Escritos de j. Brian harley



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ESCRITOS DE J. BRIAN HARLEY

TRAZANDO UNA NUEVA RUTA EN LA

HISTORIA DE LA CARTOGRAFÍA

UN CAMBIO DE PERSPECTIVA

LA NUEVA NATURALEZA DE LOS MAPAS

Textos y contextos en la interpretación de los primeros mapas

Los mapas antiguos son testigos escurridizos. Sin em­bargo, ¿dónde estarían los historiadores sin ellos?

Entre los numerosos tipos de documentos que por lo general utilizan los historiadores, los mapas son muy conocidos; sin embargo, no son tan bien comprendidos. Podríamos hacer una antología de afirmaciones que clasifi­can a los mapas no sólo como "escurridizos" (adjetivo empleado por el dis­tinguido historiador I. Parry), sino también como "peligrosos" o "no confiables". Los historiadores tienden a relegar los mapas, junto con cua­dros, fotografías y otras fuentes no verbales, a un tipo de evidencia de menor categoría que la palabra escrita. Gran parte de la investigación y de los textos históricos se realiza sin recurrir sistemáticamente a los ma­pas contemporáneos. Aún más, Incluso cuando se admite que los mapas son documentos, se les considera útiles principalmente en pocas cuestio­nes históricas determinadas. Por ejemplo, se reconoce ampliamente que los mapas son valiosos para estudiar algunos temas dentro de la historia de los Estados Unidos, como los descubrimientos, las exploraciones, la expansión territorial y la planeación de ciudades. Con mucha menor fre­cuencia se considera que ofrezcan conocimiento crucial para el proceso de la historia social. Cuando un historiador toma un mapa, por lo general lo hace para responder a alguna pregunta relativamente limitada acerca de la ubicación o la topografía y. con menor frecuencia, para aclarar la historia cultural o los valores sociales de algún periodo o lugar especial. ¿Por qué han recibido este desprecio los mapas?

Parte de la respuesta, como ya se dijo, radica en las actitudes de los historiadores. Escribir acerca de la historia de los mapas per se ha sido, en el mejor de los casos, un interés marginal de los principales historiadores; podemos preguntar: ¿cuándo fue la última vez que The American Histori­cal Revieu publicó un artículo sobre cartografía? No obstante, parte del problema también radica en quienes se hacen llamar historiadores de la cartografía. Al describir la complejidad bibliográfica y técnica de los ma­pas, no han logrado comunicar el conocimiento de su naturaleza social. A la luz de estas tendencias, la respuesta a la pregunta ¿qué es un mapa? es el antecedente del cuestionamiento fundamental de los mapas como documentos históricos.
¿Imagen o texto?

La percepción común de la naturaleza de los mapas es que son una ima­gen, una representación gráfica de algún aspecto del mundo real. Las definiciones que se pueden encontrar en diccionarios y glosarios de cartogra­fía lo confirman. El papel del mapa es presentar una manifestación concreta de una realidad geográfica dentro de los límites de las técnicas de la topografía, de la habilidad del cartógrafo y del código de signos conven­cionales. Aunque los cartógrafos escriben acerca del arte lo mismo que de la ciencia del trazado de mapas, la ciencia ha ganado la competencia entre estas dos opciones. El resultado es que cuando los historiadores hacen una valoración de los mapas, sus estrategias interpretativas son determinadas por esta idea de lo que se dice que son los mapas. En nuestra cultura occi­dental, por lo menos desde la Ilustración, se ha definido a la cartografía como una ciencia concreta. La premisa es que un mapa debe ofrecer una ventana transparente al mundo. Un buen mapa debe ser preciso. Cuando
un mapa no representa la realidad de una manera adecuada sobre una escala concreta, se hace acreedor a una calificación negativa. Los mapas se clasifican según su correspondencia con la verdad topográfica. Se nos ha dicho que la imprecisión es un delito cartográfico.

Este juicio de valor a menudo se traslada a la manera en que leemos los mapas antiguos. Promueve un tipo de interpretación en la que se sub­rayan las manifestaciones de hechos o literales que hacen los mapas acer­ca de una realidad empírica. Va sea que se describa la ruta costera caribe­ña de un navegador del siglo XIX o los vestigios de alguna ciudad fantasma después de la explotación de una mina en el siglo XIX, se juzga al mapa en términos de la ubicación de sus coordenadas, la forma de sus líneas o la confiabilidad tienen los accidentes del terreno medidos. Se usa única y exclu­sivamente como un conjunto de hechos en la reconstrucción del pasado. De ninguna manera estoy degradando la aplicación histórica de los mapas. Como un índice de la ubicación de cosas, procesos y hechos del pasado, los mapas son la única forma de documentación. Ubicar acciones humanas en el espacio sigue siendo el mayor logro intelectual de los mapas como formas de conocimiento.

Sin embargo, hay una respuesta alternativa a la pregunta de qué es un mapa. Para los historiadores, una definición igualmente adecuada de un mapa es: "Una construcción social del mundo expresada a través del ­medio de la cartografía", Lejos de fungir como una simple imagen de la naturaleza que puede ser verdadera o falsa, los mapas redescriben el mun­do, al igual que cualquier otro documento, en términos de relaciones y prácticas de poder, preferencias y prioridades culturales. Lo que leemos en un mapa está tan relacionado con un mundo social invisible y con la ideo­logía como con los fenómenos vistos y medidos en el paisaje. Los mapas siempre muestran más que la suma inalterada de un conjunto de técnicas. La aparente multiplicidad de los mapas, su cualidad de ser "escurridizos". Y no es una desviación idiosincrásica de un perfecto mapa ilusorio. Más bien yace en el corazón de las representaciones cartográficas. Aquí se encuen­tra una oportunidad histórica. La fascinación que ejercen los mapas como documentos creados por el ser humano radica no únicamente en la medida en que son objetivos o exactos, sino también en su ambivalencia inhe­rente y en nuestra habilidad para encontrar nuevos significados, agendas ocultas y visiones del mundo opuestas de entre las líneas de la imagen.

Al introducir las formas de interpretación de los mapas de Norteaméri­ca, propongo una metáfora interpretativa distinta. Serán discutidas como un texto más que como una imagen de la naturaleza. Los mapas son textos en el mismo sentido en que lo son otros sistemas de signos no verbales co­mo los cuadros, las impresiones, el teatro, el cinc, la televisión y la música. Los mapas también comparten muchos intereses comunes con el estudio del libro al exhibir su función textual en el mundo y ser "sujetos de control bibliográfico, interpretación y análisis histórico". Los mapas son un len­guaje gráfico que se debe decodificar. Son una construcción de la realidad, imágenes cargadas de intenciones y consecuencias que se pueden estudiar en las sociedades de su tiempo. Al igual que los libros, son también pro­ducto tanto de las mentes individuales como de los valores culturales más amplios en sociedades específicas.
Signos, símbolos y retórica

Al igual que otros textos, los mapas usan signos para representar al mun­do. Cuando éstos son fijos en un género de mapas, los definimos como sig­nos convencionales. Los mapas no tienen una gramática como el lenguaje escrito, pero igualmente son textos diseñados de manera deliberada y crea­dos bajo la aplicación de principios y técnicas, y desarrollados como siste­mas formales de comunicación. En la cartografía moderna se ha trabajado arduamente para estandarizar estas reglas de composición de los mapas. Los libros de texto y los modelos nos dicen cuál es la "mejor" manera de representar gráficamente al mundo en términos de líneas, colores, símbo­los y topografía. En cuanto a algunos de los mapas más antiguos, que se describen más adelante, también existían libros de normas para su cons­trucción y diseño, así como vocabularios o signos diferentes. Tales obras pueden fungir como una gramática o un diccionario para aprender a leer o a traducir el texto del mapa.

La dimensión simbólica de los mapas también los relaciona con otros textos. Los cartógrafos modernos por lo general consideran que sus mapas son manifestaciones escritas concretas en el lenguaje de las matemáticas; no obstante, siempre son metáforas o símbolos del mundo. Más adelante se discutirá una forma de interpretar estas capas simbólicas de significado mediante el empleo de principios iconográficos.

Los mapas también son imágenes inherentemente retóricas. Es un lugar común decir que la cartografía es un arte de persuasión. Lo que va contra el conocimiento moderno es sugerir que todos los mapas son retó­ricos. Los cartógrafos actuales distinguen entre los mapas imparciales u objetivos y otros mapas usados con fines propagandísticos o publicitarios que se vuelven "retóricos" en sentido peyorativo. Los cartógrafos también aceptan que emplean recursos retóricos como una forma de embellecer o adornar; sin embargo, sostienen que debajo de esta apariencia cosmética siempre está la base rígida de una ciencia verdadera. Lo que sugiero es que la retórica cubre todas las capas del mapa, (como imágenes del mundo, los mapas nunca son neutrales o sin valor, ni siquiera completamente científi­cos. Cada mapa es un caso distinto. Los mapas temáticos discutidos por Harrow y Grim, por ejemplo, son especialmente retóricos. Son parte de un discurso persuasivo y pretenden convencer. La suya no es una realidad inocente dictada por la verdad intrínseca de los datos; están penetrando al antiguo arte de la retórica. En su mayoría, los mapas hablan ante un públi­co específico y emplean invocaciones de autoridad, especialmente los pro­ducidos por el gobierno, y apelan a los lectores de diferentes maneras. El estudio de la historia de la representación cartográfica, cuando se usa como apoyo para la interpretación de los mapas como documentos históri­cos, también es una historia del uso de los distintos códigos retóricos empleados por quienes los trazan.
El contexto del cartógrafo

La regla básica del método histórico es que sólo se pueden interpretar los documentos en su contexto. Esta norma se aplica igualmente a los mapas, que deben llevarse de regreso al pasado y situarse estrictamente en su pro­pio periodo y lugar. Los lectores de este libro pueden terminar decepciona­dos al enterarse de la escasez de contextualizaciones de mapas en la histo­riografía de la cartografía. Los libros de expertos sobre mapas, por ejemplo pasan por alto la realidad social que se encuentra detrás de la decorativa etiqueta de precio. Los especialistas técnicos en historia de los mapas, los preparados como cartógrafos, casi nunca van más allá de la puerta del taller para conocer el mundo exterior, El contexto se describe de una manera simplista como "antecedentes históricos generales". Es necesario entender que el contexto es un conjunto complejo de fuerzas interactivas, un diálogo con el texto, dentro del cual resulta fundamental para la estra­tegia interpretativa. Tendemos a relegar al contexto como “allá afuera” y a los mapas que estudiamos como "adentro". No es sino hasta que logremos derribar esta barrera, esta falsa dicotomía entre un enfoque exterioriza y uno ¡menorista de la interpretación histórica, que se podrá estudiar el mapa y el contexto en el mismo terreno, Para lograrlo, es necesario dife­renciar tres aspectos del contexto que Influyen en la lectura de los mapas como textos." listos aspectos del contexto en mi argumentación son: 1) el contexto del cartógrafo, 2) los contextos de otros mapas, y 3) el contexto de la sociedad.
El contexto del cartógrafo está representado en las primeras interpre­taciones de los mapas. Ya hace varios años el historiador J. A. Williamson escribió: "Es imposible ser dogmático en cuanto a la evidencia de los mapas, a menos que sepamos más de lo que por lo general sabemos acerca de la intención y de las circunstancias de quienes los trazaron". Esta sim­ple afirmación, que da un lugar primordial al por qué, al quién y al cómo de los mapas, es un buen punto de partida. No obstante, la relación entre el cartógrafo y el mapa está lejos de ser directa. No es una simple cuestión de establecer una autoría, como con los libros y los documentos, ni de deter­minar la intención del cartógrafo.

Respecto de la autoría, si excluimos los mapas manuscritos que son identificados sin ambigüedad y tienen una procedencia conocida, el histo­riador con frecuencia se ve ante una intrincada autoría múltiple. En su ma­yoría, los mapas son producto de una división de labores. Cuando entra­mos en la larga transición de la era del manuscrito a la de la impresión, la división del trabajo cartográfico se acentúa, el autor se convierte en una figura sombría y la traducción de la realidad que se registra en el mapa es más compleja. Entonces surgen las preguntas: ¿hasta dónde un mapa par­ticular fue obra de un topógrafo, un editor, un dibujante o un grabador?, ¿quién determinó su forma y contenido? (loando nos acercamos a distin­tos artesanos, la pregunta de Williamson sobre las circunstancias se hace más difícil. La relación entre los hechos de la vida de los cartógrafos y lo que aparece en el mapa es igualmente fragmentaria. Dentro del mareo de un mapa puede haber varios textos “una intertextualidad” que tienen que ser descubiertos en el proceso interpretativo.

Más que muchos otros textos, los mapas se ven afectados por una serie de actividades técnicas, cada una realizada por un autor diferente. K. A. Shelton escribió alguna vez: "El análisis técnico de los primeros mapas es al estudio de los mapas lo que la bibliografía a la crítica literaria o la diplo­macia a la interpretación de los documentos medievales". ‘‘Este requisito, la reconstrucción de los contextos técnicos del (trazado de los mapas, implica una enorme exigencia de habilidades auxiliares del historiador. El estudiante de los primeros mapas quizá lenga que volverse experto en las historias de distintos tipos de mapas, saber acerca de las técnicas de navegación y topografía, estar familiarizado con los procesos mediante los cuales se compilaban, dibujaban, grababan, imprimían o coloreaban los mapas, y saber algo acerca de las prácticas comerciales de los libros y los mapas. Cada mapa es producto de varios procesos que involucran a diferentes individuos, técnicas e instrumentos. Para entenderlos, necesi­tamos desplegar un conocimiento especializado de temas tan diversos como la bibliografía, la paleografía, la historia de la geometría y las declina­ciones magnéticas, el desarrollo de las convenciones artísticas, emblemas y heráldica, así como las propiedades físicas del papel y los sellos de agua. La literatura correspondiente está igualmente dispersa en un gran número de disciplinas y lenguas modernas que forman parte de la historia de la ciencia, de la tecnología, las humanidades y las ciencias sociales. Sin embargo, el primer paso en la interpretación es la manera en que el o los autores de un mapa lograron hacerlo desde un punto de vista técnico.

Establecer la intención del cartógrafo es igualmente menos directo de lo que parece a primera vista. Cada mapa codifica más de una perspectiva del mundo. Como expresión de una intención, la función sigue siendo la clave para leer mapas históricos; sin embargo, tales propósitos a menudo estaban definidos de una manera muy general o el mapa iba dirigido a más de un tipo de usuario. Mientras podemos aceptar, por ejemplo, que los ma­pas de los seguros contra incendios tienen un solo uso. Muchos otros grupos de mapas estaban diseñados con múltiples fines. Estos diversos objetivos complican la evaluación de los mapas como documentos históri­cos. Los mapas topográficos o de ciudad y los planos se hicieron para satis­facer varias necesidades al mismo tiempo. Se diseñaron como registros administrativos o jurisdiccionales; para defensa, desarrollo económico o, quizá, como obras generales de referencia topográfica. La simple relación entre función y contenido se viene abajo. No es adecuado, por ejemplo, pensar que la finalidad de un levantamiento topográfico sea sólo producir "un mapa que muestra aspectos detallados del paisaje". Las series de mapas topográficos con frecuencia tenían un origen militar y subrayaban características de importancia estratégica. En los Estados Unidos, incluso después de que el Geological Survey tomó el control de las actividades topográficas nacionales en 1879, aún se esperaba que los mapas cumplie­ran funciones militares logísticas, así como otras geológicas y guberna­mentales. Incluso en la actualidad podemos detectar rasgos de la mentali­dad militar en las categorías de densidad de los bosques de los mapas de los usos (United States Geological Survey (Estudios Geológicos de los Es­tados Unidos) que todavía están clasificados en relación con la facilidad con que la infantería se mueve en el campo. En muchos mapas topográ­ficos del siglo XIX, con las necesidades militares en mente, también se enfatizaba la facilidad gracias a detalles culturales.

Por lo tanto, la intención no se puede reconstruir totalmente a través de las acciones de cartógrafos individuales. Todavía es posible encontrar una intención simple en mapas manuscritos individuales; además, tam­bién hay aspectos más amplios de actividad humana que dificultan la in­terpretación. La intención cartográfica casi nunca fue cuestión de capaci­tación, habilidad o disponibilidad de instrumentos de un individuo, o del momento y el dinero necesario para completar un trabajo adecuadamente. Los cartógrafos casi nunca podían tomar decisiones de manera indepen­diente, ni estaban libres de limitaciones financieras, militares o políticas.
Por encima del taller siempre hay una persona que encarga el mapa y. como consecuencia, el mapa está imbuido en dimensiones sociales además de técnicas. Podemos adaptar a la cartografía las palabras de Michael Baxandall sobre la pintura italiana del siglo XV. Ese arte siempre era depósito de una relación social. Por un lado estaba el pintor que pintaba el cuadro o. por lo menos, lo supervisaba. Por otro lado estaba alguien que le pedía que lo hiciera, proporcionaba los fondos necesarios y, una vez termi­nado, decidía usarlo de una u otra manera. Ambas partes trabajaban den­tro de instituciones y convenciones (comerciales, religiosas, preceptúales, en el sentido social más amplio) diferentes a las nuestras, e influían sobre la formas de lo que habían hecho juntos.

A lo largo de una gran parte de la historia, el cartógrafo fue un títere ves­tido con un lenguaje técnico, cuyos hilos eran manejados por otras personas.

El papel de la acción de mandar hacer mapas varía considerablemente en los mapas de Norteamérica. Con los primeros mapas manuscritos, co­mo los de la época de las exploraciones europeas, los mapas eran solicita­dos por individuos poderosos, reyes o reinas, príncipes o papas. Sin em­bargo, para el siglo XIX los cartógrafos norteamericanos estaban cada vez más sometidos a las órdenes de instituciones más grandes como la General Land Office y los USGS. Las habilidades personales del trazado de mapas estaban subordinadas no sólo a conjuntos de instrucciones diseñadas para uniformar clases enteras de mapas, sino también a políticas estatales y federales. Sin perder de vista la influencia política, debemos tener mucho cuidado de no interpretar los levantamientos topográficos oficiales de los Estados Unidos como documentos históricos comunes. Se ha dicho que "los levantamientos geodésicos y topográficos realizados por el gobierno federal durante el siglo XIX se convirtieron en subproductos ad hoc de la legislación del Congreso y la intervención personal de funcionarios públi­cos, y no en el resultado de una política nacional de cartografía". Tanto el orden geográfico en que se realizaron los levantamientos como el conte­nido de los mapas estuvieron influidos por la necesidad de registrar primero áreas con depósitos minerales valiosos. Los intereses de la política, así como las habilidades de topógrafos individuales, dieron lugar a diversas imágenes del paisaje norteamericano preservadas en la serie nacional de mapas topográficos.

Al calificar los límites de la influencia de un cartógrafo individual, no niego que los "cartógrafos son seres humanos". Aún aparece alguna habi­lidad personal poco común, así como la idiosincrasia, en los intersticios de la práctica institucional. En los mapas de las ciudades y las sierras "abundaban las posibilidades de error, omisiones, tendencias personales e incluso repre­sentaciones erróneas".18 Incluso en los mapas producidos por máquinas de la actualidad, y en las imágenes aéreas, los historiadores deben estar alerta en cuanto a las formas equivocadas en que los técnicos pueden haber inscrito sus tareas de rutina. Esto puede ser todavía más difícil de detectar detrás de la retórica directa de la tecnología de las computadoras; sin embargo, de nuevo nos encontramos frente a la ausencia de un registro histórico común.

Se pueden hacer observaciones similares acerca de los mapas comer­ciales. Esto es una parte importante del registro cartográfico histórico de los Estados Unidos, no obstante, también se perciben conflictos de inte­reses. El mercado por lo general limita la libertad de los parámetros carto­gráficos. Un texto que siempre leemos en estos mapas es la hoja de balance financiero. "Donde el detective busca huellas digitales —se ha señalado— debemos buscar algún beneficio si deseamos entender el mecanismo bási­co de la publicación de los primeros mapas [...] Ningún vendedor nos dice toda la verdad y sólo un historiador incauto tomaría los mapas que están a la venta como un registro cartográfico verdadero". Más aún, en la medida en que aumenta el tamaño de los negocios de mapas y crecen las im­prentas la cartografía adquiere una imagen corporativa. Ahora quien soli­cita los mapas es un pública más grande o, quizá, un grupo de interés espe­cial, como los consumidores de mapas de carreteras, que vigilan al cartógrafo para influir sobre lo que se está registrando en el mapa.
El contexto de otros mapas

Una pregunta interpretativa fundamental acerca de cualquier mapa se re­fiere a su relación con otros mapas. Este cuestionamiento tiene que enfocarse de distintas maneras. Por ejemplo, podríamos preguntar: 1) ¿cuál es la relación del contenido de un mapa en particular (o alguna caracterís­tica dentro de él) con otros mapas contemporáneos de la misma zona?; 2) ¿cuál es la relación de ese mapa con otros del mismo cartógrafo o de la misma compañía productora?; 3) ¿cuál es la relación con otros mapas del mismo género (de una visión aérea, por ejemplo, con otras visiones aé­reas de Norteamérica)?, y 4) ¿cuál es la relación de un mapa con la pro­ducción cartográfica general de un periodo? Las preguntas varían pero su importancia es universal. Ningún mapa está herméticamente cenado en sí mismo, ni puede responder a todas las preguntas que despierta. Tarde o temprano la interpretación de los mapas anteriores se convierte en un ejercicio de cartografía comparativa. Las características cartográficas de toda la familia pueden permitir que se identifiquen mapas anónimos, se interpreten signos o convenciones poco comunes, o se hagan deducciones acerca de parámetros de precisión. Nuestra confianza en un mapa como documento puede aumentar (o disminuir) cuando muestra las característi­cas conocidas de un grupo más grande.
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