Estado, democracia y alternativa socialista en la era neoliberal



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Blackburn, Robin; Boron, Atilio A.; Löwy, Michael; Therborn, Göran. Estado, democracia y alternativa socialista en la era neoliberal. En libro: La trama del neoliberalismo. Mercado, crisis y exclusión social. Emir Sader (comp.) y Pablo Gentili (comp.). 2ª. ed.. CLACSO, Consejo Latinoamericano de Ciencias Sociales, Buenos Aires, Argentina. 2003. p. 192. ISBN 950-23-0995-2

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Estado, demoracia y alternativa socialista en la era neoliberal

Robin Blackburn, Atilio A. Boron, Michael Löwy, Emir Sader y Göran Therborn

(diálogo coordinado por Luis Fernandes, Pablo Gentili y Emilio Taddei)

Pablo Gentili


Hace dos años nos reunimos en este mismo sitio para efectuar, con algunos de ustedes, un balance crítico de las políticas neoliberales. Podríamos comenzar examinando qué es lo que ha cambiado desde entonces. Para incorporar un elemento de polémica a este balance, propondría también discutir en qué medida concuerdan con la afirmación de Göran Therborn acerca de que el neoliberalismo se ha convertido en la vanguardia modernizadora del capitalismo en este final de siglo.

Atilio Boron


Creo que, mirando las cosas con dos años de perspectiva, el neoliberalismo muestra señales de retroceso en América Latina. O sea, las previsiones que se hicieron acerca de que la onda neoliberal había llegado a un zenit luego del cual comenzaría a declinar, estaban en lo cierto.
Fíjense que, desde nuestra última reunión en Rio, se produjo el colapso espectacular del neoliberalismo en México (que hasta ese momento venía siendo el modelo que todos los países de la región debían copiar). Si leemos los documentos del Banco Mundial, por ejemplo, hasta finales del ‘94, y en algunos de ellos hasta principios del ‘95, casi todos hacían invariablemente referencia a México como paradigma a ser imitado. Por aquel entonces, Salinas de Gortari y Pedro Aspe, su Secretario de Hacienda, gozaban de un gran prestigio en los círculos internacionales. Sin embargo, el modelo mexicano se desplomó; y lo hizo como producto de una serie de inconsistencias vinculadas a la propia aplicación del modelo neoliberal en ese país: el derrumbe de la balanza de pagos, el déficit fiscal, la crisis producida por la sobreevaluación de la moneda, la recesión que afectó a una gran parte de la economía, etc.
Me parece que el caso mexicano es muy interesante por varias razones. México fue el país que hizo todos los deberes impuestos por la ortodoxia neoliberal. Precisamente por eso su fracaso es ejemplar. Ahí no se puede decir que el programa se aplicó con algunas vacilaciones, sino que se lo llevó a cabo hasta el fondo, con una notable ausencia de limitaciones políticas debido a la inexistencia de una genuina democracia capitalista. No hubo restricciones ni por el lado de los partidos, ni de los sindicatos, ni del Congreso. Además, como es notorio, contó con el enorme apoyo de los Estados Unidos, que tenía mucho interés en que el experimento mexicano no fracasara debido a las negociaciones del NAFTA. Sin embargo, el modelo se derrumbó.
Otro caso interesante es el de Argentina, país en el que también se expresa claramente el agotamiento del modelo. No me voy a explayar demasiado en esto, pero creo que todos los indicadores (desequilibrios externos, crisis de la balanza de pagos, dependencia del flujo de capitales internacionales, aumento de la desocupación y de la pobreza), al igual que en el caso mexicano, se han precipitado en los últimos meses, especialmente desde que Cavallo fuera relevado de su cargo. Por cierto, esto último también es relevante: durante los cuatro días siguientes a la renuncia obligada del ex ministro de economía, Menem no conseguía quien ocupase la cartera. En América Latina, como en cualquier otra parte del mundo, se sabe que una experiencia exitosa no demora tanto tiempo en encontrar un sucesor. La victoria tiene muchos padres, pero el fracaso es huérfano.
Ambos casos son una clara expresión de que, en América Latina, el neoliberalismo está encontrando un techo para su expansión. En Chile, por citar otro ejemplo, el Presidente Frei está batiendo todos los records de impopularidad, lo cual revela la insatisfacción ante el funcionamiento de un modelo también presentado como paradigma de éxito.
Por último, habría que agregar la experiencia brasileña. Aquí, durante estos dos años, el neoliberalismo no ha podido avanzar tanto como deseaban sus mentores. Tengo la impresión de que hay un enorme hiato entre la propuesta de reformismo neoliberal del gobierno de Cardoso y los avances concretos. En Brasil, a pesar de todas las dificultades existentes, ha habido una resistencia social muy fuerte que, al menos hasta ahora, ha limitado parcialmente las reformas neoliberales del gobierno.
En resumen: contemplando lo ocurrido en estos dos años parecería haber ciertos indicios que respaldarían nuestras predicciones acerca del agotamiento de la marcha ascendente del neoliberalismo.

Emir Sader


Ya que Atilio empezó por América Latina, voy a tratar de agregar alguna otra cosa al respecto. Estoy totalmente de acuerdo con él. Pero creo que, al mismo tiempo, estos dos años demuestran claramente que el neoliberalismo cambia el terreno en el que se da la lucha social, económica y política. La misma sustitución de Cavallo expresa el punto hasta el cual el mercado es un factor altamente condicionante, a grado tal que crea un clima tan histérico a favor de una reafirmación fundamentalista que ideológicamente toma insoportable que un neoliberal no sea reemplazado por otro neoliberal aún más ortodoxo y dogmático. Las alternativas no están en el horizonte, ni siquiera en el horizonte de la derecha conservadora tradicional. Hoy en día no hay alternativas económicas ni siquiera en el pensamiento conservador más clásico.
Pienso que el caso de Brasil es importante porque, como era de esperar, si había alguien que podía aplicar una política de ajuste fiscal con una dimensión social, ése no era otro que Fernando Henrique Cardoso, una figura que no proviene del pensamiento neoliberal y que, al menos superficialmente, no se parece a Fujimori o a Menem. Si fuera posible compatibilizar el ajuste fiscal con una política redistributiva global, el Presidente Cardoso sería quien podría supuestamente hacerlo. Pero Brasil demuestra la incompatibilidad radical entre esos factores. En la actual coyuntura, la política social es absolutamente periférica, asistencialista, localizada, y constituye una regresión en términos de derechos sociales universales. Estos dos últimos años fueron marcados por una estagnación económica que tal vez sea el horizonte probable del próximo período. Las alianzas sociales, y sobre todo el corazón de la política económica y financiera, el modelo de estabilización monetaria, bloquean aquí cualquier perspectiva de un nuevo ciclo de crecimiento más o menos prolongado.
La diferencia en relación al padrón universal del neoliberalismo la brindan los Estados Unidos, no sólo porque este país retomó un ciclo de crecimiento (aunque corto) sino porque, según datos difundidos, fueron creados diez millones de empleos. Propaganda o no, la realidad es que existe una gran campaña internacional para demostrar que Estados Unidos tienen un modelo alternativo al modelo europeo, y que el mismo estaría dando sus frutos. Aparentemente, los empleos calificados disminuyen mientras los descalificados no. En el reflujo del mercado formal de creación de empleo éste es un elemento que debería ser discutido.
De cualquier forma, el factor más poderoso del neoliberalismo continúa siendo su dimensión político-ideológica. Esto es, los gobiernos neoliberales tienen poco prestigio, pero en los momentos en que se plebiscita la estabilidad de la moneda obtienen mayorías electorales. Menem, por ejemplo, a pesar de su imagen negativa, a la hora de las elecciones y con la estabilidad de la moneda en juego se las ingenió para obtener una votación masiva en las elecciones que lo re eligieron como presidente en 1995.
En Brasil, el gobierno de Femando Henrique tiene un bajo índice de popularidad. Sin embargo, en el momento de las elecciones presidenciales y planteado el problema de la continuidad o no de la estabilidad monetaria, tenderá a tener mucha fuerza porque las encuestas muestran que el prestigio del plan económico todavía es muy importante. Se trata de una cuestión esquizofrénica: las consecuencias del modelo económico son malas, pero se sostiene que enfrentamos una etapa inevitable, a partir de la cual no se debe retroceder. De allí que las dimensiones político ideológicas de este modelo sean tan importantes.
Respecto a la afirmación de Therborn en el sentido de que el neoliberalismo sería una “vanguardia modernizadora” del capitalismo sólo podría coincidir con él si entendiésemos al neoliberalismo como la única alternativa vigente ante el proyecto de internacionalización capitalista actualmente en curso. Si existe un conflicto entre la alternativa neoliberal y el modelo japonés, esto tiene mucho más que ver con una determinada concepción del vínculo entre capital financiero y capital productivo que con la imposición de un proyecto de internacionalización de otro tipo. Creo, sin embargo, que el calificativo de “vanguardia” es un poco exagerado, ya que puede tener otras connotaciones. El neoliberalismo es regresivo en términos de la institucionalización de derechos, y en este sentido, es mucho más una contrarreforma social que un proyecto de modernización en la acepción democrática de la palabra.

Göran Therborn


Quisiera presentar un retrato un poco diferente. No un desacuerdo fundamental, sino un análisis que contempla otros aspectos. Podemos distinguir por lo menos cuatro tendencias en este balance.
Primero, los criterios monetarios. En América Latina, el neoliberalismo ha tenido éxito al lograr la estabilidad de la moneda. Este proceso también se verifica en Europa, aunque allí la estabilidad monetaria no es políticamente tan importante como en los países latinoamericanos.
Segundo, la reorganización del Estado. El proceso de privatizaciones ha continuado o se ha acelerado en varias naciones, las dinámicas de mercantilización del Estado se han fortalecido en estos últimos años. En Europa Occidental, esta reorganización del aparato estatal ha sido el éxito más importante del neoliberalismo. Tendencia que también se corrobora en los países socialdemócratas, como Suecia, donde se ha comenzado a imitar la reforma thatcheriana del Estado (reorganización del mercado interno, sistemas de vouchers, descentralización presupuestaria, etc.). Los socialdemócratas suecos plantean la necesidad de las privatizaciones, aunque el énfasis privatizador allí es menor que en Inglaterra. En cierto sentido, el programa del neoliberalismo continúa realizándose en un número importante de países.
Con respecto a estos dos aspectos, podemos reconocer que en América Latina los logros económicos y políticos han sido muy modestos, o como en el caso de México, un verdadero fracaso. El éxito monetarista y reorganizador del neoliberalismo no ha resuelto los graves y cada vez más intensos problemas económicos y sociales en esos países. Esto comienza a ser reconocido de manera relativamente amplia. Un artículo reciente del ex economista jefe del Banco Mundial para América Latina, Sebastián Edwards, admite que, en términos de crecimiento y eliminación de la pobreza, las reformas neoliberales no han logrado casi nada. En Europa Oriental la experiencia demuestra que la transición al capitalismo es mucho más compleja de lo que se suponía y que la aplicación simple y pura de las recetas neoliberales no siempre funciona. Por ejemplo, el único caso de esta región que ha logrado un PBI comparable al de 1989 es Polonia, cuyo “éxito” relativo es estar hoy igual a diez años atrás. En todos los demás países, la caída del PBI ha sido brutal. En suma, en términos de crecimiento económico, el neoliberalismo no ha tenido éxito.

En tercer lugar, la resistencia social contra el neoliberalismo está creciendo, incluso en algunos países de Europa Oriental, y más claramente, en Europa Occidental. Este es un dato elocuente.


Por último, como cuarto aspecto, debemos subrayar que la hegemonía político ideológica del neoliberalismo se mantiene con sorprendente vigor. Esto se verifica electoralmente en Europa Oriental, donde los nuevos gobiernos post comunistas en Hungría, Polonia y Rumania, por ejemplo, continúan las mismas políticas económicas que los gobiernos anteriores, simplemente con un poco más de habilidad administrativa y de honestidad personal y con menos corrupción; aunque, en términos de políticas públicas, la diferencia es mínima.
Lo mismo ha ocurrido en Suecia con el regreso del partido socialdemócrata al gobierno.
¿Cómo explicar esto? Creo que es difícil hacerlo de forma rápida y en poco tiempo. Sin embargo, me parece importante destacar que el neoliberalismo representa, en lo que se refiere a su análisis de las relaciones entre el Estado, el mercado y la sociedad civil, una nueva onda de modernización. Es correcto afirmar, desde mi punto de vista, que el neoliberalismo está en la vanguardia de la modernidad en cuanto a su crítica racionalista de todas las instituciones existentes, en lo que respecta a su radicalismo anti institucionalista y a su perspectiva de futuro. Esto se visualiza claramente en lo que se refiere a la crítica neoliberal de la organización del Estado y del sector público.
Desde mi perspectiva, este balance nos plantea tres campos o posibilidades de lucha. Uno es el de la defensa de las conquistas sociales existentes. Se trata de una estrategia defensiva, y a largo plazo, destinada a la derrota. Por otro lado, se podría dar batalla en el campo de la posmodernidad; es decir, cuestionar el racionalismo mercantil del neoliberalismo, enfatizando otras problemáticas como las políticas de identidad, culturales y el pluralismo social. También, en mi opinión, se trata de una opción destinada a la derrota. Nos queda la tercera opción: dar batalla en el campo de la modernidad. Reconocer la lógica modernizante del neoliberalismo, y por otro lado, oponer a éste una modernidad diferente que tenga en cuenta las relaciones sociales en su conjunto, los intereses y los derechos de toda la población. El discurso modernizante del neoliberalismo es un discurso de exclusión implícita y explícita, donde no se presentan alternativas para todos aquellos y aquellas que van quedando definitivamente excluidos. En este sentido, podemos reconocer un alto contenido de autodestrucción social en el discurso neoliberal. Ahora bien, tampoco podemos negar que existen elementos analíticos importantes en los estudios del Banco Mundial, aunque no dejemos de destacar que se trata de una perspectiva economicista y reduccionista. La modernidad no puede ser condenada a los estrechos márgenes que plantean estas perspectivas. Y es allí donde debemos dar batalla.

Michael Löwy


Concuerdo con el diagnóstico en el sentido de que estamos asistiendo a los síntomas iniciales de una crisis del modelo neoliberal. Pero tengo la impresión de que es un poco prematuro hablar de su declinación definitiva.
Creo que el neoliberalismo corresponde efectivamente, y de manera muy profunda, a la lógica de la modernización capitalista en la etapa actual. En este sentido, estoy de acuerdo con la tesis de Göran Therborn.
Sus causas no se encuentran en el arbitrario capricho de algunos políticos, en la mala voluntad de algunos sectores de la burguesía, ni en el corazón endurecido de la clase dominante. Realmente, se trata de una lógica férrea del capitalismo en la presente coyuntura que exige una serie de políticas económicas y sociales que tienen que ver con el propio funcionamiento del mercado internacional y con el proceso de globalización.
Todo esto exige mayor competitividad, y consecuentemente, racionalización de recursos, lo cual conduce a las regresiones sociales que conocemos. Estamos en presencia de un conjunto de medidas que se sitúan en el núcleo del actual proceso de racionalización y modernización capitalista.
Por eso considero una ilusión pensar que sustituyendo un equipo de gobierno por otro, o bien aumentando la presión social, podríamos obligar al neoliberalismo a retroceder, sustituyéndolo por una política más favorable a los intereses de las grandes mayorías. En tal sentido, el neoliberalismo no va a entrar en crisis o desaparecer por causa de sus contradicciones internas. Sólo declinará y entrará en una crisis definitiva si aparece una alternativa creíble y viable. En ausencia de esta alternativa, la crisis del neoliberalismo producirá un conjunto de situaciones catastróficas, aunque éstas serán sustituidas por nuevas políticas liberales que producirán nuevas catástrofes sociales y así sucesivamente. No hay un automatismo económico que produzca una modificación de estas políticas si, al mismo tiempo, no se desarrolla una fuerza social y política, una alternativa coherente, creíble y suficientemente radical como para cuestionar las raíces del neoliberalismo y de la lógica de modernización y globalización del capitalismo en el presente período.
Lo que sí me parece promisorio es la aparición limitada y embrionaria de resistencias sociales a la hegemonía neoliberal. Digo “sociales” porque todavía tienen mucha dificultad para encontrar una expresión política que las represente. Cada vez se expresa con más fuerza un sentimiento social generalizado acerca de que las cosas no pueden continuar así y de que hay algo completamente equivocado en la lógica neoliberal. Podría citar algunos ejemplos. Therborn ya se refirió al hecho que, en Europa Oriental, las fuerzas que ganan las elecciones son, salvo algunas excepciones, identificadas, de forma correcta o no, con los regímenes anteriores, los ex partidos comunistas. A veces ganan y a veces logran una fuerza bastante sorprendente. Nadie podía imaginar que en Polonia, país donde existía un anticomunismo visceral, los ex comunistas iban a ganar las elecciones. Esto expresa un descontento muy grande con las políticas neoliberales que fueron llevadas a la práctica en aquella nación. Ahora bien, sostengo que hay un desfasaje entre esta insatisfacción popular y su expresión política porque, en realidad, esas fuerzas, los antiguos partidos comunistas hoy convertidos en socialistas, acabaron llevando a la práctica una política no muy diferente a la que ha dado origen a ese mismo descontento. Ha sido, es verdad, una política con un sentido más social, menos dogmático, aunque en el fondo no ha habido un cambio sustantivo en su orientación. De allí que podemos reconocer una cierta frustración en las expectativas populares de cambio. Nos encontramos en un momento donde existe una cada vez más intensa insatisfacción social con el neoliberalismo, y al mismo tiempo, el desarrollo de un conjunto de expresiones políticas que, de forma inadecuada, acaban reproduciendo el modelo que causa las reacciones populares de descontento.
Esto se verifica también en algunos países de Europa occidental. El ejemplo más impresionante de resistencia social contra la política neoliberal fueron las huelgas de noviembre y diciembre de 1995 en Francia. No sólo fueron medidas de fuerza y manifestaciones sin precedentes en la historia francesa (en algunas ciudades, las marchas callejeras fueron mayores que las del Frente Popular en 1936), sino que dicho movimiento fue muy impresionante debido al tipo de reivindicaciones formuladas. Reivindicaciones que aparentemente eran categoriales o profesionales y que correspondían a ciertos sectores sociales que defendían sus “privilegios”; pero que, en realidad, cuestionaban algunos de los fundamentos de las políticas neoliberales: defendían las conquistas sociales tradicionales de los trabajadores y el servicio público, y se oponían a las privatizaciones. Se trató de un movimiento que rechazaba lo esencial del proceso de reforma neoliberal. Sin embargo, también en este caso la expresión política fue inadecuada. La fuerza política dominante de la izquierda francesa, que posiblemente vuelva a formar gobierno en el próximo período, el Partido Socialista, si bien critica marginalmente algunos de los aspectos “excesivos” de la política neoliberal llevada a cabo por el actual gobierno conservador, en el fondo no tiene una alternativa real y acaba proponiendo políticas bastante similares.
El tercer ejemplo, del cual se habla poco pero que creo es muy interesante, es, en América Latina, el de Ecuador. Allí hubo un referéndum sobre las privatizaciones. Prácticamente todos los partidos políticos apoyaron abiertamente el proceso privatizador. El gobierno apoyó, la publicidad también, así como todas las fuerzas de la burguesía, las radios y la televisión. Había, podría creerse, un consenso universal en tomo a este asunto. Sólo algunos pequeños grupos muy marginales intentaron contraponerse a esa onda propagandística. Sin embargo, por increíble que parezca, el referéndum se pronunció contra dichas privatizaciones, ante la perplejidad de la clase dominante. Ocurre que aquí tampoco hubo expresión política de este rechazo. En las elecciones volvieron las mismas fuerzas reaccionarias, los mismos populistas y conservadores. Aquel poderoso movimiento social de rechazo al neoliberalismo acabó no encontrando una expresión política creíble y eficaz.
Otro fenómeno, un poco más reducido aunque también lo encuentro interesante, es la conferencia que hubo en Chiapas contra el neoliberalismo. Es la primera vez que se organiza a escala mundial un encuentro de todos los adversarios del neoliberalismo, con participación de fuerzas políticas, sindicales y movimientos sociales. Todo esto es todavía muy embrionario, muy difuso, muy heterogéneo, no podemos pensar que de allí va a salir una alternativa; pero también es un elemento que demuestra la existencia de un sentimiento de insatisfacción que busca una expresión política que todavía no se manifiesta. Obviamente, no es la conferencia de Chiapas la que va a poder construir una expresión política efectiva en esta búsqueda de alternativas.
La situación en que nos encontramos hoy en día permite reconocer que el neoliberalismo está en crisis, que es incapaz de resolver los problemas económicos y sociales que él mismo produce, aunque no por ello se vislumbra que desaparecerá o declinará en un futuro próximo. Por el contrario, es previsible que los gobiernos neoliberales sean reemplazados por otros gobiernos neoliberales, más a la izquierda o más a la derecha. Los ministros neoliberales como Cavallo serán sustituidos por otros Cavallos. Si no aparece una alternativa creíble capaz de poner en práctica un programa radical de transformación social, continuará la repetición de las mismas políticas con otra etiqueta. Se difunde una sensación social cada vez más generalizada de que el neoliberalismo es un impasse, pero mientras ese sentimiento no se traduzca en una expresión política consecuente, coherente, realista y radical, no podremos salir del brete.

Robin Blackburn


A pesar de que estoy de acuerdo con mucho de lo que fue dicho, me gustaría llamar la atención sobre una cuestión analítica que no ha sido objeto de discusión. Por razones obvias, el debate estuvo principalmente centrado en el ámbito de las políticas gubernamentales y de las relaciones sociales de ellas derivadas.
Observamos, por un lado, el carácter hegemónico del neoliberalismo. Por otro, destacamos las diversas formas de resistencia social a dicho proyecto, aunque tal resistencia no parezca crear un polo de atracción hegemónico alternativo que pueda sustituir la política dominante en la esfera del Estado. De una forma extraña, la tesis de Göran Therborn es correcta. La primera cuestión paradojal es que la izquierda parece estar tan involucrada en este proceso como la derecha. Según ha sido destacado, podemos estar muy felices con la derrota del ala conservadora en Polonia, aunque la elección del gobierno de izquierda no ha traído aparejada una modificación sustancial en las políticas gubernamentales de aquel país. El gobierno laborista neocelandés y la administración socialista española, por su parte, también desempeñaron un papel importante en la introducción de reformas neoliberales. Mirando hacia el futuro, me preocupa la cierta probabilidad de que el próximo gobierno laborista en Inglaterra no sea otra cosa que un capítulo más en el proceso de modernización iniciado por Margaret Thatcher. Una reforma que desde 1991 se encuentra en un impasse y que Tony Blair ha prometido renovar, al destacar la necesidad de no acabar con el proceso privatizador y de continuar introduciendo nuevos mecanismos de mercado en la sociedad inglesa. En el actual discurso laborista podemos reconocer una cierta filosofía social asociada a un tipo de retórica que convoca a una solidaridad moralizante, aunque esto no es suficiente como para suponer que el gobierno de Blair va a resistir a la marea neoliberal. Las tendencias neoliberales en los partidos de centro izquierda se han convertido en una característica recurrente en la coyuntura que atravesamos.
Sin embargo, esto nos lleva a otro terreno sobre el cual me gustaría que pudiéramos discutir. Me refiero a la esfera de la producción y del proceso de acumulación. Creo que debemos juzgar al neoliberalismo en sus propios términos, como una filosofía económica con la pretensión por restablecer niveles de lucratividad que permitan crear condiciones orientadas a una explosión global de desarrollo. Si analizamos el mundo capitalista avanzado, y el capitalismo tomado en su conjunto, veremos que el neoliberalismo no rompió con el ciclo recesivo El desempleo se mantiene en un alto índice o ha aumentado en los países industrializados, con excepción de Japón, aunque allí también hay señales de un incremento en las diferentes formas de desempleo.
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