Erich Fromm



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E. SUGESTIONES PRÁCTICAS 

La cuestión está en si pueden crearse para toda nuestra sociedad condiciones análogas a las creadas por los comunitarios. La finalidad, entonces, consistiría en crear una situación de trabajo en que el hombre dedique su tiempo y su energía a algo que tenga sentido para él, en que sepa lo que hace, influya en lo que se está hacíendo, y se sienta unido a sus semejantes antes que separado de ellos. Esto implica que la situación de trabajo ha vuelto a ser concreta; que los trabajadores están organizados en grupos lo bastante reducidos para permitir al individuo relacionarse con el grupo como seres humanos reales y concretos, aunque la fábrica en su totalidad tenga muchos miles de trabajadores. Esto significa que se han encontrado métodos para combinar la centralización y la descentralización que permiten la participación activa y la responsabilidad de todo el mundo, y que al mismo tiempo crean una dirección unificada en el grado necesario.

¿Cómo puede hacerse esto?

La primera condición para una participación activa del trabajador es que esté bien informado no sólo acerca de su propio trabajo, sino acerca de lo que hace la empresa en su conjunto. Ese conocimiento es conocimiento técnico del proceso del trabajo. Un trabajador quizás no tiene que hacer más que un movimiento especial en la correa de transporte, y para eso basta que se haya preparado durante dos días o dos semanas; pero su actitud total hacia el trabajo sería diferente si supiera más de todos los problemas que implica la producción del artículo acabado. Ese conocimiento técnico puede adquirirse en primer lugar asistiendo a una escuela industrial, simultáneamente con los primeros años de trabajo en la fábrica. Puede adquirirse, además, asistiendo constantemente a cursos técnicos y científicos dados a todos los obreros de la fábrica, aun a costa de tiempo restado a la jornada. (Ya hacen esto, como primer paso en esa dirección, algunas de las grandes ernpresas industriales. Los comunitarios han hecho ver que durante las horas de trabajo no sólo puede darse enseñanza técnica, sino enseñanza de otras muchas clases.) Si el procedimiento técnico empleado en la fábrica es objeto de interés y de conocimiento para el trabajador, si su propia actividad mental es estimulada con ese conocimiento, hasta el mismo trabajo técnico monótono que tiene que hacer tomará otro aspecto. Además del conocimiento técnico acerca del proceso industrial, es necesario otro: el de la función económica de la empresa en que trabaja y sus relaciones con las necesidades económícas y los problemas de la comunidad en general. Asistiendo a una escuela industrial durante los primeros años de su trabajo y proporcionándole constantemente información relativa al proceso económico en que participa la empresa, el obrero puede adquirir un conocimiento verdadero de su función dentro de la economía nacional y mundial.

Aunque ese conocimiento del proceso del trabajo y del funcionamiento del conjunto de la empresa sea muy importante técnica y económicamente, no es bastante. El conocimiento y el interés teórico se estancan si no hay modo de llevarlos a la práctica. El obrero puede convertirse en un participante activo, interesado y responsable, únicamente si puede influir en las decisiones que afectan a su situación individual de trabajo y a toda la empresa. Sólo se vencerá su enajenación del trabajo si no es empleando el capital, si no se le limita a recibir ordenes, si se convierte en un sujeto responsable que emplea capital. Lo principal aquí no es la propiedad de los medios de producción, sino la participación en la dirección y en las decisiones que se adopten. Como en la esfera política, el problema está aquí en evitar el peligro de una situación anarquica, sin una planificación y una dirección centrales; pero no es inevitable la alternativa entre una dirección autoritaria centralizada y una dirección sin plan ni coordinación ejercida por los trabajadores. La solución está en combinar la centralización y la descentralización, en una síntesis de decisiones adoptadas de arriba abajo y de abajo arriba.

El principio de la codirección y la participación de los obreros (Véase las ideas Expresadas por G. G. Friedmann en su sabio y estimulante estudio titulado Machine et Humanisme, Gallimard, París, 1946, en especial pp. 371 ss. Uno de los grandes maestros de la sociología, y una de las grandes personalidades de nuestro tiempo, Alfred Weber, en su profundo Der Dritte order der Vierte Mensch, Piper Co. Munich, 1953, llega a conclusiones análogas a las que exponemos aquí. Subraya la necesidad de la codirección de trabajadores y patronos y la reducción de las grandes empresas a unidades menores de dimensiones óptimas , al mismo tiempo que la abolición del móvil de la ganancia y la adopción de forma socialista de competencia. Pero no bastará ningún cambio externo: "Necesitamos unanueva cristalización humana-" (Loc. cit., pp. 91 ss.) puede realizarse de tal manera, que la responsabilidad de la dirección se divida entre la jefatura central y los hombres de filas. Grupos pequeños bien informados discuten asuntos de su propia situación de trabajo y de toda la empresa; sus decisiones se comunican a la dirección y deben ser la base de una codirección verdadera. Como tercer participante, el consumidor debiera participar en alguna forma en la adopción de decisiones y en la planificación. Una vez aceptado el principio de que el objetivo primordial de todo trabajo es servir al hombre, y no hacer ganancias, los que son servidos tienen algo que decir de la actuación de quienes les sirven. Tampoco ahora, como en el caso de la descentralización política, es fácil encontrar esas formas, pero no es, ciertamente, un problema irresoluble, siempre que se acepte el principio general de codirección, etc. Hemos resuelto problemas análogos en derecho constitucional, en relación con los derechos respectivos de los diversos poderes del estado, y en las leyes sobre sociedades hemos resuelto el mismo problema, en relación con los derechos de las diversas clases de accionistas de la dirección, etc.

El principio de la codirección y de la codeterminación supone una seria restricción al derecho de propiedad. El propietario o los propietarios de una empresa tendrán derecho a percibir un tipo razonable de intereses por la inversión de su capital, pero no al mando sin restricciones sobre los hombres a quienes ese capital puede ocupar. Por lo menos, tendrán que compartir ese derecho con quienes trabajan en la empresa. Realmente, por lo que respecta a las grandes sociedades anónimas, los accionistas no ejercen en realidad sus derechos de propiedad adoptado decisiones; si los trabajadores compartiesen con la dirección el derecho a tomar decisiones.de hecho el papel de los accionistas no cambiaría en nada fundamental. Una ley que estableciera la codirección sería una restricción del derecho de propiedad, pero de ningún modo significaría un cambio revolucionario de tal derccho. Aun un industrial tan conservador como el protagonista del reparto de utilidades en la industria, J. F. Lincoln, propone, segun hemos visto, que los dividendos no excedan de una cantidad relativamente fija y constante, y que la ganancia excedente de esa cantidad se reparta entre los trabajadores. Aun sobre la base de las condiciones actuales, hay posibilidades para la codirección y el control de los obreros. Por ejemplo, B. F. Fairless, presidente del consejo de la United States Steel Corporation, dijo en un discurso reciente (publicado en forma resumida en el Reader's Digest de 15 de noviembre de 1953, p. 17) que los trescientos mil empleados de la empresa podían adquirir todo el capital común de la misma comprando 87 acciones cada uno, con un costo total de 3,500 dólares. "Invirtiendo 10 dólares (semanales) cada uno -que es aproximadamente lo que ganaron nuestros trabajadores del acero con el reciente aumento de salarios-, los empleados de la U. S. Steel podrían comprar todo el capital común pendiente en menos de siete años." En realidad, no tendrían que comprar todo eso, sino la parte suficiente para tener mayoría en las votaciones.

Otra propuesta ha formulado F. Tannenbaum en A Pbilosopby of Labor. Sugiere que los sindicatos podrían comprar suficientes acciones de las empresas a cuyos obreros representan, para controlar la dirección de dichas empresas. (F. Tannenbaum, A Philosophy of Labor, loc. cit.) Sea cualquiera el método que se emplee, es un método evolucioniste que no hace más que, continuar las tendencias ya existentes en las relaciones de la propiedad, y son medios para un fin -y sólo medios-: hacer posible que los hombres, trabajen por un objetivo que tenga sentido para ellos y de un modo que también lo tenga; y que no sean meros portadores de una mercancía -fuerza física y habilidad- que se compra y se vende como cualquiera otra mercancía.

Al estudiar la participación de los obreros hay que insistir en un punto importante, a saber, el peligro de que dicha participación se desenvuelva en el sentido de las ideas relativas a la participación en las ganancias, del tipo del supercapitalismo. Si los obreros y empleados de una empresa se interesaran exclusivamente por su empresa, la enajenación entre el hombre y sus fuerzas sociales no cambiaría. La actitud egoista y enajenada no haría más que extenderse de un individuo al "equipo". Por lo tanto, no es parte accidental, sino parte esencial de la participación de los trabajadores, que miran más allá de su propia empresa que se interesen por los consumidores y se relacionen con ellos, así como con otros trabajadores de la misma industria, y con la población obrera en general. La creación de una especie de patriotismo local para la empresa, de un esprit de corps análogo al de los estudiantes de universidades y colegios, tal como lo recomiendan Wyatt y otros psicólogos sociales ingleses, no haría más que reforzar la actitud egoísta y antisocial que es la esencia de la enajenación. Todas esas sugestiones favorables al entusiasmo de "equipo" ignoran que sólo hay una verdadera orientación social, a saber la de la solidaridad con la humanidad. La cohesión social dentro del grupo, unida al antagonismo con el forastero, no es un sentimiento social, sino egoísmo ampliado.

Al terminar estas observaciones sobre la participación de los trabajadores, quiero insistir de nuevo, aun a riesgo de repetirme, que todas las sugestiones en el sentido de la humanización del trabajo no tienen por finalidad aumentar la producción económica ni es su meta una satisfacción en el trabajo per se. Sólo tienen sentido en una estructura social totalmente diferente, en que la actividad económica es una parte -y, una parte subordinada- de la vida social. No se puede separar la actividad del trabajo de la actividad política, del empleo del tiempo libre y de la vida personal. Si el trabajo se hiciera interesante sin que se humanizaran las demás esferas de la vida, no tendría lugar ningún cambio verdadero. En realidad, no se haría interesante. El mal de nuestra cultura actual consiste en que separa y divide en compartimientos las diversas esferas de la vida. El camino hacia la salud está en superar esas divisiones y llegar a una unificación y una integración nuevas, dentro de la sociedad y dentro del ser humano individual.

He hablado antes del desaliento que se ha apoderado de muchos socialistas ante los resultados del socialismo aplicado. Pero se va extendiendo la opinión de que la culpa no estuvo en el ideal fundamental del socialismo que es una sociedad no enajenada en que todo trabajador participe activamente y con responsabilidad en la industria y en la política; sino en la errónea importancia concedida a la propiedad privada contra la propiedad común, y en el olvido de los factores humanos y propiamente sociales. Paralelamente, se advierte cada vez con más claridad la necesidad de una concepción socialista centrada en torno de la participación de los trabajadores y en la codirección, en la descentralización y en la función concreta del hombre en el proceso del trabajo, y no sobre el concepto abstracto de propiedad. Las ideas de Owen, Fourier, Kropotkin, Landauer, y las de los comunitarios religiosos y seculares, se fusionan con las de Marx y Engels; uno se va haciendo escéptico para las formulaciones puramente teóricas de los "objetivos finales", y se va interesando más por la persona concreta, por el aquí y el ahora. Hay la esperanza de que los socialistas demócratas y humanistas se den cuenta cada vez más de que el socialismo empieza por casa, es decir, con la socialización de los partidos socialistas. Entendemos aquí el socialismo, naturalmente, no en relación con el derecho de propiedad, sino en relación con la participación responsable de todos y cada uno de los miembros. Mientras los partidos socialistas no realicen el principio del socialismo en sus propias filas, no pueden esperar convencer a los demás; sus representantes, si tuvieran el poder político, realizarían sus ideas con el espíritu del capitalismo, a pesar de las etiquetas socialistas que emplean. Lo mismo puede decirse de los sindicatos: puesto que su finalidad es la democracia industrial, deben implantar el principio de la democracia en sus propias organizaciones, y no manejarlas como se maneja cualquier otro gran negocio en el capitalismo, y aun peor en ocasiones.

El influjo de esta insistencia comunitaria sobre la situación concreta del trabajador en el proceso de su trabajo fue muy poderoso en el pasado, entre los anarquistas y sindicalistas españoles y franceses, y entre los social-revolucionarios rusos. Aunque la importancia de esas ideas ha disminuido durante algún tiempo en la mayor parte de los países parece que vuelven a ganar terreno lentamente, en una forma menos ideológica y dogmática y, por lo tanto, más real y concreta.

"En una de las publicaciones recientes más interesantes sobre los problemas del socialismo, los New Fabian Essays, puede advertirse la importancia creciente del aspecto funcional y humano del socialismo. En su ensayo sobre "The Transition from Capitalism", dice C. A. R. Crosland: "El socialismo requiere que la hostilidad, que prevalece en la industria deje el lugar a un sentimiento de participación en un esfuerzo conjutito. ¿Cómo puede conseguirse esto? La línea de avance más directa y fácilmente practicable está en la dirección de la deliberación conjunta. Mucho trabajo fructífero se ha hecho en esta esfera, ahora resulta claro que se necesita algo más que comisiones conjuntas de producción del tipo de las actuales, un esfuerzo más radical para dar al obrero la sensación de que participa en la adopción de resoluciones. Algunas empresas progresistas han dado ya pasos atrevidos, y los resultados son alentadores. (Véase C. A. R. Crosland, "The Transition frorn Capitalism" en New Fabian Essays, dir. por R. H. S. Crossman, Turnstile Press, Ltd., Londres, 1953 p. 66) Sugiere tres medidas: la ampliación en gran escala de la limitación reglamentaria de los dividendos o: "Una tercera posibilidad es modificar la estructura legal de la propiedad de las compañías, de suerte que el control único de los accionistas sea sustituido por una constitución que defina explícitamente las obligaciones de la empresa con el trabajador, el consumidor y la comunidad; los trabajadores formarían parte de la compañía y tendrían representantes en el consejo directivo. "En su trabajo titulado "Equality", R. Jenkins ve como solución en el futuro: "...en primer lugar, el que, habiendo entregado ellos, o habiéndoseles quitado, gran parte de su poder y, por lo tanto, de sus funciones, se permitiera a los capitalistas retener la parte sustancial de los privilegios de que aun gozan; y, en segundo lugar, o bien que la sociedad que está naciendo del capitalismo sea una sociedad participante y socialista demócrata, o bien que sea una sociedad directorial, dirigida por una minoría privilegiada que gozará de un nivel de vida sustancialmente distinto del de la masa de la población". Jenkins llega a la conclusión de que "una sociedad participante y socialista demócrata" requiere que la "propiedad de las empresas, cuando salga de las manos de individuos opulentos, no vaya a las del estado, sino a corporaciones públicas menos remotas", y que permita una mayor difusión del poder y "estimule a toda clase de personas a tomar una parte más activa en el trabajo y dirección de organizaciones públicas y voluntarias".

En, "The Organization of Industry" dice A. Albu: "Por felices que hayan sido los resultados de la nacionalización de las industrias básicas desde el punto de vista técnico y económico, no ha satisfecho el deseo de distribución más amplia y democrática de la autoridad, ni ha tomado ninguna verdadera medida de participación de los que trabajan en ellas en las decisiones directoriales y en su ejecución. Esto ha constituido un desengaño para muchos socialistas que no desearon nunca una gran concentración de podeer en el estado, pero que no tenían sino las más vagas y utópicas ideas de otras posibilidades. Las lecciones del totalitarismo en el extranjero y el desarrollo de la revolución directorial en el país han acentuado su ansiedad; tanto más cuanto que se ha visto que la ocupación total en una sociedad democrática plantea problemas cuya solución exige la sanción popular más amplia posible, basada en información suficiente y en maduras deliberaciones. La deliberación es menos feliz cuanto más se aleja de la discusión ante la tarea concreta; y el tamaño y estructura de las unidades industriales, y el grado en que pueden ejercer una iniciativa independiente se consideran, consiguientemente, cuestiones de suprema importancia. (New Fabian Essays, pp. 121,122) Lo que finalmente se necesita -dice Albu- es un sistema consultivo que sancione las decisiones de política, y una autoridad ejecutiva aceptada voluntariamente por todos los individuos de una industria. Cómo conciliar este concepto de la democracia industrial con el deseo más primitivo de autogobiemo, que movía a los sindicalistas y que subyacente en tantas discusiones relativas a la deliberación conjunta, es cuestión sobre la cual ha de investigarse aún mucho. Mas parece que debe existir algún procedimiento por el cual todos los empleados en una industria puedan tomar parte en las decisiones políticas de la misma, ya mediante representantes en el consejo elegidos directamente, o mediante un sistema jerárquico de deliberación conjunta, con poderes considerables. En cualquier caso, debe haber también una participación cada vez mayor del personal de las jerarquías subordinadas, en la interpretación de las normas políticas así como en la adopción de deci siones.

"La creación del sentimiento de la comunidad de propósitos en las actividades de la industria sigue siendo, por lo tanto, uno de los objetivos importantes y no alcanzados de la política industrial socialista."

John Strachey, que es el más optimista y quizá el más satisfecho de los resultados del gobierno laborista entre los autores de los New Fabian Essays, coincide con Albu en la necesidad de la participación de los trabajadores. "Después de todo -dice Strachey en Tasks and Acbievements of Britisb Labour-, lo importante en la sociedad por acciones es la dictadura irresponsable que se ejerce sobre ella, nominalmente por sus accionistas, de hecho en muchos casos, por uno o dos directores que se autonombran y se autoperpetúan. Haced a las compañías públicas directamente responsables ante la comunidad y ante la totalidad de quienes trabajan en ellas, y se convertirán en instituciones de un tipo diferente."

He citado las opiniones de algunos de los líderes del Partido Laborista Inglés, porque son resultado de mucha experiencia práctica adquirida socializadoras del Gobierno Laborista, y de una crítica muy meditada de tales realizaciones. Pero también los socialistas continentales han prestado más atención que nunca a la participación de los trabajadores en la industria. En Francia y Alemania se promulgaron, después de la guerra, leyes que implantaron la participación de los obreros en la dirección de las empresas. Aunque los resultados de esas nuevas disposiciones estuvieron lejos de ser satisfactorios (debido a la tibíeza de las medidas y a que en Alemania los representantes sindicales se convirtieron en "directores", con lo que los trabajadores de las fábricas no tuvieron verdadera participación), es claro, sin embargo que entre los socialistas hay la convicción cada vez más fuerte de que la transferencia de los derechos de propiedad de manos del capitalista particular, a las de la sociedad o el estado, no tiene por si sola más que un efecto insignificante sobre la situación del trabajador, y que el problema central del socialismo, está en el cambio de situación de trabajo. Aun en las declaraciones, más bien débiles y confusas, de la Internacional Socialista recientemente formada en Francfort (1951), se subraya la necesidad de descentralizar el poder económico, siempre que esto sea compatible con los propósitos de planificación. (Véase A. Albu: "The Organization of Industry" in New Fabian Essays, loc. cit., p. 121, y también A. Sturmthal: "Nationalization and Workers Control la Britain and France", The Journal of Pol. Economy, vol. 61, I, 1953) Entre los observadores científicos del escenario industrial, Friedmann especialmente, y hasta cierto punto Gillespie, llegan a conclusiones análogas a las mías, en relación con la transformación del trabajo.

Subrayar la necesidad de la codirección y no centrar en el cambio de los derechos de propiedad los proyectos para la transformación comunitaria de la sociedad, no quiere que no sean necesarios ciertos grados de intervención directa del estado, y de socialización. El problema más importante, además de la codirección, radica en el hecho de que toda nuestra industria está formada sobre la existencia de un mercado interior cada vez más amplio. Cada empresa quiere vender más y más, a fin de conquistar un sector cada vez más grande del mercado. La consecuencia de esta situación económica es que la industria emplea todos los medios a su alcance para excitar el apetito de compras de la población, para crear y reforzar la orientación receptiva, que tan dañosa es para la salud mental. Esto significa, como hemos visto, que hay un ansia de cosas nuevas pero innecesarias, un deseo insaciable de comprar más, aunque desde el punto de vista humano, del uso no enajenado, no haya necesidad del producto nuevo. (La industria del automóvil, por ejemplo, gasta algunos miles de millones de dólares en los cambios que ha de hacer para los nuevos modelos 1955 y Chevrolet por sí solo algunos centenares de millones de dólares en competir con Ford. Es indudable que el viejo Cbevrolet era un buen auto, y la lucha entre Ford y la General Motors no tiene primordialmente por consecuencia dar al público un auto mejor, sino hacerle comprar un auto nuevo, cuando el viejo aún duraría algunos años.) (R. Moley expresó este punto con mucha lucidez cuando, escribiendo en Newsweek sobre los gastos para los nuevos modelos de coches 1955, dijo que el capitalismo desea hacer a las gentes sentirse desgraciadas con lo que tienen, mientras que el socialismo desea hacer lo contrario.) Otro aspecto del mismo fenómeno es la tendencia al derroche, impulsada por la necesidad económica de aumentar la producción en masa. Aparte de la pérdida económica que supone ese derroche, tiene también un efecto psicológico importante: hace al consumidor perder el respeto al trabajo y al esfuerzo humanos, le hace olvidar las necesidades de gentes de su propio país de países más pobres para quienes lo que él derrocha sería una riqueza considerable. En suma, nuestros hábitos de derroche revelan un olvido infantil de las realidades de la vida humana, de la lucha económica por la existencia que nadie puede rehuir.

Es absolutamente obvio que, a la larga, no hay grado bastante de fuerza espiritual que pueda triunfar, si nuestro sistema económico está organizado de tal manera, que amenace una crisis cuando las gentes no deseen comprar más y más cosas nuevas y mejores. Por lo tanto, si nuestro objetivo es transformar el consumo enajenado en consumo humano, es necesario dar ciertos cambios en los procesos económicos que producen el consumo enajenado. (Véase lo que dice Clark en Condition of Economic Progress: "La misma cantidad de ingreso distribuida de un modo relativamente igual creará para la manufactura una demanda relativamente mayor, que si es distribuida desigualmente" (tornado de N. N. Foote y P. K. Hatt: "Social Mobility and Economic Advancement", en The American Econ. Rev., XLII, mayo de 1953). Incumbe a los economistas formular esas medidas. Hablando en términos generales, eso significa dirigir la producción a campos en que existen necesidades reales que aún no han sido satisfechas, y no a aquellos en que hay que crearlas artificialmente. Esto puede hacerse mediante créditos concedidos por bancos del estado, mediante la socialización de ciertas empresas y mediante leyes severas que transformen la publicidad.

Estrechamente relacionado con este problema está el de la ayuda económica de los países industrializados a las regiones del mundo menos desarrolladas económicamente. Resulta del todo claro que ha terminado el tiempo de la explotación colonial, que las diferentes partes del mundo están ahora tan próximas entre si como lo estaban hace cien años las regiones de un continente, y que para la parte más rica del mundo la paz depende del progreso económico de la parte más pobre. En el mundo occidental no pueden coexistir a la larga, la paz y la libertad con el hambre y las enfermedades en Africa y en China. La reducción del consumo innecesario en los países industrializados es un deber, si quieren ayudar a los países no industrializados, y deben querer ayudarlos si desean la paz. Examinemos algunos hechos. Según H.Brown, un programa de fomento mundial que cubriera cincuenta años aumentaría la producción industrial hasta tal punto que todos los hombres podrían recibir alimentación suficiente y conduciría a una industrialización de las regiones ahora poco desarrolladas, análoga a la del Japón antes de la guerra. (Véase Harrison Brown, The Challenge of Man's Future. The Viking Press, Nueva York; pp. 245 ss. Conozco pocos libros que presenten con tanta claridad la alternativa para la sociedad moderna entre salud y locura, progreso y destrucción, basada en un razonamiento que se impone y en hechos indiscutibles.) El desembolso anual de los Estados Unidos para realizar ese programa ascendería a unos cuatro o cinco mil millones de dólares durante los primeros treinta años, y después a menos. "Cuando comparamos esto con nuestro ingreso nacional -dice el autor-, con nuestro presupuesto federal actual, con los fondos que se emplean en armamento y con el costo de los salarios de guerra, aquella cantidad no parece excesiva. Cuando la comparamos con las ganancias potenciales que pueden resultar de un programa desarrollado con éxito, aún arece menor. Y cuando comparamos ese costo con el de la inacción y con las consccuencias de mantener el statu quo, es verdaderamente insignificante."

El problema anterior no es sino una parte del problema más general relativo a la medida en que se les puede permitir a los intereses de un capital invertible provechosamente manipular las necesidades públicas de un modo nocivo e insano. Los ejemplos más obvios son nuestra industria cinematografica, la industria de los libros cómicos y las páginas de crímenes de nuestros periódicos. Para ganar todo lo más posible, se estimulan artificlialmente los instintos más bajos y se envenena el alma del público. La Ley de Alimentos y Drogas ha reglamentado la producción y la Publicidad de alimentos y drogas perjudiciales; lo mismo puede hacerse con todas las demás necesidades vitales. Si esas leyes resultaran ineficaces, ciertas industrias, tales como la cinematográfica, deberían socializarse, o por lo menos debieran crearse, financiadas con fondos públicos, industrias que les hicieran la competencia. En una sociedad en que el único objetivo sea el desenvolvimiento del hombre y en que las necesidades materiales estén subordinadas a las necesidades espirituales, no será difícil encontrar medíos legales y económicos para conseguir los cambios necesarios.

Por lo que respecta a la situación económica del ciudadano individual, la idea de la igualdad del ingreso no ha sido nunca un postulado socialista y no es, por muchas razones, ni práctica ni deseable. Lo necesario es un ingreso que sirva de base a una existencia humana digna. Por lo que afecta a las desigualdades de ingreso, parece que no deben rebasar el punto en que las diferencias en el ingreso conducen a diferencias en la experiencia de la vida. El individuo con un ingreso de millones, que puede satisfacer cualquier capricho sin ni siquiera detenerse a pensarlo, la vida de un modo distinto al hombre que, para satisfacer un deseo costoso, tiene que sacrificar otro. El individuo que no puede viajar nunca más allá del término de su población, que no puede permitirse nunca ningún lujo (es decir, algo que no sea necesario), también siente la vida de un modo diferente a su vecino, que puede hacerlo. Pero aun con ciertas diferencias de ingreso, la experiencia básica de la vida puede ser la misma, siemprc que dichas diferencias no pasen de cierto límite. Lo que importa no es tanto un ingreso mayor o menor como tal, sino el punto en que las diferencias cuantitativas de ingreso se convierten en diferencias cualitativas de experiencia de la vida.

Es innecesario decir que el sistema de seguros sociales, como existe ahora en la Gran Bretaña, por ejemplo, debe ser conservado. Pero eso no es bastante. El sistema existente de seguros sociales debe extenderse hasta constituir una garantía universal de subsistencia.

Todo individuo sólo puede obrar como agente libre y responsable si se suprime uno de los principales motivos de la actual falta de libertad: la amenaza económica del hambre, que obliga a las gentes a aceptar condiciones de trabajo que de otro modo no aceptarían. No había libertad mientras el propietario de capital pueda imponer su voluntad al hombre que no posee otra cosa que su vida porque este último, no teniendo capital, no tiene más trabajo que el que le ofrece el capitalista.

Hace cien años era generalmente admitida la idea de que nadie tenia ninguna obligación con su vecino. Se supºonía -y los economistas lo "demostraban" científicamente- que las leyes de la sociedad hacían necesaria la existencia de un gran ejército de gentes pobres y sin trabajo, para que la economía pudiera marchar. Hoy, difícilrnente osará nadie sustentar ya este principio. En general, se admite que nadie debe quedar excluido de la riqueza de la nación, ya sea por las leyes de la naturaleza o por las de la sociedad. Las racionalizaciones corrientes hace cien años, de que el pobre debía su situación a su ignorancia, a la falta de responsabilidad -en una palabra, a sus "pecados"-, están anticuadas. En todos los países occidentales industrializados, se ha implantado un sistema de seguros que garantiza a todo el mundo un mínimum de subsistencia en caso de desempleo, enfermedad, vejez. No es sino un paso más el postular que todo el mundo tiene derecho a recibir los medios de subsistencia, aunque no se presenten aquellas situaciones. Hablando en términos prácticos, eso significaría que todo ciudadano puede reclamar una cantidad suficiente para tener el mínimum de subsistencias, aunque no esté desempleado ni enfermo, ni sea un anciano. Puede reclamar esa cantidad si ha dejado el trabajo voluntariamente, si quiere prepararse para otro trabajo, o por cualquier razón personal que le impida ganar dinero, sin caer en una de las categorías de beneficios del sistema vigente de seguros; en suma, puede reclamar ese mínimum de subsistencia sin necesidad de alegar ninguna razón . Se limitaría a un período determinado de tiempo, digamos dos años, para no fomentar una actitud neurótica que rehuye todo género de obligaciones sociales.

Quizás parezca esto una propuesta fantástica, (El Dr. Meyer Shapiro me llamó la atención sobre el hecho de que Bertrand Russell hizo la misma sugestion en Proposed Roads to Freedom, Blue Ribbon Books, Nueva York, pp. 86 ss.) pero lo mismo le habría parecido a la gente hace cien años nuestro sistema de seguros sociales. La principal objeción que puede formularse contra esa idea es que si todo el mundo tuviera derecho a recibir una ayuda mínima, las gentes no trabajarían. Este supuesto se apoya en la falacia de la pereza inherente a la naturaleza humana; en realidad, aparte de personas neuróticamente holgazanas, serían muy pocos los que no quisieran ganar más que el mínimum y que prefirieran no hacer nada a trabajar.

Pero el recelo contra un sistema que garantizara un mínimum de subsistencia no carece de fundamento desde el punto de vissta de quienes quieren emplear la propiedad del capital para obligar a los demás a aceptar las condiciones de trabajo que ellos ofrecen. Si nadie fuera obligado nunca más a aceptar el trabajo para no morirse de hambre, el trabajo tendría que ser suficientemente interesante y atractivo para inducir a uno a aceptarlo. La libertad de contratación sólo es posible si ambas partes son libres para aceptar o rechazar el contrato, y no es éste el caso en el actual régimen capitalista.

Pero ese sistema no sólo sería el comienzo de la libertad de contratación entre patronos y empleados, sino que reforzaría tambíén enormemente la esfera de la libertad en las relaciones interpersonales entre persona y persona, en la vida diaria.

Veamos algunos ejemplos. Actualmente, una persona empleada, y a quien le desagrada su trabajo, con frecuencia se ve obligada a seguir en él porque no dispone de medios para arriesgarse al desempleo aun sólo por uno o dos meses, y, naturalmente, si abandona el trabajo, no tiene derecho a los beneficios del desempleo. Pero, en realidad, las consecuencias psicológicas de esa situación son mucho más profundas: el hecho mismo de que no puede arriesgarse a ser despedido tiende a hacerlo temeroso respecto de su patrono o de cualquier persona de quien dependa. Procurará no ser respondón y tratara de ser agradable y dócil, a causa del miedo sin cesar presente de que el patrono lo despida si hace valer sus derechos. O tomemos el caso del hombre que a la edad de cuarenta años decide cambiar su trabajo por otro enteramente distinto, y para el cual necesita prepararse durante uno o dos años. Puesto que, en las condiciones de un mínmum garantizado de subsistencias, esta decisión implicaría tener que vivir con un mínimum de comodidades, serían necesarios un gran entusiasmo e interés por el nuevo campo elegido, y así únicamente los bien dotados y que se sintieran verdaderamente interesados la tornarían. O pensemos en la mujer que vive una vida matrimonial desgraciada y cuya única razón para no separarse ,de su marido es la incapacidad para sostenerse a sí misma ni siquiera por el tiempo necesario para prepararse para algún trabajo. O en el adolescente vive en medio de graves conflictos con un padre neurótico o destructivo, y cuya salud mental se salvaría si tuviera libertad para dejar a su familia. En resumen, habría que suprimir la fundamental coerción en el terreno económico de los negocios y en las relaciones privadas, y que devolver a todo el mundo la libertad para obrar.

¿Y en cuanto a los costos? Puesto que ya hemos admitido el principio para el desempleado, el enfermo y el anciano, sólo habría un grupo marginal de personas que hiciera uso de este privilegio los particularmente bien dotados, los que sufren una dificultad pasajera y los neuróticos que no tienen sentido de la responsabilidad ni interés por el trabajo. Teniendo en cuenta todos los factores que intervienen, pareceria que el número de personas que haría uso de este privilegio no sería extraordinariamente elevado, y mediante una investigación cuidadosa hasta podría calcularse hoy aproximadamente. Pero hay que advertir que esta, propuesta hay que tomarla juntamente con los otros cambios sociales que aquí sugerimos, y que, en una sociedad en que el ciudadano individual participe activamente en su trabajo, el número de personas no interesadas en el trabajo sería una fracción del que hay en las presentes circunstancias. Sea cualquiera el número, parece que el costo de semejante sistema difícilmente superarla a lo que los grandes estados han gastado en sostener ejércitos en las últimas décadas, sin tener en cuenta el costo de los armamentos. Tampoco debiera olvidarse que en un sistema que restablece para el mundo el interés por la vida y por el trabajo, la productividad del trabajador individual estaría muy por encima de la que se registra hoy como resultado de unos pocos cambios favorables en la situación de trabajo; además, serían considerablemente menores nuestros gastos ocasionados por la delincuencia y por las enfermedades mentales o psicosomátícas.

 

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