España república de trabajadores Iliá Ehrenburg



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España república de trabajadores
Iliá Ehrenburg

1.ª edición: Editorial Cénit, S.A., Madrid, 1932. 2.ª edición: Editorial Critica, S.A., Barcelona, 1976. Traducción directa del ruso de N. Lebedef

ÍNDICE

Prólogo del autor a la edición española

I. “¡Arre, burro!”

II. El rascacielos y sus alrededores

III. Individualistas

IV. Los Jlestakov españoles

V. Cambio de nombres

VI. República de trabajadores

VII. Genealogía de las teas de Málaga

VIII. Los milagros

IX. Las Hurdes

X. ¿Qué es la dignidad?

XI. Extremadura

XII. Cinco encuentros

XIII. Sevilla

XIV. Dulzuras

XV. Jerez

XVI. Consideraciones estéticas sobre Córdoba

XVII. Un discípulo de Bakunin

XVIII. La despedida del marinero

XIX. Granada

XX. “Querer” y “esperar”

XXI. Murcia

XXII. Tertulias familiares

XXIII. El drama de los obreros

XXIV. Del hombre

XXV. Barcelona

XXVI. El epílogo español





PRÓLOGO DEL AUTOR A LA EDICIÓN ESPAÑOLA
Este libro fue escrito por un ruso y para rusos. ¡Cuan lejos está Rusia de España! Los rusos tenemos otro cielo y otro carácter, otras montañas, otras necesidades, otra risa. De seguro que en este libro se habrán desligado no pocas equivocaciones; no es fácil para un extranjero comprender una vida tan original y tan complicada. Pero sería equivocado juzgar este libro, escrito sobre España pero no circunscrito a ella, sin fijarse más que en sus equivocaciones. Nosotros hemos aprendido ya a andar por el mundo algo más que como aficionados a las cosas exóticas y como turistas ociosos. Cada país es, para nosotros, no una tierra extraña, sino una nueva confirmación de nuestras esperanzas y de nuestros dolores.

El tono de este libro, apasionado y tal vez a las veces injusto, tiene su explicación en el hecho de que no trata de un país lejano, sino de los tiempos en que vivimos.

Siempre tuve, desde mi niñez, el deseo de pisar tierra de España. Estudiaba el castellano, contemplaba los cuadros de Goya, leía los versos del Arcipreste de Hita y escuchaba los relatos de aquellos amigos dichosos que habían podido contemplar de cerca ese país de tristeza y de encanto. En mi visión, se mezcla todo: la figura de don Quijote y la sombra de los pistoleros de Barcelona, las derrotas históricas y las obras maestras del arte, la estadística de la pobreza y las pruebas de valor de la raza.

España no tomó parte en aquella guerra terrible, inacabable, para la cual parecían haber nacido mis hermanos de generación; en aquella guerra donde las calles se convertían en trincheras y se colocaban minas, no sólo debajo de las casas, sino también debajo de los corazones. Recuerdo un día en que, entre una muchedumbre de parisienses, acudí frente a la Embajada de España en París. Era después del fusilamiento de Ferrer. La muchedumbre vitoreaba a España. Pero España callaba. España, entonces, dejó de ser un país. Y otra vez se convirtió, o dejó que la convirtiesen, en un mito muerto y bello.

Allá por el año 1926, pude pasar unos días en esta tierra vedada. En una de las villas fronterizas, vi un reloj de sol y debajo esta sentencia: ''Acuérdate de que el tiempo pasa”. También los hombres de la Edad Media se pasaban la vida con la vista clavada en las rayas de la tabla de mármol, torturados con la eternidad. ¿Se acordaban los habitantes de aquella villa del tiempo? ¿Oían, entre los acordes de la música militar y el ruido del café, sus pasos pesados? Para ellos, parecía que todas las horas se habían fundido en una sola, como sucede en el reloj solar, cuando la sombra de una nube borra la señal del tiempo.

Por fin, cinco años después, pude conocer la verdadera España. Y el mito se deshijo en una muchedumbre de gente triste y nerviosa. Conocí a España cuando empegaba a despertar, cuando resucitaba para ella el tiempo, cuando miraba al cielo y a la esfera de las horas, preocupada. Era ya tarde.

Este libro no trata tan sólo de las piedras de Castilla, sino que es también un libro sobre mis c amaradas de generación. Nosotros nacimos al final de un siglo y nuestra vida está rota; no sabemos por dónde, pero está rota. Para los que tienen veinte años, todo es claro como la luz del día: el plan quinquenal, las exigencias de los estados, los progresos de la maquinaria, y el buen humor y la risa después de un día de trabajo. También está claro todo para los que cuentan cincuenta años: éstos maldicen de la revolución, del motor de combustión, del comunismo y de los deportes, y maldicen también del desdén de la nueva juventud. España despertó para un siglo nuevo. Los obreros de Barcelona y los braceros del campo andaluz no viven ya del recuerdo del pasado. Entre las tinieblas que se ciernen sobre Europa, España escucha las campanadas misteriosas del reloj del Kremlin.

Pero España no es ya ningún chiquillo. No es un país adolescente. Se deshijo del ornato de la Monarquía y podrá deshacerse también, tarde o temprano, del ornato dudoso de los abogados de Madrid y de los agentes de bolsa de Barcelona. Pero le será difícil desprenderse del recuerdo. Esta tierra se aferró a su verdad sobre el valor del hombre y de la única libertad que conservó a lo largo de los siglos: la libertad de poder respirar. Aquí, la tragedia de España se funde con la tragedia de los hombres de mi generación, J a veces, leyendo los telegramas de las cosas de España, olvido que se trata de un país extraño y de gentes extrañas, y me parece como si escuchase los informes de los médicos sobre nuestro tiempo, enfermo de una enfermedad que es la más terrible, pero también la más bella. De ahí el tono apasionado de mi libro.

I. EHRENBURG París, 1 de marzo de 1932.





CAPÍTULO I
¡ARRE, BURRO!”

Peñascos, un páramo rojizo, míseras aldehuelas separadas unas de otras por crestas severas, caminos angostos que acaban en senderos... Ni bosques, ni agua. ¿Cómo pudo este país gobernar durante varios siglos una cuarta parte de la tierra, llenando a Europa y América con la furia de sus conquistadores y las alucinaciones sombrías de sus fanáticos? Una enorme meseta despoblada, barrida por los vientos. Soledad de una página en blanco. Sólo en las estrechas laderas que bajan hacia el mar, inscribió la naturaleza los verdes pastos de Galicia y las huertas de Valencia. El país con que los oriundos del Norte sueñan como con un paraíso perdido es, visto de cerca, un país inhóspito y cruel. Su belleza es deliberadamente trágica, y la más simple delectación se convierte aquí en un crimen histórico.

La gente ávida e inquieta hace tiempo que abandonó España. De su vida de antaño sólo conservan el idioma, ese idioma de Castilla en que dialogan ahora los reyes del bismuto y del nitrato, los petroleros de Venezuela, los explotadores de Colombia, los presidentes bufos, los opulentos tratantes de blancas...

Los que se quedaron aman a esta tierra con un cariño terco y majestuoso.

Los campesinos de Galicia, enloquecidos por el hambre,

se hacinan en las bodegas de los grandes transatlánticos, pero, tarde o temprano, irremisiblemente acaban siempre por volver de la ruidosa y agitada América. Allí comían carne y presumían de zapatos amarillos, pero, ¡qué se le va a hacer! Vuelven a sus aldehuelas perdidas, a las largas noches sin luz, a los largos años sin fiestas, años enteros de ayuno... Del Nuevo Mundo no traen ni cariños ni ahorros. Su vida está recluida aquí, en esta tierra triste, soñolienta. Aquella vida no era más que jornalería, vanidad, mentira...

Pero, ¿dónde no vive aquí la gente? Encaramada en la cima de los montes, entre vientos y tempestades, tiembla una cabaña mísera. Un débil calor humano lucha con el crudo invierno de León. En Almería, en Lorca, pasan a veces años enteros sin llover. Una tierra sórdida, resquebrajada; una niebla parduzca; un calor asfixiante, hambre...; pero entre las quebraduras de la tierra —¿quién sabrá para qué?— se guarece la gente, esperando, esperando la lluvia. En Guádix, la gente no mora en casas, sino en cuevas. Parecen reminiscencias atávicas de otra época; pero, ¡quiá!, no es más que una ciudad de provincia corriente, silenciosa, miserable, donde las cuevas son una prolongación de las casas. Los moradores de estas cuevas tienen que pagar un alquiler mensual a los “caseros”. En los valles de las Hurdes, la tierra no produce nada. Es una región maldita, manifiestamente maldita. Estuvo totalmente aislada del resto de España durante siglos. Recientemente construyeron por allí una carretera. Los hurdanos ya pueden escaparse de la tierra maldita. Pero no, no se marchan. ¡Cómo se pega a su tierra el hombre en España! ¡Qué difícil es de “descorchar”!

Sí, desde luego, en Valencia brillan las famosas naranjas con sus reflejos de oro; en Alicante maduran los dátiles; hermosos son los proverbiales jardines de Aranjuez; académicamente respetables las cepas jerezanas. Pero todo esto no son más que viñetas, no son más que los alrededores ricos de una gran ciudad pordiosera.

Montes, desfiladeros, peñas, un camino desierto. De pronto, sobre el camino se proyecta una sombra difusa. Un campesino montado sobre un burro. No conozco nada tan severo, tan majestuoso como el paisaje de Castilla. A su lado, hasta el Cáucaso parece algo construido, acabado. Castilla es la naturaleza en construcción. Se ven asomar las vigas, las piedras están desparramadas. Aquí el mundo no está todavía acabado. Sólo se adivina la intención ambiciosa del arquitecto. La vivienda humana, rara e incomprensible, penetra en la tierra. Se esconde, como una alimaña, de las miradas indiscretas. Es del color de los pedruscos. Asustadiza, se recuesta contra ellos. Aquí no se ve por ninguna parte al llamado “rey de la naturaleza”. En las peñas reina el caos. Todo es aquí gris, amarillento, sulfuroso, a veces rojizo.

El aldeano, a horcajadas sobre su burro, salió de casa por la mañana temprano. De los hombros le cuelga una manta peluda. Por los desfiladeros le acecha un viento helado que se le echará encima de un momento a otro. Ya está al caer la noche. Cautelosamente van agarrándose al camino las pacientes pezuñas del burro. Tiene las patitas delgadas, pero hechas a distancias increíbles. La cuadra está lejos. El frío arrecia. El hombre dice: “¡Arrre, burrro!”. Parece un vibrante y recio grito guerrero. Las erres retumban. Pero no, no es un clamor, ni una orden. El burro avanza dócilmente. El hombre se siente huérfano y aburrido en este desierto. Anda una hora, dos, tres, anda todo el día, y charla con el burro. El hombre tiene que hablar con alguien. Larga y tenazmente repite: “¡Arrre, burrro!”. El burro no le contesta. Sólo responden sus patitas, trepando rápida y afanosamente. ¡Vaya frío! El hombre desdobla su manta y se emboza en ella como en una mortaja. Se ha hecho de noche. Sólo se divisa la silueta, una sombra estrambótica, encapuchada, sobre un borrico. En el silencio de las montañas, siempre la misma cantilena: “¡Arrre, burrro!”. Es como una interrogación al destino, al del burro, al suyo propio y, acaso, ¡quién sabe!, al destino de toda España.

La aparición de Madrid es de un mal efecto teatral. ¿De dónde han salido estos rascacielos, en pleno desierto? Aquí no hay ni la majestuosa incongruencia de la remota capital del Norte, que ha llenado tantos tomos de literatura rusa. No hay más que incongruencia. En medio del desierto están sentados unos señoritos elegantes. Sorbiendo un vermut, discuten sobre quién habló mejor en la sesión de Cortes de ayer: don Niceto o don Alejandro. Les rodean la noche y los peñascos por donde trepan las sombras, y como un ritornello resuena el “¡Arrre, burrro!”.




CAPÍTULO II

EL RASCACIELOS Y SUS ALREDEDORES

Los españoles gustan de asegurar que en su país pueden verse distintas épocas, sedimentadas como en estratos y sin borrarse unas a otras. Para un historiador de arte, puede que eso sea cierto. En cambio, el viajero que se interese, no sólo por las catedrales, sino también por la existencia de los seres vivos, se encuentra con un caos, con un maremágnum, con una verdadera exhibición de contradicciones. Una magnífica calzada, por donde corre un Hispano-Suiza —el más lujoso automóvil de Europa, sueño de las “entretenidas” de París, se fabrica en España—. Al encuentro del Hispano avanza un burro. Sobre el burro va sentada una campesina tocada con un pañuelito. El burro no es suyo. A ella sólo le pertenece una cuarta parte del burro: su dote. El burro es propiedad de cuatro familias y hoy le toca el turno a ella. A ambos lados de la carretera se extiende una tierra plácida. Una moza arrastra por ella un arado de madera. El turista podría creer que se trata de una escena improvisada para una película, de una reconstrucción arqueológica, pero el flamante caballero, recostado en su Hispano, no se digna siquiera honrar a la moza con una mirada. El sabe que aquéllo es un espectáculo cotidiano.

El señorito ha descansado en San Sebastián. En San Sebastián hay hermosas actrices de París y se juega al baccará. ¡Ya es hora de volver al trabajo! Esta mañana, las acciones de los Saltos del Alberche se cotizaron a 76...

¡Ya estamos en Madrid! Gran Vía. Rascacielos. Nueva York. Edificios comerciales de unos quince pisos cada uno. En los tejados, estatuas doradas, atletas desnudos, caballos encabritados. Letras eléctricas relampaguean en las fachadas. Unos tableros, intensamente iluminados, rezan: “Río de la Plata, 96”. “Altos Hornos, 87.” Debajo de los tableros pulula la fauna de Madrid. Todos los cojos, ciegos, mancos, paralíticos, esperpentos de España. Los que no tienen más que una mano, se pasan las horas muertas con la palma abierta. Los mancos tienden la pierna, los ciegos gimotean, los mudos se contorsionan. A veces, en lugar de la cara asoma la calavera. Entre los andrajos abiertos exhiben su mercancía al desnudo: úlceras, costras, carne podrida... Y allá, en lo alto, unos atletas de granito refrenan gallardamente a unos potros de bronce.

La Gran Vía es alegre y bulliciosa. Centenares de vendedores de periódicos vocean los títulos, altamente poéticos, de su mercancía: La Libertad, El Sol. Las plumas avanzadas escriben en la prensa sobre la filosofía de Keyserling y la poesía de Valéry, sobre la crisis americana, sobre las películas soviéticas. ¿Quién sabe cuántos analfabetos hay entre estos vendedores? ¿Cuántos semianalfabetos entre este brillante público que desfila? Todos los hombres van muy bien vestidos. No hay quien lo niegue. ¡Qué pañuelos! ¡Qué zapatos! En ninguna parte he visto hombres tan acicalados. He de añadir, sin embargo, que tampoco he visto en ninguna parte tantos niños descalzos como en España. En las aldeas de Castilla y de Extremadura, los niños andan descalzos con el frío y con la lluvia. Pero en la Gran Vía, no; en la Gran Vía no hay descalzos. La Gran Vía es Nueva York. Es una avenida amplia y larga; sin embargo, a diestra y siniestra se abren unas rendijas sórdidas cuajadas de patios oscuros, donde resuenan los maullidos estridentes de los gatos y de las criaturas.

No hay villa ni villorrio de España donde no haya un ejército entero de limpiabotas. El brillo de los zapatos de los españoles es algo indescriptible. En cambio, no abundan los baños. Y no por amor a la porquería, no; pues los españoles son un pueblo limpio. Es sólo por desidia. Los hábitos antiguos se han relajado y los nuevos no se han impuesto todavía. Algunos aprovechados han conseguido levantar aquí, no sabe uno para qué, una docena de rascacielos; pero en las vulgares casas de vecindad no hay baños. A nadie se le ocurrió pensar en esto.

En la guía de ferrocarriles pasma la superabundancia de categorías de trenes: hay, además del rápido, el “exprés”, el tren “de lujo” y de “superlujo”. En cambio, el viaje de Granada a Murcia resulta complicadísimo. Sólo circula un tren diario. El recorrido dura quince horas. Y el tren no es, precisamente, “superlujoso”. Unos vagoncillos oscuros a punto de desencajarse. Badajoz y Cáceres, las dos capitales de Extremadura, separadas por una distancia de 100 kilómetros. Un tren diario, ocho horas de viaje.

Cerca de Zamora se está construyendo la central eléctrica de los Saltos del Duero. Será la central más potente de Europa. En las orillas rocosas del Duero brotó una ciudad americana: dólares, ingenieros alemanes, guardia civil, huelgas, planos, números, millón y medio de metros cúbicos de energía para exportar, emisión de nuevas acciones, llamas, estruendos, fábricas de cemento, puentes maravillosos. ¡No es el siglo xx, es el siglo xxi! A menos de 100 kilómetros de esta central eléctrica, no es difícil encontrar pueblos donde la gente no sólo no ha visto nunca una bombilla eléctrica, sino que ni siquiera tiene idea de lo que es un barco de vapor. Vegetan en una atmósfera tan arcaica, que allí se olvida uno completamente del curso del tiempo.

No hay ciudad sin su oficina oficial de turismo. De las paredes cuelgan polícromos carteles; en los armarios se guardan carpetas repletas de prospectos; los guías visten vistosos uniformes con banderitas. “Tenemos hoteles magníficos, un clima admirable, poseemos riquezas artísticas sin igual.” Todo el mundo sabe que España es el país del arte. Aquí, cada casa es un museo. Al enseñar a los turistas las viejas iglesias, los guías no se contentan con despertar el entusiasmo estético del visitante. Saben tocar también la fibra de un cervecero de Nuremberg o de un tendero de Burdeos. “Miren esta custodia. Piedras preciosas de verdad. Un millón de pesetas...” Los vasos de oro de la catedral de Burgos valen millón y medio de pesetas. La Virgen de Valencia se alhaja con collares y otras chucherías por valor de dos millones exactamente. Los turistas suspiran piadosamente. En Zamora, enseñan a los turistas una capilla románica. Está rodeada de patios y otras construcciones. Para llegar hasta ella hay que atravesar por un gran asilo de niños. Es la hora de la comida. Unos doscientos niños. El asilo está regentado por monjas. Al ver a los “señores”, los niños, asustados, se ponen de pie. Son hijos de la miseria. Algunos son, además, hijos de los curas de aldea, que consolaron prolijamente a sus desgraciadas amas. Los niños van vestidos con unos sayales toscos y andrajosos. De una especie de palanganitas oxidadas cogen con cucharas el rancho, agua caliente con unas cuantas habas nadando. Si uno de los turistas, por acaso, se indigna, el guía explica: “Un país pobre... No hay medios... Por aquí, señores... A la derecha...” La estatua de la Virgen. Un cofrecito recamado de esmeraldas. Una colección de tapices que valen 400.000 pesetas...

En las Cortes, se discute el tema del divorcio. Radicales y socialistas se esfuerzan por eclipsarse mutuamente con sus atrevidos discursos. Sobre los pupitres de los diputados se ve la legislación soviética sobre el matrimonio. Los oradores citan a Wells e incluso a Marx. En casa esperan a los audaces diputados sus legítimas esposas. Siguen, como antaño, dócilmente preñadas, trajinando todo el día con la prole. Se pasan el día entero en el harén, igual que antes. Los maridos citan delante de ellas a Marx. Entre dos sesiones nocturnas, los maridos cumplen de prisa con sus deberes conyugales y luego se van al café a impresionar a sus nada tímidos contertulios con la osadía extraordinaria de sus ideas.

En Badajoz, cuando entra en el casino una señora, todos los venerables parroquianos se levantan. Es un pueblo de caballeros. De vez en cuando, en Badajoz, como en otras ciudades de España, los “caballeros” pegan a sus esposas. La galantería y las palizas son homenajes tradicionales del “caballero”.

En España, no hay que fiarse nunca de los anuncios. “Librería Religiosa”: os asomáis al escaparate y veis a Lenin, a la Kolontai, El Diario de Kostia Riabazev. ¿Una cooperativa socialista? Pues detrás de la luna se exponen unas estatuitas de yeso: santa Teresa, corderitos pascuales...

En la aldea de Sanabria. Es el día de difuntos. La muchedumbre, aterida, se pasa las horas muertas en la calle. Velas, preces. La Edad Media. Después de saciarse rezando, el arriero monta sobre su burro. El burro se resiste. Entonces, el rezador grita: “¡Me 'estornudo' en la Virgen María!”. (Bueno, no es precisamente un “estornudo”, pero la reproducción exacta de la palabra no me parece muy conveniente.) Este arriero no parece tener una gran fe en la resurrección de los muertos. En cambio, está muy seguro de que, insultando bien a la Virgen, el burro andará derecho.

En Sevilla, durante las procesiones de Semana Santa, rara es la vez en que los piadosos feligreses no arman gresca. ¿Qué Virgen es la mejor? “¡Mi Virgen es la verdadera Madre de Dios! ¡La tuya no es más que una p...!”, se lanzan unos a otros a la cara. En el pasado mayo, los españoles prendieron fuego alegremente a unas cuantas docenas de iglesias. Pero quedan centenares de miles sin quemar. El viernes, Pedro González iba con los que incendiaron la iglesia de santo Domingo; pero el domingo — no sé si por costumbre o por aburrimiento— se fue a oír misa a la iglesia, todavía intacta, de san Benito.

Conozco a un pintor español. Su arte ha provocado una verdadera revolución. Su nombre es tan respetado por los futuristas de Moscú como por los coleccionistas de Filadelfia. Es hombre, no sólo de gran talento, sino indiscutiblemente valiente. Sin embargo, basta pronunciar en su presencia la palabra “culebra”, para que en seguida, a hurtadillas, sin que le vea su interlocutor, empiece a menear dos dedos por debajo de la mesa. Un profesor de psicología que hizo un viaje a Moscú siente un miedo mortal ante los tuertos. Dice que atraen la desgracia...

En España abundan los intelectuales avanzados. Están enterados de todo. Han leído el programa de la asamblea de Jarkov. Conocen a los “populistas” de París y la última película de Eisenstein. Lo único que no conocen es su propio país. No se dan cuenta de que no es el surrealismo, ni la literatura proletaria, ni las modas parisienses lo que tienen delante, sino un desierto sombrío y salvaje, pueblos donde los campesinos hambrientos roban las bellotas, comarcas enteras pobladas de degenerados, tifus, malaria, noches sin luz, fusilamientos, cárceles parecidas a las antiguas mazmorras. Toda la tragedia de un pueblo paciente, pero doblemente amenazador en su paciencia.






CAPÍTULO III
INDIVIDUALISTAS

Madrid se levanta tarde. A las diez de la mañana, los dependientes soñolientos despliegan sus mercancías bostezando. El correo se distribuye a las once. A esta hora, los ministerios están todavía desiertos. Es decir, tal vez los porteros y algún que otro peticionario de provincias. Los funcionarios concienzudos acuden a su puesto a eso de las doce, y como Madrid es la ciudad de los funcionarios del Estado, puede afirmarse, sin exageración, que la vida de Madrid empieza a mediodía.

Todo español con instrucción superior desprecia la disciplina y el Estado. “Entre nosotros, el comunismo es imposible, no somos como los rusos. Nosotros somos individualistas...” Así se expresa el señor Lerroux, y así lo afirma cualquier abogadillo principiante. Todos son, por lo visto, partidarios de la libre iniciativa y rebeldes a la tutela del Estado. No obstante, esto no les impide soñar, obsesionados, en una cosa: en entrar cuanto antes al servicio del Estado. Todos los señoritos, o son empleados del Estado, o unos fracasados que sueñan día y noche en el butacón de las oficinas ministeriales.

Para los extranjeros, España es una nota exótica. Una simple obrera de la fábrica de tabacos se vio convertida en el ídolo de todos los mujeriegos, no sólo de París, sino de Jarbin. Al funcionario español suele representársele también como un loco vestido de capa. En realidad, el empleado de Madrid sólo se diferencia de su colega de Londres en que se pasa en la oficina dos horas en vez de ocho, y en que estas dos horas no las emplea precisamente en servicio del Estado, sino en suspirar por el duro que perdió ayer a las cartas, o en maquinar audaces proyectos para extraer ese duro del bolsillo de un tímido provinciano que gestiona algún asunto.

A raíz de la revolución de abril, era punto menos que imposible penetrar en ningún ministerio. Una muchedumbre asediaba a los ministros. No eran revolucionarios que fuesen con exigencias y amenazas. No, eran corteses solicitantes, que sólo aspiraban a obtener una colocación. Todos los que soñaban con sentarse en el butacón de las oficinas ministeriales, se volvieron de la noche a la mañana furibundos republicanos. Antes, claro está, no habían querido servir a la Monarquía, pues se lo impedían sus opiniones insobornables ; pero ahora estaban dispuestos a servir a la República... Viendo que la República no dejaba cesantes de golpe y porrazo a los empleados del viejo régimen y que, por tanto, no había vacantes, los pretendientes montaron en cólera. ¿Qué clase de revolución era ésta?

Además de los empleados del Estado, en Madrid hay un sinfín de abogados. Estos abogados, naturalmente, se ocupan de todo menos de abogacía. Pero, ¡es tan fácil ser abogado! Además, no obliga a nada, y el título de abogado adorna la tarjeta de visita.

Como los funcionarios, los abogados son casi siempre personas brillantes, aunque de cultura muy limitada. Se saben de memoria las proezas de tal o cual torero, improvisan un madrigal al cruzarse en la calle con una señorita, como éste, por ejemplo: “¡Preciosa, me muero por tus pedazos!”; distinguen de sutilezas políticas y de su eficacia; saben, por ejemplo, que con una tarjeta de March no puede uno presentarse a Indalecio Prieto. Pero ahí acaban sus conocimientos. Un abogado empleado en el ministerio de Justiciase asombró sinceramente al enterarse de que existe un país llamado Holanda. Él había oído esa palabra, pero estaba en la creencia de que se trataba de una cordillera... Otro abogado no está muy firme en la tabla de multiplicar. Otro —un abogado del Estado— me preguntó si Lenin seguía rigiendo los destinos de Rusia, y no quería creer que hacía siete años que había muerto.

Los haberes de los funcionarios y de los abogados son mezquinos; pero en Madrid la vida está organizada de manera que permite vivir decorosamente aun pasando hambre. Aquel señorito, por ejemplo, se pasa todo el día en el café. Empieza por un vermut. Se prepara, sin duda, para una comida suculenta, pues el vermut es un aperitivo. Sí; pero en España el vermut se sirve acompañado de toda suerte de aditamentos: aceitunas, mariscos, patatas fritas. El señorito engulle concienzudamente todo lo que le ponen. Luego, se traslada al café de enfrente, donde toma, al parecer, su café de sobremesa, con leche, desde luego; pues no está muy harto que digamos. Pero algo se ha comido, y está encantado de la vida. A veces, más prudente, en vez de café con leche, toma leche sola. Así se pasa los días y las noches, sentado en las aceras de los cafés, sorbiendo su lechecita caliente y esperando a ver si por la esquina asoma alguna revolución...

Todos estos señoritos visten irreprochablemente. Por las calles, rondan vendedores de corbatas. A peseta la pieza. ¡Qué fantasías! El señorito se muda de corbata a diario. Para él, la corbata es más importante que la comida. Tampoco hay que olvidar el brillo de los zapatos. En cuanto el señorito dispone de alguna calderilla, llama altivamente al limpiabotas. Al entregarse a sus cuidados, se ve cómo se regodea de gusto. Sería capaz de pasarse así todo el día. Si pudiera, se limpiaría los zapatos a cada hora. Ya de madrugada, no es raro ver a un señoritingo, despreocupado, detenerse camino de casa, para ofrecer una vez más sus pies al “limpia”. Los ingleses se afeitan dos veces al día. El español no da gran importancia al aseo de su cara. Puede pasarse tres días enteros sin afeitarse. No le asustan las barbas. Pero los pies..., ¡ah, en esto es implacable! Los pies han de brillar como dos soles.

Si el señorito es casado, tiene, naturalmente, un montón de crios en casa. A veces, pone los pies en ella. La mujer le prepara el cocido y le remienda los calcetines. Pero, ¿quién es su mujer y dónde está su casa? Eso no lo saben ni sus amigos más allegados. El hogar familiar es algo tan íntimo para el caballero, que jamás lo enseña, como en otros países no enseñan una cama sin hacer. El caballero se reúne con sus amigos en el café o en el club.

Los clubs españoles no se parecen en nada a los clubs ingleses. Los ingleses van al club a callar. Los clubs británicos son unos salones silenciosos y llenos de penumbra, unos refugios sagrados. Los casinos españoles son unos grandes bazares con escaparates, donde, en lugar de sombreros o jamones, se exponen caballeros de carne y hueso. Los caballeros, repantigados en sendos butacones, miran a la calle. Es, si se quiere, una exposición de burgueses. En verano, los sillones están en la acera de la calle, alineados delante de la fachada del casino. Los caballeros se sientan unos al lado de otros y miran a la gente que pasa... Pero la contemplación no estorba el trajín de las lenguas. Un casino español es tan ruidoso como un mercado. En los primeros días de la revolución, los sillones de la calle se quedaron vacíos. Los caballeros no estaban todavía muy seguros del significado de la palabra “república”, pero no tardaron en tranquilizarse, y vuelve a vérseles sentados, cuando llueve, detrás de los cristales; cuando hace buen tiempo, en la acera.

Además de recrearse en la contemplación del universo, los socios del casino se solazan jugando a las cartas. El español es un pueblo honrado. Rara vez roba por hambre ni una manzana. Pero los socios de los casinos tienen sus hábitos apañe. En un gran círculo madrileño, para transportar la caja de una sala a otra al terminar el juego, se establecían turnos de guardia entre los socios honorarios. No hay que decir que estos socios son siempre duques, marqueses y condes. A pesar de sus apellidos altisonantes, de la caja desaparecían siempre, invariablemente, unos cuantos cientos de pesetas.

Cuanto más noble es la sangre que corre por sus venas, menos inclinación siente el español por el trabajo. Hasta una oficina le asusta. El español profesa el auténtico “individualismo”. En El Liberal hay una sección de anuncios aristocráticos. “Joven distinguido busca protectora de cualquier edad con buen corazón, 150 pesetas mensuales.” “Moreno, veintisiete años, espera una declaración. Busca compañera cariñosa, aunque no sea joven. Es modesto y necesita urgentemente 125 pesetas.”

Las cinco de la madrugada. Un café. Caballeros distinguidos. Jóvenes pertenecientes a las familias más respetables. Adoran la belleza de la vida y desdeñan el trabajo vil. A este café acuden las prostitutas y entregan a los caballeros sus duros sonantes. En otros países los chulos forman una casta cerrada; aquí, son parroquianos de los cafés, socios de los casinos. Después de tratar sus asuntos profesionales, discuten de política y hasta de literatura...

Si un funcionario pierde en el juego, procura repartir sus pérdidas entre tantos o cuantos solicitantes: exige propinas, acude al chantaje, amenaza al candoroso provinciano con un proceso verbal, con el juzgado, con la cárcel. La policía está de enhorabuena. Chocan, por ejemplo, dos autos. El que más “unte” será anotado como la víctima inocente. Además de los autos, corren a cargo de la policía la inspección sanitaria, la política, las ofensas a la República, incluso las conspiraciones. Tampoco lo pasan mal los altos empleados municipales. En Madrid, a la vista de todo el mundo, se enriqueció un funcionario encargado del emplazamiento de los urinarios públicos. No tenía más que amenazar a tal o cual propietario de un hotelito con que el urinario iba a ser emplazado al lado de su verja... Si es un empleado que perdió al juego, ya encontrará alguna salida. Pero ¿qué puede hacer un simple pretendiente a un destino público? Esta escena ocurre en un club madrileño. Marqués de X, y conde de Y. El marqués: “¿No podrías dejarme prestados unos diez duros?” Silencio. Asombro. El conde es “individualista” y sabe que el marqués es también “individualista” y que no le devolvería el dinero. Entonces, el marqués le ofrece en prenda su reloj de oro. Pero, ¡quién sabe qué clase de reloj será el del marqués! ¡A lo mejor, ni es siquiera de oro! Y he aquí que los dos excelentísimos señores se dirigen al joyero vecino para tasar el reloj. Pero, fuera de estas cuestiones, son dos amigos entrañables, dispuestos a jugarse la vida en defensa del honor del otro, y el marqués se dejaría matar por el conde, como el conde por el marqués.

En la vida madrileña, el monte de piedad hace de iglesia, de bolsa y de cementerio. Hoy desempeñan y mañana vuelven a empeñar: relojes, abrigos, hasta mantas. Todos viven a crédito. Aceitunas, café con leche, una corbata nueva, zapatos relucientes... La vida es fácil y hueca. Apenas se abrieron las oficinas, cuando ya vuelven a cerrarse. A la salida de los teatros y los cines, reina en la calle gran animación. Aquí, las matinées empiezan a las seis de la tarde. Las funciones nocturnas empiezan cerca de las once. A las dos de la mañana, las calles están llenas de gente. Los caballeros se pasean piropeando a las mujeres guapas y criticando al señor Azaña. Maura es mucho más listo.

En todas las ciudades de España hay una calle —con frecuencia, no es más que una acera de la calle— donde todos los días que trae el año, de seis a nueve, se pasean en un sentido y en otro los señoritos. Por lo visto, estos paseos colectivos se compaginan bien con su pregonado “individualismo”. En Madrid, todo el mundo se apiña en la calle de Alcalá. Los paseantes están amontonados como el ganado en una feria. No importa. Avanzan lentamente, una pareja tras otra. En algunas plazas de España pasean todavía por un lado los hombres y por otro las mujeres.

El día toca a su fin. Empezó a mediodía y ya cantan los gallos. Es hora de acostarse. ¡Pero el señorito está poseído de un ardor!... Las bellas mujeres a quienes piropeó no le hartaron más que los dos vasos de leche. Se acerca a una señora venerable, sentada en el café en una mesa cercana y la saluda cortésmente, quitándose el sombrero con solemnidad. ¡A lo mejor resulta ser su tía! Pero no, el caballero está lleno de pasión... ¿Será acaso un hermano espiritual de los anunciantes de El Liberal? ¡Quién sabe si, efectivamente, preferirá a las mujeres entradas en años! No, al lado de la señora de pelo gris está sentada una jovencita muy guapa. Pero no se puede hablar con la muchacha. Sería una indecencia. Además, la venerable señora no le quita ojo a la chica. El caballero charla con la señora de mil cosas: del tiempo, de los toros, de la lotería. La venerable señora nombra a la muchacha “mi hija”. La venerable señora se distingue por su perspicacia. Se da cuenta de que el caballero se consume de pasión y le invita a acompañarlas a casa. Por el camino, el caballero se informa discretamente sobre el precio. ¿No se podría rebajar algo? Los tiempos están tan mal... La República... La crisis... “Pero mi hija —desde luego, la muchacha no toma parte en tan baja conversación—, mi hija es inocente y romántica.” Luego, la venerable señora confiesa que no es su madre, ni siquiera su tía. Es simplemente su apoderada. La hermosa niña es oriunda de Andalucía, hija de un campesino, y vino a Madrid como fregona. Tiene ojos soñadores y en la vida es un poco simple, podrían engañarla fácilmente. ¿Quién ignora que con caballeros como éstos hay que andar alerta? La señora sigue ajustando el precio. Luego, se aleja y desaparece en el cuarto contiguo, después de desear al caballero una buena noche. Con esto, el día está definitivamente terminado y el caballero puede tenderse a dormir.

Si lo prefiere, en lugar de entablar conversaciones diplomáticas con una venerable señora, el caballero puede dirigir sus pasos a una casa pública. En Madrid abundan, todas muy bien frecuentadas por los famosos “individualistas”, que allí pueden amar sin quebraderos de cabeza.

Se acabó el día, este hermoso día madrileño, bajo un cielo de montaña, hecho para canciones pastorales, para la soledad. Un día más, bullicioso y hueco. Uno de tantos días, liquidado, vencido, despachado. Los españoles son, en rigor, un pueblo poco alegre. En medio del bullicio y de las luces de los cafés, se nota el hastío, un hastío que es como una charca de lodo que se va tragando al hombre. El señorito sabe aburrirse de veras. Cuando bosteza, siente uno escalofríos. Su expresión favorita es: “matar el rato”. No creáis que toma café, no; lo que hace es: “matar el rato”. “Matar el rato” es una ocupación complicadísima, que exige una experiencia de muchos años, más aún, una tradición de muchos siglos.

¡El tiempo, he ahí el verdadero, el terrible enemigo! Y, sin embargo, los señoritos están siempre ocupadísimos. Prestan servicio en tres ministerios, escriben en diez periódicos, trabajan en quince partidos políticos y, por último, están enamorados de lo menos cincuenta mujeres preciosas juntas. No tienen un momento libre en todo el día. Si un señor cita a otro a las cinco para un asunto, estad seguros de que se presentará a las siete. Llega todo afanoso. No le fue posible venir antes. ¡Tiene tantas cosas que hacer! En realidad, lo que hacía era “matar el tiempo” en un café cercano. En España sólo empiezan a la hora en punto las corridas de toros y los sorteos de lotería. Son algo litúrgico. Todo lo demás, las sesiones de las Cortes, los espectáculos, los trenes, las misas, los mítines, los entierros, todo comienza y se desenvuelve con el retraso obligatorio. El tiempo es un enemigo listo. Es más difícil de matar que un toro. Con él, hay que echar mano de trucos especiales. La capital de España. Palacios, rascacielos, oficinas, cafés literarios, redacciones, los debates, las bellas mujeres, el gentío de la calle de Alcalá, los señoritos refrescando a la sombra de los árboles del paseo de la Castellana... Todo esto junto es a la par la felicidad y la desgracia, la delicia y la vergüenza. Y téngase en cuenta que estos señoritos no son ninguna especie rara, digna de la atención de un etnógrafo. No, son Madrid, el vértice del país. Son los que la gobernaban hasta ahora y los que la siguen gobernando. Mientras ellos “matan el tiempo”, el país se muere de hambre.

En otros tiempos, España dio al mundo sabios ilustres. Hoy, en las bibliotecas de las universidades, no se ven más que traducciones. En las obras trabajan ingenieros alemanes, en la administración de los bancos y de las sociedades anónimas hay técnicos ingleses y americanos. España tuvo arquitectos notabilísimos; la arquitectura española contemporánea asombra por su falta de vigor. Es difícil imaginar nada más chabacano que los palacios de los ricachos españoles. Los antiguos conquistadores se han convertido en héroes del Rif, con docenas de condecoraciones por cada desastre. En los cafés madrileños se sientan los escritores, los snobs y los estetas que imitan meticulosamente la última moda de París. Cocteau es para ellos un dios. ¿Quién podría reconocer en estos vástagos a los descendientes de Cervantes? Pero no hay para qué acotar con muertos. En Andalucía he conocido a jornaleros mil veces más cultos en política que la mitad de los abogados madrileños juntos. Un zapatero de Valencia es un artista. Le llaman de París y de Londres para confeccionar calzado de lujo. Pero, al señorito, ¿podrá exportársele a parte alguna? Aquí, el señorito es ingeniero; pero me temo mucho que en París tendría que conformarse con ser jornalero, y gracias. En una asamblea de sindicatos de Barcelona, pueden sorprenderse ideas mucho más sanas y racionales que en las Cortes. Los campesinos de Castilla supieron crear todo un país sobre las rocas. Pero, los “individualistas” de Madrid, ¿qué es lo que han hecho?

Es cierto que ellos no se preocupan de tales pequeñeces. Cobran su sueldo o sus “combinaciones”, toman café y “matan el tiempo”.

Suele decirse que en la vida de todo hombre hay ratos perdidos. En Madrid, conocí a un periodista que heredó de su padre un pequeño caudal. En seguida se instaló en una casa de huéspedes, colgó en el armario todas sus corbatas, se sentó a la mesa delante de una cuartilla, cogió la pluma y escribió: “En la vida de todo hombre hay años perdidos”. Clavó esta divisa en la pared y se acostó en la cama “en serio y para mucho tiempo”.

Hace ya mucho tiempo que los “individualistas” gobiernan España, y no es fácil prever cuándo el país se librará de ellos. Ahora acaban de proclamar, seguramente que por distraerse un poco de su tedio, una “República de trabajadores”. ¿No hubiera sido mejor estampar en todos los muros de España esta sentencia: “En la vida de todo pueblo hay siglos perdidos”?



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