Ernst Jünger y la Modernidad: sobre la muerte en una sociedad



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Ernst Jünger y la Modernidad: sobre la muerte en una sociedad

totalmente tecno-administrada


Vicente Raga Rosaleny
Resumen: Todo el mundo tiene que morir y desaparecer, algún día. Éste es el saber de las ciencias de la muerte, como la tanatoantropología o la historia de la muerte. Pero éste es un conocimiento demasiado general y, quizás, necesitaríamos hablar sobre la muerte de modo menos abstracto.

Esta comunicación trata con la imagen moderna de la muerte tal y como aparece en la obra de Ernst Jünger. Éste sería un pensador, escritor y soldado alemán, que habría luchado en la I Guerra Mundial. Él pertenecía a una tradición tardorromántica alemana caracterizada por una pesimista recepción del progreso técnico y, de este modo, la reflexión de Jünger sobre la muerte giraría en torno a la relación de su moderna imagen con la tecnología (donde progreso técnico significa mejores armas de destrucción masiva).Una de las conclusiones sería que la identidad personal estaría en peligro con el progreso moderno, y no sólo en los campos de batalla.

Palabras clave: vida, muerte, técnica, tecnología, identidad, Jünger.

Abstract: Everybody must be die and disappear some day. This is the wisdom of the sciences of the death like anthropology or history of the death. But this is a too much general knowledge and, perhaps, we need to talk about the death in a less abstract way.

This communication deals with the modern image of the death in Ernst Jünger´s works. He was a German writer, thinker and soldier, who fought in the First World War. He belonged to a later Romantic tradition, a group of thinkers who didn´t have any confidence to technical progress and he thought about modern image of the death in his relationship with technology (where technical progress means better arms of massive destruction). One conclusion is that personal identity is in danger with modern progress and no only in battlefields.

Keywords: life, death, technical, technology, identity, Jünger.

La muerte se nos muestra como lo inaprensible, lo que no cabría imaginar (en el caso de la muerte propia), lo imposible (en tanto que fin de todas las posibilidades) y, al mismo tiempo, como el acontecimiento inevitable.1 Es éste un «saber» que la cotidianeidad devenga, a partir del capital de la experiencia ajena, pero incluso tras esta aparente seguridad se revelan las trazas de la incertidumbre: las ciencias de la muerte exhiben una parcialidad que no se compadece con sus ansias de generalidad y con la segura evidencia de partida con la que parecen contar.

Teniendo pues en cuenta las señalada inseguridad, mi comunicación, que versaría sobre el morir tal como aparece en la obra de un polifacético autor alemán, Ernst Jünger, y en un periodo literario y vital concreto, el que gira en torno a la guerra del 14, pretendería sortear los problemas a que puede abocar una lectura en exceso generalizadora y desatenta al contexto (histórico, cultural, literario y retórico).2

Así pues, si bien mi lectura de los textos jungerianos, de aquellos que versan sobre el morir, se encuadrará en un marco más general, el que ha de ver con la aceleración en los más diversos campos del proceso de modernización desde inicios del siglo XX, no he de descuidar ni los factores específicamente germanos (sociopolíticos, culturales, etc) que perfilan este proceso, ni aquellos que han de ver con el campo bélico en que tales procesos también se dilucidaron.

Cabría así la posibilidad de ubicar a Jünger y otros coetáneos suyos, en un primer momento y como tentativo hilo conductor, en una tradición tardorromántica germana, caracterizada por su pesimista recepción del «progreso» técnico o en el seno de unas corrientes de pensamiento, movimientos intelectuales y dinámicas políticas que encuadradas en el wittgensteinianamente mal formado, pero espacio-temporalmente bien acotado, concepto de «Revolución Conservadora», presuponen el proceso de modernización germanamente matizado (y en el caso de Jünger, en relación con la técnica, así como con la cuestión que suscita este comunicación, la actitud ante el morir, manifestado en una serie de tensiones y ambigüedades no resueltas, potencialmente fructíferas para una atenta lectura).

La industrialización, urbanización y extensión colonizante de la tecnología en todos los niveles del mundo de la vida, serían algunas de las características del desarrollo de la modernización sociocultural.3 Proceso propio, claro es, no sólo del entorno germánico, antes bien característico de Occidente, como asimismo lo es, por ejemplo, el concomitante crecimiento de la burocratización, rasgo también asociado tópicamente a la Modernidad. Proceso y rasgos que, pese a su aparente carácter rapsódico, coinciden en una formulación bien perfilada del último elemento mencionado, el de la burocracia, tal como aparece de manera ejemplar en la exposición ideal—típica de la burocracia a lo largo de la obra del sociólogo alemán Max Weber.4

De la misma ambigüedad presente en los trabajos de Weber, oscilando entre la exposición pretendidamente neutra de la burocracia, un tipo ideal entre otros, y la crítica, valorativamente cargada con tintes sombríos, de sus rasgos y limites (y, metonímicamente, como alertador de incendios de una fría y descarnada Modernidad), podría reclamarse heredera la meditación sobre la técnica, y la meditatio mortis jungeriana a ella enlazada. No será éste, sin embargo, el engarce que planteo al retomar el ya clásico locus weberiano, sino uno más directo,5 que liga esa burocratización a la dimensión civil, tanto como a la bélica, como dos caras de una misma moneda (cuestión esta, por otro lado, ya explicitada, entre otros lugares, en la noción jungeriana de movilización total).6

Una propuesta heurística de la que podría hacerse eco Weber, y que suscribiría Jünger, es la de que vivimos en un mundo tecnificado, maquinal,7 y no sólo en el sentido del progreso científico-técnico, sino en este más amplio señalado, que permea más amplia, y constrictoramente (productoramente, que diría Foucault si aludiéramos a las relaciones de fuerza que constituyen el poder), nuestras vidas. Naturaleza maquinal que ya en la época que nos ocupa, en torno al ascenso y crisis de la Republica de Weimar, se habría volcado en un proceso de progresivo acrecentamiento de su complejidad.8

Complejidad ésta que tanto apuntaría a una progresiva reducción de la propia vida al desempeño de una profesión, a la segmentación de la experiencia fabril, del trabajo en la cadena de montaje, en las más diversas tareas (con lo que se perdería de vista el resultado global de las ocupaciones en la cada vez más pregnante vida sociolaboral); como a la ampliación del principio maquinal del máximo rendimiento y junto con ello, a la ya sugerida autoexpansión ilimitada de la maquinización o creación de un imperio colonial de servicios9 en el mundo de la vida. Éste es el Jano moderno que habría presentado en la época que nos ocupa, y tal como quedará recogido en los textos de Jünger, al menos una doble faz, la primera hostil e inhóspita, la segunda amable y hospitalaria (ligadas ambas por una especie de alquimia secreta, que transmuta metales nobles en gases venenosos y el gran cuerpo de la nación en un ara de sacrificios individuales).

La ciencia y la industria, pero también la burocratización amplia o la extensión comprehensiva del Estado, no sólo habrían garantizado una mayor eficacia, comodidad y bienestar. Junto con la unificación y homogeneización, que facilita las cosas, propiciando una bonanza económica para una amplia clase media, así como mejoras en los más diversos ámbitos, como, por ejemplo, en las ciencias de la salud; el desarrollo tecno-administrativo, al menos en el ámbito temporal y geográfico que nos ocupa, también habría dado pie a conflictos bélicos más amplios,10 o al menos, habría dotado a los ejércitos de una organización burocrática, que se habría sumado al proceso de burocratización general ya señalado por Weber.

Asimismo, una serie de características técnicas, estratégicas o armamentísticas, también se habrían ido integrado en ese febril proceso de tecnificación. Movilización maquinal mundial a la que tanto coadyuvan los rasgos de eficacia, abstracción, impersonalidad, efectividad o masificación, que caracterizarían el proceso de modernización, desvelándose así el entramado más negro del «progreso» (así como, en ultima instancia, la irracionalidad en el seno de procesos máximamente racionales, o las derivas/ efectos destructivos de procesos constructivos y, aparentemente, máximamente felicitantes y liberadores).

Pero si éste pudiera parecer el lado menos amable, y por donde conectaría la «experiencia» de la modernización weberiana con la de Jünger, y su posterior reflexión (como puede verse, superficialmente en las menciones del autor a la «batalla de papel», a la que deben enfrentarse los mandos intermedios en el frente, así como la cada vez más detallada planificación de las acciones bélicas, tal como principalmente se destaca en los últimos enfrentamientos, ya introducido, siquiera sea parcialmente, el rostro de la guerra técnica, o también, por lo que hace a la tecnificación/ maquinización, como veremos, de los rasgos asociados a la batalla de material), tampoco sería mucho más amistoso el otro.11

Pues el avance de las ciencias humanas, el desarrollo de los sectores y profesiones dedicadas a velar por el bienestar del conjunto social y a aumentarlo, parecerían con el proceso de modernización, y ya en la época que concita mis intereses, alimentar el ideal utilitarista de la máxima felicidad para el mayor número de personas posible, y con el progreso de la medicalización social (entendida esta expresión en sentido amplio), y demás encarnaciones de una rosácea promesse de bonheur ilustrada sui generis, nada parecería más obvio que el contraste con la cara oscura precitada.

Como adecuadamente señala Peukert (aunque con objetivos diversos de los míos), en los territorios germanos, con el cambio de siglo a los grandes avances en la ciencia médica, se unieron los de los cercanos campos de la psicología y pedagogía, entre otros, con tesis análogas a las médicas y proyectos de diagnóstico científico de la personalidad y métodos terapéuticos para la eliminación y prevención de desajustes sociales y culturales (equiparando, pues, el combate contra la enfermedad a la lucha frente al desvío de la norma social o standard «sano»). Todo ello condujo, en suma, a la apertura de un nuevo paradigma de higiene social, dirigido al establecimiento, entendido como factible, de las causas sociales de la enfermedad y de las desviaciones.

La emergencia del nuevo discurso sociocientífico coincidió con drásticos cambios en las condiciones de vida, sociales e individuales, destacando para mis intereses al menos uno de los efectos más visibles de tal cambio: la reducción de la mortalidad y la elongación del ciclo vital, lo que sumado a los discursos científicos y las técnicas/ teorías mencionadas, devino en un desarrollo de una especie de «Estado terapéutico» (Szasz). La muerte había dejado de ser un acontecimiento cotidiano, y resultaba mucho más sencillo expulsarla a espacios ajenos al propio entorno, así como reducirla a simple acontecimiento declinado siempre en tercera persona,12 aunque su retorno, convertida ahora especialmente en excepción que interrumpe la normalidad de la vida, chocaría con el ideal utópico de juventud, salud y vida sin límites forjado al calor del ascua técnica, en el hogar de la Modernidad germana.

Y si el avance científico-técnico no podía detener/ eliminar el sufrimiento, si la perfección tecnológica y el Estado previsor no podían normalizar el estado de salud, si la vida individual se apagaba, todavía podría movilizarse la esperanza, en todo caso, a las trincheras de un cuerpo mayor, de un cuerpo que podría pretenderse eterno, siempre joven, invencible, saludable como el mejor deportista y flexible como para poder enlazar en su seno a los frágiles individuos, pequeñas cifras del gran numero, del «cuerpo» de la nación o Volkskörper, ideología o mito pues que tendría en este contexto uno de sus puntos de arranque o de inflexión.13

En este Estado, el ciudadano, sacrificados en virtud de la movilización técnica la mayor parte de las antiguas estructuras estamentales y los restantes vínculos del Ancien Regime, habría adquirido, junto con una nueva dignidad en esa móvil sociedad o espacio de taller, una serie de responsabilidades y compromisos. La muerte del individuo en pro de la patria, los discursos en que la continuidad del gran cuerpo de la nación se sostiene sobre el sacrificio del soldado-ciudadano, se entrelazarían con la constitución de éste en tanto que dotado de derechos políticos, privilegios que la donación siempre latentemente exigida corroboraría. Más aún, al Moloch estatal así constituido (y, en última instancia, a la lógica sistémica invasora general, pues Estado e industria, desde la lectura jungeriana se entremezclarían en un mismo cauce), le sería muy conveniente el discurso mitológico del sacrificio y del cuerpo de la nación, en tanto en cuanto así la muerte o el sufrimiento, como en el esquema teológico tradicional, aquí importado, cobraría un sentido a la luz de un destino más amplio, del cero al infinito, en el que el sufrimiento o la muerte no habrían sido productos del azar de un tiro a ciegas. Consolación encegadora, pero efectiva, que daría cuenta de la efímera vida de los individuos, más en el campo de batalla, permitiendo su conversión en instrumento a disposición del Leviatán o munición de combate en las batallas de material o en la guerra técnica.14

Esa es una de las consecuencias ético-políticas que podrían desprenderse del dominio de la técnica, y que sería posible ligar a la reflexión sobre la cuestión de la muerte en Jünger, señalando los vínculos y las distancias que mantiene con la ideología sacrificial, la supremacía del Estado tecnificado y la total administración de las vidas, que empezaba a despuntar ya en esa época y contexto. No en vano ligaba el hermano de nuestro autor, Friedrich Georg Jünger, guerra técnica y de material con el trabajo moderno en la industria, que en el contexto de la batalla moderna adquiere un cariz bélico, como la vida al completo. Vinculaba así la eliminación física en la batalla con el borrado del sujeto que deparan los procesos de modernización,15 cuando ha desaparecido la distinción entre frente y retaguardia, entre soldado y civil (y entre maquinaria y sujeto que la padece o conduce, al menos para la imaginación moral).

Vínculos refrendados por otros, también observados por alguno de esos avisadores de incendios como, por ejemplo, el que se establece entre el homicidio masivo, a distancia y cada vez mas abstracto, que propicia la técnica moderna y la distancia que logra establecer la estructuración burocrática, la mediación técnica, la segmentación de tareas, de la que he tratado al mencionar el proceso de modernización acelerado que el cambio de siglo deparó en Alemania (y que hoy en día se da de modo global). Los campos de concentración serían ejemplos de reificación de la muerte con medios técnicos, lo que les daría la forma de un «trabajo limpio», así como también las grandes matanzas bélicas, sobre las que tantas veces volvió Jünger su mirada entomológica.

En ambos casos se manifestaría lo «monstruoso»,16 posible en este mundo moderno abocado a la tecnificación o maquinización total, también desde la lectura jungeriana, con las características reseñadas que promueven la distancia entre acciones, siempre humanas,17 y efectos o resultados globales. Si las mediaciones, la fragmentación que introducen los procesos, industrales, bélicos, concentracionarios, han aumentado sin cesar, no lo habrían hecho así nuestras capacidades para sentir, imaginar y reaccionar, para hacernos cargo. En suma, con el aumento de la técnica, de la racionalidad, con la promesa de una claridad ilustrada, se habría habilitado, más bien, el espacio en que se desarrollaría la totalización tecnoadminstrativa de los Estados, con sus oscuras consecuencias, consonantes con la oscuridad del medio, que depara el fracaso de una imaginación moral asediada por el incremento ingente de sus tareas, en virtud de la tecnificación.

En los frentes de la Guerra del 14, pues, no sólo se borró pronto la ilusión primera con que se acudía al combate, los sueños de heroísmo resecados sobre el tedio de las trincheras, sino que más allá de esto, según la lectura jungeriana, lo que últimamente se borra es el individuo. De sus descripciones se desprende que en los paisajes calcinados por la guerra de material debía ser muy difícil descubrir seres humanos, ya que pronto nada quedaba que no fuese mero objeto ruinoso. Desaparición del sujeto y pérdida de las señas de identidad que no serían sino efecto de la guerra que la técnica declara al individuo, explicitada en este tipo de combates.18

Esta desolación de los paisajes, que produce el arrasamiento del fuego, y que pulveriza tanto lo familiar en el mundo, la «civilización», como las identidades presas en sus campos magnéticos, sería semejante al arrasamiento de las certezas, a la desconfianza respecto del mundo en que nos habrían situado, desde sus inicios, la Revolución Científica y, más allá de esto, la serie de rasgos con que la técnica, desde la lectura jungeriana nos habría ido configurando.

La paralela invasión de la técnica, en el ámbito laboral y en el bélico tal como aparece en la obra de Jünger, puede trazarse, precisamente ya de entrada, en el carácter de artefacto de paisaje bélico. Destrozado por el empleo de material industrial, el campo de batalla almacena tanto los cadáveres de los soldados, convertidos en munición y combustible del proceso técnico, como los restos de armamento. El paisaje tecno-industrial del no man´s land devendría metafórica fabrica moderna, principalmente en tanto que convierte en meras piezas a los soldados, que aseguran el funcionamiento del mecanismo siendo perfectamente sustituibles y eliminados con la misma facilidad con que se cambia una pieza de una máquina cuando deja de funcionar.19

Y junto a esto, la transformación operada en los textos de Jünger de guerrero, artesano de la muerte, a jornalero de la aniquilación o material maleable y fungible. En el espacio bélico-industrial que diseña la técnica, pues, el sujeto desaparecería, y en el caso de la guerra este carácter total del trabajo se evidenciaría mediante la reducción del soldado a mero numero, función, aquí no del proceso productivo, sino del destructivo, tal como se revelaría, de forma paradigmática en la forma de su anihilación. Al «soldado desconocido» se le eliminaría de modo impersonal, con medios técnicos, fuego masivo, armamento de precisión, y el azar repartiría una muerte sin solemnidad, ni gloria alguna. De este modo, y en general, cabe decir que igual que privado de todo rostro el uniformado labrador de los campos de la muerte bélica, reproduce el tipo que la técnica acuña y en su anonimato se desplaza en el seno del peligro, así el trabajador, elemento anónimo de la cinta sin fin destinada a la producción bélica (pues todo lo estaría), se vería igualmente compelido a su conversión en tipo, a su uniformización e, igualmente, se asentaría sobre el peligro, sólo que aquí, en el contexto fabril, lo haría de modo inconsciente.

En la guerra moderna, la Guerra Total20 se manifestaría pues la alianza completa entre técnica, guerra y voluntad de poder. En ella todo se reduciría a puro objeto, a nuda vida e impersonal, abstracta eliminación. La racionalidad científica que llevaría al desarrollo de la técnica en los diversos campos, escaparía al control de los sujetos burgueses, diseñándolos en los términos referidos como meros objetos (superada pues la distinción entre sujeto-objeto por el lado de la objetualización), y dada su lógica expansiva, acabaría reduciendo todo ámbito vital y todo viviente a material explotable, en la guerra, en la fábrica, en el campo de concentración.

El punto en que se reestablece la conexión con la crítica de la técnica jungeriana vendría dado pues por el paralelismo que puede establecerse entre este distanciamiento, propio del combate técnico, y el que en el espacio del trabajo y de la burocracia, se produce. También la tecnificación burocrática genera distancias, disminuye simpatías y facilita una reducción a meros números de grandes cantidades de gente sometidas a sus procesos.

En ambas vertientes de la vida tecnificada, se propiciaría asimismo, por la propia dinámica de la técnica, la disolución de la responsabilidad en el interior del laberinto burocrático, en las innumerables mediaciones que segmentan el proceso productivo, del que el trabajador es tan solo una función, o en la cadena de mando y las mediaciones tecnológicas que configurarían el moderno rostro de la guerra. En ese sentido serían posibles las mayores atrocidades, o la crueldad más negra, tal y como lo crítica Jünger, dada la reducción bajo mínimos de los recursos morales, de las posibilidades de una cierta identificación o del simple recurso del viejo guerrero al honor y reconocimiento del adversario, ahora simple número, ni siquiera puntito en el espacio geométrico de las fotografías aéreas (remedo de aquel espacio técnico en que agonizaría el sujeto, al que eliminaría fabrilmente, asimismo, el desencadenado proceso técnico o sus diseñadas herramientas tecno-humanas).21

Ésta es pues la lucidez que exhibe la meditatio mortis jungeriana, el pensamiento en torno al morir en la época de la técnica y, por lo tanto, en torno al vivir o su sucedánea supervivencia en un mundo automatizado. Pero esta lucidez y precisamente en su núcleo, el morir, está más plagada de tensiones, si cabe, que las ya explicitadas en mis análisis previos. La muerte se lee como sinsentido, como algo absurdo, por las características propias de la guerra técnica (extensibles a la sociedad movilizada como un todo) y la prosa jungeriana parece en muchos momentos, sobre todo cuando con más detalle describe el horror en sus escritos, no rehuir esto. Sin embargo, en otros muchos momentos, en esos mismos escritos y, de manera eminente, en sus ensayos postbélicos no es esto lo que sucede, sino que el intento de aplicar un cauterio de sentido mediante sus escritos al absurdo de la muerte bélica, deviene en intento de consolación mediante el recurso a las legitimaciones, a la algodicea, a la trascendencia.

Enfrentarse al sinsentido de la muerte no supone, al menos en Jünger, optar por el cinismo nihilista y la querencia del abismo. Antes bien, lo que se propone mediante esta visión entomológica de la muerte es una reformulación de la ars moriendi perdida en el mundo tecnificado. El temerario o corazón aventurero que pone en juego su vida, que se enfrenta a la posibilidad más radicalmente nuestra, la de la muerte, puede disfrutar plena y libremente de la vida22 (lo que, por cierto, enlaza con las observaciones en sentido contrario, de la inversión de la muerte, su tabuización en la modernidad, según Ariès y Thomas, con lo que la mostración del sinsentido, del horror, daría nueva forma al avatar de un pensamiento a contracorriente, intempestivo, tan caro a Nietzsche).

Sin embargo, el pensamiento jungeriano, no muestra una sola faceta y como he adelantado, junto a esta escritura, y sumándose al aluvión de textos de trinchera y reflexiones posteriores que pretendían dotar de sentido y unidad, a lo que se vivió fragmentariamente y como mero absurdo,23 Jünger también trató de aferrarse en diversos momentos y con diversas estrategias, a un cierto orden superior donador de sentido y consolador de las pérdidas. Aunque, y de nuevo aquí se muestra su productiva tensión, sin que esta consolación tuviera, en su caso, el carácter de una estrategia de legitimación política, esto es, sin la rentabilidad de los discursos sacrificiales a los que antes he aludido.24

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1 Cf. Thomas, 1991: 11, 21.

2 Pese a las declaraciones explicitas en sentido contrario de historiadores como Ariès, que precisamente atacarían el teoreticismo, proponiendo el abandono o despreocupación respecto de la dimensión que ellos denominan «metafísica» (y el mismo filo crítico serviría para herir la analítica heideggeriana), cuya lógica de la presuposición cabría, aunque mi objetivo será más modesto, cuestionar como aquejada quizá de una precomprensión de lo que sea la muerte, de corte individualista, que la mirada cercana del hermeneuta histórico—literario, podría develar (como veremos al tratar de la importancia del Volkskörper en la Alemania de Weimar y su deriva nazi, así como su reflejo en la ambigua lógica de la expiación que, por momentos, destella en los bélicos textos jungerianos)).

3 Desgranaré algunos otros junto con éstos, por supuesto, aunque los rasgos proteicos del proceso me obligarán a una selección de los más relevantes para la cuestión que concita mis intereses (estas características, por cierto, las retomo de Peukert, en Childers (ed.), 1993: 239, texto muy iluminador, desde su limitada perspectiva, y sobre el que volveré en repetidas ocasiones).

4 Cf. González García, 1989: 26-28.

5 Aunque la ambigüedad weberiana no puede dejarse completamente de lado en una lectura atenta de la obra de Jünger, con su vacilación entre el aplauso por la eficacia prusiana de una administración despersonalizada y totalizante, y el lamento por un futuro con una sociedad dominada por esa clase de material humano (con las subsiguientes aberraciones derivadas de la mística de la obediencia a la autoridad, del cumplimiento del deber, que tal sociedad, entre otras cosas, propiciaría).

6 Es éste un concepto metapolítico, que tanto se manifestaría en momentos de esfuerzo bélico, por ejemplo la Guerra del 14, como en tiempos de paz. La movilización total supondría, en su forma más abstracta, una concentración de poder cada vez mayor en el Estado y una ofensiva contra la libertad individual, de manera que, en el límite no quedara nada que no cupiera concebir como una función de aquel (cf. Jünger, 2003b: 97-99).

7 «Principales responsables de lo monstruoso (...) dos causas (...) la segunda: “la naturaleza maquinal (o de aparato) de nuestro mundo actual.” (...) La agravación de la actual división del trabajo, en efecto, no significa otra cosa que el hecho de que nosotros, en nuestro trabajo y en nuestra acción, estamos condenados a concentrarnos en minúsculos segmentos del proceso global. (...) El principio de las máquinas (...) contiene ya las condiciones en virtud de las que el mundo entero se convierte en máquina. (…) El máximo rendimiento. » (cf. Anders, 2001: 51-52).

8 Característica ésta que, al decir de algún pesimista cultural famoso, como inopinadamente podría serlo Wittgenstein, definiría el «progreso», rasgo central de la no muy estimada por el filosofo austriaco «civilización» (progreso este que, como se asevera en el motto de las Investigaciones Filosóficas, citando a Nestroy, sería algo menos grande de lo que parece): «Nuestra civilización se caracteriza por la palabra «progreso». El progreso es su forma, no una de sus cualidades, el progresar. Es típicamente constructiva. Su actividad estriba en construir un producto cada vez más complicado. Y aun la claridad está al servicio de este fin; no es un fin en sí. » (Wittgenstein, 1995: §30).

9 Anders, 2001: p. 52.

10 Véase, de nuevo, la perspicaz, desde el punto de vista desde el que traza sus constelaciones, o ilumina determinados aspectos, lectura wittgeinsteniana (cf. Wittgenstein, 1995: §364).

11 Como se desprende, por ejemplo, de las reflexiones, a medio camino entre la constatación, la exaltación y la advertencia o prognosis fatídica, en torno a la técnica, que enlazan tanto con las «experiencias» de guerra, como con las urbanas, «pacificas» (vale la pena consultar Jünger, 2003a, especialmente «Endivias violeta», «El horror», «El canto de las máquinas» o «En la trastienda de las cafeterías» y contrastar lo que allí se dice con algunos pasajes de Dirección única, de un crítico destacado de Jünger, como lo fue Walter Benjamín (cf. Benjamín, 2002: 34, 41); en ambos surge la relación entre urbe, civilización, guerra, y barbarie, entre la máxima seguridad y desarrollo técnico, el progreso de la racionalidad ilustrada, y su producto peligroso, catastrófico, amenazante u horroroso).

12 Cf. Ocaña, 1993: 18-19.

13 Cf. Peukert, 1993: 238-239.

14 No es exactamente éste el tipo de mentalidad expiatoria a la que recurrirá, parcialmente, Jünger, aunque, no deje de tener en cuenta, al apelar no tanto a una cierta «necesidad natural» o a una legalidad secreta, en el caso de la guerra, el sufrimiento y la muerte, como al tratar de la consolación por la anihilación singular mediante el recurso a la inagotable vida que brotara luego, de la semilla o grano que al caer en la tierra muere y da fruto, o con las referencias a la importancia universal de determinados momentos históricos, de episodios del combate (por contraste con el tedio cotidiano y la muerte imprevista, ciega y azarosa que el enemigo abstracto depara), ese tipo de consolación por la filosofía, de la historia, o de trascendencia que dotaría de pleno sentido a las matanzas masivas en la Europa de la Guerra del 14.

15 Cf. Jünger, 1953: 190-191.

16 Cf. Anders, 2001: 23.

17 Ni comparto las lecturas que, sustituyendo al individuo por un proceso sin sujeto, podrían derivar en una eliminación de las responsabilidades morales por las acciones, naturalizadas o tecnificadas, cometidas, ni la idea de que la alteración del propio sujeto bajo la férula de la máquina, dotándolo de los rasgos maquinales, lo convertiría en otro objeto (aunque sí la interpretación que entiende que con la técnica el sujeto se reduce a material fungible, a disposición del mecanismo que lo consume como trivial munición o combustible, así como al hecho de que la técnica introduciría un factor diferencial respecto a las circunstancias de un pasado más o menos reciente).

18 Cf. Ocaña, 1996: 19-20; «Entre las nueve y las diez de la noche el fuego alcanzó una virulencia demencial. La tierra temblaba, el cielo parecía una inmensa caldera en ebullición. (...) Sentíamos en los oídos y en la cabeza violentos dolores; por ello, la única forma de entendernos consistía en aullar palabras, que se quedaban cortadas. La capacidad de pensar lógicamente y el sentimiento de la gravedad parecían anulados. » (cf. Jünger, 1987: 100-101), véase también, hacia el final del libro, el pasaje en que recoge, sintácticamente, la fragmentación de la experiencia propia del que ha estado inmerso en una guerra de estas características (ligándola a la lectura de un libro fragmentario y rupturista como sería el Tristram Shandy).

19 Sería un espacio de taller, noción esta jungeriana con que vendría a expresar en El trabajador un rasgo de la Modernidad, la provisionalidad de todas las cosas, el carácter de manufactura, de artefacto de escasa duración, la fragilidad de la realidad que nos envuelve (con el subsiguiente peligro para nuestra integridad física, máxime cuando el taller, asimismo espacio de la técnica, también nos habría tallado a nosotros).

20 Noción desarrollada en primer término por un estratega, el general italiano Giulio Douhet (1869-1930), que desarrollaría una extensa obra en el campo de la técnica y la táctica militares, cuyo objetivo era aplicar la eficacia de los métodos científicos al arte bélico. Sobre la base de la experiencia de la Guerra del 14, Douhet fue uno de los primeros en defender la justificación pragmática de la aniquilación masiva, así como la indistinción entre frente y retaguardia, entre combatientes y no combatientes. Sus tesis, recogidas en manual, tuvieron enorme éxito y difusión mucho más allá de la Italia de Mussolini, como la II Guerra Mundial y los conflictos posteriores han venido a confirmar reiteradamente (cf. Ocaña, 1993: 210-211).

21 No comparto, sin embargo, el pesimismo de esta exposición-relectura de las ideas jungerianas o, al menos, el fatalismo que de su meditación sobre la técnica (y de la heideggeriana) se desprende. Puede que las posibilidades de actuar en contra del proceso de tecnificación se vayan minimizando, que el sujeto se diluya en ambos lados de la mirilla telescópica del arma y de la tecnificación, que de ello puedan seguirse las mayores atrocidades (como de hecho, ha sucedido), pero que el reto sea mayor no implica que no continúe siendo un reto al que el sujeto puede enfrentarse. Derivar el «totalitarismo político» del «totalitarismo de la técnica» tanto encubre responsabilidades políticas, como genera un derrotismo y una dinámica de colaboración con aquellos procesos técnicos que se encaminan a nuestra eliminación, en tanto que sujetos políticos y morales.

De hecho, aun cuando es posible derivar ese fatalismo de la obra de Jünger, donde el rostro de la técnica que diseña el tipo cubriendo los rostros de las personas acaba por diluir estas (Bolz, 1981: 166), y la narcosis del automatismo deviene en normalizado y insalvable estado, también es posible ver lo que de reto a las potencialidades humanas representa. La crítica o meditación sobre la técnica jungeriana sería pues, en parte, ambiguamente, instancia propiciadora, propulsora de las capacidades emancipatorias de los individuos.



22 Cf. Ocaña, 1993: 19-20, 33-39, 175ss.

23 Cf. Jünger, 2005: 18-19.

24 Difíciles de resistir en el seno de una realidad como la nuestra, si seguimos la interpretación pesimista de Jünger y el resto de los autores reseñados, caracterizada por la reducción de la vida a la esfera de un trabajo omniabarcante, siendo este a su vez el resultado de una segmentación minúscula, en la que el sujeto ocuparía una modesta parcela o función. En esta tesitura, la muerte bélica puede presentar los bellos colores de una vida justificada por la entrega a una causa mucho mayor, donadora de una unidad estructural frente al anterior mero proceso o sucesión cronológica de momentos laborales idénticos. Pero aunque el discurso jungeriano, en algunos momentos parecería acercarse a esta tonalidad (como cuando en El combate como experiencia interior apela a la idea del sacrificio por un ideal, la muerte honorable de los guerreros de antaño por la patria, remedable en la del soldado de la Guerra del 14, y, sobre todo, con su reflexión sobre la convicción respecto de la validez suprema reservada a la muerte por un ideal, aunque estuviere errado (cf. Jünger, 1997: 156ss)); en general, en su discurso este sentido de la legitimación esta ausente (quizá porqué en la concepción jungeriana ya la marcha triunfal de la técnica habría arrasado los ídolos y las viejas banderas, y tales justificaciones ideológicas serían, en el contexto de la guerra de material, innecesarias (cf. Jünger, 1990: §47)). Y es por ello que resultaría aún más interesante contrastar lo que su posición ofrece con las declaraciones de otros teóricos, interpretes de los procesos de modernización, como el ya citado Max Weber (un militarista y defensor convencido de las tesis sacrificiales de la muerte por la patria, tal como se desprende de sus textos y documentos personales. Véase Weber, 1995, especialmente el capítulo XVI, titulado «El servicio»).




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