargar con muertos visibles del régimen anterior, los familiares del célebre mártir de la tiranía hicieron un funeral grandioso, a pesar de la impresión generalizada de estar enterrándolo vivo, porque aún se mantenía en buen estado. Jones intentó por todos los medios impedir que su obra de arte fuera a parar a un mausoleo, pero todo fue inútil. Se plantó con los brazos abiertos en la puerta del cementerio, tratando de impedir que pasara la carroza negra que transportaba el féretro de caoba con remaches de plata, pero el cochero siguió adelante y si el doctor no se aparta lo aplasta sin el menor respeto. Cuando cerraron el nicho, el embalsamador cayó fulminado por la indignación, medio cuerpo yerto y la otra mitad con convulsiones. Con ese sepelio desapareció tras una lápida de mármol el testimonio más contundente de que la fórmula del sabio era capaz de burlar a la descomposición por tiempo indefinido.

Ésos fueron los únicos sucesos relevantes de los años que Consuelo sirvió en la casa del Profesor Jones. Para ella la diferencia entre dictadura y democracia, fueron sus salidas de vez en cuando al biógrafo para ver las películas de Carlos Gardel, antes prohibidas para señoritas, y el hecho de que a partir del ataque de rabia, su patrón se convirtió en un inválido a quien debía atender como a una criatura. Sus rutinas cambiaron poco, hasta ese día de julio cuando al jardinero lo mordió una víbora. Era un indio alto, fuerte, de facciones suaves, pero expresión hermética y taciturna, con quien ella no había cruzado más de diez frases, a pesar de que solía ayudarla con los cadáveres, los cancerosos y los idiotas. Cogía a los pacientes como si fueran plumas, se los echaba al hombro y trepaba a grandes trancos la escalera del laboratorio, sin dar muestras de curiosidad.

–Al jardinero lo mordió una surucucú, anunció Consuelo al Profesor Jones.

–Cuando se muera me lo traes, ordenó el científico con su boca torcida, aprontándose para hacer una momia indígena en posición de podar los malabares y colocarla como decoración en el jardín. Para entonces ya estaba bastante anciano y comenzaba a tener delirios de artista, soñaba con representar todos los oficios, formando así su propio museo de estatuas humanas.

Por primera vez en su silenciosa existencia, Consuelo desobedeció una orden y tomó una iniciativa. Con ayuda de la cocinera arrastró al indio a su habitación del último patio y lo acostó en su jergón, decidida a salvarlo, porque le pareció una lástima verlo convertido en adorno para satisfacer un capricho del patrón y también porque en algunas ocasiones, ella había sentido una inexplicable inquietud al ver las manos de ese hombre, grandes, morenas, fuertes, atendiendo las plantas con singular delicadeza. Le limpió la herida con agua y jabón, le hizo dos cortes profundos con el cuchillo de picar pollos y durante un buen rato estuvo chupándole la sangre envenenada y escupiéndola en un recipiente. Entre buche y buche se enjuagaba la boca con vinagre, para no morirse ella también. En seguida lo envolvió en paños empapados en trementina, lo purgó con infusiones de hierbas, le aplicó telarañas en la herida y permitió que la cocinera encendiera velas a los santos, aunque ella misma no tenía fe en ese recurso. Cuando el enfermo empezó a orinar rojo, sustrajo el Sándalo Sol del gabinete del Profesor, remedio infalible para los flujos de las vías urinarias, pero a pesar de todo su esmero, la pierna comenzó a descomponerse y el hombre a agonizar lúcido y callado, sin quejarse ni una sola vez. Consuelo notó que, haciendo caso omiso del pánico ante la muerte, la asfixia y el dolor, el jardinero respondía con entusiasmo cuando ella le frotaba el cuerpo o le aplicaba cataplasmas. Esa inesperada erección consiguió conmover su corazón de virgen madura y cuando él la tomó de un brazo y la miró suplicante, ella comprendió que había llegado el momento de justificar su nombre y consolarlo de tanta desgracia. Además sacó la cuenta de que en sus treinta y tantos años de existencia no había conocido el placer y no lo buscó, convencida de que era un asunto reservado a los protagonistas del cine. Resolvió darse ese gusto y de paso ofrecérselo también al enfermo, a ver si partía más contento al otro mundo.

Conocí tan profundamente a mi madre, que puedo imaginar la ceremonia que sigue, aunque ella no me dio todos los detalles. No tenía pudores inútiles y siempre respondía a mis preguntas con la mayor claridad, pero cuando se refería a ese indio solía quedarse de pronto en silencio, perdida en sus buenos recuerdos. Se quitó la bata de algodón, la enagua y los calzones de lienzo y deshizo el rodete que llevaba enrollado en la nuca, como exigía su patrón. Su largo cabello le cayó sobre el cuerpo y así vestida, con su mejor atributo de belleza, se montó sobre el moribundo con gran suavidad, para no perturbar su agonía. No sabía muy bien cómo actuar, porque no tenía experiencia alguna en esos quehaceres, pero lo que le faltó en conocimiento lo pusieron el instinto y la buena voluntad. Bajo la piel oscura del hombre, los músculos se tensaron y ella tuvo la sensación de cabalgar sobre un animal grande y bravo. Susurrándole palabras recién inventadas y secándole el sudor con un paño, se deslizó hasta el sitio preciso y entonces se movió con discreción, como una esposa acostumbrada a hacer el amor con un marido anciano. Pronto él la volteó para abrazarla con la premura impuesta por la proximidad de la muerte, y la breve dicha de ambos alteró las sombras de los rincones. Así fui concebida, en el lecho de muerte de mi padre.

Sin embargo, el jardinero no murió, como esperaban el Profesor Jones y los franceses del serpentario, que querían su cuerpo para experimentos. Contra toda lógica, comenzó a mejorar, le bajó la calentura, se le normalizó la respiración y pidió de comer. Consuelo comprendió que sin proponérselo había descubierto un antídoto para las mordeduras venenosas y siguió administrándoselo con ternura y entusiasmo cuantas veces él lo solicitó, hasta que el paciente pudo ponerse de pie. Poco después el indio se despidió sin que ella intentara detenerlo. Se tomaron de las manos durante un minuto o dos, se besaron con cierta tristeza y luego ella se quitó la pepita de oro, cuya cuerda estaba ya gastada por el uso, y la colgó al cuello de su único amante, como un recuerdo de los galopes compartidos. Él se fue agradecido y casi sano. Mi madre dice que iba sonriendo.

Consuelo no manifestó ninguna emoción. Siguió trabajando como siempre, ignorando las náuseas, la pesadez de las piernas y los puntos de colores que le nublaban la vista, sin mencionar el extraordinario medicamento con que salvó al moribundo. No lo dijo, ni siquiera cuando empezó a crecerle la barriga, ni cuando la llamó el Profesor Jones para administrarle un purgante, convencido de que esa hinchazón se debía a un problema digestivo, ni tampoco lo dijo cuando a su debido tiempo dio a luz. Aguantó los dolores durante trece horas sin dejar de trabajar y cuando ya no pudo más, se encerró en su pieza dispuesta a vivir ese momento a plenitud, como el más importante de su vida. Cepilló su cabello, lo trenzó apretadamente y lo ató con una cinta nueva, se quitó la ropa y se lavó de pies a cabeza, luego puso una sábana limpia en el suelo y sobre ella se colocó en cuclillas, tal como había visto en un libro sobre costumbres de esquimales.

Cubierta de sudor, con un trapo en la boca para ahogar sus quejidos, pujó para traer al mundo a esa criatura porfiada que se aferraba a ella. Ya no era joven y no fue tarea fácil, pero la costumbre de fregar pisos a gatas, de acarrear peso por la escalera y de lavar ropa hasta la medianoche, le había dado firmes músculos con los cuales pudo finalmente parir. Primero vio surgir dos pies minúsculos que se movían apenas, como si intentaran dar el primer paso de un arduo camino. Respiró profundamente y con un último gemido sintió que algo se rompía en el centro de su cuerpo y una masa ajena se deslizaba entre sus muslos. Un tremendo alivio la conmovió hasta el alma. Allí estaba yo envuelta en una cuerda azul, que ella separó con cuidado de mi cuello, para ayudarme a vivir. En ese instante se abrió la puerta y entró la cocinera, quien al notar su ausencia adivinó lo que ocurría y acudió a socorrerla. La encontró desnuda conmigo recostada sobre su vientre, todavía unida a ella por un lazo palpitante.

–Mala cosa, es hembra, dijo la improvisada comadrona cuando hubo anudado y cortado el cordón umbilical y me tuvo en sus manos.

–Nació de pie, es signo de buena suerte, sonrió mi madre apenas pudo hablar.

–Parece fuerte y es gritona. Si usted quiere, puedo ser la madrina.

–No he pensado bautizarla, replicó Consuelo pero al ver que la otra se persignaba escandalizada no quiso ofenderla. Está bien, un poco de agua bendita no le puede hacer mal y quién sabe si hasta sea de algún provecho. Se llamará Eva para que tenga ganas de vivir.

–¿Qué apellido?

–Ninguno, el apellido no es importante.

–Los humanos necesitan apellido. Sólo los perros pueden andar por allí con el puro nombre.

–Su padre pertenecía a la tribu de los hijos de la luna. Que sea Eva Luna, entonces. Pásemela por favor, comadre, para ver si está completa.

Sentada en el charco de su parto, con los huesos de lana y mojada de transpiración, Consuelo buscó en mi cuerpo una señal fatídica transmitida por el veneno, pero al no descubrir anormalidad alguna, suspiró tranquila.

No tengo colmillos ni escamas de ofidio, al menos ninguna visible. Las circunstancias algo extrañas de mi concepción tuvieron consecuencias más bien benéficas: me dieron una salud inalterable y esa rebeldía que tardó un poco en manifestarse, pero finalmente me salvó de la vida de humillaciones a la cual sin duda estaba destinada. De mi padre heredé la sangre firme, porque ese indio debió ser muy fuerte para resistir tantos días el veneno de la serpiente y en pleno estado de agonía darle gusto a una mujer. A mi madre le debo todo lo demás. A los cuatro años sufrí una de esas pestes que dejan el cuerpo marcado de cráteres, pero ella me sanó amarrándome las manos para que no me rascara, embetunándome con sebo de oveja y evitando que me expusiera a la luz natural durante ciento ochenta días. Aprovechó ese período para quitarme las amibas con infusión de calabaza y la lombriz solitaria con raíz de helecho y desde entonces quedé buena y sana. No tengo huellas en la piel, sólo algunas quemaduras de cigarrillo y espero llegar a vieja sin arrugas, porque el sebo tiene efecto perenne.

Mi madre era una persona silenciosa, capaz de disimularse entre los muebles, de perderse en el dibujo de la alfombra, de no hacer el menor alboroto, como si no existiera; sin embargo, en la intimidad de la habitación que compartíamos se transformaba. Comenzaba a hablar del pasado o a narrar sus cuentos y el cuarto se llenaba de luz, desaparecían los muros para dar paso a increíbles paisajes, palacios abarrotados de objetos nunca vistos, países lejanos inventados por ella o sacados de la biblioteca del patrón; colocaba a mis pies todos los tesoros de Oriente, la luna y más allá, me reducía al tamaño de una hormiga para sentir el universo desde la pequeñez, me ponía alas para verlo desde el firmamento, me daba una cola de pez para conocer el fondo del mar. Cuando ella contaba, el mundo se poblaba de personajes, algunos de los cuales llegaron a ser tan familiares, que todavía hoy, tantos años después, puedo describir sus ropas y el tono de sus voces. Preservó intactas sus memorias de infancia en la Misión de los curas, retenía las anécdotas oídas al pasar y lo aprendido en sus lecturas, elaboraba la sustancia de sus propios sueños y con esos materiales fabricó un mundo para mí. Las palabras son gratis, decía y se las apropiaba, todas eran suyas. Ella sembró en mi cabeza la idea de que la realidad no es sólo como se percibe en la superficie, también tiene una dimensión mágica y, si a uno se le antoja, es legítimo exagerarla y ponerle color para que el tránsito por esta vida no resulte tan aburrido. Los personajes convocados por ella en el encantamiento de sus cuentos son los únicos recuerdos nítidos que conservo de mis primeros años, lo demás pereció envuelto en una niebla donde se funden los sirvientes de la casa, el anciano sabio postrado en su sillón inglés con ruedas de bicicleta y el desfile de pacientes y cadáveres, a quienes el doctor atendía a pesar de su enfermedad. Al Profesor Jones le desconcertaban los niños, pero como era bastante distraído, cuando se topaba conmigo en algún recodo de la casa, apenas me veía. Yo le temía un poco, porque no sabía si el viejo había fabricado a los embalsamados o ellos lo habían engendrado a él, parecían de la misma estirpe de pergamino; pero su presencia no me afectaba, porque ambos existíamos en ámbitos diferentes. Yo circulaba en la cocina, en los patios, en los cuartos de servicio, en el jardín, y cuando acompañaba a mi madre por el resto de la mansión, lo hacía con mucho sigilo para que el Profesor me confundiera con una prolongación de la sombra de ella. La casa tenía tantos y tan diversos olores, que yo podía recorrerla con los ojos cerrados y adivinar dónde me encontraba; los aromas de comida, ropa, carbón, medicamentos, libros y humedad se unieron a los personajes de los cuentos enriqueciendo aquellos años.

Me criaron con la teoría de que el ocio engendra todos los vicios, idea sembrada por las Hermanitas de la Caridad y cultivada por el doctor con su disciplina despótica. No tuve juguetes visibles, aunque en verdad todo lo que había en la casa servía para mis juegos. En el día no había momentos de descanso, se consideraba vergonzoso mantener las manos quietas. Junto a mi madre, yo fregaba las maderas del suelo, tendía la ropa a secar, picaba las verduras y a la hora de la siesta intentaba tejer y bordar, pero no recuerdo que esas tareas fueran agobiantes. Eran como jugar a las casitas. Los siniestros experimentos del sabio tampoco fueron motivo de inquietud porque ella me expIicó que los garrotazos y las picaduras dé mosquitos –por fortuna muy poco frecuentes– no eran manifestaciones de crueldad del patrón, sino métodos terapéuticos del más alto rigor científico. Con su manera confianzuda de tratar a los embalsamados, como si fueran parientes venidos a menos, mi madre me cortó de raíz cualquier asomo de temor y no permitió que los otros empleados me asustaran con ideas macabras. Creo que procuraba mantenerme alejada del laboratorio... en verdad casi nunca vi a las momias, simplemente sabía que estaban al otro lado de la puerta. Esa pobre gente es muy frágil, Eva, es mejor que no entres a ese cuarto, mira que de un empujón puedes romperles algún hueso y el Profesor se pondría furioso, me decía. Para mi tranquilidad le puso un nombre a cada muerto y les inventó un pasado, transformándolos también a ellos en seres benéficos, como los duendes y las hadas.

Rara vez salíamos a la calle. Una de las pocas ocasiones en que lo hicimos fue para la procesión de la sequía, cuando hasta los ateos se dispusieron a rezar, porque fue un evento social, más que un acto de fe. Dicen que el país llevaba tres años sin una gota de lluvia, la tierra se partió en grietas sedientas; murió la vegetación, perecieron los animales con los morros enterrados en el polvo y los habitantes de los llanos caminaron hasta la costa para venderse como esclavos a cambio de agua. Ante el desastre nacional, el Obispo decidió sacar a la calle la imagen del Nazareno para implorar el fin de ese castigo divino y como era la última esperanza todos acudimos, ricos y pobres, viejos y jóvenes, creyentes y agnósticos. ¡Bárbaros, indios, negros salvajes! escupió furioso el Profesor Jones cuando lo supo, pero no pudo evitar que sus sirvientes se vistieran con sus mejores ropas y fueran a la procesión. La multitud con el Nazareno por delante partió de la Catedral, pero no alcanzó a llegar a la oficina de la Compañía de Agua Potable, porque a medio camino se desató un chaparrón incontenible. Antes de cuarenta y ocho horas la ciudad estaba convertida en un lago, se taparon las alcantarillas, se anegaron los caminos, se inundaron las mansiones, el torrente se llevó los ranchos y en un pueblo de la costa llovieron peces. Milagro, milagro, clamaba el Obispo. Nosotros coreábamos sin saber que la procesión se organizó después que el Meteorológico anunciara tifones y lluvias torrenciales en toda la zona del Caribe, como denunciaba Jones desde su sillón de hemipléjico. ¡Supersticiosos! ¡Ignorantes! ¡Analfabetas! aullaba el pobre hombre, pero nadie le hizo ni el menor caso. Este prodigio logró lo que no habían conseguido los frailes de la Misión ni las Hermanitas de la Caridad: mi madre se acercó a Dios porque lo visualizó sentado en su trono celestial burlándose suavemente de la humanidad y pensó que debía ser muy diferente al temible patriarca de los libros de religión. Tal vez una manifestación de su sentido del humor consistía en mantenernos confundidos, sin revelarnos jamás sus planes y propósitos. Cada vez que recordábamos el diluvio milagroso, nos moríamos de la risa.

El mundo limitaba con las rejas del jardín. Adentro el tiempo se regía por normas caprichosas; en media hora yo podía dar seis vueltas alrededor del globo terráqueo y un fulgor de luna en el patio podía llenarme los pensamientos de una semana. La luz y la sombra determinaban cambios fundamentales en la naturaleza de los objetos; los libros, quietos durante el día, se abrían por la noche para que salieran los personajes a vagar por los salones y vivir sus aventuras, los embalsamados, tan humildes y discretos cuando el sol de la mañana entraba por las ventanas, en la penumbra de la tarde se mutaban en piedras y en la oscuridad crecían al tamaño de gigantes. El espacio se estiraba y se encogía según mi voluntad; el hueco bajo la escala contenía un sistema planetario y el cielo visto desde la claraboya del ático era sólo un pálido círculo de vidrio. Una palabra mía y ¡chas! se transformaba la realidad.

En esa mansión al pie del cerro, crecí libre y segura. No tenía contacto alguno con otros niños y no estaba acostumbrada a tratar con desconocidos, porque no se recibían visitas excepto un hombre de traje y sombrero negros, un religioso protestante con una Biblia bajo el brazo, con la cual amargó los últimos años del Profesor Jones. Yo le temía mucho más que al patrón.

Ocho años antes de que yo naciera, el mismo día que murió el Benefactor como un abuelo inocente en su cama, en una aldea al norte de Austria vino al mundo un niño a quien llamaron Rolf. Era el último hijo de Lukas Carlé, el maestro más temido del liceo. Los castigos corporales formaban parte de la educación escolar, la letra con sangre entra sostenían la sabiduría popular y la teoría docente, de modo que ningún padre en su sano juicio habría reclamado por esta medida. Pero cuando Carlé le quebró las manos a un muchacho, la dirección del establecimiento le prohibió el uso de la palmeta, porque era evidente que al empezar a golpear, un vértigo de lujuria lo descontrolaba. Para vengarse, sus alumnos perseguían a su hijo Jochen y si lograban atraparlo lo molían a puñetazos. El niño creció huyendo de las pandillas, negando su apellido, escondido como vástago de verdugo.

Lukas Carlé había impuesto en su hogar la misma ley del miedo implantada en el colegio. A su mujer lo unía un matrimonio de conveniencia, el amor no entraba para nada en sus planes, lo consideraba apenas tolerable en argumentos literarios o musicales, pero impropio en la vida cotidiana. Se casaron sin haber tenido ocasión de conocerse en profundidad y ella comenzó a odiarlo desde su primera noche de bodas. Para Lukas Carlé, su esposa era una criatura inferior, más cercana a los animales que al hombre, único ser inteligente de la Creación. Aunque en teoría la mujer era un ser digno de compasión, en la práctica la suya lograba sacarlo de quicio.

Cuando llegó al pueblo, después de mucho andar, desplazado de su lugar de origen por la Primera Guerra Mundial, tenía cerca de veinticinco años, un diploma de maestro y dinero para sobrevivir una semana. Antes que nada buscó trabajo y en seguida una esposa, escogiendo la suya porque le gustaron el aire de terror que se insinuaba de pronto en sus ojos y sus caderas amplias, que le parecieron condición necesaria para engendrar hijos varones y realizar las tareas más pesadas de la casa. También influyeron en su decisión dos hectáreas de terreno, media docena de animales y una pequeña renta que la joven había heredado de su padre, todo lo cual pasó a su bolsillo, como legítimo administrador de los bienes conyugales.

A Lukas Carlé le gustaban los zapatos femeninos con tacones muy altos y los prefería de charol rojo. En sus viajes a la ciudad le pagaba a una prostituta para que caminara desnuda sin más adorno que aquel incómodo calzado, mientras él, vestido de pies a cabeza, con abrigo y sombrero, sentado en una silla como un alto dignatario, alcanzaba un gozo indescriptible ante la vista de esas nalgas en lo posible abundantes, blancas, con hoyuelos, balanceándose al dar cada paso. No la tocaba, por supuesto. Jamás lo hacía, pues tenía el prurito de la higiene. Como sus medios no le permitían darse esos lujos con la frecuencia deseable, compró unos alegres botines franceses, que mantenía escondidos en la parte más inaccesible del armario. De vez en cuando encerraba a sus hijos bajo llave, colocaba sus discos a todo volumen y llamaba a su mujer. Ella había aprendido a percibir los cambios de humor de su marido y podía adivinar antes que él mismo lo supiera, cuándo se sentía con deseos de martirizarla. Entonces comenzaba a temblar con antelación, la vajilla se le caía de las manos y se rompía contra el suelo.

Carlé no toleraba el ruido en su casa, bastante tengo con soportar a los alumnos en el liceo, decía. Sus hijos aprendieron a no llorar ni reír en su presencia, a moverse como sombras y hablar en susurros, y fue tanta la destreza que desarrollaron para pasar inadvertidos, que a veces la madre creía ver a través de ellos y se aterraba ante la posibilidad de que se volvieran transparentes. El maestro estaba convencido de que las leyes de la genética le habían jugado una mala pasada. Sus hijos resultaron un completo fracaso. Jochen era lento y torpe, pésimo estudiante, se dormía en clase, se orinaba en la cama, no servía para ninguno de los proyectos trazados para él. De Katharina prefería no hablar. La pequeña era imbécil. De una cosa estaba seguro: no había taras congénitas en su estirpe, de modo que él no era responsable de esa pobre enferma, quién sabe si era en realidad hija suya, no se debía meter las manos al fuego por la fidelidad de nadie y menos de la propia mujer; por fortuna Katharina había nacido con un agujero en el corazón y el médico pronosticó que no viviría mucho. Mejor así.

Ante el poco éxito obtenido con sus dos hijos, Lukas Carlé no se alegró con el tercer embarazo de su mujer, pero cuando nació un niño grande, rosado, de ojos grises muy abiertos y manos firmes, se sintió reconfortado. Tal vez ése era el vástago que había deseado siempre, un verdadero Carlé. Debía impedir que su madre lo echara a perder, nada tan peligroso como una mujer para corromper una buena semilla de varón. No lo vistas con ropa de lana, para que se acostumbre al frío y se haga fuerte, déjalo en la oscuridad, así no tendrá nunca miedo, no lo cargues en brazos, no importa que llore hasta ponerse morado, eso es bueno para desarrollar los pulmones, ordenaba, pero a espaldas del marido la madre arropaba a su niño, le daba doble ración de leche, lo arrullaba y le cantaba canciones de cuna. Este sistema de ponerle y quitarle la ropa, de golpearlo y mimarlo sin razón aparente, de encerrarlo en un armario oscuro y después consolarlo a besos, hubiera sumido a cualquier criatura en la demencia, pero Rolf Carlé tuvo suerte, pues no sólo nació con una fortaleza mental capaz de resistir lo que hubiera destrozado a otros, sino que se desató la Segunda Guerra Mundial y su padre se enroló en el Ejército, librándolo así de su presencia. La guerra fue el período más feliz de su infancia.

Mientras en América del Sur se acumulaban los embalsamados en la casa del Profesor Jones y copulaba un mordido de serpiente engendrando a una niña a quien su madre llamó Eva para darle deseos de vivir, en Europa la realidad tampoco era de tamaño natural. La guerra sumía al mundo en la confusión y el espanto. Cuando la chiquilla andaba sujeta a las faldas de su madre, al otro lado del Atlántico se firmaba la paz sobre un continente en ruinas. Entretanto a este lado del mar pocos perdían el sueño por esas violencias remotas. Bastante ocupados estaban con las violencias propias.

Al crecer, Rolf Carlé resultó observador, orgulloso y tenaz, con cierta inclinación romántica que lo abochornaba como un signo de debilidad. En esa época de exaltación guerrera, él jugaba con sus compañeros a las trincheras y a los aviones derribados, pero en secreto se conmovía con los brotes de cada primavera, las flores en el verano, el oro del otoño y la triste blancura del invierno. En cada estación salía a caminar por los bosques para recolectar hojas e insectos que estudiaba bajo una lupa. Arrancaba páginas a sus cuadernos para escribir versos, que luego ocultaba en los huecos de los árboles o bajo las piedras, con la ilusión inconfesable de que alguien los hallara. Jamás habló de eso con nadie.

El muchacho tenía diez años la tarde que lo llevaron a enterrar a los muertos. Ese día estaba contento, porque su hermano Jochen había atrapado una liebre y el olor del guiso cocinándose a fuego lento, adobado en vinagre y romero, ocupaba toda la casa. Hacía mucho tiempo que no sentía ese aroma de comida y el placer anticipado le producía tanta ansiedad, que sólo la severa educación recibida le impedía levantar la tapa y meter una cuchara en la olla. Ése era también el día de hornear. Le gustaba ver a su madre inclinada sobre la enorme mesa de la cocina, los brazos hundidos en la masa, moviéndose cadenciosa al ritmo de hacer pan. Sobaba los ingredientes formando unos rollos largos, los cortaba y de cada trozo obtenía un pan redondo. Antes, en los tiempos de la abundancia, separaba un poco de masa y le agregaba leche, huevos y canela para hacer bollos que guardaba en una lata, uno para cada hijo cada día de la semana. Ahora mezclaba la harina con afrecho y el resultado era oscuro y áspero, como pan de aserrín.

La mañana se inició con un revuelo en la calle, movimiento de las tropas de ocupación, voces de mando, pero nadie se sobresaltó demasiado, porque el miedo se les había gastado en el desconcierto de la derrota y no les quedaba mucho para emplearlo en presentimientos de mal agüero. Después del armisticio, los rusos se instalaron en la aldea. Los rumores de su brutalidad precedían a los soldados del Ejército Rojo y la población aterrorizada esperaba un baño de sangre. Son como bestias, decían, abren el vientre a las mujeres embarazadas y tiran los fetos a los perros, atraviesan a los viejos con sus bayonetas, a los hombres les introducen dinamita por el culo y los hacen volar en pedazos, violan, incendian, destruyen. Sin embargo no fue así. El alcalde buscó una explicación y concluyó que seguramente ellos habían sido afortunados, porque quienes ocuparon el pueblo no provenían de las zonas soviéticas más azotadas por la guerra y tenían por lo mismo menos rencores acumulados y menos venganzas pendientes. Entraron arrastrando pesados vehículos con sus pertrechos, al mando de un joven oficial de rostro asiático, requisaron todos los alimentos, echaron en sus morrales cuanto objeto de valor pudieron agarrar y fusilaron al azar a seis miembros de la comunidad acusados de colaborar con los alemanes. Armaron su campamento en las afueras y se quedaron tranquilos. Ese día los rusos reunieron a la gente llamando con altavoces y asomándose en las casas para arrear a los indecisos con amenazas. La madre colocó un chaleco a Katharina y se apresuró a salir antes de que entrara la tropa y le confiscara la liebre del almuerzo y el pan de la semana. Caminó con sus tres hijos, Jochen, Katharina y Rolf, rumbo a la plaza. La aldea había sobrevivido a esos años de guerra en mejores condiciones que otras, a pesar de la bomba que cayó sobre la escuela un domingo por la noche, convirtiéndola en escombros y desparramando astillas de pupitres y pizarrones por los alrededores. Parte del empedrado medieval ya no existía, porque las brigadas usaron los adoquines para hacer barricadas; en poder del enemigo se encontraban el reloj de la alcaldía, el órgano de la iglesia y la última cosecha de vinos, únicos tesoros del lugar; los edificios lucían las fachadas despintadas y algunos impactos de balas, pero el conjunto no había perdido el encanto adquirido en tantos siglos de existencia.

Los habitantes del pueblo se congregaron en la plaza, rodeados por los soldados enemigos, mientras el comandante soviético, con el uniforme en harapos, las botas rotas y una barba de varios días, recorría el grupo observando a cada uno. Nadie sostuvo su mirada, cabizbajos, encogidos, expectantes, sólo Katharina fijó sus ojos mansos en el militar y se metió un dedo en la nariz.

–¿Es retardada mental? preguntó el oficial señalando a la niña –Nació así, replicó la señora Carlé.

–Entonces no tiene caso llevarla. Déjela aquí.

–No puede quedarse sola, por favor, permítale ir con nosotros.

–Como quiera.

Bajo un sol tenue de primavera aguardaron más de dos horas de pie, apuntados por las armas, los viejos apoyándose en los más fuertes, los niños dormidos en el suelo, los más pequeños en brazos de sus padres, hasta que por fin dieron la orden de partir y echaron todos a andar detrás del jeep del comandante, vigilados por los soldados que los apuraban, en una fila lenta encabezada por el alcalde y el director de la escuela, únicas autoridades aún reconocidas en la catástrofe de los últimos tiempos. Caminaron en silencio, inquietos, volviéndose para mirar los techos de sus casas asomando entre las colinas, preguntándose cada uno hacia dónde los conducían, hasta que fue evidente que tomaban la dirección del campo de prisioneros y el alma se les encogió como un puño.

Rolf conocía la ruta, porque había andado por allí a menudo cuando iba con Jochen a cazar culebras, a colocar trampas para zorros o a buscar leña. En ocasiones los hermanos se sentaban bajo los árboles frente al cerco de alambre de púas, ocultos por el follaje. La distancia no les permitía ver con claridad y se limitaban a escuchar las sirenas y a husmear el aire. Cuando soplaba viento, ese olor peculiar se metía en las casas, pero nadie parecía notarlo, porque jamás se hablaba de ello. Esa era la primera vez que Rolf Carlé, o cualquier otro habitante de la aldea, cruzaba las puertas metálicas y le llamó la atención el suelo erosionado, limpio de toda vegetación, yermo como un desierto de polvo estéril, tan diferente de los campos de la región en esa época del año, cubiertos de una suave pelusa verde. La columna recorrió un largo sendero, atravesó varias barreras de alambres enrollados, pasó bajó las torres de control y los emplazamientos donde antes estaban las ametralladoras y llegó por fin a un gran patio cuadrado. A un lado se alzaban galpones sin ventanas, al otro una construcción de ladrillos con chimeneas y al fondo las letrinas y los patíbulos. La primavera se había detenido en las puertas de la prisión, todo era gris, envuelto en la bruma de un invierno que se había eternizado allí. Los aldeanos se detuvieron cerca de las barracas, todos juntos, tocándose para darse ánimo, oprimidos por esa quietud, ese silencio de caverna, ese cielo vuelto ceniza. El comandante dio una orden y los soldados los empujaron como ganado, llevándolos hasta el edificio principal. Y entonces todos pudieron verlos. Estaban allí, docenas de ellos, amontonados en el suelo, unos encima de otros, revueltos, desmembrados, una montaña de pálidos leños. Al principio no pudieron creer que fueran cuerpos humanos, parecían marionetas de algún macabro teatro, pero los rusos los punzaron con los fusiles, los golpearon con las culatas y tuvieron que aproximarse, oler, mirar, permitir que esos rostros huesudos y ciegos se les grabaran a fuego en la memoria. Cada uno sintió el ruido de su propio corazón y nadie habló, pues nada había que decir. Por largos minutos permanecieron inmóviles hasta que el comandante tomó una pala y se la pasó al alcalde. Los soldados repartieron otras herramientas.

–Empiecen a cavar, dijo el oficial sin levantar la voz, casi en un susurro.

Enviaron a Katharina y a los niños más pequeños a sentarse al pie de las horcas mientras los demás trabajaban. Rolf se quedó con Jochen. El suelo estaba duro, los guijarros se le incrustaban en los dedos y se le metían entre las uñas, pero no se detuvo, agachado, con el pelo en la cara, sacudido por una vergüenza que no podría olvidar y que lo perseguiría a lo largo de su vida como una incansable pesadilla. No levantó la vista ni una sola vez. No escuchó a su alrededor más sonidos que el hierro contra las piedras, las respiraciones jadeantes, los sollozos de algunas mujeres.

Había caído la noche cuando terminaron los hoyos. Rolf notó que habían encendido los focos de seguridad en las torres de vigilancia y que la noche se había vuelto clara. El oficial ruso dio una orden y las gentes del pueblo tuvieron que ir de dos en dos a buscar los cuerpos. El niño se limpió las manos refregándolas contra el pantalón, se sacudió el sudor del rostro y avanzó con su hermano Jochen hacia aquello que los estaba aguardando. Con una ronca exclamación su madre intentó detenerlos, pero los muchachos siguieron adelante, se inclinaron y tomaron un cadáver por los tobillos y las muñecas, desnudo, calvo, huesos y piel, liviano, frío y seco como porcelana. Lo levantaron sin esfuerzo, aferrados a esa forma rígida, y echaron a andar en dirección a las tumbas cavadas en el patio. Su carga osciló levemente y la cabeza cayó hacia atrás. Rolf se volvió para mirar a su madre, la vio doblada por las náuseas y quiso hacerle un gesto de consuelo, pero tenía las manos ocupadas.

La faena de sepultar a los prisioneros terminó pasada la medianoche. Llenaron las fosas y las cubrieron de tierra, pero aún no había llegado el momento de irse. Los soldados los obligaron a recorrer las barracas, a meterse en las cámaras de muerte, a examinar los hornos y pasar bajo las horcas. Nadie se atrevió a rezar por las víctimas. En el fondo sabían que a partir de ese instante intentarían olvidar, arrancarse ese horror del alma, dispuestos a no mencionarlo nunca, con la esperanza de que el paso de la vida pudiera borrarlo. Por fin regresaron a sus casas arrastrando los pies, muy lentamente, agotados.

El último era Rolf Carlé, caminando entre dos filas de esqueletos, todos iguales en la desolación de la muerte.

Una semana más tarde apareció Lukas Carlé, a quien su hijo Rolf no reconoció, porque cuando se fue al frente él todavía no tenía uso de razón y el hombre que entró bruscamente en la cocina esa noche no se parecía en nada al de la fotografía sobre la chimenea. Durante los años que vivió sin padre, Rolf se inventó uno de dimensiones heroicas, le puso uniforme de aviador y le tapizó el pecho de condecoraciones, convirtiéndolo en un militar soberbio y valiente, de botas lustrosas en las cuales un niño podía mirarse como en un espejo. Esa imagen no guardaba relación alguna con el personaje surgido de súbito en su vida, de modo que no se molestó en saludarlo, confundiéndolo con un mendigo. El de la fotografía llevaba bigotes bien cuidados y sus ojos eran plomizos como nubes de invierno, autoritarios y fríos. El hombre que irrumpió en la cocina vestía un pantalón demasiado grande amarrado con una cuerda en la cintura, una casaca rota, un pañuelo sucio atado en el cuello y en vez de las botas de espejo, sus pies iban envueltos en trapos. Era un tipo más bien pequeño, mal afeitado con el pelo erizado y cortado a mechones. No, no era nadie que Rolf conociera. El resto de la familia, en cambio, lo recordaba con precisión. Al verlo, la madre se tapó la boca con ambas manos, Jochen se puso de pie volteando la silla en la prisa por retroceder y Katharina corrió a cobijarse bajo la mesa, un gesto que no había hecho en mucho tiempo, pero que su instinto no había olvidado.

Lukas Carlé no volvió por nostalgia del hogar, puesto que nunca sintió que pertenecía realmente a ese pueblo o a ningún otro, era un ser solitario y apátrida, sino porque estaba hambriento y desesperado y prefirió el riesgo de caer en manos del enemigo victorioso al de seguir arrastrándose por los campos. Ya no resistía más. Había desertado y tuvo que sobrevivir ocultándose de día y circulando de noche. Se apoderó de la identificación de un soldado caído, planeando cambiar su nombre y borrar su pasado, pero pronto comprendió que en ese vasto continente destrozado no tenía adonde ir. El recuerdo de la aldea, con sus casas afables, huertos, viñedos y la escuela donde trabajó tantos años, le resultaba muy poco atrayente, pero no tenía otra elección. Durante la guerra obtuvo algunos galones, no por méritos de coraje, sino por ejercicio de crueldad. Ahora era otra persona, pues había tocado el fondo pantanoso de su alma, sabía hasta dónde era capaz de llegar. Después de haber alcanzado los extremos, de haber traspasado el límite de la maldad y del placer, le parecía una suerte minúscula volver a lo de antes y resignarse a enseñar a un grupo de mocosos malcriados en una sala de clases. Razonaba que el hombre está hecho para la guerra, la historia demuestra que el progreso no se obtiene sin violencia, aprieten los dientes y aguanten, cierren los ojos y embistan, que para eso somos soldados. El sufrimiento acumulado no logró provocarle ninguna añoranza por la paz, sino más bien acuñar en su mente la convicción de que sólo la pólvora y la sangre pueden gestar hombres capaces de conducir la barca zozobrante de la humanidad a buen puerto, abandonando en las olas a los débiles e inútiles, de acuerdo a las leyes implacables de la naturaleza. –¿Qué pasa? ¿No están contentos de verme? dijo cerrando la puerta a su espalda.

La ausencia no había disminuido su capacidad de aterrorizar a su familia. Jochen trató de decir algo, pero las palabras se le atascaron en el pecho y sólo logró emitir un sonido gutural, colocándose delante de su hermano para protegerlo de un peligro indefinido. Apenas pudo reaccionar, la señora Carlé fue hasta el arcón, tomó un largo mantel blanco y cubrió la mesa para que el padre no viera a Katharina y así pudiera, tal vez, olvidar su existencia. De un vistazo rápido, Lukas Carlé tomó posesión de la casa y recuperó el control sobre su familia. Su esposa le pareció tan estúpida como siempre, pero aún conservaba intactos el temor en los ojos y la firmeza de su grupa; Jochen se había convertido en un joven tan alto y fornido, que no pudo comprender cómo se había librado de ser reclutado en los regimientos de niños; a Rolf casi no lo conocía, pero le bastó un instante para comprender que ese chiquillo se había criado entre las faldas de su madre y necesitaba ser sacudido para quitarle el aire de gato mimado. Él se encargaría de hacerlo hombre.

–Prepara agua caliente para lavarme, Jochen. ¿Hay algo de comer en esta casa? Y tú debes ser Rolf... Acércate y dale la mano a tu padre. ¿No me oyes? ¡Ven aquí!

A partir de esa noche, la vida de Rolf cambió por completo. A pesar de la guerra y de todas las privaciones que había soportado, no conocía verdaderamente el miedo. Lukas Carlé se lo enseñó. El niño no recuperó el sueño tranquilo hasta años más tarde, cuando encontraron a su padre balanceándose en un árbol del bosque.

Los soldados rusos que ocuparon la aldea eran toscos, pobres, sentimentales. Se sentaban por las tardes con sus armas y sus aperos de batalla, alrededor de una fogata a entonar las canciones traídas de su tierra, y cuando el aire se llenaba de palabras en los dulces dialectos regionales, algunos de ellos lloraban de nostalgia. A veces se emborrachaban y reñían o danzaban hasta la extenuación. Los habitantes del pueblo los evitaban, pero algunas muchachas iban hasta su campamento a ofrecerse calladamente, sin mirarlos a la cara, a cambio de un poco de comida. Siempre conseguían algo, a pesar de que los vencedores pasaban tanta hambre como los vencidos. Los niños también se aproximaban a observarlos, fascinados con su idioma, sus máquinas de guerra, sus extrañas costumbres y atraídos por un sargento con la cara marcada por profundas cicatrices, que los divertía haciendo malabarismos con cuatro cuchillos. Rolf se acercaba más que sus compañeros, a pesar de la prohibición terminante de su madre, y pronto se encontró sentado junto al sargento tratando de entender sus palabras y practicando el lanzamiento de cuchillos. En pocos días los rusos identificaron a los colaboradores y a los desertores escondidos y se iniciaron los juicios de guerra, muy breves porque no disponían de tiempo para formalidades y con poca asistencia de público porque la gente estaba extenuada y no quería seguir oyendo acusaciones. Sin embargo, cuando le llegó el turno a Lukas Carlé, Jochen y Rolf entraron sigilosos y se ubicaron en la parte de atrás de la sala. El acusado no pareció arrepentido de los hechos cometidos y sólo señaló a su favor que cumplía órdenes superiores, pues no había ido a la guerra para tener consideraciones, sino para ganarla. El sargento malabarista se dio cuenta de que Rolf estaba en la habitación, sintió lástima por él y quiso llevárselo, pero el niño se mantuvo firme en su sitio, decidido a escuchar hasta el final. Le habría sido difícil explicar a ese hombre que su palidez no se debía a compasión por su padre, sino al deseo secreto de que las pruebas fueran suficientes para colocarlo ante un pelotón de fusilamiento. Cuando lo condenaron a seis meses de trabajo forzado en las minas de Ucrania, Jochen y Rolf consideraron que era un castigo muy leve y rezaron en secreto para que Lukas Carlé muriera allá lejos y jamás regresara.

Con la llegada de la paz no se terminaron las privaciones, conseguir alimentos había sido durante años la primera preocupación y siguió siéndolo. Jochen apenas podía leer de corrido, pero era fuerte y empecinado y cuando partió su padre y la pólvora destruyó los campos, él se encargó de proveer para su familia cortando leña, vendiendo moras y hongos silvestres, cazando conejos, perdices y zorros. Rolf se inició muy pronto en los mismos oficios de su hermano y aprendió como él a realizar pequeñas raterías en los poblados vecinos, siempre a espaldas de su madre, quien aun en los períodos de mayores angustias actuaba como si la guerra fuera una pesadilla distante y ajena con la cual ella nada tenía que ver, y no flaqueó nunca cuando se trataba de inculcar a los hijos las normas de su moralidad. El muchacho se acostumbró de tal modo a la sensación de vacío en las tripas, que mucho tiempo después, cuando los mercados estaban atiborrados con todos los productos de la tierra y se vendían papas fritas, caramelos y salchichas en cada esquina, él seguía soñando con el pan añejo escondido en un hueco entre las tablas, bajo su cama.

La señora Carlé logró conservar el ánimo sereno y la fe en Dios hasta el día que volvió su marido de Ucrania para instalarse definitivamente en el hogar. En ese momento ella perdió el coraje. Pareció encogerse y se volvió hacia adentro en un diálogo obsesivo consigo misma. El temor que siempre le tuvo acabó por paralizarla, no pudo dar salida a su odio y éste la derrotó. Siguió cumpliendo sus funciones con la misma prolijidad, trabajando desde el amanecer hasta la noche, atendiendo a Katharina y sirviendo al resto de su familia, pero dejó de hablar y sonreír y no volvió a la iglesia, porque no estaba dispuesta a continuar arrodillándose ante ese dios despiadado que no escuchaba su justa súplica de enviar a Lukas Carlé al infierno. Tampoco intentó proteger a Jochen y a Rolf de los excesos de su padre. Los gritos, los golpes y las peleas terminaron por parecerle naturales y ya no provocaban ninguna respuesta en ella. Se sentaba frente a la ventana con los ojos perdidos, escapando así hacia un pasado donde su marido no existía y ella era todavía una adolescente intocada por la desdicha.

Carlé sostenía la teoría de que los seres humanos se dividen en yunques y martillos, unos nacen para golpear y otros para ser golpeados. Por supuesto, deseaba que sus hijos varones fueran martillos. No toleraba ninguna debilidad en ellos, especialmente en Jochen, con quien experimentaba sus sistemas de enseñanza. Se enfurecía cuando por respuesta el muchacho tartamudeaba más y se comía las uñas. Desesperado, por las noches Jochen imaginaba diversas formas de librarse de una vez para siempre de ese martirio, pero con la luz del sol tomaba conciencia de la realidad, agachaba la cabeza y obedecía a su padre sin atreverse a hacerle frente, aunque lo sobrepasaba veinte centímetros y tenía la fortaleza de un caballo de labranza. La sumisión le alcanzó hasta una noche de invierno en que Lukas Carlé se dispuso a utilizar los zapatos rojos. Los muchachos ya tenían edad para adivinar lo que significaban esa pesadez en el ambiente, esas miradas tensas, ese silencio cargado de presagios. Como otras veces, Carlé ordenó a sus hijos que los dejaran solos, se llevaran a Katharina, fueran a su habitación y no regresaran por ningún motivo. Antes de salir, Jochen y Rolf alcanzaron a vislumbrar la expresión de terror en los ojos de su madre y a percibir su temblor. Poco después, rígidos en sus camas oyeron el estrépito de la música a todo volumen.

–Voy a ver qué le hace a mamá, decidió Rolf cuando ya no pudo soportar la certeza de que al otro lado del pasillo se repetía una pesadilla que había estado en esa casa desde siempre.

–Tú no te muevas. Iré yo, que soy el mayor, replicó Jochen.

Y en vez de hundirse bajo las cobijas como había hecho durante toda su vida, se levantó con el cerebro en blanco, se colocó los pantalones, la casaca, el gorro de lana y calzó sus botas de nieve. Terminó de vestirse con gestos precisos, luego salió, cruzó el corredor y trató de abrir la puerta de la sala, pero estaba con el cerrojo pasado. Con la misma lentitud y precisión empleada para colocar sus trampas o partir leña, levantó la pierna y de una patada certera hizo saltar los hierros. Rolf, en pijama y descalzo, había seguido a su hermano, y al abrirse la puerta vio a su madre totalmente desnuda, encaramada en unos absurdos botines rojos de tacón alto. Lukas Carlé les gritó furioso que se retiraran de inmediato, pero Jochen avanzó, pasó delante de la mesa, apartó a la mujer que intentó detenerlo y se aproximó con tal determinación, que el hombre retrocedió vacilante. El puño de Jochen dio en el rostro de su padre con la fuerza de un martillazo, lanzándolo por el aire sobre el aparador, que se desplomó con un estruendo de madera vuelta astillas y platos destrozados. Rolf observó el cuerpo inerte en el suelo, tragó aire, fue a su cuarto, cogió una manta y volvió para cubrir a su madre.

–Adiós, mamá, dijo Jochen desde la puerta de la calle, sin atreverse a mirarla.

–Adiós, hijo mío, murmuró ella, aliviada porque al menos uno de los suyos estaría a salvo.

Al día siguiente Rolf dobló las bastillas de los pantalones largos de su hermano y se los puso para llevar a su padre al hospital, donde le acomodaron la mandíbula en su sitio. Durante semanas no pudo hablar y hubo que alimentarlo con líquidos a través de una pipeta. Con la partida de su hijo mayor, la señora Carlé acabó de hundirse en el rencor y Rolf debió enfrentarse solo a ese hombre detestado y temido.

Katharina tenía la mirada de una ardilla y el alma libre de todo recuerdo. Era capaz de comer sola, avisar cuando necesitaba ir al excusado y correr a meterse bajo la mesa cuando llegaba su padre, pero eso fue todo lo que pudo aprender. Rolf buscaba pequeños tesoros para ofrecerle, un escarabajo, una piedra pulida, una nuez que abría con cuidado para extraer el fruto. Ella lo retribuía con una devoción total. Lo esperaba todo el día y al escuchar sus pasos y ver su rostro inclinado entre las patas de las sillas, emitía un murmullo de gaviota. Pasaba horas bajo la gran mesa, inmóvil, protegida por la tosca madera, hasta que su padre partía o se dormía y alguien la rescataba. Se acostumbró a vivir en su guarida, acechando las pisadas que se acercaban o alejaban. A veces no quería salir, aunque ya no hubiera peligro, entonces la madre le alcanzaba una escudilla y Rolf tomaba una cobija y se deslizaba bajo la mesa, para acurrucarse con ella a pasar la noche. A menudo, cuando Lukas Carlé se sentaba a comer, sus piernas tocaban a sus hijos bajo la mesa, mudos, quietos, tomados de la mano, aislados en ese refugio, donde los sonidos, los olores y las presencias ajenas llegaban amortiguados por la ilusión de hallarse bajo el agua. Tanta vida pasaron los hermanos allí, que Rolf Carlé guardó el recuerdo de la luz lechosa bajo el mantel y muchos años más tarde, al otro lado del mundo, despertó un día llorando bajo el mosquitero blanco donde dormía con la mujer que amaba.

Una noche de Navidad, cuando yo tenía unos seis años, mi madre se tragó un hueso de pollo. El Profesor, siempre ensimismado en la insaciable codicia de poseer más conocimientos, no se daba tiempo para esa fiesta y ninguna otra, pero cada año los empleados de la casa celebraban la Nochebuena. En la cocina armaban un Nacimiento con toscas figuras de arcilla, cantaban villancicos y todos me hacían algún regalo. Con varios días de anticipación preparaban un guiso criollo que fue inventado por los esclavos de antaño. En la época de la Colonia las familias pudientes se reunían el de diciembre alrededor de una gran mesa. Las sobras del banquete de los amos iban a las escudillas de los sirvientes, quienes picaban todo, lo envolvían con masa de maíz y hojas de plátano y lo hervían en grandes calderos, con tan delicioso resultado, que la receta perduró a través de los siglos y aún se repite todos los años, a pesar de que ya nadie dispone de los restos de la cena de los ricos y hay que cocinar cada ingrediente por separado, en una faena agotadora. En el último patio de la casa los empleados del Profesor Jones criaban gallinas, pavos y un cerdo, que durante todo el año engordaban para esa única ocasión de francachela y comilona. Una semana antes comenzaban a meterle nueces y tragos de ron por el gaznate a las aves y a obligar al cerdo a beber litros de leche con azúcar morena y especies, para que sus carnes estuvieran tiernas en el momento de cocinarse.

Mientras las mujeres ahumaban las hojas y preparaban las ollas y los braseros, los hombres mataban a los animales en una orgía de sangre, plumas y chillidos del puerco, hasta que todos quedaban borrachos de licor y muerte, hartos de probar trozos de carne, beber el caldo concentrado de todos esos manjares hervidos y cantar hasta desgañitarse alabanzas al Niño Jesús con ritmo festivo, mientras en otra ala de la mansión el Profesor vivía un día igual a los demás, sin darse ni cuenta que estábamos en Navidad. El hueso fatídico pasó disimulado en la masa y mi madre no lo sintió hasta que se le clavó en la garganta. Al cabo de unas horas empezó a escupir sangre y tres días más tarde se apagó sin aspavientos, tal como había vivido. Yo estaba a su lado y no he olvidado ese momento, porque a partir de entonces he tenido que afinar mucho la percepción para que ella no se me pierda entre las sombras inapelables donde van a parar los espíritus difusos.

Para no asustarme, se murió sin miedo. Tal vez la astilla de pollo le desgarró algo fundamental y se desangró por dentro, no lo sé. Cuando comprendió que se le iba la vida, se encerró conmigo en nuestro cuarto del patio, para estar juntas hasta el final. Lentamente, para no apresurar la muerte, se lavó con agua y jabón para desprenderse del olor a almizcle que comenzaba a molestarla, peinó su larga trenza, se vistió con una enagua blanca que había cosido en las horas de la siesta y se acostó en el mismo jergón donde me concibió con un indio envenenado. Aunque no entendí en ese momento el significado de aquella ceremonia, la observé con tanta atención, que aún recuerdo cada uno de sus gestos.

–La muerte no existe, hija. La gente sólo se muere cuando la olvidan, me explicó mi madre poco antes de partir. Si puedes recordarme, siempre estaré contigo.

–Me acordaré de ti, le prometí.

–Ahora, anda a llamar a tu Madrina.

Fui a buscar a la cocinera, esa mulata grande que me ayudó a nacer y a su debido tiempo me llevó a la pila del bautismo.

–Cuídeme a la muchachita, comadre. A usted se la encargo, le pidió mi madre limpiándose discretamente el hilo de sangre que le corría por el mentón. Luego me tomó de la mano y con los ojos me fue diciendo cuánto me quería, hasta que la mirada se le tornó de niebla y la vida se le desprendió sin ruido. Por unos instantes pareció que algo translúcido flotaba en el aire inmóvil del cuarto, alumbrándolo con un resplandor azul y perfumándolo con un soplo de almizcle, pero en seguida todo volvió a ser cotidiano, el aire sólo aire, la luz otra vez amarilla, el olor de nuevo simple olor de todos los días. Tomé su cara entre mis manos y se la moví llamándola mamá, mamá, abismada de ese silencio nuevo que se había instalado entre las dos.

–Todo el mundo se muere, no es nada tan importante, dijo mi Madrina cortándole el cabello de tres tijeretazos, con la idea de venderlo más tarde en una tienda de pelucas.

Vamos a sacarla de aquí antes de que el patrón la descubra y me haga llevarla al laboratorio.

Recogí esa trenza larga, me la enrollé al cuello y me acurruqué en un rincón con la cabeza entre las rodillas, sin lágrimas, porque no conocía aún la magnitud de mi pérdida. Así estuve horas, tal vez toda la noche, hasta que dos hombres entraron, envolvieron el cuerpo en la única cobija de la cama y se lo llevaron sin comentarios. Entonces un vacío inclemente ocupó todo el espacio a mi alrededor.

Después que partió el modesto carretón funerario, mi Madrina fue a buscarme. Tuvo que encender una cerilla para verme, porque el cuarto estaba en sombras, el bombillo de la lámpara se había quemado y el amanecer parecía detenido en el umbral de la puerta. Me encontró agazapada, un pequeño bulto en el suelo, y me llamó dos veces por mi nombre y apellido, para devolverme el sentido de la realidad, Eva Luna, Eva Luna. A la llama vacilante vi sus grandes pies dentro de las chancletas y el ruedo de su vestido de algodón, levanté los ojos y encontré su mirada húmeda. Me sonrió en el instante en que se extinguía el chispazo incierto del fósforo; después sentí que se inclinaba en la oscuridad, me cogía en sus gruesos brazos, me acomodaba en su regazo y empezaba a mecerme, arrullándome con un suave lamento africano para hacerme dormir.



–Si fueras hombre, irías a la escuela y después a estudiar para abogado y asegurar el pan de mi vejez. Los picapleitos son los que más ganan, saben enredar las cosas. A río revuelto, ganancia para ellos, decía mi Madrina.

Sostenía que es mejor ser varón porque hasta el más mísero tiene su propia mujer a quien mandar, y años más tarde llegué a la conclusión de que tal vez tenía razón, aunque todavía no logro imaginarme a mí misma dentro de un cuerpo masculino, con pelos en la cara, con la tentación de mandar y con algo incontrolable bajo el ombligo, que, para ser bien franca, no sabría muy bien donde colocar. A su manera, mi Madrina me tenía afecto y si no alcanzó a demostrármelo fue porque creyó necesario formarme en el rigor y porque perdió la razón temprano. En esos tiempos no era la ruina que hoy es; era una morena arrogante de senos generosos, cintura partida y caderas opulentas, como una mesa bajo las faldas. Cuando salía a la calle los hombres se volvían a su paso, le gritaban piropos groseros, intentaban darle pellizcones y ella no escabullía las nalgas, pero retribuía con un carterazo contundente, qué te has figurado negro insolente, y se reía para lucir su diente de oro. Se bañaba todas las noches de pie en una batea, echándose agua con una jarra y restregándose con un trapo jabonado, se cambiaba la blusa dos veces al día, se rociaba con agua de rosas, se lavaba el cabello con huevo y se cepillaba los dientes con sal para sacarles brillo. Tenía un olor fuerte y dulzón que toda el agua de rosas y el jabón no lograban mitigar, un olor que me gustaba mucho porque me recordaba la leche asada. A la hora del baño yo la ayudaba echándole agua por la espalda, extasiada ante ese cuerpo oscuro, de pezones morados, el pubis sombreado por un vello rizado, las nalgas mullidas como el sillón de cuero capitoné donde languidecía el Profesor Jones. Se acariciaba con el trapo y sonreía, orgullosa de la abundancia de sus carnes. Caminaba con gracia desafiante, muy erguida, al ritmo de una música secreta que llevaba por dentro. Todo lo demás en ella era tosco, hasta la risa y el llanto. Se enojaba sin pretexto y lanzaba manotazos al aire, palmadas al vuelo que si aterrizaban sobre mí tenían el efecto de un cañonazo. De ese modo, sin mala intención, me reventó un oído. A pesar de las momias, por las cuales jamás sintió la menor simpatía, sirvió como cocinera del doctor durante muchos años, ganando un sueldo miserable y gastándolo en su mayor parte en tabaco y ron. Se hizo cargo de mí porque había adquirido un deber, más sagrado que los lazos de sangre, quien descuida a un ahijado no tiene perdón, es peor que abandonar a un hijo, decía, mi obligación es criarte buena, limpia y trabajadora, porque de eso me pedirán cuentas el día del Juicio Final. Mi madre no creía en pecados congénitos y por lo tanto no había considerado necesario bautizarme, pero ella insistió con una tenacidad sin grietas. Está bien, si eso le da placer, comadre, haga lo que le dé la gana, pero no le cambie el nombre que escogí para ella, aceptó finalmente Consuelo. La mulata pasó tres meses sin fumar ni beber para ahorrar unas monedas y el día señalado me compró un vestido de organza color fresa, puso un lazo en los cuatro pelos miserables que coronaban mi cabeza, me roció con su agua de rosas y me llevó en brazos a la iglesia. Tengo una foto de mi bautizo, me veo como un alegre paquete de cumpleaños. Como no le quedaba dinero, cambió el servicio por un aseo completo del templo, desde barrer los pisos hasta limpiar los ornamentos con creta y pasar cera a los bancos de madera. Así es como fui bautizada con toda pompa y ceremonia, como niña rica.

–De no ser por mí, todavía estarías mora. Los inocentes que mueren sin sacramento se van al limbo y de ahí no salen más, me recordaba siempre mi Madrina. Otra en mi lugar te habría vendido. Es fácil colocar a las muchachas de ojos claros, dicen que los gringos las compran y se las llevan a su país, pero yo le hice una promesa a tu madre y si no la cumplo me voy a cocinar en las cacerolas del infierno.

Para ella los límites entre el bien y el mal eran muy precisos y estaba dispuesta a preservarme del vicio a fuerza de golpes, único método que conocía, porque así la habían educado. La idea de que el juego o la ternura fueran buenos para los niños es un descubrimiento moderno, a ella jamás se le pasó por la mente. Trató de enseñarme a trabajar apresurada, sin pérdida de tiempo en ensoñaciones, le molestaban el ánimo distraído y el paso lento, quería verme correr cuando recibía una orden. Tienes la cabeza llena de humo y las pantorrillas de arena, decía y me friccionaba las piernas con Emulsión de Scott un tónico baratísimo pero de gran prestigio, fabricado con aceite de hígado de bacalao, que según la propaganda era comparable a la piedra filosofal de la medicación reconstituyente.

El cerebro de la Madrina estaba algo trastocado a causa del ron. Creía en los santos católicos, en otros de origen africano y en varios más de su invención. En su cuarto había levantado un pequeño altar, donde se alineaban junto al agua bendita, los fetiches del vudú, la fotografía de su difunto padre y un busto que ella creía de San Cristóbal, pero después yo descubrí que era de Beethoven, aunque jamás la he sacado de su error, porque es el más milagroso de su altar. Hablaba todo el tiempo con sus deidades en un tono coloquial y altanero, pidiéndoles favores de poca monta, y más tarde, cuando se aficionó al teléfono, las llamaba al cielo, interpretando el zumbido del aparato como la respuesta en parábola de sus divinos interlocutores. De ese modo recibía instrucciones de la corte celestial, aun para los asuntos más triviales. Era devota de San Benito, un rubio guapo y parrandero a quien las mujeres no dejaban en paz, que se colocó en el humo del brasero para quedar chamuscado como un leño y sólo entonces pudo adorar a Dios y hacer sus prodigios tranquilo, sin esa cuelga de lujuriosas prendidas de su túnica. A él le rezaba para aliviar la borrachera. Era experta en tormentos y muertes horrorosas, conocía el fin de cuanto mártir y virgen figuraba en el santoral católico y estaba siempre lista para contármelo. Yo la escuchaba con morboso terror y cada vez solicitaba nuevos detalles. El suplicio de Santa Lucía era mi favorito, quería oírlo a cada rato con todos los pormenores: por qué Lucia rechazó al emperador enamorado de ella, cómo le arrancaron los ojos, si era cierto que esas pupilas lanzaron una mirada de luz desde la bandeja de plata donde reposaban como dos huevos solitarios, dejando ciego al emperador, mientras a ella le salían dos espléndidos ojos azules, mucho más bonitos que los originales.

La fe de mi pobre Madrina era inconmovible y ninguna desgracia posterior pudo abatirla. Hace poco, cuando vino por aquí el Papa, conseguí autorización para sacarla del sanatorio, porque habría sido una lástima que se perdiera al Pontífice con su hábito blanco y su cruz de oro, predicando sus convicciones indemostrables, en perfecto español o en dialecto de indios, según fuera la ocasión. Al verlo avanzar en su acuario de vidrio blindado por las calles recién pintadas, entre flores, vítores, banderines y guardaespaldas, mi Madrina, ya muy anciana, cayó de rodillas, persuadida de que el Profeta Elías andaba en viaje de turismo. Temí que la muchedumbre la aplastara y quise llevármela de allí, pero ella no se movió hasta que le compré un pelo del Papa como reliquia. En esos días mucha gente se volvió buena, algunos prometieron perdonar las deudas y no mencionar la lucha de clases o los anticonceptivos para no dar motivos de tristeza al Santo Padre, pero la verdad es que yo no me entusiasmé con el insigne visitante, porque no guardaba buenos recuerdos de la religión. Un domingo de mi niñez la Madrina me llevó a la parroquia y me arrodilló en una cabina de madera con cortinas, yo tenía los dedos torpes y no podía cruzarlos como me había enseñado. A través de una rejilla me llegó un aliento fuerte, dime tus pecados, me ordenó y al punto se me olvidaron todos los que había inventado, no supe qué responder, apurada traté de pensar en alguno, aunque fuera venial, pero ni el más insignificante acudió a mi mente.

–¿Te tocas el cuerpo con las manos?

–Sí...

–¿A menudo, hija?



–Todos los días.

–¡Todos los días! ¿Cuántas veces?

–No llevo la cuenta... muchas veces...

–¡Ésa es una ofensa gravísima a los ojos de Dios!

–No sabía, padre. ¿Y si me pongo guantes, también es pecado?

–¡Guantes! ¡Pero qué dices, insensata! ¿Te burlas de mí?

–No, no... murmuré aterrada, calculando que de todos modos sería bien difícil lavarme la cara, cepillarme los dientes o rascarme con guantes.

–Promete que no volverás a hacer eso. La pureza y la inocencia son las mejores virtudes de una niña. Rezarás quinientas Ave Marías de penitencia para que Dios te perdone.

–No puedo, padre, contesté porque sabía contar sólo hasta veinte.

–¡Cómo que no puedes! rugió el sacerdote y una lluvia de saliva atravesó el confesionario y me cayó encima.

Salí corriendo, pero la Madrina me cogió al vuelo y me retuvo por una oreja mientras hablaba con el cura sobre la conveniencia de ponerme a trabajar, antes que se me torciera aún más el carácter y se me acabara de ofuscar el alma.

Después de la muerte de mi madre, llegó la hora del Profesor Jones. Murió de vejez, desilusionado del mundo y de su propia sabiduría, pero juraría que murió en paz. Ante la imposibilidad de embalsamarse a sí mismo y permanecer dignamente entre sus muebles ingleses y sus libros, dejó instrucciones en el testamento para que sus restos fueran enviados a su distante ciudad natal, porque no deseaba terminar en el cementerio local, cubierto de polvo ajeno, bajo un sol inclemente y en promiscuidad con vaya uno a saber qué clase de gentuza, como decía. Agonizó bajo el ventilador de su dormitorio, cocinado en el sudor de la parálisis, sin más compañía que el religioso de la Biblia y yo. Perdí las últimas briznas del miedo que él me inspiraba cuando comprendí que no podía moverse sin ayuda y cuando le cambió la voz de trueno por un inacabable jadeo de moribundo.

En esa casa cerrada al mundo, donde la muerte había instalado sus cuarteles desde que el doctor inició sus experimentos, yo vagaba sin vigilancia. La disciplina de los empleados se relajó apenas el Profesor no pudo salir de su habitación para amonestarlos desde su silla de ruedas y agobiarlos con órdenes contradictorias. Vi cómo en cada salida se llevaban los cubiertos de plata, las alfombras, los cuadros y hasta los frascos de cristal donde el sabio guardaba sus fórmulas. Ya nadie servía la mesa del patrón con manteles almidonados y reluciente vajilla, nadie encendía las lámparas de lágrimas ni le alcanzaba su pipa. Mi Madrina dejó de preocuparse de la cocina y salía del paso con plátanos asados, arroz y pescado frito en todas las comidas. Los demás abandonaron sus labores de aseo y la mugre y la humedad avanzaron por las paredes y los suelos de madera. El jardín no había sido atendido desde el accidente con la surucucú varios años atrás y como resultado de tanta desidia una vegetación agresiva estaba a punto de devorar la casa e invadir la acera. Los sirvientes dormían siesta, salían a pasear a todas horas, bebían demasiado ron y pasaban el día con una radio encendida donde atronaban los boleros, las cumbias y las rancheras. El infeliz Profesor que en sus tiempos de salud no toleraba más que sus discos de música clásica, sufría lo indecible con la bullaranga y en vano se colgaba de la campanilla para llamar a sus empleados, nadie acudía. Mi Madrina sólo subía a su pieza cuando estaba dormido para rociarlo con agua bendita sustraída de la iglesia porque le parecía una maldad muy grande dejarlo morir sin sacramentos, como un pordiosero.

La mañana en que una de las mucamas abrió la puerta al pastor protestante vestida sólo con sostén y calzón porque arreciaba el calor, sospeché que el relajo había alcanzado su cima y ya no había razón para mantenerme a prudente distancia del amo. Desde ese momento empecé a visitarlo con frecuencia, al principio atisbando desde el umbral y poco a poco invadiendo la habitación, hasta terminar jugando sobre su cama. Pasaba horas junto al anciano tratando de comunicarme con él, hasta que logré entender sus murmullos de hemipléjico extranjero. Cuando yo estaba a su lado, el Profesor parecía olvidar por algunos momentos la humillación de su agonía y los tormentos de la inmovilidad. Yo sacaba los libros de los anaqueles sagrados y los sostenía delante de él, para que pudiera leerlos. Algunos estaban escritos en latín, pero me los traducía, aparentemente encantado de tenerme como alumna y lamentando en voz alta no haberse dado cuenta antes de que yo vivía en su casa. Tal vez nunca había tocado a un niño y descubrió demasiado tarde que tenía vocación de abuelo.

–¿De dónde salió esta criatura? preguntaba masticando el aire. ¿Será mi hija, mi nieta o una alucinación de mi cerebro enfermo? Es morena, pero tiene los ojos parecidos a los míos... Ven aquí, chiquilla, para mirarte de cerca.

Él no podía relacionarme con Consuelo, aunque recordaba bien a la mujer que lo sirvió durante más de veinte años y que en una ocasión se inflara como un zepelín, una fuerte indigestión. A menudo me hablaba de ella, seguro de que sus últimos momentos habrían sido diferentes si la hubiera tenido junto a su cama. Ella no lo habría traicionado, decía.

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