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El rol del psicólogo en la atención temprana de niños con síndrome de Down

Trabajo Final de Grado

Montevideo, Octubre de 2014

Estudiante: Elisa Riccardi

C. I.: 3.499.662-1

Tutor: Doc. Adj. Eduardo Sivori

ÍNDICE

Resumen …………………………………………………………………………………………… 3

Introducción …………………………………………………………………………………….…. 3

Justificación …………………………………………………………………………………….…. 5

Marco teórico ………………………………………………………………………………….…... 6


  1. Discapacidad ……………………………………………………………………….….. 6

  2. Discapacidad intelectual ……………………………………………...…………........ 7

  3. Síndrome de Down ………………………………………………………………….… 8

    1. Definición …………………………………………………………………….... 8

    2. Características generales ………………………………………….………… 8

    3. Desarrollo evolutivo ……………………………………………….………….. 9

  4. Atención Temprana ……………………………………………………………..….… 10

4.1. Definición …………………………………………………………………….. 10

4.2. Fundamento …………………………………………………………….…… 11

4.3. Objetivos …………………………………………………………….……...… 12

4.4. Intervención ………………………………………………………….……….. 13

4.5. Ámbitos de intervención ………………………………………….…………. 14

4.6. Equipo de trabajo …………………………………………………….…….... 15

  1. Rol del psicólogo ……………………………………………………………….…….. 15

    1. Desde el área de la discapacidad intelectual …………………..………… 15

    2. Desde el área perinatal …………………………………………………...… 17

  2. La teoría del apego como base para la intervención temprana ……………….... 18

Desarrollo …………………………………………………………………………………….….... 21

  1. Intervención en la díada madre-bebé …………………………………………...…. 23

  2. Intervención con la familia ………………………………………………….….……. 28

  3. Intervención directa con el niño mediante la técnica de juego ……………..…… 32

Conclusiones …………………………………………………………………………………..… 34

Puntos de discusión …………………………………………………………………………..... 37

Referencias bibliográficas …………………………………………………………………...… 39

RESUMEN

El presente trabajo, de carácter monográfico, describe y analiza la intervención del psicólogo en la atención temprana de niños con síndrome de Down.

Para ello, se comienza desarrollando conceptos claves, tales como discapacidad intelectual, atención temprana, rol del psicólogo y la teoría del apego de Bowlby como fundamento para la intervención psicológica temprana, a los efectos de poder ir pensando y delimitando sus posibles focos de intervención en dicho campo de actuación.

Antes de proceder a definir estas distintas líneas de trabajo, se reflexiona acerca de la finalidad y objetivos que debería perseguir la intervención psicológica temprana de estos niños, para lo cual, previamente, resulta preciso posicionarse desde determinado enfoque de discapacidad, que en este caso es el modelo social.

Cobra especial consideración la intervención sobre los vínculos tempranos que se establecen entre el bebé y su figura materna, así como con toda la familia, en tanto la atención sobre el desarrollo socio-afectivo del niño se concibe como prioritaria, más que apuntalar exclusivamente los aspectos deficitarios y, en particular, lo que refiere a las funciones cognitivas.

La teoría del apego de Bowlby sirve como fundamento clave para explicar la pertinencia de dicha intervención, puesto que permite comprender cómo el logro de un vínculo de apego seguro entre el niño y sus figuras paternas, redundará en mayores posibilidades futuras de una plena participación social.

Asimismo, se destaca la importancia de contemplar la intervención directa del psicólogo con el niño, a partir de cierta edad, destacando la técnica de juego como una herramienta idónea para contribuir a alcanzar los objetivos propuestos.

INTRODUCCIÓN

Este trabajo se enmarca dentro de la propuesta de elaboración de un Trabajo Final de Grado para la Licenciatura en Psicología de la Universidad de la República.

El mismo aborda la atención temprana de niños con síndrome de Down desde la intervención psicológica. Más precisamente, se efectúa una revisión, análisis, integración y evaluación crítica de la literatura previamente publicada sobre cuatro temáticas centrales: a) discapacidad intelectual y síndrome de Down, b) atención temprana, c) el rol del psicólogo en dichos ámbitos, d) la teoría del apego como base para la intervención psicológica temprana.

A fin de cumplir con la propuesta planteada en la presente monografía, el trabajo se divide en diversas secciones.

En una primera instancia, dentro del “Marco Teórico”, se incluyen distintos conceptos que se desprenden de las cuatro temáticas recién mencionadas, las cuales servirán como fundamento para poder ir delineando las posibles funciones que puede desarrollar el psicólogo en la atención temprana de niños con síndrome de Down.

La definición de Atención Temprana que se explicita a continuación en el marco teórico, supone un espacio idóneo para el trabajo del psicólogo en la intervención temprana de estos niños desde un abordaje integral del sujeto, en aras de poder contribuir a un mejor desarrollo psíquico, tanto en la dimensión cognitiva como en la socio-afectiva, ambas consideradas indisociables.

La finalidad última de estas intervenciones tempranas debe tener, como horizonte a seguir, la plena inclusión social de las personas con síndrome de Down, y no un mero intento de habilitación de las áreas deficitarias. Es por ello que, para que la atención temprana tenga más oportunidades de éxito, debe considerar y trabajar con la familia, primer sistema de socialización del niño y pieza clave para la intervención del psicólogo.

En este sentido, este recorrido teórico aspira hacer reflexionar sobre los logros que sería deseable esperar de un abordaje temprano con niños que presentan síndrome de Down. Para ello interesa ahondar en el concepto de discapacidad intelectual, característica presente en los niños que nacen con este síndrome, así como también, en el rol del psicólogo en esta área de trabajo.

La concepción actual de discapacidad intelectual de la Asociación Americana sobre Retardo Mental (2002) implica la existencia de limitaciones significativas en el funcionamiento intelectual y en la conducta adaptativa. Ésta última cobra gran relevancia para la integración social ya que la misma implica, por ejemplo, el logro de la independencia, habilidades sociales y autodeterminación. Por consiguiente, los logros esperados van a apuntar hacia esta dirección.

Teniendo en cuenta lo antes expuesto, la postura que subyace en el presente trabajo considera que la intervención psicológica sobre la dimensión socio-afectiva del sujeto adquiere importancia capital en los primeros años de vida de estos niños, más que un abordaje centrado principalmente en el área cognitiva. Más si tenemos en cuenta que el desarrollo emocional es paralelo al cognitivo, condicionándose mutuamente. Por lo tanto, se recurre a la teoría del apego de Bowlby y Ainsworth a los efectos de constituirse en un basamento para la intervención temprana en esta dimensión, desde la actuación con la díada madre - hijo.

En una segunda instancia, en la sección denominada “Desarrollo”, a la luz de una amplia revisión bibliográfica en bases científicas fundamentalmente y, concretamente, de una exhaustiva lectura de literatura referida a intervenciones dirigidas a influir sobre el desarrollo de un apego sano, se intenta poder delimitar el campo de acción del psicólogo en la atención temprana de niños con síndrome de Down de 0 a 6 años, proponiendo distintos focos de intervención:


  • intervención en la díada madre – bebé,

  • orientación y/o abordaje terapéutico de la familia,

  • trabajo directo con el niño, a partir de cierta edad, mediante la técnica de juego.

Finalmente en “Conclusiones” y “Puntos de Discusión”, se plasman, por un lado, las principales reflexiones que se desprenden del presente trabajo y, por el otro, se plantean algunas consideraciones a tener en cuenta en relación a lo propuesto acerca del rol del psicólogo en este campo de trabajo.

JUSTIFICACIÓN

El interés para efectuar esta monografía surge del supuesto de que, la temática aquí propuesta, reviste gran trascendencia para una sociedad que se precie de aspirar a ser más humana y justa, en pos de la inclusión social de personas que presentan síndrome de Down.

Particularmente, la atención temprana de niños que nacen con este síndrome adquiere especial consideración puesto que, desde el punto de vista del desarrollo neurológico y socio-afectivo, hasta los 6 años de edad el niño se encuentra en un momento clave para poder intervenir con mayores probabilidades de éxito sobre ambos.

En efecto, el concepto de plasticidad neuronal, propiedad que existe en los primeros años de vida, sustenta la importancia vital que cobran las intervenciones tempranas, ya que, tal como pone de manifiesto la literatura consultada, las mismas pueden tener efectos a largo plazo en las capacidades adaptativas del niño en desarrollo.

A su vez, la intervención temprana en el vínculo madre – hijo, así como con la familia en general, se constituye en un cimiento clave para abogar por el desarrollo de habilidades y vínculos sociales saludables que permitirán a estas personas integrarse de forma más satisfactoria en la sociedad.

Por otra parte, la importancia de resaltar el trabajo del psicólogo en atención temprana se justifica en el hecho de que, no sólo implica una contribución a estimular y fortalecer el desarrollo psíquico del sujeto, sino también supone una intervención desde la prevención en salud mental, lo cual repercute en mayores oportunidades futuras para alcanzar una vida más plena. Por tanto, la temática abordada es un intento por aportar a la concientización en torno a la necesidad de invertir esfuerzos en el ámbito de la prevención, antes que intentar paliar problemas ya consolidados y muy difíciles de revertir.

Por último, es pertinente destacar que, no obstante existe amplia bibliografía sobre discapacidad intelectual y atención temprana, no parece haber gran literatura específica acerca del rol del psicólogo en la atención temprana de niños con síndrome de Down. Esto no es menor, dado que no podemos concebir la atención temprana sin contemplar la inclusión de los aspectos emocionales como un factor que debe ser necesariamente abordado. Es por ello que este trabajo busca generar posibles líneas de intervención en dicha dirección, como forma de hacer un reclamo por el lugar que se le confiere a la dimensión socio-afectiva del sujeto en situación de discapacidad.

MARCO TEÓRICO

Discapacidad

La Organización Mundial de la Salud (2001) define a la discapacidad como un término genérico que incluye déficits, limitaciones en la actividad y restricciones en la participación, reflejando la interacción entre las características del individuo y sus factores contextuales.

Se han propuesto diferentes modelos conceptuales para explicar la discapacidad. Por un lado, el modelo médico considera la discapacidad como un problema de la persona causado directamente por una enfermedad, trauma o condición de salud, que requiere tratamiento individual para intentar normalizar las áreas deficitarias. Por otro lado, el modelo social de la discapacidad considera el fenómeno como un problema de origen social fundamentalmente, no siendo un atributo de la persona, sino un complejo entramado de condiciones creadas, muchas veces, por el contexto social. Por tanto, el manejo del problema requiere la actuación y responsabilidad social para garantizar la plena participación de las personas con discapacidades en todas las áreas de la vida social.

Al respecto, Contino (2010) cuestiona la perspectiva que concibe a la discapacidad como una problemática individual, inherente al cuerpo mismo del individuo, para pasar a pensarla como un efecto de opresión social, propio de la producción política de la normalidad. Desde esta postura, la persona no es discapacitada, ni tiene una discapacidad, sino que, en todo caso, estaría en situación de discapacidad que es producida y reproducida por un entorno social discapacitante.

Por su parte, Míguez (2009) infiere que la discapacidad se entiende como la disminución de una capacidad específica, lo cual implica la consecuencia de una deficiencia, ya sea física, mental o sensorial. La discapacidad puede ser congénita o adquirida, así como también definitiva, recuperable (en ciertos aspectos) o compensable. Por lo tanto, resulta necesario determinar el grado de la discapacidad (leve, moderada o severa) y su evolutividad (progresiva, estacionaria o regresiva). Estos aspectos, más la influencia de las características personales propias de cada sujeto y de su entorno sociocultural y afectivo, determinarán la realidad de cada persona con discapacidad.

Cabe hacer mención a lo que postula la ley Nº 18651 (Protección Integral de Personas con Discapacidad) de nuestro país, en el artículo 2 del capítulo I: “Se considera con discapacidad a toda persona que padezca o presente una alteración funcional permanente o prolongada, física (motriz, sensorial, orgánica, visceral) o mental (intelectual y/o psíquica) que en relación a su edad y medio social implique desventajas considerables para su integración familiar, social, educacional o laboral” (2010, p. 1).



Discapacidad intelectual

Desde la concepción actual de discapacidad intelectual, la Asociación Americana sobre Retardo Mental (AARM), en el año 2002, la define como una discapacidad caracterizada por limitaciones significativas en el funcionamiento intelectual y en la conducta adaptativa que se manifiesta en habilidades adaptativas, sociales y prácticas, debiendo comenzar antes de los 18 años.

Es atinente puntualizar brevemente qué se entiende por inteligencia y por conducta adaptativa desde la AARM. La inteligencia se concibe como una capacidad mental general que incluye el razonamiento, la planificación, la solución de problemas, el pensamiento abstracto, la comprensión de ideas, el aprendizaje rápido y por la experiencia. Por conducta adaptativa se entiende el conjunto de habilidades conceptuales, sociales y prácticas que las personas aprenden en relación a su vida cotidiana. Las áreas adaptativas serían las siguientes: comunicación, cuidado personal, vida doméstica, ocio, habilidades sociales, utilización de recursos comunitarios, autodeterminación, habilidades académicas funcionales y trabajo, salud y seguridad.

Esta definición incluye algunas premisas que facilitan su comprensión, de las cuales se destacarán dos, por resultar pertinentes para el presente trabajo. Por un lado, se debe poner el acento en las capacidades o áreas de aprendizaje en las que el déficit está menos presente o no existe, las cuales servirán como punto de partida para la adquisición de habilidades y conocimientos. Por otro lado, la importancia en describir limitaciones está en que permite desarrollar un perfil de apoyos necesarios que favorezca una mejora en el funcionamiento vital de la persona, pilar fundamental en el abordaje terapéutico.

Desde este punto de vista, la AARM asume una posición multidimensional y ecológica, en tanto pretende señalar la interacción del individuo y su medio ambiente, concediéndole una importancia extrema a los apoyos que la persona recibe y que van a mediar en el funcionamiento individual.

Síndrome de Down

Definición:

El síndrome de Down es la discapacidad intelectual de origen genético más frecuente, apareciendo antes del nacimiento del bebé. Las personas con este síndrome nacen con un cromosoma extra en el par 21, lo cual implica que cuentan con 47 cromosomas en lugar de los 46 que poseen las personas que nacen sin esta discapacidad. Esta alteración congénita se produce de forma natural y espontánea, sin que exista una forma de poder actuar para impedirla (Red Nacional de Atención Temprana de DOWN ESPAÑA, 2012).



Características generales:

Las manifestaciones clínicas del síndrome de Down se podrían resumir en:



  • Conjunto de rasgos físicos (cabe destacar que no existe una correlación entre los signos físicos y el desarrollo intelectual).

  • Hipotonía muscular e hiperlaxitud (disminución del tono muscular o flacidez).

  • Discapacidad intelectual.

Estas manifestaciones clínicas características hacen posible un diagnóstico desde el momento del parto, que luego debe ser confirmado con un análisis de sangre y estudio de cromosomas, si bien se reconoce que actualmente existen estudios que permiten conocer el diagnóstico ya desde el embarazo.

Es importante aclarar que el síndrome de Down es una característica más de la persona y no una enfermedad como tal, por lo cual no existe un tratamiento y no tiene cura. En cambio, sí se puede mejorar la calidad de vida de las personas que nacen con este síndrome. Por un lado, atendiendo a las alteraciones asociadas mediante un programa de salud y, por otro, proveyendo un entorno positivo, tanto afectivamente como a nivel estimular, que pueda favorecer el potencial de desarrollo y de autonomía de cada individuo.

La influencia que el niño con síndrome de Down reciba de su entorno familiar y social, construirá y contribuirá a configurar su capacidad emotiva y relacional, permitiéndole evolucionar como persona dentro de la sociedad.

Desarrollo evolutivo:

El desarrollo cognitivo de los niños con síndrome de Down se caracteriza por la lentitud en las capacidades mentales y la dificultad en el procesamiento de la información. Perera (1995) señala que existe retraso de las etapas del desarrollo que reflejan el inicio de la exploración del mundo. Se observa menos retraso en el desarrollo social y emocional que en el desarrollo cognitivo y lingüístico. Parece que concentran sus esfuerzos en los aspectos sociales del desarrollo, como sonreír, mirar, o vocalizar, a costa de disminuir la exploración del entorno.

No obstante, Cebula, Moore y Wishart (2010), hacen mención de dificultades asociadas a la adaptación social, concepto que abarca tanto la capacidad de relación social y de habilidades de autoayuda, así como los procesos más complejos de percepción e interpretación socio-cognitivas.

Candel (2005) cita, a modo de ejemplo, algunas de las características más comunes que pueden presentar los niños con síndrome de Down:



  • Es frecuente la torpeza motora gruesa y fina, la lentitud en las realizaciones motrices, la deficiente coordinación óculo-manual y dinámica, y las dificultades de equilibrio.

  • La capacidad de respuesta e interés a los estímulos ambientales son, en general, descendidos.

  • Los niños de 0 a 3 meses tardan más tiempo en fijar su mirada a estímulos visuales, presentando un considerable retraso en el patrón de contacto ocular, lo cual implica deficiencias en algunos procesos cognitivos y en habilidades socio-comunicativas.

  • No presentan un déficit general de la atención, sino que, más bien, su organización de la atención más concentrada se limita a la situación social. Por tanto, estos niños prefieren la interacción social a la manipulación de los objetos.

  • Suelen ser frecuentes los déficits en atención conjunta.

  • La memoria viso-espacial está mejor conservada que la memoria auditiva. El hecho de que tengan más dificultades en la memoria secuencial auditiva y en la velocidad de procesar esa información auditiva, amerita a un aprendizaje por imitación o modelado, resaltando los estímulos visuales.

  • Presentan dificultades de adaptación a nuevas situaciones.

  • Existe retraso en las adquisiciones comunicativas y del lenguaje, tanto en la recepción como en la producción del mismo. Según Piñero Pinto (2012), desde bebés, las conductas prelingüísticas, como el contacto ocular o el balbuceo, surgen más tarde o de manera alterada.

  • Las adquisiciones socio-afectivas siguen patrones similares a los de los niños que no presentan discapacidad intelectual, pero a un ritmo más lento y con una menor intensidad, lo cual podría afectar al patrón de interacción padre – hijo, pudiendo desencadenar a largo plazo un nivel de interacción social más disminuido.

En relación al desarrollo socio-afectivo, Perera (1995) declara que, estudios sobre la sonrisa, el contacto ocular y la vocalización en el primer año de vida, revelan importantes diferencias si se compara con niños que no presentan déficit intelectual. La aparición de la sonrisa está retrasada, es más corta y menos intensa, así como también, necesitan mayor estimulación para sonreír. El control ocular comienza más tarde y sus miradas son más cortas. En cuanto a la vocalización, durante los primeros 3 meses de vida emiten menos vocalizaciones que los niños sin discapacidad intelectual, aunque luego se produce un rápido aumento entre el cuarto y sexto mes.

Atención temprana

Definición:

Se hace preciso comenzar explicitando qué se entiende por atención temprana. Para ello se apelará a la definición que aparece en el “Libro Blanco de la Atención Temprana”:

Se entiende por Atención Temprana el conjunto de intervenciones, dirigidas a la población infantil de 0-6 años, a la familia y al entorno, que tienen por objetivo dar respuesta lo más pronto posible a las necesidades transitorias o permanentes que presentan los niños con trastornos en su desarrollo o que tienen el riesgo de padecerlos. Estas intervenciones, que deben considerar la globalidad del niño, han de ser planificadas por un equipo de profesionales de orientación interdisciplinar o transdisciplinar. (Grupo de Atención Temprana-GAT, 2000, p. 13)

Aludiendo a Robles y Sánchez (2013), cabe mencionar que el concepto de Atención Temprana, que actualmente se utiliza, sustituye al originario de Estimulación Precoz que inicialmente denominó a este tipo de intervenciones. Era un término que estaba muy ligado al de tratamiento de la discapacidad, siendo su finalidad principal el tratamiento del niño que tenía alguna deficiencia física, psíquica o sensorial. Las intervenciones estaban basadas en un modelo clínico, por lo que la mayoría de los tratamientos eran individuales y se centraban en trabajar sobre los déficits y aplicar métodos conductuales para enseñar al niño nuevas habilidades. Hoy, en cambio, desde un modelo teórico ecológico y transaccional, es innegable la influencia sobre el niño de variables contextuales de gran relevancia como el estado emocional de la familia, los apoyos sociales, etc., que hacen que el niño ya no pueda ser abordado fuera de su entorno.



Fundamento:

Continuando con los postulados del “Libro Blanco de la Atención Temprana” (GAT, 2000), en la primera infancia el sistema nervioso se encuentra en una etapa de maduración y de importante plasticidad. Esta situación de maduración implica una mayor vulnerabilidad frente a las condiciones adversas del medio pero, a su vez, la plasticidad también permite al sistema nervioso una mayor capacidad de recuperación y reorganización orgánica y funcional, que va decreciendo en los años posteriores. Al respecto, Gorrotxategi (2006) afirma que existe una edad crítica a partir de la cual esta plasticidad disminuye de forma muy significativa, pudiendo situarse alrededor de los 8 años.

Tal como expresan Robles y Sánchez (2013):

Desde la neurología se fundamenta lo que se denomina neurohabilitación o rehabilitación temprana, en la plasticidad del cerebro en los primeros meses de vida, sobre la base de la activación y aprovechamiento funcional de todas las estructuras del sistema nervioso central que conserven su funcionalidad normal, e incluso de aquellas que presentan funciones incompletas en relación con el daño cerebral. (p. 133)

En este período de la vida surgen adquisiciones básicas fundamentales que continúan madurando y evolucionando en las edades siguientes y que no deben quedar dirigidas exclusivamente por el azar. La estimulación natural y espontánea no es suficiente, pues no asegura que el niño tenga las oportunidades precisas que le permitan un sano desarrollo (Lías, Estupiñan y Rodríguez, 2010).

La evolución de los niños con alteraciones en su desarrollo dependerá, en gran medida, del momento de su detección e inicio de la atención temprana. Por lo tanto, cuanto menor sea el tiempo de deprivación de los estímulos necesarios, mejor aprovechamiento habrá de la plasticidad cerebral y menor será el retraso de las funciones. En este proceso se torna crucial la implicación familiar, indispensable para favorecer la interacción afectiva y emocional, así como también para que los tratamientos devengan más exitosos. La atención temprana favorecerá, entonces, la posibilidad de aumentar las interconexiones neuronales en respuesta a la estimulación del ambiente.

Va de suyo señalar que el desarrollo infantil es producto de la interacción entre factores genéticos y factores ambientales. Los primeros establecen unas capacidades propias de desarrollo, no siendo posible modificarlas. Los segundos, van a modular o determinar la posibilidad de expresión de algunas de las características genéticas, siendo de orden biológico y de orden psicosocial.

Conviene destacar los factores ambientales de orden psicológico y social, puesto que en ellos se va a sustentar la intervención temprana. Los mismos se refieren a

la interacción del niño con su entorno, los vínculos afectivos que establece a partir del afecto y estabilidad en los cuidados que recibe, la percepción de cuanto le rodea (personas, imágenes, sonidos, movimiento…). Estas condiciones, que son necesidades básicas del ser humano, son determinantes en el desarrollo emocional, funciones comunicativas, conductas adaptativas y en la actitud ante el aprendizaje. (GAT, 2000, p. 14)

En consonancia con lo anterior, Piñero Pinto (2012) menciona que las personas con síndrome de Down presentan grandes diferencias entre sí, basadas en lo particular de cada individuo, así como en la influencia que han recibido del entorno. Por tanto, esta variedad, entre otros factores, han originado que la atención temprana no sólo se centre en el niño, sino también en su familia y en el contexto de su desarrollo.



Objetivos:

El principal objetivo de un programa de Atención Temprana consiste en que

los niños que presentan trastornos en su desarrollo o tienen riesgo de padecerlos, reciban, siguiendo un modelo que considere los aspectos bio-psico-sociales, todo aquello que desde la vertiente preventiva y asistencial pueda potenciar su capacidad de desarrollo y de bienestar, posibilitando de la forma más completa su integración en el medio familiar, escolar y social, así como su autonomía personal. (GAT, 2000, p. 17)

De este objetivo, que sería general, se desprenden los siguientes objetivos más específicos:

- Reducir los efectos de una deficiencia sobre el conjunto global del desarrollo.

- Optimizar el curso del desarrollo del niño.

- Incorporar mecanismos necesarios de compensación y adaptación a necesidades específicas.

- Evitar o reducir la aparición de efectos secundarios o asociados, producidos por un trastorno o situación de alto riesgo.

- Atender las necesidades y demandas de la familia y entorno en el que vive el niño.

- Considerar al niño como un sujeto activo de la intervención.



Intervención:

En la planificación de la intervención, debe considerarse el momento evolutivo y las necesidades del niño en todos los ámbitos y no sólo el déficit o discapacidad que pueda presentar, considerando al niño en su globalidad. Para ello, deben tenerse en cuenta los aspectos intrapersonales: biológicos, psico-sociales y educativos propios de cada individuo, y los interpersonales: relacionados con su propio entorno, familia, escuela, cultura y contexto social. La familia se destaca como un pilar fundamental en la atención temprana. En palabras de Pérez López (2009): “(…) la familia es el contexto más importante para promocionar y prevenir el desarrollo de los niños” (p. 19).

Siguiendo con los aportes de Gorrotxategi (2006), la intervención puede comprender desde el apoyo psicológico y social exclusivamente, a la orientación a los padres para la aplicación de un programa en el entorno familiar, la derivación a salud mental o la intervención terapéutica con el niño durante el período de hospitalización neonatal y posteriormente en régimen ambulatorio, siempre desde un enfoque integral del niño.

Juan Vera y Pérez López (2009) explican que la intervención no es sólo sobre el niño, sino que todos sus entornos: familiar, sanitario, escolar y social, deben ser abordados para poder optimizar su desarrollo. El desarrollo del niño no se basa simplemente en un mero cociente intelectual, sino que se deben cubrir, integralmente, áreas tan diversas del mismo como la cognición, el funcionamiento adaptativo, la conducta, el funcionamiento social y el estado y desarrollo emocional, así como también las condiciones y características familiares y sociales. Por ello, es sumamente importante que todas las personas, profesionales, organismos e instituciones que tengan relación con el niño, estén en conexión y planifiquen los mismos objetivos.

El papel que juegan las personas que rodean al niño e interactúan con él desde que nace posee gran peso, por lo que es necesario involucrar a las familias en el equipo de trabajo de intervención temprana, ayudándolas también a ellas “a modificar, adquirir, cambiar, mejorar, ajustar algunas pautas o estrategias de interacción que despliegan en sus casas durante las actividades diarias de juego, alimentación o baño, para que el trabajo de atención temprana pueda considerarse completo” (Giné, Grácia, Vilaseca y Balcells, 2009, p. 99).

Es preciso resaltar que la Atención Temprana se basa fundamentalmente en la prevención, organizada en tres niveles: primaria, secundaria y terciaria. Según Robles y Sánchez (2013), la prevención primaria actúa sobre niños de alto riesgo de padecer un déficit, aunque aún no han sido diagnosticados. La prevención secundaria actúa en la detección precoz de las enfermedades, trastornos o situaciones de riesgo. La prevención terciaria intenta disminuir la incidencia de las discapacidades crónicas de una población, procurando minimizar las consecuencias y secuelas de un déficit o enfermedad una vez que ha sido diagnosticada. En este último nivel se encontrarían los niños que nacen con síndrome de Down.

Ámbitos de intervención:

Haciendo alusión a lo que explica Candel (2014), experto y asesor de Down España, el hogar donde el niño vive debería ser el lugar en el que se lleve a cabo la estimulación temprana, ya que se pretende que se implemente de la forma más natural posible.

En un centro de estimulación, el niño podrá recibir también algunas sesiones, y los padres orientaciones para jugar en casa con su hijo.

La intervención en el centro tiene un papel muy importante, aunque no necesariamente es la principal. En dicho ámbito, los profesionales realizan una actividad especializada con el niño y proponen a los padres orientaciones a seguir en casa, buscando la consolidación y la generalización de las habilidades que se pretenden alcanzar.



Equipo de trabajo:

El equipo de profesionales que trabaja en Atención Temprana posee un carácter interdisciplinar o transdisciplinar, teniendo una orientación holística. Esto significa que abarca todos los aspectos biopsicosociales del niño, a la familia y a su entorno. Para lograr este cometido, la labor que deben llevar a cabo supone trabajar en coordinación y con distintos enfoques.

La composición profesional del equipo estará básicamente formada por: psicólogo, psicopedagogo, fonoaudiólogo, fisioterapeuta, psicomotricista, trabajador social, médico pediatra. Cada profesional actuará, en mayor o menor grado, según las características y necesidades del niño, la familia y/o el entorno. La intervención no será la misma en todos los casos, ni todo el equipo de profesionales participará siempre. Puede haber tantas situaciones como niños, familias y entornos.

El equipo interdisciplinar está compuesto por profesionales de distintas disciplinas, debiendo existir un espacio formal para compartir la información, en el cual las decisiones se toman a partir del mismo y se plantean objetivos comunes. Por su parte, el equipo transdisciplinar es aquel en el que sus integrantes adquieren conocimiento de otras disciplinas relacionadas y las incorporan a su práctica, donde un sólo profesional del equipo asume la responsabilidad de la atención al niño y/o el contacto directo con la familia (GAT, 2000).



Rol del psicólogo

Desde el área de la discapacidad intelectual:

García Eligio de la Puente (2004) señala que la Psicología estudia las regularidades de la formación de la personalidad: cómo se produce el desarrollo intelectual, la formación de los procesos afectivos y, en general, las características psicológicas de cada uno de los tipos de niños, adolescentes, jóvenes y adultos. Por ello, podría decirse que en el campo de la Discapacidad, la Psicología se encargaría de estudiar las particularidades psicológicas de las personas que presentan desviaciones en su desarrollo psíquico, teniendo en cuenta la influencia y el manejo social que se realiza, las posibilidades de influencia que pueden tener la educación y la enseñanza sobre la base de sus necesidades educativas especiales, así como también, las potencialidades que presentan estas personas. Asimismo, se ocuparía del estudio de las particularidades de aquellas personas que, desde temprano, muestran posibilidades mayores que sus coetáneos, obteniendo desempeños superiores y logros que sobrepasan la norma etaria.

La intervención del psicólogo resulta fundamental y se lleva a cabo a través del trabajo directo con las personas con discapacidad, aplicando métodos y técnicas psicoeducativas, reeducativas y psicoterapéuticas como: juegos, actividades artísticas y terapias de diferentes tipos. Hay ocasiones en que el psicólogo realiza tareas de otros especialistas, así como también, otros especialistas invaden el espacio del psicólogo. En general, se debe trabajar en forma interdisciplinaria, multidisciplinaria y transdisciplinaria, sin sustituirse los unos con los otros.

Pensando la discapacidad desde un modelo social, Contino (2010) advierte que, tanto la categoría de retraso mental como la de discapacidad intelectual, en tanto implican un cierto retraso de las facultades cognitivas, quedarían ubicadas en una íntima relación con la anormalidad y la patología. Desde esta visión normalizadora, parece que la única persona que debería modificar su situación, para hacer algo con su problemática, es la misma persona discapacitada, pero no de una manera participativa y activa, sino adaptándose a normas institucionales como paso intermedio para una adaptación a la sociedad. De este modo, la situación de la discapacidad estaría sostenida y reproducida por un saber que favorece la pasividad, la dependencia y una marcada tendencia al asistencialismo como política principal para su abordaje.

Por consiguiente, este autor insta a cuestionarse la función del personal de los establecimientos dedicados al tratamiento de la discapacidad, particularmente la función del psicólogo, en tanto sería quien cuenta con la posibilidad de realizar cierta lectura de la subjetividad puesta en juego en estas situaciones.

Si no se quiere permanecer ubicado como un instrumento reproductor del modelo médico hegemónico, el psicólogo debería repensar su praxis desde dos aspectos fundamentales.

Por un lado, el aspecto ético supone una apuesta por la habilitación subjetiva más que por un proceso normalizador de la persona. Es decir, centrarse en el favorecimiento de la emergencia del deseo y del discurso propio de la persona en situación de discapacidad, para comenzar a cuestionarse las condiciones discapacitantes de su entorno, lo cual sería una forma de habitarlo de una manera más autónoma. En vez de apuntar a una imposición forzosa de un ideal de normalización, se debería procurar habilitar al sujeto desde la singularidad de cada uno mediante una dinámica creadora. En palabras de Contino (2010): “(…) desde el psicoanálisis se sabe que se trate del individuo del que se trate, cuando se adhiere a la normalidad, se excluye la subjetividad” (p. 177).

Por otro lado está la dimensión política de la praxis, la cual, sin detenerse en una adaptación de los individuos a la sociedad, implica interrogar los efectos de la institucionalización, la propia función del psicólogo, las propias intervenciones y sus modos de implicarse. Este autor propone dejar de pensar a la discapacidad mental como una realidad patológica con un basamento en lo orgánico, para comenzar a concebirla como una forma patologizada de opresión social, corriendo así el eje de lo individual a lo social.

En línea con lo anterior, Suriá Martínez (2013) destaca la importancia de fomentar la capacidad de empoderamiento de las personas con discapacidad en los programas de intervención hacia la integración psicosocial. Esta capacidad hace referencia al potencial de cada persona para alcanzar metas y objetivos definidos por ellas mismas, pudiendo generar múltiples habilidades que los ayuden a afrontar la adversidad. El logro de dicha capacidad conlleva sentimientos de control de sus vidas, un alto nivel de autoestima y reacciones relativamente indiferentes al estigma.

Desde el área perinatal:

Según Sánchez et al (2013),

la Psicología Perinatal es un área relativamente reciente orientada a la prevención, cuidado, apoyo, diagnóstico e intervención con las familias durante todo el proceso que precede al nacimiento, momento del embarazo, parto, postparto y puerperio, teniendo en cuenta la importancia del vínculo que se crea con la madre y el resto de la familia. (p. 3)

Tiene como objetivo favorecer y acompañar el embarazo, el nacimiento y el vínculo temprano de la madre con su bebé, hasta aproximadamente los tres años. Más concretamente, podría decirse que apunta a atender las necesidades específicas de la madre y la familia relacionadas con los deseos, inquietudes, temores, ansiedades y dificultades antes, durante y después del nacimiento del niño, tratando de empoderar y activar los recursos psicológicos de la madre.

Afrontar saludablemente estas etapas promoverá el desarrollo de un apego seguro de la madre con su bebé, lo que, a su vez, ayudará a la prevención de futuros trastornos.

Para que el trabajo del psicólogo en el área perinatal sea efectivo es necesario un enfoque multidisciplinar, que recoja y comparta los conocimientos y la práctica de otras ramas profesionales como Ginecología, Pediatría, Enfermería, Trabajo y Educación Social.



La teoría del apego como base para la intervención temprana

Partiendo del entendido de que el desarrollo emocional es paralelo al cognitivo y ambos se entrelazan de manera inseparable, como hace hincapié Miralles Isern (2005), la teoría del apego adquiere gran relevancia como fundamento de la intervención temprana en la díada madre – hijo, en aras de contribuir a un mejor desarrollo socio-afectivo del niño con síndrome de Down.

Para dar cuenta de lo anterior, se recurrirá, principalmente, a los aportes teóricos que realizaron Vargas Aldecoa y Polaino-Lorente (1996), en su libro “La familia del deficiente mental. Un estudio sobre el apego afectivo”.

La teoría del apego de Bowlby y Ainsworth se basa en la necesidad que todo hombre tiene de establecer lazos emocionales íntimos para el logro de un desarrollo pleno de la personalidad, no siendo exclusivos de la edad infantil, sino que perduran y son necesarios incluso en la edad adulta. Estas relaciones de apego cumplen una función de protección, que es clave para la supervivencia.

El apego hace referencia a la propensión a buscar proximidad y contacto con una figura específica a lo largo del tiempo, formándose desde el mismo momento del nacimiento. En palabras de Bowlby (1986):

el comportamiento de apego es concebido como toda forma de conducta que consiste en que un individuo consigue o mantiene proximidad a otra persona diferenciada y preferentemente individual y que es considerada, en general, como más fuerte y/o más sabia. Especialmente evidente durante la temprana infancia, el comportamiento de apego se considera que es propio de los seres humanos desde la cuna, hasta la sepultura. (p. 157)

Su desarrollo se efectúa de manera progresiva mediante la ejecución de conductas instintivas (genéticamente programadas) por parte del niño, denominadas por Bowlby como conductas de apego (llantos, risas, succión, etc.), así como también por la sensibilidad y actuación materna. Por lo tanto, la configuración del apego viene determinada por ambos comportamientos: el de la madre y el del hijo. Aunque sea la madre, quien en la mayoría de las ocasiones inicie la interacción, no obstante necesita recibir por parte del niño respuestas contingentes a sus iniciativas, ya que, de lo contrario, éstas disminuirán.

La teoría del apego sostiene la idea de que el niño, desde su nacimiento, está predeterminado a relacionarse con otras personas, y que esas relaciones tempranas con otros son primordiales en la configuración de su desarrollo psíquico. En estas relaciones tempranas se resalta el papel de quien asuma la función materna, puesto que, en la mayoría de los casos, es ella la primera persona con la que el niño se relaciona.

Desde esta teoría, entonces, el objetivo principal de la relación madre – hijo sería el establecimiento de un apego seguro. El apego a la madre es el punto de partida por el cual el niño, progresivamente, puede hacerse autónomo. El mantenimiento de una interacción saludable entre madre e hijo facilita el establecimiento de un apego seguro, lo que conlleva a una confianza en la disponibilidad materna y, por ende, a una relativa confianza también en sí mismo (autoconfianza). Una vez que el niño logra esa confianza, la madre es percibida como una base segura a partir de la cual explorar el mundo, lo cual es fuente de aprendizajes y condición necesaria para el logro de la autonomía. Dado que esta exploración del mundo promueve el desarrollo ulterior cognitivo, social y emocional del niño, por consiguiente, el tipo de relación madre – hijo determina, en gran parte, el futuro desarrollo del niño.

En esta línea, Hughes (2004), citado por Gómez Muzzio, Muñoz y Santelices (2008), sostiene que las investigaciones sobre apego seguro mostraron que éste sirve como fundamento para el posterior desarrollo afectivo, social, cognitivo y conductual a lo largo del ciclo vital. En este sentido, las interacciones diádicas, y luego triádicas, que emergen dentro de la relación de apego, son centrales para el desarrollo neuropsicológico del niño pequeño.

En el curso de las experiencias de interacción madre – hijo, el niño va construyendo representaciones mentales acerca de la figura de apego y de sí mismo en relación con ella, respecto a ciertas expectativas acerca de la accesibilidad y respuesta de la madre. Por lo tanto, si el apego establecido es un apego seguro, el niño desarrollará un modelo de madre accesible, digna de confianza y dispuesta a ayudarle cuando la necesite. Del mismo modo, el niño construye un modelo práctico de sí mismo, vinculado a la autoestima y la propia valía, que está relacionado con el de su madre.

En definitiva, dependiendo del tipo de relación que el niño haya tenido en sus primeros años de vida, desarrollará luego modelos más o menos adaptativos, que pueden ayudarle a tomar decisiones adecuadas o inadecuadas. Esto es de suma importancia, ya que si sus decisiones son inadecuadas, pueden dificultar su futuro desarrollo.

El tipo y calidad de la interacción social que se produce entre la madre y su hijo, desde el nacimiento, depende de la participación de ambos. Aunque el niño nace con un repertorio de conductas que sirven para atraer la atención de la madre, esta predisposición genética no es suficiente, sino que las mismas deben ser estimuladas desde su nacimiento para que surjan otras distintas, siendo la figura materna la principal protagonista en esta tarea. La disposición o sensibilidad intuitiva de la madre es condición necesaria para el establecimiento de adecuados vínculos afectivos.

Sin embargo, en muchas ocasiones esta sensibilidad materna puede verse obstaculizada por ciertas características y condiciones desfavorables del hijo, ya que las conductas neonatales que funcionan como primeros sistemas de comunicación pueden estar disminuidas o alteradas en algunos niños. Tal es el caso de los bebés que nacen con discapacidad intelectual. Estos niños, debido a su déficit cognitivo, emiten señales poco claras o imperceptibles, por lo que tienen un mayor riesgo de presentar problemas de comunicación con su madre. Si ésta no percibe o malinterpreta las señales de su hijo, la interacción entre ambos nace ya deteriorada, debilitándose las emisiones comunicativas de ambos. Algunas veces, esta dificultad de la madre para interpretar las señales emitidas por su hijo, no se deben únicamente al propio déficit cognitivo del niño, sino a las actitudes negativas y a las bajas expectativas que surgen en la madre ante el nacimiento de un hijo con discapacidad.

Como sostiene Ainsworth (1989), citada por Vargas Aldecoa y Polaino-Lorente (1996), un apego seguro en la infancia es importante para el desarrollo de un sano funcionamiento social, emocional y cognitivo. La vinculación temprana con la madre es el principal precursor de sus posteriores relaciones sociales y de una saludable vinculación afectiva con las demás personas. La madre que se muestra sensible a las señales de su bebé, facilita el desarrollo de estilos de comunicación claros y variados y, por ende, el desarrollo de su competencia social. Entonces, si el niño se cría dentro de un ambiente social contingente y predecible (respondente), podrá construir un mejor sentido del alcance de su control y eficacia con respecto a las relaciones sociales.

En relación a las conductas de apego, Bowlby las clasifica en: señalizadoras y de aproximación. Las primeras, sirven para atraer a la figura de apego y se suscitan de manera espontánea, sin dirigirse a una persona en particular (llanto, risa, balbuceo). Las segundas, sirven para aproximarse a la madre y se emiten de forma espontánea (búsqueda, acercamiento, succión no nutricional, asirse o agarrarse). Por su parte, Ainsworth, en 1972, amplía la categorización anterior, incluyendo las conductas que sirven para llamar la atención (llanto, sonrisa, vocalización), las conductas de orientación (mirada, seguimiento y aproximación) y las conductas de contacto físico activo (abrazo, gateo y comportamiento ansioso). A través de estas conductas, el niño inicia y mantiene la relación con su madre, evitando en todo momento su separación.

Por otro lado, Lecannelier (2007) destaca la importancia de las intervenciones tempranas en la díada madre – bebé, planteando que pueden ser diseñadas para:


  • Promover la sensibilidad materna, fomentando la calidad del vínculo cuidador – infante mediante el desarrollo de la capacidad para percibir, interpretar y responder acertadamente a las señales y comunicaciones implícitas de la conducta del infante.

  • Cambiar las representaciones parentales, apuntando a romper el ciclo de la transmisión intergeneracional del apego inseguro y las situaciones traumáticas tempranas, al interior de una relación terapéutica segura.

  • Aumentar y mejorar el apoyo social, estableciendo una relación de apoyo social, comunitario, legal y médico, para familias de alto riesgo.

  • Mejorar la salud mental y el bienestar de las madres, dado que existe una relación directa entre sintomatología psiquiátrica de la madre (como depresión post-parto) y el desarrollo de apegos inseguros o patológicos.

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