Etica, derechos humanos y guerra



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En cuanto al accionar de la guerrilla, ésta dispone todavía de un capital de ideales y valores propios de una lucha que, en su tiempo, logró despertar la simpatía y el entusiasmo de todos los que anhelaban una sociedad más justa. Sin embargo, este capital moral se va desmoronando de manera peligrosa y rápida ante los reiterados actos de sevicia, el desprecio sistemático de las normas que regulan la práctica de la guerra y el irrrespeto por la población civil. Ejecuciones sumarias, ataques a poblaciones indefensas, sabotaje económico, daños ecológicos, minado de zonas ocupadas por civiles, actos de intimidación y terrorismo constituyen formas de lucha difícilmente compatibles con las reglas de la guerra, con elementales principios éticos y con los mismos ideales que alguna vez impulsaron a quienes iniciaron hace varias décadas la lucha armada. En los últimos tiempos la práctica de los grupos insurgentes parecería inspirarse en un pragmatismo ajeno a toda consideración moral, en la búsqueda afanosa de poder. Hemos asistido incluso a cierta "trivialización" de la muerte, producida sin criterios selectivos, e incluso por fuera de la lógica que ha inspirado tradicionalmente le "ética terrorista", centrada en la idea de que la sangre derramada debería ser la mínima indispensable para el logro de determinados objetivos políticos. Por el contrario, la población civil ha sido tratada a menudo, de manera despreocupada, como "capital prescindible". La búsqueda de poder en función de ideales de justicia social y libertad se transforma de manera paulatina en un fin independiente, que a su vez justifica el empleo de toda clase de medios violentos; al tiempo que la aspiración hacia una sociedad diferente y una forma superior de humanidad acaba por desplazarse en una nebulosa lejanía19.

En relación con las actuaciones de las Fuerzas armadas, a pesar de la presión de la comunidad internacional y de ciertos avances frente a los tiempos - de infausta memoria - en los que se practicaba sin recelos la teoría de la seguridad nacional y se consideraba como subversiva cualquier referencia al respeto de los derechos humanos, los informes anuales de organismos internacionales siguen reportando casos de torturas, desapariciones forzosas, ataques a la población civil, tolerancia o connivencia con las acciones de los paramilitares, prácticas que por lo demás cuentan con un alto grado de impunidad o con penas muchas veces benignas, gracias al fuero especial del que siguen gozando los miembros de las fuerzas militares o a un mal entendido espíritu de cuerpo. En la medida en que la fuerza legítima, que reivindica el monopolio de las armas, incurre en actos de esta naturaleza, el Estado se rebaja a la condición de quien lo reta y acaba por darle la razón a quienes cuestionan su legitimidad. Poco o nada compatible con los criterios éticos que deberían orientar la guerra interna resulta también la tendencia a descalificar moralmente al enemigo, tildado de bandolero, narcotraficante o criminal sin más, una estrategia verbal que parecería a ratos pretender justificar el aniquilamiento físico del adversario, más que su sometimiento. Preocupa además la tendencia de las fuerzas militares a ensanchar de manera exorbitante el espectro de los sujetos considerados como enemigos, al incluir en esta categoría a líderes de movimientos sociales, campesinos, maestros y activistas de los derechos humanos. Llama en fin la atención cierta actitud defensiva frente al DIH, al igual que la tendencia a considerar los mecanismos de control del Estado como una traba para enfrentar de manera eficaz a la subversión.



En últimas, la realidad de la guerra parecería indicar que todos los actores se van hundiendo de manera paulatina en el terreno cenagoso de la retaliación y del terror. La degradación del conflicto ha desbordado ya todo límite de civilidad, con la multiplicación de actos de crueldad y barbarie que constituyen una afrenta no solamente para las víctimas inocentes, sino para la humanidad sin más. La eliminación a sangre fría de personas indefensas o ajenas al conflicto, los frecuentes casos de tortura, la forma particularmente cruel de matar, el irrespeto por los cadáveres, deberían despertar una reacción más enérgica en una opinión aparentemente debilitada por el espectáculo reiterado de la violencia.
c. Cálculo de las consecuencias. Igualmente problemático resulta el balance relativo a los logros del conflicto en cuanto a protección de los derechos, o a las perspectivas a mediano y largo plazo para la consolidación de un orden social más justo: las cifras aterradoras de muertes violentas, en las que el conflicto armado incide de manera directa o indirecta20, el incremento de ataques contra la propiedad y la libertad personal, el incremento de los índices de miseria y de necesidades básicas insatisfechas, el desplazamiento de una parte considerable de la población, las secuelas nefastas de la experiencia de la violencia en quienes han sido testigos de crímenes atroces o han vivido el trauma del secuestro, la pauperización creciente de sectores marginados afectados por los efectos negativos de la guerra, los graves atentados contra el ecosistema que seguirán perjudicando a las generaciones futuras, constituyen hechos que no deberían ser subestimados por parte de quienes se empecinan en seguir adelante con la violencia de la guerra. Preocupan por igual los pobres resultados en cuanto a , modernización del país, fortalecimiento de las instituciones y consolidación de una cultura democrática.
Estas últimas anotaciones parecerían poner en entredicho la legitimidad de una guerra que pudo haber contado en sus inicios con cierta justificación moral, pero ha venido perdiendo de manera paulatina su razón de ser. ¿No sería conveniente un alto en el camino para evaluar formas alternas de lucha, y acudir a fuerzas distintas de la que se desprende del cañón de un arma? Resulta en este caso pertinente la metáfora de Bobbio: la guerra se ha transformando en un camino sin salida, que acaba por envolver día a día a los protagonistas en la lógica de la retaliación violenta y de la venganza, por encima de cualquier límite ético o cultural. Así las cosas se transforma en un imperativo categórico la obligación de suspender un juego tan costoso como inútil. No para buscar una paz a cualquier precio, que podría resultar igual de siniestra y opresiva, sino una paz sustentada en una práctica integral de los derechos fundamentales. Un acuerdo sobre la humanización de la guerra puede transformarse en un primer paso en esta dirección.

1En sus reflexiones sobre la primera guerra mundial, Freud llama la atención sobre el contraste entre la moralidad que los Estados exigen a sus ciudadanos y la negación sistemática de todo principio ético en caso de enfrentamiento armado con potencias externas(Zeitgemässes über Krieg und Tod, Studienasugabe, Band IX, Fischer Taschenbuch, Frankfurt, 1982, p.40). El mismo Hegel, defensor entusiasta de la guerra como factor de cohesión ética y resorte de la cultura, destaca sin embargo ciertas conexiones entre crimen y guerra (Frühe politische Systeme, Ullstein, Frankfurt, 1974, p.278).

2 "La reflexión de los responsables políticos sobre las cuestiones de la guerra y la paz, así como la de muchos intelectuales - anota McMahan - se estructura normalmente mediante un marco de supuestos substancialmente amoral. Se piensa que los problemas son de naturaleza 'práctica'; las opciones políticas se comparan exclusivamente en términos de consecuencias esperadas, y las consecuencias se evalúan únicamente en términos de su efecto sobre el interés nacional". Jeff McMahan, "Guerra y paz", en Compendio de ética, P.Singer editor, Alianza, Madrid, 1993, p.521. La neutralidad valorativa se degrada a menudo en la que S.Giner denomina la "falacia de la objetividad amoral". "Sociología y filosofía moral", en Historia de la ética, t.3, V.Camps ed., Crítica, Barcelona, 1989, p.120.

3N.Bobbio, El tercero ausente, Cátedra, Madrid, 1977, p.224.

4En el proceso de Nüremberg no fueron condenados crímenes de guerra perpetrados por los aliados como bombardeos indiscriminado de ciudades, desplazamiento masivo de población civil, o la misma utilización de la bomba atómica que coincidió, de manera paradójica, con la firma del convenio de Londres en el que quedó tipificado el crimen de lesa humanidad. Cfr, A.Maurice de Zayas, "El proceso de Nuremberg ante el tribunal militar internacional(1945-1946)", Los grandes procesos. Derecho y poder en la historia (A.Demandt ed.), Crítica, Barcelona, p.246.

5Son múltiples y variadas la razones aducidas para sustentar esta postura: algunos apelan a una pulsión destructiva bien arraigada en la naturaleza humana, que desafiaría cualquier intento de someterla o domeñarla por parte de la cultura y estallaría de manera periódica en el espacio de la guerra; otros subrayan la presencia en el ser humano de una tendencia inagotable a acumular poder en condiciones de escasez, que envolvería por igual a individuos, pueblos y Estados en una lucha inagotable; y no faltan quienes asumen sin más como un dato originario e incontrovertible una disposición arraigada al mal, que transformaría al hombre en un lobo feroz frente a los demás miembros de su especie.

6Los realistas acostumbran citar el Pacto Briand-Kellog como un ejemplo ilustrativo de esta actitud condenada a la ineficacia. Cfr. R.Aron, Paz y guerra entre las naciones, Alianza, Madrid, 1984, tomo 2., p.696.

7El Decálogo go de la "ética de la guerra" incluiría el deber irrestricto de matar al enemigo - el precepto bíblico "no matarás" se transforma en el otro "no matarás al amigo" - la disposición al sacrificio supremo de la vida, el desprecio del peligro, la obligación de evitar todo acto de cobardía, etc.

8"Su extremada crueldad, su conducta inhumana y sus innumerables crímenes no permiten que se le incluya entre los hombres excelentes". Il principe, Tutte le opere, Sansoni, Firenze, 1971, p.269.

9Lo que significa que no existen obligaciones morales desligadas de derechos. En otro trabajo he sugerido la conveniencia de un ajuste reflexivo entre la reflexión ética y el ethos de los derechos humano. Este último se constituye en un punto de referencia obligado e incluso en un canon para sopesar la validez de diferentes sistemas éticos, controlar las conclusiones del razonamiento moral o incluso ampliar y enriquecer el alcance de determinados valores o principios éticos. Al mismo tiempo, la reflexión sistemática en el terreno moral contribuye a llenar lagunas o a sugerir respuestas satisfactorias a las controversias relativas al ethos de los derechos, al alcance de un derecho específico o a la forma de enfrentar los conflictos entre derechos fundamentales. Parecería configurarse aquí un círculo vicioso: para salir del escepticismo moral acudimos a la idea de derechos, que a su vez nos remite a los sistemas éticos ante la presencia de dilemas difícilmente solucionables desde el horizonte de los derechos humanos. Se trata, sin embargo, de un círculo vicioso sólo en apariencia: si concebimos este ir y venir, de los sistemas éticos a la realidad de los derechos y de éstos a los grandes sistemas morales, como un ajuste y un afinamiento constante, resulta legítimo contrastar los sistemas éticos con la pauta de los derechos humanos, y al mismo tiempo buscar en los primeros unas pautas para superar muchos de los dilemas sin respuestas con los que se enfrenta la teoría y la práctica de los derechos humanos. Se rompe el círculo si aceptamos la traducción normativa de los valores y principios éticos en derechos como un argumento razonable en favor de la validez de los primeros; y se asume al mismo tiempo la importancia de un desarrollo ulterior, desde la perspectiva ética, de estos mismos principios morales, asumiendo como criterio la coherencia lógica pero sobre todo la experiencia de las nuevas luchas, un desarrollo que podrá a su vez contribuir a llenar las lagunas y vacíos presentes en las teorías de derechos.

10Cfr.J.Raz, "Right-based moralities", Theories of Rights (J.Waldron ed.), Oxford University Press, 1992, pp.197-98.

11"Una moralización inmediata del derecho y de la política - anota Habermas - violaría efectivamente aquellas 'zonas protegidas' que nosotros - por buenas razones, es decir por razones morales - queremos salvaguardar a las personas jurídicas. Es equívoca la idea según la cual, par evitar esta moralización, tendríamos que liberar la política internacional del derecho, y el derecho de la moral". L'inclusione dell'altro, Studi di teoria politica, Feltrinelli, Milano, 1998, p.212.

12"Si el cuerpo es acometido con violencia presente con peligro de la vida, no evitable de otra manera - anota Grocio - entonces dijimos antes que la guerra es lícita, aun con muerte del que infiere el peligro(...)Hase de notar que este derecho de defensa nace de suyo y primariamente de que la naturaleza le confía a cada uno a sí mismo". U.Grocio, Del derecho de la guerra y de la paz, libro 1º, tomo I, Reus, Madrid, pp.260-62. En cambio difieren en cuanto a otras causales como la recuperación de bienes, el ataque preventivo frente a una potencia enemiga, la respuesta a una injuria o la solidaridad con Estados aliado objeto de una agresión externa. Sobre el tema de la justificación de la guerra cfr.G.Del Vecchio, El derecho internacional y el problema de la paz, Bosch, Barcelona, 1959; y H.Valencia Villa, La justicia de las armas, TM-IEPRI, Bogotá, 1993.

13"La doctrina de la guerra justa - anota Ruiz Miguel - considera que ciertas violaciones graves de la libertad, la igualdad o la seguridad, agrupables bajo las rubricas de la reivindicación de derechos propios y de la vindicación de las injurias, pueden ser motivo suficientemente justificado para romper la paz(...)El intento más defendible de justificación de la guerra de carácter dentológico es el que se apoya en último término en los derechos y deberes de los individuos agredidos...". "Paz y guerra" en, Filosofía política II. Teoría del Estado, Trotta, Madrid, 1996, pp.250-253. Del mismo autor cfr. La justicia de la guerra y de la paz, Centro de Estudios Constitucionales, Madrid, 1988.

14Sobre este tema cfr. C.Ramón Ch., ¿Violencia necesaria?, Trotta, Madrid, 1995. "Las intervenciones humanitarias - anota a su vez Ruiz Miguel - pueden ser una vía de fácil excusa para que los países más poderosos mantengan y acentúen el control sobre los más débiles sin que, al fin y al cabo, se incremente la protección de los derechos humanos". "Paz y guerra", ed. cit., p.261.

15Es importante distinguir la cuestión relativa a las causas que justifican una iniciativa militar, del conjunto de normas que regulan su desarrollo. La distinción entre guerra legítima y guerra legal - para retomar las categorías de Bobbio -, o simplemente entre el derecho a emprender la guerra y la obligación de llevarla a cabo de acuerdo con pautas éticas y jurídicas, sirve además, como bien lo anota Macmahan, para evitar conductas desmedidas por parte de quienes creen tener la moralidad a su favor, o al revés de quienes - descalificados moralmente - se sienten con derecho a acudir a toda clase de violencia. Cfr. op.cit., p. 248.

16En la ya citada obra de Grocio se encuentra una amplia gama de restricciones al uso de la fuerza en la guerra que se han venido imponiendo por motivos prudenciales, pero también por la sensibilidad frente al dolor ajeno y el rechazo de la crueldad contra los más indefensos: "ninguna riña con los vencidos ni con los muertos"; respeto por niños y ancianos, al igual que por las personas entregadas al culto o al cultivo de la tierra; condena del asesinato por fuera de combate y de la eliminación de los prisioneros; respeto por la naturaleza y los recursos naturales ("si los árboles pudiesen hablar, clamarían que pagan inicuamente las penas de la guerra, no siendo causas de guerra". Cfr. op.cit., t.IV, pp.127-146. Por cierto muchos teóricos realistas cuestionan esta clase de limitaciones, con diferentes argumentos: no sería más inmoral destruir las armas que los sujetos que las fabrican; el ataque a la población civil constituye una herramienta valiosa para doblar la moral del enemigo y obligarlo a rendirse; una vez admitido que "todas las acciones de guerra son en nuestra época destructoras, una acción brutal, que trajese consigo la capitulación rápida de un agresor, estaría eventualmente justificada". Cfr. R.Aron, op.cit., p. 729.

17K.Schmitt ha acuñado la expresión "humanidad, bestialidad", refiriéndose en especial a las guerras emprendidas para defender la democracia y los derechos, que acabarían en manifestaciones particularmente violentas de crueldad, ante un enemigo despojado de dignidad moral.Para la refutación de las tesis de Schmitt, cfr. Habermas, L'inclusione dell'altro, ed.cit., p.214 e sgs.

18Cfr.P.Waldmann, "Dinámicas inherentes de la violencia política desatada", Sociedades en guerra civil (P.Waldmann y F.Reinares compiladores), Paidós, Barcelona, 1999, pp.94-100.

19Lo que anota Villoro para el movimiento guerrillero en general se aplica también al caso colombiano: "El poder, concebido primero como medio, llega a cobrar importancia central. Va cubriendo todos los aspectos de su vida(...) ¿Cómo distinguir ya el uso de la violencia como puro medio de su aceptación como fin válido por sí mismo? ¿Qué distingue el robo de un banco o el asesinato de una familia campesina a nombre de La Causa, de los mismos actos realizados por el poder en curso?"Op.cit., p.89. Una mención especial merece el secuestro extorsivo, una de las más crueles violaciones de la dignidad humana: la víctima queda rebajada a simple ficha para la obtención de un rescate; se le recorta a la persona su libertad personal y se pone en entredicho su seguridad; se afecta gravemente el equilibrio mental de quienes padecen, en carne propia o en la de los seres más queridos, el trauma o en algunos casos la agonía lenta del secuestro. Nadie duda de la eficacia de esta forma de violencia para la consecución de recursos. Sin embargo, ¿qué tan legítima puede resultar una lucha que acude de manera sistemática a una práctica que desconoce la diferencia elemental entre combatientes y no combatientes, y viola de manera tan evidente los derechos elementales de las personas a la integridad física, a la no-instrumentalización y a la libertad? Poco sirven las maromas semánticas, dignas de la más sofisticada tradición escolástica, para tratar de suavizar o encubrir con eufemismos - ante la comunidad nacional e internacional - una práctica que ningún ser civilizado debería aceptar o tolerar. Los intentos más comunes de justificar esta práctica como una herramienta ineludible de financiación de la guerra, ante la ausencia de alternativas igualmente eficaces, pone además al descubierto una extraña inversión entre medios y fines: ya no se concibe la guerra en función de una sociedad más justa y de una ampliación de los derechos sino que, por el contrario, se sacrifican sin más, y de manera siempre más generalizada, los derechos de la población civil, como medio para seguir con una guerra que acaba por transformarse en un fin autónomo. "¿Puede surgir un orden nuevo si los medios se diferencian sólo técnicamente de los propios del viejo orden que, con razón, son odiados y menospreciados?", se preguntaba Lukács frente a los métodos empleados por los bolcheviques en la revolución rusa. La respuesta sigue siendo negativa, puesto que el humanismo construido por medio del terror deja traslucir pronto sus lados siniestros."El bolschevismo como problema moral", Socialismo y ética: texto para un debate, Pluma-Debate, Bogotá, 1980, p.303.

20Saúl Franco calcula en 33.466 la cifra de homicidios directamente vinculados con el conflicto armado. "siendo importante - anota el autor - podría pensarse que es un porcentaje relativamente bajo", si comparado con la suma total de homicidios, que asciende a la suma de 331.390. Sin embargo, agrega el autor, "el impacto de este genocidio político tiene muchas otras vías y algunos otros indicadores en el conjunto de la vida nacional. Quizás más que en el porcentaje de muertes, su peso se hace sentir en la militarización de la vida pública y en el refuerzo a la generalización de la violencia...". Quinto: no matar, TM -Iepri, Bogotá, 1999, p.168.


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