¿Es posible enseñar el acto filosófico de pensar? Ramón Rodríguez



Descargar 51,76 Kb.
Fecha de conversión09.09.2017
Tamaño51,76 Kb.
¿Es posible enseñar el acto filosófico de pensar?

Ramón Rodríguez

Universidad Complutense de Madrid

ramon@filos.ucm.es


Todo estudiante de filosofía recuerda el famoso “argumento polémico”, del que Platón se hace eco en el Menón, sobre la imposibilidad del conocimiento: “no es posible para el hombre investigar ni lo que sabe ni lo que no sabe, pues ni sería capaz de investigar lo que sabe, puesto que lo sabe y ninguna necesidad tiene un hombre así de investigación, ni lo que no sabe, puesto que ni siquiera sabe qué es lo que va a investigar”. Este argumento provocador, más allá de esa apariencia de truco sofístico que enseguida dibuja en quien lo escucha una paternal sonrisa de “comprensión”, tuvo en vilo a la naciente filosofía griega, que vio en él un reto real para el pensamiento, pues la labor de éste, e incluso su propia existencia, se ven implicadas en él; la aporía del inicio que en él se expresa (¿cómo se empieza a conocer? ¿cómo se pasa del no-saber al saber? ¿cómo empezar a conocer si no se conoce ya?) supone una dificultad real para la comprender la actividad del pensamiento, obligándo a éste a reflexionar sobre sí mismo y sobre la consistencia de su trabajo. La idea platónica del conocimiento como reminiscencia es una respuesta a esa provocación y la clásica disputa entre empirismo y racionalismo, que impregnó toda la modernidad, se deja entender sin dificultad desde ella. La cuestión en torno a la que gira nuestro simposio, “aprender a pensar”, es una versión, reduplicada, de esa paradoja esencial del argumento polémico, que no se deshace con sutiles distinciones, sino que obliga plantearse a fondo el misterio que late en todo aprendizaje: ¿cómo aprender a pensar si no se piensa ya? ¿de dónde podemos sacar la exigencia de aprender a pensar si no del hecho del pensamiento, que ya se supone en aquel a quien se reclama que aprenda? No se le pide que aprenda a pensar a una piedra o a un árbol, que están fuera de la simple posibilidad de entender tal exigencia. Precisamente porque ya estamos pensando y, a la vez, captamos la insuficiencia de nuestro pensar es por lo que nos abrimos a esa extraño requerimiento de aprender a pensar. Pues con él no se nos pide la mera puesta en ejercicio de una capacidad, sino que emprendamos actividad, aprender, que es un ejercicio de lo mismo que se aprende: aprender es ya pensar, ejercer una forma de actividad que en su discurrir –lo que llamamos aprendizaje- se modifica a sí misma. Como ya vio Platón, la paradoja del aprendizaje implica que siempre el pensamiento se supone a sí mismo. Es la verdad profunda de lo que la modernidad ha llamado método: para pensar correctamente y distinguir lo verdadero de lo falso, necesitamos una guía segura que sólo puede sacarse del propio acto de pensar.
1. ¿Qué significa pensar?

Pero precisamente porque la paradoja del aprendizaje ha obligado desde siempre a la filosofía a plantearse la pregunta ¿qué significa pensar?, forma parte del patrimonio filosófico una reflexión muy elaborada sobre el hecho del pensamiento. No hay sistema filosófico que no lleve consigo, implícita o explícitamente, una autocomprensión de su propia actividad. Si a ello añadimos que, para la visión corriente de las cosas, el filósofo sigue siendo el prototipo del “pensador”, no parecerá desacertado que miremos a la tradición de la filosofía para interrogarla sobre la posibilidad de enseñar y aprender el acto mismo del pensamiento, eso que los filósofos hacen cuando filosofan, cuando “piensan”.

Miremos, pues, al pensamiento desde la óptica de la filosofía. Ciertamente no existe un modelo único de aquello en lo que consista pensar, pues el pensamiento no es nunca una forma abstracta separada del contenido de lo que se piensa, pero, para no dar razón a la aporía del inicio, creo que se puede establecer de entrada, inspirándonos en Kant, una distinción básica entre filosofía en sentido objetivo y filosofía en sentido subjetivo.

En sentido objetivo, la filosofía es una forma de teoría, es decir, una comprensión racional de un campo temático que, frente a lo que Aristóteles llamaba las ciencias “parciales”, está constituido por el conjunto de problemas que plantea la realidad como un todo. La idea de totalidad, de referencia al mundo como ámbito global y, simultáneamente. a la posición del hombre en él, forma parte desde su inicio de esa aspiración a saber en que consiste la filosofía. A su vez, el carácter racional de ese saber está determinado por un momento peculiar, típico de la filosofía: la radicalidad, la pretensión de conocer a partir de las “raíces”, esto es, del estrato de inteligibilidad último al que se pueda llegar. Aristóteles hablaba de las causas últimas, Kant de las fuentes originarias de la razón, Husserl de una “evidencia apodíctica y en sí primera”, etc.; pese a que difieran notablemente entre sí los modelos de fundamentación, la idea de llevar hasta el límite la relación fundamento-consecuencia es una dinámica propia de la filosofía, por lo que cabe decir que comprender una filosofía significa hacerse cargo del “nivel de su radicalismo”. A esa afición por lo último y por la universalidad el pensamiento filosófico añade algo decisivo sin lo que resulta difícil comprender una gran filosofía: que involucra al sujeto que la piensa, que se sabe concernido, afectado, por aquello que su pensamiento dice; el filósofo no es nunca un puro espectador, ajeno al espectáculo, sino alguien que se sabe inmerso en él y por ello transformado por la lucidez que la filosofía comporta. Ninguna filosofía, ni la más teórica y alejada de cuestiones vitales, deja al sujeto que se sumerge en ella igual que estaba: su modo de situarse ante el mundo, su saber a qué atenerse en él resulta siempre, en alguna medida, afectado. La filosofía no es ciencia, en el sentido de una pura objetividad indiferente al sujeto. Este último rasgo es ya la puerta de entrada a la segunda manera de tomar la filosofía.

En sentido subjetivo, la filosofía es precisamente el modo como el hombre responde a esa interpelación de esas cuestiones de totalidad que le plantea el mundo. La forma que reviste esa respuesta, a los efectos que nos interesan ahora, tiene esencialmente dos niveles: una forma de vida o, más restringidamente, una actividad específic:el pensamiento, que puede separarse de aquélla, pero no al revés. Pierre Hadot ha hecho hincapié en que para los griegos la filosofía ha sido siempre, indisolublemente, las dos cosas: no se concebía el pensamiento en abstracto, como una actividad puramente lógica, sino siempre incurso en la vida, una vida “según la razón”. Por eso la Academia, el Liceo, el Jardín, eran siempre escuelas de vida, nunca de “pensamiento”. Este recuerdo de sus inicios nos sirve al menos para llamar la atención sobre algo que se olvida fácilmente: que el hecho que es el pensar no es nunca autónomo; no tenemos que ser necesariamente vitalistas o pragmatistas para reconocer algo tan elemental como que el pensamiento es siempre respuesta a algo que lo provoca o incita, una situación o problema que le precede, y que por eso no puede ser separado arbitrariamente de él; si lo hacemos, corremos el riesgo de no entender esa actividad que es pensar; es lo que ocurre cuando se lo describe, con harta frecuencia, como el simple ejercicio de una facultad específica, cuyo funcionamiento puede estudirse aislado; pero si las facultades se conocen por sus actos, el acto de pensar es inseparable de lo que lo provoca y a lo que se vierte: lo que suscita el pensamiento es tan esencial para éste como sus propias reglas; no hay pensamiento en sí, una actividad “en vacío”, sino pensamiento de algo, a partir de algo y movido por algo; de ahí el absurdo de tratar el pensamiento como una pura habilidad o capacidad, con independencia de lo que en él se piensa, cuyo trasunto pedagógico es esa reiterativa separación entre conocimientos y destrezas.

Pues bien, con todas estas precauciones, adentrémonos mínimamente en esa actividad que la filosofía llama pensamiento. Resulta sumamente ilustrativo reparar en que la tradición filosófica, cuando ha tratado de establecer, mediante la reflexión del pensamiento sobre su propio acto, los rasgos básicos de la actividad de pensar, se ha apoyado con frecuencia en el contrapunto de la inteligencia divina, de la idea que nos hacemos de lo que sería un pensamiento no sometido a las limitaciones humanas. Para utilizar la expresión habitual de Kant, el intellectus archetypus, originario, modélico, a diferencia del intellectus echtypus, la inteligencia humana derivada, finita, se caracteriza por ser radicalmente intuitivo, por ver directa e inmediatamente lo que las cosas son, por ver todo en todo, sin el trabajo de ir poco a poco construyendo la unidad en la multiplicidad que percibe. El hombre, en cambio, tiene evidencia intuitiva de muy pocas cosas y cuando la tiene es de un alcance muy limitado, por eso el esfuerzo de pensar consiste básicamente en pasar con fundamento de unas cosas a otras, en apoyarse en lo sabido para ampliarlo; el entendimiento humano es discursivo, temporal e itinerante. La discursividad, el tránsito, son los determinantes básicos de la actividad que llamamos pensar. Y a ellos hemos de dirigir la mirada si queremos fijar en qué consiste lo esencial del aprendizaje de la filosofía.


2. Aprender filosofía

Aprender filosofía es, como todo aprendizaje, incorporar subjetivamente, hacer propio, algo en principio exterior que ahora resulta asimilado, disponible por el sujeto para utilizarlo en su trato con el mundo. Pero esta visión subjetiva del aprender es solo una cara de la moneda, que si se absolutiza, si se separa del proceso real en que se produce, falsea radicalmente la situación; pues esa incorporación subjetiva de lo en principio ajeno no consiste en una adaptación de lo que se trata de aprender a las peculiaridades del sujeto, sino más bien al revés: es éste quien ha de introducirse en una constelación objetiva de sentido (una ciencia, una técnica, una lengua, etc.), en un mundo que, poco a poco, se va haciendo propio. “Propio” no significa privado, convertido en algo particular, personal, sino comprendido, es decir, que se ha entendido su trama de sentido, los principios en que se basa y, en consecuencia, que el sujeto se sabe capaz de reconocer su aplicabilidad en situaciones diversas. Quizá nadie como Kant ha expresado con tan gran exactitud que el momento subjetivo del aprender no es cuestión de aptitudes psicológicas, sino esencialmente obra del poder de la razón en el sujeto, en virtud del cual comprende una estructura inteligible, que sólo entonces se torna suya.



“Si prescindo por completo del contenido del conocimiento, considerado objetivamente, todo conocimiento es, considerado subjetivamente, o bien histórico o bien racional. El histórico es cognito ex datis, mientras que el racional es cognitio ex principiis. Sea cual sea la procedencia originaria de un conocimiento dado, para el sujeto que lo posee se trata de un conocimiento histórico cuando sólo conoce en el grado y hasta el punto en que le ha sido revelado desde fuera, ya sea por la experiencia inmediata, por un relato o a través de una enseñanza (de conocimientos generales). Quien haya aprendido, en sentido propio, un sistema de filosofía, el de Wolf, por ejemplo, no posee, consiguientemente, por más que sepa de memoria todos sus principios, explicaciones y demostraciones, juntamente con la división del cuerpo doctrinal entero, y por más que sepa enumerarlo todo con los dedos, sino un conocimiento histórico completo de la filosofía wolfiana. No sabe ni juzga más que en la medida de lo que le ha sido dado. Si alguien le discute una definición, no sabe de dónde extraer otra. Se ha formada a la luz de una razón ajena, pero la capacidad imitadora no es una capacidad productora. Es decir, el conocimiento no ha surgido en él de la razón y, aunque es, desde un punto de vista objetivo, un conocimiento racional, es meramente histórico desde un punto de vista subjetivo. Ha entendido y retenido bien, es decir, aprendido, y es una reproducción en yeso de un hombre viviente. Los conocimientos racionales que lo son objetivamente (esto es, los que no pueden originarse más que a partir de la razón humana propia) sólo pueden llevar tal nombre desde un punto de vista subjetivo, además del objetivo, cuando han sido extraídos de las fuentes universales de la razón –fuentes de las que puede surgir la misma crítica e incluso el rechazo de lo aprendido-, es decir, de principios”. (Kant, Crítica de la razón pura, A836/B864).
Es interesante observar que la oposición entre lo propio y lo ajeno no se da entre la teoría filosófica como conjunto de proposiciones articuladas y organizadas y el sujeto que pretende aprenderla, sino entre dos formas posibles de llevar a cabo por parte del sujeto la incorporación de la teoría. Esta permanece ajena, exterior a quien se acerca a ella, cuando sólo puede repetirla, reproducirla en sus fórmulas objetivadas, en sus conceptos más típicos y en sus expresiones características, pero sin que sus principios y las experiencias que sustentan todo ese andamiaje hayan sido comprendidas, sin que se vea, por consiguiente, de dónde surgen y por qué se establecen. Kant señala, con una lúcida inteligencia de lo que es el acto del pensamiento, que sólo cuando se logra esa comprensión interna de una teoría a partir de donde se origina –las “fuentes universales de la razón”- se puede propiamente custionar y discutir, es decir, pensar. Con punzante ironía hacia la pedagogía habitual de todas las escolásticas, Kant llama aprender precisamente a ese mero “entender y retener” que permanece ajeno al pensamiento vivo que subyace en la teoría filosófica. Tal aprendizaje es solo histórico porque lo mismo que el puro historiador relata desde fuera unos hechos ajenos en los que no participa, el aprendiz de filósofo permanece en la superficie visible del sistema, como un espectador que no entra en la trama de sentido que lo constituye. La ironía kantiana sobre el concepto escolar de filosofía y su “aprendizaje” nos lleva derechamente a su verdadera meta: dónde se encuentra, de verdad, en filosofía, esa realidad que es el aprender. Acudamos a otro texto, no menos famoso:

“La filosofía es el sistema de todo conocimiento filosófico. Hay que tomarla objetivamente, si por ella se entiende el modelo que nos sirva para valorar todos los intentos de filosofar y toda filosofía subjetiva, cuyo edificio suele ser tan diverso y cambiante. De esta forma, la filosofía es la mera idea de una ciencia posible que no está dada en concreto en ningún lugar, pero a la que se trata de aproximarse por diversos caminos hasta descubrir el sendero único, recubierto en gran parte a causa de la sensibilidad, y hasta que consigamos, en la medida de lo concedido a los hombres, que la copia hasta ahora defectuosa sea igual al modelo. Mientras esta meta no haya sido alcanzada, no es posible aprender filosofía, pues ¿dónde está, quién la posee y en qué podemos reconocerla? Sólo se puede aprender a filosofar, es decir, a ejercitar el talento de la razón siguiendo sus principios generales en ciertos ensayos existentes, pero siempre salvando el derecho de la razón a examinar esos principios en sus propias fuentes y a refrendarlos o rechazarlos”. (Kant, Crítica de la razón pura, A838/B866).


Si nos fijamos en el tenor de este segundo texto, Kant sostiene que eso que la filosofía escolar considera que ha de ser enseñado -un sistema filosófico, una filosofía en el sentido objetivo del término- es justamente lo que no se puede aprender, y ello por dos razones decisivas: en primer lugar, porque no hay la filosofía como sistema de la razón; hay tan sólo un ideal de filosofía objetiva, que nunca ha podido ser concretado en una teoría filosófica que lo realice por entero; por ello el acercamiento puramente reproductivo y repetitivo a un sistema filosófico es una tarea inútil; en segundo lugar, lo verdaderamente determinante: porque el conocimiento histórico no es propiamente aprendizaje de la filosofía, pues no introduce en lo esencial de ella: el acto mismo de pensar, la forma mentis. “Sólo se puede aprender a filosofar, es decir, a ejercitar el talento de la razón siguiendo sus principios generales en ciertos ensayos existentes”. Lo que Kant considera realmente enseñable es precisamente la filosofía como actividad, el acto de filosofar y no las configuaraciones objetivas de los sistemas. Esta indicación nos sitúa de lleno ante nuestro problema: ¿en qué medida puede llevarse a cabo esta tarea, cómo puede aprenderse el acto filosófico de pensar?
3. El acto “filosófico” de pensar.

Detengámonos por un momento en los rasgos característicos de ese acto. Es evidente que al hacerlo nos encontramos de nuevo en la paradoja del aprendizaje de la que hablábamos al comienzo: sólo se puede conocer la estructura de un acto porque lo realizamos, y si lo realizamos ya estamos en él y el aprendizaje es superfluo. Pero no permitamos que tal paradoja nos paralice y supongamos que, ignorantes de en qué consiste propiamente el acto de filosofar, podemos aprender algo mirando a lo que los filósofos hacen, que nos es posible extraer la estructura buscada atendiendo no sólo a lo que los filósofos dicen o expresan objetivamente en sus pensamiento, sino a lo que realmente practican, reparando en la situación real desde la que elaboran sus tesis y “hacen filosofía”1 .

De manera muy sintética, creo que puede decirse que el acto de pensar, tal como la experiencia de los grandes filósofos lo muestra, está constituido ante todo por un problema, por el hecho de que un sector del mundo se ha vuelto enigmático y es esta enignaticidad lo que da que pensar y mueve al filósofo, que se siente concernido por ella. El problema es siempre lo primero y decisivo, lo que dispara la actividad del pensar; por lo general no es nunca puramente teórico, como si sólo afectara a la inteligencia contemplativa, sino que afecta a todo el estar en el mundo, a la necesidad de saber a qué atenerse en él. Ortega decía plásticamente que sólo son verdaderamente interesantes los pensamientos de los náufragos, de aquellos para quienes pensar es como el braceo espontáneo con el que el náufrago intenta salir de su situación de zozobra. Por eso el problema está ligado a la motivación, al modo como arraiga en el filósofo y su situación. De ahí su mayor o menor rango de importancia. Pero, a su vez, el problema emerge en una cierta experiencia, aparece en un determinado lugar dentro del mundo vivido por el filósofo, en un determinado contexto y con un precsio trasfondo; localizar el contexto de esa experiencia en que aparece el problema es una tarea clave de la comprensión de una filosofía. Además el problema es tal porque aparece inscrito en un repertorio de posibilidades, en un conjunto de salidas posibles, de caminos diversos que el pensamiento puede emprender ante él y en esa opción y en esa empresa consiste justamente la peculiaridad y lo más propio de una filosofía. Una empresa que está determinada por un método o forma de pensar, por una manera de entender y realizar ese tránsito discursivo, ese camino que hay que emprender ante la imposibilidad de comprender de golpe, intuitivamente, la totalidad de los aspectos implicados en el problema. Por último, la forma de situarse ante el problema y el discurso que de él surge está atravesado por una pretensión de verdad (o de validez, si se prefiee), que es lo que le da su carácter de teoría, es decir, de discurso que dice algo susceptible de “explicar” el mundo, de comprenderlo en lo que es y no de fantasearlo o recrearlo poéticamente.

Retornemos, tras esta mínima parada en los componentes de la filosofía como acto, a la cuestión central: ¿se puede enseñar el acto filosófico? ¿se puede enseñar a filosofar? Según Kant es lo único posible, pero ¿cómo?

Yo creo que la indicación kantiana de “ejercitar el talento de la razón siguiendo sus principios generales en ensayos ya existentes, pero siempre salvando el derecho de la razón a examinar esos principios en sus propias fuentes y a refrendarlos o rechazarlos” es una perfecta expresión de lo que constituye el sentido de cualquier forma de enseñanza en filosofía. Pues esta no pretende otra cosa que introducir en la filosofía como actividad, poner al discípulo en situación de ejecutar él mismo el acto filosófico, lo cual solo es posible retomando los intentos históricamente dados de hacer filosofía, en una palabra, procurando la familiaridad y el trato con las grandes realizaciones del pensamiento. Sin duda que no es éste el único modo de entrar en la filosofía. Naturalmente puede llegarse también a ella mediante una suerte de pensamiento salvaje, que entre, sin más preámbulo, sin formación previa, a partir de su propia experiencia y su propio talento, en el problema que le preocupa, porque el cultivo de la historia no forma parte necesaria de la actividad de la filosofía. Pero el pensamiento salvaje no se aprende, sino que se ejerce sin más, por eso es salvaje. Ahora bien, nuestro problema no es el pensamiento y sus formas, sino su enseñanza, y hay que reconocer que la enseñanza ha seguido siempre a la filosofía como su sombra, pues desde las escuelas griegas se sabe que pensar implica un cultivo de su propia actividad, una ejecitación que requiere de la experiencia de otros.

Pues bien, resulta entonces claro que la meta de la enseñanza de la filosofía es romper la exterioridad que las doctrinas filosóficas y la actividad misma de la filosofía muestran respecto del que se acerca a ellas. Pero así expresada esta idea, que es el corolario de todo lo que llevamos recorrido, puede ser objeto de dos malentendidos promovidos por las tendencias pedagógicas dominantes: a) creer que la superación de la extrañeza de la filosofía ha de consistir en adaptarla a las peculiaridades del estudiante, en ponerla a su altura; es obvio que la situación del destinatario de la enseñanza hay que tenerla en cuenta y sin ello no hay pedagogía mínimamente eficaz, pero se trata de hacer el camino contrario: no de adaptar la filosofía a la situación del estudiante, sino al revés, de introducir al estudiante en la filosofía, en la forma de hacer y en las exigencias de ésta; b) creer que se puede aprender la filosofía como actividad desprendiéndola de las dificultades objetivas de los sistemas, como si se pudieran separar, a gusto del consumidor, método y tema: si hay algo claro es que cuando se pretende aprender una forma de hacer filosofía -un método-, como un conjunto de reglas abstractas, separadas de aquello que se piensa con ellas, no se logra más que una caricatura, un engendro que resulta todavía más abstracto y seco que las doctrinas que se rechazan.

La ejercitación que es la enseñanza de la filosofía no consiste nunca en promover el seco y estólido aprendizaje de una doctrina, es más bien un dejarse impregnar por la actitud filosófica a través del trato con los grandes textos de la filosofía. Esa impregnación es lo que llamamos aprender a pensar, en el sentido de apropiarse de la filosofía como actividad. Ocurre con ella algo similar a lo que Platón decía de la recta opinión, que no es ciencia y que no puede por tanto ser enseñada de manera firme, pero tampoco es resultado de una inspiración divina, de un talento innato; la ejercitación en los textos de la gran filosofía, la frecuentación de los grandes pensadores es una práctica muy particular; en ella llega un momento, sin que se sepa muy bien cómo ni cuando, en el que uno se encuentra de pronto “dentro”, pensando como ellos, discutiendo con ellos y llevado por las mismas inquitudes y los mismos problemas, que ahora se reconocen como propios.
4. Las “reglas” de la enseñanza del acto filosófico

¿Cómo se lleva a cabo esa impregnación? De manera muy simple se puede decir que mediante la anticipación de aquello que luego se va a encontrar, es decir, proporcionando indicaciones que ponen en camino hacia algo que se encuentra precisamente recorriendo el camino en cuestión. En nuestro caso, ponerse en camino hacia la actividad filosófica significa seguir una guía, poner en práctica ciertas indicaciones que son ya la antesala de la propia filosofía, porque constituyen algo así como reglas sacadas de la propia estructura del acto filosófico.

A) Dado que pensar es siempre, en filosofía, responder a la provocación de la realidad, la primera indicación es preguntarse por la interpelación que está debajo de todo pensamiento: ¿a qué responde éste, qué se ha vuelto problemático, qué es lo que está exigiendo que nos pongamos a pensar? Hay que localizar no sólo el problema concreto, sino el horizonte problemático, el ámbito del mundo que se ha vuelto inseguro y que incita a pensar. En el mismo sentido, ¿cuál es la experiencia en que aparece esa problematicidad y cuál es la experiencia en que su posible superación se apoya? Es este punto en el que tenemos que fijarnos para evaluar el rango, la importancia del asunto, el enganche de la filosofía en la vida. Lo que Gadamer llamaba la primacía hermenéutica de la pregunta sobre la respuesta muestra aquí su valor: toda filosofía es la respuesta a una pregunta, que a su vez obliga a cuestionar y repreguntar.

B) El pensamiento es movimiento, discurso. La segunda indicación fundamental es buscar el orden del discurso, el modo como se organiza el movimiento, pues pensar significa, como vio perfectamente Descartes “orden y disposición” en las cosas que quieren ser investigadas. Reconocer y reconstruir ese orden significa fijar la tención en los diversos momentos que contribuyen a la formación de ese orden, que deben ser materia explícita en la que tiene que reparar todo intento real de enseñar filosofía. Citemos algunos: 1) la producción de conceptos: ¿cómo surgen los conceptos que acuña un sistema filosófico? Todo pensamiento extrae sus conceptos de una determinada experiencia, o bien son el desarrollo de otros anteriores, los establece como definiciones, como supuestos más o menos arbitrarios, etc; 2) la unión de lo diverso; desde el viejísimo problema de la filosofía griega de “lo uno en lo múltiple”, sabemos que pensar es unir, subsumir unas cosas bajo otras, poner en relación cosas diferentes, incluso opuestas. ¿Cuáles son los modos en que el pensamiento realiza las síntesis que conducen a sus tesis? ¿Hay un hilo conductor, una idea directriz, un principio indiscutido, una intuición básica, etc.? 3) el análisis de lo complejo, de las estructuras o totalidades sintéticas; pensar es también, de manera estrictamente complementaria a la función de unir, de la que es el movimiento inverso, descomponer lo compuesto en sus elementos constitutivos; toda filosofía lleva a cabo análisis constantes de muy diversas maneras y estilos, por lo que buscar la peculiaridad de sus análisis (empíricos, fenomenológicos, conceptuales, léxicos, etc.) es una indicación insoslayable. 4) las relaciones de fundamento a consecuencia, de las que la implicación lógica, que saca unas cosas de otras en virtud de la necesidad que las une, es un caso. La imagen de la cadena deductiva, ejemplo típico y siempre repetido, es sin duda excesiva, pero encierra algo común a toda actividad filosófica: ¿de dónde saca un pensamiento lo que dice? ¿se sigue esto de lo anteriormente dicho? ¿Es suficiente un análisis determinado para concluir como concluye? La secuencia de ideas es capital y no hay pensamiento que merezca tal nombre sin ella; 5) el paso de lo explícito a lo implícito: pensar es siempre dar por supuesto no sólo principios lógicos, sino un horizonte de creencias y de opiniones compartidas que no se enuncian, pero que rigen lo que se dice: buscar y reconocer en lo dicho lo no dicho, lo que está supuesto y no aparece, pero sin lo que el sentido explícito resulta insuficientemente comprendido es una forma ineludible de ejercitarse en el hecho de pensar.

La enumeración de estos puntos, en los que debe concentrar su mirada quien pretende aprender a pensar con los filósofos, busca resaltar la realidad discursiva del pensamiento, su carácter de tránsito, de movimiento, sobre la que llamaba la atención al principio. He de reconocer que esta insistencia en el pensamiento como orden y discurso nace de la experiencia, ya larga, de la realidad viva de un aula universitaria de filosofía. Todo profesor sabe que el esfuerzo de introducir al estudiante en la filosofía como actividad choca hoy con algunas barreras específicas de nuestra situación, que convierten en imprescinbible y urgente la ejercitación constante, a modo de antídoto, en algunos de los elementos del orden citados. Me refiero a tres rasgos característicos de la forma mental del joven estudiante, sobre cuya génesis socio-pedagógica sería menester hablar en otra ocasión, y que oponen una resistencia fáctica a la percepción de lo que significa pensar: 1) la extrema dificultad para ver cuál es el tema esencial, el problema de fondo, que liga la totalidad de un discurso y, a la inversa, la incapacidad de desplegar en una disertación articulada la diversidad de momentos implicados en un tema; donde no hay ni puede haber una inmediata intuición de lo esencial, es un hábito de trabajo intelectual quien asume esta tarea, y es justamente ese hábito lo que falta; 2) la repetición mecánica de conceptos, en el fondo puras palabras, que se saben propias de una filosofía, sin poder traducirlas a otro lenguaje (el natural y corriente del propio estudiante o el de otro sistema de pensamiento), porque no se alcanza a poseer su significado y su campo de aplicación; 3) la insuperable tendencia a la yuxtaposición de ideas, a la enumeración de cosas dichas por un pensador sin ilación ni jerarquía, como si el desarrollo del pensamiento fuera una sucesión de ocurrencias, de aforismos o sentencias, al modo de las antiguas colecciones de “logoi” de los pensadores presocráticos, o de puras asociaciones de imágenes. La manifestación de ello en la escritura es la constante transformación en conjunciones copulativas (y, también) de casi todas las cláusulas conectivas de la sintaxis, que se reducen al mínimo. Y la sintaxis es, no lo olvidemos, lo que traduce de la manera más rigurosa la realidad del pensamiento.
5. Conclusión

Aprender a filosofar significa entonces repetir, retomar el acto de pensar que los grandes filósofos, los maestros del pensamiento, realizan o realizaron y hacerlo con una guía inteligente, con un punto de vista previo, con una mirada interrogativa, que nos haga capaces de ponernos en la situación en que ellos estaban; sólo cuando alcanzamos esa posición se hacen visibles las alternativas reales, las posibilidades de ver de otra manera y con ello el amplio terreno de la crítica. Esa es la forma como se produce de hecho la larga conversación que es la historia de la filosofía. Sería digna de estudiar esta historia desde dentro, tal como la veían sus protagonistas, no como la escribe el historiador; pues entonces aparecería con nitidez que lo que un gran filósofo hace cuando piensa en las tesis de otro no es nunca reproducirlas pulcramente, sino contrastarlas con alguna experiencia, sacar sus consecuencias implícitas, resaltar su parcialidad, mostrar alternativas no contempladas. Y así es como acontece realmente lo que llamamos pensamiento.



Pero hay que insistir en que las indicaciones, puntos de vista o reglas previas, a las que me he referido, tienen como fin poner en situación de pensar, no llegan más allá; no pueden producir sin más el acto mismo de filosofar ni pueden garantizar que ya nos hemos instalamos en él, que ya “sabemos” pensar. Kant, otra vez, lo expresó con claridad meridiana: el Juicio, esa forma de discernimiento que ve si algo es un caso de una regla, que hace comprender de qué es ejemplo un ejemplo, no puede ser enseñado; se pueden enseñar las reglas, “pero la capacidad de emplearlas correctamente tiene que hallarse en el aprendiz mismo”, “el Juicio es un talento que sólo puede ser ejercitado, no enseñado (Crítica de la razón pura, A133/B172); por eso el poder ilustrativo de los ejemplos, tan necesario en la enseñanza, sólo es tal cuando está conscientemente dirigido a aguzar el Juicio, a fomentar el poder de ver cuál es la regla bajo la que cae el caso, en una palabra, a ejercer correctamente el acto de pensar. La ejercitación dirigida por las indicaciones que suministran los textos de los grandes pensadores es la única forma de aprender filosofía. Lo demás es saber mecánico, almacenamiento de fórmulas sin sentido ni dirección.


1 Me he ocupado más detenidamente de este problema de la estructura del acto filosófico en “Filosofía y conciencia histórica”, en Hermenéutica y subjetividad, Madrid, Trotta, 1993.




La base de datos está protegida por derechos de autor ©absta.info 2016
enviar mensaje

    Página principal