Error de bit único Ken Liu



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Error de bit único

Ken Liu

Antes de conocer a Lydia, la vida de Tyler, al igual que la vida de la mayoría de las personas, entrañaba un acopio constante de nombres nuevos.

Los nombres no eran más que signos taquigráficos para los recuerdos, y el joven Tyler todavía no entendía que en la vida cada nombre se define dos veces: la primera como una promesa de futuro, y otra vez más adelante cuando se convierte en un resumen del pasado.

—¿Y qué pasó después?

—Nada —dijo su abuela—, que vivieron felices y comieron perdices.

—¿Para siempre?

—Para siempre.

Hasta que su abuela le leyó La bella durmiente, Tyler creía que todos los cuentos terminaban como los terminaban sus padres: «Y vivieron, a ratos incluso felices, hasta el día de su muerte».

Tyler y el resto de los demás niños evitaban al nuevo porque era más grande que cualquiera de ellos y los miraba como si anduviera buscando pelea. Pero aquel día, el único sitio libre que quedaba en la clase de Educación Plástica de la señora Younge era el que estaba al lado de Tyler, y así fue como Owen Last y Tyler se convirtieron en grandes amigos.

Tyler la observó hasta que paró la música. Y cuando estaba a punto de pedirle que bailara con él apareció su acompañante. «Así que es posible enamorarse en media hora», pensó. Escribió «Amber Ria» en un trozo de papel y lo metió en una botella de cerveza que cerró herméticamente con papel de aluminio antes de lanzarla a las aguas del estrecho de Long Island tan lejos como pudo.

San Francisco no era más que un punto en el mapa hasta que vio las focas tomando el sol en el turístico barrio de Fisherman’s Wharf.

En la sesión de micrófono abierto del café leyó un poema que se titulaba «Atracción, obsesión, deseo y devoción». No entendía por qué todas las mujeres se estaban riendo hasta que la que estaba sentada junto a Owen le enseñó los anuncios de perfume en la revista que tenía en la mano. Lena Lyman y Tyler salieron juntos exactamente dos meses. El perfume favorito de ella se llamaba Envidia.

Tyler no supo cómo se llamaba aquella brillante estrella que había en el cielo hasta que al trasladarse a un nuevo apartamento encontró un atlas del firmamento, abandonado en la cocina junto a un cuenco con mandarinas recientes. Siempre que pensaba en Sirio, la estrella del perro, notaba un sabor dulce en la lengua.

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La primera vez que Tyler la vio fue en un contenedor que había detrás de Wholly Place, a dos manzanas de su apartamento. Se había acercado a la parte de atrás de la tienda en busca de algunas cajas vacías en las que llevarse a casa las patatas ecológicas y las pechugas de pollos criados en libertad (en Wholly Place no eran partidarios de utilizar ni papel ni plástico).

Ella estaba de pie en el contenedor, alzando hacia el sol un enorme frasco de aceitunas que acababa de caducar. Una camiseta sin mangas de algodón azul oscuro realzaba los pliegues y hoyuelos de los codos. Su cabello pelirrojo aclarado por el sol estaba recogido en deslavazados mechones con un pasador negro en lo alto de la cabeza. Las pecas salpicaban su pálido rostro aportándole color y vitalidad.

Entonces se volvió hacia él mientras dejaba el frasco de aceitunas encima de un montón de otros artículos que había rescatado del contenedor. Tenía los labios agrietados, esos labios tan típicos de los que fuman cigarrillos riéndose de las estadísticas, y los ojos del color de las alas de las mariposas nocturnas. «Va a sonreír», tuvo la certeza Tyler, y deseó saber si tenía los dientes blancos y torcidos.

Tyler pensó que era la mujer más bella que jamás había visto.

«Seguro que sabes que la mayor parte de la comida que tiran aquí se sigue pudiendo comer durante como poco otra semana… —le dijo a Tyler, y luego le hizo un gesto para que se acercara—. Ven a echarme una mano».

Y sí, estaba sonriendo.

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Creemos conocer unas cuantas cosas sobre el funcionamiento de la memoria. Creemos que los recuerdos de lo que ha acontecido realmente, como puede ser lo que hemos tomado para cenar; de lo que podría haber sucedido pero que no llegó a suceder, como esa réplica ingeniosa que se nos ocurrió demasiado tarde; y de lo que sencillamente es imposible que haya tenido lugar, como la imagen de un rayo de sol reflejándose en los ojos de un ángel, se codifican de la misma manera a nivel neuronal. Para distinguir entre unos y otros se requiere lógica y razonamiento, además de un cierto grado de direccionamiento indirecto. Esto resulta preocupante para aquellas personas que consideran que nuestra interpretación de la realidad se basa en los recuerdos: si no somos capaces de diferenciar entre los distintos tipos, se nos podría hacer creer cualquier cosa.

Si tanto filosofía como religión aportan un consuelo es porque ambas ayudan a los hombres a clasificar los tipos de recuerdos y a mantener bajo control la frágil realidad de su vida consciente.

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De pequeño, la persona favorita de Tyler en este mundo era su abuela, porque, a diferencia de sus padres, que eran de la opinión de que a los niños siempre había que decirles la verdad tal y como la veían los adultos, ella le ayudaba a cubrir sus lagunas de conocimiento: Papá Noel, el ratoncito Pérez, Dios… Y mientras que sus padres siempre estaban ocupadísimos y con frecuencia parecían un tanto demasiado circunspectos, su abuela transmitía una sensación de paz y una ligereza que le levantaba el ánimo. En varias ocasiones estando sus padres ausentes, lo llevó con ella a la iglesia. Tyler se acordaba de cómo le habían gustado los cánticos y las coloridas cristaleras, y de lo seguro que se había sentido en ese lugar tan amplio y vacío, sentado en un banco duro, con la calidez de ella a su vera.

Cuando su abuela murió, Tyler se sintió abrumado por la pena. Sin embargo, y al igual que les sucede a la mayoría de los adultos, al hacerse mayor ya solo fue capaz de recordar la intensidad de ese amor infantil de un modo abstracto. Cometiendo el tan habitual error de identificar madurez con valía, dio por sentado que al amor que había sentido de niño por su abuela le debía de haber faltado fuerza y profundidad.

Sin embargo, durante muchos años después de su muerte, a Tyler lo torturó el recuerdo de una determinada visita de su abuela. Él tenía unos cinco años, y los dos estaban enzarzados en una partida de algún juego en la mesa de la cocina. Al balancear las piernas presa de la excitación, Tyler la golpeó varias veces en las espinillas. Su abuela le pidió que parara y él se negó riendo entre dientes. Cuando por fin ella lo miró con cara de pocos amigos y lo amenazó con dejar de jugar si no paraba, Tyler le soltó que ojalá se pudriera en el infierno.

Tyler todavía veía en su cabeza cómo ella se había quedado pálida, el rostro tenso, y entonces, por única vez hasta donde él alcanzaba a recordar, la mujer se había echado a llorar. Tyler tampoco había olvidado su propio y absoluto desconcierto. «Que te pudras en el infierno» no era más que algo que había oído por ahí. Sus padres no eran demasiado religiosos, así que para él «infierno» era una palabra sin demasiado misterio ni poder. Por aquel entonces tan solo tenía una vaga idea de que el infierno era un lugar al que nadie quería ir, como un sótano oscuro o el incluso más oscuro ático. También se acordaba de su propio resentimiento al verla llorar y no ser capaz siquiera de entender el motivo.

Este recuerdo le hizo sentir culpable ya en la adolescencia. Para él resumía todas sus inseguridades y miedos sobre su propia crueldad, ignorancia y la posibilidad de que en realidad no fuera una buena persona. El hecho de que hubiera causado a alguien que le quería tanto dolor casi sin esfuerzo y sin ninguna empatía era algo que le preocupaba profundamente.

Cuando un día estaba mirando un viejo álbum de fotografías familiares se topó con una imagen de la cocina de la casa donde habían vivido. Le sorprendió descubrir que la pequeña cocina contaba con una isla central y que en modo alguno había suficiente espacio para la mesa de su recuerdo.

El descubrimiento de ese pequeño error de su memoria provocó una cascada de revelaciones. En ese momento se acordó de que siempre comían en el comedor, mientras que para los juegos de mesa siempre empleaban la mesita del salón. El hecho cuyo recuerdo tanto sufrimiento le había causado a lo largo de esos años era imposible que hubiera sucedido, y toda la escena tenía que ser producto de su imaginación.

Le pareció que la explicación de lo que en realidad había sucedido era bastante sencilla. Lo más probable es que la muerte de su abuela le hubiera hecho sentir desamparado y culpable y, en plena confusión y a partir de elementos de los cuentos que leía, su imaginación había fabricado de la nada esa escena para castigarse a sí mismo. Se trataba del tipo de fantasía que se le podía haber ocurrido a cualquier niño de corta edad que hubiera perdido a algún familiar cercano. Al caer en ello, la imagen de su abuela llorando perdió intensidad en su memoria y se fue volviendo cada vez menos verosímil.

A Tyler le pareció que había tenido mucha suerte al haber descubierto ese pequeño error en su falso recuerdo, el cual le había permitido llegar a distinguir entre realidad y fantasía. Y sintió que se trataba de un momento crucial en su proceso de maduración como persona.

No obstante, reconoció para sí mismo que el descubrimiento le había entristecido un tanto. Por imaginario que fuera, el recuerdo era una parte constituyente de su amor por su abuela; cuando perdió su convincente aura de verdad, fue como si una parte de ella hubiera muerto con él. Tyler no tenía un nombre para el vacío que le dejó.

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El mejor helado de pistacho del mundo era el de la heladería Dora's en la pequeña ciudad de Los Aldamas. Tyler lo sabía porque fue estando allí, con el aire acondicionado enfriándoles la nuca y los rayos de sol colándose por las grietas de los cristales cubiertos de polvo, mientras estaban compartiendo una copa pequeña de helado de pistacho, cuando Lydia le dijo, «Sí, claro que quiero. Buena idea».

Un mes antes, Tyler le había ayudado a llevar las aceitunas, el pan y el zumo de uva que había encontrado en el contenedor hasta su apartamento, que resultó estar en el mismo edificio que el suyo, solo que en un piso más abajo. El escaso mobiliario del mismo estaba constituido por cajas de cartón cubiertas con sábanas. Era como estar en el escenario de una obra de teatro minimalista.

Lydia extendió una sábana en el suelo y en mitad de la tarde organizaron un pícnic en su estudio de cuatro por tres metros. Ella partió varios trozos de pan y se los pasó, y luego bebieron zumo de uva directamente de la botella.

—Eucaristía a la Lydia —dijo ella con el mismo tono con el que cualquiera podría decir, «pollo a la calabresa, la receta de mi abuela», sin que sonara en absoluto a broma. Y a continuación le ofreció una aceituna del frasco.

Habían pasado muchos años desde la última vez que había ido a la iglesia con su abuela, y Tyler no supo qué decir. Sin embargo, deseaba quedarse con ella y contemplar su rostro, el cual, aunque solo lucía puntuales sonrisas, estaba bañado por una felicidad que Tyler sentía como una ola de calor.

Tyler le habló de su trabajo como programador de base de datos en un banco y de sus noches garabateando en su cuaderno y recitando en cafés llenos de humo ante otros jóvenes con los mismos sueños que él. Le enumeró una selección de los nombres más importantes en su vida y le contó las historias que tenían detrás. Y, mientras hablaba, no dejó de maravillarse ante su rostro y ante lo locamente enamorado que ya estaba de ella.

Tyler le preguntó cosas. Quería conocer la vida de la mujer de la que se estaba enamorando, comprender la colección de nombres de ella.

Lydia se había criado en New Camden, una pequeña ciudad como otras miles, una de esas poblaciones que parecen haber sido abandonadas a la deriva a lo largo de las carreteras que unen Boston con Nueva York. La llamaron Lydia por su abuela, que había muerto antes de que ella naciera. De pequeña, su madre la llamaba «Guisantillo», porque era regordeta y le encantaba el sol; su padre, «Princesa», porque era lo que creía que todos los padres llamaban a sus hijas.

Durante gran parte de sus primeros años de instituto, no supo quién era. Sus padres se peleaban y, cuando por fin dejaron de pelearse, su padre quería que ella siguiera llamándose Lydia Getty y su madre quería que se llamara Lydia O’Scannlain. Pasaba los veranos en el nuevo hogar de su padre en Arizona, donde lo acompañaba las noches en las que él se reunía con sus amigos. Ellos la llamaban «la pequeña tahúr», porque les ganaba al póquer. Por aquel entonces, sus compañeras de instituto la llamaban Lydia O’Hara, porque su color favorito era el escarlata. Los chicos no tenían un nombre para ella porque, que se supiera, todavía no había besado a ninguno.

Los últimos años del instituto fue Lydia, la porrera, y era popular entre los chicos por motivos un tanto turbios. Su madre la llamaba de todo, cosas que prefería no recordar. En una ocasión, un muchacho la llevó en coche a un edificio en Boston, donde mujeres y hombres airados esgrimiendo pancartas y carteles flanqueaban el camino que tuvo que recorrer sola, estremeciéndose al oír lo que la llamaban. Después, cuando estaba acostada recuperándose en una pequeña habitación blanca, una enfermera le dijo que no hiciera caso del follón del exterior y que intentara pensar en sí misma como en Una Joven Muy Valiente.

Se quedó dormida y se despertó sobresaltada al notar temblar la habitación. Su vida se transformó en ese momento porque se le apareció el ángel Ambriel, el ángel con ojos del color de las alas de las mariposas nocturnas.

Al contrario de lo que se desprende de la mayoría de los testimonios de apariciones de ángeles, le explicó Lydia a Tyler, que no acababa de entender lo que estaba escuchando, los ángeles no entablan conversación con la persona ante la que se presentan. La fuerza del suceso se deriva en su integridad de la presencia del propio ángel, que es una parte de la esencia de Dios.

Al igual que la de millones de otras personas, aunque la vida de Lydia no había estado plagada de terribles sufrimientos, sí que incluía hasta ese momento el número suficiente de decepciones y traiciones como para haberle hecho perder la poca fe que la iglesia había sido capaz de inculcarle. Dios ocupaba en su realidad la misma categoría que los neutrinos.

Lydia miró al ángel y sintió cómo la luz de Ambriel le atravesaba los ojos y le inundaba la mente, y el dolor fue tan maravilloso que la posibilidad de cerrar los ojos le resultó inconcebible. Todo lo que había aprendido en su vida sobre todas las cosas estaba totalmente equivocado, era de lo más irrelevante. La luz de Ambriel iluminó los ensordecedores silencios entre sus padres; las cicatrices viejas y recientes de ese juego de suma cero conocido como vida social en un instituto; las pequeñas, desconcertantes y desesperadas inconsistencias de una vida ordinaria. Bajo esa luz, todo se veía coherente, sensato y, ante todo, bello.

Lydia se transformó por completo en ese instante. Estaba tan llena de amor hacia Dios que por fin entendió por qué el infierno es realmente la ausencia de Dios y no tiene nada que ver ni con el fuego ni con el azufre.

Tyler comprendió entonces por qué el rostro de Lydia había cautivado su corazón. En su rostro veía huellas de esa felicidad propia de los bienaventurados. Los bienaventurados carecen de miedos, puesto que esta no es más que otra palabra para designar los deseos insatisfechos, y la verdadera presencia de Dios, incluso a través de la intermediación de un ángel, hizo que todos los deseos insatisfechos de Lydia pasaran a ser irrelevantes para ella. El único miedo que queda tras ver a un ángel es el miedo a ser privado de la presencia de Dios. No obstante, como el único requisito para llegar a Él es amarlo y es imposible no amarlo tras haber experimentado la dicha de su presencia, la salvación de Lydia estaba garantizada.

En ese momento, Lydia descubrió quién era. Ella era una de los Salvados. Lo que no quería decir que tuviera que dejar las drogas y no volver a blasfemar, ni que tuviera que ponerse una túnica blanca y deambular por las calles metiendo panfletos por debajo de las puertas. Lo único que quería decir es que ahora podía continuar con su vida y todo lo que hiciera en el futuro estaría colmado de dicha porque amaba a Dios.

Así que Tyler se había enamorado de Lydia por esa luz divina, porque a pesar de lo tenue que era cuando le alcanzaba tras refractarse a través de ella, todavía resultaba deslumbrante.

La llevó con él a los recitales de poesía, donde Lydia conoció a sus amigos aspirantes a poetas que se congregaban en esos cafés cargados de humo ubicados en sótanos. Cuando leía desde el capullo de luz del foco, Tyler buscaba por el débilmente iluminado local su rostro radiante con el brillante halo de cabello pelirrojo, porque ella sonreía cuando le escuchaba y él adoraba ver su sonrisa.

Porque ella no sabía que un aleluya también podía ser un pareado; porque olía a jabón y a sol; porque cuando le decía que lo acompañaría a mirar las estrellas era exactamente eso lo que quería decir; porque cuando él se burló de la gente que decía «almóndiga» le hizo mirarlo en el diccionario para que se enterara de que esa palabra sí que existía; porque sabía que él siempre notaba con una fracción de segundo de antelación que ella se iba a echar a reír.

Aunque al principio los amigos de Tyler no sabían demasiado bien qué decir tras oír a Lydia contar la historia de su encuentro con Ambriel, ella les cayó bien enseguida porque no era en absoluto lo que se esperaban de alguien que aseguraba ver ángeles. Aguantaba bebiendo más que cualquiera de ellos —incluso que Owen, al que todavía parecía pegarle más lanzarse a la carretera en una motocicleta que estar en una oficina— y cuando se emborrachaba le guiñaba un ojo a Tyler y le susurraba, «Soy peligrosa y te voy a comer de un bocado».

Los domingos, Lydia no iba a la iglesia. Nunca iba a iglesias porque no tenían nada que ofrecerle y, en cualquier caso, a la mayor parte de las congregaciones de la ciudad les incomodaba su historia. En lugar de eso, Lydia llevaba a Tyler a reuniones de personas que habían presenciado la aparición de algún ángel o que ansiaban presenciarla. Estas reuniones se celebraban en sótanos de iglesias y bibliotecas, y siempre conllevaban mucho plegado de sillas y abundante café rancio, además de una gran abundancia de desesperación y de frases sacadas de los pasillos de libros de autoayuda. Tyler se preguntaba con frecuencia qué pintaba él allí, hasta que veía la luz en el rostro de Lydia cuando ella contaba su historia.

Otros días se dedicaban a vagar por las calles de la ciudad después del trabajo. También hacían pequeñas excursiones por carretera a pueblos desperdigados por la costa del Pacífico. Hablaban de todo y de nada, y Tyler, deseando creer, no dejaba ni un instante de contemplar el rostro de Lydia.

El mes que transcurrió entre el día que se la encontró en el contenedor y el día en que mientras le daba helado de pistacho ella le dijo que sí, que se casaría con él, fue el más feliz de la vida de Tyler.

El único problema era que Tyler seguía sin creer en Dios.

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Volviendo de Las Aldamas, Lydia se quedó dormida en el asiento del acompañante. La carretera era recta y llana, y no había demasiado tráfico. Tyler activó el control de velocidad de crucero y estiró las piernas. Alargó la mano hacia la de Lydia y volvió la cabeza para contemplar un instante la estampa de la muchacha dormida.

Cuando más adelante Tyler intentara acordarse de lo que había sentido mientras veía morir lentamente a Lydia en el asiento contiguo al suyo, el cuerpo de ella cabeza abajo y con el cinturón de seguridad manteniéndolo en su sitio, la espalda retorcida en un ángulo imposible, los brazos atrapados por el techo hundido del coche, se sorprendería al descubrir que no recordaba haber sentido ni el más mínimo dolor en su propio cuerpo.

Pero eso no podía haber sido así. Tenía las dos piernas rotas y, a juzgar por las quemaduras que le cubrían el rostro y los brazos, el calor de las llamas tenía que haber sido intenso en su lado de los restos del coche. Cuando finalmente se recuperó lo suficiente como para poder sentarse por sí mismo en el hospital, también descubrió que la ceguera de su ojo izquierdo sería permanente.

Pero en cualquier caso, el hecho era que lo único que Tyler conseguía recordar era lo tranquila e impávida que estaba Lydia mientras le decía que sabía que iba a morir, que no le dolía nada y que lo vería en el Cielo.

Y entonces abrió más los ojos y dijo, «Hola, Ambriel».

Tyler se retorció en el asiento, intentando girarse y mirar lo que ella estaba viendo, a pesar de saber que no iba a ver nada. El volante se le interpuso así que lo dejó tras unos pocos segundos. Unos pocos segundos de los que se arrepentiría más adelante porque apartó los ojos del rostro de Lydia, y durante esos pocos segundos ella murió.

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Si Tyler hubiera sido religioso, la promesa de que se reuniría con Lydia en el Cielo podía haberlo reconfortado. O hubiera podido enfadarse con Dios y clamar contra Él hasta haber sido capaz de aceptar su vida igual que Job había aceptado la suya. Pero Tyler no creía ni en el Cielo ni en Dios.

Sin embargo, su falta de fe tampoco le podía proporcionar consuelo alguno, porque él la amaba por esa luz que había en ella y para la que Tyler no tenía ni un nombre ni una explicación aparte de lo que Lydia le había contado. La fe de ella era lo que él amaba.

Persistir en su falta de fe sería como mantener que la dicha de Lydia era una mera ilusión, lo que destruiría la esencia misma de su memoria; pero creer le obligaría a derribar sus barreras mentales entre fantasía y realidad, y a abrazar como un hecho lo que consideraba una alucinación. Mientras Lydia estaba viva, Tyler podía posponer esa decisión tanto tiempo como siguiera enamorado; pero su muerte le iba a obligar a tomar una decisión.

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Cuando Tyler por fin se recuperó, se encerró en sí mismo y se distanció de sus amigos. Dejó el trabajo y desconectó el teléfono.

Y se volcó en averiguar todo lo que pudo sobre el accidente para intentar comprender lo que había sucedido. Era difícil, porque los investigadores no habían conseguido descubrir gran cosa y quedaban muchos interrogantes por responder, pero él tenía montones de tiempo.

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«Gran parte del trabajo de un programador —leyó Tyler— consiste en desenredar el entramado de relaciones que resuelven el direccionamiento indirecto entre variables y valores».

Las variables son el equivalente a los nombres en las memorias electrónicas. En lugar de trabajar con bytes individuales, podemos asignar un nombre a un bloque de memoria mediante una variable. Las variables pueden ser utilizadas para nombrar cualquier cosa: posiciones del acelerador, números de la seguridad social, una subrutina que borra el disco…

Por desgracia, no hay manera de saber si una variable está apuntando a lo que dice estar apuntando, o de saber si siquiera está apuntando a algo. Cuando trabajamos con bits, el número de mariposas en Costa Rica tiene exactamente la misma pinta que la velocidad de la tormenta tropical frente a la costa de Australia.

Esto resulta problemático para cualquier programador, puesto que la endeble certeza de la corrección de cualquier programa se fundamenta en la correspondencia entre variables y valores. Si se consigue convencer al ordenador de que una variable se está refiriendo a algo real cuando en realidad está apuntando al vacío, entonces cualquier cosa es posible.

Para ayudar a los programadores a mantener la distinción entre la realidad firme y el desastre monumental se introdujeron los sistemas de tipos, que son constructos matemáticos incorporados a los lenguajes de programación para garantizar que una variable definida para las posiciones del acelerador no apunta, por ejemplo, al valor de la aceleración del coche en un momento dado. Los sistemas de tipos impusieron la consolidación de un orden infalible frente a la locura de un océano de bits amoral.

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Al igual que otros muchos sistemas modernos de control de velocidad de crucero, el del coche de Tyler se basaba en un microordenador en el que se ejecutaba un programa dedicado.

Como es lógico, era muy importante que este programa cumpliera con su función correctamente. El programa del coche de Tyler lo había escrito un meticuloso programador que era consciente de que había vidas humanas que iban a depender de que su programa estuviera bien. Y no solo eso, estaba escrito en un lenguaje con un sistema de tipos muy fuerte; tan fuerte, que existía una demostración matemática que probaba que, por inteligente o descuidado que fuera el programador, si un programa superaba la comprobación de tipos, estaría garantizado que nunca iba a permitir que una variable declarada para apuntar al nivel de combustible apuntara a la subrutina de cambio de marchas. Esto era lo más cercano a la infalibilidad que podías llegar a estar en el mundo de los bits.

Todo lo anterior hace al caso para dejar claro que Tyler tenía motivos fundados para poder relajarse y recostarse en su asiento.

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«Unos dos mil años atrás —leyó también Tyler—, allá por la época de Cristo, en la región del cielo dominada por la constelación Casiopea había una vieja estrella moribunda, que una noche de invierno se convirtió en supernova».

De esa explosión emergieron innumerables protones y neutrones, que se alejaron a gran velocidad de los restos de la estrella constituyendo los llamados rayos cósmicos. La mayoría de esas partículas continuarán atravesando el vacío del espacio a toda velocidad hasta el final de los tiempos, sin que su destino tenga por qué preocuparnos.

Sin embargo, un protón en concreto llegó a la Tierra ese soleado mes de julio tras viajar en solitario por la oscuridad durante dos mil años. Se zambulló en la ionosfera, esquivando con gracia las líneas de los campos magnéticos terrestres, y luego continuó a través del cada vez más espeso aire sin apenas frenarse. Y hubiera seguido hasta hundirse ese mismo día en el desierto californiano de no haber sido porque algo se interpuso en su camino.

Justo en ese instante, Lydia estaba dormida y Tyler había apartado un momento los ojos de la carretera para mirarla. Incluso en sueños, su rostro seguía irradiando esa luminosidad de los bienaventurados. Y su coche se cruzó en el camino del solitario protón escapado de la muerte de una estrella tanto tiempo atrás.

El protón no prestó demasiada atención al chasis metálico, y los polímeros plásticos lo interesaron incluso menos. Los atravesó y durante un instante pareció que continuaría su viaje… hasta que se encontró con una partícula infinitesimal de silicio y, por primera vez en dos mil años, se despertó su interés por la materia tangible, así que decidió golpearla y hacer que sus electrones salieran despedidos.

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Resultó que la partícula de silicio formaba parte de un condensador. Había millones de condensadores y transistores exactamente iguales a ese, todos parte del circuito integrado que constituía la memoria del ordenador donde se ejecutaba el programa que controlaba el automóvil de Tyler en ese momento. Se mire como se mire, está claro que la ausencia de esos electrones era un hecho carente de toda relevancia en el esquema de las cosas, pero fue suficiente.

La pérdida de esos electrones tuvo como consecuencia que el bit que representaba un 1 fuera interpretado como un 0, y ese bit resultó estar ubicado en el interior de una celda de memoria que correspondía a una variable. La alteración en ese bit hizo que esta variable, que debía proporcionar la dirección de la subrutina que hacía los cálculos relativos a las posiciones del acelerador, pasara a apuntar al valor del flujo de combustible, exactamente a 1024 bytes de donde debería haber estado apuntando. Justo el tipo de violación que el sistema de tipos del lenguaje en que estaba escrito el programa estaba diseñado para evitar. Una variable que tuviera que apuntar a una subrutina nunca debería haber podido apuntar a un dato numérico; pero una vez que esto había sucedido, cualquier cosa era posible.

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Si un error en un solo bit en una placa base podía violar el sistema de tipos matemáticamente perfecto de un lenguaje de programación, razonó Tyler, ¿no era concebible que un error en un solo bit en el cerebro pudiera saltarse el sistema que permite distinguir entre enfermeras y ángeles? Bastaría con que una conexión neuronal se rompiera y se restableciese en otro punto al azar, en uno donde no corresponda, para que todas las barreras entre los distintos tipos de memoria se desmoronasen.

Así que la visión de Ambriel que había tenido Lydia, y por supuesto que también su fe, era simple y llanamente la consecuencia de un fallo de las neuronas, un fallo que podía haber sido provocado por la fatiga, por el estrés, por una partícula elemental perdida o, de hecho, por cualquier cosa, aquel día largo tiempo atrás en la clínica de Boston. En realidad se trataba del mismo proceso que había evocado el recuerdo de su abuela llorando por su culpa.

Para entender cómo se llega a la fe, te basta con un error de bit único, pensó Tyler.

En contra de lo que se podría haber esperado, esta teoría ni le restó valor a la fe de Lydia ni la degradó en modo alguno a los ojos de Tyler, puesto que esta explicación le permitía comprender la vida de Lydia de una manera racional. Al llamar error a la fe de Lydia estaba utilizando un direccionamiento indirecto que salvaba la brecha entre sus respectivos mundos.

Y no solo eso, una vez que comprendes un error lo puedes provocar. Alguien competente técnicamente puede abrir una brecha en el mejor sistema de seguridad basado en software provocando de manera deliberada errores en el hardware. ¿Y acaso una persona racional no podría inducirse la fe en sí misma de ese mismo modo?

Tyler decidió que intentaría provocar un error en un bit de su propio cerebro. Si la única manera que tenía de reunirse con Lydia era ir al Cielo, entonces, si lo analizaba racionalmente, no tenía más remedio que forzarse a creer en Dios.

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Una posibilidad era debilitar el cuerpo. Inanición, deshidratación, exposición a los elementos. Los errores eran más probables cuando las defensas del cuerpo estaban bajas. Esta era la vía de los místicos del desierto, y Tyler decidió que sería lo primero que probaría.

Con el coche de alquiler se dirigió hacia el sur y luego hacia el este hasta que estuvo en Arizona, cerca de la frontera con México, del linde, y luego del corazón del desierto de Sonora. Condujo hasta que las carreteras dejaron de ser carreteras, y entonces caminó. Caminó hasta que decidió que ya era incapaz de encontrar el camino de vuelta, y luego continuó caminando todavía más. Llegó un momento en que se encontró rodeado por todas partes por grupos de cactus saguaro. Para entonces tenía mucha hambre y sed, así que se sentó y esperó a que le fallara el cuerpo.

—No te lo tomes a mal —le había dicho Owen antes de que se marchara—, pero yo pensaba que nunca llegarías a poeta. Me parecía que no tenías suficiente imaginación. Y ahora creo que tienes demasiada.

Tyler llevaba varias semanas sin ver a Owen, el tiempo que había pasado encerrado en su apartamento intentando comprender la muerte de Lydia. Los dos estaban sentados en su café favorito mientras en el exterior estaba lloviendo, uno de esos escasos chaparrones otoñales.

—En realidad a los programadores lo que se nos da bien no son los números, sino las palabras —señaló Tyler—. Los que son buenos con los números se dedican al hardware.

—Y al parecer lo que estás planeando es realizar un trabajillo de hardware. Lo que me estás diciendo es que quieres hackear tu propio cerebro para implantarle la religión.

—Echo de menos a Lydia —dijo Tyler en lugar de discutir.

—No será como la fe auténtica —le aseguró Owen en lugar de decirle que dejara de hacer locuras y continuara adelante con su vida, algo que Tyler le agradeció—. Incluso aunque funcione. Incluso aunque tengas visiones de ángeles cantando hosannas.

—¿Cómo sabes cómo es la fe auténtica? Tú tampoco crees en Dios.

—No necesito creer en Dios para decirte que no lo vas a conseguir. Quieres creer en Dios porque amas a Lydia, pero ya has decidido que creer en Dios es un error, un disparate, sin siquiera haberlo experimentado. Quieres obligarte a aceptar una verdad que ya has decidido que es una mentira, y ese es un abismo que no puede salvarse.

—No has entendido la lógica de mi planteamiento. ¿De qué me sirve una explicación racional de la fe si no compruebo la hipótesis?

—Si estás buscando una estrella que casi no se ve —dijo Owen moviendo la cabeza negativamente—, no la verás si miras directamente hacia donde está. Tienes que desviar la mirada y dejar que pille desprevenidos a tus ojos. Hay cosas que no pueden ser examinadas directamente.

—Direccionamiento indirecto entonces —le dijo Tyler al cactus saguaro que tenía a su lado antes de echarse a reír.

¿Cuánto tiempo llevaba sentado en el desierto? Tenía la sensación de que días. La noche estaba cayendo e iba a ser fría.

—Siempre piensas demasiado —le echó en cara el cactus.

—¿Eres tú, Lydia?

«Es una buena señal», pensó Tyler. Las alucinaciones auditivas siempre eran lo primero, ¿verdad? Pero la voz no sonaba como la de Lydia. Se oía demasiado lejana y débil, como una armónica de cristal. Miró a su alrededor en busca de un ángel.

—Así que crees que tenía una avería en el cerebro, que todo se reducía a una conexión fallida —dijo el cactus.

—No, una avería no. —Ese no era el nombre adecuado. Ese era el problema. Necesitaba el nombre correcto.

Quería explicarle todo sobre las variables, los errores de bit único y los sistemas de tipos de las memorias. Quería explicarle cuánto deseaba pasar por su misma experiencia para así poder estar con ella; pero tenía mucha hambre y sed y se sentía mareado, así que lo único que dijo fue:

—Te echo de menos.

Unas luces brillantes se estaban aproximando hacia él en la oscuridad. Se quedó a la espera de esa sensación de ser atravesado por la luz, de ser arrollado por la certeza de que todo iba a ir bien, del amor, de ser salvado. Se quedó a la espera de que las barreras de su mente se derrumbasen.

Las luces se detuvieron delante de él. Varias figuras aparecieron en medio del resplandor, con halos luminosos a modo de cabello y el cuerpo perfilado por el fuego. Le sorprendió un tanto que la luz no fuera tan brillante como se había esperado. Resultaba doloroso mirarla, pero nada que ver con lo que Lydia le había descrito. ¿Qué clase de ángeles eran estos?

«A lo mejor es porque ahora solo tengo un ojo», se dijo.

—Tranquilo, ahora todo va ir bien —le aseguró Owen.

Lo llevaron a la parte de atrás del automóvil del guarda y comenzaron el largo camino de vuelta a casa.

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Lo siguiente que probó fueron las drogas, pero los efectos no eran permanentes. Con la meditación tan solo se cansaba. Leyó sobre la terapia de electroshock, pero ningún psiquiatra accedió a sus peticiones. «Usted no necesita terapia —le dijeron—. Váyase a casa y lea la Biblia. Porque encima a mí me inhabilitarían».

Incluso acudió a alguna iglesia, pero la fe de los feligreses le parecía vacía. No sentía nada sentado en los bancos, articulando las palabras de los himnos, escuchando los sermones que le parecían carentes de sentido.

«Quiero creer, pero no puedo». Miraba a su alrededor; nadie tenía esa luz en el rostro que había visto en Lydia. «Os pensáis que creéis, pero no es así. No creéis de verdad, no como Lydia».

Owen nunca le dijo, «Ya te lo había dicho».

Owen por fin consiguió convencerle para que volviera a acudir por las noches a los cafés. A Tyler le parecía que los poemas que se leían eran espantosos. ¿Por qué nadie estaba escribiendo sobre la ausencia de esa luz? ¿Por qué nadie estaba escribiendo sobre la persistencia de la memoria o sobre ese sistema de tipos que era al mismo tiempo tan frágil y tan difícil de vulnerar? ¿Por qué nadie estaba escribiendo sobre el dolor derivado de la incapacidad de creer?

Con el tiempo consiguió un nuevo trabajo como programador de base de datos en un banco y empezó a escribir otra vez, e incluso consiguió que le publicaran algunos poemas. Sus amigos lo invitaron a salir para celebrarlo. Tyler estaba entusiasmado y feliz, y una chica que no se parecía ni de lejos a Lydia se lo llevó a su casa, a pesar de las cicatrices que tenía en el rostro.

—¿Cómo te llamas? —le preguntó Tyler.

— Stephanie —respondió ella antes de apagar la luz.

Y siempre se acordaría de ella como Stephanie, la que no se parecía ni de lejos a Lydia.

Tyler pasó página.

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—¿Puedes ir buscar a Lydia para que cenemos? —le pidió Jess a Tyler desde la cocina.

Tyler estaba todavía en el salón recogiendo los últimos platos de papel, servilletas y globos desinflados que quedaban de la fiesta de cumpleaños que habían celebrado antes. Bajó por las escaleras y entró al garaje. La puerta estaba abierta, y por el hueco de la misma vio a Lydia tumbada en el césped de delante de la casa, con la mirada levantada hacia el vespertino cielo invernal.

—Eh, amiguita —le dijo mientras caminaba hasta ella—, hora de cenar.

—Solo un par de minutos más, por favor…

Tyler se agachó y se sentó en el césped a su lado.

—Está refrescando. ¿A qué estás esperando?

—Estoy mirando Sirio. Está a ocho coma seis años luz de distancia, así que la luz que estamos viendo ahora salió de Sirio hace ocho años y siete meses. Yo cumplo hoy ocho años, y mamá dice que nací prematura, con nueve semanas de adelanto, y al atardecer. Quiero ver la luz que salió de Sirio justo cuando fui concebida.

—¿Justo cuando fuiste… concebida?

—Me diste ese libro, ¿no te acuerdas?

Tyler iba a puntualizar que aunque naciera al atardecer eso no quería decir que necesariamente fuera concebida al atardecer, pero decidió callarse. Algunos detalles podían quedarse para más adelante.

—Por eso merece la pena esperar —dijo.

Esperaron juntos, temblando un poco. Todavía estaban a principios del invierno, pero ya se notaba que ese año iba a ser frío. Tyler a veces echaba de menos los templados inviernos californianos.

—Creo que he descubierto por qué debajo de mi cama hay tanto polvo —comentó Lydia.

—¿Y por qué es?

—He leído que el polvo está hecho de los meteoritos que se queman en el cielo. Como mi cuarto está en el ático, está más cerca de las estrellas que el resto de la casa, así que es lógico que yo tenga más polvo que tú y mamá.

Tyler la miró y se sintió abrumado por su amor hacia ella. Se parecía muchísimo a él: racional, lúcida, impávida ante los hechos… En sus cuentos de hadas, en lugar de polvos mágicos había polvo de estrellas. No creía en Dios y Tyler se alegraba de ello. Al igual que él, sería inmune a los errores de bit único.

—Como os tenga que decir otra vez que entréis, los dos os quedáis sin cenar esta noche.

Jess estaba plantada en la puerta del garaje, con la luz de la entrada iluminándola desde atrás y haciéndola refulgir.

—Mira, mamá parece un ángel —dijo Lydia antes de levantarse y correr hacia la luz.

Tyler se quedó donde estaba un instante más. Miró Sirio, la estrella del perro, y las otras estrellas que brillaban y estallaban en el cielo, miró toda esa luz que le llegaba desde distintas distancias y, por lo tanto, desde distintas épocas. Cayó en la cuenta de que estaba siendo bombardeado de manera simultánea por protones y fotones generados en el momento en que Lydia fue concebida; en el momento en que Lydia, la otra Lydia, había muerto; en el momento en que él había nacido; en el momento en que San Agustín había robado unas peras, y en el momento en que Cristo había sido crucificado. Se sintió ligeramente mareado.

Ambriel eligió ese momento para presentarse ante él.

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«Así que esto es lo que se siente».

Tyler estaba tan colmado de amor hacia Dios que se estremeció. La belleza de sus designios le hizo llorar. Comprendió por qué había conocido a Lydia, por qué ella había muerto, y por qué había fracasado en sus anteriores intentos de llegar a Él. Ansió sentir esa luz eternamente. Anheló estar en el Paraíso. Fue el momento más dichoso de su vida, porque al experimentar lo mismo que había experimentado Lydia por fin estaba con ella. Recordar lo que sentía cuando estaba enamorado de Lydia fue incluso mejor que enamorarse por primera vez. El sistema de tipos se estaba viniendo abajo.

Sin embargo, había un detalle que estaba mal.

Se acordó de que justo antes de que Ambriel apareciera, él estaba mirando Sirio. Durante una fracción de segundo le había dado la sensación de que la estrella brillaba con algo más de fuerza. Fue algo casi imperceptible, un ligerísimo centelleo. Podía haber sido cualquier cosa: una distorsión atmosférica, la sombra de una nube al pasar, una ilusión óptica…

O a lo mejor había sido una erupción solar en Sirio justo en ese momento, ocho coma seis años luz atrás, cuando Lydia fue concebida. A lo mejor un protón de esa explosión había viajado por el vacío del espacio durante todos esos años sin prestar la más mínima atención a nada de lo que se había cruzado en su camino. ¿Acaso no era posible que hubiera atravesado la ionosfera y la estratosfera terrestres, las nubes y las alas de los pájaros? ¿Acaso no era posible que finalmente hubiera entrado en el ojo de Tyler ese atardecer invernal, atravesándolo hasta las profundidades de su ser y, al pasar por el hipotálamo, hubiera decidido hacer que algunos electrones salieran despedidos?

No fue más que un pequeño error, algo apenas fuera de lo normal, pero fue suficiente. Fue suficiente para permitirle distinguir realidad e ilusiones.

En cuanto se percató de ello, Ambriel desapareció. El sistema de tipos resistió.

Tyler supo que estaba condenado. A recordar durante el resto de su vida esa sensación de éxtasis, ese amor a Dios, esa dulzura de la existencia. Había creído, aunque solo hubiera sido durante un instante. Había estado con Lydia, pero entonces había mirado. Y se había enfrentado a la ausencia de Dios.

Ese momento perduraría para siempre en su memoria, y siempre sabría que había sido un error en un solo bit el que le había proporcionado ese recuerdo para a continuación arrebatarle la realidad del mismo.

Tyler vivió, a ratos incluso feliz, hasta el día de su muerte.

Copyright © 2009 Ken Liu



Traducido del inglés por Marcheto

http://cuentosparaalgernon.wordpress.com/


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